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Nigeria: Más de 50,000 cristianos han sido asesinados a causa de su fe en los últimos 14 años



Un informe elaborado por la Sociedad Internacional para las Libertades Civiles y el Estado de Derecho (Intersociety) reveló que al menos 52.250 personas fueron asesinadas en el país por ser cristianas.

Persecución religiosa, violencia, destrucción y muerte

Según el documento, titulado ‘Mártires cristianos en Nigeria’, 1.041 ‘cristianos indefensos’ fueron asesinados en los primeros 100 días de este año 2023, del 1 de enero al 10 de abril. En este mismo período, 707 cristianos fueron tomados como rehenes.

Más de 30.000 del total de estas muertes ocurrieron después de que el presidente Muhammadu Buhari asumiera el cargo en 2015. Con Buhari en el poder, 2200 escuelas cristianas fueron destruidas, y las autoridades hicieron poco para frenar estas acciones.

Nigeria es el país donde se concentra el 89% de los cristianos mártires del mundo

La violencia contra los cristianos en el país ha obligado a más de 14 millones de cristianos a huir de sus hogares para evitar ser asesinados. Otros 50 millones de personas, predominantemente en el norte de Nigeria, enfrentan serias amenazas yihadistas porque son cristianos profesantes.

Según algunas instituciones vinculadas a la Iglesia católica y que operan en el país, Nigeria concentra actualmente el 89% de los cristianos mártires en todo el mundo. (EPC)

Autor: Redacción Gaudium Press.

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Fuente: https://es.gaudiumpress.org/content/nigeria-mas-de-50-000-cristianos-han-sido-asesinados-a-causa-de-su-fe-en-los-ultimos-14-anos/

Un nuevo ataque contra católicos en Nigeria deja al menos 11 muertos, entre mujeres y niños


Al menos 11 personas, la mayoría católicas, fueron asesinadas el 19 de enero cuando presuntos pastores fulani atacaron una aldea cerca de un campo de refugiados en la diócesis de Makurdi en Nigeria, según informó un trabajador diocesano.

En declaraciones, el padre Moses Aondover Iorapuu, vicario general de la diócesis, relató la persecución «horrorosa» a la que fueron sometidos los católicos durante el ataque.

«Las imágenes del ataque son horribles y sigo diciendo que ni siquiera Daesh es capaz de tal brutalidad», dijo. «Después de matar, estos tipos decapitaron a algunos y se llevaron las partes como prueba para quien sea el patrocinador».

Aondover dijo que los ataques tuvieron lugar el jueves alrededor de las 9 horas en un pueblo cerca de Makurdi, la capital del estado de Benue, donde hay un campamento de personas desplazadas.

«Hasta esta noche, 11 personas murieron, incluidas mujeres y niños, y muchas con heridas mortales en el hospital», informó.

«Casi todas las víctimas» del ataque eran católicos, dijo, y agregó: «Los atacantes, según los supervivientes, eran fulani, que ocuparon algunas de las aldeas que habían abandonado en redadas anteriores».

Aondover criticó la respuesta tardía de los agentes de seguridad y dijo: «La respuesta de la policía y el ejército como siempre: llegada tardía normal al lugar y los atacantes permanecen sin identificar».

Nigeria vive inseguridad desde 2009 cuando comenzó la insurgencia de Boko Haram con el objetivo de convertir al país en un estado islámico.

Desde entonces, el grupo, uno de los grupos islamistas más grandes de África, ha estado orquestando ataques terroristas indiscriminados contra varios objetivos, incluidos grupos religiosos y políticos, así como civiles.

La situación de inseguridad en la nación de África Occidental se ha complicado aún más por la participación de los pastores Fulani, predominantemente musulmanes, también conocidos como la Milicia Fulani, que se han enfrentado frecuentemente con agricultores cristianos por las tierras de pastoreo.

El ataque del 19 de enero a la aldea vio a los habitantes «expulsados a la fuerza de sus hogares por estos pastores», dijo Aondover, lamentando «los ataques incesantes sin un solo arresto y una reacción significativa del gobierno».

