¿A quién le interesa enfrentar a Benedicto XVI con Francisco?



«¿Acaso la obediencia a la Santa Sede depende de las épocas y las simpatías? Toda opción partidista destruye un todo, la historia misma de la Iglesia, que sólo puede existir como unidad indivisible», declaró en el recordado libro–entrevista de Vittorio Messori, Informe sobre la fe.

En el libro–entrevista Informe sobre la fe, Vittorio Messori llevó a Joseph Ratzinger a declarar una y otra vez las «verdades del barquero» a propósito de la concepción unitaria de la Tradición y su conexión directa con la enseñanza que une al pueblo de Dios, desde los apóstoles hasta el presente sin desconexión alguna, ni impurezas de ningún tipo. La respuesta del antiguo Prefecto de la Doctrina de la Fe desarma por su sencillez.

No hay Iglesia «pre» o «post» conciliar

Ratzinger veía necesario aclarar esa confusión sembrada por aquellos que no querían reconocer el presente de la Iglesia o desdeñaban el pasado de la misma:

«Es necesario oponerse decididamente a este esquematismo de un antes y de un después en la historia de la Iglesia; es algo que no puede justificarse a partir de los documentos, los cuales no hacen sino reafirmar la continuidad del catolicismo. No hay una Iglesia «pre» o «post» conciliar: existe una sola y única Iglesia que camina hacia el Señor, ahondando cada vez más y comprendiendo cada vez mejor el depósito de la fe que Él mismo le ha confiado. En esta historia no hay saltos, no hay rupturas, no hay solución de continuidad. El Concilio no pretendió ciertamente introducir división alguna en el tiempo de la Iglesia».
Defender el pasado es defender el presente
La exhortación de Ratzinger a todos los católicos que querían seguir siendo tales, no era por tanto un «volver atrás» nostálgico, sino un «volver a los textos auténticos del auténtico Vaticano II». Para él, insiste, defender hoy la verdadera Tradición de la Iglesia significa defender el Concilio:
«Existe una continuidad que no permite ni retornos al pasado ni huidas hacia delante, ni nostalgias anacrónicas ni impaciencias injustificadas. Debemos permanecer fieles al hoy de la Iglesia; no al ayer o al mañana: y este hoy de la Iglesia son los documentos auténticos del Vaticano II. Sin reservas que los cercenen. Y sin arbitrariedades que los desfiguren», siguió declarando Ratzinger. Por eso, el futuro Papa aludió a las «desviaciones a la izquierda» y las desviaciones de los cismáticos tradicionalistas de Lefébvre:

El cisma de Lefébvre

«Los adictos a Mons. Lefébvre afirman lo contrario. Dicen que al benemérito y anciano arzobispo se le ha aplicado inmediatamente el duro castigo de la suspensión a divinis, mientras que se muestra una tolerancia incomprensible con toda suerte de desviaciones de la otra parte (la izquierda). No quiero terciar en la discusión sobre la mayor o menor severidad aplicada a unos y otros. Los dos tipos de reacción son desde luego de muy diversa naturaleza. Las desviaciones a la izquierda representan en la Iglesia sin duda una vasta corriente del pensar y actuar de hoy, pero en ningún lugar ha llegado a cristalizarse en un fondo común jurídicamente tangible». El matiz es importante, ya que a juicio de Ratzinger, «el movimiento de Monseñor Lefébvre, en cambio, es presuntamente mucho menos vasto, pero dispone de conventos, seminarios y de un ordenamiento jurídico netamente definido. Es evidente que debe hacerse todo lo posible para que este movimiento no degenere en un verdadero cisma, en el que incurriría si el arzobispo se decidiera a consagrar obispos».

Contra el progresismo

Frente a estas desviaciones, Ratzinger volvía recetar «el verdadero rostro del Concilio, para que caigan por su base estas falsas protestas».

Es imposible para un católico, insistía Ratzinger, «tomar posiciones en favor del Vaticano II y en contra de Trento o del Vaticano I. Quien acepta el Vaticano II, en la expresión clara de su letra y en la clara intencionalidad de su espíritu, afirma al mismo tiempo la ininterrumpida tradición de la Iglesia, en particular los dos concilios precedentes. Valga esto para el así llamado progresismo».

Contra el partidismo

Del mismo modo, continúa Ratzinger, poniendo el acento en el verdadero problema, «es imposible decidirse en favor de Trento y del Vaticano I y en contra del Vaticano II. Quien niega el Vaticano II, niega la autoridad que sostiene a los otros dos concilios y los arranca así de su fundamento».

Y, «valga esto para el así llamado tradicionalismo, también éste en sus formas extremas. Ante el Vaticano II, toda opción partidista destruye un todo, la historia misma de la Iglesia, que sólo puede existir como unidad indivisible». Por eso, frente a las tentación de restauraciones del pasado, que ridiculizan la Iglesia real del hoy y del presente inevitable de la Iglesia, Ratzinger insistía en la imposibilidad de «una restauración así entendida» ya que «no sólo es imposible, sino que ni siquiera es deseable. La Iglesia avanza hacia el cumplimiento de la historia, teniendo ante su mirada al Señor que viene». E introduce un matiz fundamental: «Si el término 'restauración' se entiende según su contenido semántico, es decir, como recuperación de valores perdidos en el interior de una nueva totalidad, diría entonces que es precisamente este el cometido que hoy se impone, en el segundo periodo del posconcilio», en el que, sin duda, nos encontramos con el Papa Francisco a la cabeza y en medio de todo tipo de disensiones y polémicas.

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