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domingo, 17 de febrero de 2019

El pecado de omisión


EL PECADO DE OMISIÓN
Por Manuel Antonio Cano

Dijo Voltaire “Todo hombre es culpable del bien que no hace”, es decir, no sólo somos responsables de lo que hacemos, sino también de lo que NO hacemos, de lo que NO defendemos y de lo que NO hablamos. Este es el grave pecado de omisión y nuestro mundo lo padece en extremo.

Culturalmente vemos solo por lo nuestro; estamos inmersos en una cultura individualista, nos centramos solo en nosotros, nuestros intereses y nada más. No nos damos tiempo para atender al mundo, para actuar por él y mejorarlo Cuántas veces justificamos nuestras omisiones argumentando que no pude, no me interesa, no tengo dinero, no quiero, no estoy disponible para alguien, ni para protestas o marchas porque soy pacifista no grillo; me da flojera, ó simplemente no me interesa hacer favores porque YO NO HAGO MALES y con NO hacer males basta. Recordemos que no sólo estamos mal cuando hacemos cosas malas, sino también cuando dejamos de buscar, de ver y actuar a favor del bien. Algunos se dan latigazos por el mal que hicieron, pero no ven el bien que pueden hacer y que no lo hacen.

No se puede ser feliz buscando solamente la felicidad propia. Hacer el bien a los demás y a nuestra sociedad eso sí es vivir en plenitud, ¿Cuánto bien dejamos de hacer o dejamos pasar por alto? Existen mil formas de pecar de omisión del bien, hay miles de excusas que va desde negar una sonrisa, un perdón sincero, un favor no realizado, cuando no aportamos nada, cuando dejamos de hacer cosas que fácilmente están a nuestro alcance; cuando cumplimos por cumplir sin alegría y hasta ahí, o cuando somos mediocres. Logremos hacer algo realmente bueno como acompañar al triste, al anciano, regalar la comida o los pesos que traemos. La clave es hacer las cosas con amor y en el momento; dar ese “poquito más” venciendo limitaciones, negatividades, faltas de participación, comodidades, o dejando para mañana las cosas etc.

Varios filósofos de la antigüedad como Plutarco, tenían razón al decir “La omisión del bien, no es menos reprensible que la comisión del mal.” Así, en vez de enfocarnos solamente en dejar de hacer el mal, enfoquémonos en hacer el bien; reconocer que el pecado de omisión es pariente cercano del mal, de la cobardía y la destrucción de nuestro mundo. Fijémonos en los santos, ellos jamás fueron tibios o mediocres; busquemos como ellos realizar obras buenas, ofrecernos en algo; preguntar por necesidades, participar por buenas políticas, no permitir que la desidia ni los malos gobernantes nos dominen; hay que poner la mira en ayudar, no dejar para otra ocasión las cosas buenas, aprender de lo bueno, acompañar al que ande mal; al solo, al triste, dar de comer a los que no tienen, defender a los débiles, enseñar al que no sabe, corregir en positivo, existe un sin fin de maneras de hacer el bien.

Hay que ser menos sordos, menos mudos y menos tercos; al final de nuestra vida, seremos recordados por el bien que hicimos; eso que hizo sentir bien a otros y ese bien por más pequeño que parezca, trasciende. La gente puede olvidarlo, nosotros podemos olvidarlo, pero Dios lo deja grabado en el libro de nuestra vida. Así sea.

Fuente, El Sol de Parral

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jueves, 20 de septiembre de 2018

Y tú, ¿Te examinas y confiesas los pecados de omisión?



Y TÚ, ¿TE EXAMINAS Y CONFIESAS LOS PECADOS DE OMISIÓN?

Las convicciones que ocultamos por el miedo a que nos tachen de anticuados... 

La blasfemia o el chiste irrespetuoso que complacientemente escuchamos, temerosos del qué dirán si protestamos... 

Los silencios cómplices al no manifestar y defender la Verdad y el Bien, por el miedo a la opinión de terceros... 


Las herejías que toleramos al cura modernista para no incomodarnos por el qué dirán los demás fieles o el propio cura... 

Las preces omitidas que incidieron en almas que no cambiaron de vida y se condenaron porque no hubo quien orase por ellas, haciendo caso omiso a lo que pidió y advirtió la Virgen en Fátima... 

Las misas que no mandamos decir y las oraciones que no hicimos por nuestros parientes y por las almas del purgatorio, en general, para que alcanzaran pronto la bienaventuranza eterna... 