«Nos sentimos terriblemente frustrados y abandonados por nuestro gobierno y la comunidad internacional», lamentó el vicario general de la diócesis.

Los Cristeros mexicanos, héroes y mártires de la Contrarrevolución


LOS CRISTEROS MEXICANOS, HÉROES Y MÁRTIRES DE LA CONTRARREVOLUCIÓN
Por Javier Navascués

Cristo dijo que el día del juicio final reconocerá al que así lo haya hecho ante los hombres. En cambio no reconocerá al que le haya negado en vida. Nuestra fe y nuestros principios católicos deben estar por encima de todo, incluso de la propia vida. Cuando la masonería y los enemigos de la Iglesia atacan los Derechos de Dios hay que reaccionar con firmeza en Defensa de la Fe.

Así reaccionaron los Cristeros mexicanos. Muchos de ellos llegaron hasta el heroísmo supremo. Tuvieron la gracia de verter su sangre por Cristo. Probablemente la mayoría de ustedes hayan oído hablar de ellos, pero tal vez fuera de México no se conozcan con mucho detalle sus hazañas.

El historiador e ingeniero D. Eduardo Vital Torres, caballero católico, es un gran apasionado de la historia mexicana. En esta ocasión nos explica de forma sencilla el fenómeno de los Cristeros, sus circunstancias históricas y su legado.

¿Quiénes fueron los Cristeros mexicanos?

Fueron los más grandes mexicanos del siglo XX. Fueron los mártires mexicanos que dieron testimonio de la Fe firmísima que nos distingue ante el mundo entero, y que no puede entenderse sin ir a la raíz de nuestra formación nacional: el gran ejemplo y testimonio de Hernán Cortés- Padre Fundador de la Patria Mexicana- nuestros 12 primeros misioneros franciscanos “semilla selecta que nos fue enviada de España” y por supuesto la milagrosa Imagen de Santa María de Guadalupe de México.

Háblenos de las circunstancias históricas y políticas de la época de los Cristeros.

Para poder entender la lucha cristera debemos retroceder hasta el siglo XIX: desde antes, pero especialmente después de la Independencia México cayó en una espiral de violencia y destrucción por causa de las logias masónicas que buscaban por todos los medios destruir nuestros pilares de fundación nacional: el Hispanismo y el Catolicismo. Para destruir nuestra fundación hispánica buscaron enfrentar lo español contra lo indio; para lo cual se usaron las mentiras de la “leyenda negra” y para destruir el catolicismo usaron las ideas de la revolución francesa y las ideas liberales de los USA. En la primera parte obtuvieron mucho éxito aprovechando el que tenían el poder de la prensa y de la educación para propagar sus mentiras. En el segundo punto no tuvieron éxito, pues la sociedad mexicana era extraordinariamente católica. Esa lucha brutal del siglo XIX se intensificó en el siglo XX con las leyes persecutorias de Plutarco Elías Calles.


¿Por qué fue lícito y justificado su levantamiento en defensa de la fe?
Por supuesto que fue lícito, pues se agotaron todos los medios legales a su alcance para lograr una solución pacífica del conflicto. De hecho lo que se pedía era tan moderado y simple como permitir la libertad religiosa. Eso fue todo lo que se pidió. Plutarco Elías Calles en forma despótica planteó la situación: los católicos solo teníamos dos caminos; acudir al congreso o tomar las armas. Se llevaron 2 millones de firmas de católicos pidiendo la modificación de las leyes antirreligiosas. Pero los diputados tiraron esos 2 millones de firmas a la basura diciendo que “esa demanda había sido inspirada por los obispos…”, así que solo dejaban la lucha armada como el único camino posible.

¿Por qué el Papa Pío XI en cierta manera los frenó y después se arrepintió de ello?

