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Nunca me he confesado y quiero hacerlo, ¿Qué tengo que decir cuando llego con el Sacerdote?


¡Qué alegría que quieras acercarte al sacramento de la confesión! Esto es una gran bendición y un paso importante en tu vida de fe. No te preocupes, entiendo que pueda haber algo de nerviosismo si es tu primera vez, pero la confesión es en realidad un encuentro hermoso con la misericordia de Dios, que está siempre listo para perdonarnos y darnos su gracia.

Primero, quiero felicitarte por tu decisión. El hecho de que quieras confesarte es ya un signo de que el Espíritu Santo está trabajando en ti, moviéndote a buscar el perdón y la reconciliación con Dios. Y no hay nada más hermoso que eso. A veces, la confesión puede parecer un poco intimidante, especialmente si no sabes qué decir o cómo proceder, pero te aseguro que no hay nada de qué preocuparse. Vamos a caminar juntos por este proceso, paso a paso.

Preparación antes de la confesión

Antes de que vayas a confesarte, es bueno que te tomes un momento para hacer un examen de conciencia. Esto significa que vas a reflexionar sobre tu vida, tus acciones, tus pensamientos y tus palabras, y tratarás de identificar aquellas áreas donde has fallado o pecado. Esto no tiene que ser algo complicado. Piensa en los Diez Mandamientos, las enseñanzas de Jesús sobre amar a Dios y al prójimo, y cómo has vivido tu vida a la luz de estos principios.

Por ejemplo, podrías preguntarte: ¿He faltado al amor a Dios o a mis hermanos? ¿He dicho mentiras, he guardado rencor, he sido egoísta? ¿He sido negligente en mi fe, no he rezado o no he asistido a Misa? La clave es ser honesto contigo mismo y con Dios, reconociendo las áreas donde necesitas su perdón y ayuda para mejorar.

San Pablo nos recuerda en su carta a los Romanos: “Todos pecaron y están privados de la gloria de Dios, y son justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención realizada en Cristo Jesús” (Romanos 3, 23-24). Esto significa que todos, absolutamente todos, hemos fallado de alguna manera, pero también que Dios está listo para perdonarnos por su infinita gracia.

Llegando a la confesión

Una vez que llegues a la iglesia y estés listo para confesarte, te dirigirás al confesionario. Puede ser que el sacerdote esté dentro de un pequeño cubículo o sentado en un lugar más abierto, depende del lugar. Cuando te acerques, siéntete en paz, porque estás entrando en un lugar de amor y misericordia.

Lo primero que dirás cuando llegues con el sacerdote es lo siguiente: “Bendígame, Padre, porque he pecado. Esta es mi primera confesión.” Si ya te has confesado antes, simplemente puedes decir, “Bendígame, Padre, porque he pecado. Hace [el tiempo que sea, por ejemplo, un mes, un año, etc.] desde mi última confesión.” Esta es la manera tradicional de comenzar, y le da al sacerdote una idea de dónde empezar.

El sacerdote te dará su bendición y probablemente te invitará a que confieses tus pecados. Aquí es donde hablarás de los pecados que has identificado durante tu examen de conciencia. No tienes que ser demasiado detallado o entrar en pánico por olvidar algo. Lo importante es ser sincero y arrepentido. Por ejemplo, puedes decir:

  • "He mentido varias veces para evitar problemas."
  • "He hablado mal de otras personas."
  • "He sido egoísta en mis relaciones con los demás."
  • "No he rezado lo suficiente y he dejado que mi fe se enfríe."

No te preocupes si no usas palabras sofisticadas o si no recuerdas la cantidad exacta de veces que cometiste un pecado. Dios conoce tu corazón, y lo que más le importa es tu deseo de volver a Él.

¿Y si me da vergüenza confesar algo?

Es totalmente normal sentir un poco de vergüenza o incomodidad al confesar algunos pecados, especialmente si son cosas de las que no estamos orgullosos. Pero recuerda, el sacerdote está ahí para ayudarte, no para juzgarte. Piensa en él como un médico espiritual que está ahí para sanar las heridas de tu alma.

El Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña que “el que confiesa sus pecados actúa ya con Dios. Dios acusa tus pecados; si tú también los acusas, te unes a Dios. El hombre y el pecador son, por así decirlo, dos realidades: cuando oyes ‘el hombre’, esto es lo que Dios ha hecho; cuando oyes ‘el pecador’, esto es lo que el hombre ha hecho por su cuenta. Destruye lo que tú has hecho, para que Dios salve lo que Él ha hecho” (CIC 1458). Así que, cuando confiesas tus pecados, ya estás trabajando en equipo con Dios para destruir el pecado y restaurar la gracia en tu vida.

Después de confesar tus pecados

Después de que hayas terminado de confesar tus pecados, el sacerdote podría ofrecerte algunas palabras de consejo o ánimo, y luego te dará una penitencia. La penitencia es una forma de mostrar tu deseo de enmendar tus errores y de cooperar con la gracia de Dios. Puede ser algo simple como rezar un par de oraciones o hacer una buena obra. No la veas como un castigo, sino como una oportunidad para crecer en tu relación con Dios.

Luego, algunas veces (depende del sacerdote) el sacerdote te pedirá que reces el “Acto de Contrición”. Es una oración donde expresas tu arrepentimiento y tu deseo de cambiar. Si no la recuerdas, no te preocupes, el sacerdote te puede guiar o incluso ofrecer una versión más sencilla. Aquí te dejo una forma común de esta oración:

“Dios mío, me arrepiento de todo corazón de todos mis pecados y los aborrezco, porque al pecar no sólo merezco las penas establecidas por Ti justamente, sino principalmente porque te ofendí a Ti, sumo bien y digno de amor por encima de todas las cosas. Propongo firmemente, con tu gracia, no pecar más y evitar las ocasiones próximas de pecado. Amén.”

Después de esto, el sacerdote pronunciará las palabras de absolución, que es el momento en que Dios, a través del ministerio del sacerdote, te perdona tus pecados. Estas palabras son poderosas y llenas de gracia: “Yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.” Al oírlas, ten la certeza de que todos tus pecados han sido perdonados, y que estás completamente reconciliado con Dios.

Después de la confesión

Una vez que hayas recibido la absolución, tu alma estará limpia y llena de la gracia de Dios. ¡Es un momento de alegría! No olvides cumplir la penitencia que el sacerdote te ha dado. Puede ser un momento para reflexionar sobre el amor de Dios y cómo puedes crecer en tu vida espiritual.

Ahora que has experimentado la misericordia de Dios en la confesión, quizás quieras hacer un hábito de confesarte regularmente. La Iglesia recomienda confesarse al menos una vez al año, pero muchas personas encuentran que hacerlo más frecuentemente, como una vez al mes, les ayuda a mantenerse en el camino de la santidad y a vivir una vida más llena de gracia.

En resumen

Acercarse al sacramento de la confesión es un acto valiente y humilde que te acerca más a Dios. No tengas miedo de confesarte, porque Jesús está ahí, esperándote con los brazos abiertos para ofrecerte su perdón y su amor incondicional. Cuando llegues al confesionario, simplemente habla con el sacerdote como lo harías con un amigo que quiere ayudarte a ser la mejor versión de ti mismo.

Recuerda las palabras de Jesús en el Evangelio de San Lucas: "Habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se arrepienta que por noventa y nueve justos que no necesitan arrepentirse" (Lucas 15,7). Cada confesión es un motivo de alegría en el cielo y en la tierra. Así que adelante, confiésate con la certeza de que Dios te ama y está deseoso de perdonarte.

