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martes, 13 de noviembre de 2018

De la batalla de Lepanto a un pico de los Apeninos: historia de una imagen de la Guadalupana


DE LA BATALLA DE LEPANTO A UN PICO DE LOS APENINOS: HISTORIA DE UNA IMAGEN DE LA GUADALUPANA


En lo alto del Monte Maggiorasca, la cima más elevada de los Apeninos ligures (1803 metros), se erige una estatua de bronce de Nuestra Señora de Guadalupe de más de dos metros  sobre un pilar de poco más de cinco: un monumento de casi 8 metros que en invierno es frecuente ver cubierto por la nieve. Y aunque esa Guadalupana blanca pueda parecer un contraste, y una curiosidad el hecho de que la Emperatriz de las Américas goce de tal devoción en el centro de Italia, no es más que una muestra de la universalidad de la Iglesia y la rápida expansión de las devociones marianas.

La Guadalupana, cubierta de nieve:
una imagen que se repite cada
invierno italiano desde 1947
Hay en este caso una singularidad: lo lejos que se remonta. La estatua del Monte Maggiorasca es muy reciente, obra del escultor Gaetano Olivari en 1947, pero los orígenes de la devoción se encuentran montaña abajo, en el pueblo de Santo Stefano d´Aveto, de poco más de mil habitantes, en la región montañosa que circunda la ciudad de Génova. 



Allí se encuentra la Basílica de Nuestra Señora de Guadalupe y en su altar mayor un retablo que corona la Virgen mexicana. El templo es moderno, de 1928, pero la imagen de la Guadalupana tiene toda una historia que contar.

Un fresco de la Virgen de Guadalupe
adorna ya el pórtico del santuario
Santo Stefano d´Aveto quedó en 1547 sujeto al poder de la familia genovesa de los Doria, encabezada por el almirante Andrea Doria(14661560), quien cinco años antes de morir dejó sus territorios bajo el poder de su sobrino, el también marino Juan Andrea Doria(15401606).

La única Virgen estandarte oficial en Lepanto

El 7 de octubre de 1571, el almirante Juan Andrea Doria compartió con Don Álvaro de Bazán, bajo el mando de Don Juan de Austria, las glorias de la batalla de Lepanto. El jefe de la familia Doria comandó las 53 galeras genovesas en la que Miguel de Cervantes llamó "la más alta ocasión que vieron los siglos", y por cuya victoria San Pío V instituyó el 7 de octubre la festividad del Santo Rosario.

Lo que quizá desconocía el Papa es que la Santísima Virgen a la que había confiado aquel encuentro decisivo para la supervivencia cristiana de Europa estaba allí bajo una imagen muy reciente. El almirante genovés había entronizado en su buque a Nuestra Señora de Guadalupe, encomendándole la victoria. Sólo hacía cuarenta años de la aparición y formación milagrosa del manto, el 9 de diciembre de 1531 ante Juan Diego y fray Juan de Zumárraga, pero la devoción se extendía veloz a ambas orillas del Atlántico.

Como recoge Gaudium Press, esa imagen era la única de relevancia de la Virgen que protegía oficialmente a los combatientes cristianos, más allá de las devociones individuales de cada uno de ellos. En el buque insignia de Marco Antonio Colonna, al mando de las fuerzas pontificias, iba el estandarte de la Liga Santa, y la nave de Don Juan de Austria había entronizado al célebre Cristo de Lepanto.

Un obsequio cardenalicio

¿Qué pasó con aquella imagen de la Virgen de Guadalupe? Traía su origen del mismo México, cuyo segundo arzobispo, el dominico Alonso de Montúfar, sucesor de Fray Juan de Zumárraga, se la había obsequiado a Felipe II, y éste a Juan Andrea Doria. La familia genovesa la fue traspasando de generación en generación durante siglos hasta que el encargado de custodiarla fue el cardenal Giuseppe Maria Doria Pamphilii (17511816).

En 1797 los Doria habían perdido el señorío sobre el pueblo, y en 1811 el cardenal, secretario de Estado con los Papas Pío VI y Pío VII, donó la imagen al Santo Stefano d´Aveto.

