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¿Cómo explicarle a un niño algo tan terrible como el infierno?


Hablar sobre el infierno puede ser difícil, incluso para los adultos, ¡así que comprendo por qué puede ser complicado explicarlo a los niños! Pero no te preocupes, estoy aquí para ayudarte a abordar este tema de una manera comprensible y amorosa.

Primero que nada, es importante recordar que Dios es amor y que su deseo es que todos sus hijos estén con Él en el cielo. Sin embargo, también nos ha dado el don del libre albedrío, lo que significa que podemos elegir entre el bien y el mal. El infierno es el estado de separación eterna de Dios, y aquellos que eligen conscientemente alejarse de Él y rechazar su amor terminan en ese lugar.

Ahora, ¿cómo podemos explicar esto a un niño de manera que lo entienda sin asustarlo demasiado? Bueno, podríamos usar una analogía simple y amigable. Podríamos decirle algo así como: "Imagina que estás en una fiesta con tus amigos, y todos están jugando juntos y divirtiéndose. Pero luego, alguien decide comportarse de una manera muy mala y lastimar a los demás. Debido a eso, esa persona tiene que irse de la fiesta y no puede volver a entrar hasta que se disculpe y cambie su comportamiento".

De esta manera, podemos transmitir la idea de que el infierno es como ser expulsado de la fiesta de Dios debido a nuestras malas acciones. Pero también podemos enseñarle al niño que siempre hay una oportunidad de arrepentirse y cambiar, y que Dios está siempre dispuesto a perdonarnos si nos arrepentimos sinceramente y buscamos su ayuda para ser mejores personas.

También es importante asegurarse de que el niño entienda que Dios es amoroso y misericordioso, y que el infierno es más una consecuencia de nuestras propias decisiones que una especie de castigo arbitrario de Dios. Podemos recordarle al niño que Dios siempre está ahí para ayudarnos y guiarnos en el camino correcto, y que nunca estamos solos en nuestras luchas.

Además, podemos enfatizar la importancia del amor y la bondad en nuestras vidas. Podemos enseñarle al niño que vivir de acuerdo con los mandamientos de Dios y tratar a los demás con amor y respeto nos ayuda a evitar el infierno y a acercarnos al cielo.

Por supuesto, también podemos hablar sobre el cielo y el maravilloso amor de Dios por nosotros. Podemos decirle al niño que el cielo es un lugar de felicidad eterna, donde estaremos junto a Dios y todos los que amamos. Y podemos recordarle que Dios nos ama tanto que envió a su Hijo, Jesús, para salvarnos y mostrarnos el camino hacia el cielo.

Recuerda siempre adaptar tus explicaciones a la edad y nivel de comprensión del niño. Sé honesto y directo, pero también trata de ser reconfortante y tranquilizador. Siempre puedes orar juntos y pedirle a Dios que les dé paz y comprensión a ti y al niño mientras hablan sobre estos temas difíciles.

Hablar sobre el infierno con un niño puede ser desafiante, pero con amor, comprensión y paciencia, podemos ayudarlos a entender este concepto de una manera que sea apropiada para su edad y que los ayude a crecer en su fe y en su relación con Dios. Recuerda siempre que Dios nos ama incondicionalmente y que su deseo es que todos sus hijos estén con Él en el cielo. Que Dios te bendiga a ti y al niño con quien estés hablando. 

Autor: Padre Ignacio Andrade.

¿Se puede ser feliz en el cielo si tus familiares se condenan?


Mi querido amigo, esta es una de esas preguntas profundas y conmovedoras que a veces nos asaltan en nuestra búsqueda de comprensión y consuelo espiritual. Entiendo que la idea de que nuestros seres queridos puedan estar en una situación espiritual desafiante pueda generar preocupación y dolor. Permíteme abordar esta cuestión con amor y sabiduría, confiando en la enseñanza de nuestra fe católica.

La base de nuestra reflexión sobre el cielo y la posibilidad de felicidad, incluso en medio de las dificultades que podrían enfrentar nuestros seres queridos, se encuentra en la profunda comprensión del amor de Dios. La Biblia nos enseña que Dios es amor (1 Juan 4, 8), un amor que trasciende nuestra comprensión humana y que abraza a cada uno de nosotros con una ternura infinita.

Primero, recordemos que el cielo es la plenitud de la comunión con Dios. En el cielo, experimentaremos la presencia divina en su máxima expresión, un amor que colma toda necesidad y supera cualquier dolor que hayamos experimentado en la tierra. San Pablo nos dice en 1 Corintios 2, 9 que "cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman".

En cuanto a la situación de nuestros seres queridos, el Catecismo de la Iglesia Católica nos recuerda que Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (1 Timoteo 2, 4). Su deseo de salvación abarca a todos, y su misericordia es infinita. La Iglesia nos enseña que solo Dios conoce el corazón humano y la relación íntima que cada persona tiene con Él. Por lo tanto, la condena final solo puede venir de una elección consciente y libre de apartarse de Dios, una elección que solo Dios puede juzgar de manera justa y misericordiosa.

En este contexto, es fundamental comprender que la felicidad en el cielo no proviene de la ignorancia o la indiferencia hacia aquellos que puedan haberse apartado de Dios. En lugar de eso, se basa en la perfección del amor divino, que reconcilia toda la creación en Cristo. En el cielo, veremos todas las cosas a la luz de Dios, y su amor misericordioso será la fuerza que dará sentido incluso a las situaciones más difíciles.

La Biblia nos ofrece una imagen esperanzadora en Apocalipsis 21, 4, donde se nos promete que Dios enjugará toda lágrima de nuestros ojos, y no habrá más muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor, porque las cosas antiguas habrán pasado. Este versículo nos da una visión consoladora de la realidad del cielo, donde Dios redimirá todo sufrimiento y reconciliará cada situación.

Es importante mencionar que, como seres humanos, a veces nos enfrentamos a la limitación de comprender plenamente los designios de Dios. Su sabiduría infinita va más allá de nuestra comprensión finita, y confiamos en su bondad y justicia divinas.

En cuanto a la pregunta de si se puede ser feliz en el cielo si nuestros seres queridos se condenan, la respuesta radica en confiar en el amor redentor de Dios. En el cielo, experimentaremos una visión completa y perfecta de la realidad, y confiaremos en la misericordia divina para reconciliar cualquier dolor o preocupación que hayamos llevado con nosotros.

Además, el cielo es un estado de comunión perfecta con Dios y con todos los que comparten ese estado. En este contexto, la fe católica nos enseña que el amor en el cielo será tan perfecto que abrazará incluso a aquellos que puedan haberse alejado de Dios en la tierra. Nuestra unión en el cielo será una expresión de la plenitud del amor divino que todo lo abarca.

En última instancia, la respuesta a esta pregunta está arraigada en la confianza en el amor y la misericordia de Dios. Nos sostiene la esperanza de que, en la plenitud de su amor, Él redimirá todas las cosas y reconciliará cada corazón con su divina providencia. Confiemos en que el cielo será un estado de alegría y comunión perfecta, donde experimentaremos la plenitud del amor divino que abraza todo, incluso aquello que nos ha causado dolor en esta vida terrenal.

Espero que esta charla haya proporcionado un consuelo en medio de una pregunta tan profunda. Sigamos caminando juntos en nuestra búsqueda de comprender el amor infinito de Dios y confiando en su misericordia. Estoy aquí para ti, siempre dispuesto a compartir esta maravillosa travesía de fe.

Autor: Padre Ignacio Andrade.

¿Qué es el infierno? ¿Dónde se encuentra? ¿Es un "lugar" físico?


¿Qué es el infierno? ¿Dónde se encuentra? ¿Es un "lugar" físico?

Entremos en el tema del infierno con calma y con la confianza de que la fe nos ofrece respuestas llenas de amor y misericordia.

Entonces, ¿qué es el infierno? En términos sencillos, el infierno es un estado de separación eterna de Dios. No es tanto un lugar físico con coordenadas geográficas, como una realidad espiritual. Es una condición de alejamiento voluntario de la presencia amorosa de Dios, elegida por aquellos que, en pleno uso de su libertad, rechazan la comunión con Él.

La base de nuestra comprensión del infierno se encuentra en las enseñanzas de Jesús, nuestro Señor. Él nos habla sobre el infierno en términos simbólicos y parabólicos, utilizando imágenes que nos invitan a reflexionar sobre la seriedad de nuestras elecciones. Por ejemplo, en el Evangelio de Mateo (25, 41), Jesús menciona el fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles. Este fuego no debe interpretarse de manera literal, sino como un símbolo de la purificación y el rechazo de Dios.

Es crucial entender que el infierno no es algo que Dios desee para sus hijos. Al contrario, es una elección que hacemos por nuestra propia cuenta. Dios nos creó con libre albedrío, un regalo precioso que nos permite amarle y seguirle voluntariamente. Sin embargo, también implica la capacidad de alejarnos de Él. Dios respeta nuestra libertad, incluso si eso significa que algunos eligen apartarse de su amor.