Espero que esta pequeña guía te haya sido útil, y que te sientas más preparado y en paz para hacer tu primera confesión. ¡Dios te bendiga en este hermoso camino de reconciliación!

Autor: Padre Ignacio Andrade.

¿Puedo confesarme dos veces el mismo día?


La pregunta es: ¿puedo confesarme dos veces el mismo día? Para responderte, primero debemos entender el propósito y la importancia del sacramento de la confesión en nuestra fe católica.

¿Qué es la confesión?

La confesión, también conocida como el sacramento de la reconciliación, es uno de los siete sacramentos instituidos por Jesucristo. Este sacramento es un regalo maravilloso que nos permite recibir el perdón de Dios por nuestros pecados y reconciliarnos con Él y con la Iglesia. La base bíblica para este sacramento la encontramos en el Evangelio de San Juan 20,22-23, donde Jesús, después de resucitar, se apareció a sus discípulos y les dijo:

"Recibid el Espíritu Santo. A quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos."

La frecuencia de la confesión

Ahora, sobre la frecuencia de la confesión. La Iglesia enseña que debemos confesarnos al menos una vez al año, especialmente si hemos cometido pecados mortales, según el Catecismo de la Iglesia Católica (CIC 1457). Sin embargo, muchos fieles se confiesan con más frecuencia, lo cual es muy recomendable para mantener una vida espiritual sana y estar en estado de gracia.

¿Confesarse dos veces en un mismo día?

No hay una regla explícita que prohíba confesarse dos veces en el mismo día, pero vamos a profundizar en el contexto y el propósito detrás de este sacramento para entender mejor.

  1. Sinceridad y Arrepentimiento: La confesión debe ser sincera y acompañada de un verdadero arrepentimiento. Si uno se confiesa dos veces en el mismo día, podría cuestionarse si realmente se está tomando el sacramento con la seriedad que merece. El objetivo de la confesión es buscar el perdón de Dios con un corazón contrito, no simplemente cumplir con un ritual.

  2. Circunstancias Especiales: Hay situaciones excepcionales en las que uno podría sentir la necesidad de confesarse nuevamente el mismo día. Por ejemplo, si alguien se confiesa en la mañana y luego, durante el día, comete un pecado grave que le causa gran angustia y desea reconciliarse inmediatamente con Dios. En este caso, acercarse nuevamente al sacramento sería comprensible.

  3. Dirección Espiritual: Es importante tener una buena dirección espiritual. Hablar con tu confesor o director espiritual sobre tus preocupaciones y la necesidad de confesarte frecuentemente puede ayudarte a discernir mejor tu situación personal. Los confesores están ahí para guiarte y apoyarte en tu camino de fe.

Algunas consideraciones prácticas

Confesarse es un acto profundo de humildad y confianza en la misericordia de Dios. Aquí te dejo algunas consideraciones prácticas para que puedas reflexionar:

  • Examen de Conciencia: Antes de confesarte, es muy útil hacer un buen examen de conciencia. Esto te ayudará a identificar tus pecados y entender mejor en qué áreas necesitas mejorar. Dedicar un tiempo tranquilo para reflexionar sobre tus acciones y pensamientos es esencial para una buena confesión.

  • Propósito de Enmienda: Al confesarte, es importante tener un firme propósito de enmienda, es decir, la intención sincera de no volver a pecar. Este compromiso con el cambio y la mejora personal es crucial para que la confesión sea efectiva.

  • Frecuencia Adecuada: Si sientes la necesidad de confesarte muy seguido, quizás podrías hablarlo con tu confesor. Él te ayudará a encontrar un equilibrio adecuado que te permita mantener una vida espiritual saludable sin caer en la escrupulosidad.

Ejemplos Bíblicos de Misericordia

Dios es infinitamente misericordioso y siempre está dispuesto a perdonarnos. Aquí algunos ejemplos bíblicos que muestran la magnitud de su amor y perdón:

  • El Hijo Pródigo (San Lucas 15,11-32): Esta parábola es un hermoso relato de la misericordia de Dios. El hijo menor, después de desperdiciar su herencia, regresa a su padre arrepentido, y su padre lo recibe con los brazos abiertos y una gran celebración. Este es un reflejo de cómo Dios nos recibe cuando nos arrepentimos sinceramente.

  • La Mujer Adúltera (San Juan 8,1-11): Cuando los fariseos traen a una mujer sorprendida en adulterio para que sea apedreada, Jesús les dice: "El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra." Luego, cuando todos se van, Jesús le dice a la mujer: "Tampoco yo te condeno; vete y no peques más." Este acto de misericordia nos muestra que Jesús siempre está dispuesto a perdonarnos y darnos una nueva oportunidad.

El rol del sacerdote en la confesión

El sacerdote, actuando en la persona de Cristo (in persona Christi), tiene la autoridad para absolver los pecados y ofrecer orientación espiritual. Es importante recordar que el sacramento de la confesión no solo implica el perdón de los pecados, sino también la reconciliación y la sanación espiritual. El sacerdote está ahí para ayudarte en tu camino de fe, brindándote consejo y apoyo.

Espero que tu duda haya quedado resuelta y quedo atento para cualquier otra cosa.

Autor: Padre Ignacio Andrade.

Consejos para confesarte si tus pecados te llenan de vergüenza


La vergüenza es una de esas emociones que puede pesar mucho en nuestra relación con Dios, especialmente cuando nos disponemos a confesar nuestros pecados. Pero déjame decirte algo desde el fondo de mi corazón: la confesión es un regalo divino, un acto de amor y misericordia que nos permite volver a la gracia de Dios, limpiar nuestra alma y renovar nuestro compromiso con el bien.

Primero que todo, quiero recordarte algo importante: todos somos pecadores. Desde los tiempos más antiguos, la humanidad ha luchado con el pecado. Incluso los santos más venerados tuvieron sus propias batallas internas. No estás solo en este viaje espiritual. Jesús mismo dijo en Mateo 9,13: "No he venido a llamar a justos, sino a pecadores". Así que, antes que nada, reconoce tu humanidad y la necesidad de la gracia divina.

Cuando te dispongas a confesarte, hazlo con humildad y sinceridad. Recuerda que estás frente a un sacramento sagrado, donde te encuentras cara a cara con la misericordia de Dios. No tienes que avergonzarte ante el sacerdote, porque él está allí para representar a Cristo y ofrecerte el perdón en su nombre. En la confesión, no estás siendo juzgado por un ser humano, sino que estás recibiendo la gracia de Dios.

San Juan Pablo II dijo una vez: "No tengáis miedo. Abrid, más aún, escancarad las puertas a Cristo". Así que, deja que esa cita resuene en tu corazón cuando te prepares para confesar tus pecados. No tengas miedo de ser honesto contigo mismo y con Dios. Él ya conoce tus pecados incluso antes de que los confieses, pero quiere que tú reconozcas tu necesidad de su perdón y misericordia.

Cuando estés en el confesionario, recuerda que estás ante el amor infinito de Dios. Él te ama incondicionalmente y quiere que te acerques a Él con confianza. La vergüenza puede ser un obstáculo, pero recuerda que el amor de Dios es más grande que cualquier pecado que hayas cometido. En el Salmo 103,12 leemos: "Tan lejos está de nosotros el oriente como el occidente: él aleja de nosotros nuestras culpas". Así que deja que esa verdad te dé consuelo y esperanza.

