¿Es Dios realmente el que envía a las personas al infierno?



¿Cómo es que se produce la Condena de una Persona al Infierno y a otra al Cielo?

Hay una serie de preguntas que asaltan a la gente de nuestro tiempo.

¿Si Dios ama tanto a los seres humanos que Él creó, cómo podría enviar a alguno al infierno?

¿Sí es un Padre amoroso cómo puede permitir que la gente se pierda por toda la eternidad?

Y efectivamente Dios es un Padre amoroso para los hombres, porque envió a Su único Hijo para que muriera en la cruz y rescatarnos.

¿Un ser amoroso como ese, crearía un lugar donde reina el dolor, y que sea para toda la eternidad?

¿Y que las personas condenadas allí sean privadas para siempre de estar con Él?

Aquí hablaremos sobre la existencia del infierno, sobre cómo llega la gente a ese lugar, qué hace Dios para que la gente no llegue allí, cómo debemos precavernos de no llegar allí y que podemos hacer para prevenir que nuestros seres queridos se dirijan allí.

En el siglo XX ha tomado fuerza la idea de que todos los seres humanos irán al Cielo, independientemente de sus creencias o de sus conductas. 

A esto se le llama universalismo.

Algunos han argumentado que el infierno no existe.

Pero como es un dogma de fe de la Iglesia Católica, entonces aparecieron teólogos, como Hans Urs von Balthasar, que lo han evadido, argumentado engañosamente que el Infierno está vacío, y que los cristianos deben esperar eso.

Que es lo mismo que decir que no existe, porque tiene el mismo resultado.

¿Y qué consecuencias tiene esto?

En primer lugar nos sugiere que Dios es moralmente esquizofrénico, dice una cosa y hace otra.

Porque 21 de las 38 parábolas de la Biblia advierten sobre un juicio, en el que Dios separará aquellos que puedan entrar en el reino de los cielos, de aquellos que no puedan o no quieran entrar.

Hay parábolas que hablan de ovejas y cabras, de trigo y cizaña, de separación a la derecha y la izquierda, de vírgenes necias y vírgenes sabias, de aquellos que aceptan la invitación a la boda y aquellos que no, de los que están bien vestidos y los que no lo están para el banquete.

Están aquellos a los que Jesús les dice vengan benditos de mi padre y a los que dice aléjense de mí, y aquellos que golpean y Jesús les abre la puerta y aquellos a los que les dice no te conozco.

También habla repetidamente de un lugar donde el fuego no se apaga, y no precisamente el fuego del amor.

Un lugar al que se entra por una puerta ancha, donde habrá llanto y crujir de dientes.

Todo esto que se expresa en el Nuevo Testamento suena como que hay un lugar peor que la muerte física, al que algunos irán y otros no.

De modo que si se lee sólo con un poco de detenimiento la Biblia, dejando de lado los deseos humanos, es insostenible pensar que el infierno no existe o que no haya gente allí.


Sin embargo en la época actual prima más la emoción personal que la credibilidad de la Biblia o la palabra de Jesús.


Esto es lo que podemos llamar endurecimiento del corazón a la palabra de Dios.


En segundo lugar, el arrepentimiento no tiene sentido si no hay un lugar como el infierno. 


Porque de esta forma podrías hacer lo que quieras a quien quieras y no sufrir consecuencias eternas. 


Y en tercer lugar, no solo justifica el caos moral de hoy día, sino que lo vuelve más poderoso y persuasivo que un Dios supuestamente todopoderoso.


Aún así, algunos dirán que Dios condena a algo muy cruel por toda la eternidad.


Y en este hay un error garrafal.


Dios no envía a nadie al Infierno.


Pero Él no prohíbe que las almas se auto condenen, de lo contrario no tendríamos libre albedrío.


Es más, Él está en la puerta del infierno tratando de convencer a los que quieren entrar para que no lo hagan.


Mientras que desde dentro del infierno se oyen improperios e insultos contra Dios.


Vociferando incluso que no deberían permitirle que estuviera en la puerta haciendo proselitismo.


De modo que no es Dios el que envía o condena sino que sólo lo permite.


¿Y porque Dios permite que sucedan estas cosas desagradables?


De nuevo, se trata del respeto que tiene por nuestra libertad de elección, del libre albedrío con que nos creó.


Quienes van al infierno es porque ellos prefieren la oscuridad en lugar de la luz, eligen separarse de Dios.


¿Y porque la gente querría decidir separarse de Dios?


No es una respuesta fácil, pero en principio quizás el tema pase por una disconformidad respecto a la propia vida de la persona y a lo que le ha pasado en la Tierra.

Si Dios existe habría sido el culpable de todos los males que le sucedieron, inclusive de su propia personalidad y sus propios defectos.