Ahora, ¿dónde se encuentra el infierno? Como mencioné antes, no es un lugar físico en el sentido terrenal. Más bien, es una realidad espiritual que existe en el ámbito sobrenatural. La Iglesia nos enseña que el infierno es una condición de separación de Dios, un estado de autosuficiencia y lejanía eterna de la fuente de todo bien.

Al considerar estas enseñanzas, es esencial recordar que la visión católica del infierno está imbuida de un profundo deseo de misericordia. Aunque se nos habla de las consecuencias de rechazar a Dios, también se nos presenta un Salvador que nos ama incondicionalmente y desea nuestra reconciliación.

Recuerda las palabras de San Juan Pablo II, quien dijo que el infierno no es tanto un lugar definido, sino "la situación en que llega quien libre y definitivamente se aleja de Dios, fuente de todo bien y de toda alegría". Aquí, la perspectiva cambia, y se enfatiza la elección consciente y libre de apartarse de la presencia amorosa de Dios.

Como católicos, también creemos en el purgatorio, un estado de purificación para aquellos que mueren en la amistad con Dios pero necesitan limpieza antes de entrar plenamente en su presencia. Este énfasis en la misericordia y la posibilidad de purificación demuestra el deseo de Dios de acercarnos a Él, incluso después de nuestras imperfecciones.

Para ahondar en nuestra comprensión, podemos referirnos al Catecismo de la Iglesia Católica. En los números 1033 y 1034, se nos enseña que el infierno es "la autotrascendencia consciente y libre de la persona humana, que rechaza a Dios y la comunión con los que perseveran en el mal hasta el final". La elección consciente es un elemento clave aquí. Dios no nos condena; nosotros, en el uso de nuestra libertad, elegimos separarnos de Él.

Recuerda también que nuestro Dios es un Dios justo y amoroso. No envía a nadie al infierno; es la decisión de apartarse de su amor lo que lleva a esa realidad. Dios nos ofrece innumerables oportunidades de arrepentimiento y reconciliación a lo largo de nuestras vidas. La puerta de la misericordia siempre está abierta, y depende de nosotros aceptar la gracia que se nos ofrece.

Además, la Iglesia nos enseña que el juicio final es un acto de la misericordia de Dios. Será un momento en el que todos entenderemos completamente las consecuencias de nuestras elecciones y experimentaremos la justicia y la misericordia divinas de manera plena.

En este viaje de fe, es crucial vivir de acuerdo con el amor y la misericordia que Jesús nos enseñó. Debemos esforzarnos por crecer en santidad, buscando la gracia y el perdón de Dios. La oración, los sacramentos y la vida en comunidad son caminos fundamentales para acercarnos más a nuestro Señor y evitar las sendas que nos alejarían de Él.

En resumen, el infierno es una realidad espiritual, una condición de separación eterna de Dios, elegida consciente y libremente por aquellos que rechazan su amor. No es un lugar físico con coordenadas terrenales, sino una realidad que existe en el ámbito sobrenatural. La visión católica del infierno está impregnada de un deseo profundo de misericordia, recordándonos que Dios siempre nos ofrece su amor y perdón, incluso en medio de nuestras debilidades. La esperanza y la posibilidad de reconciliación son aspectos fundamentales de nuestra fe, y siempre podemos confiar en la inagotable misericordia de nuestro Padre celestial. ¡Sigamos caminando juntos en este viaje de fe, mi amigo!

Autor: Padre Ignacio Andrade.

¿Un Papa puede irse al infierno?


En la doctrina cristiana católica, creemos firmemente que el Papa, a pesar de ser el líder espiritual de la Iglesia, por ser el sucesor de San Pedro, sigue siendo un ser humano, sujeto a las tentaciones y debilidades humanas, incluyendo la posibilidad de pecar. La enseñanza católica reconoce que todos los seres humanos, sin excepción, tienen la capacidad de tomar decisiones que los alejen de Dios y, en última instancia, los conduzcan al pecado mortal y, potencialmente, al infierno.

La Iglesia Católica enseña que el pecado mortal, que implica una grave infracción de la ley de Dios realizada con pleno conocimiento y consentimiento, puede separar a una persona de la gracia de Dios y, si no es arrepentido, puede llevar al alma a la condenación eterna. Esta enseñanza se basa en las Escrituras y en la tradición apostólica, y subraya la importancia del arrepentimiento, la confesión y la reconciliación con Dios.

La carta a los Romanos, en el Nuevo Testamento, nos dice que "la paga del pecado es muerte" (Romanos 6, 23). Esta muerte se refiere no solo a la muerte física, sino también a la muerte espiritual y eterna que es la separación de Dios en el infierno. Es crucial entender que esta enseñanza se aplica a todas las personas, sin importar su posición en la Iglesia o en la sociedad.

Incluso nuestros pastores, incluyendo al Papa, están sujetos a las mismas verdades espirituales y morales que el resto de los creyentes. La gracia de Dios y el llamado a la santidad están disponibles para todos, pero cada individuo debe cooperar con la gracia divina a través de su libre albedrío y su respuesta a la llamada de Dios.

Es esencial destacar que la posibilidad de que una persona, incluyendo el Papa, se aparte de Dios no se basa en la falta de fe en la enseñanza de la Iglesia, sino en el reconocimiento de la libertad humana y la necesidad constante de la gracia divina. La Iglesia Católica nos exhorta a orar por nuestros líderes espirituales, incluyendo al Papa, para que sean fieles a su vocación y perseveren en la santidad. La oración y el apoyo de la comunidad son vitales para el caminar espiritual de cualquier persona, independientemente de su posición en la Iglesia.

En resumen, sí, un Papa, como cualquier otro ser humano, tiene la libertad de elegir entre el bien y el mal. La doctrina católica reconoce esta realidad y nos recuerda la importancia del arrepentimiento y la reconciliación con Dios. Todos estamos llamados a vivir en la gracia de Dios, pero también somos responsables de nuestras elecciones y acciones. La oración, el arrepentimiento y la confianza en la misericordia divina son aspectos fundamentales de nuestra fe, independientemente de quiénes seamos en la Iglesia. La esperanza radica en la infinita misericordia de Dios, que está siempre dispuesto a recibirnos de vuelta en su amor, sin importar cuán lejos hayamos caído. Que esta verdad nos inspire a vivir una vida de fidelidad, arrepentimiento y amor, confiando en la gracia y el perdón de Dios en todo momento.

Y no nos olvidemos de rezar todos los días por el Papa, por su vocación, su ministerio y sus intenciones (recuerda que incluso puedes ganar una indulgencia plenaria al día si rezas el Santo Rosario frente al Santísimo y lo ofreces por las intenciones del Papa -para ganar la indulgencia es necesario que estés confesado-)

Autor: Padre Ignacio Andrade.

¿Puede pasar un alma del purgatorio al infierno?


La creencia católica en el purgatorio es una expresión de la misericordia divina y la creencia en la necesidad de la purificación para entrar en la presencia de Dios en el cielo. La Iglesia enseña que las almas que han muerto en estado de gracia, pero que todavía tienen manchas de pecado venial o requieren purificación por pecados ya perdonados, pueden pasar algún tiempo en el purgatorio antes de entrar en la plena comunión con Dios en el cielo.

El purgatorio no es un lugar de condenación eterna ni un estado permanente; es un estado temporal de purificación. Las almas en el purgatorio están seguras de su salvación eterna y eventualmente entrarán en el cielo. La idea detrás del purgatorio es que, aunque estas almas están destinadas al cielo, necesitan ser purificadas y limpiadas antes de encontrarse cara a cara con la santidad de Dios.

La base bíblica para el purgatorio se puede encontrar en las enseñanzas de San Pablo. En su Primera Carta a los Corintios, San Pablo habla de cómo nuestras obras serán probadas por el fuego en el día del juicio (1 Corintios 3, 11-15). Este pasaje ilustra el proceso de purificación y preparación que ocurre antes de entrar en la plenitud de la presencia de Dios.

El Catecismo de la Iglesia Católica también habla del purgatorio como un estado de purificación necesaria para aquellos que han muerto en gracia y amistad con Dios (Catecismo de la Iglesia Católica, 1030-1032). La Iglesia enseña que podemos ayudar a estas almas en su purificación a través de nuestras oraciones y misas ofrecidas en su nombre, una práctica que ha sido parte de la tradición católica desde los primeros tiempos.

Ahora, en cuanto a si un alma del purgatorio podría pasar al infierno, la respuesta corta es no, y aquí está el por qué. Las almas en el purgatorio están en un estado de gracia, lo que significa que están en amistad con Dios. Están destinadas al cielo y están siendo purificadas para entrar en la presencia de Dios. La salvación de estas almas está asegurada. La Iglesia enseña que las almas en el purgatorio no pueden caer en el pecado mortal y, por lo tanto, no pueden ir al infierno.

