Paul Thigpen, el pastor protestante que se convirtió al catolicismo estudiando teología histórica



Paul Thigpen fue criado y formado como presbiteriano y desde muy niño quiso ser pastor. Sin embargo, cuando tenía doce años, una profesora le dio la leer a Voltaire y se volvió ateo... Toda su adolescencia y primera juventud estuvo alejado de Dios, hasta que por fin se convirtió a Cristo de nuevo. Estudió y cumplió su sueño de ser pastor. Pero su búsqueda de Cristo le condujo por diferentes confesiones hasta que le sucedió lo que decía el también converso Cardenal Newman: “Profundizar en la historia es dejar de ser protestante”. Y, ¡claro!, acabó “volviendo a casa”.

La visión de un crucifijo

Todo comenzó siendo Paul un niño, tal y como narra su conversión en la web The coming home network: “Yo era bastante pequeño la primera vez que lo vi, así que no recuerdo dónde sucedió. Pero sí recuerdo estar aterrorizado por la vista: ese hombre torturado, coronado de espinas, bañado en sangre, abandonado. El escultor no había escatimado ningún pliegue de agonía. Era una pesadilla en madera”. Era el crucifijo. Y, sin embargo, “también me sentía extrañamente atraído por él. Sus brazos abiertos me recibieron; su pecho descubierto se extendía como un refugio. Quería tocarlo”.

Tiempo después, cuando vio que un compañero de escuela llevaba un crucifijo en el cuello, también pidió uno. Pero la respuesta de su padre fue clara: “Eso es solo para católicos”.

Una adolescencia atea


Con doce años, un maestro le animó a leer a Voltaire, quien le convenció de que toda religión era una ilusión: “En ese momento no necesité mucho para que me convencieran; había iniciado la temporada adolescente de rebelión contra mis padres, y el escepticismo era para mí el arma preferida”. Y así vivió durante seis años.

Y como tras una puerta se abre otra “mi cabeza se alejó de cualquier cosa que pudiera haber nutrido mi espíritu. Así que comencé a alimentarme de basura espiritual”. Vino la parapsicología, el espiritismo, la levitación y el ocultismo: “Todo, por supuesto, en nombre de la ciencia”.

Pero en medio de una revuelta estudiantil entre blancos y negros, en la que intentó mediar, la vista de un joven malherido quedó grabada en su memoria: “Yacía cruciforme en el polvo, con los brazos extendidos y la cara ensangrentada. La pesadilla de madera de mi infancia se había vuelto de carne y hueso, y lloré amargamente la muerte de un sueño”.

Su ateísmo tocaba a su fin, no sin antes algún terrible trago, como un intento de suicidio en el que se sintió como poseído y obligado a cometerlo. “A la mañana siguiente le conté a mi profesora de inglés, una cristiana que había estado orando por mí, lo que había sucedido. Dijo que había tenido un roce con el diablo. Me reí de ella y me burlé: ‘No seas tan medieval”. Su nueva maestra le dio a leer a CS Lewis, quien a su vez le envió de regreso a las Escrituras. La situación se enderezaba.

Creer en el demonio

Paul explica que tras esta experiencia y después de hablar con la profesora, empezó a creer antes en los demonios que en Dios: “Si realmente había un diablo, pero no Dios para salvarme de él, estaba en un gran problema”. Sin embargo, “las Escrituras me estaban enseñando mucho más que el miedo”, confiesa de aquella época. “En los Evangelios, encontré a un Hombre cuya sabiduría y compasión me cautivaron. Él era el mismo Hombre sobre el que había cantado himnos cuando era niño, el Hombre en la cruz que me había conmovido con su sufrimiento, y que se estaba volviendo real de una manera que nunca imaginé posible”.

Finalmente, en Dallas, en un encuentro nacional de cristianos evangélicos, “Él vino a mí, no en una visión ni en un sueño, sino en una confianza tranquila e inquebrantable de que estaba vivo y llamando a la puerta de mi corazón. Mi mente, por fin, había dado permiso a mi corazón para creer, obedecer y adorar”.

Bautismo en el Espíritu

Pero Dios tenía más para Paul. A los pocos días, leyendo la narración de Pentecostés en el Hechos de los Apóstoles “le dije a Dios que si lo que les pasó a esos primeros creyentes en ese día me podía pasar a mí esta noche, lo quería. Y estaba dispuesto a sentarme allí toda la noche hasta que sucediera”.

Dicho y hecho: “De repente, un torrente de palabras en una lengua que nunca había estudiado brotó de mí, seguido de un torrente de alegría que me inundó durante una semana. El bautismo del Espíritu Santo fue para mí un bautismo de risa: me reí como un tonto durante días con esta dulce broma de Dios. Fue una liberación de las cadenas de la Ilustración”.

