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La experiencia sobrenatural de un sacerdote luego de recibir el sacramento de la Confesión



¡Corre, corre… como una bala de cañón hacia la misericordia! No creas la mentira. ¡El sacramento de la Confesión es una de las cosas más grandes sobre la faz de la Tierra! ¿Por qué?

En pocas palabras, se debe al hecho de que tenemos la garantía, después de hacer una Confesión humilde y totalmente sincera, de que la Sangre de Jesucristo fluya sobre nuestras almas.

¡Esta es la Sangre que salva! ¡Amigo mío, este es el limpiador definitivo!

¡Santo Tomás de Aquino afirma que esta Sangre puede limpiar todo el universo de pecado con una sola gota!

Cada vez que tengo el sublime honor de participar de este Sacramento como sacerdote, casi puedo ver la Sangre que brota de mi mano mientras concedo a los penitentes la absolución, liberándolos de sus pecados.

Permítanme reiterar lo que Nuestro Señor mismo le dijo a Santa Faustina sobre este hermoso sacramento de la Divina Misericordia:

“Cuando vas a confesarte, a esta fuente de misericordia, la Sangre y el Agua que brotaron de Mi Corazón siempre fluyen sobre tu alma. (Diario de Santa Faustina, 1602)

Tomemos un momento y analicemos este hermoso pasaje.

Cuando entras en el confesionario, te sumerges en una “fuente de misericordia”. ¡ Estás lanzando un cañonazo a las fuentes divinas de la Misericordia! Quiero animarte a que saltes. ¡El agua es abundante, cálida y rebosa de perdón!

Fíjate en lo que dice Nuestro Señor: “La Sangre y el Agua que brotaron de Mi Corazón SIEMPRE fluyen sobre tu alma”.

La confesión es un encuentro casual con el Corazón del Redentor, ¡una garantía de inmersión en la Sangre que brotó el día de la Crucifixión!

Permítanme compartir lo que sucedió la primera vez que realmente confesé todos mis pecados.

Esto ocurrió en el campus de la Universidad de Missouri en 2007.

Después de una humilde, entera y sincera confesión, en la que literalmente vomité mis pecados mezclados con lágrimas, salí de la Iglesia después de haber cumplido mi penitencia. Una vez que entré a la luz del sol, los colores eran literalmente diferentes.

No estoy siendo poético o metafórico. Vi los colores más vívidamente que nunca. ¿Cuál podría haber sido la razón de esto?

Sé lo que fue. Era la Sangre Preciosa de Jesús desengrasando mi alma , un millón de veces más fuerte que el jabón para platos. Fue un encuentro con la humanidad sagrada del Hijo de Dios en la persona del sacerdote, ¡y el Buen Dios me quitó las escamas de los ojos!

Por favor, queridos hermanos y hermanas: ¡hagan una pausa! ¡Corre hacia la libertad! No importa cuán manchada, sucia o grasienta esté tu prenda bautismal, corre con confianza a los brazos de tu amoroso Salvador.

Haz una bala de cañón en el estanque sagrado de la Divina Misericordia y nunca mires atrás.

Cuando salgas de ese estanque lleno de la Sangre y el Agua de Jesús, serás ennoblecido, capacitado y conectado para amar a tu Padre Celestial más que nunca.

Todos vuestros hermanos y hermanas se beneficiarán de ello, los ángeles se regocijarán y tendréis la seguridad de que estáis en comunión con la Santísima Trinidad.

Una vez más, no lo dudes. Corre con vigor para lanzar una bala de cañón hacia ese Estanque Sagrado.

“¡Oh Sangre y Agua que brotasteis del Corazón de Jesús como fuente de misericordia para nosotros, en Vos confío!”

Santa Faustina, ora para que todos los que lean este artículo se encuentren con el abrazo de nuestro Misericordioso Salvador. ¡San Miguel y todos los Santos Ángeles, protégelos en su camino a la piscina!

¿Conoces las cuatro "C" de una buena confesión?



La confesión es la expresión de nuestros pecados a Dios a través del confesor. Ejemplo de ello es la bienvenida que da el sacerdote en el Sacramento de la Reconciliación (Confesión) al penitente: “El Señor esté en tus labios y en tu corazón para que, con dignidad y confianza, puedas confesar todos tus pecados”

El Catecismo de la Iglesia nos dice en el núm. 444:

Cristo instituyó el sacramento de la Penitencia en favor de todos los miembros pecadores de su Iglesia, ante todo para los que, después del Bautismo, hayan caído en el pecado grave y así hayan perdido la gracia bautismal y lesionado la comunión eclesial. El sacramento de la Penitencia ofrece a éstos una nueva posibilidad de convertirse y de recuperar la gracia de la justificación. Los Padres de la Iglesia presentan este sacramento como “la segunda tabla (de salvación) después del naufragio que es la pérdida de la gracia”.

¿Conoces las cuatro C de una buena confesión? 

La tradición en la Iglesia retoma, desde de la experiencia de los santos, estos consejos que siguen vigentes, para una buena y fructífera confesión.

Clara

Expresar al confesor cuál y cuáles son los pecados cometidos, sin omitir, disfrazar, ni justificar, sólo y de manera simple la falta a Dios y al hermano y a nosotros mismos. Como dice el dicho “las cuentas claras y el chocolate espeso”. Por vergüenza nos cuesta trabajo llamarle a las cosas por su nombre y/o que el confesor adivine lo que hicimos. La razón es que eso ayuda a que seamos ayudados a buscar el remedio y la solución, también ayuda a clarificar la gravedad del pecado; pensamos que todo es grave y puede ser leve, al revés, que pensemos que algo grave es leve. Es una ayuda a tener una conciencia clara, no escrupulosa ni temerosa ante Dios. Si somos claros con nosotros, llamando al pecado por su nombre, tendremos un corazón claro y limpio ante Dios. Preciso, debo manifestar mis pecados, no los de los demás que me rodean y con los cuales convivo.

Concisa

No se trata de hablar mucho, se trata de reconocer y dejarnos cobijar en la misericordia divina que, de antemano, ya conoce y sabe lo que hay en nuestro corazón. No por mucho hablar creamos que seremos escuchados. Cuando es conciso, es capaz de centrarse en lo importante y lo necesario, de identificar donde está el pecado y poner el remedio en donde se debe. Evitar andarnos por las ramas, pensando que al marear al confesor, ya mareamos a Dios; como dice la sabiduría de nuestros mayores “Dios todo lo ve y lo sabe”.

Contrita

Reconocimiento preciso de lo que hemos hecho mal, de las ofensas cometidas, con el dolor por nuestros pecados y el reconocer con humildad que en Dios está la auténtica liberación y necesito ser un hombre libre. Me humillo y me levanto libre de las consecuencias de mis malas acciones de las que he hecho conciencia y reconozco que debo evitar.

