martes, 6 de marzo de 2018

¿A quién salvo?


¿A QUIÉN SALVO?

Era la reunión un domingo por la noche de un grupo de oración en la parroquia de la comunidad. Después que cantaron algunos salmos, el sacerdote de la iglesia se dirigió al grupo donde había muchos jóvenes y presentó a un orador invitado; era uno de sus amigos de la juventud, ahora ya de avanzada edad.

Mientras todos lo seguían con la mirada, el orador ocupó el pulpito y después de unas oraciones comenzó a contar esta historia:

"Un hombre junto con su hijo y un amigo de su hijo estaban navegando en un velero a lo largo de la costa del Pacífico, cuando una tormenta les impidió volver a tierra firme. Las olas se encresparon a tal grado que el padre, a pesar de ser un marinero de experiencia, no pudo mantener estable la embarcación, y las aguas del océano arrastraron a los tres". Al decir esto, el orador se detuvo un momento y miró a dos jóvenes que desde que comenzó la plática estaban mostrando interés; y siguió narrando:

"El padre logró llegar a la barca y agarrar una soga, pero luego tuvo que tomar la decisión más terrible de su vida: escoger a cuál de los dos muchachos tirarle el otro extremo de la soga. Tuvo sólo escasos segundos para decidirse. El padre sabía que su hijo era un buen cristiano, y también sabía que el amigo de su hijo no lo era. La agonía de la decisión era mucho mayor que los embates de las olas".

"Miró en dirección a su hijo y le gritó: ¡TE QUIERO, HIJO MIÓ! y le tiró la soga al amigo de su hijo. En el tiempo que le tomó al amigo halar hasta el velero volcado en campana, su hijo desapareció bajo los fuertes oleajes en la oscuridad de la noche. Jamás lograron encontrar su cuerpo".

Todos estaban escuchando con suma atención, en especial los jóvenes y atentos a las próximas palabras que pronunciara el orador invitado.

"El padre" -continuó el orador- "sabía que su hijo pasaría la eternidad con Cristo, porque él lo conocía, pero no podría soportar el hecho de que el amigo de su hijo no estuviera preparado para encontrarse con Dios, pues en su familia nunca le hablaron de Él. Por eso sacrificó a su hijo".

¡Cuan grande es el amor de Dios que lo impulsó a hacer lo mismo por nosotros!"

Dicho esto, el orador volvió a sentarse, y hubo un tenso silencio. Pocos minutos después de concluida la reunión, algunos jóvenes se encontraron con el orador. Uno de ellos le dijo cortésmente:


"Esa fue una historia muy bonita, pero a mí me cuesta trabajo creer que ese padre haya sacrificado la vida de su hijo con la ilusión de que el otro muchacho algún día decidiera seguir a Cristo".
"Tienes toda la razón", le contestó el orador mientras miraba su Biblia gastada por el uso.
Y mientras sonreía, miró fijamente a los jóvenes y les dijo:
"Pero esa historia me ayuda a comprender lo difícil que debió haber sido para Dios entregar a su Hijo por mí. A mí también me costaría trabajo creer la historia que conté, si no fuera porque el amigo de ese hijo era yo."



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