¿Conoces bien a esa persona con quien te casaste?


¿CONOCES BIEN A ESA PERSONA CON QUIEN TE CASASTE?
Por Álvaro Molina

La inmensa mayoría de las parejas se casan muy enamorados. O por lo menos eso piensan. Tienen su luna de miel, algunos viajan, otros prefieren quedarse en casa. Pero luego de unos meses comienzan a aparecer rasgos en ella o en él, que a veces sorprenden, porque son rasgos que no estaban ahí antes. Podemos decir que, a pesar de estar casados, aún no se conocían. Esto es algo que ocurre principalmente cuando no invitamos a Jesús a ser parte del matrimonio.

En San Mateo 1,25 podemos leer acerca un esposo que aún no conocía a su esposa, hasta que Jesús entró en sus vidas: «Y no la conocía hasta que ella dio a luz un hijo, y le puso por nombre Jesús.» San José, el esposo de la virgen María y padre adoptivo de Jesús, aún no conocía a su esposa. Fue hasta que Jesús nació que San José comenzó a ver quién era su esposa en verdad.

A pesar de recibir varios avisos del Señor, en sueños, San José en verdad no tenía idea de quién era su esposa antes de que naciera Jesús. Él creía ser un carpintero, casado con una muchacha de Nazaret, que había quedado embarazada de forma milagrosa, sin intervención de varón alguno. Quizás San José pensó que al nacer el niño, tal vez un grupo de ángeles vendría a llevarse al bebé y con eso concluiría aquel episodio. Pero ya sabemos que la historia no ocurrió de esa manera.

Fue hasta después del nacimiento de Jesús que San José empezó a ver por dónde iba a continuar todo aquello. Primero llegaron unos pastores contando cómo los cielos se habían abierto y unos ángeles les habían avisado del nacimiento del niño. Aquella historia extrañó a todos, pero a San José debió llamarle más la atención que aquellos pastores habían llegado hasta donde ellos, para adorar al niño (San Lucas 2,1-18). Como todo buen hebreo, San José seguramente sabía que la adoración es solamente para Dios. Sin embargo ahí estaban los pastores, adorando al niño, de quien el ángel le había revelado que era obra del Espíritu Santo.

Ahí San José empezó a ver que María, su esposa, no era simplemente una jovencita campesina de Nazaret, sino que la madre de un niño que era más que solamente humano. Pero aquello no paró ahí. La siguiente visita ya no fue de humildes pastores, sino que de hombres venidos de lejanas tierras, cargados con presentes. Y no se trataba de presentes cualquiera, sino que de oro, por tratarse de un rey, incienso, por ser Dios, y mirra, por su naturaleza humana. Los magos de oriente llegaron buscando al niño (San Mateo 2,11). Al igual que los pastores, lo encontraron con su madre, y ahí presentaron sus ofrendas y le adoraron.

Sólo Dios sabe qué otros eventos similares ocurrieron en Belén, con gente adorando al niño. Pero con solo esos dos seguramente fue suficiente para que San José conociera mejor a su esposa, para que viera que ella no era una mujer común y corriente, sino que la madre del Hijo de Dios. Seguramente San José vio que ella no se había convertido en diosa al ser la madre de Dios Hijo, pero le quedaba claro que ella era sumamente especial, que ella era la escogida de Dios Padre, el vaso colmado de gracia, inmaculado, de donde nacería el Mesías.

También el propio San José llegó a conocerse mejor en su papel de esposo. Él logró ver que no era solamente un carpintero casado con una joven campesina de Nazaret, sino que en verdad era el esposo de la Kejaritomene, la Llena de la Gracia de Dios, y además el padre adoptivo del Hijo de Dios.

¿Y cómo fue que San José llegó a conocer todo eso? Fue por medio de Jesús. Jesús tuvo que ser parte de aquel matrimonio para que San José finalmente pudiera conocer plena y verdaderamente quién era él y quién era su esposa, la virgen María.

Si estás por casarte, o si ya te casaste, ¿realmente conoces a esa persona con quien vas a compartir tu vida? ¿Esa persona realmente sabe quién eres tú? Conocerse plena y verdaderamente les llevará a los cónyuges toda una vida. Habrá muchas gratas sorpresas, y tal vez haya otras no tan gratas, aunque todo será parte del proceso de conocerse. Pero toda pareja de esposos que quiera realmente conocerse a plenitud necesita invitar a Cristo a su matrimonio. De la misma manera que la presencia viva de Cristo, en el matrimonio de María y José, ayudó a que el esposo conociera verdaderamente a su esposa, de esa misma forma la presencia de Cristo, en cada matrimonio, hará que los esposos se conozcan plenamente.

Inviten a Jesús a sus matrimonios. Si aún no se han casado, invítenlo a sus noviazgos. Jesús es la forma más segura para que los novios o los esposos lleguen a conocerse bien, plenamente, verdaderamente. Si ya están casados, procuren ir a visitar a Jesús en la santa eucaristía, o en el santísimo sacramento. No permitan que la última vez que vean a Jesús sea en la misa del casamiento, y de ahí ya nunca más. Si aún no se casan, vayan juntos a la santa eucaristía. Vayan juntos a visitar a Jesús sacramentado. Invítenlo a participar en su noviazgo, para que la bendición de tener a Jesús en esa etapa les acompañe también en el matrimonio.

Sigamos el ejemplo de la familia de Nazaret. Invitemos a Jesús a participar en cada etapa de nuestras vidas. Si damos en llamarle Señor, dejémosle gobernar nuestras vidas, ya que Él sabe qué es lo mejor para nosotros.


Si deseas conocer más sobre tu fe católica, visita nuestra página de Facebook.

https://www.facebook.com/defiendetufecatolico/

Nota importante: La publicidad que aparece en este portal es gestionada por Google y varía en función del país, idioma e intereses y puede relacionarse con la navegación que ha tenido el usuario en sus últimos días.

Estimado lector: ¡Gracias por seguirnos y leer nuestras publicaciones. Queremos seguir comprometidos con este apostolado y nos gustaría contar contigo, si está en tus posibilidades, apóyanos con un donativo que pueda ayudarnos a cubrir nuestros costos tecnológicos y poder así llegar cada vez a más personas. ¡Necesitamos de ti!
¡GRACIAS!


No hay comentarios.:

Publicar un comentario

Publicaciones más leídas del mes

Donaciones:

BÚSCANOS EN FACEBOOK