¿Puede un ateo llegar al Cielo?



El Cielo es alcanzar la divinización, la plenitud de la imagen y semejanza con el Creador; un sacerdote responde si esta gracia la puede alcanzar quien no cree en Dios.

¿Un ateo puede entrar al Cielo? Según la Doctrina Católica, cuando la persona muere va a la presencia de Dios y conoce cuál será su destino eterno. El simple hecho de presenciar el ámbito divino es ya una bienaventuranza, pero no es el Cielo, porque aún no se goza de la Resurrección ni se participa de la Gloria de Dios, lo cual sería entrar al Cielo en plenitud.

Antes, ¿qué concepciones se tienen del Cielo?

Si entendemos por Cielo el ámbito de la presencia de Dios, la morada eterna preparada por Cristo para todos aquellos que fueron incorporados como hijos para ser santos como el Padre es Santo, entonces podemos afirmar que el Cielo es el sitio destinado para quienes, creyendo en el Creador, acogieron su Palabra, se perfeccionaron mediante las virtudes sobrenaturales y le amaron en una constante relación filial.

Pero quien niega la existencia del ser divino, la eficacia de la fe salvadora, más aún, quien no reconoce la acción providencial y misericordiosa de Dios en esta vida y después de ella, automáticamente se exime de la posibilidad de tener participación en aquel espacio divino donde, por consecuencia, sería imposible obtener el gozo eterno con el Ser supremo a quien se rechazó, como lo confirma Jesús: “Pero cualquiera que me niegue delante de los hombres yo le negaré delante de mi Padre que está en los cielos” (Mt 10,33), y no como una sentencia condenatoria sino como elemental coherencia de libertad, porque incluso en materia de salvación, Dios respeta la decisión humana.

Sin embargo, hay personas que sin aceptar la existencia y la relación interpersonal con la divinidad admiten una cierta trascendencia entendida como la inmortalidad del alma, cuyo movimiento en el más allá se limita a la simple integración en la energía universal, donde se fusiona el ser personal perdiendo su identidad propia, esa puede ser también la idea de un cielo abstracto. Esta es una postura filosófica que concibe el cielo como el retorno al mundo ideal de donde surgieron las almas, pero que consecuentemente caen por la falta de méritos quedando atrapadas en la existencia carnal donde permanecen sujetas a la fatalidad del destino, y en cuya suerte no existe un estado de felicidad eterna, ni de participación con la divinidad.

Otra forma de concebir un cielo sin Dios acude al principio que considera la inmortalidad del alma como un estado de conciencia personal que se mantiene en la quietud sin límites fuera de las realidades terrenas, es una especie de vivencia en la nada absoluta. Algunas doctrinas y prácticas orientales agregan a esta postura algunas variantes que premian el alma subsistente después de esta vida con la iluminación, la ataraxia o la total salida de sí, o con el nirvana, en una especie de cielo personal sin relación con los otros, salvo con el propio ser autosuficiente.

El Cielo bíblico y cristiano tiene figuras definidas por la predicación de Jesús en el Evangelio, sobre todo cuando se promete el Reino de los cielos y su ingreso a él después de un juicio escatológico, definiendo la recompensa eterna a quienes hicieron el bien y para quienes omitieron hacerlo.

Porque también hay otro tipo de ateísmo con aquellos que dicen creer en Dios pero que no siguen sus enseñanzas, que no cumplen sus mandamientos y tampoco practican el amor a su prójimo. A esos Jesús les aclara: “No todo el que me dice: «Señor, Señor», entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán en aquel día: «Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?». Y entonces les declararé: «Jamás os conocí; apartaos de mí, los que practicáis la iniquidad»” (Mt 7,21-23).

El ateo rechaza el Cielo

El cielo es la identificación con el estado de santidad y bondad supremos, por tanto, quien desea ir al cielo debe percibir la presencia de Cristo en los hermanos más necesitados ofreciéndoles el amor de Dios. En cambio, cuando “Dice el necio en su corazón: No hay Dios” (Sal 14,1), la insensatez más grande es negar todo lo que es de Dios, por tanto, rechaza la posibilidad de ir al cielo, eligiendo una finalidad opuesta a la voluntad salvífica divina. Por eso Jesús afirma: “Los que hicieron el bien resucitarán para la vida; y los que hicieron el mal resucitarán para la condenación” (Jn 5,29).

Jesús no condena, el ateo elige una especie de trascendencia donde el alma no muere ni es castigada, sino que ingresa a la absoluta ausencia de Dios para la eternidad, elige la privación de todo bien, de toda relación con la gloria divina, es la auto condenación del impío que nunca tuvo amor por Dios, se sumerge entonces en el vacío angustiante del cual no podrá escapar aunque desee desaparecer, es así que el ateo le apuesta a un más allá terrible donde el único sufrimiento es la soledad infinita.

El cielo que promete la fe cristiana es justicia, paz y gozo en el Espíritu, es la promesa de la participación en la gloria de Dios. En la tradición espiritual antigua de los Padres de la Iglesia, el cielo es alcanzar la divinización, la plenitud de la imagen y semejanza con el que nos creó por medio de su gracia.

Pero el ateo puede llegar al Cielo si Dios lo decide

El ateo puede entrar al cielo si se arrepiente de su irreligiosidad y acepta a Dios en su vida; quien no conoció a Dios, pero practicó una vida de bondad, puede llegar al lugar de la bienaventuranza eterna según el juicio misericordioso de Dios. Sin embargo, creyentes y no creyentes, si no se preparan espiritualmente mediante las enseñanzas del Evangelio, no tendrán parte de la alegría del Señor.

Jesús es el guía que nos conduce a la morada del Padre, quien nos da acceso al cielo enseñándonos el amor del Padre del Cielo para que vivamos en un cielo de misericordia desde esta vida, a través del amor a los hermanos, y sí, finalmente, poder participar de su gloria en la vida eterna.

P. Alberto Hernández Ibáñez, Director de la Lic. en Teología de la Universidad Intercontinental (UIC), sacerdote de la Arquidiócesis de México.

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