Mostrando las entradas con la etiqueta diferencias. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta diferencias. Mostrar todas las entradas

¿Cuál es la diferencia entre un Convento y un Monasterio?


Esta es una de esas cuestiones que pueden parecer simples a primera vista, pero cuando uno se sumerge en ella, se da cuenta de que hay mucha riqueza y profundidad en la diferencia entre un convento y un monasterio. 

Primero, pensemos en el contexto general. Cuando hablamos de un convento y un monasterio, nos estamos refiriendo a dos tipos de comunidades religiosas donde personas consagradas a Dios viven en comunidad. Estas personas pueden ser hombres o mujeres, y aunque ambos lugares sirven para el mismo propósito de vivir una vida de entrega y oración, la forma en que se organiza la vida en ellos, así como el carisma particular de las órdenes que los habitan, varía un poco.

1. El Monasterio: Un Lugar de Oración y Contemplación

Comencemos con el monasterio. Cuando piensas en un monasterio, lo primero que debería venirte a la mente es la palabra "contemplación". Los monasterios son lugares dedicados principalmente a la vida contemplativa. Esto significa que los monjes o monjas que viven en un monasterio pasan gran parte de su tiempo en oración, meditación, y estudio. Se apartan del bullicio del mundo exterior para poder concentrarse completamente en su relación con Dios.

Generalmente, los monasterios están en lugares alejados de las ciudades, en el campo o en las montañas, buscando esa tranquilidad que les permite vivir en silencio y en comunión con Dios. La regla de vida en un monasterio suele ser muy estricta, con horarios fijos para la oración, el trabajo y el descanso.

En la tradición católica, muchos monasterios siguen la Regla de San Benito, escrita por San Benito de Nursia en el siglo VI. Esta regla es una guía para vivir en comunidad, y enfatiza tres pilares: la oración, el trabajo (ora et labora), y la lectura espiritual. Los monjes benedictinos, por ejemplo, pasan varias horas al día rezando la Liturgia de las Horas, que son oraciones comunitarias que se rezan en momentos específicos a lo largo del día, y también se dedican al trabajo manual o intelectual.

2. El Convento: Vida Activa y Servicio

Ahora, hablemos del convento. La palabra "convento" proviene del latín conventus, que significa "reunión" o "asamblea". Esto ya nos da una pista de que en un convento, la vida comunitaria es clave, pero también hay un enfoque más marcado en la vida activa. Es decir, las personas que viven en conventos están más involucradas en obras de servicio directo al prójimo.

A diferencia de los monasterios, los conventos suelen estar ubicados en zonas más urbanas, cerca de las comunidades a las que sirven. Las hermanas o hermanos que viven en conventos son a menudo parte de órdenes religiosas que tienen un carisma de servicio, como la educación, la atención a los enfermos, la ayuda a los pobres, o la evangelización. Piensa, por ejemplo, en las Hermanas de la Caridad fundadas por Santa Teresa de Calcuta, que están dedicadas a servir a los más pobres entre los pobres.

Aunque en los conventos también se reza la Liturgia de las Horas y la vida de oración es fundamental, no es el centro exclusivo de la vida diaria como en un monasterio. Los miembros de un convento combinan su vida de oración con su misión activa en el mundo. Este equilibrio entre oración y acción es lo que distingue a muchas órdenes religiosas que viven en conventos.

3. Diferencias en la Vida Comunitaria y la Regla

Otra diferencia importante entre un convento y un monasterio radica en la manera en que se vive la vida comunitaria. En un monasterio, la vida suele estar más estructurada y regida por una regla común, como mencioné antes con la Regla de San Benito. La comunidad monástica es autosuficiente, lo que significa que producen lo que necesitan para vivir, ya sea mediante la agricultura, la elaboración de productos como el vino o el queso, o mediante la venta de libros y objetos religiosos. Todo lo que hacen tiene un propósito espiritual, uniendo el trabajo y la oración.

En los conventos, si bien también hay una regla que guía la vida comunitaria, puede haber más flexibilidad en las actividades diarias, dependiendo de las necesidades del servicio que se presta. Por ejemplo, en una comunidad de religiosas que trabaja en un hospital, las horas de trabajo pueden ser largas y demandantes, lo que requiere una adaptación en los tiempos de oración.

4. Carismas Específicos de Órdenes Religiosas

Es importante recordar que dentro de la Iglesia, hay una gran diversidad de órdenes religiosas, cada una con su propio carisma y misión. Algunas órdenes son exclusivamente contemplativas y vivirán siempre en un monasterio, como los Cartujos o las Carmelitas Descalzas. Otras, como los Dominicos o los Franciscanos, pueden tener tanto monasterios como conventos, dependiendo de la misión específica que estén llevando a cabo en ese lugar.

Las diferencias en los carismas también se reflejan en la vida diaria de los monjes, monjas, hermanos, o hermanas. Por ejemplo, las Carmelitas Descalzas siguen a Santa Teresa de Ávila, cuya reforma buscaba una vida más austera y de profunda oración, mientras que los Franciscanos, siguiendo a San Francisco de Asís, combinan la vida de oración con el servicio a los pobres y la predicación.

5. Un Mismo Fin: La Santidad

A pesar de estas diferencias, tanto los monasterios como los conventos comparten un objetivo común: la búsqueda de la santidad. Ya sea que se logre a través de la contemplación y la vida apartada del mundo en un monasterio, o a través del servicio activo en un convento, el fin último es siempre el mismo: amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo.

Jesús nos dejó el mandamiento de amar a Dios y al prójimo en Mateo 22,37-39: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma y con toda tu mente. Este es el mayor y el primer mandamiento. El segundo es semejante a este: Amarás a tu prójimo como a ti mismo". Y es precisamente este mandamiento el que guía la vida tanto en los monasterios como en los conventos, aunque de maneras diferentes.

6. Conclusión: Un Llamado a la Reflexión

Para concluir, podríamos decir que los monasterios y los conventos son dos caminos diferentes hacia un mismo fin. Ambos son lugares donde personas consagradas buscan vivir en plenitud su fe, aunque con enfoques y estilos de vida que varían según el carisma de la comunidad.

Es fascinante ver cómo dentro de la gran diversidad de la Iglesia, hay espacio para distintas formas de vivir la vocación religiosa. Algunas personas son llamadas a una vida de contemplación y silencio en un monasterio, mientras que otras son llamadas a una vida activa y de servicio en un convento. Ambas formas de vida son valiosas y necesarias en la Iglesia, y ambas nos enseñan algo importante sobre cómo vivir nuestra fe en el mundo de hoy.

Espero que esta explicación te haya ayudado a entender mejor la diferencia entre un convento y un monasterio, y que también te inspire a reflexionar sobre la riqueza y diversidad de nuestra Iglesia. ¡Que Dios te bendiga y te acompañe siempre en tu camino de fe!

Autor: Padre Ignacio Andrade.

¿Cuál es la diferencia entre un Párroco y un Vicario


Me alegra mucho que me hagas esta pregunta. A veces, en nuestra vida diaria como católicos, nos topamos con términos que escuchamos en misa o en reuniones de la parroquia, pero no siempre sabemos exactamente qué significan. La diferencia entre un párroco y un vicario es un tema interesante y es importante entenderlo para saber quiénes son las personas que nos guían en nuestra vida espiritual.

El Párroco

El párroco es como el pastor principal de una parroquia. Imagina que la parroquia es una familia grande; el párroco es quien cuida de todos los miembros de esa familia. De hecho, la palabra "párroco" viene del griego "paroikos", que significa "vecino" o "morador", refiriéndose a alguien que vive entre el pueblo y cuida de él.

En el Código de Derecho Canónico, que es como el libro de reglas para la Iglesia, se dice que el párroco es el pastor propio de una parroquia confiada a él (c. 519). Esto significa que el párroco tiene la responsabilidad principal de la parroquia. Él es quien administra los sacramentos, ofrece la misa, escucha confesiones, da consejos espirituales y organiza las actividades y ministerios parroquiales.

El párroco también tiene un rol administrativo. Él es quien se encarga de las finanzas de la parroquia, supervisa el mantenimiento de los edificios parroquiales y se asegura de que todo funcione correctamente. Es como el capitán de un barco que se asegura de que todo esté en orden para que la comunidad pueda navegar sin problemas hacia Cristo.

El Vicario

Ahora, el vicario es como el asistente del párroco. La palabra "vicario" viene del latín "vicarius", que significa "sustituto" o "representante". Un vicario actúa en lugar del párroco en ciertas ocasiones y tiene autoridad delegada por él.

En términos más sencillos, el vicario está ahí para ayudar al párroco con sus numerosas tareas. Puede ser un vicario parroquial, que es un sacerdote asignado para asistir al párroco en una parroquia específica. El Código de Derecho Canónico dice que el vicario parroquial "cooperará con el párroco en la atención pastoral de toda la parroquia, y su lugar de residencia se determinará por el Ordinario del lugar o por el párroco" (c. 545 §1).

El vicario puede celebrar misas, escuchar confesiones, realizar bautismos, bodas, funerales y demás sacramentos. Básicamente, puede hacer casi todo lo que hace un párroco, pero siempre bajo la dirección y con el permiso del párroco. Su papel es asistir en lo que sea necesario y asegurarse de que el párroco no esté abrumado con todas las responsabilidades.

La Colaboración entre Párroco y Vicario

En la práctica, la colaboración entre un párroco y un vicario es esencial para el buen funcionamiento de una parroquia. Ellos trabajan juntos para asegurarse de que las necesidades espirituales y pastorales de la comunidad sean satisfechas. Piensa en ellos como un equipo de entrenadores de un equipo deportivo. El párroco puede ser visto como el entrenador principal, mientras que el vicario es el entrenador asistente. Ambos son vitales para el éxito del equipo, que en este caso es nuestra comunidad parroquial.