Al confesar tus pecados, sé específico pero sin entrar en detalles innecesarios. No es necesario dar una descripción gráfica de tus acciones, basta con mencionar el tipo de pecado y cuántas veces lo has cometido. El sacerdote está allí para ayudarte a reconciliarte con Dios, no para juzgarte. Su objetivo es guiarte hacia la misericordia divina y la renovación espiritual.

Después de confesar tus pecados, escucha las palabras de absolución con atención y gratitud. Estas palabras son un recordatorio del amor y perdón de Dios hacia ti. Recuerda que has sido perdonado y que tienes una nueva oportunidad para comenzar de nuevo. En Juan 20,23, Jesús dijo a sus discípulos: "A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos". El sacerdote actúa en nombre de Cristo al perdonarte, así que recibe esa gracia con humildad y alegría.

Después de la confesión, es importante que te esfuerces por enmendar tu vida y evitar caer en los mismos pecados en el futuro. La confesión no es solo un acto de arrepentimiento, sino también un compromiso de conversión. Busca la ayuda de Dios a través de la oración y los sacramentos, y busca también el apoyo de la comunidad cristiana. No estás solo en esta lucha espiritual, sino que tienes a tus hermanos y hermanas en la fe para apoyarte y animarte en tu camino hacia la santidad.

Recuerda que la vergüenza no proviene de Dios, sino del enemigo que quiere separarte de su amor y misericordia. No permitas que la vergüenza te aleje de la confesión y de la gracia sanadora de Dios. En cambio, acércate a Él con humildad y confianza, sabiendo que siempre te recibirá con los brazos abiertos y el corazón lleno de amor.

En resumen, cuando te enfrentes a la vergüenza al confesar tus pecados, recuerda que la confesión es un regalo divino que nos ofrece la oportunidad de experimentar el perdón y la misericordia de Dios. Acércate a la confesión con humildad, sinceridad y confianza, sabiendo que Dios te ama incondicionalmente y siempre está dispuesto a perdonarte. No permitas que la vergüenza te aleje de este sacramento de gracia, sino que acéptalo con gratitud y alegría, y esfuerzate por vivir una vida en conformidad con la voluntad de Dios. ¡Que Dios te bendiga y te guarde en su amor infinito!

Autor: Padre Ignacio Andrade.

¿Cuántas veces estoy obligado a confesarme al año?


¡Hola, amigo mío! Qué gusto tenerte por aquí con una pregunta tan importante. La confesión es un aspecto crucial de nuestra vida espiritual como católicos, ¿verdad? Así que vamos a sumergirnos en ello juntos.

Primero que nada, déjame decirte que la confesión es como un baño espiritual, un momento para limpiar el alma y renovar nuestra relación con Dios. Es como cuando limpiamos nuestra casa para que esté ordenada y acogedora. Bueno, la confesión es como limpiar nuestra alma para que esté lista para recibir la gracia divina.

Ahora, ¿cuántas veces debemos confesarnos al año? Bueno, todos los cristianos que formamos parte de la Iglesia Católica estamos sujetos al Derecho Canónico, que es como la "Constitución" que contiene las leyes que rigen a la Iglesia y según este Derecho, los católicos debemos confesarnos al menos una vez al año. Esto se llama la "confesión anual". Es una práctica que nos ayuda a mantenernos en sintonía con nuestra fe y a mantenernos en buen estado espiritual.

Pero, aunque la confesión anual es lo mínimo a los que nos obliga la ley de la Iglesia, no significa que solo debamos ir una vez al año y olvidarnos de ella. ¡Para nada! La confesión es como un medicamento espiritual para el alma, y a veces necesitamos dosis más frecuentes para mantenernos espiritualmente saludables.

¿Recuerdas cuando Jesús enseñó a sus discípulos a orar el Padre Nuestro? Ahí dice: "danos hoy nuestro pan de cada día". Bueno, así como necesitamos nuestro pan diario para alimentar nuestro cuerpo, también necesitamos nuestra confesión periódica para alimentar nuestro espíritu.

Además, ¿quién no tiene manchas en el alma de vez en cuando? Todos cometemos errores, nos tropezamos, nos caemos. Pero la belleza de la confesión es que nos levanta, nos limpia y nos renueva. Es como un abrazo amoroso de Dios que nos recuerda que siempre podemos comenzar de nuevo.

Entonces, en resumen, la ley de la Iglesia nos obliga a que nos confesemos al menos una vez al año, pero también nos anima a hacerlo con más frecuencia si sentimos la necesidad. Es como tener una conversación sincera con un amigo cercano: cuanto más la tengamos, más cercana será nuestra amistad.

Ahora, ¿qué pasa si te encuentras en una situación donde sientes que necesitas confesarte más seguido pero no estás seguro si es apropiado? ¡No te preocupes! Habla con tu sacerdote, él estará encantado de guiarte. Los sacerdotes están ahí para ayudarnos en nuestro viaje espiritual y para brindarnos el apoyo y la orientación que necesitamos.

Y antes de que se me olvide, déjame recordarte que la confesión no es solo para confesar nuestros pecados, sino también para recibir el perdón de Dios y fortalecernos en nuestra lucha contra el mal. Es un momento para dejar atrás nuestras cargas y volver a encaminarnos hacia la luz de Dios.

Entonces, querido amigo, no tengas miedo de acercarte al sacramento de la confesión. Es un regalo precioso que Dios nos ha dado para ayudarnos en nuestro viaje de fe. Y recuerda, siempre puedes contar con la gracia divina para guiarte y sostenerte en todo momento.

Bueno, espero que esta charla te haya sido útil y te haya dado un poco más de claridad sobre la confesión. Siempre es un placer hablar sobre estos temas tan importantes para nuestra vida espiritual. Y si tienes más preguntas, ¡aquí estaré para responderte!

Autor: Padre Ignacio Andrade.

Oración para recibir la gracia de poder confesarte.


Dios Padre misericordioso, en este momento me acerco a ti con humildad y confianza, reconociendo mi necesidad de ser perdonado por todas mis faltas. Te pido, Señor, que me concedas la gracia de tener el valor y la fortaleza para acudir al Sacramento de la Reconciliación, donde puedo experimentar tu amor y tu misericordia en el perdón de mis pecados.

Jesús, nuestro Salvador, tú que viniste al mundo para liberarnos del pecado, te ruego que me acompañes en este acto de contrición y arrepentimiento. Fortaléceme con tu gracia para que pueda enfrentar mis faltas con humildad y sinceridad, confiando en tu perdón y en tu amor infinito.

Espíritu Santo, fuente de luz y de consuelo, te imploro que ilumines mi mente y mi corazón, que me despojes de la vergüenza para que pueda reconocer mis pecados con sinceridad y recibir tu paz interior. Inspírame para hacer una confesión completa y sincera, y ayúdame a abrirme a la acción sanadora de tu gracia.

Virgen María, Madre de la Misericordia, intercede por mí ante tu Hijo Jesús, y acompáñame en este camino de reconciliación y renovación espiritual. Tú que eres modelo de humildad y pureza, ayúdame a seguir tu ejemplo y a acercarme al sacramento de la Reconciliación con confianza y devoción.

Que, a través del sacramento de la Confesión, pueda experimentar la alegría y la paz que vienen del perdón de Dios, y renovar mi compromiso de vivir en conformidad con su voluntad. Amén.

¿Los sacerdotes también se confiesan?


Te puedo asegurar que sí, los sacerdotes también nos confesamos. Aunque a veces pueda parecer que llevamos una vida intachable, todos somos seres humanos y también cometemos errores y pecados.