El Concilio de Florencia en el siglo XV reafirmó esta enseñanza al afirmar que las almas que mueren en estado de gracia pero que todavía necesitan purificación están aseguradas de su salvación eterna, y su purificación se completa en el purgatorio antes de entrar en el cielo.

El Catecismo de la Iglesia Católica también subraya que las almas en el purgatorio están ya en comunión con Dios y los santos, aunque todavía se están purificando (Catecismo de la Iglesia Católica, 1032). Esto significa que, aunque están siendo purificadas, ya están en un estado de gracia y están unidas a Dios, lo que excluye la posibilidad de ser condenadas al infierno.

En última instancia, la doctrina del purgatorio refleja la misericordia y la justicia de Dios. Es una expresión del amor de Dios por nosotros, que nos permite ser purificados y preparados para estar en su presencia. Como católicos, tenemos la esperanza y la confianza de que nuestras oraciones y sacrificios pueden ayudar a las almas en el purgatorio en su camino hacia el cielo. Al mismo tiempo, esta creencia nos recuerda la importancia de vivir nuestras vidas en gracia y amistad con Dios, para que, cuando llegue nuestro momento final, podamos encontrarnos con él sin la necesidad de pasar por el purgatorio.

Autor: Padre Ignacio Andrade

¿Dios sigue amando a los que se fueron al infierno?


Para abordar esta pregunta, es importante analizar la naturaleza del amor de Dios y su relación con el libre albedrío humano.

La Biblia nos enseña que Dios es amor (1 Juan 4,8) y que su amor es incondicional y eterno. Sin embargo, también nos enseña que Dios respeta nuestra libertad y nos da la capacidad de elegir entre el bien y el mal. En su amor infinito, Dios desea que todos los seres humanos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad (1 Timoteo 2,4).

El infierno, como lo describe la Iglesia Católica, es la separación eterna de Dios, elegida libremente por aquellos que rechazan su amor y se alejan de él. Es importante destacar que Dios no envía a nadie al infierno; más bien, es una elección libre y consciente de aquellos que rechazan la salvación y la reconciliación con Dios.

Aunque aquellos que están en el infierno han hecho una elección definitiva de alejarse de Dios, esto no significa que Dios deje de amarlos. Su amor es inmutable e incondicional, y su deseo de salvación para todos los seres humanos no disminuye. Sin embargo, el infierno es una realidad en la que aquellos que han rechazado a Dios han elegido permanecer.

La Biblia nos enseña que Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva (Ezequiel 18,23). Su amor y misericordia son infinitos, y siempre está dispuesto a perdonar y recibir a aquellos que se arrepienten sinceramente de sus pecados. Sin embargo, también respeta nuestra libertad y no nos obliga a aceptar su amor y salvación.

Es importante recordar que el infierno no es un castigo impuesto por Dios, sino una consecuencia natural de la elección libre y consciente de alejarse de él. Aquellos que se condenan al infierno han rechazado el amor y la misericordia de Dios y han elegido vivir separados de él por toda la eternidad.

Aunque Dios sigue amando a aquellos que se han condenado al infierno, su amor no puede forzar la reconciliación o la salvación. La condenación al infierno es el resultado de una elección libre y consciente de alejarse de Dios y rechazar su amor y misericordia.

Es importante recordar que el amor de Dios es incondicional y eterno, pero también está en armonía con su justicia. Aquellos que se condenan al infierno han elegido libremente vivir separados de Dios y enfrentar las consecuencias de sus acciones.

Como sacerdote católico, mi deber es guiar a los fieles hacia la santidad y promover los valores y enseñanzas de la Iglesia. Esto incluye enseñar sobre el amor incondicional de Dios, su deseo de salvación para todos los seres humanos y la realidad del infierno como una consecuencia de nuestras elecciones libres.

Es importante recordar que Dios siempre está dispuesto a perdonar y recibir a aquellos que se arrepienten sinceramente de sus pecados. Su amor y misericordia son infinitos, y su deseo es que todos los seres humanos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.

Autor: Padre Ignacio Andrade.

¿El purgatorio es un tercer destino final como el cielo y el infierno?


La pregunta planteada sobre el purgatorio es importante y nos invita a reflexionar sobre la realidad de este estado después de la muerte.

El purgatorio es un concepto que a menudo genera confusión y malentendidos. Para comprender mejor si el purgatorio es un tercer destino final como el cielo y el infierno, debemos acudir a las enseñanzas de la Sagrada Escritura y el Catecismo de la Iglesia Católica.

En primer lugar, es importante tener en cuenta que el purgatorio no es un lugar físico como el cielo o el infierno. Es más bien un estado o proceso de purificación que experimentan las almas que mueren en gracia pero que todavía tienen la necesidad de purificarse antes de entrar en la plena comunión con Dios en el cielo.

La base bíblica para la creencia en el purgatorio se encuentra en varios pasajes del Nuevo Testamento. Por ejemplo, en 1 Corintios 3,15, San Pablo habla de cómo algunas obras de los cristianos serán probadas por fuego en el día del juicio, y si sus obras son consumidas, ellos mismos serán salvados, aunque como a través del fuego. Esto sugiere que algunas almas necesitarán ser purificadas antes de entrar en la plena comunión con Dios.

Además, en Mateo 5,25-26, Jesús habla de cómo aquellos que tienen asuntos pendientes con su hermano deben reconciliarse antes de llegar ante el juez, para que no sean entregados al carcelero y no salgan de allí hasta que hayan pagado hasta el último céntimo. Esta imagen sugiere que puede hay una oportunidad de purificación después de la muerte (siempre y cuando nuestras "manchas" no sean pecados mortales).

El Catecismo de la Iglesia Católica también nos ofrece una enseñanza clara sobre el purgatorio. Se nos dice que "los que mueren en la gracia y en la amistad de Dios, pero imperfectamente purificados, aunque están seguros de su eterna salvación, sufren después de su muerte una purificación, para obtener la santidad necesaria para entrar en la alegría del cielo" (CIC 1030).

El Catecismo también nos enseña que el purgatorio es un estado temporal de purificación y que las almas que están en el purgatorio pueden ser ayudadas por nuestras oraciones y sacrificios. Esta es una expresión del amor y la comunión que existe entre los miembros del Cuerpo de Cristo, tanto los vivos como los difuntos.

Es importante tener en cuenta que el purgatorio no es un destino final en sí mismo, sino más bien un estado transitorio en el camino hacia la plena comunión con Dios en el cielo. Aquellos que están en el purgatorio están seguros de su salvación eterna, pero todavía necesitan ser purificados antes de entrar en la plenitud de la vida eterna.

En cuanto a la duración del tiempo en el purgatorio, no podemos afirmar con certeza cuánto tiempo durará la purificación de cada alma. La Iglesia enseña que el tiempo en el purgatorio es diferente al tiempo terrenal y que está sujeto a la misericordia y la justicia de Dios. Nuestras oraciones y sacrificios pueden ayudar a acelerar la purificación de las almas en el purgatorio, pero en última instancia, confiamos en la sabiduría y el amor de Dios en este asunto.

Es importante recordar que el purgatorio es una expresión del amor y la misericordia de Dios. Es un lugar de esperanza y oportunidad para aquellos que mueren en gracia pero que aún necesitan ser purificados. A través de la purificación en el purgatorio, las almas son preparadas para entrar en la plena comunión con Dios en el cielo.

En resumen, el purgatorio no es un tercer destino final como el cielo y el infierno, sino más bien un estado o proceso de purificación después de la muerte. Es un lugar de esperanza y oportunidad para aquellos que mueren en gracia pero que aún necesitan ser purificados antes de entrar en la plena comunión con Dios. La base bíblica y la enseñanza de la Iglesia Católica nos indican que el purgatorio es una realidad que debemos tener en cuenta y que nuestras oraciones y sacrificios pueden ayudar a las almas en el purgatorio en su proceso de purificación. Como católicos, confiamos en la misericordia y el amor de Dios y esperamos la plenitud de la vida eterna junto a Él.

Autor: Padre Ignacio Andrade

¿Los protestantes que mueren se van al infierno? Un sacerdote responde


Es importante tener en cuenta que existe una enseñanza que se conoce como la doctrina de la "Extra Ecclesiam nulla salus", que se traduce como "fuera de la Iglesia no hay salvación". Pero cuidado, esta enseñanza no significa que todos los no católicos estén destinados al infierno automáticamente. En cambio, significa que la Iglesia católica es el medio ordinario establecido por Dios a través del cual se puede obtener la salvación, sin embargo Dios puede abrir medios extraordinarios para salvar a otros que, sin culpa propia, por influencia cultural o familiar, se encuentran formalmente fuera de la Iglesia católica.

