Patriarca Bartolomé pide que Roma ayude a Constantinopla y Moscú a librarse de pesos políticos


Conmoción en Rusia y en todo el mundo por las palabras del Patriarca Ecuménico Bartolomé en un largo discurso. Por primera vez después de casi un año de guerra rusa en Ucrania, el Patriarca ecuménico hizo una lectura autorizada de la historia de Rusia y de sus reivindicaciones universales, que cuestionan directamente sus relaciones con la Iglesia Madre de Constantinopla.

En su discurso del 9 de diciembre, Bartolomé se refirió a los cambios que se están produciendo en el mundo en su conjunto y al papel de la religión en este contexto, y centró su atención en el rol que Moscú pretende asumir. Tras considerar como es debido el desarrollo particular del cristianismo en Rusia, el patriarca de la «segunda Roma» cuestionó a su colega de la «tercera Roma», Kirill, por perpetuar un equívoco que ha durado dos siglos: la ideología histórica del «paneslavismo».

Es precisamente esta reinterpretación de la historia lo que impulsa a Kirill a apoyar la agresión militar de Putin contra Ucrania, y Bartolomé la relaciona con el papel del imperio ruso en el conflicto histórico con el imperio otomano, al que pretendía arrebatar todos los pueblos balcánicos de origen eslavo. Esto, según Bartolomé, llevó a los eslavos a distanciarse cada vez más de la unidad de la Ortodoxia original.

Como recuerda el Patriarca Ecuménico, el paneslavismo surgió como un movimiento de oposición al pangermanismo: en la segunda mitad del siglo XIX, la oposición a los Habsburgo desencadenó la deriva nacionalista más extrema que, con el colapso de los imperios europeos culminó en las guerras mundiales y en la instauración del totalitarismo del siglo XX. Bartolomé llama a esta línea ideológica «etno-tribalismo», reforzando la tradicional acusación de «etno-filisteísmo»: la herejía nacionalista que pretende imponer la prevalencia de la nación sobre la propia eclesiología ortodoxa, negando el universalismo apostólico originario.

El pecado en cuestión es la convicción de los rusos respecto a su superioridad sobre otras etnias y otras Iglesias. Y, en esto, el Patriarca acepta las objeciones de muchos teólogos ortodoxos de todo el mundo, que llevan meses acusando a Moscú, incluso de herejía. En su opinión, esta postura «insiste en un alejamiento de los creyentes de etnia eslava de su Iglesia Madre, para afirmar la primacía de Moscú como Tercera Roma». Y el yugo soviético no ha hecho más que llevar al Patriarcado de Moscú a estar cada vez más supeditado al Estado, hasta el punto de «instrumentalizar la religión» por razones políticas e ideológicas.

Bartolomé reflexiona sobre la nueva centralidad del factor religioso a nivel mundial: «las ideologías se debilitan una tras otra; el fin del comunismo ha dejado un enorme vacío en una vastísima parte del mundo que lo tenía como punto de referencia, y también en muchos pueblos que volcaron en él sus esperanzas». La crisis del liberalismo y la globalización han generado profundas decepciones y terribles ofensas. Y mientras asistimos a la ruina del materialismo, cabe preguntarse cuál es la espiritualidad que puede volver a ser un punto de referencia que nos oriente.

Para el Patriarca, «esto puede ser fuente de graves peligros si la espiritualidad no se reconecta con sus fuentes auténticas y con la sabiduría de las tradiciones religiosas, herederas de las grandes civilizaciones del pasado».

Está claro que Constantinopla se alinea con Occidente y sus grandes recursos económicos, mientras que Moscú se erige en retador de esta hegemonía, pero ahora no sólo está en juego el equilibrio de las potencias mundiales, sino también la reorganización de las tradiciones milenarias de la Iglesia. El enfrentamiento entre griegos y rusos interpela también a Roma, que tanto ha practicado a lo largo de la historia la politización de la fe, y ahora debería ayudar a sus Iglesias hermanas a librarse de estas cargas, como sugiere Bartolomé I.

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