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¿Hoy nos confesamos igual que en los primeros siglos de la Iglesia?


Estas son las grandes etapas de la evolución de la confesión a lo largo de la historia de la Iglesia. A partir del siglo III, la confesión era pública, puntual y reservada a los pecados graves o a la apostasía. Cambió en los siglos VI y VII, bajo la influencia de los monjes irlandeses. El sacerdote escuchaba la confesión en privado y aplicaba una “penitencia” proporcional a la ofensa. Las confesiones se hacían varias veces en la vida.

A partir del siglo XIII, una vez al año

El principio se remonta al IV Concilio de Letrán de 1215, bajo la égida del papa Inocencio III. La confesión debía tener lugar cada año, en relación con la comunión pascual, de ahí la expresión “hacer la pascua”.

Más a menudo en el siglo XVI

El Concilio de Trento de 1545, convocado por el papa Pablo III, reafirmó la necesidad de confesarse “al menos una vez al año“. El confesionario, que garantizaba el anonimato del penitente, se generalizó.

Más libremente a partir de los años setenta

Aunque se mantuvo la regla anual, la promulgación del nuevo “Ritual de la Penitencia y la Reconciliación” en 1973, a raíz del Concilio Vaticano II, dio al sacramento varias caras: la reconciliación individual (celebración por dos personas, sacerdote y penitente); la celebración comunitaria con confesión y absolución individual; la celebración comunitaria con confesión y absolución colectiva; la celebración penitencial no sacramental (los penitentes se habrían reunido con un sacerdote durante las semanas dedicadas a un proceso penitencial común antes de una ceremonia colectiva).

Al principio, las celebraciones con absolución colectiva tuvieron mucho éxito. Se volvieron más excepcionales tras el Sínodo de los Obispos de 1983, que reafirmó la forma individual como práctica habitual y tradicional en la Iglesia, que debe respetarse al menos una vez al año. 

Autor: Sophie Viguier-Vinson

Las palabras del Papa Francisco para quitarse la vergüenza en el confesionario


Siempre es tiempo propicio para reconciliarse con Dios. Él, en palabras del propio Papa Francisco, «sabe esperar. Siempre espera»

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Si hay algo que cueste al corazón, es reconocer los propios errores; reconocer la nada y la miseria que, en tantas ocasiones, condiciona nuestros comportamientos. Nos cuesta volver a empezar con esa mezcla de autocomplacencia y victimismo con el que nos disculpamos ante nosotros mismos. pero siempre podemos volver a empezar. Dios, en palabras del papa Francisco, «siempre espera». Siempre suscita nuestra propia vuelta. «La Iglesia –recuerda el Papa– tiene siempre las puertas abiertas. Es la casa de Jesús y Jesús acoge. Pero no solo acoge, va a encontrar a la gente como fue a buscar a este. Y si la gente está herida, ¿ qué hace Jesús? ¿Le regaña por estar herida? No, va y lo carga sobre los hombros».

En el libro El nombre de Dios es misericordia, conversación con Andrea Tornielli, el Papa Francisco explicita la realidad del bien que es la confesión.

Dios quiere bien

«Oigo decir a los confesores: Hablad, escuchad con paciencia y sobre todo decidles a las personas que Dios las quiere bien. Y si el confesor no puede absolver, que explique por qué, pero que dé de todos modos una bendición, aunque sea sin absolución sacramental. El amor de Dios también existe para quien no está en la disposición de recibir el sacramento: también ese hombre o esa mujer, ese joven o esa chica son amados por Dios, son buscados por Dios, están necesitados de bendición».

En el corazón de Jesús

«Confesarse con un sacerdote es un modo de poner mi vida en las manos y en el corazón de otro, que en ese momento actúa en nombre y por cuenta de Jesús. Es una manera de ser concretos y auténticos: estar frente a la realidad mirando a otra persona y no a uno mismo reflejado en un espejo».