Además, esta colaboración permite que haya más disponibilidad para los fieles. Por ejemplo, si el párroco está ocupado con una reunión o una visita pastoral, el vicario puede estar disponible para atender a alguien que necesite confesarse o recibir algún consejo espiritual. Esto asegura que siempre haya alguien presente para cuidar de las ovejas del rebaño.

La Importancia del Servicio

Tanto el párroco como el vicario son llamados al servicio. Jesús mismo nos dio el ejemplo del servicio en el Evangelio de San Juan, cuando lavó los pies de sus discípulos (Jn 13:1-17). En este acto, Jesús mostró que ser líder en la Iglesia significa ser el primero en servir. Los párrocos y vicarios siguen este ejemplo de Jesús al dedicar sus vidas a servir a su comunidad.

Responsabilidades Adicionales

A veces, el párroco puede tener responsabilidades adicionales a nivel diocesano, lo que significa que tiene que cuidar no solo de su parroquia sino también de otras áreas de la diócesis. En estos casos, el vicario parroquial toma un rol aún más importante para asegurarse de que la parroquia siga funcionando sin problemas.

Un vicario también puede ser designado como "vicario foráneo" o "vicario episcopal", roles que implican responsabilidades adicionales sobre varias parroquias en una región específica o sobre ciertos aspectos de la vida diocesana, como la educación o la liturgia. Estos vicarios tienen autoridad delegada por el obispo para ayudar en la administración y coordinación de estas áreas.

Experiencia y Formación

Es interesante notar que la formación y experiencia de un párroco y un vicario pueden variar. El párroco generalmente es un sacerdote con más años de experiencia en el ministerio sacerdotal, mientras que un vicario puede ser un sacerdote más joven, recién ordenado o con menos experiencia pastoral. Esta diferencia en experiencia permite que los vicarios aprendan y crezcan bajo la guía de un párroco experimentado.

La Comunidad

No podemos olvidar que una parroquia es más que solo el párroco y el vicario; es una comunidad de fieles. Laicos y laicas, catequistas, voluntarios, y muchos otros miembros de la parroquia también juegan roles cruciales en la vida parroquial. Todos juntos formamos el Cuerpo de Cristo, y cada uno tiene un papel importante en la misión de la Iglesia.

Un Ejemplo de Vida Parroquial

Para ilustrar todo esto, imagina una parroquia como la de San Juan Bosco. El párroco, el Padre Carlos, es conocido por todos. Lleva muchos años en la parroquia y conoce a cada familia. Organiza las misas, los grupos de oración, y se encarga de las decisiones importantes. Luego está el vicario, el Padre Juan, un sacerdote joven y entusiasta que recién ha sido asignado a la parroquia. El Padre Juan celebra misas, ayuda en la confesión y organiza las actividades juveniles. Él aprende mucho del Padre Carlos y, al mismo tiempo, aporta nuevas ideas y energía a la parroquia.

Ambos sacerdotes trabajan juntos, cada uno con sus propias fortalezas, para guiar a la comunidad hacia una vida más cercana a Dios. La colaboración y el respeto mutuo entre ellos son un ejemplo para todos los fieles de cómo trabajar en unidad.

Conclusión

En resumen, el párroco y el vicario tienen roles complementarios dentro de la parroquia. El párroco es el pastor principal y líder administrativo, mientras que el vicario es el asistente que apoya en las tareas pastorales y sacramentales. Juntos, trabajan para servir a la comunidad y guiarla en su camino de fe. Ambos roles son esenciales para la vida de la Iglesia y reflejan el llamado al servicio que Jesús nos enseñó.

Espero que esta explicación te haya aclarado la diferencia entre un párroco y un vicario. Si tienes más preguntas o quieres profundizar en algún otro tema, no dudes en decírmelo. ¡Estoy aquí para ayudarte! Que Dios te bendiga.

Autor en exclusiva para Católico Defiende Tu Fe: Padre Ignacio Andrade.

¿Cuál es la diferencia entre la Misa y el culto evangélico? ¿No se da alabanza a Dios en ambos?


Me da mucha alegría poder conversar contigo sobre un tema tan importante como la diferencia entre la Misa católica y el culto evangélico de nuestros hermanos separados (y esperados). Ambos servicios religiosos, sin duda, son momentos de encuentro con Dios donde se le alaba y se le adora, nosotros a nuestro modo y los hermanos separados al de ellos, pero hay algunas diferencias fundamentales que vale la pena explorar para darnos cuenta de lo hermoso e invaluable e insuperable que es el culto católico (la Santa Misa), pues comprendemos, por la revelación, que la celebración eucarística es la forma más alta de adoración porque Dios mismo la ha establecido por medio de Jesús en la última cena cuando dijo "hagan esto en memorial mío".

Así que empecemos pues por hablar de la Misa católica. La Misa es el corazón de nuestra fe como católicos, es el momento en el que celebramos la Eucaristía, el sacramento más sagrado para nosotros. En la Misa, recordamos y actualizamos el sacrificio de Jesucristo en la cruz, donde nos redimió y nos reconcilió con Dios. Es un momento de profunda adoración y acción de gracias, donde recibimos a Jesús en la Sagrada Comunión, haciéndonos uno con Él y con la comunidad de creyentes.

En la Misa, seguimos un orden litúrgico establecido por la Iglesia, que incluye lecturas de la Biblia, homilía del sacerdote, oraciones comunitarias, la consagración del pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, y la comunión de los fieles. Todo esto está lleno de simbolismo y significado, recordándonos constantemente la presencia real de Jesús entre nosotros.

Por otro lado, el culto evangélico también es un momento de alabanza y adoración a Dios, pero suele tener un enfoque más centrado en la predicación de la Palabra de Dios. En estos cultos, se leen pasajes de la Biblia, se comparten reflexiones y enseñanzas basadas en las Escrituras, y se busca aplicar la Palabra a la vida diaria de los creyentes.

Una de las principales diferencias entre la Misa católica y el culto evangélico es la presencia real de Jesús en la Eucaristía. Para los católicos, la Eucaristía es el verdadero cuerpo y sangre de Cristo, mientras que en las comunidades evangélicas se considera principalmente simbólico. Esta diferencia teológica es crucial y marca una distinción importante entre ambas tradiciones.

La Misa católica es un momento único en el que participamos del sacrificio redentor de Cristo de una manera tangible y real. Al recibir a Jesús en la Eucaristía, nos unimos a Él de una manera especial y misteriosa que nos transforma y nos renueva en su amor. Es un encuentro íntimo con nuestro Señor que nos fortalece y nos llena de gracia para vivir como auténticos discípulos suyos en el mundo.

En cuanto a la alabanza a Dios, tanto en la Misa como en el culto evangélico se le glorifica y se le adora con cantos, oraciones y acciones de gracias. La diferencia radica en cómo se vive esta alabanza y cómo se entiende la presencia de Dios en cada celebración.

Es cierto que en los cultos evangélicos también se proclama la Palabra de Dios con fervor y devoción, lo cual es un elemento valioso que compartimos como cristianos. La Biblia es una fuente inagotable de sabiduría y guía para nuestra vida espiritual, y es importante que la escuchemos y meditemos en ella con humildad y apertura de corazón.

Sin embargo, lo que hace única a la Misa católica es la presencia real de Jesús en la Eucaristía. En la última Cena, Jesús instituyó este sacramento como el memorial perpetuo de su sacrificio redentor, donde nos ofrece su Cuerpo y su Sangre como alimento para nuestro camino de fe. En la Misa, no solo recordamos lo que Jesús hizo por nosotros en la cruz, sino que lo vivimos de manera tangible y sacramental en cada celebración.

Por eso, la Misa es el cúlmen de nuestra adoración a Dios como católicos. Es el momento más sagrado y solemne en el que nos encontramos con nuestro Señor de una manera única e incomparable. En cada Misa, participamos del misterio de nuestra salvación y recibimos la gracia transformadora de Dios que nos impulsa a vivir como verdaderos testigos de su amor en el mundo.

Respetamos profundamente el culto evangélico y reconocemos los elementos de Verdad que se encuentran en él, como la proclamación fiel de la Palabra de Dios y la búsqueda sincera de una vida conforme al Evangelio. Valoramos la diversidad de expresiones de fe dentro del cuerpo de Cristo y estamos abiertos al diálogo fraterno con nuestros hermanos y hermanas evangélicos.

Sin embargo, debemos afirmar con firmeza que la Misa católica es un tesoro inigualable que nos ofrece una experiencia única de encuentro con Jesús en la Eucaristía. En ella encontramos no solo palabras inspiradoras o enseñanzas edificantes, sino al mismo Cristo vivo y presente entre nosotros, dispuesto a transformar nuestras vidas y a renovar nuestra fe.

Te invito a profundizar en el misterio de la Eucaristía, a participar con devoción en la Misa dominical y a abrir tu corazón a la gracia abundante que Dios derrama sobre ti en cada celebración. Que esta experiencia te lleve a vivir con mayor fervor tu fe católica y a compartir con alegría el don precioso de la presencia real de Jesús en la Eucaristía.

Que el Señor te bendiga abundantemente y te llene de su paz y su amor en cada paso de tu camino de fe.

Autor y dueño de este contenido: Padre Ignacio Andrade para Católico Defiende Tu Fe.

¿Cuáles son las principales diferencias entre los católicos y los mormones?