Todavía es motivo de un ardiente debate en México entre católicos que estudiamos esa época si era posible o no ganar la guerra. Sin duda la lucha fue una lucha heroica que duró 3 largos años de 1926 a 1929 en el cual se tenía en pie de guerra a más de 20.000 soldados. Sin embargo era materialmente imposible ganar la guerra NO por falta de valor – que eso sobraba- sino porque el GOBIERNO MASÓNICO DE LOS USA APOYABAN A LOS TIRANOS MEXICANOS. El Papa vio claramente esa situación: los templos estaban cerrados, la fe estaba corriendo grave peligro y la lucha no era posible de ser ganada. Dada esa situación Roma determinó que había que llegar a un “arreglo”. Arreglo que como bien dijo el Papa Pío XI se sabía que el gobierno masónico no iba a respetar. Yo estoy seguro que el Papa se arrepintió de frenar a los Cristeros, a los que como dato adicional no se les respetó el indulto y fueron asesinados literalmente como bestias feroces. Murieron más Cristeros en la paz que durante la guerra.

¿Podría poner un ejemplo de martirio especialmente heroico y significativo?
Quiero poner el ejemplo del primer mártir mexicano de la Cristiada: Don José García Farfán. Era un comerciante de 66 años. En el aparador de su tienda había un gran letrero que decía: “¡Viva Cristo Rey! ¡Cristo vive, Cristo reina, Cristo impera! ¡Sólo Dios no muere ni morirá jamás!”; el no arrancarlos fue su delito. El 20 de julio pasaba en su automóvil el Jefe de Operaciones de aquel lugar, General Amaya, acompañado del General Sánchez, quién irritado trató de golpear al anciano, que se defendió; fue conducido preso a la Jefatura de la Guarnición. La gestión de sus familiares no pudo obtener nada a su favor; su abogado defensor fue amenazado de muerte si proseguía su gestión. Muy de madrugada fue sacado, con el pretexto de llevarlo a una cárcel pública; en el camino, simulando un ataque, le dieron muerte. Al fusilarlo, el jefe del pelotón lo provocó: “¡A ver cómo mueren los católicos!"; “Así", repuso el anciano caballero, apretó un crucifijo contra el pecho y gritó: “¡Viva Cristo Rey!” Esa sangre de mártires es y seguirá siendo semilla de cristianos. Y mientras existan mexicanos fieles a la Iglesia sentirán el amor y veneración a esos santos héroes.


¿Cuántos mártires dieron a la Iglesia?

Fueron miles. Por desgracia durante décadas no se pudieron llevar las causas de beatificación por el temor de ser atacados por el gobierno nuevamente. Fue hasta la década de los años 90 en el siglo XX en que se volvió a regularizar la relación entre el Vaticano y el estado mexicano. Algunos de ellos han sido canonizados, pero creo que bajo la capa de “prudencia” en muchos casos se actúa con negligencia, pues tendríamos que hablar más sobre nuestros héroes. En ese aspecto creo que nos parecemos mucho al caso de nuestros hermanos españoles con sus mártires de la Cruzada de 1936 a 1939.

Fuente infocatolica

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Beatas y Mártires de Compiègne. Teresa de San Agustín y Compañeras


BEATAS Y MÁRTIRES DE COMPIEGNE TERESA DE SAN AGUSTÍN Y COMPAÑERAS

Vírgenes y mártires de Nuestra Orden.
Celebración: 17 de Julio.

“Al desatarse las iras antirreligiosas de la Revolución Francesa en 1792 la priora de las carmelitas de Compiègne, Teresa de San Agustín, convocó un día a toda la comunidad y expuso a las monjas qué podrían hacer ellas, pobres mujeres, en aquellos aciagos momentos por los que atravesaba la Iglesia de Francia y de acuerdo con los fines fundacionales del monasterio. Sugirió la posibilidad de ofrecer sus vidas como “víctimas expiatorias”; ella al menos estaba dispuesta a hacerlo. Dos religiosas ancianitas se resistían a ello, aterrorizadas con la sola idea de sentir sobre sus cuellos el frío acero de la guillotina, pero se rindieron al fin. Y en un acto solemne todas se ofrecieron al Señor en holocausto “para aplacar la cólera de Dios y para que la paz divina, traída al mundo por su Hijo amado, le fuera devuelta a la Iglesia y al Estado”. Todos los días renovaban su ofrecimiento al Altísimo como víctimas expiatorias.