Completa

No debo ocultar nada por temor o vergüenza. No temer al juicio de Dios ni de los hombres; pretender engañar a Dios y al confesor, es engañarme a mí mismo e impedir que Dios, en su infinita bondad y misericordia, me permita reconciliarme plenamente con Él y la Iglesia. Si la confesión es a medias, el perdón y el cambio no puede ser a medias…

El perdón de Dios nos viene de la victoria de Cristo sobre la cruz en su pasión, muerte y resurrección; Jesús ha pagado con su sangre por nuestros pecados. Jesús, el Mesías resucitado da a sus discípulos y sucesores el poder de perdonar, en su nombre, los pecados cometidos después del bautismo, a aquellos que arrepentidos y con propósito de enmienda se acogen a su Divina Misericordia: “Sopló sobre ellos y les dijo: Reciban el Espíritu Santo. A quienes les perdonen los pecados, Dios se los perdonará; a quienes se los retengan, Dios se los retendrá” (Jn 20, 22-23).

El confesor da al fiel, después de la confesión sincera de sus pecados, la absolución: «Dios, Padre misericordioso, que reconcilió al mundo consigo por la muerte y la resurrección de su Hijo y envió al Espíritu Santo para el perdón de los pecados, te conceda, por el ministerio de la Iglesia, el perdón y la paz. Y yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, y del Hijo y del Espíritu Santo» 

Acto de Contrición

¡Señor mío, Jesucristo!

Dios y Hombre verdadero, Creador, Padre y Redentor mío, por ser Vos quien sois y porque os amo sobre todas las cosas, me pesa de todo corazón haberos ofendido; propongo firmemente nunca más pecar,
apartarme de todas las ocasiones de ofenderos,
confesarme y, cumplir la penitencia que me fuera impuesta.

Ofrezco, Señor, mi vida, obras y trabajos,
en satisfacción de todos mis pecados, y, así como lo suplico, así confío en vuestra bondad y misericordia infinita, que los perdonareis, por los méritos de vuestra preciosísima sangre, pasión y muerte, y me daréis gracia para enmendarme, y perseverar en vuestro santo amor y servicio, hasta el fin de mi vida.
Amén.

Confesarse por teléfono o por internet, ¿por qué no es válido?




¿Es posible confesarse por teléfono o internet? La experiencia de la pandemia de covid-19 nos ha llevado a una cuarentena que trastornó nuestra vida y tal parece que esa enfermedad se va a quedar activa entre nosotros durante mucho tiempo.

Qué impresionante ver las ciudades del mundo y las nuestras con sus plazas y calles vacías. Se cerraron todos los lugares de encuentro entre las personas, playas, estadios, centros nocturnos, restaurantes, jardines y parques.

También se cerraron las iglesias y no se celebraron los Sacramentos a no ser a través de los medios de comunicación y, de esa forma, tenemos la experiencia de las comunidades virtuales en tiempo real.  Muchos católicos participan aún de la Santa Misa a larga distancia y para ellos es un consuelo espiritual muy importante… pero no es lo mismo.

Nos quedamos con hambre de la Eucaristía, en ocasiones nos hemos quedado sin comulgar y tuvimos que conformarnos con nuestra comunión espiritual. Sufrimos un ayuno eucarístico y tenemos hambre de la Santa Comunión.

¿Se puede recibir la comunión de forma virtual?

Desde luego que NO. Se puede participar en la celebración de una Misa trasmitida en vivo por televisión o internet, pero el hecho de que no podamos recibir la santa Comunión en ella nos hace ver la necesidad de la presencia real tanto del ministro como la de los participantes en la celebración Eucarística.

Las Misas trasmitidas son un excelente consuelo para los ausentes, pero no se pueden celebrar los sacramentos a larga distancia. La celebración de cada uno exige la presencia física.

Lo mismo pasa con el Sacramento de la Reconciliación.

La confesión debe ser presencial

Aunque ustedes no lo crean todavía hay mucha, mucha, gente que acostumbra confesarse con frecuencia. Para ellos, el no tener sacerdotes disponibles debe ser  una experiencia dolorosa, sobre todo porque sienten muy cercano el peligro de la muerte.

Indudablemente, al reabrirse las iglesias los sacerdotes tendremos mucho trabajo confesando a los feligreses que también tienen hambre del perdón de los pecados por medio del Sacramento de la Reconciliación.

¿Es posible confesarse por teléfono?

Una pregunta frecuente que los fieles han hecho durante el aislamiento social por la pandemia de covid-19 es si se puede hacer una confesión por teléfono o por alguna plataforma en internet.

La respuesta también es NO, no es posible confesarse por teléfono, ni por internet. 

Y no se trata solamente de la inseguridad de las vías de comunicación que pondrían en peligro el secreto de la confesión, sino del hecho de que para la validez de los sacramentos se requiere la presencia física del ministro y de los que reciben los sacramentos. Así lo pide la Iglesia.

A mí me maravilla la previsión de la Iglesia y su oportunidad en cualquier tiempo de nuestra vida. El 20 de junio de 1602, la Iglesia, a través de un decreto del Santo Oficio, declaraba que no es válido confesarse ante un confesor ausente y recibir la absolución de él, por medio de una carta o de un mensajero.

En 2002 la Iglesia publicó el documento La Iglesia e Internet, en el que leemos (9): “La realidad virtual no sustituye la presencia real de Cristo en la Eucaristía, ni la realidad sacramental de los otros Sacramentos, ni tampoco el culto compartido en una comunidad humana de carne y hueso. No existen los Sacramentos en internet…”

Un obispo dijo…

Se supone que los obispos son los maestros de la comunidad, pero no falta por ahí algún obispo que enseña algo diferente a lo que enseñan los demás obispos, lo que no tendría importancia si fuera sobre algo circunstancial.

Lamentablemente alguno ha permitido a sus fieles confesarse por teléfono. Esperamos que la Iglesia lo invite a retractarse. Cabe la posibilidad de que haya sido mal interpretado y que lo que quiso decir es que es posible prepararse a la confesión por teléfono en espera del confesor.

¿Hay confesión espiritual?

Sí. Se llama “un acto de contrición”. La contrición es una respuesta del pecador a la gracia divina que lo lleva a detestar el pecado no por miedo al castigo, sino por el amor de Dios y a Dios. Implica el propósito de no volver a pecar, de satisfacer por los pecados cometidos y la promesa de confesarse lo antes posible.

La Iglesia Católica siempre ha enseñado que, por ejemplo, en peligro de muerte o ante la ausencia de confesores, un acto de contrición perfecta nos justifica delante de Dios en espera de recibir la reconciliación de la Iglesia.

El acto penitencial al principio de nuestras Misas puede llamarse una reconciliación espiritual y lo mismo pasa con otros actos de piedad.

En las escuelas de los jesuitas se enseñaba a los alumnos a hacer un examen de conciencia antes de ir a dormir y a pedir perdón de los pecados.

Los fieles piadosos acostumbran rezar el “Yo pecador” en ocasiones de peligro.

Es bueno ser conscientes de que somos pecadores, y es bueno pedir constantemente perdón a Dios y dar las gracias por su gracia.

¿Qué pasa si un enfermo de Covid muere sin confesión? Leer esto te reconfortará.


En estos tiempos, marcados por muchas muertes no anunciadas, donde es común escuchar que tal o cual persona falleció por causas de la pandemia, surge esta inquietante pregunta: ¿qué pasa con el alma de N, que muere de covid sin confesión (para bien morir) y tampoco pudo recibir la Unción de los Enfermos?

