jueves, 13 de septiembre de 2018

Apologista católico "machote" pierde debate ante protestante y la Virgen María le ayuda a ganarlo


TODO DEFENSOR DE LA FE CATÓLICA DEBERÍA APRENDER ÉSTA LECCIÓN

DEFENDER SIN OFENDER

Por Scott Hahn

Ahora que has leído casi todo este libro sobre la Virgen María, quizá tengas ganas de hablar con tus amigos, familiares o compañeros de trabajo que son cristianos, pero se muestran escépticos cuando se trata de la doctrina mariana. Si estás impaciente por evangelizarlos, me alegro. He escrito este libro para que mis compañeros católicos no se sientan nunca avergonzados de su madre sobrenatural, como yo lo estuve en su día de mi madre natural, cuando vino a recogerme al colegio para llevarme a casa.

Me gustaría también hacer una advertencia y pedirte que no estés demasiado ansioso de evangelizar... o más bien, que no seas entusiasta por razones equivocadas. Te ruego que nunca olvides que, cuando defiendes a la Virgen María, estás defendiendo a tu madre, no al compañero que lleva el balón, ni una portería. Has de defenderla sólo como ella querría ser defendida. Ninguna madre digna de ese nombre quiere que sus hijos ataquen para defenderla. Ninguna madre digna de ese nombre quiere que sus hijos sean maleducados por defenderla. Ninguna madre digna de ese nombre quiere ser el motivo de una reyerta de patio de colegio.

Digo esto porque algunas veces me encuentro personas que hacen apologética como quien practica una modalidad de full-contact o una guerra sin cuartel. Para tales apologistas, el objetivo es salir victoriosos en la argumentación, aun cuando eso signifique humillar totalmente a sus «enemigos».

Esa no es forma de probar las doctrinas marianas. Los hijos de María no tienen enemigos. Sólo tenemos hermanos y hermanas en Jesucristo: nuestros adelphoi, «del mismo seno». No necesitamos tanto argumentar para que vuelvan a casa (aunque a veces son necesarios los argumentos), como quererlos en casa (aunque el amor algunas veces puede ser duro).

Más aún, no tenemos nunca que enorgullecernos de haber llegado a darnos cuenta de que somos hijos de la reina madre. Nunca debemos creernos que tenemos todas las respuestas. Aunque las respuestas están todas a nuestra disposición, nadie está en la plena posesión de ellas. Dios no cesará de humillarnos, de recordarnos que somos niños, permitiendo que caigamos y que nos encontremos sin la respuesta adecuada en el momento preciso. Incluso permitirá esto cuando estemos, ostensiblemente, trabajando por su causa.

Puedo confirmar todo esto, porque, poco después de mi conversión, Dios me hizo llegar el mensaje a domicilio.

Hacía tiempo que empezaba a sentirme en casa en la Iglesia católica, y estaba encantado por el entusiasmo con que los católicos recibían el testimonio de mi conversión allá donde iba. Fundamentalistas y evangélicos asistían a veces a mis conferencias para ponerme a prueba, pero yo estaba ávido de vérmelas con ellos. Conocía los argumentos antes incluso de que abrieran la boca —antes habían sido los míos— y sabía perfectamente la respuesta bíblica correcta. Incluso empecé a tener ganas de estos desafíos, como un recordman que busca el siguiente reto. Me sentía totalmente el apologista «machote».

Emocionado con tantos éxitos, me encontré un fin de semana en las cercanías de mi antiguo seminario protestante, Gordon-Conwell. Decidí volver hacia atrás en el tiempo y pasar un rato con el profesor con el que trabajé como ayudante. Parecía deseoso de verme e incluso me invitó a quedarme en su casa mientras estaba en la ciudad. Había oído, naturalmente, de mi ingreso en la Iglesia católica y estaba, por decirlo suavemente, defraudado. Dijo que tenía ganas de discutir el tema con tiempo por delante.

Sabía que deseaba ponerme a prueba, y yo estaba ansioso de ser retado.

Llegué, y nos saludamos calurosamente; pero mi presentimiento inicial fue correcto. No había pasado mucho tiempo antes de que mi anfitrión y su mujer empezaran a acribillarme con toda clase de preguntas sobre el Papa, el purgatorio, la Eucaristía, el sacerdocio, la confesión... todo lo cual me pareció bien, porque durante todo el día y hasta entrada la noche, fui como un bateador superestrella, en un entrenamiento, que va dando una tras otra a unas bolas flojitas.

Entonces, hacia la medianoche, justo cuando estaba empezando a tener ganas de un bien merecido descanso, mi amigo me dijo: « ¿qué hay de la Asunción?».

Sabía lo que quería decir... que no hay prueba escriturística sobre la asunción. Me encontraba cansado, y molesto porque estuviera sacando el tema de la asunción a una hora tan tardía de la noche. Pero también me pilló de improviso. Repliqué: «bien, puedes mirar Apocalipsis 12 y ver que estaba allí, en cuerpo y alma en el cielo».

«Está bien, Scott», dijo. «Pero dame una prueba de que alguien en la Iglesia creyó eso antes del siglo VI».