La Iglesia enseña que la salvación es posible para todas las personas, independientemente de su religión o creencia. La salvación se ofrece a todos los que buscan sinceramente a Dios y hacen su voluntad. El Catecismo de la Iglesia católica dice: "La Iglesia católica reconoce que en otras religiones hay elementos de verdad y de santidad. [...] Sin embargo, la salvación viene de Cristo a través de su Iglesia" (n. 819).

En cuanto a los protestantes, la Iglesia católica reconoce que muchos de ellos tienen una fe sincera en Jesucristo y buscan seguir su voluntad. La Iglesia católica también reconoció en el Concilio Vaticano II que hay muchos elementos de verdad en las enseñanzas protestantes, aunque dejando claro que lo que hay de verdad en sus enseñanzas es parte de lo que heredaron del depósito de la fe que obtuvieron del catolicismo (fe en Jesús, amor por las Escrituras, creencia en la Trinidad, etc.). Como tal, los protestantes no están automáticamente destinados al infierno simplemente porque no son católicos.

La Biblia nos enseña que Dios es amor y misericordia. En Juan 3, 16-17 se dice: "Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en él no se pierda, sino que tenga vida eterna. Dios no envió a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para salvarlo por medio de él". Además, en Romanos 2,14-15, se dice: "Cuando los gentiles, que no tienen la ley, hacen por naturaleza lo que exige la ley, ellos, aunque no tienen la ley, son ley para sí mismos. Ellos demuestran que lo que la ley exige está escrito en sus corazones".

Como sacerdote, es mi deber recordar que la salvación es un misterio de Dios y no podemos conocer el destino eterno de ninguna persona. Solo Dios puede juzgar a una persona y decidir si merece la salvación o no. Debemos confiar en su amor y misericordia y rezar por la salvación de todos los hombres y mujeres.

La enseñanza de la Iglesia sobre la salvación no significa que los protestantes, o cualquier otra persona que no sea católica, estén automáticamente destinados al infierno. La salvación es posible para todas las personas que buscan sinceramente a Dios y hacen su voluntad. La Iglesia católica reconoce que hay elementos de verdad y santidad en otras religiones y busca promover la unidad y el diálogo interreligioso. Como sacerdote, mi deber es recordar que solo Dios conoce el destino eterno de cada persona y debemos confiar en su amor y misericordia, nunca debemos afirmar que tal o cual persona "se fue al infierno".

Como católicos creemos firmemente en la importancia de los sacramentos como medios ordinarios de la gracia de Dios. Los sacramentos son signos eficaces de la gracia de Dios, instituidos por Jesucristo, que nos ayudan a crecer en nuestra relación con Él y a recibir la fuerza necesaria para vivir nuestra fe.

La Iglesia católica reconoce siete sacramentos: el Bautismo, la Confirmación, la Eucaristía, la Penitencia, la Unción de los enfermos, el Orden sacerdotal y el Matrimonio. A través de estos sacramentos, recibimos la gracia de Dios de manera tangible y concreta, lo que nos permite crecer en santidad y acercarnos a Él y en última instancia, ser salvos.

Sin embargo, es importante recordar que Dios no está limitado por los sacramentos. Él puede obrar de maneras extraordinarias en nuestras vidas, fuera de los sacramentos, si así lo desea. La Iglesia enseña que hay otros medios de gracia, que incluyen la oración, la lectura de la Escritura, el servicio a los demás, y otros actos de piedad y caridad.

En ocasiones, Dios puede obrar de manera extraordinaria en la vida de una persona a través de una experiencia mística o un encuentro personal con Él. Estos momentos pueden ser muy poderosos y significativos en la vida de una persona, pero no reemplazan la importancia de los sacramentos como medios ordinarios de la gracia de Dios.

Como sacerdote católico, es mi deber fomentar la participación en los sacramentos y ayudar a las personas a comprender su importancia en la vida espiritual. Al mismo tiempo, también es importante reconocer que cada persona tiene un camino único en su relación con Dios y que Dios puede obrar de maneras que son diferentes y únicas para cada persona.

- Hubo una beata que vio a Lutero en el infierno, ¿qué puede decir de eso?

La visión de Martín Lutero en el infierno a la que seguramente haces referencia se relaciona con la experiencia de la Sierva de Dios, María Serafina Micheli, una monja italiana del siglo XIX que afirmó haber visto a Lutero en una visión. En su visión, Micheli afirmó que Lutero estaba sufriendo en el infierno debido a su rechazo de la Iglesia católica y sus enseñanzas.

Es importante tener en cuenta que las visiones privadas de los santos no son enseñanzas oficiales de la Iglesia y no pueden ser tomadas como verdades absolutas. Como católicos, estamos llamados a buscar la unidad y la reconciliación con todos los hombres y mujeres, independientemente de su afiliación religiosa o sus decisiones pasadas. La Iglesia católica reconoce que la salvación viene a través de Cristo, y que Dios desea la salvación de todos los hombres y mujeres.

La Iglesia católica también enseña que el infierno es una realidad, y que aquellos que mueren en pecado mortal y no se arrepienten y convierten antes de su muerte, se arriesgan a perder la salvación eterna y pasar la eternidad en el infierno. Sin embargo, sólo Dios conoce el corazón y la vida de cada persona, y sólo Él puede juzgar con justicia y misericordia.

Como católicos, estamos llamados a orar por la salvación de todos los hombres y mujeres, y a buscar vivir nuestras vidas en conformidad con la voluntad de Dios. La Iglesia católica nos proporciona los medios necesarios para crecer en la gracia y en la santidad a través de los sacramentos y otras prácticas espirituales. Es nuestra tarea confiar en la misericordia de Dios y buscar vivir nuestras vidas en conformidad con su voluntad, confiando en que Él nos guiará a la salvación eterna.

Autor: Padre Ignacio Andrade.

Pregúntale al sacerdote: "¿Me podría explicar la enseñanza de la Iglesia sobre el infierno?"


Pregunta: "¿Me podría explicar la enseñanza de la Iglesia sobre el infierno?"

Respuesta:

Debo comenzar diciendo que el infierno es un concepto difícil y controvertido. La idea del infierno es una de las creencias fundamentales de la Iglesia Católica, pero también es una de las enseñanzas más difíciles de entender y aceptar.

El infierno es el lugar donde se cree que van las almas de aquellos que han rechazado a Dios y han vivido una vida de pecado. Es un lugar de sufrimiento eterno y separación de Dios. La existencia del infierno se basa en la enseñanza de que el ser humano tiene libre albedrío y puede tomar decisiones que le alejen de Dios.

La Iglesia Católica enseña que el infierno es un lugar de castigo eterno y que las almas que están allí sufren tormentos inimaginables. La idea del infierno como un lugar de sufrimiento y castigo eterno ha sido objeto de crítica y debate, pero la Iglesia Católica sostiene que esta enseñanza es una verdad de fe.

La enseñanza de la Iglesia Católica sobre el infierno no debe ser entendida como una amenaza o un castigo arbitrario. En cambio, debe ser vista como una llamada a la conversión y a la vida en plenitud en Cristo. La Iglesia Católica cree que el infierno es una realidad, pero también cree que la misericordia de Dios es más grande que cualquier pecado o maldad.

La enseñanza de la Iglesia Católica sobre el infierno no es algo que deba ser utilizado para asustar a las personas o para coaccionarlas a creer en Dios. En cambio, debe ser vista como una verdad que nos recuerda la importancia de vivir una vida de virtud y de fidelidad a Dios.


En la enseñanza de la Iglesia Católica, el infierno es una consecuencia del pecado y del rechazo de Dios. La Iglesia Católica cree que el ser humano tiene la capacidad de elegir entre el bien y el mal, y que esta elección tiene consecuencias eternas. El infierno es el resultado de una elección libre y consciente de alejarse de Dios y de vivir en el pecado.

La Iglesia Católica también enseña que el infierno no es un lugar que Dios haya creado para castigar a las personas, sino que es el resultado de la elección de las personas de alejarse de Dios. La Iglesia Católica cree que Dios nos ama incondicionalmente y que desea que todos los seres humanos se salven.

En resumen, el infierno es una realidad enseñada por la Iglesia Católica, pero no debe ser entendido como una amenaza o un castigo arbitrario. En cambio, debe ser visto como una llamada a la conversión y a la vida en plenitud en Cristo. La enseñanza de la Iglesia Católica sobre el infierno nos recuerda la importancia de vivir una vida de virtud y de fidelidad a Dios y nos ofrece la esperanza de la misericordia de Dios, que es más grande que cualquier pecado o maldad.

La Iglesia Católica ha enseñado tradicionalmente que el infierno es un lugar, pero hay diferentes interpretaciones y matices en lo que respecta a su naturaleza y ubicación. Algunos teólogos católicos han sugerido que el infierno podría ser un estado o una condición, más que un lugar físico.