Los católicos y los mormones tenemos algunas diferencias importantes en lo que respecta a nuestras creencias y prácticas religiosas. Pero no te preocupes, te explicaré todo de manera amena y sin vueltas.

En primer lugar, hablemos sobre cómo entendemos a Dios. Los católicos creemos en un solo Dios en tres personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Esta es una enseñanza fundamental que viene directamente de Jesucristo y ha sido afirmada por la Iglesia a lo largo de los siglos. En cambio, los mormones tienen una perspectiva diferente sobre la Trinidad y también creen en la posibilidad de que los seres humanos puedan llegar a ser dioses en el futuro. Eso es algo que no compartimos en absoluto con los mormones.

Otra diferencia importante es la autoridad religiosa. Los católicos creemos en la sucesión apostólica, lo que significa que la autoridad para enseñar y administrar los sacramentos viene directamente de Cristo a través de los apóstoles y sus sucesores, como los obispos (comenzando dicha autoridad por el obispo de la sede de Roma que conocemos como la Sede Apostólica). Por otro lado, los mormones creen que la autoridad sacerdotal se perdió después de la muerte de los apóstoles y fue restaurada a través de José Smith (fundador de los mormones) en el siglo XIX. Esa idea no encaja con nuestra comprensión de la historia y la tradición apostólica.

Hablemos también sobre las Escrituras. Los católicos reconocemos la Biblia como la única Palabra de Dio escrita, mientras que los mormones añaden otros textos como el Libro de Mormón, Doctrina y Convenios, y La Perla de Gran Precio y creen que también son de revelación divina a la par de la Biblia. Para nosotros, la Biblia es suficiente como fuente de revelación divina escrita, y no necesitamos añadir más escrituras a eso.

Por último, en lo que respecta al matrimonio y la vida después de la muerte, hay diferencias significativas. Los católicos consideramos el matrimonio como un sacramento sagrado entre un hombre y una mujer, y creemos en la existencia de cielos, infierno y purgatorio como destinos finales (y temporal en el caso del purgatorio) después de la muerte. En cambio, los mormones creen en el matrimonio polígamo (un hombre con varias mujeres) y eterno y en la existencia de diferentes grados de gloria en la vida después de la muerte, con la posibilidad de llegar a ser dioses en el más alto grado de gloria. Esto es algo que no compartimos en absoluto y que va en contra de nuestra comprensión tradicional del matrimonio y la vida después de la muerte.

Así que ahí lo tienes, amigo, algunas diferencias fundamentales entre los católicos y los mormones, explicadas de manera clara y directa. Recuerda siempre que, aunque tengamos diferencias en nuestras creencias, es importante respetar las creencias y prácticas religiosas de los demás y tratar a todos con amabilidad y comprensión. Esa es la verdadera esencia del amor y la tolerancia que Jesús nos enseñó.

Autor: Padre Ignacio Andrade.

¿Cuál es la diferencia entre los "sedevacantistas" y los "lefebvristas"?


La diferencia entre los "sedevacantistas" y los "lefebvristas" es una cuestión importante dentro de la Iglesia Católica, así que vamos a abordarlo con calma y claridad.

Empecemos por los "sedevacantistas". Este término viene del latín "sede vacante", que significa "sede vacía". Los sedevacantistas son un grupo que sostiene la creencia de que la Sede de Pedro, es decir, la cátedra del Papa, está vacante. Esto quiere decir que consideran que no hay un Papa legítimo en el cargo. Esta postura suele estar asociada con la idea de que los Papas que han ocupado la sede desde el Concilio Vaticano II (que tuvo lugar entre 1962 y 1965) han caído en herejía, y por lo tanto, no son verdaderos Papas.

Ahora, hablemos de los "lefebvristas". Este término hace referencia a la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX), fundada por el arzobispo Marcel Lefebvre en 1970. La FSSPX se caracteriza por su oposición a ciertas enseñanzas y prácticas que surgieron en el Concilio Vaticano II, particularmente en lo que respecta a la liturgia y la ecumenismo. Los lefebvristas defienden una interpretación más tradicional y conservadora de la fe católica, y a menudo critican lo que perciben como la "modernización" de la Iglesia. Los lefebvristas no rechazan todo el Concilio Vaticano II, pero sí muchos de sus Decretos y Documentos.

Entonces, ¿cuál es la diferencia entre estos dos grupos? Aunque tanto los sedevacantistas como los lefebvristas comparten ciertas críticas hacia la Iglesia contemporánea, difieren en su respuesta a la autoridad papal. Mientras que los sedevacantistas niegan la legitimidad de todos los Papas desde el Concilio Vaticano II y desonocen al Concilio mismo, considerando que la Sede de Pedro está vacía (vacante), los lefebvristas sí reconocen a todos los Papa post conciliares como legítimos, pero mantienen una postura crítica hacia algunas de sus acciones y enseñanzas, sobre todo en cuanto a la Misa novus ordo.

Desde la perspectiva católica tradicional, es importante recordar que la autoridad papal tiene un papel central en la Iglesia. Según el Catecismo de la Iglesia Católica, el Papa es el "sucesor de Pedro como Obispo de Roma y cabeza del Colegio Episcopal" (CIC 882). Jesús mismo confió a Pedro la responsabilidad de guiar a la Iglesia cuando dijo: "Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia; y el poder de la muerte no prevalecerá contra ella" (Mateo 16,18).

La enseñanza católica también reconoce la autoridad del Papa en asuntos de fe y moral cuando habla ex cathedra, es decir, desde la cátedra de Pedro, y bajo ciertas condiciones específicas. Esto significa que cuando el Papa habla oficialmente en nombre de la Iglesia sobre cuestiones de fe y moral, su enseñanza es infalible y vinculante para todos los católicos.

Sin embargo, eso no significa que los Papas estén exentos de error en todos los aspectos de su vida o enseñanza. Los lefebvristas pueden criticar ciertas decisiones o acciones papales, pero mantienen su reconocimiento de la autoridad papal como un principio fundamental de la fe católica. Por otro lado, los sedevacantistas van un paso más allá al negar la legitimidad de los Papas post conciliares en su totalidad, lo que representa una ruptura más radical con la estructura y la autoridad de la Iglesia.

Es importante recordar que la unidad es un principio fundamental en la Iglesia Católica. San Pablo nos recuerda en su carta a los Efesios: "Solamente os pido una cosa: que llevéis una vida digna del Evangelio de Cristo. Así, sea que vaya a veros o que permanezca lejos, podré saber que estáis firmes en un mismo espíritu, luchando juntos como un solo hombre por la fe del Evangelio" (Efesios 1,27). Esta unidad se basa en la comunión con el Sucesor de Pedro y con los obispos en comunión con él.

Por lo tanto, aunque es natural que surjan diferencias de opinión dentro de la Iglesia, es importante abordarlas con respeto y en un espíritu de búsqueda de la verdad y la unidad. El diálogo fraterno y la oración son herramientas fundamentales para promover la comprensión mutua y la reconciliación en el cuerpo de Cristo.

Así que los "sedevacantistas" y los "lefebvristas" representan dos posturas diferentes dentro del catolicismo tradicional, especialmente en lo que respecta a la autoridad papal y la interpretación del Concilio Vaticano II. Mientras que los sedevacantistas niegan la legitimidad de los Papas desde el Concilio Vaticano II y consideran la Sede de Pedro como vacante, los lefebvristas reconocen al Papa como legítimo, pero mantienen una postura crítica hacia algunas de sus acciones y enseñanzas. En última instancia, es importante recordar que la unidad y la comunión con la Iglesia son fundamentales para nuestra fe como católicos, y debemos esforzarnos por trabajar juntos en un espíritu de amor y respeto mutuo.

Reencarnación y Resurrección: ¿Cuál es la diferencia?



La diferencia entre reencarnación y resurrección es uno de esos temas que a menudo suscitan mucha reflexión y debate. Permíteme compartir contigo algunas reflexiones desde la fe católica, basadas en la enseñanza de la Iglesia y en la Sagrada Escritura.

Comencemos por explorar la idea de la reencarnación. La reencarnación es una creencia que sostiene que después de la muerte, el alma de una persona reencarna en otro cuerpo humano o incluso en otro tipo de ser vivo, como un animal. Esta creencia es parte de muchas tradiciones religiosas y filosóficas en todo el mundo, pero no es parte de la enseñanza católica.

En la fe católica, creemos en la resurrección, no en la reencarnación. La resurrección es el acto por el cual una persona fallecida es restaurada a la vida en su propio cuerpo, transformado y glorificado, en el último día, cuando Jesús regrese en gloria al final de los tiempos. Esta es una verdad central de nuestra fe cristiana, proclamada en el Credo: "Creo en la resurrección de los muertos y en la vida eterna".

La diferencia fundamental entre reencarnación y resurrección radica en la comprensión de la persona y la finalidad de la vida. Desde la perspectiva de la fe católica, cada persona es única e irrepetible, creada a imagen y semejanza de Dios, y tiene un destino eterno: vivir en comunión con Dios para siempre. La reencarnación sugiere un ciclo interminable de muerte y renacimiento, mientras que la resurrección ofrece la esperanza de una vida eterna en la presencia amorosa de Dios.

La Sagrada Escritura nos ofrece varias enseñanzas sobre la resurrección. En el Evangelio según San Juan, Jesús proclama: "Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá" (Juan 11,25). Esta afirmación de Jesús nos asegura que la resurrección no es simplemente una doctrina abstracta, sino una realidad viva y tangible en él mismo. Su propia resurrección es la garantía de nuestra esperanza de vida eterna.