Los años siguieron, la fe creció, se licenció, hizo un posgrado en religión, fue misionero en Europa, pastor de una iglesia carismática, escribió varios libros, se casó y tuvo dos hijos. Su vida de cristiano evangélico era plena.

Un anhelo no resuelto

No obstante, confiesa, que “en momentos de tranquilidad, a veces sentía que me invadía un anhelo. Me inundaba el corazón cada vez que escuchaba una grabación del tranquilo canto gregoriano o el doloroso Ave María de Schubert. Estalló dentro de mí cuando visité las grandes catedrales de Europa, humillado por la grandeza de su arquitectura y la devoción de todos los santos olvidados que habían trabajado para levantar esas piedras al cielo”. Leer Las Confesiones de San Agustín, El Diálogo de Santa Catalina y La noche oscura del alma de San Juan de la Cruz le rompían los esquemas: “Eran puertas de entrada a una comunión con los santos”.

“Me dolía cuando me arrodillaba en silencio en los santuarios de las iglesias católicas. Me sentí atraído por el Sagrario y el altar. Y a veces lloraba por el anhelo que sentía al levantar la mirada para contemplarlo, colgado allí, roto y ensangrentado. Después de tantos años, sus brazos abiertos aún me acogían”. Pero su mente se rebeló contra la atracción: “Eso es sólo para católicos”.

La respuesta fue una huida hacia adelante, un vagar de una rama protestante a otra: presbiteriana, bautista, metodista, episcopaliana, pentecostal, carismática... “pero en ninguna de ellas estaba en casa”.

Conocer la historia


Con el tiempo optó por hacer un doctorado en teología histórica. Allí ahondó en San Agustín, el Cardenal Newman, Chesterton, Thomas Merton y muchos otros. Y, así, “una por una, cada pregunta que tenía sobre la fe católica encontró una respuesta. Como la mayoría de los conversos a la Iglesia que primero han tenido que superar obstáculos doctrinales, descubrí que muchos problemas se resolvieron cuando finalmente entendía la posición verdaderamente católica sobre un asunto en disputa, en lugar del prejuicio protestante al respecto: la devoción a María no es adoración, y no se considera que el Papa sea infalible en cada declaración casual que hace”.

La lectura del Evangelio era también más clara: “Ya no podía insistir en adherirme al sentido llano del texto bíblico y sin embargo interpretar las palabras de Jesús sobre su Cuerpo y Sangre en sentido figurado. Tampoco podía ignorar su claro anuncio de que Él edificaría su Iglesia sobre San Pedro y le daría las llaves del Reino”.

Lo mismo sucedía con la historia de la Iglesia, con lo que esta “se convirtió en una larga confirmación de dos realidades: la universalidad del pecado y la soberanía de la gracia”. Más obstáculo era ver en “teólogos católicos modernos más cosas en común con Marx o Freud que con Agustín o Santo Tomás de Aquino; monjes que hablaban como budistas y monjas que se empoderaban a sí mismas a través de la adoración de diosas paganas”.

Y a pesar de todo “Roma se ha mantenido como el centro de gravedad espiritual de las iglesias que se han separado de ella. Por mucho que traten de distanciarse, siguen encontrando el camino de regreso”. Y es que “Roma sigue siendo el estándar teológico sólido para aquellos que se han separado de ella”. “La Iglesia Católica se ha mantenido firme en la santidad de la vida, en la naturaleza de la sexualidad, en los fundamentos sobrenaturales de la fe, en la esencia de Dios y en la identidad de Cristo. La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la han vencido”.

Volviendo a casa

Tras los descubrimientos de su doctorado “sabía que tenía que ingresar a la Iglesia. Mi corazón y mi mente ya eran católicos; si me alejara de Roma, vagaría, siempre sediento, el resto de mis días”.

La muerte de un amigo fue el momento de la verdad: “Si descubriera que me estaba muriendo, ¿qué haría?”. Su mujer no le entendía, pero sí le acompañó a la parroquia de Santa Ana para hablar con el padre Gerald Conmey. Este párroco era “un hombre centrado en Cristo, que refleja a Cristo, de gran alegría y dulzura, y se ganó a mi familia de inmediato. Su gran respeto por las Escrituras impregnó nuestra instrucción, asegurándole a mi esposa que no nos habíamos equivocado en ninguna tangente teológica peligrosa”.

Poco tiempo después, Paul y su esposa recibieron el sacramente de la Confirmación, su hija al Primera Comunión, y el hijo pequeño el Bautismo, y todo el mismo día: “Regocijado, salí corriendo a comprarles a cada uno un crucifijo para la ocasión”, ahora sí, como católicos.

Su testimonio concluye señalando que en la misa, “mientras me ponía de pie, miré más allá del altar, al Hombre en la cruz, y sus brazos abiertos me acogieron”.


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