La gracia de los sacramentos

El Señor Jesucristo -médico de nuestras almas y de nuestros cuerpos-, que perdonó los pecados al paralítico y le devolvió la salud del cuerpo (cf Mc 2,1-12), quiso que su Iglesia continuara, en la fuerza del Espíritu Santo, su obra de curación y salvación, incluso en sus propios miembros.

Esta es la finalidad de los dos Sacramentos de curación: del sacramento de la Penitencia y de la Unción de los Enfermos (CEC 421)

El Señor Jesús, desde el principio del anuncio del Reino de Dios, nos ha invitado, ayer y hoy, y más en estos tiempos a que estemos preparados, pues no sabemos ni el día ni la hora”.

Pero la realidad es otra

No estamos preparados para morir y las muertes por pandemia se multiplicaron y nos agarraron de sorpresa. Los sacerdotes tampoco estábamos preparados para algo así, y en muchos casos nos encontrábamos también resguardados.

En su desesperación, muchos fieles buscaban y no hallaban a un pastor dispuesto; aunque en la mayoría de los casos, ni siquiera lo pensaron o no les dio tiempo, pues la muerte sorprendió agresivamente a las familias.

¿Qué pasa con quien murió de covid sin confesión ni unción de enfermos?

Pero vayamos al punto. “Lo primero es lo primero”, dirían en mi rancho: la misericordia de Dios es infinita y mira el corazón de la persona enferma, las oraciones de los familiares y de la Iglesia.

El Señor se hace presente, en cada momento y circunstancia, en la vida de cada uno de nosotros (sus hijos), quienes, marcados por el Bautismo, fuimos llamados para participar de su vida, de la salvación y de la vida eterna.

Recordemos esta oración: 

Señor, dale el descanso eterno.

R. Y brille sobre él (ella) la luz eterna.

Descanse en paz.

R. Amén.

Su alma y las almas de todos los fieles difuntos, por la misericordia de Dios, descansen en paz.

R. Amén.

La misericordia de Dios

Es decir, si el corazón del hombre se enfrenta al trono de la misericordia con fe, encuentra perdón y compasión, y por ello, el perdón de sus pecados y la salvación eterna.

En los rituales de estos dos Sacramentos hay clara referencia que el modo ordinario es a través de estos sacramentos de curación, del cuerpo y del alma, pero deja abierto el modo extraordinario de recibir dichas gracias, confiadas a la Iglesia.

Esto significa que lo ordinario es lo que nosotros los hombres podemos hacer en comunión de Iglesia, sacerdotes y laicado.

Por su parte, el modo extraordinario deja abierta la puerta a la acción directa de Dios para el perdón de los pecados, a través de un acto de contrición perfecta (como decían los clásicos): “un corazón puro, Señor, no lo rechazas”.

¿Qué es la penitencia interior?

“La penitencia interior es una reorientación radical de toda la vida, un retorno, una conversión a Dios con todo nuestro corazón, una ruptura con el pecado, una aversión del mal, con repugnancia hacia las malas acciones que hemos cometido.

Al mismo tiempo, comprende el deseo y la resolución de cambiar de vida con la esperanza de la misericordia divina y la confianza en la ayuda de su gracia.

Esta conversión del corazón va acompañada de dolor y tristeza saludables que los Padres llamaron animi cruciatus (aflicción del espíritu), compunctio cordis (arrepentimiento del corazón) (cf Concilio de Trento: DS 1676-1678; 1705; Catecismo Romano, 2, 5, 4)”. (CEC 1431)

El amor de Dios nunca quita

Los ritual de los Sacramentos de la Iglesia se centra en la oración comunitaria, la oración de unos por otros, para pedir al Señor que derrame sus gracias sacramentales, pero no cierra, ni puede cerrar las gracias divinas a la intervención directa y amorosa de Dios sobre todos sus hijos, “¡si yo quiero, a ti qué!”;

El amor de Dios misericordioso da siempre de más, nunca quita. Aún en los Sacramentos de la Iglesia se pide y supone para su eficacia redentora, el corazón sincero de aquel que pide y recibe sacramentalmente la absolución.

De modo ordinario y de modo extraordinario, supone la disposición del fiel penitente que al pedir recibe.

Conclusión

Dios quiere que todos los hombres se salven y alcancen la salvación, no quiere que ninguno de sus hijos se pierda; por eso nos ha dado los sacramentos de manera ordinaria.

Pero también  mantiene abierta su gracia para aquellos que de modo extraordinario, en el lecho del dolor y del peligro de muerte le suplican, obtengan el perdón y la redención, siempre y cuando pongan su corazón sincero ante Él, tanto el enfermo como la familia que ora y confía.

¡La misericordia de Dios es para todo aquel que cree en Él y se deja salvar por Él!

Sacerdotes deben alertar de abusos a menores pese al secreto de confesión, advierte ministro francés



"Si un cura se entera, en el marco de la confesión, ya sea de una víctima o de un autor, de la existencia de hechos que están teniendo lugar [...], tiene la imperiosa obligación de poner fin a esos hechos", declaró el ministro.

Los sacerdotes tienen "la imperiosa obligación", cuando se enteran, en el marco de una confesión, de casos de pedocriminalidad, de alertar para "poner fin a esos hechos", consideró este viernes el ministro francés de Justicia, Éric Dupond-Moretti.

"Si un cura se entera, en el marco de la confesión, ya sea de una víctima o de un autor, de la existencia de hechos que están teniendo lugar [...], tiene la imperiosa obligación de poner fin a esos hechos", declaró el ministro a la cadena LCI.

Cuando le preguntaron si un sacerdote que no lo hace debe ser condenado, el ministro dijo que "debe serlo" pues constituye un "no impedimento del crimen o del delito".

SECRETO "ABSOLUTO"

Elmiércoles de la semana pasada, un día después de que se publicara un demoledor informe sobre abusos a menores en la Iglesia Católica en Francia, el presidente de la Conferencia Episcopal francesa, monseñor Éric de Moulins-Beaufort, declaró que el secreto de confesión era "más fuerte que las leyes de la República".

En la práctica, un cura al que un fiel le confiesa un delito grave en el confesionario, no puede informar a la policía, ya que el secreto es "absoluto" en virtud del derecho canónico, según el arzobispo francés.

Pero, en su informe la Comisión Independiente sobre los Abusos Sexuales en la Iglesia (Ciase) recomendó a la Iglesia que deje claro que la confesión no cubre estos delitos, que deben denunciarse.

En el reporte, la Ciase cifró en 330.000 los menores agredidos desde 1950 por clérigos o laicos trabajando en instituciones religiosas en Francia.

Falsa confesión de fe Valdense del año 1120, falso Canon Bíblico pre- reforma de 66 libros de los Valdenses


FALSA CONFESIÓN DE FE VALDENSE DEL AÑO 1120, FALSO CANON BÍBLICO PRE-REFORMA DE 66 LIBROS DE LOS VALDENSES

Es sabido que los protestantes anti-católicos recurren a cualquier cita, documento o referencia histórica que puedan encontrar en la Internet, y que les pueda servir en su ofensiva contra la Iglesia Cristiana Católica, y en muchos casos sin importarles mucho analizar el contexto o comprobar la veracidad o autenticidad de dichas evidencias. De esta forma, su incontrolada beligerancia hacia la Iglesia del Señor les impide aplicar hacia sí mismos, la misma rigurosidad que emplean para en cuestionar cada aspecto que expone la Iglesia Cristiana Católica, y por ello es inusual que este tipo de protestante reflexione sobre la situación y diversidad doctrinal de su propio y muy fragmentado mundo protestante.