Según la enseñanza tradicional de la Iglesia, el infierno es un lugar de sufrimiento eterno donde las almas que han rechazado a Dios y han vivido una vida de pecado son enviadas después de su muerte. Se ha descrito como un lugar de oscuridad, fuego y tormento, donde las almas están separadas de Dios para siempre.

Sin embargo, la Iglesia también ha reconocido que la descripción del infierno en la Biblia y en las enseñanzas de la Iglesia puede ser simbólica o figurativa. Por ejemplo, el lenguaje de la Biblia sobre el infierno puede ser interpretado como una forma de describir el sufrimiento y el dolor que resultan del pecado y la separación de Dios.

En cualquier caso, la enseñanza de la Iglesia Católica sobre el infierno no debe ser entendida simplemente en términos físicos o geográficos. El infierno es ante todo una consecuencia del pecado y del rechazo de Dios, y se trata de una realidad espiritual que afecta a la relación del ser humano con Dios y con los demás.

En última instancia, la naturaleza del infierno sigue siendo un misterio y es objeto de debate y reflexión dentro de la teología católica. La Iglesia Católica nos llama a mantener una actitud de humildad y respeto ante la realidad del infierno, a la vez que nos invita a buscar la misericordia y el perdón de Dios a través de la Confesión para evitar sufrir la separación eterna de Dios en el infierno.

Autor: Padre Ignacio Andrade.

¿Es Dios realmente el que envía a las personas al infierno?



¿Cómo es que se produce la Condena de una Persona al Infierno y a otra al Cielo?

Hay una serie de preguntas que asaltan a la gente de nuestro tiempo.

¿Si Dios ama tanto a los seres humanos que Él creó, cómo podría enviar a alguno al infierno?

¿Sí es un Padre amoroso cómo puede permitir que la gente se pierda por toda la eternidad?

Y efectivamente Dios es un Padre amoroso para los hombres, porque envió a Su único Hijo para que muriera en la cruz y rescatarnos.

¿Un ser amoroso como ese, crearía un lugar donde reina el dolor, y que sea para toda la eternidad?

¿Y que las personas condenadas allí sean privadas para siempre de estar con Él?

Aquí hablaremos sobre la existencia del infierno, sobre cómo llega la gente a ese lugar, qué hace Dios para que la gente no llegue allí, cómo debemos precavernos de no llegar allí y que podemos hacer para prevenir que nuestros seres queridos se dirijan allí.

En el siglo XX ha tomado fuerza la idea de que todos los seres humanos irán al Cielo, independientemente de sus creencias o de sus conductas. 

A esto se le llama universalismo.

Algunos han argumentado que el infierno no existe.

Pero como es un dogma de fe de la Iglesia Católica, entonces aparecieron teólogos, como Hans Urs von Balthasar, que lo han evadido, argumentado engañosamente que el Infierno está vacío, y que los cristianos deben esperar eso.

Que es lo mismo que decir que no existe, porque tiene el mismo resultado.

¿Y qué consecuencias tiene esto?

En primer lugar nos sugiere que Dios es moralmente esquizofrénico, dice una cosa y hace otra.

Porque 21 de las 38 parábolas de la Biblia advierten sobre un juicio, en el que Dios separará aquellos que puedan entrar en el reino de los cielos, de aquellos que no puedan o no quieran entrar.

Hay parábolas que hablan de ovejas y cabras, de trigo y cizaña, de separación a la derecha y la izquierda, de vírgenes necias y vírgenes sabias, de aquellos que aceptan la invitación a la boda y aquellos que no, de los que están bien vestidos y los que no lo están para el banquete.

Están aquellos a los que Jesús les dice vengan benditos de mi padre y a los que dice aléjense de mí, y aquellos que golpean y Jesús les abre la puerta y aquellos a los que les dice no te conozco.

También habla repetidamente de un lugar donde el fuego no se apaga, y no precisamente el fuego del amor.

Un lugar al que se entra por una puerta ancha, donde habrá llanto y crujir de dientes.

Todo esto que se expresa en el Nuevo Testamento suena como que hay un lugar peor que la muerte física, al que algunos irán y otros no.

De modo que si se lee sólo con un poco de detenimiento la Biblia, dejando de lado los deseos humanos, es insostenible pensar que el infierno no existe o que no haya gente allí.


Sin embargo en la época actual prima más la emoción personal que la credibilidad de la Biblia o la palabra de Jesús.


Esto es lo que podemos llamar endurecimiento del corazón a la palabra de Dios.


En segundo lugar, el arrepentimiento no tiene sentido si no hay un lugar como el infierno. 


Porque de esta forma podrías hacer lo que quieras a quien quieras y no sufrir consecuencias eternas. 


Y en tercer lugar, no solo justifica el caos moral de hoy día, sino que lo vuelve más poderoso y persuasivo que un Dios supuestamente todopoderoso.


Aún así, algunos dirán que Dios condena a algo muy cruel por toda la eternidad.


Y en este hay un error garrafal.


Dios no envía a nadie al Infierno.


Pero Él no prohíbe que las almas se auto condenen, de lo contrario no tendríamos libre albedrío.


Es más, Él está en la puerta del infierno tratando de convencer a los que quieren entrar para que no lo hagan.


Mientras que desde dentro del infierno se oyen improperios e insultos contra Dios.


Vociferando incluso que no deberían permitirle que estuviera en la puerta haciendo proselitismo.


De modo que no es Dios el que envía o condena sino que sólo lo permite.


¿Y porque Dios permite que sucedan estas cosas desagradables?


De nuevo, se trata del respeto que tiene por nuestra libertad de elección, del libre albedrío con que nos creó.


Quienes van al infierno es porque ellos prefieren la oscuridad en lugar de la luz, eligen separarse de Dios.


¿Y porque la gente querría decidir separarse de Dios?


No es una respuesta fácil, pero en principio quizás el tema pase por una disconformidad respecto a la propia vida de la persona y a lo que le ha pasado en la Tierra.

Si Dios existe habría sido el culpable de todos los males que le sucedieron, inclusive de su propia personalidad y sus propios defectos.

Y no quieren tener ningún trato con una persona que califican negativamente.

Hoy esto queda más claro que nunca, porque ha surgido un nuevo ateísmo que no pone énfasis en que Dios no existe, sino en que podría llegar a existir, pero es un ser malo, porque su moral no deja a las personas hacer lo que ellas quieran. 

Pero lo cierto es que durante toda nuestra vida, Dios ha estado esperando que aceptemos Su misericordia.

Él nos ha dado la gracia de ver nuestros pecados a la luz, para que cambiemos.

Dios nos ha propuesto aceptar Su amor misericordioso y enfrentar la verdad sobre nuestros actos; que los veamos como lucen a sus ojos.

Esto vale tanto para conductas inmorales menores, como para actos inmorales que definimos como pecados mortales.

Y nos ha llamado permanentemente al arrepentimiento, que lava todas las culpas, aunque a veces no las consecuencias terrenales de nuestros pecados.

¿Y cómo actúa la misericordia de Dios en este caso de pecadores consuetudinarios y empedernidos?

¿Los abandona sin tratar de rescatarlos? Noooo.

Jesucristo ha dicho «no he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento» Lucas 5:32, expresión que también se repite en los otros evangelios, porque es central en la misión del hijo de Dios.

Dios le da a cada persona, incluido los pecadores, un primer influjo misericordioso a través de la gracia preveniente, que les ilumina al alma para percibir lo que es el bien y el mal, y las verdades trascendentes.

Y además libera su voluntad para elegir entre el bien y el mal.

Es la gracia que les permite entender lo que es bueno y lo que es malo, y su culpabilidad de haber elegido lo malo.

Y además le da la capacidad de elegir por lo bueno.

Pero el individuo puede aceptar a Dios o no hacerlo.

Si lo acepta, entonces Dios derrama sobre él la gracia subsiguiente, para que coopere con Dios y con el prójimo.

Pero aunque el pecador odie a Dios y a su bondad, y tenga su alma tan endurecida como para continuar en el pecado, Él de cualquier manera le ayudará con su providencia.

Está constantemente mostrándole su amor y dándole esperanza; acercándole ejemplos de santidad, y produciendo en su vida situaciones para conducirlo al arrepentimiento.

Esta gracia providente no necesita la cooperación del libre albedrío, por lo que es un auxilio para acercarse a Dios que está presente aún en los casos más duros; es la lucecita que aún está encendida en el alma del pecador aún más impenitente. 

Y si el individuo comienza el proceso de arrepentimiento, Dios profundiza su gracia providente.

Pero aún hay más, cuando morimos, en el juicio personal, Dios nos presenta la elección final de un destino irrevocable: estar junto a Él para siempre, aunque pueda suponer una parada intermedia en el purgatorio para purificarnos, o ir al infierno.

De modo que en todo momento no es Dios quien condena al individuo al infierno, sino que el propio individuo es el que se condena al no elegir a Dios.