Además, San Pablo en su primera carta a los Corintios nos habla de la resurrección de los muertos y nos revela que nuestra resurrección será una participación en la victoria de Cristo sobre la muerte: "Pues, así como todos mueren en Adán, así también todos serán vivificados en Cristo" (1 Corintios 15,22). Aquí vemos cómo la resurrección no es solo un evento futuro, sino un acontecimiento que se encuentra en el corazón mismo de nuestra fe.

En contraste, la idea de la reencarnación no tiene base en las Escrituras cristianas. Aunque algunos pueden interpretar ciertos pasajes de manera que parezcan apoyar la reencarnación, la enseñanza oficial de la Iglesia Católica la rechaza. El Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña que "no hay 'reencarnación' después de la muerte" (CCC 1013). En lugar de la reencarnación, la Iglesia enseña que después de la muerte, las almas de los justos van al cielo, al purgatorio o al infierno, según su relación con Dios y su vida en la tierra.

Es importante recordar que la fe católica no niega la realidad del alma ni la importancia de la vida espiritual. De hecho, la Iglesia enseña que el alma es inmortal y que nuestra vida terrenal es solo una etapa en nuestro viaje hacia Dios. Sin embargo, la reencarnación y la resurrección ofrecen respuestas diferentes a la pregunta fundamental sobre el propósito y el destino final de la vida humana.

La resurrección, en última instancia, es un acto de amor y misericordia por parte de Dios. Es la promesa de que nuestra vida no termina en la muerte, sino que encuentra su plenitud en la comunión eterna con Dios y con todos los que han vivido y han muerto en su amor. La resurrección nos invita a vivir con esperanza y confianza, sabiendo que nuestra vida no es en vano y que nuestro sufrimiento y nuestras pruebas serán transformados en gloria.

En conclusión, la diferencia entre reencarnación y resurrección es fundamental para nuestra comprensión de la fe cristiana y el significado de la vida humana. Mientras que la reencarnación sugiere un ciclo interminable de muerte y renacimiento, la resurrección nos ofrece la esperanza de una vida eterna en la presencia amorosa de Dios. Como cristianos, confiamos en la promesa de Jesús de que él es la resurrección y la vida, y que aquellos que creen en él vivirán para siempre. Que esta verdad nos llene de alegría y esperanza en medio de todas las pruebas y desafíos de la vida.

Autor: Padre Ignacio Andrade.

¿Qué es una Exhortación Apostólica y cuál es su diferencia con una Encíclica?


Permíteme explicarte de manera sencilla qué es una Exhortación Apostólica y cuál es su diferencia con una Encíclica.

En primer lugar, tanto la Exhortación Apostólica como la Encíclica son documentos importantes de la Iglesia Católica. Ambos son escritos papales que tienen como objetivo guiar a los fieles en aspectos específicos de la vida cristiana y social. Sin embargo, hay diferencias clave entre ellos.

Empecemos hablando sobre la Exhortación Apostólica. Este tipo de documento es una carta que el Papa escribe para exhortar, alentar y animar a los católicos, así como a todas las personas de buena voluntad, a vivir la fe de manera más plena y comprometida en aspectos específicos de la vida. La Exhortación Apostólica es un llamado a la acción, una especie de guía práctica que nos invita a reflexionar sobre ciertos temas y a poner en práctica los principios cristianos en nuestra vida cotidiana.

La base de la Exhortación Apostólica se encuentra en la Sagrada Escritura y en la Tradición de la Iglesia. Por ejemplo, en el Evangelio según Mateo, Jesús nos exhorta a amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos (San Mateo 22, 39). Este mandamiento nos sirve como guía para entender cómo debemos comportarnos y relacionarnos con los demás, y puede ser el tema central de una Exhortación Apostólica que nos llame a vivir el amor fraterno de manera más profunda y concreta en nuestra vida diaria.

Por otro lado, las Encíclicas son cartas papales que tratan temas doctrinales, morales o sociales de gran importancia. A diferencia de la Exhortación Apostólica, que se centra en la aplicación práctica de la fe, las Encíclicas suelen profundizar en cuestiones teológicas y éticas más complejas. Estos documentos a menudo ofrecen enseñanzas profundas y detalladas sobre la doctrina de la Iglesia y su aplicación en el mundo moderno.

Las Encíclicas están fundamentadas tanto en la Sagrada Escritura como en la Sagrada Tradición. A través de las Encíclicas, el Papa puede proporcionar orientación y enseñanzas profundas sobre cuestiones éticas y morales complejas, como la justicia social, la ecología, la familia y otros temas de relevancia global.

Para entenderlo mejor, imagina que la Exhortación Apostólica es como una carta personal y alentadora de un amigo cercano que te anima a vivir tu fe de manera auténtica y concreta en tu vida cotidiana. Por otro lado, la Encíclica es como un libro sabio y profundo que explora temas teológicos y éticos complejos, proporcionándote una comprensión más profunda de la doctrina de la Iglesia y su relevancia en el mundo moderno.

En resumen, tanto la Exhortación Apostólica como la Encíclica son instrumentos valiosos que la Iglesia utiliza para guiar y enseñar a los fieles. La Exhortación se enfoca en aplicar la fe en situaciones prácticas de la vida diaria, mientras que la Encíclica profundiza en cuestiones doctrinales y morales de gran importancia. Ambos tipos de documentos nos ofrecen orientación y sabiduría para vivir nuestra fe de manera auténtica y significativa en el mundo actual.

Espero que esta explicación te haya sido útil, querido amigo. Si tienes más preguntas o si hay algo más en lo que pueda ayudarte, no dudes en decírmelo. Que Dios te bendiga y te guíe siempre en tu camino de fe.

Autor: Padre Ignacio Andrade.

¿Puede pasar un alma del purgatorio al infierno?


La creencia católica en el purgatorio es una expresión de la misericordia divina y la creencia en la necesidad de la purificación para entrar en la presencia de Dios en el cielo. La Iglesia enseña que las almas que han muerto en estado de gracia, pero que todavía tienen manchas de pecado venial o requieren purificación por pecados ya perdonados, pueden pasar algún tiempo en el purgatorio antes de entrar en la plena comunión con Dios en el cielo.

El purgatorio no es un lugar de condenación eterna ni un estado permanente; es un estado temporal de purificación. Las almas en el purgatorio están seguras de su salvación eterna y eventualmente entrarán en el cielo. La idea detrás del purgatorio es que, aunque estas almas están destinadas al cielo, necesitan ser purificadas y limpiadas antes de encontrarse cara a cara con la santidad de Dios.

La base bíblica para el purgatorio se puede encontrar en las enseñanzas de San Pablo. En su Primera Carta a los Corintios, San Pablo habla de cómo nuestras obras serán probadas por el fuego en el día del juicio (1 Corintios 3, 11-15). Este pasaje ilustra el proceso de purificación y preparación que ocurre antes de entrar en la plenitud de la presencia de Dios.

El Catecismo de la Iglesia Católica también habla del purgatorio como un estado de purificación necesaria para aquellos que han muerto en gracia y amistad con Dios (Catecismo de la Iglesia Católica, 1030-1032). La Iglesia enseña que podemos ayudar a estas almas en su purificación a través de nuestras oraciones y misas ofrecidas en su nombre, una práctica que ha sido parte de la tradición católica desde los primeros tiempos.

Ahora, en cuanto a si un alma del purgatorio podría pasar al infierno, la respuesta corta es no, y aquí está el por qué. Las almas en el purgatorio están en un estado de gracia, lo que significa que están en amistad con Dios. Están destinadas al cielo y están siendo purificadas para entrar en la presencia de Dios. La salvación de estas almas está asegurada. La Iglesia enseña que las almas en el purgatorio no pueden caer en el pecado mortal y, por lo tanto, no pueden ir al infierno.

El Concilio de Florencia en el siglo XV reafirmó esta enseñanza al afirmar que las almas que mueren en estado de gracia pero que todavía necesitan purificación están aseguradas de su salvación eterna, y su purificación se completa en el purgatorio antes de entrar en el cielo.

El Catecismo de la Iglesia Católica también subraya que las almas en el purgatorio están ya en comunión con Dios y los santos, aunque todavía se están purificando (Catecismo de la Iglesia Católica, 1032). Esto significa que, aunque están siendo purificadas, ya están en un estado de gracia y están unidas a Dios, lo que excluye la posibilidad de ser condenadas al infierno.

En última instancia, la doctrina del purgatorio refleja la misericordia y la justicia de Dios. Es una expresión del amor de Dios por nosotros, que nos permite ser purificados y preparados para estar en su presencia. Como católicos, tenemos la esperanza y la confianza de que nuestras oraciones y sacrificios pueden ayudar a las almas en el purgatorio en su camino hacia el cielo. Al mismo tiempo, esta creencia nos recuerda la importancia de vivir nuestras vidas en gracia y amistad con Dios, para que, cuando llegue nuestro momento final, podamos encontrarnos con él sin la necesidad de pasar por el purgatorio.

Autor: Padre Ignacio Andrade

Ví una misa luterana y era muy parecida a la nuestra, ¿Cuál es la diferencia entre católicos y luteranos?



Es cierto que hay muchas similitudes entre las misas católicas y luteranas, ya que ambos grupos cristianos tienen raíces profundas en la tradición cristiana común. Sin embargo, hay algunas diferencias clave que podemos explorar juntos.

En primer lugar, una diferencia importante radica en la doctrina de la Eucaristía o Santa Cena. En la Iglesia Católica, creemos en la doctrina de la transubstanciación, que significa que durante la Misa, el pan y el vino se convierten en el cuerpo y la sangre de Cristo de manera sustancial, aunque mantienen su apariencia. Esto se basa en las palabras de Jesús en la Última Cena, cuando dijo: "Esto es mi cuerpo" y "Esta es mi sangre" (Mateo 26,26-28).