La imagen donada por el cardenal Doria
se encuentra en el retablo del altar mayor,
protegida por una urna de cristal
La devoción a la Guadalupana ya tenía allí algunos años. Se remonta a 1802, cuando un joven novicio jesuita local, Antonio Domenico Rossi, trajo una primera imagen desde el noviciado de la Compañía de Jesús en Piacenza, donde estaba estudiando. Tanto fue así, y con una imagen tan llena de historia como la que había cedido el cardenal Doria, que en 1815 la Virgen de Guadalupe fue proclamada patrona de la localidad.

La devoción se fue extendiendo, y durante la Segunda Guerra Mundial creció aún más cuando el pueblo se puso bajo su protección. Como salió bien librado de las violencias que sacudieron toda esa zona del norte de Italia, se decidió encargar el monumento del Monte Maggiorasca.

Se remataba así un triángulo que tiene en el golfo de Lepanto y en el cerro del Tepeyac sus otros dos vértices, uniendo simbólicamente los dos continentes protegidos especialmente por Nuestra Señora de Guadalupe.

Cortesía de nuestra página hermana, Blog Convertidos Católicos-Religion en Libertad


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sábado, 13 de octubre de 2018

La Batalla de Lepanto, la batalla que fue ganada gracias al Santo Rosario y a la intercesión de la Virgen de Guadalupe


LA BATALLA DE LEPANTO, LA BATALLA QUE FUE GANADA GRACIAS A LA INTERCESIÓN DE LA VIRGEN DE GUADALUPE
Por Jesús Mondragón

Muchas personas saben que octubre es el mes del Rosario, pero pocas saben por qué. Y es que cada 7 de octubre, se conmemora de una de las batallas decisivas para la Cristiandad y el mundo occidental.

La Batalla de Lepanto constituye el punto de inflexión de la civilización cristiana como hoy la conocemos, amenazada con ser aniquilada ante el poderío turco musulmán, por la indolencia de los reinos Cristianos, divididos en constantes luchas entre sí, eran ajenos a la siniestra amenaza que se cernía sobre ellos. Según el escritor Pío Moa fue una batalla comparable a la de Salamina en la que combatieron griegos contra persas. La derrota del mundo cristiano frente al Islam, significaba, esclavitud y la pérdida de todo lo que representaba la civilización cristiana occidental y sobre todo, la pérdida de la fe, fruto precioso de la evangelización apostólica. Es decir, el mundo occidental hoy sería musulmán y en vez de las imponentes catedrales, se erguirían mezquitas. No sólo Europa sería musulmana, sino por ende, también América. No existirían en Europa y América otros idiomas, más que el árabe, las mujeres serían avasalladas salvajemente por los hombres y vestirían burkas, realizaríamos sacrificios de animales. No existirían protestantes, pues en el mundo musulmán no es posible las fundación de miles y miles de sectas cristianas. Esa es la libertad que el mundo occidental debe a los héroes de la Batalla de Lepanto.

El Papa San Pio V, parecía ser el único en vislumbrar el peligro, y buscó por todos los medios, hacer que los cristianos dejaran sus rencillas y presentaran un frente unido ante el imperio otomano y sus aliados.

La época de las cruzadas había pasado, el mundo cristiano dividido por la reforma protestante, los descubrimientos de nuevas tierras y riquezas en otros continentes, propiciaba la feroz competencia y las guerras entre las naciones de Europa, que exhaustas, divididas, eran presa fácil para bestia musulmana que se alistaba para devorarlo todo. Los musulmanes simplemente, se preparaban para aniquilar de una vez por todas a los cristianos.

Lepanto es el parte aguas de una época, de una lucha librada no solo entre el imperio Otomano y los reinos cristianos, sino entre el Bien y el mal, entre la civilización y la barbarie, entre el retroceso y perdida de la cultura y las artes acumuladas por siglos en Europa y el aniquilamiento de la misma si es que hubiera ganado el turco musulmán.

El Papa San Pío V trató de unificar a los cristianos para defender el continente pero contó con muy poco apoyo. Por fin se ratificó la alianza, en mayo de 1571, el Papa Pio V convoca la "Liga Santa" conformada por España, los Estados Pontificios, la República de Venecia, La Orden de Malta, La República de Génova y el Ducado de Saboya. La responsabilidad de defender el cristianismo cayó principalmente en Felipe II, rey de España, los venecianos y genoveses. Para evitar rencillas, se declaró al Papa como jefe de la liga, Marco Antonio Colonna como general de los galeones y Don Juan de Austria, generalísimo.