Y por tanto no se puede acusar a Dios de crueldad por enviar a la gente al infierno, porque Él no envía a nadie a allí.

Algunos tienen miedo de que sus hijos o sus seres queridos vayan al infierno, porque no responden a ningún llamado de arrepentimiento de sus conductas pecaminosas.

Esto se ha multiplicado en los últimos tiempos, porque la oscuridad se ha apoderado del mundo.

Pero deben considerar que Dios está actuando con las 3 gracias previas al arrepentimiento que hemos mencionado.

Y también los padres y familiares pueden cooperar con la gracia de Dios con su conducta y pidiendo un milagro.

Los evangelios nos avalan que la esperanza tiene bases factibles.

Nos muestran cómo la fe de otras personas han salvado por ejemplo a enfermos.

Y es especialmente importante para los padres que la fe de otra persona pueda lograr el milagro del arrepentimiento.

En caso de que sus hijos parezca que se dirigen expreso hacia el infierno, los padres deben confiar plenamente en la gracia de Dios.

Y permanecer más atados a Dios aún, tratando de agradarle y obedecerle, para pedirle constantemente por sus hijos con más legitimidad.

«Señor yo estoy haciendo lo que no hacen mis hijos, por favor míralos a ellos».

Por lo tanto la recomendación a los padres es no bajar los brazos, orar constantemente por la conversión de sus hijos y mostrar una ferviente fe cristiana en su vida diaria.

Esto mismo vale para cualquier persona que queramos salvar.

Bueno hasta aquí lo que queríamos hablar, sobre que el infierno existe, pero Dios no envía a nadie allí, sino que la propia persona lo elige y mientras Dios dará todas las instancias posibles para producir el arrepentimiento. 

Obispo afirma que tiene esperanza de que el infierno esté vacío.



El obispo de Maguncia, Peter Kohlgraf, dice que comparte la esperanza de que el infierno esté vacío, pero al mismo tiempo espera que se haga justicia a quienes no han experimentado la justicia en el mundo. «Hay teólogos que dicen que si hay un infierno, entonces esperamos que no haya ningún ser humano que vaya a ese estado. Me uno a esa esperanza», dijo Kohlgraf en el último episodio de su podcast «Lebensfragen»

Junto a su esperanza personal, dijo el obispo, está el mensaje bíblico de que  las numerosas víctimas que han habido a lo largo la historia encontrarán justicia. «Eso significa: al menos los dictadores de este mundo no se librarán del juicio de Dios por medio de la gracia barata». La cuestión de la justicia, dijo, está vinculada a la imagen de Dios, especialmente para las personas que han sufrido la maldad de otros.

En principio, dijo, el mandato de los seres humanos es establecer la justicia ya en la tierra. «Pero hay demasiadas personas que, desde un punto de vista terrenal, no encontrarán justicia, por mucho que muchos lo intenten, porque el sufrimiento es demasiado grande o los autores no rinden cuentas», continuó Kohlgraf. El obispo de Maguncia subrayó que no sabía si Dios crearía esta justicia «tan llana» con el cielo y el infierno. Difícilmente podría llenar de contenido un modelo como el infierno. La Biblia apenas satisface la curiosidad por esta idea. «Pero me gustaría mantener la idea básica de justicia».

¿Reunión en el más allá?

El tema de la edición del podcast fue «La muerte y la muerte - y lo que podemos aprender de ella para nuestras vidas». Kohlgraf y la periodista Anja Schneider conversaron con Elke Büdenbender, jueza y esposa del Presidente alemán Frank-Walter Steinmeier, y el médico especialista en trasplantes Eckhard Nagel. Büdenbender y Nagel escribieron juntos el libro «La muerte no me es desconocida: una conversación sobre la vida y la muerte». La conversación giró en torno a las experiencias de pérdida de familiares, las ideas sobre el más allá y los rituales ante la muerte y el duelo. Kohlgraf describió cómo afrontó la temprana muerte de sus padres, especialmente de su madre. Tenía 19 años cuando murió.

En cuanto a si habrá una reunión en el más allá, Kohlgraf dijo que no tenía idea de cómo podría ser esa reunión. «Pero decir que las personas no desaparecen en la nada, las relaciones tampoco desaparecen en la nada, para mí eso también tiene que ver con esa esperanza». Kohlgraf se refirió a la última frase del testamento espiritual de su difunto predecesor como obispo de Maguncia, el cardenal Karl Lehmann. Decía: «Adiós». Una frase así demuestra una fe muy infantil, dijo el pastor jefe de Mainz. «Intento decir la frase a todos los que fueron importantes para mí con esta piedad infantil».

Elke Büdenbender subrayó que tenía la idea «de que hay algo después de morir». Sin embargo, no podía decir cómo sería esta vida después de la muerte. Sin embargo, es una idea reconfortante para ella. Según Eckhard Nagel, incluso como médico de trasplantes, la muerte y el morir nunca se convierten en una rutina. Para él, la consternación o la simpatía individual no cambian cuando hay que tratar este tema con más frecuencia.

Esto enseña el Catecismo de la Iglesia Católica sobre el infierno

1035 La enseñanza de la Iglesia afirma la existencia del infierno y su eternidad. Las almas de los que mueren en estado de pecado mortal descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte y allí sufren las penas del infierno, "el fuego eterno" (cf. DS 76; 409; 411; 801; 858; 1002; 1351; 1575; Credo del Pueblo de Dios, 12). La pena principal del infierno consiste en la separación eterna de Dios en quien únicamente puede tener el hombre la vida y la felicidad para las que ha sido creado y a las que aspira.

1036 Las afirmaciones de la Escritura y las enseñanzas de la Iglesia a propósito del infierno son un llamamiento a la responsabilidad con la que el hombre debe usar de su libertad en relación con su destino eterno. Constituyen al mismo tiempo un llamamiento apremiante a la conversión: "Entrad por la puerta estrecha; porque ancha es la puerta y espacioso el camino que lleva a la perdición, y son muchos los que entran por ella; mas ¡qué estrecha la puerta y qué angosto el camino que lleva a la Vida!; y pocos son los que la encuentran" (Mt 7, 13-14):

«Como no sabemos ni el día ni la hora, es necesario, según el consejo del Señor, estar continuamente en vela. Para que así, terminada la única carrera que es nuestra vida en la tierra mereceremos entrar con Él en la boda y ser contados entre los santos y no nos manden ir, como siervos malos y perezosos, al fuego eterno, a las tinieblas exteriores, donde "habrá llanto y rechinar de dientes"» (LG 48).

¿Sabías que hubo un día en que ninguna alma se fue al infierno? Así pasó.



¿Sabías que hubo al menos un día en que ninguna alma fue al infierno? Así lo relata Santa Faustina de Kowalska en su diario.

Su vida consagrada fue marcada por una serie de visiones que tuvo sobre el infierno, el purgatorio y el cielo. Pero sobre todo, la visión que tuvo del mismo Cristo, cuyo corazón iluminaba la oscuridad con luz roja y blanca.

En una de estas visiones, en el año 1937 Santa Faustina le pidió a Jesús que, en atención a la Divina Misericordia, le concediera que durante un día ninguna persona se fuese al infierno.

“En la mañana del viernes… Ofrecí un día entero por los pecadores agonizantes. Durante la Santa Misa sentí de manera particular la cercanía del Señor. Después de la Santa Comunión miré con confianza al Señor y le dije: Jesús, deseo mucho decirte una cosa, y el Señor me miró con amor y dijo: ¿Y qué es lo que quieres decirme?”, relata Santa Faustina.

“Jesús, te pido por el inconcebible poder de Tu misericordia que todas las almas que mueran hoy eviten el fuego infernal, aunque fuesen los pecadores mas grandes; hoy es viernes, el memorial de Tu amarga agonía en la cruz; como Tu misericordia es inconcebible, los ángeles no se sorprenderán“, continuó.

“Y Jesús me abraza a su Corazón y dijo: Hija  amada, has conocido bien el abismo de Mi misericordia. Haré como lo pides, pero no dejes de unirte continuamente a Mi corazón agonizante y satisfaz Mi justicia. Debes saber que Me has pedido una gran cosa, pero veo que te la ha dictado el amor puro hacia Mi, por eso satisfago tu petición”.

Así fue el día en que ningún alma se fue al infierno.

¿Qué piensas de este relato?

Pregunta a un sacerdote: ¿Si Dios nos ama tanto por qué existe el infierno?



