La Eucaristía, misterio redentor



Iniciemos esta reflexión con dos trechos paradigmáticos de la Sagrada Escritura: “Y Dios impuso al hombre este mandamiento: De cualquier árbol del jardín puedes comer, más del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él, tendrás que morir.” (Gn 2, 16-17).

A esta sentencia pronunciada en los orígenes, el mismo Dios añadió otra, no menos categórica, en la plenitud de los tiempos: “En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros” (Jn. 6, 53). Y poco antes: “Este es el pan que baja del cielo, para que el hombre coma de él y no muera.” (Jn 6, 50).

Impresiona la equivalencia contrapuesta de los dos bocados que dan, el uno la muerte y el otro la vida: “Morirás si comes de él / Si no comiereis, no tendréis vida”. Estamos ante verdades de Fe que, además, son hitos centrales en la historia de la Salvación: el pecado original y la redención.

Una aproximación rudimentaria del misterio redentor consiste en restringirlo al único acontecimiento del Calvario. Sí, la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús constituyen la cumbre de la obra salvadora, mas, en la vida del Señor todo tiene dimensión redentora, desde su Encarnación en las entrañas purísimas de María, hasta su asiento a la derecha del Padre, desde donde continúa intercediendo por nosotros.

Así, el frio de la gruta de Belén, los trabajos en el taller de San José, el cansancio de tanto caminar por valles y montes durante su vida pública, etc., concurrieron para la salvación de la humanidad ¡Pero también sus alegrías! Sí, porque siendo el Verbo encarnado la Segunda Persona de la Santísima Trinidad, cada acto, cada gesto, cada palpitar de su Sagrado Corazón, al tener un mérito infinito, resulta más que suficiente para operar la redención.

Más, la teología nos enseña que fue necesario que Él padeciese. Santo Tomás da dos razones por las cuales el Hijo de Dios tenía que sufrir: una, para enmendar nuestros pecados, y otra, para ser modelo de cómo hemos de obrar, porque en la Cruz hallamos el ejemplo de todas las virtudes.

Una vez que la caída original opuso estorbos al plan divino, para reparar ese agravio hecho a Dios y al orden del universo, Cristo – que no pudo dejar de obrar de la manera más excelente – “se entregó por nosotros en oblación y sacrificio a Dios de suave olor” (Ef. 5,2), “humillándose a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte y muerte de Cruz” (Flp 2, 8).

Ahora, todo lo que se refiere al Verbo va más allá de los límites del tiempo, pues Él fue engendrado desde toda la eternidad: “En el principio existía el Verbo” (Jn 1, 1). Puede decirse que el misterio salvífico no tiene origen y, además, es permanente, pues por medio de la Iglesia la obra redentora sigue su curso, y así lo será hasta el fin del mundo.

Jesús quiso que el misterio redentor fuese compartido. Pensemos en la cooperación de María Santísima a quien la Iglesia venera al pie de la Cruz y aclama como corredentora del género humano. Asimismo, los justos aportan su concurso a la redención; San Pablo escribe a los colosenses: “Completo en mi carne lo que falta a los padecimientos de Cristo” (Col 1, 24). Y San Juan Pablo II subraya en una de sus encíclicas: “(…) en unión con Cristo crucificado por nosotros, el hombre colabora, en cierto modo, con el hijo de Dios en la redención de la humanidad.” (Laborem exercens, 27).

Es Cristo entero

En lo tocante a la presencia real del Señor en la Eucaristía, cabe también una valoración que supera, por decirlo así, los treinta y tres años de la vida terrena del Redentor, porque tiempo y eternidad conviven en las especies consagradas. Y a esta realidad que ya nos deja pasmados, se suma otra grandiosa maravilla: por un misterio inefable que lleva en teología el nombre de circuminsesión, junto con la Persona del Verbo están el Padre y el Espíritu Santo ¡las tres Personas divinas son inseparables y operan siempre juntas!

La Eucaristía es, entonces, Cristo entero, o sea, su Cuerpo, Alma y Divinidad y, junto con Él, el Padre y el Espíritu Santo. Sí, en el Sacramento del altar se nos dan las tres divinas Personas para que las poseamos y gocemos de ellas.

Por eso, en la Eucaristía podemos adorar con propiedad al Padre dando el fiat que sacó de la nada al universo, o al Hijo juzgando a vivos y muertos al concluir la historia humana, o al Paráclito derramándose sobre los Apóstoles en el Cenáculo, o a la Santísima Trinidad coronando a María como Reina y Señora de todo lo creado… La Eucaristía nos transporta a horizontes variados, eternos, divinos.

Los tiempos de adoración silenciosa ante la Sagrada Hostia o de acción de gracias después de la comunión, pueden nutrirse de consideraciones como estas; serán oportunas para ahuyentar los aguijones del tedio que suelen asaltarnos. Hay que precaverse, porque el hábito de adorar o de comulgar con displicencia transforma esos momentos de sublimidad en una rutina sin gracia.

Por fin, una triste constatación: Además de los fieles que valoran la Eucaristía, están aquellos que la menosprecian o la desconocen, siendo totalmente ajenos a cualquier forma de cuto eucarístico. ¿Cómo puede ser eso, tratándose de un misterio tan central de nuestra fe? La verdad es que no hay muchas respuestas posibles… todo acaba restringiéndose a dos motivos: ignorancia o aversión.

La indiferencia generalizada de los católicos contemporáneos en relación al Santísimo parece ser fruto de insuficiente formación religiosa, o sea, de la ignorancia. Porque cuesta admitir que ese desinterés pueda tener por causa una antipatía consciente y voluntaria…

En todo caso, recemos por unos y por otros – ignorantes y hostiles – para que María Santísima los aproxime del Sacramento redentor, y oremos como el Ángel de Portugal enseñó a los pastorcitos de Fátima en su aparición: “Dios mío, yo creo, adoro, espero y te amo; y te pido perdón por los que no creen, no adoran, no esperan y no te aman”.

Por el P. Rafael Ibarguren, EP

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