Esta reflexión sobre el Sagrado Corazón de Jesús cambiará tu día, y quizá, tu vida.



Junio es el dedicado al Sagrado Corazón de Jesús, en este artículo te invitamos a 'Hacer tu corazón semejante al Suyo'.

Junio es el mes dedicado al Sagrado Corazón de Jesús, y mucha gente suele honrarlo rezando jaculatorias (oraciones breves, que, decía San Francisco de Sales, son como suspiros de amor).

Una muy popular es: “Sagrado Corazón de Jesús: Haz mi corazón semejante al Tuyo”. Para comprender lo que implica, consideremos lo siguiente:

¿Cómo es el corazón de Jesús?

Jesús mismo lo dio a conocer en una revelación privada a santa María Margarita Alacoque, durante la cual Él se descubrió el pecho y mostró Su Corazón incendiado, coronado de espinas y con una cruz.

El corazón

Aunque en la Biblia el corazón no se considera sede del afecto, sino de la inteligencia y voluntad, Jesús condescendió a darle el sentido que le damos nosotros, como sede del amor. Mostrándonos Su Corazón quiso mostrarnos Su amor. ¿Cómo nos ama Jesús? Él mismo nos lo hace saber en el Evangelio según san Juan: “Como el Padre me ama, así los amo Yo.” (Jn 15, 9).

¡No podemos siquiera imaginar cómo ama Dios Padre a Dios Hijo! Es un amor que rebasa todo lo que podamos pensar, un amor eterno, total, incondicional. Saber que así nos ama Jesús a nosotros, miserables pecadores, a pesar de nuestras fallas y traiciones, es profundamente consolador, pero en esta jaculatoria estamos pidiendo ¿amar nosotros así! Es ¡muy comprometedor! Significa amar siempre, amar a todos incondicionalmente, es decir nada de poner en letras chiquitas: ‘aplican restricciones’, ni solicitar que se nos permitan algunas excepciones (por ejemplo no tener que amar a quien nos cae mal o a quien nos ha hecho daño). Por nosotros mismos resulta imposible. Por eso pidamos que el Señor nos dé Su gracia para abrir nuestro corazón para ser capaces de recibir y compartir Su amor.

El fuego

Vemos también que ese Corazón al que pedimos imitar, está permanentemente en llamas. Eso significa que no podemos conformarnos con amar a la humanidad teóricamente, y en la práctica salir a hablar mal, desear el mal, insultar, chismear. Significa que no podemos amar con un amor platónico que guardamos en lo oscurito de nuestro corazón, sino que nuestro amor ha de ser como fuego que alumbre e incendie los corazones de quienes vean que somos capaces de amar a propios y extraños, y se sientan intrigados y atraídos hacia la luz que irradiamos, que no es nuestra, sino de Jesús.

La corona de espinas

El corazón está rodeado de espinas, es un corazón que sufre. Jesús asumió nuestro sufrimiento hasta las últimas consecuencias, y le dio un sentido redentor. Gracias a ello, cuando sufrimos, podemos unir nuestro sufrimiento al Suyo y hallarle sentido, convertirlo en medio de purificación y camino de salvación.

Por otra parte, cabe que recordemos: ¿cuándo coronaron de espinas Jesús? Después de flagelarlo, es decir, ya que tenía 120 heridas en todo el cuerpo a causa de los 3 flagelos con que lo golpearon 40 veces. Sufría terriblemente y sabiendo que le iban a clavar 50 espinas en la cabeza, ¡no hizo nada para impedirlo! No es poca cosa pedir a Jesús que haga nuestro corazón como el Suyo, implica pedirle que cuando permita que suframos, nos ayude para aceptarlo como Él, con total mansedumbre y serenidad, unir nuestro dolor al Suyo y ni en la peor circunstancia desesperar ni dejar de amar.

La cruz

Del corazón de Jesús sobresale la cruz, que no es, como creen algunos, sólo un instrumento de tortura, recuerdo de Su fracaso por morir crucificado, sino señal de Su gloria, de Su victoria, recordatorio de que nos ama tanto que se hizo Hombre por nosotros y dio Su vida para redimirnos del pecado y rescatarnos de la muerte; un recordatorio de que no se quedó crucificado, sino que resucitó y vive. Pedirle que haga nuestro corazón como el Suyo es pedirle que apuntale nuestro corazón con Su cruz, para mantenerlo firme en la certeza de que ni el mal ni el dolor ni la muerte tienen la última palabra, y que así como Él los venció, unidos a Él los venceremos nosotros.

Confiados, pues, en Su gracia, pidámosle siempre, no sólo en junio:

“¡Sagrado Corazón de Jesús, haz mi corazón, semejante al Tuyo!”

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