P: ¿Cómo puede un Dios amoroso enviar a alguien al infierno? Siempre me dijeron que Dios nos ama incondicionalmente, pero si eso es cierto, ¿por qué existe el infierno? ¿No prueba eso que el amor de Dios es condicional? ¿No podría Dios, quien creó el magnífico universo, presentar una alternativa mejor que el infierno? ¿Por qué Dios crearía un lugar que hace que la muerte de Jesús en la cruz sea ineficaz para todos los que van al infierno? El cristianismo nos enseña a amar a nuestro prójimo. ¿Cómo puedo amar a mi prójimo y olvidar las almas que arden en el infierno? No podemos orar por ellos. El infierno es eterno. Si termino en el cielo, si Dios quiere, ¿cómo puedo disfrutar del cielo sabiendo que trillones de almas arden por toda la eternidad? La conclusión es que el amor de Dios y el castigo del infierno están en oposición directa. Algunas personas me han dicho que el infierno es la justicia de Dios. Cuando leo las palabras de Jesús sobre el infierno, no me muestran justicia. Muestra odio. El infierno es algo que desprecio. Es una creación de Dios que creo que no debería existir para ninguno de sus hijos, por muy malos que sean. Nunca debemos olvidar que nada sucede que no sea conforme a la voluntad de Dios y eso incluye a las personas que van al infierno. Me niego a creer que mi corazón es más bondadoso que mi doctrina... más bondadoso que mi Señor y Dios. Espero no haberte ofendido con mis preguntas. -C.

Respondido por el p. Edward McIlmail, LC

R: Agradezco esta oportunidad de tratar de responder algunas de sus sinceras preguntas. Sin embargo, en primer lugar, debo enfatizar que de ninguna manera las palabras de Jesús sobre el infierno deben interpretarse como una muestra de odio. Jesús es “el camino, la verdad y la vida” (Juan 14:6), y todo lo que reveló, lo hizo por nuestra salvación. Y lo hizo por amor a nosotros.

Creo que el corazón de su pregunta es su sensación de que “el amor de Dios y el castigo del infierno están en oposición directa”. Ellos no son. Más bien, son dos caras de la misma moneda.

Para entender esto, necesitamos recordar dos realidades: primero, quién es Dios, y segundo, qué es el infierno.

Las Escrituras nos dicen que “Dios es amor” (1 Juan 4:8). Dios es amor puro, perfección infinita. Las palabras no podían comenzar a describir su grandeza. Tan amoroso es él, que nos creó para compartir su amor con nosotros. Ahora bien, si Dios es bueno, tan amoroso, tan perfecto, ¿qué posible excusa podría tener una criatura para desobedecerlo?

Dios no nos creó como robots. Él nos dio libre albedrío para que pudiéramos amarlo libremente. Su perfecta voluntad es que le obedezcamos, él quiere lo mejor para nosotros. Pero su voluntad permisiva nos extiende una libertad de la que podemos abusar.

Nuestros padres, Adán y Eva, desobedecieron su voluntad, dañándose a sí mismos ya la naturaleza humana que pasaría a sus descendientes (como nosotros). Esta naturaleza dañada es una forma de pensar el pecado original, que heredamos. Entre los efectos del pecado original, incluso después del bautismo, está que tenemos una tendencia al pecado, también conocida como concupiscencia. “La concupiscencia proviene de la desobediencia del primer pecado. Desequilibra las facultades morales del hombre y, sin ser en sí mismo una ofensa, inclina al hombre a cometer pecados» (Catecismo, n. 2515).

Ahora bien, algunos pecados son graves o mortales. El pecado mortal implica un rechazo radical del amor de Dios (para más información, consulte la sección del Catecismo que comienza con el número 1845). Una persona que muere en estado de pecado mortal enfrenta las consecuencias de esa ruptura radical con Dios. De esto se trata el infierno.

El infierno no fue una invención de Dios. Más bien, según el Papa Juan Pablo II en una audiencia de 1999, “No es un castigo impuesto externamente por Dios, sino un desarrollo de premisas ya establecidas por personas en esta vida”.

El infierno, en otras palabras, procede de la naturaleza misma del pecado mortal. Dios no envía personas al infierno; es algo que eligen por sí mismos.

Una analogía podría ayudar. Imagina que estás en un barco que busca supervivientes de un transatlántico hundido. Ves a un pasajero luchando contra las olas detrás de ti. Le arrojas un salvavidas, pero él se niega a agarrarlo. Le ruegas que tome el salvavidas, pero él ignora tu súplica. Eventualmente, se hunde debajo de las olas y se ahoga. ¿Su ahogamiento indica que eras indiferente? Cuando le suplicaste que agarrara el salvavidas, ¿estabas mostrando odio? ¿Fue culpa tuya que se ahogara?

La respuesta a todas estas preguntas es: no. La persona en el agua, por la razón que sea, rechazó tu ayuda. Su ahogamiento fue la consecuencia.

Es similar al amor de Dios. Lanza cuerdas de salvamento constantemente a las personas que han caído en pecados graves. Incluso había enviado a su Hijo para enseñarles a agarrarse del salvavidas y advertirles lo que arriesgaban si no lo hacían. Para ayudar a las personas a obtener la salvación, Jesús incluso estuvo dispuesto a morir en una cruz. Sin embargo, no forzará la salvación de nadie. Respeta demasiado su libre albedrío.

Quiero reiterar: Dios nunca deja de alcanzarnos mientras estemos aquí en la tierra. El Catecismo lo deja claro: “Aunque el hombre pueda olvidar a Dios o rechazarlo, Él no cesa de llamar a todos los hombres a buscarlo para encontrar la vida y la felicidad” (n. 30). Al explicar cómo alguien puede terminar en el infierno, el Catecismo vuelve a señalar este punto, desde un ángulo diferente: “Dios no predestina a nadie para ir al infierno; para esto es necesario un alejamiento voluntario de Dios (pecado mortal), y perseverar en él hasta el final” (n. 1037). Dios nos ama demasiado como para obligarnos a ir al cielo. Él respeta nuestra libertad, y es posible que usemos esa libertad para rechazar su amistad para siempre.

En resumen: Dios no envía a nadie al infierno. La gente lo elige por sí misma. El infierno no era parte de la creación original de Dios. Más bien, es el resultado de las elecciones hechas por personas (y ángeles) que rechazan el amor de Dios.

Si llegas al cielo, y espero que lo hagas, tu primera pregunta, allí en la presencia de Dios, podría ser: "¿Cómo podría alguien rechazar un Amor tan perfecto?" Afortunadamente, el error de los demás no perturbará tu propia felicidad. Porque estar en el cielo por definición significa ser tan feliz como puedas ser. (Por cierto, sigue orando por los difuntos, nunca sabes quién todavía necesita tu ayuda).

Dices que te niegas a creer que tu corazón es más bondadoso que el de Nuestro Señor. Estoy de acuerdo. Nadie puede superar a Nuestro Señor en bondad y amor. Oremos para que todos acepten esa verdad. Dios los bendiga.

¿Cuál es el pecado que lleva más personas al infierno? ¡La Virgen lo reveló!


¡La Virgen de Fátima reveló algo sobre el infierno! The Catholic Talk Show, es un programa radial abiertamente católico de los Estados Unidos. En uno de sus episodios, los locutores Ryan DellaCrosse, Ryan Scheel y el Padre Rich Pagano, hablaron sobre la relación entre la Iglesia y el sexo.

Hablaron de cómo los sacerdotes y fieles católicos en general tienen la responsabilidad de enseñar debidamente sobre el sexo según el Catecismo, con el objetivo de que las personas lo vivan correctamente.

Dentro del tema, empezaron a recordar una anécdota que tuvieron las pastorcitas Jacinta y Lucía después de estar con Nuestra Señora de Fátima. 

¿Qué pecado envía a la mayoría de la gente al infierno?

La anécdota narra que, después de que Nuestra Señora de Fátima mostró a los tres niños pastores (Lucía, Jacinta y Francisco) una visión aterradora del infierno, Jacinta le contó a Lucía el pecado que envía a la mayoría de la gente al infierno.

Jacinta le preguntó a su prima: “Lucía, ¿recuerdas cómo el corazón de nuestra Señora, cuando nos lo mostró, estaba siendo atravesado por las espinas?”.

Lucía respondió: “Seguramente sí… Simplemente significa que su corazón está herido por los pecados de las personas, y les está pidiendo que se arrepientan y que compensen sus pecados, para que Dios no tenga que castigarlos también. Ella no puede hacer que la gente sea buena. Ellos mismos deben querer ser buenos”.

Jacinta luego reveló que, según Nuestra Señora, “los pecados que causan que la mayoría de las almas vayan al infierno son los pecados de la carne”, o pecados contra la castidad.

Nuestra Señora de Fátima, ¡por favor, ora por un aumento por la virtud de la pureza!

La Virgen María intentó que Judas pidiera perdón a Jesús para que no se condenara



La vida de Judas es una de las más enigmáticas de la historia de la salvación.

Se dice que está en el infierno y que colabora con los demonios en la posesión de seres humanos.

Aunque por otro lado, su traición hizo posible que se cumpliera el plan de Dios.

