martes, 26 de febrero de 2019

¿Por qué Jesús le llama serpientes y escorpiones a los demonios?


¿POR QUÉ JESÚS LE LLAMA SERPIENTES Y ESCORPIONES A LOS DEMONIOS? 

Por Víctor Alejandro Gamboa Delgado
Les llama así para compararlos con esos animales que son sigilosos, silenciosos, se esconden (bajo una piedra pueden aguardar taimados el tiempo que haga falta), viven pegados a la tierra (símbolo de los apegos a las cosas mundanas) y sobre todo albergan un veneno en su interior, un veneno que producen ellos mismos y que están siempre dispuestos a inocularlo en los demás. Son depredadores de sangre fría, no muestran ningún tipo de cariño (como todos los reptiles), no es posible domesticarlos. Además hay muchos tipos de serpientes y de escorpiones, símbolo de los distintos tipos y clases de demonios. El mismo Leviatán (Satán) que es descrito por la Biblia con el aspecto de una gran serpiente sería el jefe de las serpientes demoníacas. Mientras que el Beemoth (Lucifer) que es descrito como monstruo terrestre sería la máxima jerarquía de los escorpiones.

Ya que en esta cuestión hablo del paralelismo entre la zoología y la demonología, no puedo dejar de decir algo de la mangosta. Y cuando explique las características de este animal no podremos menos que admirarnos de las sorprendentes similitudes entre ambos ámbitos, el zoológico y el espiritual. La mangosta es un pequeño mamífero que es el único que puede gloriarse de alimentarse de serpientes y cobras. Todos los mamíferos temen a las cobras, los más grandes también, sabiendo que lo único que pueden hacer contra ellos es alejarse. Esos grandes mamíferos son como los santos que por grandes que sean, se alejan del peligro, y obran sabiamente. Por eso las cobras devoran a los pequeños mamíferos, símbolo de los que no tienen gran santidad. No obstante, la mangosta es un animal que no sólo no rehuirá el combate con la cobra, sino que además en cuanto se encuentren cara a cara, la cobra sabe que no saldrá con vida. Es un animal diseñado por la naturaleza (por la mano de Dios) para combatir a ese depredador ponzoñoso y traicionero. Y en sus genes tiene lo necesario para realizar con éxito ese enfrentamiento. Los cristianos deben alejarse del demonio, pero el exorcista tiene el encargo de enfrentarse a él. Aunque la mangosta sería no sólo símbolo del exorcista, sino más bien del exorcista que se dedica a este ministerio de forma regular, del que lo ejerce toda una vida y adquiere sabiduría en ese combate. Y de forma más precisa podríamos decir que la mangosta, cuadrúpedo que no está dotado de gran belleza, sería perfecto símbolo del exorcista que tiene un llamamiento de Dios para ese ministerio y que ha recibido dones para ejercerlo. El combate entre una mangosta y una cobra es espectacular. En cuanto el pequeño carnívoro ve una serpiente venenosa, empieza a dar vueltas con suma rapidez en torno de ésta, saltando de acá para allá y con todo el pelo erizado, hasta abultar doble de lo que es. La serpiente trata de morderle, pero entre los saltos y la defensa que constituye la masa de pelo, no consigue hincarle en el cuerpo los garfios venenosos, y en cambio, la mangosta en un momento de descuido del reptil, salta sobre él y le parte el cráneo de una dentellada. Lo notable, sin embargo, no son los detalles de la lucha, sino la intrepidez, decisión, rapidez y suma destreza con que el animalejo ataca a tan peligroso enemigo.

La mangosta lucha de un modo peculiar, el más adecuado para su enemigo. Pues allí la fuerza y los músculos contra un ser venenoso son inútiles. Un error grave de la mangosta supondría la muerte, del mismo modo que si el demonio inocula su veneno en el exorcista y le hace abandonar el buen camino también supondría la muerte de su alma. El veneno puede ser la lujuria, la vanagloria, etc. La investigación ha demostrado que la mangosta es tolerante a pequeñas dosis de veneno de cobra, pero que no es inmune a él. El exorcista no es inmune a la tentación del demonio, ni a otros tipos de sus ataques. Pero sí que es inmune a ciertas dosis de tentación que a otros les harían perder la paz o caer en el nerviosismo, la intranquilidad y finalmente en la ansiedad o la obsesión. Las mangostas salen casi siempre victoriosas por su rapidez, agilidad y cronometraje, pero también por su grueso pelaje. Todo esto es símbolo de la protección de Dios y de la rapidez para esquivar al momento, al segundo, la tentación. Ya que si se deja que penetre un poco, hará su efecto y se perderá la agilidad para esquivar nuevas mordeduras.

No olvidemos tampoco que el veneno de cobra es mortal, pero en dosis pequeñas es medicinal y beneficioso. Lo mismo pasa con el conocimiento de la demonología para la gente normal y los sacerdotes no exorcistas, dosis adecuadas son beneficiosas. Más allá de cierta medida se convierte para algunos en una obsesión. La mangosta sabe que no acabará con todas las cobras, pero las mantiene alejadas de su territorio, por eso una mangosta en un jardín asegura la tranquilidad de sus habitantes. Siguiendo los símiles que la naturaleza visible nos ofrece, se podría decir que si la mangosta es símbolo del exorcista, el águila sería símbolo de San Miguel que alado desde el cielo se abate desde las alturas y con sus garras aprisiona al reptil. No hay antítesis mejor que estos dos mundos de estos dos animales, uno el mundo de las alturas límpidas, de los cielos luminosos, el otro la tierra y los escondrijos bajo las piedras. Los sapos, culebras no venenosas y demás animales repugnantes serían símbolo de los seres espirituales deformes por sus pecados pero que no llegan a tener el veneno
demoníaco en su ser, serían esos seres símbolo de aquellos que todavía no han llegado al extremo de fabricar veneno para dañar con él a otras criaturas.

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