Por otro lado, en las iglesias luteranas, generalmente se sostiene una perspectiva llamada "consubstanciación", que significa que Cristo está presente en, con y bajo el pan y el vino. Martín Lutero, el fundador del movimiento luterano, propuso esta idea como una alternativa a la transubstanciación, creyendo en la presencia real de Cristo en la Eucaristía sin explicar el cambio sustancial de los elementos.

Otra diferencia notoria es la estructura jerárquica y el liderazgo en ambas tradiciones. En la Iglesia Católica, tenemos una estructura jerárquica bien definida, con el Papa como el líder máximo y los obispos como los líderes regionales. Además, hay una comprensión del sacerdocio ministerial como una sucesión apostólica, que se remonta a los apóstoles de Jesús. Por otro lado, en las iglesias luteranas, la estructura jerárquica puede variar según la denominación, y muchas iglesias luteranas tienden a enfocarse en la idea del "sacerdocio de todos los creyentes", lo que significa que todos los fieles tienen un rol activo en el ministerio.

No podemos dejar de lado la cuestión de la autoridad y la interpretación de la Biblia. Tanto católicos como luteranos reconocen la Biblia como una fuente fundamental de enseñanza y guía. Sin embargo, hay diferencias en la forma en que se aborda la interpretación. Los católicos creen en la autoridad del Magisterio de la Iglesia (el Papa y los obispos en comunión con él) para interpretar las Escrituras de manera definitiva. Los luteranos, por su parte, enfatizan la interpretación individual guiada por el Espíritu Santo y la importancia de la conciencia personal en la comprensión de la fe.

En cuanto a la liturgia y el culto, aunque las misas luteranas pueden parecer similares a las católicas en muchos aspectos, pueden variar según la congregación y la denominación luterana. Algunas iglesias luteranas mantienen una estructura litúrgica similar a la católica, mientras que otras pueden adoptar enfoques más contemporáneos.

Quiero recordarte que aunque existen diferencias teológicas y prácticas entre los católicos y los luteranos, somos todos seguidores de Cristo y compartimos un núcleo común de creencias cristianas, como la Trinidad, la salvación por la gracia y la importancia de vivir una vida centrada en el amor y la misericordia.

En última instancia, aunque puedan existir diferencias entre nuestras tradiciones, es crucial recordar las palabras de Jesús en el Evangelio de San Juan, capítulo 17, versículo 21, donde ora para que todos sus seguidores sean uno: "Para que todos sean uno. Padre, como tú estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros".

Así que, aunque nuestras expresiones de fe puedan variar, recordemos siempre que estamos unidos en Cristo y en su amor. ¡Que la paz y la alegría del Señor estén siempre contigo! Si tienes más preguntas o deseas explorar algún otro tema, ¡estaré aquí con gusto para acompañarte en este camino de reflexión y crecimiento espiritual!

Autor: Padre Ignacio Andrade.

¿Si ya nos casamos por el civil pero faltan meses para la boda religiosa, podemos tener relaciones?


Como sacerdote, debo recordar que el matrimonio es un sacramento sagrado que une a un hombre y una mujer en una alianza amorosa y compromiso mutuo, y que debe ser tratado con la máxima seriedad y respeto.

Según la enseñanza de la Iglesia Católica, el matrimonio es una unión exclusiva y permanente entre un hombre y una mujer, que se realiza en presencia de Dios y de la comunidad cristiana. Por lo tanto, la Iglesia considera que las relaciones sexuales antes del matrimonio no son coherentes con su enseñanza y moral.

El Catecismo de la Iglesia Católica afirma que "los actos conyugales son nobles y honrosos" (n. 2360) y que "los esposos se dan mutuamente el derecho y el deber de los actos conyugales" (n. 2363). Sin embargo, el Catecismo también enfatiza que los actos conyugales deben ser "expresión de un amor verdadero" y que "la intimidad sexual exige un respeto mutuo de los esposos" (n. 2361).

En cuanto a la situación que mencionas, de haberse casado por lo civil pero faltan meses para la boda religiosa, es importante recordar que el matrimonio religioso es una celebración sagrada que tiene su propia naturaleza y significado. Por lo tanto, la Iglesia Católica no ve la unión civil como un matrimonio completo, sino como una preparación para el matrimonio religioso.

En este sentido, las relaciones sexuales antes del matrimonio religioso no son coherentes con la enseñanza de la Iglesia y no reflejan el compromiso completo y la unión sagrada que se celebra en el sacramento del matrimonio.

Como sacerdote, mi consejo sería esperar hasta la boda religiosa para tener relaciones sexuales. Les insto a buscar fortaleza y sabiduría en Dios y en su amor mutuo durante este tiempo de espera, y les recuerdo que Dios siempre les acompaña en su camino hacia el matrimonio.

En resumen, la Iglesia Católica enseña que las relaciones sexuales antes del matrimonio no son coherentes con su enseñanza y moral. Es importante esperar hasta la celebración completa del sacramento del matrimonio religioso para tener relaciones sexuales. Les animo a buscar la guía y fortaleza de Dios y de la comunidad cristiana en este camino hacia el matrimonio.

Autor: Padre Ignacio Andrade

--

También puedes leer: Doctora en Teología reclama al Papa Francisco sobre la ordenación de mujeres: "Con todo respeto, papa Francisco, pero…"

¿Cuáles son las diferencias entre la doctrina cristiana de la resurrección y la reencarnación?


La doctrina cristiana de la resurrección y la creencia en la reencarnación son dos conceptos diferentes. Aquí hay algunas diferencias clave:

1. La naturaleza del ser humano: En la doctrina cristiana, se cree que los seres humanos tienen una sola vida terrenal y un alma inmortal que sobrevive después de la muerte. La reencarnación, por otro lado, implica que el alma de una persona pasa por muchas vidas y tiene muchas experiencias diferentes.

2. El propósito de la vida: La creencia cristiana es que la vida en la tierra es una oportunidad para alcanzar la salvación y vivir en la presencia de Dios después de la muerte. La reencarnación, en cambio, sugiere que la vida en la tierra es una oportunidad para que el alma aprenda lecciones y evolucione espiritualmente.

3. La muerte: En la doctrina cristiana, la muerte es vista como el final de la vida terrenal y el comienzo de la vida eterna en la presencia de Dios. En la reencarnación, la muerte se ve como el final de una vida y el comienzo de otra.

4. La existencia de Dios: En la doctrina cristiana, Dios es visto como el Creador y gobernante del universo, y la salvación solo puede lograrse a través de la fe en Jesucristo. En la reencarnación, no hay necesidad de un Dios personal y se cree que el destino del alma es determinado por las acciones pasadas.

En resumen, la doctrina cristiana de la resurrección se centra en la idea de que los seres humanos tienen una sola vida en la tierra, después de la cual serán resucitados para vivir una vida eterna en la presencia de Dios. La reencarnación, por otro lado, sugiere que el alma pasa por muchas vidas y experiencias diferentes en su camino hacia la evolución espiritual.

¿Qué enseña la Iglesia sobre la resurrección?
La enseñanza de la Iglesia Católica sobre la resurrección es una creencia fundamental de la fe cristiana y se basa en las Escrituras y en la tradición de la Iglesia.

La Iglesia enseña que la resurrección es un evento futuro en el cual los muertos serán resucitados y los cuerpos se unirán de nuevo con sus almas. Esta creencia se basa en las enseñanzas de Jesús y de los apóstoles en el Nuevo Testamento, donde se describe la resurrección de Jesús y se habla de una resurrección futura para todos los creyentes.

La Iglesia enseña que la resurrección será un evento físico, no solo espiritual, lo que significa que nuestros cuerpos serán resucitados y unidos de nuevo con nuestras almas. Esto es diferente a la creencia en la reencarnación, donde se cree que el alma toma diferentes cuerpos en distintas vidas.

La resurrección es vista como un evento glorioso y triunfante, que señala la victoria sobre el pecado y la muerte. La Iglesia enseña que la resurrección es una prueba de la promesa de la vida eterna para aquellos que creen en Jesucristo y siguen sus enseñanzas.

En resumen, la enseñanza de la Iglesia Católica sobre la resurrección es que los cuerpos y las almas de los muertos serán reunidos de nuevo en un evento futuro, como una señal de la victoria sobre el pecado y la muerte y una promesa de la vida eterna para aquellos que creen en Jesucristo.

Cardenal Julián Herranz: “No veo diferencias de doctrina entre Benedicto y Francisco, sino armonía”


El cardenal Julián Herranz acaba de terminar un libro con su testimonio personal sobre Benedicto XVI y Francisco, de quienes ha sido colaborador cercano durante ambos pontificados. Llevará un prólogo del Papa Francisco. Su conclusión es que hay diferentes prioridades pastorales entre ambos, pero no diferencias de fondo. Un detalle: sobre el cariño de la gente a Francisco, Benedicto le dijo en una ocasión: “Me alegra y me da paz”.

_______________________

El cardenal Julián Herranz comenzó a trabajar para la Santa Sede en 1960. Ya en un libro anterior había recogido recuerdos de los cuatro Papas precedentes, y ahora lo hace sobre los Papas Benedicto XVI y Francisco.

Julián Herranz fue creado cardenal en 2003, y entre sus principales responsabilidades ha estado la de ser presidente del Consejo Pontificio para los Textos Legislativos, y miembro de la Comisión Disciplinar de la Curia Romana, o encargos como la investigación de la fuga de documentos conocida como “vatileaks”.