La confesión es un sacramento muy importante en nuestra fe católica. Nos permite reconciliarnos con Dios y con nuestra comunidad, y recibir el perdón y la gracia divina. A través de la confesión, reconocemos nuestros pecados, nos arrepentimos sinceramente de ellos y buscamos enmendar nuestras acciones. Además, recibimos el consejo y la absolución del sacerdote, quien actúa en el nombre de Cristo.

La confesión nos ayuda a crecer espiritualmente y a fortalecer nuestra relación con Dios. Incluso Jesús mismo nos enseñó sobre la importancia de confesar nuestros pecados cuando dijo en Mateo 4,17: "Arrepiéntanse, porque el reino de los cielos está cerca". También en el Evangelio de Juan 20,23, Jesús le dice a sus discípulos: "A quienes les perdonen los pecados, les serán perdonados; a quienes se los retengan, les serán retenidos".

La tradición de los sacerdotes confesándose se remonta a los primeros siglos del cristianismo. En la patrística, encontramos numerosos escritos de los Padres de la Iglesia que hablan sobre la importancia de la confesión y el papel del sacerdote como ministro de este sacramento. San Agustín, por ejemplo, escribió en su obra "Confesiones" sobre su propia experiencia de confesión y cómo esto le ayudó a encontrar la paz y el perdón de Dios.

El Catecismo de la Iglesia Católica también nos habla sobre la confesión y la importancia de que los sacerdotes se confiesen. En el párrafo 1465, se menciona: "En virtud de su ministerio, representan a Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, y actúan en su nombre cuando, en virtud del poder que él les confió, perdonan los pecados en el sacramento de la penitencia".

Es importante destacar que los sacerdotes también son seres humanos y están sujetos a las tentaciones y debilidades propias de nuestra condición. Aunque hemos sido llamados a servir a Dios y a la comunidad, también necesitamos recibir el perdón y la gracia divina. La confesión nos permite humillarnos ante Dios y reconocer nuestras propias limitaciones.

Así que sí, los sacerdotes también se confiesan. Al igual que cualquier otro fiel, necesitamos acercarnos al sacramento de la reconciliación para recibir el perdón y la misericordia de Dios. No somos perfectos, pero a través de la confesión buscamos crecer espiritualmente y ser mejores ministros para nuestra comunidad.

Espero que esta respuesta te haya sido útil, hijo mío. Recuerda siempre que Dios está dispuesto a perdonarnos y acogernos con amor incondicional. No importa cuán grande sea nuestro pecado, siempre podemos encontrar la paz y el perdón en el sacramento de la confesión. ¡Que Dios te bendiga y te acompañe en tu camino espiritual!

Autor: Padre Ignacio Andrade.

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¿Ya conoces estos libros católicos?

Amenazado el secreto de confesión ¿En China? No, en EE.UU.



La Cámara baja de Washington ha aprobado un proyecto de ley que obliga al clero a violar el secreto de confesión en ciertas circunstancias.
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Como ya se ha intentado en otras partes, en EE.UU. se quiere dinamitar el secreto de confesión en casos específicos.

En marzo el Senado de Washington aprobó el proyecto de ley SB 5280, que convertiría al clero como informante obligado, o personas obligadas por ley a reportar casos sospechosos de negligencia o abuso infantil. Sin embargo el proyecto incluía una exención, la del privilegio clero-penitente.

Pero cuando el proyecto llegó a la cámara baja, esta hizo una enmienda que removía tal exención. Con esta enmienda el proyecto fue aprobado el pasado 11 de abril. Sin embargo, esta enmienda debía a su vez ser aprobada por el Senado, que no lo hizo.

Quedan entonces varias opciones para la Cámara: aprobar el proyecto como venía de Senado; remover la enmienda y agregar outras condiciones que el Senado debería aprobar; o mantener la enmienda y pedir a Senado que reconsidere.

Ya un obispo les dijo a los legisladores que a lo largo de la historia del cristianismo “reyes, reinas, dictadores, potentados y legisladores” habían fracasado em su intento de violar elsecreto de confesión: el obispo de Spokane, Mons. Thomas Daly.

Por su parte el obispo de Seattle dijo que los obispos de Washington apoyaban la versión que salió del Senado, entre otras razones “porque la Iglesia Católica ya considera los sacerdotes como informantes obligatorios”. Pero no de lo que les cuenten en confesión.

Veremos.
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Fuente: https://es.gaudiumpress.org/

¿Cuál es la diferencia entre la culpa y la pena en el Sacramento de la Reconciliación? ¿Qué es la indulgencia?


Puedo decir que la culpa y la pena son dos aspectos diferentes del sacramento de la reconciliación. La culpa se refiere al reconocimiento del pecado y al arrepentimiento por haberlo cometido, mientras que la pena se refiere a la reparación del daño causado por el pecado.

La culpa es el primer paso en el sacramento de la reconciliación, ya que para poder recibir el perdón de Dios es necesario reconocer y arrepentirse de los pecados cometidos. El Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña que "el arrepentimiento interior es un movimiento del corazón que se expresa exteriormente en acciones concretas de conversión" (CCC 1430). Este arrepentimiento debe ser sincero y completo, y debe ir acompañado de la confesión de los pecados a un sacerdote.

La pena, por otro lado, se refiere a la reparación del daño causado por el pecado. Esta reparación puede tomar muchas formas, dependiendo de la naturaleza del pecado y del daño causado. Por ejemplo, si alguien roba algo, la pena puede ser devolver lo robado o hacer una restitución financiera. Si alguien ha hablado mal de alguien más, la pena puede ser pedir disculpas y hacer una reparación del daño a la reputación de la persona.

La importancia de la pena se puede ver en varios pasajes de la Biblia. En el libro de Levítico, por ejemplo, se establecen diferentes tipos de sacrificios que deben ser ofrecidos por los pecados cometidos. En el Nuevo Testamento, Jesús nos enseña que debemos "dar frutos dignos de arrepentimiento" (Mateo 3,8), lo que implica una transformación interior que se manifiesta en acciones concretas.

En el sacramento de la reconciliación, la pena puede ser impuesta por el sacerdote como una forma de ayudar al penitente a reparar el daño causado por su pecado. Esto se llama "penitencia", y puede tomar muchas formas diferentes, desde oraciones específicas hasta acciones concretas de servicio a los demás.

En resumen, la culpa y la pena son dos aspectos diferentes del sacramento de la reconciliación. La culpa se refiere al reconocimiento y arrepentimiento por los pecados cometidos, mientras que la pena se refiere a la reparación del daño causado por el pecado. Ambos son importantes para el perdón y la reconciliación con Dios y con los demás, y ambos tienen una base sólida en la enseñanza de la Biblia. Como sacerdote, mi papel es ayudar a los penitentes a comprender y cumplir con la pena impuesta, de manera que puedan recibir el perdón y la gracia de Dios en sus vidas.

¿Y qué son las indulgencias?

La indulgencia es un término que se refiere a la remisión de la pena temporal debida al pecado ya perdonado. En otras palabras, cuando una persona se arrepiente de sus pecados y recibe el perdón de Dios a través del sacramento de la reconciliación, puede quedar una "pena temporal" que debe ser purgada en el tiempo presente o en el purgatorio después de la muerte. La indulgencia es la remisión de esta pena temporal y la liberación del pecador de su obligación de satisfacer esta pena.

