viernes, 16 de noviembre de 2018

Santa Rosa Filipina Duchesne


SANTA ROSA FILIPINA DUCHESNE, RUEGA POR NOSOTROS
18 noviembre

Nació en Grenoble, Francia, en 1769. Se preparó para la primera comunión en el cercano convento de la Visitación, y poco después, el deseo de entregar su vida a Dios la impulsó a unirse a esta comunidad de la Visitación, orden contemplativa de clausura, a pesar de su deseo de servir a Dios en tierras de misión. Después de la revolución francesa, su convento fue cerrado por el gobierno. Durante diez años Filipina asistió a los indigentes de Grenoble y al mismo tiempo se preguntaba qué quería Dios de ella.

En 1804 a Magdalena Sofía Barat le hablaron de Filipina Dúchense, mujer de cualidades naturales y espirituales poco frecuentes. Su primer encuentro fue el inicio de una profunda amistad. Filipina se unió a la Sociedad del Sagrado Corazón, y su deseo de llevar a Dios a tierras lejanas se realizó en 1818 cuando ella y cuatro compañeras (Octavie Berthold, Marguerite Manteau, Eugenie Aude, Catherine Lamarre) zarparon rumbo al Nuevo Mundo. Su gran anhelo era trabajar entre los indios de América, pero tuvo que esperar 23 años para ir a vivir entre los Potawatomis. Antes de realizar este deseo de su corazón, Filipina había fundado el primer Colegio Católico al oeste del Mississippi y vio con gozo cómo la Sociedad del Sagrado Corazón se difundía por los Estados Unidos.


La vida en las fronteras conllevaba un enorme desgaste tanto físico (hambre, frío, pobreza, enfermedad) como psicológico (dificultades debidas a las distancias y la comunicación, cartas que a veces tardaban seis meses o más). Filipina nunca creyó tener el don de liderazgo y en 1852 muere pensando que su vida había sido un fracaso. La historia revela lo contrario: los americanos vieron en ella “la mujer que siempre reza”; los colegios que fundó forman parte de la red de colegios del Sagrado Corazón extendida por todo el mundo; y la Sociedad del Sagrado Corazón sigue siendo una comunidad internacional, unida a través de los cinco continentes tanto por las relaciones humanas como por una espiritualidad y misión comunes.

Rosa Filipina Duchesne fue canonizada en 1988

Las compañeras de Filipina

Eugénie Audé (1791-1842)
Octavie Berthold (1797-1833)
Marguerite Manteau (1779-1841)
Catherine Lamarre (1779-1845)


Rosa Filipina Duchesne, (más conocida por su segundo nombre) nació el 29 de agosto de 1769 en Grenoble. Provenía de una familia privilegiada de ocho hijos y tenía un carácter fuerte, impetuoso y generoso. Fue educada por las monjas de la Visitación en el Monasterio de Ste Marie d’en Haut de las que le atrajo su vida contemplativa. En contra de la voluntad de su familia, entró en la congregación a los 18 años.

La Revolución Francesa obligó en breve tiempo a las monjas a dejar el monasterio y Filipina regresó a su familia. Durante once años, puso en peligro su libertad y su vida dando asistencia a los prisioneros, llevando sacerdotes a los fieles, educando y dando de comer a los niños pobres. Al término de la guerra, obtuvo la propiedad de Ste Marie d’en Haut y abrió un internado. Solo unas pocas hermanas regresaron y no se quedaron mucho tiempo.

En diciembre de 1804, conoció a Magdalena Sofía Barat, que en el 1800 había fundado la Sociedad del Sagrado Corazón. Filipina dejó inmediatamente Ste Marie d’en Haut y entró en la Sociedad. Nació una amistad profunda entre estas dos mujeres excepcionales con temperamentos muy diferentes.


Filipina, cuya felicidad mayor era pasar enteras noches rezando, sintió pronto la llamada de servir como misionera. Muchas veces, Filipina compartió con Sofía su sueño de llevar el Evangelio a los pueblos indígenas de América, pero sus competencias eran necesarias en casa.