Dicho lo anterior, en el tema del Canon Bíblico, es sabido que los protestantes se esfuerzan por todos los medios en encontrar cualquier prueba, evidencia o indicio histórico del cual puedan aferrarse para apoyar su tesis de que antes de la reforma existía una Biblia o Canon de 66 libros, tal como el que cargan bajo el brazo los domingos camino a sus cultos.

En varias páginas web y también en debates en Internet sobre el Canon Bíblico, se puede leer y escuchar a ciertos protestantes, recurrir a una supuesta “Confesión de Fe Valdense del año 1120”, para afirmar, en tono triunfalista, que antes de la reforma existía un Canon de 66 libros. Algunos no se quedan allí, y se aventuran a afirmar que los Valdenses preservaron la Biblia a través de los siglos y que se les puede trazar la historicidad hasta los apóstoles, cosa que es una imposibilidad histórica y que abordaré en otra entrega.

Volviendo al tema del Canon, una de las páginas donde se puede leer dicha “Confesión de Fe Valdense del año 1120” es la siguiente:

Haz clic para acceder a waldensian_confession_1120.pdf

El artículo relativo al Canon Bíblico es el Artículo 3, cuya traducción al español sería así:

“Artículo 3. Reconocemos las Sagradas Escrituras Canónicas, los Libros de la Santa Biblia. Los libros de Moisés Llamado Génesis, Éxodo, Levítico, Números, Deuteronomio, Josué, Jueces, Rut, 1 Samuel, 2 de Samuel, 1 de los Reyes, 2 de los Reyes, 1 Crónicas, 2 Crónicas, Esdras, Nehemías, Ester, Job, Salmos Los Proverbios de Salomón, Eclesiastés, o el Predicador, El Canto de Salomón, Las Profecías de Isaías, y Jeremías. Las lamentaciones de Jeremías. Ezequiel, Daniel, Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahúm, Habacuc, Sofonías, Ageo, Zacarías, Malaquías. Aquí siguen los libros apócrifos, que no se reciben de los hebreos. Pero nosotros los leemos (como dice San Jerónimo en su Prólogo a los Proverbios) para la instrucción del Pueblo, no para confirmar la Autoridad de la Doctrina de la Iglesia: 2 Esdras, 3 Esdras, Tobías, Judith, Sabiduría, Eclesiástico, Baruc, con la Epístola de Jeremías, Ester desde el décimo capítulo hasta el final, La canción de los tres Niños en, La Historia de Susana, La Historia del Dragón, 1 Macabeos, 2 Macabeos, 3 macabeos.“

La fuente primaria de esta supuesta “Confesión de Fe Valdense del año 1120” es el libro “A History of the Evangelical Churches of the Valleys of Piedmont” de Samuel Morland, del año 1658:


En dicho libro se puede apreciar dicha supuesta confesión de fe en las páginas 30 y 31:


Se debe notar en primer lugar que el libro de Morland es de 1638, y que indica que la confesión está “copiada de ciertos manuscritos datados del año 1120”, sin embargo, no cita ningún pie de nota, referencia, bibliografía, o referencias de museos o sitios históricos donde se puedan verificar que los originales de dichos manuscritos datan del año 1120. Ello levanta serias dudas sobre la autenticidad de esta confesión y por ello, otros historiadores han revisado y concluido que es una falsificación. A continuación citaré solo un pequeño, pero representativo grupo de ellos.

La primera fuente histórica es el libro “Historia del Canon de las Sagradas Escrituras” del académico y erudito bíblico Edward Reuss, pag. 264.




En la página 264 indica claramente, sobre la pretendida confesión de fe de 1120, que es una falsificación y que se data al menos para el año 1532.

2. La segunda referencia es el libro “The Waldensian Manuscripts”, del respetado erudito James Henthorn Todd, DD. Pag 94.


Henthorn indica que la antigüedad de dicha confesión de fe, junto con otros manuscritos valdenses atribuidos a 1120, ha sido COMPLETAMENTE REFUTADA. En este libro se evidencia la falsificación presentada por Samuel Morland.

3. La tercera referencia es el libro “Origen, persecución y doctrina de los Valdenses” del académico Pius Melia, D. D., Pag 92.


En esta obra, se reafirma la falsificación de la “confesión de fe valdense de 1120”, la cual más bien se remonta al siglo XVI.

4 . La cuarta referencia proviene de los mismos historiadores Valdenses, quienes reconocen que la confesión NO es de 1120 sino que es una falsificación, y que corresponde a un documento de 1531 que falsamente se le quiso atribuir la fecha de 1120. Podemos verificarlo en la misma página de bibliografía valdense:

http://www.bibliografia-valdese.com/jspwald/de/detail.php?id=5865&lang=en

Este sitio es un proyecto conjunto de la fundación “Foundation Centro Culturale Valdese” en Torre Pellice, la “Società di Studi Valdesi” en Torre Pellice, y la “Reformierter Bund in Deutschland, Hannover”.

Tanto la Sociedad Sudamericana de Historia Valdense, la Societá di Studi Valdesi, como la Societé d’Histoire Vaudoise confirman que la “confesión de fe de 1120”, data realmente del año 1531.



5. La quinta referencia también proviene de historiadores valdenses. En el Bollettino della Societa Di Studi Valdesi de 1972, se puede leer lo siguiente: “Se sabe que la llamada confesión de 1120, Y FECHADA POR NUESTROS HISTORIADORES EN 1531, se encuentra en Perrin, que la llama Confession de foy des Vaoudois.”


Conclusión

Si bien las fuentes que he puesto son más que suficientes, hay otras fuentes que también confirman la falsedad de la confesion de fe valdense del año 1120. En ese sentido, sigue sin existir una biblia o Canon de 66 libros antes de la reforma, tal como lo tienen los protestantes actualmente, y el supuesto canon valdense pre-reforma de 66 libros queda refutado.

Fuente  sanjudastadeomilagros.wordpress.com

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Nunca se deben callar pecados en la confesión. Rogar a Dios para perder la vergüenza y no callarlos


NUNCA SE DEBEN CALLAR PECADOS EN LA CONFESIÓN. ROGAR A DIOS PARA PERDER LA VERGÜENZA Y NO CALLARLOS

En la provincia de Güeldres hubo una mujer que por espacio de once años calló en la confesión un pecado de deshonestidad que había cometido.

Pasando por el pueblo en que vivía esta mujer, dos religiosos de la Orden de Santo Domingo, uno Sacerdote y otro lego, se acercó ella al primero, creyendo ocasión oportuna de confesar a aquel sacerdote desconocido el pecado que tantas veces había callado, y le pidió que la oyese en confesión.