Le respondí que, en toda su historia, la Iglesia nunca ha honrado una tumba como lugar de descanso final de los restos de María.

Él señaló, correctamente, que el argumento de silencio era uno de los argumentos más débiles que se pueden ofrecer.

Reconocí que tenía razón, pero repliqué que los tiempos de persecución raramente proporcionan pruebas doctrinales o de devoción. La supervivencia y la perseverancia son las prioridades máximas de la Iglesia.

Mis anfitriones no se impresionaron.

Y el apologista «machote» empezaba a sentir los efectos de todo un día de arduo debate... y de todo un año de orgullo intelectual.

Argumenté como pude que sí: que hasta finales del siglo VI la asunción no hace su debut en nuestra historia documentada... pero que para entonces la encontramos como algo ya establecido y desarrollado, con sus propios días de fiesta, himnos y literatura.

Cuando el emperador la declaró fiesta universal, no hubo el menor síntoma de resistencia o controversia.

Mis anfitriones sonrieron. «Todo eso está bien, Scott. Pero el hecho es que no tienes nada para explicar cinco siglos de silencio, ¿verdad?»

Hasta ese momento nuestra discusión había sido amistosa. Pero ahora sentía que se volvía de algún modo punzante, casi una confrontación.

Pero hube de responder: «no, no se me ocurre nada».

« ¿Puedes recomendarme un libro, algo que pueda leer?»

Moví la cabeza.

«No tienes respuestas para los cinco primeros siglos. No tienes un libro que pueda leer... tú, que tienes un libro para cada cosa, ¡no tienes un libro sobre la asunción!»

Estaba saboreando el momento, disfrutando esta victoria.

Dije: «no».

«Déjame recordarte, Scott, que se trata de un dogma, definido infaliblemente. ¿Y no puedes explicarme por qué hubo un silencio de cinco siglos?»

«No sé», dije.

Era el momento final de un dramático intercambio que había durado horas, y todos mis anteriores triunfos parecían reducidos a nada. En cierto modo, subí cojeando los escalones hasta la cama del dormitorio que me habían preparado; me sentía como si le hubiera fallado a mi madre.

Me senté en la cama, me puse de rodillas y recé pidiéndole perdón a Jesús. Sentía que le había fallado, por haberle fallado a su madre. Me sentía como si hubiera corrido con el balón hasta la línea de una yarda, sólo para que se te vaya de las manos poco antes de la meta. Le dije: «perdóname, Señor, por mi debilidad y mi fracaso». Recé un Avemaría. Luego caí dormido, extenuado.

Me dejaron dormir todo el tiempo que necesité. Me desperté a las nueve, y un plato de huevos revueltos me esperaba en la cocina.

Según me senté y empecé a comer, me di cuenta de que el calendario decía: lunes, 8 de diciembre. Algo en esa fecha despertó la alarma en mi memoria. ¿Era un día festivo? Entonces recordé que era la fiesta de la Inmaculada Concepción, la primera que celebraba como católico... y casi me la había perdido, estando, corno estaba, en territorio protestante.

Dije tímidamente a mis anfitriones: «Um, hoy es una fiesta de precepto, ¿hay alguna forma de que pueda ir, uh, a misa a un sitio cercano?».

Ella dijo: «ah, estás de suerte. La iglesia de San Pablo está detrás de nuestra casa». Incluso llamó para saber el horario de misas... pero acababan de decir la última misa del día. Así que siguió llamando a unas diez iglesias cercanas, sin encontrar una sola a la que pudiera ir antes de que saliera mi vuelo. Finalmente descubrió en un listado una capilla carmelita en el centro comercial de Peabody, a unas quince millas de distancia.

Una llamada más y averiguó que efectivamente la capilla tenía una misa a mediodía. Habría tiempo suficiente para que fuera allí, volviera a la casa, y que mis anfitriones me llevaran al aeropuerto.

Así que me preparé para la partida y salí para el centro comercial, al que llegué justo un poco antes de mediodía. Pregunté cómo llegar a la capilla y enseguida me encontré rodeado de una multitud de gente que iba de compras de Navidad y que se dirigía hacia un estrecho hueco de escalera hacia el sótano. Abajo del todo, me encontré con una congregación que ocupaba una habitación en la que sólo se cabía de pie, y me coloqué en la parte de atrás.

Sonó una campana y un sacerdote anciano avanzó despacio. Debía tener unos setenta años. Y pensé:

«oh, no, va a ser una misa larga».

Durante las primeras partes de la Misa, me sorprendí mirando frecuentemente el reloj, pensando ansiosamente en mi vuelo.

Cuando llegó la homilía, sin embargo, todo cambió. El anciano subió al pulpito y nos miró. Seguramente todos nosotros podíamos darnos cuenta de que había un brillo en sus ojos. Parecía estarme hablando directamente cuando dijo: « ¡estamos celebrando hoy a nuestra madre! »

Desde entonces empezó a hablar como una tormenta de fuego. Billy Granam no es nada comparado con este hombre. «Si alguien te preguntara, tronó, ¿por qué crees que María fue concebida sin pecado? ¿Qué le vas a contestar?» Hizo una pausa.