Cuando el obispo Guillermo Du Bourg visitó la casa madre de la Sociedad en Paris, Filipina vio la posibilidad de transformar sus sueños misioneros en realidad. El 16 de mayo de 1817, Filipina pidió de rodillas a Sofía Barat el permiso de viajar para la misión y por fin Sofía dio su consentimiento. Al año siguiente, Filipina navegó con otras cuatro religiosas, llegando providencialmente a New Orleans el día de la Fiesta del Sagrado Corazón.

El 14 de septiembre de1818, Filipina abrió una escuela en una cabaña hecha con troncos, pero no en San Luis, como se esperaba, sino en la cercana St. Charles, Missuri. Fue la primera escuela gratuita del oeste del Mississippi. Algunas semanas después, se abrió la Academia del Sagrado Corazón con tres estudiantes. Las condiciones de la frontera eran un desafío. Aunque el inglés fue siempre un reto, Filipina sirvió como superiora de su comunidad religiosa y como directora de la escuela. Dejó para sí misma las tareas más sencillas: cuidar el ganado, cortar leña, cuidar el jardín, reparar zapatos y ropa, cuidar a los enfermos, fabricar jabón y velas. En Florissant, dormía a menudo en un pequeño armario debajo de las escaleras, para poder deslizarse sin molestar a las demás después de su oración nocturna en la capilla adyacente (todavía se puede ver esta habitación en el Santuario Old St. Ferdinand en Florissant, Misuri). Sobrevivió a las rudas condiciones de los pioneros, a un ataque de fiebre amarilla y a los persistentes sentimientos de fracaso.

Muy pronto la Sociedad atrajo nuevas vocaciones y abrió un noviciado. En poco tiempo, Filipina fue responsable de cinco conventos: St. Charles (que reabrió en 1828), San Luis y Florissant en Misuri, Grand Coteau y St. Michaels en Luisiana. Filipina se adaptó a la cultura americana, conservando lo más posible las costumbres de la Sociedad. Con el Plan de Estudios en marcha, las Religiosas del Sagrado Corazón ofrecían a sus estudiantes un currículo completo, que combinaba formación espiritual e intelectual. Las escuelas de Filipina fueron las primeras que educaron estudiantes de color en San Luis. Además, abrió el primer orfanato de San Luis.


Por fin, en 1841, se realizó el deseo de Filipina de servir entre las poblaciones indígenas. Fue con otras tres Religiosas del Sagrado Corazón a Sugar Creek, Kansas, para fundar una escuela para las chicas Potawatomi. A los 72 años estaba demasiado frágil para ser de ayuda con el trabajo físico y no podía aprender la lengua Potawatomi. Pasaba la mayoría de su tiempo orando, adquiriendo el apelativo de “la mujer que siempre reza”. Después de tan solo un año, la pidieron volver a St. Charles a causa de su salud. Aunque vivió en Sugar Creek por un breve período, dejó un gran impacto en los Potawatomi.

Santa Rosa Filipina Duchesne murió el 18 de noviembre de 1852, a la edad de 83 años. Está enterrada en un santuario construido en su honor en la Academia del Sagrado Corazón en St. Charles, Misuri. Fue beatificada en 1940 y canonizada el 3 de julio de 1988.

TESTIMONIO

Filipina está siendo muy importante para la Congregación a nivel Provincial e Internacional porque su espíritu misionero, su fidelidad a los deseos de Dios y su impulso de salir a nuevas fronteras, nos está acompañando en cómo vivir las llamadas (invitaciones/mociones) del Capítulo General 2016. Y este año, ha sido más importante su testimonio, porque hemos estado celebrando el Bicentenario de su llegada a América.

Hace 200 años, Filipina y sus compañeras se atrevieron a dejar su cotidianidad, su país para “descubrir y manifestar el Amor del Corazón de Jesús” en el nuevo mundo. El viaje no fue fácil, estuvo lleno de incertidumbres y miedo; ya en Estados Unidos las situaciones que tuvieron que enfrentar las rscj fueron la poca comunicación con Francia, el clima, el lenguaje, entre otros.