Cristo de Compiègne

Arrojadas de su monasterio, las dieciséis carmelitas se distribuyeron en cuatro grupos por diferentes lugares de la ciudad, perseverando en su vida de oración y ofrecimiento, coordinadas siempre por la M. Teresa. Durante los tiempos más duros de la Revolución fueron delatadas; la orden de búsqueda y captura dada por aquella oficialidad intolerante dio como resultado (el 24 de junio de 1794) la reclusión de las monjas en el Monasterio de las Salesas transformado en cárcel; desde aquí serían transportadas a París el día 13 de julio de 1794 y conducidas a la terrible prisión de la Conciergerie donde aguardaban multitud de religiosos y seglares condenados a muerte y a la espera de que se cumpliese la pena capital.

Izquierda: Estampa usada por las Carmelitas Mártires /Derecha: Carlota de la Resurrección, Carmelita Mártir de Compiègne 1794
El 16 de julio, conmemoración de Nuestra Señora del Carmen, las monjas compusieron unas letrillas que escribieron con unos tizones sobre trozos de papel que luego repartieron; todos corearon las canciones de las religiosas con música de la Marsellesa, el himno revolucionario que nadie les podía prohibir; eran enardecidas loas a la esperanza, un canto de júbilo hecho plegaria y expresión de una viva fe. Al día siguiente fueron condenadas a muerte por el tribunal revolucionario en juicio sumarísimo y por la vía rápida: aquellas monjas eran demasiado peligrosas para los reclusos. Ese mismo día 17 de julio debían ser ejecutadas.

El cortejo de aquellas religiosas por las calles de París, camino del cadalso, no era el espectáculo fúnebre al que estaba acostumbrado a presenciar el populacho parisiense, sino algo muy singular: sobre una carreta al descubierto las dieciséis carmelitas iban cantando en gregoriano el Miserere y la Salve Regina. Y cuando avistaron el lugar del holocausto entonaron el Te Deum, todo un rito, ciertamente, pero que entrañaba un torrente de vida. Al pie de la guillotina y ante un silencio impresionante las carmelitas entonaron el Veni Creator Spiritus y fueron renovando una por una su profesión religiosa en manos de la priora, M. Teresa de S. Agustín Lidoine: “Yo…(Sor Ana María, Sor Carlota, Sor Eufrasia, Sor Enriqueta, Sor Marta, Sor Constanza…) renuevo mis votos de pobreza, obediencia y castidad…usque ad mortem, hasta la muerte. Jamás se habían pronunciado unas fórmulas de profesión más verídicas ni patéticas que aquéllas.

La literatura que ha popularizado tanto este hecho histórico nos habla de la indecisión de la joven novicia Sor Constanza a entregar su vida en testimonio de su fe. Pero mucho más de admirar es, a nuestro juicio, la entereza de aquellas ancianas carmelitas, Sor Ana María de Jesús Piedcourt y Sor Carlota de la Resurreción Thouret, ambas de 79 años, entregando sus vidas repletas de generosidad en testimonio de su amor y fidelidad a Jesucristo” En comillas,
Ocurrió este martirio en París el 17 de julio de 1794. El Papa San Pío X las beatificaba el 27 de Mayo de 1906.

Hna. Teresa de San Agustín (Magdalena Claudina Lidoine) Priora de todas ellas, nacía en París el 22 de Septiembre de 1752.
Hna. San Luis (María Ana Francisca Brideau), nace en Belfort.
Hna. de Jesús Crucificado (María Ana Piedcourt), nace en Paris.
Hna. de la Resurrección (Ana María Magdalena Carlota Thouret), nace en Mouy (Oise).
Hna. Eufrasia de la Inmaculada Concepción (María Claudia Cipriana Brard),nace en Bourth Eure.
Hna. Enriqueta de Jesús (María Francisca Gabriela de Croissy) nace en París.
Hna. Teresa del Corazón de María (María Ana Hanisset), nace en Reims.
Hna. Teresa de San Ignacio (María Gabriela Trézel), nace en Compiègne.
Hna. Julia Luisa de Jesús (Rosa Chrétien), nace en Evreux (Eure).
Hna. María Enriqueta de la Providencia(Anita Pelras), nace en Cajarc.
Hna. Constanza (María Juana Meunier), nace en Saint-Denis.
Hna. María del Espíritu Santo (Angélica Roussel), nace en Fresnes.
Hna. Santa María (María Dufour), nace en Bann´s.
Hna. San Francisco Javier (Isabel Julieta Verolot), nace en Lignières.
Luisa Catalina Soiron, tornera, nace en Compiègne.
Teresa Sairon, tornera, nace en Compiègne.
Oremos: Señor, Padre Santo, que elegiste a la Beata Teresa y a sus hermanas carmelitas para que, fortalecidas con la gracia de tu Espíritu Santo, llegaran desde la soledad del Carmelo hasta la palma del martirio; concédenos que te amemos con fidelidad y lleguemos, como ellas, hasta la contemplación de tu belleza en el cielo. Por nuestro Señor Jesucristo que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

