Carta de un sacerdote a un feligrés


CARTA DE UN SACERDOTE A UN FELIGRÉS

Mi querido (a) hermano (a) feligrés:

Te agradezco por el tiempo que te vas a tomar para leer estas pequeñas líneas. ¿Sabes? Fueron muchos años los que estudié en el seminario y a veces no son suficientes para hacer de nosotros los sacerdotes, personas más sensibles, más comprensivas, más piadosas. A veces cuando se es seminarista, se es alegre, sociable y con muchos ideales por delante. Desgraciadamente cuando un seminarista llega a ser sacerdote, la realidad nos convierte en seres distintos, nos convertimos en incomprensibles ante el dolor humano, nos parecemos a empleados gubernamentales que trabajamos en “horarios establecidos” y fuera de ellos no atendemos, nos volvemos amargados, enojones, etc.
La cruda realidad de dirigir a un pueblo nos supera, es verdad, porque no es lo mismo atender a 3 o 4 o hasta 5 hijos que atender una comunidad de 3 mil, 5 mil o más de 10 mil feligreses. ¿Te confieso algo? Esto no en pocas veces me llega a bloquear, porque no en pocas ocasiones no he querido delegar trabajo a otros, por la tentación de que digan que el “padre… trabaja mucho que ni tiempo tiene de descansar”. Lo sé, es uno de nuestros pecados como sacerdotes: el protagonismo individualista.

Te confieso que en muchas ocasiones te has enojado conmigo por mi forma de responderte, por “no tener tiempo para confesarte”, “no tener tiempo para escuchar tus problemas cuando me pides un consejo” y no en pocas ocasiones vas tras de mí hablándome y pidiéndome favores mientras yo corro al coche porque tengo una Misa en otro lugar. No es tu culpa, es la mía, porque a veces lleno mi agenda de manera tal que consciente o inconscientemente no me da tiempo para ti.

¿Recuerdas las reuniones del consejo pastoral? Esas reuniones donde se supone que debo escucharte y saber aceptar correcciones, sugerencias y propuestas que ayuden al bien de la Iglesia. ¿Pero tú te has dado cuenta de que me sale lo autoritario y al final de todo se hace lo que yo diga?

No recuerdo si fue en este domingo pasado o el anterior donde durante la homilía, pero compartía la palabra de Dios y la señora María Felicitas no dejaba en paz el celular y le llamé la atención porque sonaba y sonaba; sé que muchos se enojaron conmigo por hacerlo frente a todos pero te pregunto: ¿Qué sentirías tú si en tu trabajo ves que hablas con tus empleados y uno de ellos no te hace caso por estar con el celular mandando mensajes? Sé que mucha de la culpa por la que muchos católicos se salen de la Iglesia es por causa mía, por mi mal testimonio, por mi forma de ser, por mi poco interés, por mi flojera ¿Por qué no? O por acostumbrarme a que me sirvan y no a servir.

Mucho hay que decir, pero al mismo tiempo en que escribo estas líneas siento en mi garganta un nudo grande, me conmuevo porque te he lastimado fuertemente y hasta quizás hay un rencor hacia mí. Por desgracia no soy el único sacerdote que actúa así y eso afecta a nuestra amada Iglesia y, aunque no lo creas, la amo, y así como yo, hay muchos.

Te preguntarás: ¿Y por qué no pedir perdón? Bueno, quise esperar hasta este momento para hacerlo, pero era necesario hacer un “mea culpa” para que no sólo leyeras, sino comprendieras. Sólo te pido que no me critiques, porque sabes que hay la crítica destructiva. Corrígeme. No me solapes, ayúdame a salir de mi bache espiritual. No intento justificar mis actos ni el de otros, Dios conoce mi corazón y me juzgará por lo que hice, hago y haré. Pero, ¿qué es de la cabeza sin el cuerpo? ¿Qué es del párroco sin su feligresía? ¿Qué es del pastor sin ovejas?

Te pido perdón, sí, perdón por no ser el sacerdote que esperabas, por no amarte lo suficiente, por no darte mi tiempo, por no escucharte y aconsejarte, por responderte mal cuando me pedías algo, por ser insensible y poco dispuesto a ayudarte. Perdón porque me pedías que fuera a ver a un familiar enfermo y dije NO PUEDO, cuando quizás sí podía. Perdón por enviarte a evangelizar sin que yo fuera por delante, perdón porque sé que eres casado (a) y te exijo mucho tiempo para las cosas de la parroquia, perdón por celebrar la misa a la carrera en tan sólo 20 o 30 minutos. En fin, mucho hay de qué pedir perdón. Pero, ¿sabes? La conversión dura toda la vida y prometo hacer mi mejor esfuerzo por cambiar. Te pido que no dejes de orar por mí. No te pido que todo el día lo hagas, pero sí que eleves con mucha fe una plegaria a Dios por este, tu párroco pecador.

Me despido de ti no sin antes agradecerte el tiempo que te tomó leer estas líneas y te pido que en cuanto la termines de leer, puedas elevar a Dios una pequeña oración por mí, tu amigo, tu hermano, tu pastor. Y no dejes de rezar por los que vienen atrás. Con mucho cariño y amor fraternal en Cristo.

Tu amigo: el Padre…

N.B. Espero que podamos vernos el domingo en la Eucaristía y podamos compartir este banquete celestial junto con tu familia, y al vernos, podamos juntos al menos compartir una sonrisa sincera.

Fuente Píldorasdefe

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