Accedió gustoso el religioso y, mientras la confesaba, el compañero permaneció en oración en la misma iglesia, y luego observó que mientras aquella mujer se confesaba, salían de su cuerpo muchas y asquerosas culebras, y que una más disforme y asquerosa que las demás, asomaba de cuando en cuando la cabeza para salir, pero luego volvía a recogerse, y que cuando se hubo recogido del todo al terminar la confesión, todas las demás que habían salido volvieron a entrar en aquella mujer.


Acabada la confesión, los dos religiosos siguieron su camino, y andadas algunas millas, el religioso lego refirió al otro la visión que había tenido en la iglesia. Este sospechó al momento lo que aquella visión significaba, y determinó volver atrás con el objeto de decir a aquella mujer que volviese al confesonario, más al llegar al pueblo les dieron la infausta noticia de que aquella mujer había muerto repentinamente al entrar en su habitación.

Consternados los religiosos al oírlo, determinaron pasar tres días en ayuno y oración, pidiendo a Dios que se dignase manifestarles el estado de aquella alma en el otro mundo. En la noche del tercer día se les apareció aquella infeliz mujer rodeada de fuego y arrastrada por un demonio en figura de dragón; al rededor del cuello tenía enroscadas dos serpientes que la oprimían la garganta y le mordían cruelmente los pechos; en la cabeza una víbora horrible que la punzaba sin cesar; en los ojos dos sabandijas asquerosísimas que la roían sin descanso; en los oídos saetas encendidas que la penetraban hasta el cerebro; de su boca salían llamas de fuego, y dos monstruosos perros la atenazaban y mordían continuamente las manos y los pies, atados con cadenas de fierro candente; y dando un espantoso grito, dijo:

«¡Ay de mí! Yo soy la misma desventurada mujer que habéis confesado hace tres días! Aquellas asquerosas culebras que salían de mí, eran los pecados que iba confesando, y aquella otra más disforme era figura de un pecado deshonesto que siempre he callado por vergüenza en las confesiones.

Al ver en vos un confesor desconocido, intenté confesarlo, pero el demonio me sugirió tal vergüenza que volví a callarlo como siempre. Por eso ha visto vuestro compañero que al terminar la confesión, se recogió definitivamente, y con él volvieron a mi todos los demás que había confesado. ¡Ay¡ y ¡cuánto me atormentan ahora y cuan fácilmente pude confesarlos todos y salvarme! Pero cansado Dios de sufrirme tantos pecados y sacrilegios, me mandó una muerte repentina, y terminé en los infiernos, en donde soy atormentada horrorosamente por los demonios en figura de horribles animales… Esta víbora que traigo en la cabeza, es un demonio que me atormenta espantosamente por mi orgullo y soberbia, y por la vanidad y esmerado cuidado en adornarme para servir de lazo a las almas de los jóvenes incautos y lujuriosos; las sabandijas que me roen los ojos, son otros dos demonios que me atormentan sin cesar por mis miradas impuras y libidinosas; estas saetas encendidas me traspasan los oídos, por haber puesto atención y escuchado con gusto murmuraciones, palabras torpes y canciones deshonestas; estas serpientes que traigo enroscadas al cuello son también otros dos demonios que me ahogan la garganta y me muerden los pechos, por haberlos llevado siempre con poco recato, y a veces de un modo provocativo, por los abrazos deshonestos que he admitido, y por las alhajas y preseas con que excesivamente me he adornado; estos perros rabiosos me atenazan las manos y los pies por mis malas acciones y tocamientos impuros, por mis bailes y paseos a los sitios en que se ofendía a Dios; pero lo que más me atormenta sobre todo esto, es este formidable dragón que me arrastra: este me roe y despedaza las entrañas, me punza el corazón, me aprieta y atormenta en todos los miembros que han servido a la iniquidad, me recuerda todos mis pecados, y por cada especie de ellos me da un tormento particular insufrible… ¡Desgraciada de mí! ¡Ya no tengo remedio! ¡Para mí se acabó ya el tiempo de la misericordia! ¡Ay! ¡Y cuan fácilmente pude salvarme! ¡Oh maldita vergüenza que me has abandonado para pecar, pero me has atado para confesarme!»

Dicho esto, dio un grito espantoso, se abrió la tierra y el horrible dragón la arrastró consigo a los infiernos, en donde ningún tormento jamás tendrá fin.

***

Hay que orar por los que se confiesan, para que sean capaces de vencer la vergüenza y no callen los pecados.

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La importancia de que haya un confesionario en cada iglesia


LA IMPORTANCIA DE QUE HAYA UN CONFESIONARIO EN CADA IGLESIA
Por Jesús Mondragón 

Acudí a una parroquia de otra comunidad a confesarme, porque en la mía no hay propiamente un confesionario. Existe una habitación pequeña contigua a la parroquia a un lado de las bancas, donde esperan las personas que hacemos fila para recibir el Santo Sacramento de la reconciliación. 

El problema recide en que la puerta de ese "confesionario" se queda abierta y siempre se alcanzan a percibir algunas palabras al vuelo, hacia el exterior, de las personas que se están confesando y son captadas por los de afuera. Por esa razón, decidí ir junto con mi esposa, asistir a otra parroquia. 

Pero la situación se complicó, cuando con horror descubrimos que en ésta tampoco existe un confesionario en forma y lo que es peor, al menos en mi parroquia es una habitación con la puerta abierta junto a las bancas, acá, era en las propias bancas donde se administra el Sacramento, e inmediatamente a un lado, la "fila" de gente que espera confesarse. El silencio del recinto era absoluto, podía casi escuchar a las arañas escalar la pared. Mi esposa y yo intercambiamos miradas y sin mediar palabra decidimos emprender la huída. 

Y es que en las tres últimas comunidades donde hemos recidido ¡no existe confesionario! E inmediatamente me pregunté: Si así como nosotros que estamos acostumbrados a confesar nuestras faltas, decidimos no hacerlo ahí por la falta de privacidad e intimidad necesarias, ¿Cuántas personas no acuden a confesarse por lo mismo? Habiendo en las parroquias antes mencionadas, salones y salones para los diversos ministerios ¿y no se pudo designar un espacio adecuado para algo tan serio como lo es el Sacramento de la reconciliación? De por sí, uno que es un miserable pecador, no es que esté precisamente orgulloso de sus miserias, como para todavía exponerlas a la escasa concurrencia al "confesionario" y siendo mi esposa una de ellas pues con mayor razón.



Entonces comprendí, por qué son tantos los que acuden a comulgar, pero sólo unos cuantos los que recurren a la confesión. Es como si algunas veces nuestros mismos sacerdotes hubieran olvidado darle la seriedad que merece el Sacramento y cualquier lugar resultara bueno para realizarlo sin tener en cuenta los sentimientos de las personas. 

Recordé el testimonio de Fernando Casanova, el famoso predicador católico, antes pastor pentecostal convertido al catolicismo, en el que narra cómo, la primera vez que se confesó, buscó un lugar donde hubiese un confesionario con paredes gruesas, del que no se escapara ni una sola palabra. Creo que todo aquel que desea confesarse desearía lo mismo que Fernando Casanova. Y es que cuando uno está arrepentido de sus pecados, siente la urgencia de confesarlos, más no de hacerlos del dominio público, ya es bastante con sentirse miserable por haberle fallado al Señor, como para encima, irme a enterar de las fallas de los demás y que ellos sepan las mías. 