Exactamente 40 años antes de este acontecimiento, en 1531, habían tenido lugar en México, las apariciones de la Santísima Virgen de Guadalupe. El Almirante Andrea Doria, quien era un gran devoto de la Virgen, llevaba una imagen de la Guadalupana en uno de los dos barcos Insignia, con grimpolas verdes y que era el encargado de cubrir el ala derecha de la armada cristiana. Era la única imagen de relevancia de la Virgen que estaba protegiendo a los combatientes cristianos. Dicha imagen había sido obsequiada por el Arzobispo de México, Montúfar, al rey de España, Felipe II, quien a su vez, la obsequió al almirante Andrea Doria. En ese corto espacio de tiempo, la devoción a la Patrona de México y Emperatriz de América, había traspasado los mares.

San Pío V, miembro de la Orden de Santo Domingo, y consciente del poder de la devoción al Rosario, pidió a toda la Cristiandad que lo rezara y que hiciera ayuno, suplicándole a la Santísima Virgen su auxilio ante aquel peligro. El Papa envió su bendición apostólica y predijo la victoria. Ordenó además que sacaran a cualquier soldado cuyo comportamiento pudiese ofender al Señor.

Los turcos musulmanes, poseían la flota más poderosa del mundo, contaban con 330 navíos, además tenían miles de cristianos esclavos de remeros. La armada cristiana poseía solamente 101 naves, era ésta, en términos militares, "una batalla perdida", frente al enorme poderío de la flota musulmana.

Al amanecer del 7 de octubre la Liga Cristiana encontró a la flota turca anclada en el puerto de Lepanto. Al ver los turcos a los cristianos, fortalecieron sus tropas y salieron en orden de batalla. Los cristianos estaban en gran desventaja siendo su flota mucho más pequeña, pero poseían un arma insuperable: EL SANTO ROSARIO. En la bandera de la Nave Insignia de la escuadra cristiana ondeaban la Santa Cruz y el Santo Rosario.

Mientras tanto, miles de cristianos en todo el mundo dirigían su plegaria a la Santísima Virgen con el rosario en mano, para que ayudara a los cristianos en aquella batalla decisiva.

La armada musulmana se movía ágil con el viento a favor, mientras la flota cristiana batallaba con el viento en contra. Tal parecía, que la suerte de occidente y la civilización cristiana, estaba echada.

EL MILAGRO SE REALIZA POR INTERCESIÓN DE SANTA MARÍA DE GUADALUPE

Don Juan dio la señal de batalla enarbolando la bandera enviada por el Papa con la imagen de Cristo crucificado y de la Virgen. Los generales cristianos arengaron a sus soldados y dieron la señal para rezar. Los soldados cayeron de rodillas ante el crucifijo y continuaron en esa postura de oración ferviente. La imagen de la Virgen de Guadalupe en la nave Insignia del Almirante Juan Andrea Doria, hasta que las flotas se aproximaron, ¡entrelazándose en fraternal abrazo de la guerra!

Grabado de la Batalla de Lepanto, donde se aprecia
la imagen de la Virgen de Guadalupe, abordo de
la Nave Insignia de la flota cristiana 
Los turcos se lanzaron sobre los cristianos con gran rapidez, pues el viento les era muy favorable, especialmente siendo superiores en número y en el ancho de su línea. Pero el viento que era muy fuerte, se calmó justo al comenzar la batalla. Pronto el viento comenzó en la otra dirección, ahora favorable a los cristianos. El humo y el fuego de la artillería se iban sobre el enemigo, casi cegándolos y al fin agotándolos.

La batalla fue terrible y sangrienta. Después de tres horas de lucha, el ala izquierda cristiana, bajo Barbarigo, logró hundir el galeón de Siroch. Su pérdida desanimó a su escuadrón y, presionado por los venecianos, se retiró hacia la costa. Don Juan, viendo esta ventaja, redobló el fuego, matando así a Hali, el general turco, abordó su galeón, bajó su bandera y gritó: ¡VICTORIA!