La objetividad de confesarse

"Es cierto que puedo hablar con el Señor, pedirle enseguida perdón a Él, implorárselo. Y el Señor perdona, enseguida. Pero es importante que vaya al confesionario, que me ponga a mí mismo frente a un sacerdote que representa a Jesús, que me arrodille frente a la Madre Iglesia llamada a distribuir la misericordia de Dios. Hay una objetividad en este gesto, en arrodillarme frente al sacerdote, que en ese momento es el trámite de la gracia que me llega y me cura.

La grieta de la gracia

«Como confesor, incluso cuando me he encontrado ante una puerta cerrada, siempre he buscado una fisura, una grieta, para abrir esa puerta y poder dar el perdón, la misericordia».

La gracia de la vergüenza

«El que se confiesa está bien que se avergüence del pecado: la vergüenza es una gracia que hay que pedir, es un factor bueno, positivo, porque nos hace humildes».

El arrepentimiento

«El solo hecho de que una persona vaya al confesionario indica que ya hay un inicio de arrepentimiento, aunque no sea consciente. Si no hubiera existido ese movimiento inicial, la persona no hubiera ido. Que esté allí puede evidenciar el deseo de un cambio. La palabra es importante, explicita el gesto».

Dejarse asombrar

«Hay que pensar en la verdad de la vida frente a Dios, qué siente, qué piensa. Que (el pecador) sepa mirarse con sinceridad a sí mismo y a su pecado. Y que se sienta pecador, que se deje sorprender, asombrar por Dios».

Querer recibir la misericordia

«La misericordia existe, pero si tú no quieres recibirla… Si no te reconoces pecador quiere decir que no la quieres recibir, quiere decir que no sientes la necesidad».

No lamerse las heridas

«Hay muchas personas humildes que confiesan sus recaídas. Lo importante, en la vida de cada hombre y de cada mujer, no es no volver a caer jamás por el camino. Lo importante es levantarse siempre, no quedarse en el suelo lamiéndose las heridas. El Señor de la misericordia me perdona siempre, de manera que me ofrece la posibilidad de volver a empezar siempre».

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Fuente: https://www.eldebate.com/religion/vaticano/20230321/palabras-papa-francisco-quitarse-vergueenza-confesionario_101691.html

¿Cómo puedo estar seguro que el sacerdote no va a revelar mis pecados?


¡Qué difícil es confesarse!, la Confesión nos da una natural pena o vergüenza el decir nuestros pecados a un hombre igual o peor que nosotros. Aceptamos este sacramento porque fue instituido por Jesús y practicado por la Iglesia desde la era apostólica. Si frecuentamos este sacramento nos damos cuenta de que es hermoso y de que es fruto del amor misericordioso de Jesús, que nos da así la oportunidad de recobrar la gracia perdida por el pecado después del Bautismo.

San Ambrosio de Milán, en el S.V, decía que “en la Iglesia, existen el agua y las lágrimas: el agua del Bautismo y las lágrimas de la Penitencia”, refiriéndose a la conversión que supone la confesión de los pecados.

Cuando hemos experimentado la tristeza del pecado y cómo nos aleja no sólo de Dios sino de nuestros hermanos los hombres, sentimos la necesidad del perdón, de la reparación del daño, de manifestar de viva voz nuestro arrepentimiento. Confesar los pecados es humillante, pero purifica el alma, la consuela de las lágrimas derramadas y la fortalece para una vida nueva.

Temor a la indiscreción

Todos los sacerdotes tenemos el poder de perdonar los pecados, incluso los que han renegado de su fe y han sido apartados del ministerio sacerdotal. Ellos saben que en caso de necesidad pueden absolver a un pecador arrepentido, porque ellos mismos son sacerdotes para siempre.

Normalmente nos confesamos con los sacerdotes cercanos a nosotros, y entonces la confesión transcurre de una forma más natural, como la charla con un amigo que nos estima y al que estimamos. Podemos escoger a nuestro confesor y acercarnos a aquel sacerdote que sabe guiarnos, que nos aconseja con sabiduría y que nos perdona dejando ver a través de su persona a la persona de Cristo, que es el verdadero ministro de todo sacramento.

¿Cómo saber que nuestro confesor no va a traicionar nuestra confianza?