He acudido a otros lugares donde uno ingresa por una puerta y por otra el sacerdote, una luz verde indica que el confesionario está libre y una roja cuando está ocupado. Eso es confesarse como Dios manda y uno se siente con toda la confianza de reconciliarse con el Señor. Sabemos que no todas las parroquias cuentan con los recursos adecuados como para algo así, ya sea por falta de espacio o dinero. Lo importante es proporcionar un mínimo de privacidad. Los acostumbrados confesarse tal vez podamos pasar por alto esos inconvenientes e incomodidades. Pero no sucede así con la mayoría de las personas, que aunque son católicos de nombre, jamás recurren al recibir la reconciliación y menos aún, si a parte lo hacemos un poco más difícil.




Así que, señores párrocos, amados sacerdotes del Dios altísimo, tener un confesionario adecuado es muy importante, ¿No se han puesto a pensar, cuántas almas arrepentidas se pierden por no sentirse cómodos para acceder a la reconciliación? Y más cuando han acumulado años y años de pecados. Nunca resulta fácil confesarlos. Por caridad al prójimo, por amor a Dios, he ahí la importancia de un confesionario... 

PD. Mejor me voy a confesar a mi parroquia. 

PAX ET BONUM 

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Condénanse muchos por callar pecados en confesión


CONDÉNANSE MUCHOS POR CALLAR PECADOS EN CONFESIÓN
(Una lectura impresionante e imprescindible)
Por Padre Juan Eusebio Nieremberg S.J 

Por esto el enemigo común (el demonio) procura poner gran dificultad en la confesión de los pecados, y se ha visto estar ahogando a los penitentes para que no lo pronuncien, en lo cual anda muy solícito, como fue revelado a un santo Padre, que le vió andar muy orgulloso por los confesonarios, y preguntando qué hacía, dijo que restituía lo que había quitado. Quito a los hombres, dice, la vergüenza al tiempo de pecar, para que pequen con mayor desenvoltura, y la restituyo al tiempo de confesar, porque callen alguna culpa, y queden todas sin perdón. 

Estando el apostólico Padre Juan Ramírez, de nuestra Compañía, y discípulo del venerable Padre Juan de Ávila, confesando a una señora enferma, de muy buena fama, vió su compañero que, de cuando en cuando, del rincón de junto a la cama salía una mano grande, negra y peluda y con grandes uñas, la cual llegaba a la garganta de la señora, y se la apretaba como que la quería ahogar, y que esto sucedió algunas veces. 

Avisado por esto el Padre, que volviese a la casa de aquella mujer, la halló ya muerta. Venido al colegio se puso a encomendar a Dios a la difunta. Al cabo de una hora oyó grandes gemidos y ruido de cadenas, y abriendo los ojos la vió delante, de pies a cabeza rodeada de llamas de fuego azul, declarándole cómo, aunque aquella mañana se había confesado, estaba en los infiernos porque, dice, no confesé bien ni enteramente; y Dios me manda que para confusión mía, y escarmiento de otros, te diga mis pecados. 

Sabe que en vida de mi madre, viví bien; muerta ella, como quedé sola y hermosa, se aficionó de mí un mancebo, y tanto me molestó, que di lugar a que hiciese su gusto. Después viéndome echada a perder, quisiera casarme; mas no me atreví, ni tampoco tuve ánimo para confesar mi pecado, por no perder la opinión y buen crédito con mi confesor; y por lo mismo no me quise confesar con otro, ni quise tampoco dejar las confesiones y comuniones que tenía de costumbre. 

Proseguí en esto tres años, añadiendo pecados a pecados y sacrilegios a sacrilegios. Quiso el Señor que me volviera a Él y abriese los ojos, y te envió a tí a esta ciudad. Oía tus sermones, y todos ellos clamaban y herían mi corazón, como si a mí solamente los enderezaras. Volvíame a mi casa, encerrábame en un rincón, y allí me hartaba de llorar y me decía a mí misma: ¿Es posible que tú te quieras condenar y padecer para siempre eternos tormentos? ¡Cómo! ¿No tuviste vergüenza de cometer el pecado, y la has de tener para confesarle? ¿No temiste perderte, y temes el remediarte? ¿Qué te ha de hacer el confesor? ¿Ha de matarte? ¿Ha de descubrirte? No. ¿Pues qué temes? Si tienes empacho de uno, busca otro. ¡Cómo! ¿Y has de permitir que se pierdan los consejos saludables de tu buena madre, y la sangre de aquel Señor que la derramó para lavar las manchas de tus pecados? ¡Cómo! ¡Qué en espacio de media hora puedes, si quieres, salir de estas congojas y del infierno, donde estás sumergida, y que no quieras! ¡Ah triste suerte! 

De esta manera lamentaba y lloraba mi miseria, pero al fin sin remedio, porque no acababa de resolverme; y de esta suerte andaba batallando conmigo misma muchas veces, ya acometiendo, ya retirándome, hasta que un día fue tanta la Fuerza que en sermón tuyo, ¡Ho Padre!, hizo a mi corazón, que determiné de confesarme contigo; y porque no se notase ni reparase que mudaba confesor, y se sospechase algo de mí, estando buena y sana me fingí enferma, me eché en la cama, y te envié a llamar. Venido, ya te acuerdas, comencé por pecados ligeros, dejando los graves para la postre. ¡Oh, sí por ellos hubiera comenzado! Mas no lo hice, por vergüenza, y ésta fue creciendo tanto, que me hacía llorar, y al fin me resolví de no descubrir mis llagas al que las había de curar, diciéndome el demonio: Qué harto más perdería con un hombre como tú que con cualquiera otro, y que buena estaba entonces, que después cuando enfermase lo confesaría todo. Creyendo, pues; más al demonio que a Dios, acabé mi confesión sin manifestarte mis mortales heridas. Absolvísteme, o por mejor decir, condenásteme. Apenas habías salido de mi casa, cuando a mí se me quitó el habla, y tras ella el sentido, y últimamente la vida, y con ella la esperanza de salvarme, y de salir del infierno, a que estoy para siempre condenada. 

Díjole el Padre: Yo te ruego que me digas, qué es ahora lo que más te aflige y acongoja. El ver, dijo, que pude con tanta facilidad librarme de estos tormentos, y no me libré, el ver que me pude confesar y no me confesé; el ver que Dios te trajo de tan lejanas tierras para mi remedio, y me quedé sin él, y que teniéndote a mi cabecera para mi salvación, has sido causa de mi mayor condenación, Esto es, Padre, lo que más me aflige, y me causa trasudores eternos. Y diciendo esto, y dando horribles gemidos, y juntamente haciendo mucho ruido con las cadenas, desapareció. 

Otro caso escribe Juan Heroldo, que estando un fraile de San Francisco confesando a otra mujer, vio el compañero, que a cada palabra que decía le salía un escuerzo o sapo por la boca, y yendo a salir una siempre muy grande se tornó a entrar, y luego todos los demás escuerzos que habían salido. Avisado después de esto el confesor tornó a su casa, mas hallóla ya muerta, y encomendándola a nuestro Señor, se le apareció llena de fuego y tormentos infernales, declarándole cómo por haber callado un pecado no se le perdonó ninguno, y era condenada al infierno. 