Usted ha terminado de escribir un libro sobre los Papas Francisco y Benedicto. ¿Cómo lo ha planteado?

–En torno al año 2005, cuando murió Juan Pablo II, había reunido en mis notas personales bastantes recuerdos de lo que había vivido con los cuatro Papas anteriores, desde que comencé a trabajar en la Santa Sede en el año 1960. Algunos de esos recuerdos quedaron recogidos en el libro “En las afueras de Jericó”, que publiqué en 2007, y que ha tenido varias ediciones.

Con el argumento de que el testimonio personal vale más que las consideraciones teóricas o hipótesis intelectuales, dos profesionales de los medios y otros amigos me presionaron -a pesar de mi edad- a escribir este otro libro de recuerdos. Acabo de solicitar al Papa Francisco su permiso para publicar una parte de nuestra correspondencia privada e incluso apuntes de audiencias, que he incluido en el libro, como hice con Benedicto XVI.

¿Cómo fue su trato personal con Joseph Ratzinger?

–Trabajé ya con el cardenal Ratzinger cuando él era Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe y en otros organismos de la Curia de los que los dos éramos miembros:  los dicasterios para los Obispos y para la Evangelización. Pero, sobre todo, en los ocho años de su pontificado, cuando yo era presidente del Consejo Pontificio para los Textos Legislativos y de la Comisión disciplinar de la Curia romana.

Cuando cumplí los 80 años y según la norma de la ley cesé en esos cargos, solicitó mi colaboración en diversos problemas y comisiones especiales: la fuga de documentos reservados en la Santa Sede (que se conoce como “Vatileaks 1”), el estudio del fenómeno mariano de Medjugorje, la situación de la Iglesia en la República Popular China, y otros más. Fue siempre una relación de sincera cordialidad y mutuo entendimiento; y de parte mía de profundo respeto y veneración como Papa. Sufrí cuando presentó su renuncia al pontificado, pero admiré ese gesto heroico de humildad y de amor a la Iglesia. Lo he visitado después al menos por Navidades durante los diez años de vida retirada en el monasterio “Mater Ecclesiae”.

¿Cómo calificaría, en pocas palabras, su personalidad y su pontificado?

–Me bastan cuatro: Padre de la Iglesia. ¿Qué hicieron en su época, como doctores y pastores, los Padres de la Iglesia? Dos cosas fundamentales.

En primer lugar, enseñar a buscar, conocer y amar a Cristo. Es lo que ha hecho Benedicto, de modo evidente con su trilogía “Jesús de Nazaret”, mostrando la identificación entre el Cristo de la fe y el Cristo de la historia. Y, en segundo lugar, enseñar a pensar y vivir cristianamente en medio de sociedades paganas o materialistas, resaltando la armonía entre razón y fe, con su riquísima producción científica y sus magistrales discursos en los principales areópagos del mundo (ONU, parlamento de los Estados Unidos, Inglaterra y Alemania, universidades de París, Alemania, España, Italia…). Me parece que la sencillez de su trato en los encuentros personales recogidos en el libro corrobora también en cierto modo lo que acabo de decir. 

Y con Papa Francisco, ¿cómo ha mantenido el trato personal, incluso recientemente, habiendo Usted superado los ochenta años y cesado en sus cargos en la Curia?

–También Francisco, como Benedicto, me ha “usado” a pesar de la edad. Me ha invitado a dirigir o formar parte de algunas comisiones especiales, e incluso de un tribunal de apelación sobre delitos graves de los clérigos. Y me ha solicitado mi parecer personal sobre varias cuestiones. Se divirtió mucho en un consistorio o reunión de cardenales en el que, citando esa norma jurídica de los 80 años, la califiqué bromeando de “eutanasia canónica”.

¿Hay continuidad entre los pontificados del Papa Benedicto y del Papa Francisco?

–En mi opinión -que no prejuzga la de los lectores del libro- hay una continuidad de fondo, aunque algunos la nieguen.

Creo necesario distinguir dos expresiones: “contraponer” e “integrar”. Tanto el alemán Benedicto como el argentino Francisco están influidos por uno de los intelectuales de mayor peso del siglo XX, Romano Guardini, que distingue entre “contraposición” y “polarización”.

Pero pienso que es la acción directa del Espíritu Santo la que está asegurando que haya continuidad en los dos pontificados. Diría que son diversos y a la vez complementarios. Hay diferencia entre los Papas, en su personalidad, en sus raíces culturales, en sus experiencias pastorales; pero esas diferencias -de lenguaje, del modo de relacionarse con los medios, de estilo de vida, etc.- a mi modo de ver no generan oposición, sino armonía. Son manifestación de la misma catolicidad de la Iglesia y de la universalidad del único Evangelio de Cristo. El Evangelio es como un “diamante divino”, y en cada pontificado el Espíritu Santo ilumina una u otra faceta, sin excluir las demás. En el pontificado de Benedicto brilla la fe y la verdad contra la dictadura del relativismo; en el pontificado de Francisco, la práctica del “mandatum novum”, del amor al prójimo, especialmente de los más pobres y necesitados.  

Pero no pocas voces, incluidas las de algunos cardenales, aluden a diferencias sustanciales, de doctrina evangélica, entre los dos pontificados…

–No juzgo ninguna de esas intervenciones y menos la rectitud de intención de estos hermanos míos. Mi opinión es diversa, y -¡no se ría!- no porque así, a mis 92 años, pretenda hacer “carrera”… adulando al Papa. Los tres cardenales que Benedicto XVI escogió para la comisión llamada “Vatileaks” tampoco lo “pretendimos”.

No. Esas diferencias de doctrina evangélica (es decir, del “depositum fidei”) no las veo. Es evidente la diferencia en cuanto al contenido o prioridad pastoral de uno y de otro pontificado. Benedicto puso el acento en la Fe, Francisco en la Caridad; Benedicto en la Verdad, Francisco en el Amor; Benedicto en la dimensión “vertical” del Evangelio, el culto y amor a Dios, Francisco en la dimensión “horizontal”, el servicio y amor al prójimo. Pero es obvio -por encima de cualquier manipulación ideológica o político-financiera- que entre esa diversidad de proyectos o directrices pastorales no hay contradicción u oposición, sino armonía y complementariedad.  

Aparte de esta valoración de su pontificado, ¿qué relación personal ha tenido con Francisco, ahora que no ocupa cargos en la Curia?

–Aunque el trato era anterior, puedo decir que conocí verdaderamente al cardenal arzobispo de Buenos Aires en las congregaciones generales y otros encuentros que precedieron a los cónclaves de 2005 (elección de Benedicto XVI) y de 2013, en que Jorge Mario Bergoglio pasó a ser Papa Francisco, y a cuyo difícil pre-cónclave dedico un capítulo del libro. Pero también en estos diez años de su pontificado y ejemplar convivencia con Benedicto hemos tenido frecuentes contactos, institucionales o no.

Por “institucionales” entiendo los consistorios y demás reuniones de cardenales con el Papa. ¿Y los “no institucionales”?

–Tanto con Benedicto como con Francisco he procurado seguir dos principios de conducta. Como cardenal tengo el derecho y deber de decir al Papa todo lo que, en conciencia, meditado en la oración, juzgue necesario o de alguna utilidad como ayuda en su difícil ministerio.

Pero es justo que lo haga lealmente (de palabra o por escrito, “a la cara”, como se suele decir) y humildemente (con “opción de papelera”), no pretendiendo tener razón o dar lecciones. De esa forma de proceder hay ejemplos en el libro. Con Francisco, sobre todo ha habido abundante correspondencia privada. Una parte se publicará en el libro, para lo que he solicitado el permiso al Papa.

Francisco me ha demostrado una confianza inmerecida, no solo con pruebas de amistad fraterna sino llamándome a examinar, personalmente o en comisiones, problemas de gobierno (graves delitos sexuales o de corrupción administrativa, reforma de la Curia romana, graves situaciones de crisis en determinadas congregaciones religiosas…).

En el libro, Usted trata de la amistad entre los dos Papas. Algunos han dicho que el Papa emérito no estaba de acuerdo con decisiones de Francisco. ¿Qué pensaba Benedicto de Francisco?

–Después de su renuncia lo he visitado, y lógicamente tratábamos de la vida de la Iglesia. Benedicto hablaba libremente conmigo, no necesitaba medias palabras, y nunca le oí comentarios o juicios negativos sobre el Papa Francisco. ¿Qué pensaba? No pretendo conocer sus pensamientos. Hablando en una de estas visitas sobre el abrazo entre los dos Papas en la apertura del año santo de la Misericordia, me confió que estaba feliz de ver cuánto cariño y simpatía despertaba Francisco entre la gente. Me dijo: “A mí eso me alegra y me da paz”.

Sus recuerdos de trato y trabajo con dos Papas tan diferentes, ¿también manifiestan “desde dentro”, digamos, alguna forma de participación directa en el estudio de problemas significativos?

–Sí. Necesariamente. Por eso, como ya le he dicho, he debido dedicar algunos capítulos al movimiento de Lefebvre, a la comisión llamada “Vatileaks”, al fenómeno mariológico de Medjugorje, a la reforma de la Curia…. y lo mismo al contexto del manifiesto del ex-nuncio Viganó y otros ataques a Francisco. No sé si a él le gustará todo lo que digo… En algún punto pienso que no. Pero él sabe que procuro ser sincero, y me atreví a pedirle un prólogo para el libro.

El Corán contra La Biblia, ¿quiénes tienen la razón, los musulmanes o los cristianos?