Y no quieren tener ningún trato con una persona que califican negativamente.

Hoy esto queda más claro que nunca, porque ha surgido un nuevo ateísmo que no pone énfasis en que Dios no existe, sino en que podría llegar a existir, pero es un ser malo, porque su moral no deja a las personas hacer lo que ellas quieran. 

Pero lo cierto es que durante toda nuestra vida, Dios ha estado esperando que aceptemos Su misericordia.

Él nos ha dado la gracia de ver nuestros pecados a la luz, para que cambiemos.

Dios nos ha propuesto aceptar Su amor misericordioso y enfrentar la verdad sobre nuestros actos; que los veamos como lucen a sus ojos.

Esto vale tanto para conductas inmorales menores, como para actos inmorales que definimos como pecados mortales.

Y nos ha llamado permanentemente al arrepentimiento, que lava todas las culpas, aunque a veces no las consecuencias terrenales de nuestros pecados.

¿Y cómo actúa la misericordia de Dios en este caso de pecadores consuetudinarios y empedernidos?

¿Los abandona sin tratar de rescatarlos? Noooo.

Jesucristo ha dicho «no he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento» Lucas 5:32, expresión que también se repite en los otros evangelios, porque es central en la misión del hijo de Dios.

Dios le da a cada persona, incluido los pecadores, un primer influjo misericordioso a través de la gracia preveniente, que les ilumina al alma para percibir lo que es el bien y el mal, y las verdades trascendentes.

Y además libera su voluntad para elegir entre el bien y el mal.

Es la gracia que les permite entender lo que es bueno y lo que es malo, y su culpabilidad de haber elegido lo malo.

Y además le da la capacidad de elegir por lo bueno.

Pero el individuo puede aceptar a Dios o no hacerlo.

Si lo acepta, entonces Dios derrama sobre él la gracia subsiguiente, para que coopere con Dios y con el prójimo.

Pero aunque el pecador odie a Dios y a su bondad, y tenga su alma tan endurecida como para continuar en el pecado, Él de cualquier manera le ayudará con su providencia.

Está constantemente mostrándole su amor y dándole esperanza; acercándole ejemplos de santidad, y produciendo en su vida situaciones para conducirlo al arrepentimiento.

Esta gracia providente no necesita la cooperación del libre albedrío, por lo que es un auxilio para acercarse a Dios que está presente aún en los casos más duros; es la lucecita que aún está encendida en el alma del pecador aún más impenitente. 

Y si el individuo comienza el proceso de arrepentimiento, Dios profundiza su gracia providente.

Pero aún hay más, cuando morimos, en el juicio personal, Dios nos presenta la elección final de un destino irrevocable: estar junto a Él para siempre, aunque pueda suponer una parada intermedia en el purgatorio para purificarnos, o ir al infierno.

De modo que en todo momento no es Dios quien condena al individuo al infierno, sino que el propio individuo es el que se condena al no elegir a Dios.

Y por tanto no se puede acusar a Dios de crueldad por enviar a la gente al infierno, porque Él no envía a nadie a allí.

Algunos tienen miedo de que sus hijos o sus seres queridos vayan al infierno, porque no responden a ningún llamado de arrepentimiento de sus conductas pecaminosas.

Esto se ha multiplicado en los últimos tiempos, porque la oscuridad se ha apoderado del mundo.

Pero deben considerar que Dios está actuando con las 3 gracias previas al arrepentimiento que hemos mencionado.

Y también los padres y familiares pueden cooperar con la gracia de Dios con su conducta y pidiendo un milagro.

Los evangelios nos avalan que la esperanza tiene bases factibles.

Nos muestran cómo la fe de otras personas han salvado por ejemplo a enfermos.

Y es especialmente importante para los padres que la fe de otra persona pueda lograr el milagro del arrepentimiento.

En caso de que sus hijos parezca que se dirigen expreso hacia el infierno, los padres deben confiar plenamente en la gracia de Dios.

Y permanecer más atados a Dios aún, tratando de agradarle y obedecerle, para pedirle constantemente por sus hijos con más legitimidad.

«Señor yo estoy haciendo lo que no hacen mis hijos, por favor míralos a ellos».

Por lo tanto la recomendación a los padres es no bajar los brazos, orar constantemente por la conversión de sus hijos y mostrar una ferviente fe cristiana en su vida diaria.

Esto mismo vale para cualquier persona que queramos salvar.

Bueno hasta aquí lo que queríamos hablar, sobre que el infierno existe, pero Dios no envía a nadie allí, sino que la propia persona lo elige y mientras Dios dará todas las instancias posibles para producir el arrepentimiento. 

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