La doctrina de la indulgencia se basa en la enseñanza de Jesucristo y en la práctica de la Iglesia desde sus inicios. En el Evangelio de Mateo, Jesús le da a Pedro el poder de atar y desatar en el Cielo y en la Tierra (Mateo 16,19), lo que se entiende como el poder de perdonar los pecados. En el libro de los Hechos, los apóstoles perdonan los pecados y también imponen penitencias (Hechos 2,38, 8,22). La idea de la indulgencia se desarrolló a lo largo de la historia de la Iglesia y se formalizó en el siglo XIII.

Hay dos tipos de indulgencias: las indulgencias plenarias y las indulgencias parciales. Una indulgencia plenaria remite toda la pena temporal debida al pecado, mientras que una indulgencia parcial remite una parte de esa pena temporal. Para recibir una indulgencia plenaria, se requieren ciertas condiciones, como la confesión sacramental, la comunión eucarística y la oración por las intenciones del Papa.

Es importante señalar que la indulgencia no perdona el pecado, ya que eso es el papel del sacramento de la reconciliación. En cambio, la indulgencia libera al penitente de la obligación de satisfacer la pena temporal debida al pecado. Además, la indulgencia no se puede comprar o vender, ya que eso sería simonía, que es un pecado grave.

En resumen, la indulgencia es la remisión de la pena temporal debida al pecado ya perdonado. Esta enseñanza se basa en la enseñanza de Jesucristo y en la práctica de la Iglesia desde sus inicios. Hay dos tipos de indulgencias: las indulgencias plenarias y las indulgencias parciales. La indulgencia no perdona el pecado y no se puede comprar o vender.

Francisco a los confesores: "No olviden que están en el confesionario no para torturar, sino para perdonar"


"Que se abra el camino a la paz, sigamos rezando por el martirizado pueblo ucraniano y tengamos cercanos a quienes han padecido el terremoto en Turquía y Siria", señaló el papa Francisco tras la oración del ángelus este mediodía desde el balcón de la tercera planta del palacio apostólico.

Igualmente, y tras traer a su recuerdo a "las poblaciones de Misisipi devastadas por un tornado" y saludar a los grupos de peregrinos españoles y peruanos que se encontraban en una plaza de San Pedro repleta de fieles, pidió también que "recemos por la reconciliación en el Perú, para que tenga paz".

Ya durante la catequesis del ángelus, glosando el pasaje de la Resurrección de Lázaro en este V domingo de Cuaresma, Francisco, reconociendo esos momentos en que "uno se siente sin esperanza, o que encuentra personas que han dejado de tenerla", a la manera de Jesús ante su amigo muerto, instó a "quitad la piedra: no escondáis el dolor, los errores, los fracasos, dentro de vosotros, en una habitación oscura y solitaria, cerrada. Quitad la piedra: sacad todo lo que hay dentro, ponedlo ante mí con confianza, sin temor, porque yo estoy con vosotros, os amo y deseo que volváis a vivir".

Recordando que "Jesús da la vida incluso cuando parece que ya no hay esperanza", pidió "no ceder al pesimismo que deprime, al temor que aísla, al desánimo por el recuerdo de malas experiencias, al miedo que paraliza. ¡Yo te quiero libre y vivo, no te abandono, estoy contigo! No te dejes aprisionar por el dolor, no dejes que muera la esperanza: ¡vuelve a vivir!".

Finalmente, e improvisando, como es tan del gusto del Papa, dirigiéndose a "mis hermanos, los confesores, les dijo: "Ustedes también son pecadores y no olviden que están en en el confesionario no para torturar, sino para perdonar".

Las palabras del Papa en el ángelus

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy, quinto domingo de Cuaresma, el Evangelio nos presenta la resurrección de Lázaro (cfr. Jn 11, 1- 45). Es el último de los milagros de Jesús narrados antes de la Pascua; podemos decir, por tanto, que nos encontramos en el culmen de sus “signos”. Lázaro es un querido amigo de Jesús, quien sabe que está a punto de morir; el Señor se pone en camino, pero llega a casa del amigo cuatro días después de que haya sido sepultado, cuando ya se ha perdido toda esperanza. Sin embargo, su presencia enciende un poco de confianza en el corazón de las hermanas, Marta y María (cfr. v. 22-27). Ellas, en medio del dolor, se aferran a esa luz. Jesús las invita a tener fe, y pide que abran el sepulcro. Luego reza al Padre, y entonces grita a Lázaro: «¡Sal fuera!» (v. 43). Éste vuelve a vivir y sale.

El mensaje es claro: Jesús da la vida incluso cuando parece que ya no hay esperanza. Sucede, a veces, que uno se siente sin esperanza, o que encuentra personas que han dejado de tenerla, a causa de una pérdida dolorosa, de una enfermedad, de un cruel desengaño, de una injusticia o una traición sufrida, de un grave error cometido. En ocasiones, oímos decir: “Ya no hay nada que hacer”. Son momentos en los que la vida se asemeja a un sepulcro cerrado: todo es oscuridad, en torno se ve solamente dolor y desesperación. Hoy Jesús nos dice que no es así, que en esos momentos no estamos solos, es más, que precisamente en esos momentos Él se hace más cercano que nunca para darnos de nuevo la vida. Él llora con nosotros, como lloró por Lázaro: el Evangelio repite dos veces que se conmovió (cfr. v. 33-38), y subraya que «se echó a llorar» (cfr. v. 35). Y, al mismo tiempo, Jesús nos invita a no dejar de creer y esperar, a no dejarnos abatir por los sentimientos negativos. Se acerca a nuestros sepulcros y nos dice, como entonces: «¡Quitad la piedra!» (v. 39).

Jesús nos dice esto. Quitad la piedra: no escondáis el dolor, los errores, los fracasos, dentro de vosotros, en una habitación oscura y solitaria, cerrada. Quitad la piedra: sacad todo lo que hay dentro, ponedlo ante mí con confianza, sin temor, porque yo estoy con vosotros, os amo y deseo que volváis a vivir. Y, como a Lázaro, repite a cada uno de nosotros: ¡Sal fuera! ¡Levántate, reemprende el camino, reencuentra la confianza! Yo te  tomo de la mano, como cuando de pequeño aprendías a dar los primeros pasos. Quita las vendas que te atan (cfr. v. 45), no cedas al pesimismo que deprime, al temor que aísla, al desánimo por el recuerdo de malas experiencias, al miedo que paraliza. ¡Yo te quiero libre y vivo, no te abandono, estoy contigo! No te dejes aprisionar por el dolor, no dejes que muera la esperanza: ¡vuelve a vivir!

Queridos hermanos y hermanas, este pasaje, que se encuentra en el capítulo 11 del Evangelio de Juan y que nos hace mucho bien leer, es un himno a la vida, y lo leemos cuando la Pascua está cerca. Quizá también nosotros llevamos ahora en el corazón algún peso o algún sufrimiento que parece aplastarnos. Es el momento de quitar la piedra y de salir al encuentro de Jesús, que está cerca. ¿Somos capaces de abrirle el corazón y  confiarle nuestras preocupaciones? ¿De abrir el sepulcro de los problemas y mirar más allá del umbral, hacia su luz? Y, a nuestra vez, como pequeños espejos del amor de Dios, ¿logramos iluminar los ambientes en los que vivimos con palabras y gestos de vida? ¿Testimoniamos la esperanza y la alegría de Jesús? 

Que María, Madre de la esperanza, renueve en nosotros la alegría de no sentirnos solos y la llamada a  llevar luz a la oscuridad que nos rodea.

Autor: José Lorenzo.