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Primeros Mártires Iglesia en Roma


PRIMEROS MÁRTIRES IGLESIA EN ROMA

Martirologio Romano: Santos Protomártires de la santa Iglesia Romana, que, acusados de haber incendiado la Urbe, por orden del emperador Nerón unos fueron asesinados después de crueles tormentos, otros, cubiertos con pieles de fieras, entregados a perros rabiosos, y los demás, tras clavarlos en cruces, quemados para que, al caer el día, alumbrasen la oscuridad. Eran todos discípulos de los Apóstoles y fueron las primicias del martirio que la iglesia de Roma presentó al Señor († c. 64).

La celebración de hoy, introducida por el nuevo calendario romano universal, se refiere a los protomártires de la Iglesia de Roma, víctimas de la persecución de Nerón después del incendio de Roma, que tuvo lugar el 19 de julio del año 64.

¿Por qué Nerón persiguió a los cristianos? Nos lo dice Cornelio Tácito en el libro XV de los Annales: “Como corrían voces que el incendio de Roma había sido doloso, Nerón presentó como culpables, castigándolos con penas excepcionales, a los que, odiados por sus abominaciones, el pueblo llamaba cristianos”.

En tiempos de Nerón, en Roma, junto a la comunidad hebrea, vivía la pequeña y pacífica de los cristianos. De ellos, poco conocidos, circulaban voces calumniosas. Sobre ellos descargó Nerón, condenándolos a terribles suplicios, las acusaciones que se le habían hecho a él. Por lo demás, las ideas que profesaban los cristianos eran un abierto desafío a los dioses paganos celosos y vengativos... “Los paganos—recordará más tarde Tertuliano— atribuyen a los cristianos cualquier calamidad pública, cualquier flagelo. Si las aguas del Tíber se desbordan e inundan la ciudad, si por el contrario el Nilo no se desborda ni inunda los campos, si hay sequía, carestía, peste, terremoto, la culpa es toda de los cristianos, que desprecian a los dioses, y por todas partes se grita: ¡Los cristianos a los leones!”.

Nerón tuvo la responsabilidad de haber iniciado la absurda hostilidad del pueblo romano, más bien tolerante en materia religiosa, respecto de los cristianos: la ferocidad con la que castigó a los presuntos incendiarios no se justifica ni siquiera por el supremo interés del imperio.

Episodios horrendos como el de las antorchas humanas, rociadas con brea y dejadas ardiendo en los jardines de la colina Oppio, o como aquel de mujeres y niños vestidos con pieles de animales y dejados a merced de las bestias feroces en el circo, fueron tales que suscitaron un sentido de compasión y de horror en el mismo pueblo romano. “Entonces —sigue diciendo Tácito—se manifestó un sentimiento de piedad, aún tratándose de gente merecedora de los más ejemplares castigos, porque se veía que eran eliminados no por el bien público, sino para satisfacer la crueldad de un individuo”, Nerón. La persecución no terminó en aquel fatal verano del 64, sino que continuó hasta el año 67.

Entre los mártires más ilustres se encuentran el príncipe de los apóstoles, crucificado en el circo neroniano, en donde hoy está la Basílica de San Pedro, y el apóstol de los gentiles, san Pablo, decapitado en las “Acque Galvie” y enterrado en la vía Ostiense. Después de la fiesta de los dos apóstoles, el nuevo calendario quiere celebrar la memoria de los numerosos mártires que no pudieron tener un lugar especial en la liturgia.