Las tolerancias al mal comportamiento de nuestros hijos para evitarnos problemas... 

Las correcciones que debimos hacer y que por comodidad callamos... 

Las almas que, pudiendo, no engendramos para Dios, pero que nuestro egoísmo disfrazó de "paternidad responsable", acallando nuestro deber de fecundidad... 

La lágrima que vimos rodar en el rostro de quien camina a nuestro lado y por no querernos involucrar, no la enjugamos... 

El suéter que no quisimos quitarnos para darlo aquel mendigo que tiritaba de frío, pues nos costó mucho dinero... 

El pedazo de pan que no compartimos, porque nadie nos lo regaló, y que justificamos diciendo que por nuestro propio esfuerzo lo obtuvimos... 

La riña que no quisimos evitar, para no meternos en problemas que no son nuestros... 

La herida que no quisimos curar, porque no fuimos nosotros quien la hicimos... 

La palabra de aliento o el buen consejo que nunca regalamos a quien encontramos afligido o necesitado, porque "no tenemos tiempo" para ello... 

La paciencia que no mostramos ante los defectos del prójimo... 

El tiempo que negamos para escuchar a alguien que necesitaba hablar, diciéndonos que no podíamos perderlo... 

Los conocimientos que pudimos compartir y que egoístamente nos reservamos... 

La limosna que no ofrecimos, porque -sin tener verdadero fundamento- pretextamos que no queremos contribuir a la mendicidad y ociosidad... 

La sonrisa que no regalamos a aquel que encontramos en el camino, porque no tiene nada que ver conmigo... 

El perdón que no ofrecimos por coraje... 

La disculpa que nuestro orgullo silenció... 

La carta que alguien esperó y nunca escribimos... 

La visita que no hacíamos a nuestros padres o parientes solos o ancianos... 

La formación religiosa deficiente para nuestros hijos (o apenas para la Primera Comunión) y los sacramentos diferidos (deben ser: Bautismo, en peligro de muerte o antes del mes de nacido; Confesión -primero- y Primera Comunión -después-, al llegar al uso de razón, etc.)... 

El adoctrinamiento religioso que no impartimos a nuestros sirvientes... 

El aborto que se cometió y que tal vez nuestro consejo hubiera evitado... 

La visita a ese enfermo o a ese preso que quedó solo en el olvido... 

La medicina que pudimos regalar al enfermo grave y necesitado, pero como alcanzaba a afectar nuestra economía nunca adquirimos... 

La confesión y comunión omitidas que anualmente, al menos, nos obligan los mandamientos de la Iglesia... 

Los días de ayuno y abstinencia de carne rotos en días obligatorios... 

Las misas dominicales a las que no asistimos sin razón suficiente... 

Las oraciones de agradecimiento a Dios que omitimos (¡para pedirle no lo olvidamos!), las visitas de amor al Santísimo sacramento que nunca hicimos, el estudio de nuestra fe que siempre pospusimos, la lectura espiritual que no realizamos nunca.... todo con la excusa de que no disponemos de tiempo o estamos muy, muy, pero muy agotados... 

En fin...TODO AQUELLO QUE PUDIENDO Y DEBIENDO HACER NO REALIZAMOS POR PEREZA O EGOÍSMO.


Obrar bien no solo consiste en evitar el mal, pues las omisiones culpables también son pecados. 


Debemos, pues obrar el bien y no solo evitar el mal. 

Qué pena y dolor por todo aquello que hemos omitido durante nuestra vida. Habrá algunas omisiones reparables... Otras ya no tienen remedio. 

Pidamos perdón a Dios por todas y acusemos al Confesor las que hayan sido materia grave y corrijamos todo aquello que todavía sea reparable. 

El creyente realmente debe, positivamente, amar a Dios sobre todas las cosas, y a su prójimo en la misma medida que a sí mismo se ama. No olvides, pues, examinar frecuentemente también los pecados de omisión (y especialmente al realizar el examen de conciencia, pues no basta analizar los mandamientos de Dios, de la Iglesia y los pecados capitales). Aquí solo hemos enumerado algunos. Analiza tus particulares obligaciones sobre tu estado de vida, y cuáles se desprenden de esto.

Santiago 4,17
AQUEL, PUES, QUE SABE HACER EL BIEN Y NO LO HACE, COMETE PECADO.

Fuente Catolicidad

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