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Fuente: https://www.religiondigital.org/evangelio_del_domingo/Francisco-angelus_0_2545245454.html

Las palabras del Papa Francisco para quitarse la vergüenza en el confesionario


Siempre es tiempo propicio para reconciliarse con Dios. Él, en palabras del propio Papa Francisco, «sabe esperar. Siempre espera»

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Si hay algo que cueste al corazón, es reconocer los propios errores; reconocer la nada y la miseria que, en tantas ocasiones, condiciona nuestros comportamientos. Nos cuesta volver a empezar con esa mezcla de autocomplacencia y victimismo con el que nos disculpamos ante nosotros mismos. pero siempre podemos volver a empezar. Dios, en palabras del papa Francisco, «siempre espera». Siempre suscita nuestra propia vuelta. «La Iglesia –recuerda el Papa– tiene siempre las puertas abiertas. Es la casa de Jesús y Jesús acoge. Pero no solo acoge, va a encontrar a la gente como fue a buscar a este. Y si la gente está herida, ¿ qué hace Jesús? ¿Le regaña por estar herida? No, va y lo carga sobre los hombros».

En el libro El nombre de Dios es misericordia, conversación con Andrea Tornielli, el Papa Francisco explicita la realidad del bien que es la confesión.

Dios quiere bien

«Oigo decir a los confesores: Hablad, escuchad con paciencia y sobre todo decidles a las personas que Dios las quiere bien. Y si el confesor no puede absolver, que explique por qué, pero que dé de todos modos una bendición, aunque sea sin absolución sacramental. El amor de Dios también existe para quien no está en la disposición de recibir el sacramento: también ese hombre o esa mujer, ese joven o esa chica son amados por Dios, son buscados por Dios, están necesitados de bendición».

En el corazón de Jesús

«Confesarse con un sacerdote es un modo de poner mi vida en las manos y en el corazón de otro, que en ese momento actúa en nombre y por cuenta de Jesús. Es una manera de ser concretos y auténticos: estar frente a la realidad mirando a otra persona y no a uno mismo reflejado en un espejo».

La objetividad de confesarse

"Es cierto que puedo hablar con el Señor, pedirle enseguida perdón a Él, implorárselo. Y el Señor perdona, enseguida. Pero es importante que vaya al confesionario, que me ponga a mí mismo frente a un sacerdote que representa a Jesús, que me arrodille frente a la Madre Iglesia llamada a distribuir la misericordia de Dios. Hay una objetividad en este gesto, en arrodillarme frente al sacerdote, que en ese momento es el trámite de la gracia que me llega y me cura.

La grieta de la gracia

«Como confesor, incluso cuando me he encontrado ante una puerta cerrada, siempre he buscado una fisura, una grieta, para abrir esa puerta y poder dar el perdón, la misericordia».

La gracia de la vergüenza

«El que se confiesa está bien que se avergüence del pecado: la vergüenza es una gracia que hay que pedir, es un factor bueno, positivo, porque nos hace humildes».

El arrepentimiento

«El solo hecho de que una persona vaya al confesionario indica que ya hay un inicio de arrepentimiento, aunque no sea consciente. Si no hubiera existido ese movimiento inicial, la persona no hubiera ido. Que esté allí puede evidenciar el deseo de un cambio. La palabra es importante, explicita el gesto».

Dejarse asombrar

«Hay que pensar en la verdad de la vida frente a Dios, qué siente, qué piensa. Que (el pecador) sepa mirarse con sinceridad a sí mismo y a su pecado. Y que se sienta pecador, que se deje sorprender, asombrar por Dios».

Querer recibir la misericordia

«La misericordia existe, pero si tú no quieres recibirla… Si no te reconoces pecador quiere decir que no la quieres recibir, quiere decir que no sientes la necesidad».

No lamerse las heridas

«Hay muchas personas humildes que confiesan sus recaídas. Lo importante, en la vida de cada hombre y de cada mujer, no es no volver a caer jamás por el camino. Lo importante es levantarse siempre, no quedarse en el suelo lamiéndose las heridas. El Señor de la misericordia me perdona siempre, de manera que me ofrece la posibilidad de volver a empezar siempre».

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Fuente: https://www.eldebate.com/religion/vaticano/20230321/palabras-papa-francisco-quitarse-vergueenza-confesionario_101691.html

Francisco sobre la confesión: “Dios nos espera cuando hemos tocado fondo”


El pontífice ha confesado a algunos fieles de la parroquia romana de Santa María de Gracia

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El papa Francisco ha presidido la clásica Celebración Penitencial de Cuaresma en la parroquia romana de Santa María de Gracia, a pocos pasos de la entrada de los Museos Vaticanos. Una propuesta que coincide con la iniciativa “24 Horas para el Señor” lanzada por el pontífice y que por primera vez sale de los muros de la basílica de San Pedro. Francisco, como es habitual se confesó y administró el sacramento a varios fieles.

Entre los fieles que han pasado por el confesonario imporvisado del Papa ha estado una madre acompañada de su bebé Pedro, que tiene síndrome de Down, y un joven, ambos fieles de la parroquia. Para la mujer “ha sido un gran regalo” tener la posibilidad de confesarse con el Papa. “El camino de la fe nos ha ayudado mucho, una vez que escuchamos los latidos del bebé no hubiéramos tomado decisiones diferentes a la que tomamos”, ha relatado antes de la celebración a los medios vaticanos. El joven invitó a perder el miedo al confesonario y a no vivir el sacramento “con cierta pesadez”.

Un diálogo verdadero

“Repitamos durante unos instantes, con el corazón arrepentido y lleno de confianza: Dios mío, ten piedad de mí, que soy un pecador. En este acto de arrepentimiento y confianza, nos abriremos a la alegría del don más grande, que es la misericordia de Dios”, señaló el Papa ante los fieles presentes en el templo. Para Francisco quien es demasiado rico de sí mismo y de su propia “valía” religiosa presume de ser justo y mejor que los demás, se complace en el hecho de que ha salvado las apariencias; se siente bien, pero de ese modo no puede darle lugar a Dios, porque no lo necesita.

“El lugar de Dios lo ha ocupado con su ‘yo’ y entonces, aunque recite oraciones y realice acciones sagradas, no dialoga verdaderamente con el Señor”, advirtió el Papa. Y es que, añadió, “sólo quien es pobre de espíritu, necesitado de la salvación y mendigo de la gracia, se presenta ante Dios sin exhibir méritos, sin pretensiones, sin presunción. No tiene nada y por eso encuentra todo, porque encuentra al Señor”.

Comentando la parábola del fariseo y el publicano (cf. Lc 18,9-14) señaló que el religioso “está seguro de sí, erguido y triunfante como alguien que debe ser admirado por sus capacidades. Con esta actitud reza a Dios, pero en realidad se celebra a sí mismo: yo voy al templo, yo cumplo los preceptos, yo doy limosna. Formalmente su oración es irreprochable, exteriormente se ve como un hombre piadoso y devoto, pero, en vez de abrirse a Dios presentándole la verdad del corazón, enmascara sus fragilidades con la hipocresía. No espera la salvación del Señor como un don, sino que casi la pretende como un premio por sus méritos. Avanza sin titubeos hacia el altar de Dios para ocupar su puesto, en primera fila, pero acaba por ir demasiado adelante y ponerse frente a Dios”, advirtió Bergolio.