Que Su hijo fuera apresado, condenado, crucificado y muerto, para cumplir su misión de tomar sobre sí los pecados de la humanidad y curar las heridas de la desobediencia a Dios, que le infringieron Adán y Eva.

Y hay unas revelaciones que Judas ha realizado en un exorcismo sobre su relación con la Virgen María, que ponen luz adicional sobre lo que sucedió en esos días.

Aquí hablaremos sobre las revelaciones de Judas Iscariote de su vida en el infierno, y del momento de la traición a Jesús, que sucedió y cómo actuó la Virgen María.

En medio de la apostasía que hoy afecta a los cristianos ha surgido la herejía de que el infierno no existe, o lo que dicen algunos ordenados para no contradecir las enseñanzas de la Iglesia, que está vacío, porque Dios es tan misericordioso que no enviaría a nadie allí.

Afirmar que el infierno puede estar vacío es una contradicción, porque la condenación en sí misma es el rechazo deliberado del hombre de Dios.

No habría gente en el infierno si nadie negara a Dios, pero la realidad muestra que hay seres humanos que tienen un rechazo deliberado, persistente y militante hacia Dios.

Y sabemos que al cielo entran solo los que aman a Dios.

Por otro lado sabemos de su existencia porque varios videntes de las apariciones marianas han sido llevados al infierno, pensemos nomás en Fátima, en Santa Faustina Kowalska, en la Beata Ana Catalina Emmerich.

Y cuentan que no está vacío, que han visto seres humanos y demonios allí.

Otra corroboración es lo que han dicho los demonios en exorcismos.

Que el infierno existe, no está vacío porque ellos viven allí y también hay seres humanos junto a ellos.

Este debate debería estar zanjado, pero sin embargo aún hay cristianos que siguen pensando que el infierno no existe o está vacío.

Y entre los que aceptan la existencia del infierno, que por lo cierto aún son la mayoría de los cristianos, ha habido dos debates.

Uno es si Judas Iscariote, el que traicionó a Jesús está en el infierno o no.

Hasta mediados del siglo XX se había aceptado que Judas estaba en el infierno.

Tanto el Concilio de Trento, como los Padres y Doctores de la Iglesia, la liturgia, eran unánimes sobre la creencia de que Judas estaba en el infierno.

Y hay videntes que lo han visto en el infierno.

Pero hoy, sin embargo, se sostiene que no se sabe, de la misma forma que se supone que el infierno está vacío.

Y otro debate es si los seres humanos, que han caído en el infierno, pueden poseer personas como los demonios.

Porque la experiencia en varios exorcismos es que se ha encontrado a Judas Iscariote entre los seres que poseen a una persona.

Cuando se exige a los demonios que contesten la verdad en el nombre de Jesús lo hacen obligados, y también sucede cuando se les exige que lo hagan en el nombre de la Virgen María.

Y hubo casos en que un ser poseyó a distintas personas, detectado por distintos exorcistas, admitió ser el mismo Judas que mencionan los evangelios, el ser humano, el Iscariote.

Y se ha encontrado que es más difícil de expulsar que los demás.

Parece que Judas es impermeable al Rito del Exorcismo, al agua bendita y a casi todo lo demás.

Y además que finalmente la Virgen María es quien tiene la capacidad de expulsar a este Judas.

¿Por qué tanta dificultad para expulsar a un ser humano humilde cuando pueden expulsar demonios poderosos como satanás, belcebú, asmodeo en el nombre de Jesús?

La respuesta parece ser que Jesús dio a sus discípulos Su autoridad para expulsar demonios, pero no para expulsar a los seres humanos caídos.

Entonces los exorcistas no tienen autoridad para expulsar a Judas.

Marcos 16, 17 pone en la boca de Jesús ese permiso a los apóstoles «estas señales acompañarán a los que creen: en mi nombre expulsarán demonios».

Y junto con esto les dio también autoridad sobre las enfermedades, sobre las fieras, sobre los venenos y sobre el lenguaje.

Ahora, ¿qué informaciones ha dado este Judas cuando ha sido obligado a hablar mientras poseía a una persona?

En un exorcismo realizado en 1975 a una mujer, Judas reveló que luego de su resurrección Jesucristo no sólo fue al lugar dónde las almas de los justos estaban esperando por él.

Sino también al infierno, dijo,

«Vino para mostrar que también había muerto por nosotros. Fue terrible para nosotros.

Fue necesario que Miguel y los ángeles nos encadenasen, para evitar que nos precipitásemos sobre Él»
.

Es que el infierno es un lugar de odio y desesperación.

Y es por esa desesperación la necesidad de aferrarse a su gente poseída que tienen los demonios, y no sólo porque es su misión.

Una y otra vez Judas y los demonios dicen que no quieren irse de la persona poseída.

Lo que nos hace recordar a los demonios «Legión» en la Biblia, que rogaron a Jesús, mientras los exorcizaba, para entrar a los cerdos.

Pero en realidad los demonios y Judas deberían considerar que el Infierno es su casa, porque viven allí por la eternidad.

Al punto que un demonio expresó así,

«Dios no hizo el infierno. Nunca hubiera pensado en un lugar así. Nosotros lo hicimos»

Aunque quizás quiso decir que si bien Dios lo creó, los demonios le dieron la impronta del odio que se respira allí, por eso el infierno es tan horrible.

Pero lo cierto es que a pesar de ser su casa, los demonios intentarán todos los trucos para quedarse.

Se esconderán, harán pensar que se han ido, intentarán evitar que la persona poseída vaya a las sesiones.

En las sesiones ellos mismos suplicarán y alargarán lo más posible su estadía en ese cuerpo poseído.

Y Judas también suplica que lo dejen, diciendo que el infierno no sólo es terrible en sí mismo, sino que además, los demonios no lo quieren tener en el infierno.

El infierno es una jerarquía que se rige por la maldad y el castigo, los demonios más poderosos castigan a los menos poderosos.

Satanás visita cuerpos de personas poseídas y aunque los otros demonios están cumpliendo su misión, aún así son castigados por él.

Pero Judas la tiene peor, ha dicho en tono de desesperación,

«¡Vosotros no sabéis lo cruel que es el infierno, no sabéis lo que es eso!. Tengo un rincón horroroso ahí abajo».

Y su mensaje es una advertencia para nosotros, porque dijo,

«Decid a todos que tengo un rincón horroroso. Vivid honestamente.

Haced todo lo que podáis para llegar al cielo, aunque tengáis que ser torturados durante mil años».


Y agregó,

«¡Resistid, el infierno es horrible! Nadie sabe lo que es el infierno. Es mucho peor de lo que podéis creer. ¡Es terrible!».

«Decid a la juventud, a los herejes, a todos: ¡Existe un infierno! Y es execrablemente terrible».

Ahora bien, sabemos que el demonio es un mentiroso y que es obligado a decir la verdad en el nombre de Jesús.

Y algunos pueden tener dudas de si cuando los demonios hablan en los exorcismos no mienten.

Sin embargo en este caso precisamente está previniendo a los seres humanos para que no caigan en el infierno, o sea haciendo todo lo contrario que lo que debería hacer un habitante de ese lugar, que sabe que no podrá salir de allí.

Pero quizás lo más importante que Judas reveló, fueron algunas cosas sobre su caída.

En primer lugar habla de su relación con la Santísima Virgen diciendo que Ella lo amaba,

«¡Me ha amado tanto! ¿Sabéis lo que es eso?»

En segundo lugar, recuerda que luego de la traición a Jesús no tuvo la esperanza de acudir a Él arrepentido, para pedir el perdón de su pecado, y sabemos que el Señor lo hubiera hecho.

Lo hizo con Pedro cuando lo negó 3 veces.

En cambio su falta de esperanza lo llevó al suicidio, se ahorcó.

Y en tercer lugar revela que hubo una gestión de la Santísima Virgen para que él no se condenara, para que se arrepintiera y fuera a pedir perdón al Señor, dice,

«Si hubiera escuchado a la Santa Virgen y no me hubiera pasado la cuerda alrededor del cuello, hubiera tenido esperanza»

«Ella me advirtió, pero no la escuché. ¡Si la hubiera escuchado! La desprecié».


No hizo caso al consejo de María y su condenación no estuvo dada por la traición, sino por el pecado de no pedir perdón por la misma, no arrepentirse y ahorcarse.

Y también revela algo que ya se suponía, dijo,

«En realidad, desde el principio no había venido por Jesús.

Había esperado el poder y la realeza, y al no realizarse esto, me decepcioné».


O sea que había apostado a que Jesús fuera un mesías político y revolucionario.

Bueno hasta aquí para concluir que en definitiva Judas está en el infierno, porque no aceptó pedir la misericordia de Jesucristo cuando lo traicionó y que Nuestra Señora lo intentó llevar a la esperanza y él no aceptó.

Y me gustaría preguntarte cuál es tu impresión sobre Judas y qué relación supones tenía con la Santísima Virgen.

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