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Carlos Lwanga y Compañeros Mártires de Uganda, Africa.


CARLOS LWANGA Y COMPAÑEROS MÁRTIRES DE UGANDA, AFRICA+1886
3 de Junio

La sociedad de los Misioneros de Africa, conocida como los Padres Blancos, formaron parte de la evangelización de Africa en el siglo XIX. Después de seis años en Uganda ya tenían una comunidad de conversos cuya fe sería un testimonio para toda la Iglesia. Los primeros conversos se dieron a la misión de instruir y guiar a los mas nuevos y la comunidad creció rápidamente. La vida ejemplar de los cristianos inicialmente ganó el favor del rey Mtesa pero mas tarde este comprendió que los cristianos no favorecían su negocio de venta de esclavos.

Mwanga sucedió a su padre en el trono. Al principio la situación de los cristianos mejoró y varios tuvieron posiciones importantes en su corte. Pero el rey, influenciado por el Islam, cayó en la tendencia homosexual. La situación de los cristianos, por no ceder a sus demandas, se hizo muy difícil.

El lider de la comunidad católica, que para entonces tenía unos 200 miembros, era un joven de 25 años llamado José Mkasa (Mukasa) que ejercía como principal mayordomo de la corte de Mwanga. Cuando Mwanga asesinó a un misionero protestante y a sus compañeros, José Mkasa confrontó al rey por su crimen. El rey Mwanga había sido amigo de José por mucho tiempo, pero cuando este exhortó a Mwanga a renunciar al mal, la reacción fue violenta. El rey mandó a que mataran a José. Cuando los verdugos trataron de amarrar las manos de José, el les dijo: "Un Cristiano que entrega su vida por Dios no tiene miedo de morir". Perdonó a Mwanga con todo su corazón e hizo una petición final por su arrepentimiento antes de que le cortaran la cabeza y lo quemaran el 15 de Noviembre de 1885.

Carlos Lwanga, el favorito del rey, remplazó a José en la instrucción y liderato de la la comunidad cristiana en la corte. También el hizo lo posible por evangelizar y proteger a los varones de los deseos lujuriosos del rey. Las oraciones de José lograron que la persecución del rey amainara por seis meses. Pero en mayo del 1886 el rey llamó a uno de sus pajes llamado Mwafu y le preguntó porque estaba distante del rey. Cuando el paje respondió que había estado recibiendo instrucción religiosa de Daniel Sebuggwawo, el rey se montó en ira. Llamó a Daniel y lo mató el mismo atravesándole el cuello con una lanza.

Entonces ordenó que el complejo real sea sellado para que nadie pueda escapar y llamó a sus verdugos. Comprendiendo lo que venía, Carlos Lwanga bautizó a cuatro catecúmenos esa noche, incluyendo a un joven de 13 años llamado Kizito. En la mañana, Mwanga reunió a toda su corte y separó a los cristianos del resto diciendo: "Aquellos que no rezan párense junto a mí, los que rezan párense allá" El preguntó a los 15 niños y jóvenes, todos menores de 25 años, si eran cristianos y tenían la intención de seguir siendo cristianos. Ellos respondieron "SI" con fuerza y valentía. Mwanga los condenó a muerte.

EL rey mandó que al grupo lo llevasen a matar a Namugongo, lo cual representa una caminata de 37 millas. Uno de los jóvenes llamado Mabaga era hijo del jefe de los verdugos. Este le rogó que escapara y se escondiera pero Mbaga no quiso. Los prisioneros atados pasaron la casa de los Padres Blancos en su camino. El Padre Lourdel mas tarde relató sobre el jóven Kizito de 13 años, que sonreía y animaba al resto. Invitó a todos a cogerse de manos, para así ir unidos y ayudarse a mantener el ánimo. Lourdel estaba asombrado del valor y el gozo de estos nuevos cristianos camino al martirio. Tres de ellos fueron martirizados en el camino.