El abrazo del Padre

Frente a él, el publicano, comentó el Papa, “se queda en el fondo” y “precisamente esa distancia, que manifiesta su ser pecador respecto a la santidad de Dios, es lo que le permite experimentar el abrazo bendito y misericordioso del Padre. Dios puede alcanzarlo precisamente porque, permaneciendo a distancia, ese hombre le ha hecho espacio”. “¡Qué cierto es esto también en nuestras relaciones familiares, sociales e incluso eclesiales! Hay verdadero diálogo cuando sabemos guardar un espacio entre nosotros y los demás, un espacio saludable que permite a cada uno respirar sin ser absorbido o anulado. Entonces ese diálogo, ese encuentro puede acortar la distancia y crear cercanía. Esto también sucede en la vida de ese publicano. Quedándose en el fondo del templo, se reconoce en verdad tal como es ante Dios: distante, y de este modo le permite a Dios acercarse a él”, reclamó el pontífice.

“Así es Dios, nos espera en el fondo, porque en Jesús Él quiso ‘ir hasta el fondo’, ocupar el último lugar, haciéndose siervo de todos. Nos espera en el fondo, porque no tiene miedo de descender hasta los abismos que nos habitan, de tocar las heridas de nuestra carne, de acoger nuestra pobreza, los fracasos de la vida, los errores que cometemos por debilidad o negligencia. Dios nos espera allí, nos espera especialmente en el sacramento de la confesión”, señaló Francisco. “Cuando nos confesamos, nos ponemos en el fondo, como el publicano, para reconocer también nosotros la distancia que nos separa entre lo que Dios ha soñado para nuestra vida y lo que realmente somos cada día. Y, en ese momento, el Señor se acerca, acorta las distancias y vuelve a levantarnos; en ese momento, mientras nos reconocemos desnudos, Él nos viste con el traje de fiesta. Y esto es, y debe ser, el sacramento de la reconciliación: un encuentro festivo, que sana el corazón y deja paz interior; no un tribunal humano al que tenemos miedo, sino un abrazo divino con el que somos consolados”, reivindicó.

Autor: Mateo González Alonso

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Fuente: https://www.vidanuevadigital.com/2023/03/17/francisco-sobre-la-confesion-dios-nos-espera-cuando-hemos-tocado-fondo/

La experiencia sobrenatural de un sacerdote luego de recibir el sacramento de la Confesión



¡Corre, corre… como una bala de cañón hacia la misericordia! No creas la mentira. ¡El sacramento de la Confesión es una de las cosas más grandes sobre la faz de la Tierra! ¿Por qué?

En pocas palabras, se debe al hecho de que tenemos la garantía, después de hacer una Confesión humilde y totalmente sincera, de que la Sangre de Jesucristo fluya sobre nuestras almas.

¡Esta es la Sangre que salva! ¡Amigo mío, este es el limpiador definitivo!

¡Santo Tomás de Aquino afirma que esta Sangre puede limpiar todo el universo de pecado con una sola gota!

Cada vez que tengo el sublime honor de participar de este Sacramento como sacerdote, casi puedo ver la Sangre que brota de mi mano mientras concedo a los penitentes la absolución, liberándolos de sus pecados.

Permítanme reiterar lo que Nuestro Señor mismo le dijo a Santa Faustina sobre este hermoso sacramento de la Divina Misericordia:

“Cuando vas a confesarte, a esta fuente de misericordia, la Sangre y el Agua que brotaron de Mi Corazón siempre fluyen sobre tu alma. (Diario de Santa Faustina, 1602)

Tomemos un momento y analicemos este hermoso pasaje.

Cuando entras en el confesionario, te sumerges en una “fuente de misericordia”. ¡ Estás lanzando un cañonazo a las fuentes divinas de la Misericordia! Quiero animarte a que saltes. ¡El agua es abundante, cálida y rebosa de perdón!

Fíjate en lo que dice Nuestro Señor: “La Sangre y el Agua que brotaron de Mi Corazón SIEMPRE fluyen sobre tu alma”.

La confesión es un encuentro casual con el Corazón del Redentor, ¡una garantía de inmersión en la Sangre que brotó el día de la Crucifixión!

Permítanme compartir lo que sucedió la primera vez que realmente confesé todos mis pecados.

Esto ocurrió en el campus de la Universidad de Missouri en 2007.

Después de una humilde, entera y sincera confesión, en la que literalmente vomité mis pecados mezclados con lágrimas, salí de la Iglesia después de haber cumplido mi penitencia. Una vez que entré a la luz del sol, los colores eran literalmente diferentes.

No estoy siendo poético o metafórico. Vi los colores más vívidamente que nunca. ¿Cuál podría haber sido la razón de esto?

Sé lo que fue. Era la Sangre Preciosa de Jesús desengrasando mi alma , un millón de veces más fuerte que el jabón para platos. Fue un encuentro con la humanidad sagrada del Hijo de Dios en la persona del sacerdote, ¡y el Buen Dios me quitó las escamas de los ojos!

Por favor, queridos hermanos y hermanas: ¡hagan una pausa! ¡Corre hacia la libertad! No importa cuán manchada, sucia o grasienta esté tu prenda bautismal, corre con confianza a los brazos de tu amoroso Salvador.

Haz una bala de cañón en el estanque sagrado de la Divina Misericordia y nunca mires atrás.

Cuando salgas de ese estanque lleno de la Sangre y el Agua de Jesús, serás ennoblecido, capacitado y conectado para amar a tu Padre Celestial más que nunca.

Todos vuestros hermanos y hermanas se beneficiarán de ello, los ángeles se regocijarán y tendréis la seguridad de que estáis en comunión con la Santísima Trinidad.

Una vez más, no lo dudes. Corre con vigor para lanzar una bala de cañón hacia ese Estanque Sagrado.

“¡Oh Sangre y Agua que brotasteis del Corazón de Jesús como fuente de misericordia para nosotros, en Vos confío!”

Santa Faustina, ora para que todos los que lean este artículo se encuentren con el abrazo de nuestro Misericordioso Salvador. ¡San Miguel y todos los Santos Ángeles, protégelos en su camino a la piscina!

¿Conoces las cuatro "C" de una buena confesión?



La confesión es la expresión de nuestros pecados a Dios a través del confesor. Ejemplo de ello es la bienvenida que da el sacerdote en el Sacramento de la Reconciliación (Confesión) al penitente: “El Señor esté en tus labios y en tu corazón para que, con dignidad y confianza, puedas confesar todos tus pecados”

El Catecismo de la Iglesia nos dice en el núm. 444:

Cristo instituyó el sacramento de la Penitencia en favor de todos los miembros pecadores de su Iglesia, ante todo para los que, después del Bautismo, hayan caído en el pecado grave y así hayan perdido la gracia bautismal y lesionado la comunión eclesial. El sacramento de la Penitencia ofrece a éstos una nueva posibilidad de convertirse y de recuperar la gracia de la justificación. Los Padres de la Iglesia presentan este sacramento como “la segunda tabla (de salvación) después del naufragio que es la pérdida de la gracia”.

¿Conoces las cuatro C de una buena confesión? 

La tradición en la Iglesia retoma, desde de la experiencia de los santos, estos consejos que siguen vigentes, para una buena y fructífera confesión.

Clara

Expresar al confesor cuál y cuáles son los pecados cometidos, sin omitir, disfrazar, ni justificar, sólo y de manera simple la falta a Dios y al hermano y a nosotros mismos. Como dice el dicho “las cuentas claras y el chocolate espeso”. Por vergüenza nos cuesta trabajo llamarle a las cosas por su nombre y/o que el confesor adivine lo que hicimos. La razón es que eso ayuda a que seamos ayudados a buscar el remedio y la solución, también ayuda a clarificar la gravedad del pecado; pensamos que todo es grave y puede ser leve, al revés, que pensemos que algo grave es leve. Es una ayuda a tener una conciencia clara, no escrupulosa ni temerosa ante Dios. Si somos claros con nosotros, llamando al pecado por su nombre, tendremos un corazón claro y limpio ante Dios. Preciso, debo manifestar mis pecados, no los de los demás que me rodean y con los cuales convivo.