“DIFERENCIA ENTRE LO TEMPORAL Y LO ETERNO” 

AÑO 1898 

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La confesión de pecados ¿Es bíblica? ¿Creían los primeros Cristianos en la confesión de pecados?


LA CONFESIÓN DE PECADOS YA ERA PRACTICADA POR LOS JUDÍOS DESDE EL ANTIGUO TESTAMENTO Y ORDENADA POR LA LEY DE MOISÉS
Por Jesús Mondragón 

LA CONFESIÓN SE REALIZABA ANTE EL SACERDOTE JUDÍO Y LOS PECADOS ERAN PERDONADOS MEDIANTE EL SACRIFICIO DE ANIMALES

Levítico 5,5-6
el que es culpable en uno de estos casos confesará aquello en que ha pecado, y como sacrificio de reparación por el pecado cometido, llevará a Yahveh una hembra de ganado menor, oveja o cabra, como sacrificio por el pecado. Y el sacerdote hará por él expiación de su pecado.

Números 5,6-8
«Habla a los israelitas: Si un hombre o una mujer comete cualquier pecado en perjuicio de otro, ofendiendo a Yahveh, el tal será reo de delito.
Confesará el pecado cometido y restituirá la suma de que es deudor, más un quinto. Se la devolverá a aquel de quien es deudor.
Y si el hombre no tiene pariente a quien se pueda restituir, la suma que en tal caso se ha de restituir a Yahveh, será para el sacerdote; aparte del carnero expiatorio con que el sacerdote expiará por él.

II Samuel 12,13
David dijo a Natán: «He pecado contra Yahveh.» Respondió Natán a David: «También Yahveh perdona tu pecado; no morirás.

Proverbios 28,13
Al que encubre sus faltas, no le saldrá bien; el que las confiesa y abandona, obtendrá piedad.

Eclesiástico 4:26
No te avergüences de confesar tus pecados, no te opongas a la corriente del río.


LA CONFESIÓN DE PECADOS CONTINUÓ AL SER ANUNCIADA LA LLEGADA DEL MESÍAS

Mateo 3,5-6
Acudía entonces a él Jerusalén, toda Judea y toda la región del Jordán, y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados.


LOS FARISEOS, IGUAL QUE LOS PROTESTANTES PIENSAN QUE ES UNA BLASFEMIA QUE UN HOMBRE PUEDA PERDONAR PECADOS

Mateo 9,2-3
En esto le trajeron un paralítico postrado en una camilla. Viendo Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: «¡ Animo!, hijo, tus pecados te son perdonados.»
Pero he aquí que algunos escribas dijeron para sí: «Este está blasfemando.»


JESUCRISTO NO PERDONÓ AL PARALÍTICO COMO DIOS, LO PERDONÓ COMO HOMBRE

LA BIBLIA DICE QUE DIOS OTORGÓ A LOS HOMBRES EL PODER DE PERDONAR LOS PECADOS

Mateo 9,6-8
Pues para que sepáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar pecados - dice entonces al paralítico -: "Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa".»
El se levantó y se fue a su casa.
Y al ver esto, la gente temió y glorificó a Dios, que había dado tal poder a los hombres.

Juan 20,21-23
Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío.»
Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo.
A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»


LA CONFESIÓN DE PECADOS SIGUIÓ SIENDO PRACTICADA POR LOS APÓSTOLES

Santiago 5,16
Confesaos, pues, mutuamente vuestros pecados y orad los unos por los otros, para que seáis curados. La oración ferviente del justo tiene mucho poder.

Hechos 19,18
Muchos de los que habían creído venían a confesar y declarar sus prácticas.


¿Y si hoy hemos entendido mal estos pasajes de la Escritura? ¿Cómo podemos saber si hemos comprendido correctamente el tema de la confesión? La respuesta a éstas interrogantes es muy sencilla: ¿Creían los primeros cristianos en la confesión de pecados? Si la respuesta a esta pregunta es NO, entonces siempre hemos estado en el error. Pero si la respuesta es SÍ, los equivocados son las sectas. Veamos.

LOS PRIMEROS CRISTIANOS, LOS SUCESORES DE LOS APÓSTOLES, CONOCIDOS COMO PADRES APOSTÓLICOS ENSEÑAN SOBRE LA CONFESIÓN

Didajé (40 - 90 d.C.)

En la iglesia (asamblea) confiesa tus pecados: y no te acerques a tu oración con mala conciencia. Tal es el camino de la vida. 4,14

Orígenes (185 - 254 d.C.)

“Además de esas tres hay también una séptima (razón)
aunque dura y laboriosa: la remisión de pecados por
medio de la penitencia, cuando el pecador lava su
almohada con lágrimas, cuando sus lágrimas son su
sustento día y noche, cuando no se retiene de declarar su pecado al sacerdote del Señor ni de buscar la medicina, a la manera del que dice «Ante el Señor me acusaré a mí mismo de mis iniquidades, y tú
perdonarás la deslealtad de mi corazón»”

“Observa con cuidado a quién confiesas tus pecados; pon a prueba al médico para saber si es débil con los débiles y si llora con los que lloran. Si él
creyera necesario que tu mal sea conocido y curado en presencia de la asamblea reunida, sigue el consejo del médico experto” Homilías sobre los Salmos 37, 2.5

Tertuliano (160 - 220 d.C.)

"rehúyen este deber como una revelación pública de sus personas, o que lo difieren de un día para otro... ¿Es acaso mejor ser condenado en secreto que perdonado en público?" De Paenitencia

Cipriano de Cartago (200 – 258 d.C.)
“Os exhorto, hermanos carísimos, a que cada uno confiese su pecado,
mientras el que ha pecado vive todavía en este mundo, o sea, mientras su confesión puede ser aceptada, mientras la satisfacción y el perdón otorgado por los sacerdotes son aún agradables a Dios” De Lapsi 28; Epístola 16, 2.

Hipólito Mártir (? - 235 d.C.)

“Padre que conoces los corazones, concede a este tu
siervo que has elegido para el episcopado... que en virtud del Espíritu del sacerdocio soberano tenga el poder de «perdonar los pecados» (facultatem remittendi peccata) según tu
mandamiento; que «distribuya las partes» según tu precepto, y que «desate toda atadura» (solvendi omne vinculum iniquitatis), según la autoridad que diste a los Apóstoles” La Tradición Apostólica 3

La confesión de pecados fue enseñada por Moisés en el Antiguo Testamento. Jesucristo dio a los hombres el poder de perdonar los pecados. Los Apóstoles la aconsejan y los primeros Cristianos católicos la han practicado desde el siglo primero. ¿Quiénes son entonces los que están equivocados?

LA CONFESIÓN, SÍ ES BÍBLICA

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La confesión, ministerio de reconciliación


POR QUÉ LOS CATÓLICOS NOS CONFESAMOS? ES BÍBLICA LA CONFESIÓN?

LA CONFESIÓN DE PECADOS A UN SACERDOTE YA SE PRACTICABA DESDE EL
ANTIGUO TESTAMENTO
Por Jesús Mondragón (Saulo de Tarso)

Es común escuchar por parte de los "cristianos" no Católicos y demás miembros de las sectas protestantes, que "la confesión" y en general las doctrinas de la Iglesia Católica no son bíblicas. Tales afirmaciones son más el producto de la ignorancia y el prejuicio, que del estudio e investigación personal de la Biblia.

