"Oiga Padre, ¿Cómo puedo saber si mi familiar ya está en el cielo?"



Tengo la impresión de que los mexicanos no creemos en el infierno y quizás esto de deba a que creemos firmemente que Dios es un Padre amoroso, tan amoroso que se convierte en cómplice de nuestras faltas.

Me ha tocado asistir al velorio de algún delincuente muerto en plena actividad delictiva y sus afligidos deudos juran y perjuran que era el hombre más bueno del mundo, a pesar de sus robos y de sus asesinatos.

Dice el dicho: “Cásate y sabrán tus defectos, muérete y sabrán tus virtudes”. Pareciera que la muerte todo lo perdona y todo lo olvida.

¿Cómo podemos saber si nuestro ser querido muerto está o no está con Dios? Simplemente, no lo sabemos. Lo sabremos cuando nuestra propia muerte recorra ese velo que nos oculta el más allá y entonces, seguramente, recibiremos muchas sorpresas. Ya Jesús decía que los publicanos y las prostitutas se nos han adelantado en el camino al reino de los cielos.

Al cielo van los santos; así, simplemente, santos que ya van muy avanzados en ese camino angosto hacia el cielo o santos de última hora que en sus últimos momentos han amado mucho más que nosotros en toda nuestra vida. Esos son los santos sorpresa, los obreros de la última hora, los Dimas arrepentidos.

Por eso es tan difícil poder estar seguros de quién ya está con Dios.

Salvarse no es sólo asunto de Dios. Podemos estar seguros de que él pone todo de su parte para salvarnos; pero es a nosotros a quien toca la decisión final que no es un sí sacado a fuerzas por el temor al infierno, sino un sí que es una actitud de vida. Yo digo sí a Dios si he aprendido a amar y si amo como Jesús me enseña.

Si nuestro ser querido muerto supo amar, tenemos una pista que nos indica que ya se ganó el cielo. Eso se llama “morir en olor de santidad”. Es decir, todo nos indica que vivió santamente y que, siempre posiblemente, ya está con Dios.

Hay dos casos en que podemos estar seguros que está en el Cielo

Podemos estar seguros en dos casos. Uno, cuando muere un niño. Muy sabiamente nuestro pueblo mexicano celebra a los niños difuntos en el Día de Todos los Santos. Los niños son santos por su inocencia.

Dos, cuando después de muchos estudios y pruebas la Iglesia se atreve a beatificar a uno de esos cristianos que mueren en olor de santidad.

De ahí en más, no sabemos ni si alguien se salva o se condena porque, como creemos los mexicanos, siempre estará de por medio el gran amor que Dios nos tiene como Padre. Creemos, sí, en el infierno; pero también creemos en la misericordia divina.

Autor: Presbítero Sergio G. Román.

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