Los cristianos procedieron a devastar el centro. Louchali, el turco, con gran ventaja numérica y un frente más ancho, mantenía a Andrea Doria y el ala derecha a distancia hasta que el Marqués de Santa Cruz vino en su ayuda. El turco entonces escapó con 30 galeones, el resto habiendo sido hundidos o capturados. La batalla duró desde alrededor de las 6 de la mañana hasta la noche, cuando la oscuridad y aguas picadas obligaron a los cristianos a buscar refugio.

EL PAPA PÍO V RECIBE UNA VISIÓN DE LA VICTORIA

El Papa Pío V, desde el Vaticano, no cesó de pedirle a Dios, con manos elevadas como Moisés. Durante la batallase hizo procesión del rosario en la iglesia de Minerva en la que se pedía por la victoria. Recordemos que en aquella época las comunicaciones eran lentas y las noticias tardaban semanas y hasta meses en llegar.

El Papa estaba conversando con algunos cardenales pero, de repente los dejó, se quedó algún tiempo con sus ojos fijos en el cielo, cerrando el marco de la ventana dijo: “No es hora de hablar más sino de dar gracias a Dios por la victoria que ha concedido a las armas cristianas”.

Este hecho fue cuidadosamente atestado y auténticamente inscrito en aquel momento y después en el proceso de canonización de Pío V.

Las autoridades después compararon el preciso momento de las palabras del Papa Pio V con los registros de la batalla y encontraron que concordaban de forma precisa. Pero la mayor razón de reconocer el milagro de la victoria naval es por los testimonios de los prisioneros musulmanes capturados en la batalla. Ellos testificaron con una convicción incuestionable de que habían visto a Jesucristo, San Pedro, San Pablo y a una gran multitud de ángeles, espadas en manos, luchando contra Selim y los turcos, cegándolos con humo.

En la batalla de Lepanto, los musulmanes perdieron 230 naves, 30,000 muertos, junto con su general, Hali. 8,000 fueron tomados prisioneros, entre ellos oficiales de alto rango. 12,000 esclavos cristianos fueron encontrados encadenados en las galeras y fueron liberados.

Los cristianos lograron una milagrosa victoria que cambió el curso de la historia. Dios, que en su justicia había permitido que parte de las naciones cristianas cayeran bajo la opresión musulmana, no permitió que la civilización cristiana se perdiera.

Con este triunfo se reforzó intensamente la devoción al Santo Rosario. En gratitud perpetua a Dios por la victoria, el Papa Pio V instituyó la fiesta de la Virgen de las Victorias, después conocida como la fiesta del Rosario, para el primer domingo de Octubre. A la letanía de Nuestra Señora añadió “Auxilio de los cristianos“.

En 1573, el Papa Gregorio XIII le cambió el nombre a la fiesta, por el de Nuestra Señora del Rosario. El Papa Clemente XI extendió la fiesta del Santo Rosario a toda la Iglesia de Occidente. El Papa Benedicto XIII la introdujo en el Breviario Romano y San Pío X la fijó en el 7 de octubre y afirmó: “Denme un ejército que rece el Rosario y venceré al mundo”

Como dato curioso, comentaremos que en esta batalla participó el más grande exponente de la literatura española, Miguel de Cervantes Saavedra, autor de "El ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha", que resultó herido y perdió la movilidad de su mano izquierda, lo que le valió el sobrenombre de «manco de Lepanto». Este escritor, que estaba muy orgulloso de haber combatido allí, la calificó como «la más memorable y alta ocasión que vieron los pasados siglos, ni esperan ver los venideros»

El Papa Pío V murió el primero de mayo de 1572, fue beatificado por Clemente X en 1672 y canonizado por Clemente XI en 1712. Sus restos mortales están en la basílica de Santa María la Mayor en Roma.


La imagen de Nuestra señora de Guadalupe que iba en la Nave Insignia de Andrea Doria, se encuentra actualmente en la Parroquia de San Esteban de Abeto, en Italia.


¡DEUS VULT!

(¡ES LA VOLUNTAD DE DIOS!)




Imagen de Nuestra Señora de Guadalupe,
que iba en la Nave Capitana del
almirante Andrea Doria, en Abeto, Italia



Fuentes diversas


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