«¿Qué le vas a decir?» Hizo otra pausa.

Entonces con un guiño dijo: «dile esto: si tú pudieras haber creado a tu madre y haberla preservado del pecado original ¿lo habrías hecho?, ¿lo habrías hecho?... ¡Por supuesto que lo habrías hecho!

Pero ¿podrías? ¡No, no podrías! Pero Jesús podía, ¡así que Jesús lo hizo!»

Después, me costó mucho concentrarme en la misa, pero ciertamente no estaba pensado en mi viaje de vuelta. Necesitaba hablar con este sacerdote.

Cuando terminó la Misa, el gentío volvió a sus compras y yo me encaminé hacia la pequeña sacristía de la capilla. «Padre, ¿tiene un minuto?», pregunté.

«No», contestó sin levantar la vista.

Le dije: « ¿tiene medio minuto?»

Por fin, me miró.« ¿Qué quiere?»

Le dije: «soy un graduado de la Gordon-Conwell, el primero de mi clase, pero me he convertido al comienzo de este año».

Me sonrió al tiempo que decía: «Gordon-Conwell, allá arriba en South Hamilton... daba clases allí. Enseñé Teología».

«No, creo que no me entiende. Se trata de un seminario evangélico protestante», dije.

Arqueó una ceja. «No, joven, creo que no me entiende. Fue un seminario carmelitano y di clases allí durante décadas... ¿Cuándo se graduó?»

«En 1982, contesté. El primero de mi clase, calvinista a macha martillo. Me convertí. Ahora he vuelto de visita y es realmente humillante».

« ¡Ah!, dijo. Nosotros les damos nuestro seminario; ellos nos dan a sus graduados. Parece un intercambio razonable».

Entonces recordó cómo había empezado nuestra conversación. «Así que, ¿Cuál es su problema?»

Le conté toda la historia del día anterior, con el remate de la humillación de medianoche. «Usted estuvo tan bien en su homilía. Me preguntaba si quizá conoce algún libro que les pueda recomendar».

«Hay una buena razón por la que no puede recordar ningún título, dijo. No hay ningún título editado. Había uno y justo hace una semana se agotó»

Estaba asombrado. «Usted sí que conoce la bibliografía mariana, padre»

Él dijo, «en este caso, es mi obligación. Yo escribí el libro».

Me quedé boquiabierto. No sabía si estaba despierto o soñando.

«Sí, lo escribí. Se llama La Asunción de María. Precisamente la semana pasada me comunicaron que se estaba agotando... pero tengo dos ejemplares». Los sacó de un mueble. «¿Cuál es el nombre de este profesor?»

Se lo dije.

«Y usted..., usted está casado, ¿cómo se llama su esposa?»

«Kimberly».

Y les dedicó el libro con su nombre —padre Kilian Healy, O. Carm. — a mi esposa y a mis amigos.

Luego se marchó abruptamente y me dejó asombrado. Conduje de vuelta a casa de mis amigos, maravillado de la bondad de Dios.

Llegué con el tiempo justo para cargar el coche e ir al aeropuerto Logan. Mi antiguo profesor no pudo llevarme, porque tenía clases aquella tarde. Por eso nos despedimos de pie en la acera.

Le dije: «una última cosa. Me pediste un libro sobre la asunción de María». Busqué en mi bolsillo el libro del P. Healy, al tiempo que en treinta segundos le resumí el episodio de la capilla. Casi sin aliento le expliqué que éste era el único libro disponible, que acababa de agotarse, y que venía de toparme con el autor en el centro comercial esa misma tarde.

Se quedó sin habla. Su mujer se echó a reír mientras me llevaba al aeropuerto.

Cuando entré en el avión, me sentí como un crío. Me imaginaba a María dándome palmaditas en la cabeza y diciendo: «no te preocupes tanto por defenderme. Conténtate con amarme y
amar a mi Hijo, y cuando te quedes corto, ya nos encargaremos de lo que te falte».

Cuando todos mis estudios y retórica habían sido en vano, cuando estaba totalmente humillado según mis propios parámetros humanos, cuando no podía hacer más, entonces hice lo que debía haber hecho desde el principio. Recé un Avemaría.

Aquella oración al final del día, en el momento de mi más profunda debilidad y humillación, fue el punto de inflexión de este episodio de mi vida. Puso en marcha una cadena de acontecimientos que jamás habría podido superar con mis discursos mejor preparados.

Cuando se trata de explicar a la Virgen María, tener mucho amor es más importante que tener muchas respuestas. Cuando nos encontremos necesitados, Ella sacará mayores bienes de nuestras deficiencias, como sólo una madre puede hacer. Cuando estemos humillados y queden patentes nuestras debilidades, hemos de estar preparados para que se realice algo mejor de lo que nunca podríamos planificar y preparar.

Evangeliza con alegría, pues, y con confianza. Sé consciente desde el comienzo de que no tienes todas las respuestas... pero tu Salvador sí, y Él ama a su Madre. Él te dará todo lo que necesites, aun cuando a veces lo que necesitas es fallar.

DIOS TE SALVE REINA Y MADRE, Scott Hahn. Páginas 139-148


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