Un soldado cristiano llamado Santiago Buzabaliawo fue llevado ante el rey. Cuando Mwanga ordenó que lo matasen junto a los otros, Santiago dijo: "Entonces, adiós. Voy al cielo y rezaré a Dios por ti". Cuando el Padre Lourdel, lleno de dolor, levantó su brazo para absolver a Santiago que pasaba ante el, Santiago levantó sus propias manos atadas y apuntó hacia arriba para manifestar que el sabía que iba al cielo y se encontraría allí con el Padre Lourdel. Con una sonrisa le dijo al P. Lourdel, "¿Por qué estas triste? Esto no es nada ante los gozos que tu nos has enseñado a esperar".

Entre los condenados también estaba Andrés Kagwa, un jefe Kigowa que había convertido a su esposa y a varios otros, y Matías Murumba (o Kalemba) un auxiliar de juez. El mayor consejero estaba tan furioso contra Andrés que dijo que no comería hasta que Andrés estuviese muerto. Cuando los verdugos titubearon, Andrés les dijo: "No mantengan a vuestro consejero hambriento, mátenme". El mismo consejero dijo en tono cínico refiriéndose a Matías: "Sin duda su dios los rescatará" . "Si," contestó Matías, "Dios me rescatará pero tu no verás como lo hace porque tomará mi alma y te dejará solo mi cuerpo". A Matías lo hirieron mortalmente en el camino y lo dejaron allí para morir lo cual tomo por lo menos tres días.

Cuando la caravana de reos y verdugos llegó a Namugongo, los sobrevivientes fueron encerrados por siente días. El 3 de junio los sacaron, los envolvieron en esteras de cañas y los pusieron en una pira. Mbaga fue martirizado el primero. Su padre, el jefe de los verdugos, había tratado en vano una última vez de convencerlo a desistir de su fe. Le dieron entonces un golpe en la cabeza para que no sufriera al ser quemado su cuerpo. El resto de los cristianos fueron quemados. Carlos Lwanga tenía 21 años. Uno de los pajes, Mukasa Kiriwanu no había sido aun bautizado pero se unió a sus compañeros cuando se les preguntó si eran cristianos. Recibió aquel día el bautismo de sangre. Murieron 13 católicos y 11 protestantes proclamando el nombre de Jesús y diciendo "Pueden quemar nuestros cuerpos pero no pueden dañar nuestras almas".

No sabemos cuantos mártires produjo aquella persecución. Solo queda constancia de los que ocupaban un lugar en la corte o tenían puestos de alguna importancia.

Cuando los Padres Blancos fueron echados del país, los nuevos cristianos continuaron la obra misionera, traduciendo e imprimiendo el catecismo a su lengua nativa e instruyendo en la fe en secreto. No tenían sacerdotes pero Dios les infundió a aquellos cristianos de Uganda la gracia para vencer con gran valor a las difíciles circunstancias. Cuando los Padres Blanco volvieron después de la muerte del rey Mwanga, encontraron 500 cristianos y 1000 catecúmenos esperándolos.

Los mártires de Uganda fueron canonizados por el Papa Benito XV el 6 de junio de 1920.

Benedicto XV escribió para la beatificación de los siervos de Dios Carlos Lwanga, Mattías Murumba y sus compañeros, conocidos con el nombre de los Mártires de Uganda:
"Quién fue el que primero introdujo en Africa la fe cristiana se disputa aún; pero consta que ya antes de la misma edad apostólica floreció allí la religión, y Tertuliano nos describe de tal manera la vida pura que los cristianos africanos llevaban, que conmueve el ánimo de sus lectores. Y en verdad que aquella región a ninguna parecía ceder en varones ilustres y en abundancia de mártires. Entre éstos agrada conmemorar los mártires scilitanos, que en Cartago, siendo procónsul Publio Vigellio Saturnino, derramaron su sangre por Cristo, de las preguntas escritas para el juicio, que hoy felizmente se conservan, se deduce con qué constancia, con qué generosa sencillez de ánimo respondieron al procónsul y profesaron su fe. Justo es también recordar los Potamios, Perpetuas, Felicidades, Ciprianos y "muchos hermanos mártires" que las Actas enumeran de manera general, aparte de los mártires aticenses, conocidos también con el nombre de "masas cándidas", o porque fueron quemados con cal viva, como narra Aurelio Prudencio en su himno XIII, o por el fulgor de su causa, como parece opinar Agustín. Pero poco después, primero los herejes, después los vándalos, por último los mahometanos, de tal manera devastaron y asolaron el África cristiana que la que tantos ínclitos héroes ofreciera a Cristo, la que se gloriaba de más de trescientas sedes episcopales y había congregado tantos concilios para defender la fe y la disciplina, ella, perdido el sentido cristiano, se viera privada gradualmente de casi toda su humanidad y volviera a la barbarie."


