San Tito no es un santo chiquito, es un santo que nos ayuda a defender la verdad




Valiente opositor al nazismo, Tito Brandsma fue hecho prisionero, torturado y llevado a muerte. Al recibir la inyección letal hizo algo sorprendente.


¿Qué pasa cuando lo peor del hombre: un corazón lleno de odio y soberbia, entregado al mal, tiene un encontronazo con lo mejor del hombre: un corazón lleno de amor y humildad, entregado a Dios? Brota una chispa, como cuando se frota una piedra dura contra una blanda, y en este caso, una chispa de santidad, tan brillante que nos ilumina: la chispa de Tito Brandsma, sacerdote carmelita holandés, maestro y periodista, mártir del nazismo.

Como los santos nos ayudan con su ejemplo e intercesión, conocer a san Tito nos permite descubrir en qué podemos imitarle y qué pedirle.

Su amor a Dios

Nació en 1881. Fue ordenado a los 24. A pesar de su frágil salud (2 veces por poco muere), era incansable: Daba clases, fundó y fue rector de la Universidad Católica, la dotó de parroquia y biblioteca. Fundó colegios, presidió uniones de escuelas católicas. Fue editor de un diario, escribía en más de 20 periódicos, creó una revista; fue asistente de la Asociación de Periodistas Católicos, que editaba 30 publicaciones. Organizó congresos, procesiones, viajaba a dar charlas y retiros (hablaba 5 idiomas), tradujo a Kempis y a santa Teresa. Y a pesar de tantísimas actividades, jamás dejó su oración, su Misa diaria, su rezo del Santo Rosario, su breviario. Dios era el centro de su vida, su fortaleza y su paz.

Quien tiene tanto qué hacer que se ve tentado a hacer a Dios a un lado, pida a san Tito ayuda para darle a Dios la prioridad, o su vida no tendrá sentido, será caos y oscuridad.

Su defensa de la verdad y la justicia

Cuando Hitler subió al poder, el padre Tito denunció su ideología. Cuando Holanda fue invadida, el padre Tito visitó todos los diarios católicos para pedir que no publicaran propaganda nazi. La Gestapo lo llevó a la prisión de Scheveningen. Al ser interrogado, reafirmó y explicó su postura anti nazi, sin importarle las consecuencias.

Pidamos a san Tito que nos ayude a tener clara la verdad y a difundirla y defenderla con valentía.

Su heroica caridad

A quienes lo buscaban, los atendía sin importar lo ocupado que estuviera; no los hacía esperar y les dedicaba su atención como si no tuviera nada que hacer. Decía: ‘lo que sea bueno, hay que hacerlo’, y en verdad hizo mucho y muy bueno. Siempre sonriente y amable, fue gran confesor y director espiritual; leal amigo; visitaba enfermos, ayudaba a los pobres, incluso dándoles su ropa, comida y lo que tenía. Fue capellán de un asilo. Sus colegas decían que era un deleite trabajar con él pues era conciliador, sabía ceder, daba lo que le pedían y ¡encima lo agradecía!

Cuando fue transferido a los campos de concentración de Amersfoort y Kleve, y finalmente al infame campo de exterminio de Dachau, su salud empeoró, pues fue sometido a torturas, pasaba hambre y lo obligaban a trabajar hasta sangrar, pero él animaba a todos y los exhortaba a no perder la fe ni la esperanza y a no odiar a nadie. Decía: “Jesús está conmigo”, y lo veía en todos, aún en quienes lo maltrataban, y los amaba. Como no lo dejaban bendecir, antes de dormir iba a ver a cada preso para desearle buena noche; estrechaba su mano y con el pulgar le trazaba discretamente una cruz en la palma, para que no lo notaran los guardias. Esa bendición les daba grandísimo consuelo.

Cuando lo iban a matar llevaba escondido su Rosario. Se lo dio a la enfermera que le pondría la inyección letal, la miró compasivo y prometió pedir por ella. Lo hizo desde el Cielo: logró su conversión.

La noticia de la muerte del ‘tío Tito’ (les prohibían llamarlo padre), produjo un pesaroso silencio, todos sintieron haber perdido a un ser querido.

En estos tiempos en que hay tanta división y odio en el mundo, pidamos a san Tito que nos ayude a cumplir como él cumplió, el mandamiento de Jesús de amarnos unos a otros como Él nos ama, y perdonarnos como Él nos perdona.

Dice la Biblia que “las almas de los justos brillan como chispas en un cañaveral” (Sab 3,1). Dejémonos iluminar, más aún, incendiar el corazón, por el mismo Espíritu que iluminó e incendió el corazón de san Tito.

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