Podemos estar seguros de que nunca, por ningún motivo, en ninguna circunstancia, el confesor dirá lo que ha escuchado en confesión.

Si ya por derecho natural todos estamos obligados a saber guardar un secreto que se nos confía, con mucha mayor razón, por derecho divino, un sacerdote está obligado al sigilo sacramental, y nadie puede obligarlo a revelar lo escuchado en confesión, ni siquiera la ley civil.

Se impone una pena grave

La Iglesia, en el Catecismo de la Iglesia Católica #1467, nos enseña: “Dada la delicadeza y la grandeza de este ministerio y el respeto debido a las personas, la Iglesia declara que todo sacerdote que oye confesiones está obligado a guardar un secreto absoluto sobre los pecados que sus penitentes le han confesado, bajo penas muy severas (CIC can. 983-984. 1388, §1; CCEO can 1456). Tampoco puede hacer uso de los conocimientos que la confesión le da sobre la vida de los penitentes. Este secreto, que no admite excepción, se llama “sigilo sacramental”, porque lo que el penitente ha manifestado al sacerdote queda “sellado” por el sacramento.

La grave pena impuesta por la Iglesia a un sacerdote que se atreviera a romper el sigilo sacramental es la Excomunión, por la cual no sólo se vería privado del ejercicio de su ministerio, sino se vería fuera de la Iglesia Católica.

Para conservar este sigilo, los sacerdotes hemos sido preparados para actuar con extremada prudencia. Ni siquiera podemos hablar de los pecados de un penitente con él mismo fuera de la Confesión.

Este derecho al sigilo lo tienen también los delincuentes que se arrepienten y desean ser absueltos. El confesor tratará de conducirlos a una verdadera conversión y a un cambio de vida.

Una de las experiencias más hermosas en este sacramento es el ser confesor en una prisión, porque entonces se da uno cuenta de qué forma tan maravillosa actúa el amor de Dios con los que el mundo llama criminales y a los que Dios sigue llamando “hijos”.

¿Conoces las cuatro "C" de una buena confesión?



La confesión es la expresión de nuestros pecados a Dios a través del confesor. Ejemplo de ello es la bienvenida que da el sacerdote en el Sacramento de la Reconciliación (Confesión) al penitente: “El Señor esté en tus labios y en tu corazón para que, con dignidad y confianza, puedas confesar todos tus pecados”

El Catecismo de la Iglesia nos dice en el núm. 444:

Cristo instituyó el sacramento de la Penitencia en favor de todos los miembros pecadores de su Iglesia, ante todo para los que, después del Bautismo, hayan caído en el pecado grave y así hayan perdido la gracia bautismal y lesionado la comunión eclesial. El sacramento de la Penitencia ofrece a éstos una nueva posibilidad de convertirse y de recuperar la gracia de la justificación. Los Padres de la Iglesia presentan este sacramento como “la segunda tabla (de salvación) después del naufragio que es la pérdida de la gracia”.

¿Conoces las cuatro C de una buena confesión? 

La tradición en la Iglesia retoma, desde de la experiencia de los santos, estos consejos que siguen vigentes, para una buena y fructífera confesión.

Clara

Expresar al confesor cuál y cuáles son los pecados cometidos, sin omitir, disfrazar, ni justificar, sólo y de manera simple la falta a Dios y al hermano y a nosotros mismos. Como dice el dicho “las cuentas claras y el chocolate espeso”. Por vergüenza nos cuesta trabajo llamarle a las cosas por su nombre y/o que el confesor adivine lo que hicimos. La razón es que eso ayuda a que seamos ayudados a buscar el remedio y la solución, también ayuda a clarificar la gravedad del pecado; pensamos que todo es grave y puede ser leve, al revés, que pensemos que algo grave es leve. Es una ayuda a tener una conciencia clara, no escrupulosa ni temerosa ante Dios. Si somos claros con nosotros, llamando al pecado por su nombre, tendremos un corazón claro y limpio ante Dios. Preciso, debo manifestar mis pecados, no los de los demás que me rodean y con los cuales convivo.