La historia anunciada detrás de la escritura del Corán es la siguiente. Mahoma, el fundador del Islam, nació en el año 570 d. C. en La Meca, la ciudad más sagrada del Islam, de la tribu Quraysh. Comenzó a tener visiones a la edad de 40. Según la tradición islámica, el ángel Gabriel se le apareció en el monte Hira, cerca de La Meca, y le hizo memorizar el contenido de un pergamino. Este rollo contenía el comienzo de la Sura 96 ​​del Corán, titulada “Coágulos de Sangre” porque supuestamente el hombre es creado a partir de esta sustancia. Gabriel le ordenó a Mahoma que "¡Recitara!" El Corán se refiere a las 114 revelaciones, cada una de las cuales contiene una “sura” o capítulo.

N.J. Dawood, cuya traducción del Corán se publicó como Penguin Classic en 1956, explica el desarrollo de este “libro revelado”: ​​Las revelaciones coránicas se sucedieron en breves intervalos y al principio fueron memorizadas por rememoradores profesionales. Durante la vida de Mahoma, se escribieron versos en hojas de palma, piedras y cualquier otro material que tuviera a mano. Su colección se completó durante el califato de Umar. el segundo califa, y se estableció una versión autorizada durante el califato de Uthman, su sucesor. Hasta el día de hoy, esta versión es considerada por los creyentes como la auténtica palabra de Dios (Dawood, N.J., The Koran (New York: Penguin Books, 1596), p.3. Todas las referencias al Corán son de esta versión).

Según Sura II, vs.98, “Gabriel ha revelado el Corán como una guía que confirma las escrituras anteriores [el Antiguo y el Nuevo Testamento de la Biblia]”. Más aún: “Dios ha revelado ahora la mejor de las Escrituras, un Libro... libre de todo defecto” (Sura XXXIX. vs.23). Dios le dice a Mahoma: “No se te dice nada que no se haya dicho a otros apóstoles antes que tú” (Sura XLI, v.42. Los mismos apóstoles admiten que trajeron una fe más iluminada, y así es con Mahoma, el mayor de todos los apóstoles (Sura XLI, vs.20).

Aceptamos el siguiente desafío en el Corán: “¿No reflexionarán sobre el Corán? Si no hubiera venido de Dios, seguramente podrían haber encontrado en él muchas contradicciones”. (Sura IV, verso 82).

Hemos leído el Corán y hemos encontrado muchas enseñanzas que contradicen las doctrinas de la Iglesia Católica, la única organización en la tierra que tiene el mandato dado por Dios de enseñar (Mt. 28:19), gobernar (Mt. 18 :18), y santificar (Lc. 22:19) a la humanidad. Todo el cuerpo de la verdad revelada, es decir, todo lo que Cristo ha enseñado (Mt 28, 19-20), le ha sido encomendado para la iluminación de las naciones. Es Su deber, entonces, preservar, interpretar y proclamar estas verdades de la revelación. Ninguna otra organización o persona ha sido tan comisionada.

La primera contradicción se refiere a la creación. Las Sagradas Escrituras afirman: “En el principio creó Dios los cielos y la tierra” (Gén. 1:1). Es decir, en el principio de los tiempos, cuando sólo existía Dios. “Crear” significa sacar de la nada (nada): ex nihilo. En otras palabras, sólo Dios crea. Solo Él puede salvar la distancia infinita o el abismo entre el ser y el no ser. En contraste, el hombre hace cosas a partir de materiales preexistentes. Él no puede crear. Él es una criatura; lo que está hecho de la nada, o cualquier cosa que existe fuera de Dios. Pero el Corán afirma que Dios creó al hombre a partir de una materia preexistente: Hombres, si dudáis de la Resurrección, recordad que os creamos primero del polvo, luego de un germen vivo, luego de un coágulo de sangre, luego de un semicírculo. formado un bulto de carne... (Sura XXII, vs.5).

Como señalamos anteriormente, Sura XCVI, verso 1 afirma: “Recita en el nombre de tu Señor que creó—creó al hombre de coágulos de sangre”. Aquí hay un relato algo diferente: “Estoy creando al hombre de barro seco, de barro negro moldeado (Sura XV, vs.19).

Antes de que Dios creara al hombre, creó a “Satanás de fuego sin humo” Sura XV, vs.19) y este Satanás se jacta: “Soy más noble que él. Tú me creaste de fuego, pero a él de arcilla” ‘Sura XXXVIII, vs.76).

Creemos que Satanás pecó por orgullo. El deseaba ser como Dios y rehusó someterse a Su voluntad, y por lo tanto fue arrojado al Infierno para siempre. El Corán sostiene que Satanás fue expulsado del cielo porque se negó a adorar al hombre. Cuando lo haya formado [al hombre] y le haya insuflado Mi espíritu, arrodíllense y postrense ante él. Los ángeles, uno y todos, se postraron, excepto Satanás. Se negó a postrarse con los demás...


“Fuera”, dijo Dios. Estás maldito. Mi maldición estará con vosotros hasta el día del juicio” (Sura XV, vss.1932).

El Corán niega otra verdad fundamental del catolicismo: la divinidad de Jesucristo. El salmista describe al Mesías salvando: "El Señor me ha dicho: Hijo mío eres tú, yo te he engendrado hoy" (Sal. 2:7). Además, el Mesías comparte el trono de Yahvé: "El Señor Yahvé, dijo a mi Señor Jesucristo): Siéntate a mi diestra” (Sal. 109:1) Él es Emmanuel, Dios-con-nosotros (Is. 7:14), y es llamado El Gibbor (Dios Fuerte), un título que Cristo el Mesías comparte con Yahvé (Is. 9:6; 10:20ss.).


Al menos cinco veces en los Sinópticos Jesús se declara explícitamente Hijo de Dios (Mt. 11:25-27; 16:16-17; Mc.12:1-9; 13:32; 14:61-62) , e implícitamente mucho más a menudo. Los judíos entendieron completamente las demandas divinas de nuestro Señor, y lo asesinaron por ello:

“Él se hizo a sí mismo Hijo de Dios” (Jn. 19:7). De manera similar, después de que Cristo afirmó Su divinidad: “Yo y el Padre uno somos” (Jn. 10:30), los judíos desearon apedrearlo “...por blasfemia; y porque tú [Nuestro Señor siendo hombre, te haces Dios” (Jn. 10:33).

Una de las pruebas más sorprendentes de la preexistencia de nuestro Señor como divino Hijo de Dios se encuentra en el prólogo del Evangelio de San Juan:

En el principio era la Palabra, y la palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. Él estaba en el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho (Jn. 1:1-3).

A pesar de toda la evidencia en el Antiguo y Nuevo Testamento de que Jesucristo es “el Hijo unigénito de Dios, nacido del Padre antes de todos los siglos; Dios de Dios, Luz de Luz, verdadero Dios de verdadero Dios; engendrado, no hecho, consubstancial al Padre, por quien todas las cosas fueron hechas,... (Credo de Nicea), el Corán insiste en que nuestro Señor es simplemente una criatura: “Jesús es como Adán a los ojos de Dios. Lo creó de polvo y luego le dijo: 'Sé', y fue” (Sura III, vss. 5159).

“Dios no permita”, exclama el Corán, “que Él mismo (Dios) engendre un hijo” (Sura XIX, vs.29). Aquellos que creen que Dios ha engendrado un Hijo, “predican una falsedad monstruosa” (Sura XIX, vs.88). porque “Dios es Uno..., no engendró a ninguno” (Sura CXII, vs.1). El Corán concluye: “Así que creed en Dios y en Sus apóstoles y no digáis: 'Tres'” (Sura IV, vs.174).

Se sigue que María no es la Madre de Dios:

“El Mesías, Jesús el hijo de María, no era más que el apóstol de Dios y Su palabra que Él arrojó a María: un espíritu de Él” (Sura XL, vs.171). “Los incrédulos son aquellos que dicen: 'Dios es el Mesías, el hijo de María'” (Sura V. vs.70).

Que la Santísima Virgen María es verdaderamente la Madre de Dios fue definido por el Concilio de Éfeso en el año 431. Esto no significa que María, quien era ella misma una criatura de Dios, de alguna manera produjo o preexistió a la Divinidad. Por su completa aceptación de los planes de Dios para ella en la Anunciación, María se convirtió en madre en el tiempo del Dios que existía antes de que existiera el tiempo. Cristo tomó Su cuerpo humano, Su naturaleza humana, de Su madre María; Era verdaderamente el “hijo de María” (Mc 6,3). Los musulmanes, siguiendo el Corán, rechazan este artículo de fe porque están convencidos de que implica que María produce la naturaleza divina de Jesús.

La maternidad divina es la raíz de todos los privilegios de María. Uno es la Inmaculada Concepción: el privilegio único por el cual ella, en vista de los méritos futuros de su Hijo divino, fue concebida libre del pecado original en el vientre de su madre, Santa Ana (definido como un artículo de fe el 1 de diciembre). 8,1854, del Papa Pío IX, en la Bula Ineffabilis).

Otro privilegio de María es su virginidad perpetua: permaneció virgen durante toda su vida, antes, durante y después del nacimiento de Cristo. La Asunción de la Santísima Virgen es otro privilegio más: al final de su vida terrena fue asunta al Cielo, glorificada en cuerpo y alma. Esta doctrina fue definida solemnemente por el Papa Pío XII el 1 de noviembre de 1950 (Constitución Apostólica Munificentissimus Deus).