Hoy en día, se nos invita a salir de nuestras zonas de confort y preguntarnos cuáles son nuestros miedos, que nos mantiene resistentes, reconocer nuestras debilidades sabiendo que ellas son tenidas en cuenta por Dios que nos llama a ser mujeres de compasión, relación y comunión para seguir manifestando el Amor de Dios (en un mundo herido) de una manera nueva, libre, sabiendo que esto lo vamos haciendo junto a otras y otros compañeros de camino.

Filipina, a pocos días antes de morir, intercambió cruces con Anna du Rousier, la primera rscj que llegó a Chile. Por lo que nos sentimos también, hoy, bendecidas por ella y enviadas, en este tiempo de búsqueda a no tener miedo y lanzarnos mar abierto sabiendo que vamos junto al Corazón de Jesús “hacia el horizonte con la esperanza de encontrar tierra donde los más pequeños puedan crecer confiados” (Capítulo 2016)

Nataly Chamorro rscj



Una oración por el Bicentenario de Rosa Filipina Duchesne



Espíritu del Dios de la Vida,
al principio, tu aliento se cernía sobre las aguas de la creación.

Un día tu aliento sacudió el corazón de Filipina Duchesne

con un deseo apasionado:

La impulsabas a cruzar los mares hacia un Mundo Nuevo,

para anunciar tu compasión y tu amor

a una tierra y a unos pueblos ya amados por ti.



Sin conocer el idioma del país,

habló el idioma del corazón –

de amor y de oración,

de ternura y sencillez,
de perseverancia y fe viva.

La familia del Sagrado Corazón, extendida por toda la tierra,

somos la cosecha de las semillas que ella esparció.



Bendice ahora nuestro mundo siempre nuevo
con el espíritu valiente y magnánimo de Filipina.

Infúndenos su deseo de cruzar fronteras,
sobre todo, las más alejadas de la caricia de la esperanza.

Renueva el espíritu misionero de toda la Iglesia,

y danos el celo de Filipina

para derramar tu ternura y tu amor hasta en los con nes de la tierra.



Pedimos todo esto en tu Nombre, Dios Trinidad,
cuyo amor no sabe de fronteras ni de trabas,
tú que nos envías a manifestar este amor tuyo al corazón del mundo,

ahora y por siempre.
 Amén.



Rosa Filipina Duchesne: Oración del Bicentenario


Ya llega, gran Espíritu,
Ella llega pronto.
Conforta su espíritu y cuídala en este viaje.
Deja que el prado de los campos susurre su llegada.
Deja que las aguas que corren por el lecho del río Mississippi
la conduzcan hacia ti.
Colorea esta mañana
las flores de las cuatro estaciones;
déjalas que desprendan su aroma todas a la vez en su honor.
Que el pájaro que imita los trinos de todas las aves,
invente diferentes cantos,
uno para cada sentimiento de nuestro corazón.
Porque estamos tristes: ella era nuestra hermana.
También estamos alegres: es nuestra hija.
Estamos apenados: demasiadas millas nos impiden
poner este zarape, una vez más, sobre sus hombros.
Ella aprendió a tejer viendo nuestras manos.
Nosotros aprendimos a orar mirando su rostro.
Que el sol envíe muy lejos su compasión.
Y la luna llena de esta noche
nos recuerde sus horas de alabanza a ti, desde su tienda.

Nuestra aldea velará esta noche,
El jefe promulga un ayuno en su nombre, hasta mañana.
Oraremos en la que fue su tienda.
Oración por nuestro pueblo y por todos esos lugares
a los que ella nos acercó.
Creador, escucha nuestra oración por ella, por nuestros niños,
por estas praderas, árboles y ríos,
por las montañas lejanas
y por este arroyo que recibe nuestras lágrimas.
Escucha nuestro suspiro por nuestros niños.
Que recuerdan lo que ella les enseñó.
Y que repiten su nombre, durante muchas lunas,
el nombre de una gran mujer que fue tuya.

Sharon Karam rscj


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