Concisa

No se trata de hablar mucho, se trata de reconocer y dejarnos cobijar en la misericordia divina que, de antemano, ya conoce y sabe lo que hay en nuestro corazón. No por mucho hablar creamos que seremos escuchados. Cuando es conciso, es capaz de centrarse en lo importante y lo necesario, de identificar donde está el pecado y poner el remedio en donde se debe. Evitar andarnos por las ramas, pensando que al marear al confesor, ya mareamos a Dios; como dice la sabiduría de nuestros mayores “Dios todo lo ve y lo sabe”.

Contrita

Reconocimiento preciso de lo que hemos hecho mal, de las ofensas cometidas, con el dolor por nuestros pecados y el reconocer con humildad que en Dios está la auténtica liberación y necesito ser un hombre libre. Me humillo y me levanto libre de las consecuencias de mis malas acciones de las que he hecho conciencia y reconozco que debo evitar.

Completa

No debo ocultar nada por temor o vergüenza. No temer al juicio de Dios ni de los hombres; pretender engañar a Dios y al confesor, es engañarme a mí mismo e impedir que Dios, en su infinita bondad y misericordia, me permita reconciliarme plenamente con Él y la Iglesia. Si la confesión es a medias, el perdón y el cambio no puede ser a medias…

El perdón de Dios nos viene de la victoria de Cristo sobre la cruz en su pasión, muerte y resurrección; Jesús ha pagado con su sangre por nuestros pecados. Jesús, el Mesías resucitado da a sus discípulos y sucesores el poder de perdonar, en su nombre, los pecados cometidos después del bautismo, a aquellos que arrepentidos y con propósito de enmienda se acogen a su Divina Misericordia: “Sopló sobre ellos y les dijo: Reciban el Espíritu Santo. A quienes les perdonen los pecados, Dios se los perdonará; a quienes se los retengan, Dios se los retendrá” (Jn 20, 22-23).

El confesor da al fiel, después de la confesión sincera de sus pecados, la absolución: «Dios, Padre misericordioso, que reconcilió al mundo consigo por la muerte y la resurrección de su Hijo y envió al Espíritu Santo para el perdón de los pecados, te conceda, por el ministerio de la Iglesia, el perdón y la paz. Y yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo» 

Acto de Contrición

¡Señor mío, Jesucristo!

Dios y Hombre verdadero, Creador, Padre y Redentor mío, por ser Vos quien sois y porque os amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón haberos ofendido; propongo firmemente nunca más pecar,
apartarme de todas las ocasiones de ofenderos,
confesarme y, cumplir la penitencia que me fuera impuesta.

Ofrezco, Señor, mi vida, obras y trabajos,
en satisfacción de todos mis pecados, y, así como lo suplico, así confío en vuestra bondad y misericordia infinita, que los perdonareis, por los méritos de vuestra preciosísima sangre, pasión y muerte, y me daréis gracia para enmendarme, y perseverar en vuestro santo amor y servicio, hasta el fin de mi vida.
Amén.

Confesarse por teléfono o por internet, ¿por qué no es válido?




¿Es posible confesarse por teléfono o internet? La experiencia de la pandemia de covid-19 nos ha llevado a una cuarentena que trastornó nuestra vida y tal parece que esa enfermedad se va a quedar activa entre nosotros durante mucho tiempo.

Qué impresionante ver las ciudades del mundo y las nuestras con sus plazas y calles vacías. Se cerraron todos los lugares de encuentro entre las personas, playas, estadios, centros nocturnos, restaurantes, jardines y parques.

También se cerraron las iglesias y no se celebraron los Sacramentos a no ser a través de los medios de comunicación y, de esa forma, tenemos la experiencia de las comunidades virtuales en tiempo real.  Muchos católicos participan aún de la Santa Misa a larga distancia y para ellos es un consuelo espiritual muy importante… pero no es lo mismo.

Nos quedamos con hambre de la Eucaristía, en ocasiones nos hemos quedado sin comulgar y tuvimos que conformarnos con nuestra comunión espiritual. Sufrimos un ayuno eucarístico y tenemos hambre de la Santa Comunión.