Debido a que el Corán critica la creencia en la maternidad divina de María, ipso facto no cree en todos sus privilegios que se derivan de ella, incluido el hecho de que no sufrió los dolores del parto. Si María está libre de la mancha del pecado original, y si los dolores del parto se deben al pecado original, entonces la Santísima Virgen concibió a Nuestro Señor sin experimentar los dolores asociados con el parto (cf. Gn 3,16).


La siguiente descripción en el Corán de las circunstancias que rodearon el nacimiento de Jesús está obviamente en desacuerdo con las Escrituras y la enseñanza oficial de la Iglesia Católica: Entonces ella lo concibió y se retiró a un lugar lejano. Y cuando sintió los dolores del parto se acostó junto al tronco de una palmera, llorando: “¡Ay, ojalá me hubiera muerto y pasado al olvido!”.


Pero una voz desde abajo le gritó: No te desesperes. Tu Señor ha provisto un arroyo que corre a tus pies, y si sacudes el tronco de esta palmera, caerá en tu regazo dátiles frescos y maduros. Por tanto, comed y bebed y regocijaos; y si te encuentras con algún mortal dile: “He hecho voto de ayuno al Misericordioso y no hablaré con ningún hombre hoy” (Sura XIX. vs.22).

¿Dónde está el ángel Gabriel? quien saludó a María: “¡Salve, llena de gracia!” No se menciona a San José, ni aquí ni en el resto del libro, pero se dedica una sura completa de nueve páginas a José, hijo de Jacob. Se rechaza la naturaleza milagrosa de la concepción de María: “El Espíritu Santo vendrá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra y por eso el Santo que nacerá será llamado Hijo de Dios”. Isabel, prima de María, proclama que María es la madre de Dios: “¿Y cómo he merecido yo que la madre de mi Señor viniera a mí?” Además, la Santísima Virgen concibió a nuestro Señor en un pesebre y lo envolvió en pañales. No estaba debajo de una palmera. Imagínese el absurdo de que Nuestra Señora sufriera tanto dolor que preferiría “pasar al olvido”. Sin embargo, el Corán afirma: “Así era Jesús, el hijo de María. Esa es toda la verdad, de la que todavía dudan” (Sura XIX, v.29) (cf. Lc., capítulos 1;2).


La Santísima Virgen María, además, parece ser confundida con Miriam, la hija de Jacabed y hermana de Moisés y Aarón: “Llevando al niño, vino a su pueblo. ! Hermana de Aarón..."' (Sura XIX, vs.28). En una nota al pie, Dawood intenta proteger la integridad del texto: Los comentaristas musulmanes niegan la acusación de que hay confusión aquí entre Miriam, la hermana de Aarón, y Maryam (María), madre de Jesús.“Hermana de Aarón”, argumentan, simplemente significa 'mujer virtuosa' en este contexto.

En cualquier caso, no existe tal referencia en la Escritura respecto de Nuestra Señora, aunque en el Nuevo Testamento, Isabel, la madre de Juan Bautista y por tanto prima de María, “era de las hijas de Aarón” (Lc 1, 5). La palabra se usa a menudo en su sentido literal (Mt. 9:18; Mc. 5:35), pero también se usaba con frecuencia para una mujer de cierta raza o religión como hija de los hebreos (Jue. 10:12). ), o como un término de cariño familiar (Mt. 9:22). Los profetas, por ejemplo, a menudo hablan de Jerusalén como la "hija de Sión" (Is. 37:22; Jer. 4:31; Mich. 4:10). Pero nuevamente, “María” e “hija de Sion” nunca se encuentran juntas en las Escrituras.

El Corán acusa a los católicos de adorar a María como a un dios (Sura V, verso 114), lo cual es evidentemente falso. Ninguna persona o cosa debe tomar el lugar de Dios, o ser honrada de una manera debida solo a Dios, porque esto es idolatría, que Dios prohibió. Toda adoración que no esté dirigida a Dios mismo debe estar subordinada a Él (Ex. 20:3-5; Duet. 5:9; Jn. 4:22).

La hiperdulia es el especial honor o veneración que se le rinde a la Santísima Virgen por su suprema dignidad como Madre de Dios y su consecuente santidad única: “llena eres de gracia”. Es muy diferente de la adoración debida a Dios solo (latria), porque reconoce que María es una criatura. Siendo ella una criatura más santa y más noble que todos los ángeles y santos, el honor que ella merece es mayor que el que se les rinde (dulia). La hiperdulia implica la reverencia amorosa del hijo por la madre de Dios y nuestra, y la confianza en su poder intercesor con su Hijo divino (Jn 2, 5).


De manera similar, el Corán insiste en que los católicos deifiquen a los santos (Sura XVII, vs.52). La veneración de los santos, sin embargo, es indirectamente adoración a Dios, quien los hizo y santificó y de quien son amigos. Su santidad, su triunfo y su gloria no son más que un reflejo de los de Cristo, su Mediador y Modelo. Una respuesta clásica a la acusación de que los católicos deifican a los santos se da en el Martirio de Policarpo. Cuando los judíos suplicaron al magistrado que no entregara el cuerpo de San Policarpo a los católicos “de lo contrario, abandonarían al crucificado y comenzarían a adorarlo”, Marción respondió:

Esto se hizo por instigación e insistencia de los judíos, quienes también velaron cuando íbamos a sacarlo del fuego, ignorando que nunca podemos desamparar a Cristo, que padeció por la salvación del mundo entero de los que son salvos, el perfecto por los pecadores, ni podemos jamás adorar a ningún otro. Porque amamos a los mártires como discípulos e imitadores del Señor, con razón, por su insuperable devoción a su Rey y Maestro jurado. ¡Que también nos toque a nosotros ser sus compañeros y condiscípulos! (17:1-3).


El divorcio es otro tema más en el que el Corán anula la enseñanza de la Iglesia Católica. Nuestro Señor devolvió al matrimonio su dignidad primitiva al insistir en la indisolubilidad del vínculo matrimonial, promulgado por Dios uno y trino en los comienzos de la historia humana: “Por tanto, lo que Dios juntó, no lo separe el hombre” (Mt 9, 4). -8).

Compare la declaración de nuestro Señor con las que se encuentran en el Corán: Y cuando Zayd [llamado hijo adoptivo de Mahoma] se divorció de su esposa, te la dimos a ti [Muhammad] en matrimonio, para que fuera legítimo que los verdaderos creyentes casarse con las esposas de sus hijos adoptivos si se divorciaron de ellos (Sura XXXIII, vs.37).

“No será delito para ustedes divorciarse de sus esposas antes de que se consuma el matrimonio o se liquide la dote” (Sura II, vs.236). Un caso claro de poligamia se afirma en Sura IV, vs. 126: “Por más que lo intentes, no puedes tratar a todas tus esposas con imparcialidad”.


De nuevo: Te son lícitas [Mahoma] las mujeres creyentes y las mujeres libres de entre las que recibieron el Libro antes que tú, con tal de que les des sus dotes y vivas en honor con ellas, sin cometer fornicación ni tomarlas como amantes (Sura V. vs. 5).


Creyentes, no os acerquéis a vuestras oraciones cuando estéis borrachos, sino esperad hasta que podáis captar el significado de vuestras palabras; ni cuando estéis contaminados: si os habéis hecho las necesidades o habéis tenido relaciones sexuales con mujeres durante el viaje y no podéis encontrar agua, tomad un poco de arena limpia y frotad con ella vuestras caras y vuestras manos (Sura IV, vs.43).

El adúltero sólo puede casarse con una adúltera o una idólatra; y la adúltera sólo puede casarse con un adúltero o un idólatra. A los verdaderos creyentes se les prohíben tales matrimonios (Sura XXIV, vs. 1). Creyentes, si os casáis con mujeres creyentes y os divorciáis de ellas antes de consumar el matrimonio, no estáis obligados a observar un período de espera (Sura XXXIII, verso 43).

Según el Corán, estas orgías continúan en el Cielo donde la concupiscencia no tiene límites:

“Ellos [los verdaderos creyentes] se sentarán con vírgenes tímidas, de ojos oscuros, tan castas como los huevos protegidos de avestruces” (Sura XXXVII, vs.48).

Reclinados allí en mullidos lechos, no sentirán ni el calor abrasador ni el frío punzante. Los árboles extenderán su sombra a su alrededor, y las frutas colgarán en racimos sobre ellos.

Se servirán con platos de plata y vasos grandes como copas. ... Serán atendidos por muchachos agraciados con la eterna juventud, que a los ojos del espectador parecerán perlas esparcidas. Cuando mires esa escena, contemplarás un reino dichoso y glorioso (Sura LXXVI, vss. 13-20).

En conclusión, estamos de acuerdo con el Corán: “¿Quién es más malvado que el hombre que inventa una falsedad acerca de Dios o niega Sus revelaciones” (Sura VI, vs.21)? Y coincidimos con el juicio: “Él [¿Mahoma?] lo ha inventado [el Corán] él mismo” (Sura XLVI, vs.7).


Oremos por la conversión de los musulmanes en las palabras de la Consagración del Género Humano al Sagrado Corazón de Jesús (Papa Pío XI): Sé Rey de todos aquellos que todavía están envueltos en las tinieblas de la idolatría o del islamismo, y no te niegues a atraerlos a todos a la luz y al reino de Dios. Vuelve Tus ojos de misericordia hacia los hijos de esa raza que una vez fue tu pueblo elegido. En la antigüedad invocaron sobre sí mismos la Sangre del Salvador; que ahora descienda sobre ellos una fuente de redención y de vida.

*Por un erudito católico europeo, que desea permanecer en el anonimato por motivos personales.

Publicaciones más leídas del mes

Donaciones:

BÚSCANOS EN FACEBOOK