Concisa

No se trata de hablar mucho, se trata de reconocer y dejarnos cobijar en la misericordia divina que, de antemano, ya conoce y sabe lo que hay en nuestro corazón. No por mucho hablar creamos que seremos escuchados. Cuando es conciso, es capaz de centrarse en lo importante y lo necesario, de identificar donde está el pecado y poner el remedio en donde se debe. Evitar andarnos por las ramas, pensando que al marear al confesor, ya mareamos a Dios; como dice la sabiduría de nuestros mayores “Dios todo lo ve y lo sabe”.

Contrita

Reconocimiento preciso de lo que hemos hecho mal, de las ofensas cometidas, con el dolor por nuestros pecados y el reconocer con humildad que en Dios está la auténtica liberación y necesito ser un hombre libre. Me humillo y me levanto libre de las consecuencias de mis malas acciones de las que he hecho conciencia y reconozco que debo evitar.

Completa

No debo ocultar nada por temor o vergüenza. No temer al juicio de Dios ni de los hombres; pretender engañar a Dios y al confesor, es engañarme a mí mismo e impedir que Dios, en su infinita bondad y misericordia, me permita reconciliarme plenamente con Él y la Iglesia. Si la confesión es a medias, el perdón y el cambio no puede ser a medias…

El perdón de Dios nos viene de la victoria de Cristo sobre la cruz en su pasión, muerte y resurrección; Jesús ha pagado con su sangre por nuestros pecados. Jesús, el Mesías resucitado da a sus discípulos y sucesores el poder de perdonar, en su nombre, los pecados cometidos después del bautismo, a aquellos que arrepentidos y con propósito de enmienda se acogen a su Divina Misericordia: “Sopló sobre ellos y les dijo: Reciban el Espíritu Santo. A quienes les perdonen los pecados, Dios se los perdonará; a quienes se los retengan, Dios se los retendrá” (Jn 20, 22-23).

El confesor da al fiel, después de la confesión sincera de sus pecados, la absolución: «Dios, Padre misericordioso, que reconcilió al mundo consigo por la muerte y la resurrección de su Hijo y envió al Espíritu Santo para el perdón de los pecados, te conceda, por el ministerio de la Iglesia, el perdón y la paz. Y yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo» 

Acto de Contrición

¡Señor mío, Jesucristo!

Dios y Hombre verdadero, Creador, Padre y Redentor mío, por ser Vos quien sois y porque os amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón haberos ofendido; propongo firmemente nunca más pecar,
apartarme de todas las ocasiones de ofenderos,
confesarme y, cumplir la penitencia que me fuera impuesta.

Ofrezco, Señor, mi vida, obras y trabajos,
en satisfacción de todos mis pecados, y, así como lo suplico, así confío en vuestra bondad y misericordia infinita, que los perdonareis, por los méritos de vuestra preciosísima sangre, pasión y muerte, y me daréis gracia para enmendarme, y perseverar en vuestro santo amor y servicio, hasta el fin de mi vida.
Amén.

La importancia de que haya un confesionario en cada iglesia


LA IMPORTANCIA DE QUE HAYA UN CONFESIONARIO EN CADA IGLESIA
Por Jesús Mondragón 

Acudí a una parroquia de otra comunidad a confesarme, porque en la mía no hay propiamente un confesionario. Existe una habitación pequeña contigua a la parroquia a un lado de las bancas, donde esperan las personas que hacemos fila para recibir el Santo Sacramento de la reconciliación. 

El problema recide en que la puerta de ese "confesionario" se queda abierta y siempre se alcanzan a percibir algunas palabras al vuelo, hacia el exterior, de las personas que se están confesando y son captadas por los de afuera. Por esa razón, decidí ir junto con mi esposa, asistir a otra parroquia. 

Pero la situación se complicó, cuando con horror descubrimos que en ésta tampoco existe un confesionario en forma y lo que es peor, al menos en mi parroquia es una habitación con la puerta abierta junto a las bancas, acá, era en las propias bancas donde se administra el Sacramento, e inmediatamente a un lado, la "fila" de gente que espera confesarse. El silencio del recinto era absoluto, podía casi escuchar a las arañas escalar la pared. Mi esposa y yo intercambiamos miradas y sin mediar palabra decidimos emprender la huída. 

Y es que en las tres últimas comunidades donde hemos recidido ¡no existe confesionario! E inmediatamente me pregunté: Si así como nosotros que estamos acostumbrados a confesar nuestras faltas, decidimos no hacerlo ahí por la falta de privacidad e intimidad necesarias, ¿Cuántas personas no acuden a confesarse por lo mismo? Habiendo en las parroquias antes mencionadas, salones y salones para los diversos ministerios ¿y no se pudo designar un espacio adecuado para algo tan serio como lo es el Sacramento de la reconciliación? De por sí, uno que es un miserable pecador, no es que esté precisamente orgulloso de sus miserias, como para todavía exponerlas a la escasa concurrencia al "confesionario" y siendo mi esposa una de ellas pues con mayor razón.



Entonces comprendí, por qué son tantos los que acuden a comulgar, pero sólo unos cuantos los que recurren a la confesión. Es como si algunas veces nuestros mismos sacerdotes hubieran olvidado darle la seriedad que merece el Sacramento y cualquier lugar resultara bueno para realizarlo sin tener en cuenta los sentimientos de las personas. 

Recordé el testimonio de Fernando Casanova, el famoso predicador católico, antes pastor pentecostal convertido al catolicismo, en el que narra cómo, la primera vez que se confesó, buscó un lugar donde hubiese un confesionario con paredes gruesas, del que no se escapara ni una sola palabra. Creo que todo aquel que desea confesarse desearía lo mismo que Fernando Casanova. Y es que cuando uno está arrepentido de sus pecados, siente la urgencia de confesarlos, más no de hacerlos del dominio público, ya es bastante con sentirse miserable por haberle fallado al Señor, como para encima, irme a enterar de las fallas de los demás y que ellos sepan las mías. 

He acudido a otros lugares donde uno ingresa por una puerta y por otra el sacerdote, una luz verde indica que el confesionario está libre y una roja cuando está ocupado. Eso es confesarse como Dios manda y uno se siente con toda la confianza de reconciliarse con el Señor. Sabemos que no todas las parroquias cuentan con los recursos adecuados como para algo así, ya sea por falta de espacio o dinero. Lo importante es proporcionar un mínimo de privacidad. Los acostumbrados confesarse tal vez podamos pasar por alto esos inconvenientes e incomodidades. Pero no sucede así con la mayoría de las personas, que aunque son católicos de nombre, jamás recurren al recibir la reconciliación y menos aún, si a parte lo hacemos un poco más difícil.




Así que, señores párrocos, amados sacerdotes del Dios altísimo, tener un confesionario adecuado es muy importante, ¿No se han puesto a pensar, cuántas almas arrepentidas se pierden por no sentirse cómodos para acceder a la reconciliación? Y más cuando han acumulado años y años de pecados. Nunca resulta fácil confesarlos. Por caridad al prójimo, por amor a Dios, he ahí la importancia de un confesionario... 

PD. Mejor me voy a confesar a mi parroquia. 

PAX ET BONUM 

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