¿Se puede recibir la comunión de forma virtual?

Desde luego que NO. Se puede participar en la celebración de una Misa trasmitida en vivo por televisión o internet, pero el hecho de que no podamos recibir la santa Comunión en ella nos hace ver la necesidad de la presencia real tanto del ministro como la de los participantes en la celebración Eucarística.

Las Misas trasmitidas son un excelente consuelo para los ausentes, pero no se pueden celebrar los sacramentos a larga distancia. La celebración de cada uno exige la presencia física.

Lo mismo pasa con el Sacramento de la Reconciliación.

La confesión debe ser presencial

Aunque ustedes no lo crean todavía hay mucha, mucha, gente que acostumbra confesarse con frecuencia. Para ellos, el no tener sacerdotes disponibles debe ser  una experiencia dolorosa, sobre todo porque sienten muy cercano el peligro de la muerte.

Indudablemente, al reabrirse las iglesias los sacerdotes tendremos mucho trabajo confesando a los feligreses que también tienen hambre del perdón de los pecados por medio del Sacramento de la Reconciliación.

¿Es posible confesarse por teléfono?

Una pregunta frecuente que los fieles han hecho durante el aislamiento social por la pandemia de covid-19 es si se puede hacer una confesión por teléfono o por alguna plataforma en internet.

La respuesta también es NO, no es posible confesarse por teléfono, ni por internet. 

Y no se trata solamente de la inseguridad de las vías de comunicación que pondrían en peligro el secreto de la confesión, sino del hecho de que para la validez de los sacramentos se requiere la presencia física del ministro y de los que reciben los sacramentos. Así lo pide la Iglesia.

A mí me maravilla la previsión de la Iglesia y su oportunidad en cualquier tiempo de nuestra vida. El 20 de junio de 1602, la Iglesia, a través de un decreto del Santo Oficio, declaraba que no es válido confesarse ante un confesor ausente y recibir la absolución de él, por medio de una carta o de un mensajero.

En 2002 la Iglesia publicó el documento La Iglesia e Internet, en el que leemos (9): “La realidad virtual no sustituye la presencia real de Cristo en la Eucaristía, ni la realidad sacramental de los otros Sacramentos, ni tampoco el culto compartido en una comunidad humana de carne y hueso. No existen los Sacramentos en internet…”

Un obispo dijo…

Se supone que los obispos son los maestros de la comunidad, pero no falta por ahí algún obispo que enseña algo diferente a lo que enseñan los demás obispos, lo que no tendría importancia si fuera sobre algo circunstancial.

Lamentablemente alguno ha permitido a sus fieles confesarse por teléfono. Esperamos que la Iglesia lo invite a retractarse. Cabe la posibilidad de que haya sido mal interpretado y que lo que quiso decir es que es posible prepararse a la confesión por teléfono en espera del confesor.

¿Hay confesión espiritual?

Sí. Se llama “un acto de contrición”. La contrición es una respuesta del pecador a la gracia divina que lo lleva a detestar el pecado no por miedo al castigo, sino por el amor de Dios y a Dios. Implica el propósito de no volver a pecar, de satisfacer por los pecados cometidos y la promesa de confesarse lo antes posible.

La Iglesia Católica siempre ha enseñado que, por ejemplo, en peligro de muerte o ante la ausencia de confesores, un acto de contrición perfecta nos justifica delante de Dios en espera de recibir la reconciliación de la Iglesia.

El acto penitencial al principio de nuestras Misas puede llamarse una reconciliación espiritual y lo mismo pasa con otros actos de piedad.

En las escuelas de los jesuitas se enseñaba a los alumnos a hacer un examen de conciencia antes de ir a dormir y a pedir perdón de los pecados.

Los fieles piadosos acostumbran rezar el “Yo pecador” en ocasiones de peligro.

Es bueno ser conscientes de que somos pecadores, y es bueno pedir constantemente perdón a Dios y dar las gracias por su gracia.

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