EL SACRAMENTO DE LA RECONCILIACIÓN, conocido popularmente como confesión tiene sólidas bases bíblicas, tan es así, que ya en el Antiguo Testamento era practicado por el pueblo Judío, veamos.

"el que es culpable en uno de estos casos confesará aquello en que ha pecado". Levítico 5,5.

"Imponiendo ambas manos sobre la cabeza del macho cabrío vivo hará confesión sobre él de todas las iniquidades de los israelitas y de todas las rebeldías y todos sus pecados...". Levítico 16,21.

"Habla a los israelitas: Si un hombre o una mujer comete cualquier pecado en perjuicio de otro, ofendiendo a Yahveh, el tal será reo de delito. Confesará el pecado cometido y restituirá la suma de que es deudor, más un quinto. Se la devolverá a aquel de quien es deudor". Números 5,6-7.

"El que oculta sus delitos, no prosperará; el que los confiesa y cambia, obtendrá misericordia". Proverbios 28,13.


Como acabamos de ver, la confesión de pecados era una costumbre firmemente enraizada en el pueblo judío, tanto así, que al llegar Juan el Bautista...

"Acudía entonces a él Jerusalén, toda Judea y toda la región del Jordán, y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados". Mateo 3,5-6.

La confesión de pecados era pública y no privada como hoy se realiza. Y aunque la confesión se realizaba ante un sacerdote, el perdón hasta ese entonces, se reservaba exclusivamente a Dios, es por eso que al perdonar Jesucristo los pecados del paralítico, los fariseos y maestros de la ley pensaban que Jesús blasfemaba al hablar así y se apropiaba una potestad exclusiva de Dios. Tal y como hoy en día, los "cristianos" de las sectas evangélicas y protestantes piensan que los Cristianos Católicos somos culpables de herejía y de blasfemia al atribuirse la potestad de perdonar los
pecados.

"En esto le trajeron un paralítico postrado en una camilla. Viendo Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: «¡Ánimo!, hijo, tus pecados te son perdonados.» Pero he aquí que algunos escribas dijeron para sí: «Este está blasfemando.» Jesús, conociendo sus pensamientos, dijo: «¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones? ¿Qué es más fácil, decir: "Tus pecados te son perdonados", o decir: "Levántate y anda"? Pues para que sepáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar pecados - dice entonces al paralítico -: "Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa".»
El se levantó y se fue a su casa. Y al ver esto, la gente temió y glorificó a Dios, que había dado tal poder a los hombres". Mateo 9,2-8.


La clave de todo esto es el versículo 8, que al final dice: "la gente temió y glorificó a Dios, QUE HABÍA DADO TAL PODER A LOS HOMBRES".

De qué poder hablamos? Un "cristiano evangélico" me dijo un día que se refería al "poder de sanación", sin embargo, le hice notar que ahí del único poder de que se habla es del PODER DE PERDONAR PECADOS (versículo 6). Y éste es el poder QUE DIOS HABÍA DADO A LOS HOMBRES.

"Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío.» Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»". Juan 20,21-23.

Quienes no desean creer que Dios otorgó a los hombres el poder de perdonar pecados están en todo su derecho, a final de cuentas cada quien cree lo que quiere creer, pero que no vengan a decir que la Iglesia Católica se inventó el Sacramento de la Reconciliación o confesión. El gran San Agustín decía: "a la Biblia como a los leones no hace falta defenderlos, basta con abrirles la jaula".

Los Apóstoles eran conscientes de su labor como ministros de la reconciliación:

"Y todo proviene de Dios, que nos reconcilió consigo por Cristo y nos confió el ministerio de la reconciliación. Porque en Cristo estaba Dios reconciliando al mundo consigo, no tomando en cuenta las transgresiones de los hombres, sino poniendo en nosotros la palabra de la reconciliación". 2 de Corintios 5,18-19.

"Confesaos, pues, mutuamente vuestros pecados y orad los unos por los otros, para que seáis curados. La oración ferviente del justo tiene mucho poder". Santiago 5,16.

"Muchos de los que habían creído venían a confesar y declarar sus prácticas". Hechos 19,18.


Y para finalizar, he aquí un texto de la biblia protestante Reina-Valera.

Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad.
1 Juan 1:9

LOS PRIMEROS CRISTIANOS, SUCESORES DE LOS APÓSTOLES ¿PRACTICABAN LA CONFESIÓN DE PECADOS?

DIDAJÉ (AÑOS 40-90 dC)

"En la reunión de los fieles confesarás tus pecados y no te acercarás a la oración con conciencia mala."

ORÍGENES (AÑOS 185-254 dC )

Además de esas tres hay también una séptima [razón] aunque dura y laboriosa: la remisión de pecados por medio de la penitencia, cuando el pecador lava su almohada con lágrimas, cuando sus lágrimas son su sustento día y noche, cuando no se retiene de declarar su pecado al sacerdote del Señor ni de buscar la medicina, a la manera del que dice "Ante el Señor me acusaré a mi mismo de mis iniquidades, y tú perdonarás la deslealtad de mi corazón." (Homilías Sobre los Salmos 2, 4).

SAN HIPÓLITO MÁRTIR (AÑO 235 dC)

"Padre que conoces los corazones, concede a este tu siervo que has elegido para el episcopado... que en virtud del Espíritu del sacerdocio soberano tenga el poder de "perdonar los pecados" (facultatem remittendi peccata) según tu mandamiento; que "distribuya las partes" según tu precepto, y que "desate toda atadura" (solvendi omne vinculum iniquitatis), según la autoridad que diste a los Apóstoles" (La Tradición Apostólica).

SAN CIPRIANO DE CARTAGO (AÑO 258)

"Os exhorto, hermanos carísimos, a que cada uno confiese su pecado, mientras el que ha pecado vive todavía en este mundo, o sea, mientras su confesión puede ser aceptada, mientras la satisfacción y el perdón otorgado por los sacerdotes son aún agradables a Dios" (De Lapsi 28; Epistolae 16, 2).

LAS CONSTITUCIONES APOSTÓLICAS (SIGLO IV)


"Otórgale, Oh Señor todopoderoso, a través de Cristo, la participación en Tu Santo Espíritu para que tenga el poder para perdonar pecados de acuerdo a Tu precepto y Tu orden, y soltar toda atadura, cualquiera sea, de acuerdo al poder el cual Has otorgado a los Apóstoles". (Constitutione Apostolica VIII, 5 p. i., 1. 1073).

La Biblia habla claro, Dios es el único con potestad en el universo para perdonar los pecados y Él extendió este poder a los hombres. Así lo practicaron los primeros cristianos, sucesores de los Apóstoles según los testimonios que hemos visto de sus escritos. Los sacerdotes Católicos perdonan los pecados no en su propio nombre, sino en nombre de Aquél que tiene el poder y lo da a quien Él quiere: YO TE ABSUELVO EN EL NOMBRE DEL PADRE Y DEL HIJO Y DEL ESPÍRITU SANTO.


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