Oremos:
Mártires de Unganda, rueguen para que nosotros, inspirado por vuestra fe, seamos capaces de mantenernos fieles en medio de cualquier prueba y de entregar nuestras propias vidas. Ayuden a aquellos que viven hoy bajo persecución. Amen.

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Los mártires colombianos de la comunidad de San Juan de Dios


LOS MÁRTIRES COLOMBIANOS DE LA COMUNIDAD DE SAN JUAN DE DIOS
(año 1936)
10 abril

Desde 1934 estalló en España una horrorosa persecución contra los católicos, por parte de los comunistas y masones y de la extrema izquierda. Por medio del fraude y de toda clase de trampas fueron quitándoles a los católicos todos los puestos públicos. En las elecciones, tuvo el partido católico medio millón de votos más que los de la extrema izquierda, pero al contabilizar tramposamente los votos, se les concedieron 152 curules menos a los católicos que a los izquierdistas.

La persecución anticatólica se fue volviendo cada vez más feroz y terrorífica. En pocos meses de 1936 fueron destruidos en España más de mil templos católicos y gravemente averiados más de dos mil.

Desde 1936 hasta 1939, los comunistas españoles asesinaron a 4,100 sacerdotes seculares; 2,300 religiosos; 283 religiosas y miles y miles de laicos. Todos por la sola razón de pertenecer a la Iglesia Católica.

Las comunidades que más mártires tuvieron fueron: Padres Claretianos: 270. Padres Franciscanos 226. Hermanos Maristas 176. Hermanos Cristianos 165. Padres Salesianos 100. Hermanos de San Juan de Dios 98.

En 1936 los católicos se levantaron en revolución al mando del General Francisco Franco y después de tres años de terribilísima guerra lograron echar del gobierno a los comunistas y anarquistas anticatólicos, pero estos antes de abandonar las armas y dejar el poder cometieron la más espantosa serie de asesinatos y crueldades que registra la historia. Y unas de sus víctimas fueron los siete jóvenes colombianos, hermanos de la Comunidad de San Juan de Dios, que estaban estudiando y trabajando en España.

Eran de origen campesino o de pueblos religiosos y piadosos. Muchachos que se habían propuesto desgastar su vida en favor de los que padecían enfermedades mentales, en la comunidad que San Juan de Dios fundó para atender a los enfermos más abandonados. La Comunidad los había enviado a España a perfeccionarse en el arte de la enfermería y ellos deseaban emplear el resto de su vida en ayudar de la mejor manera posible a que los enfermos recobraran su salud mental y física y sobre todo su salud espiritual por medio de la conversión y del progreso en virtud y santidad.

Sus nombres eran: Juan Bautista Velásquez, de Jardín (Antioquía) 27 años. Esteban Maya, de Pácora Caldas, 29 años. Melquiades Ramírez de Sonsón (Antioquía) 27 años. Eugenio Ramírez, de La Ceja (Antioquía) 23 años. Rubén de Jesús López, de Concepción (Antioquía) 28 años. Arturo Ayala, de Paipa (Boyacá) 27 años y Gaspar Páez Perdomo de Tello (Huila) 23 años.

Hacía pocos años que habían entrado en la Congregación y en España sólo llevaban dos años de permanencia. Hombre totalmente pacíficos que no buscaban sino hacer el bien a los más necesitados. No había ninguna causa para poderlos perseguir y matar, excepto el que eran seguidores de Cristo y de su Santa Religión. Y por esta causa los mataron.

Estos religiosos atenían una casa para enfermos mentales en Ciempozuelos cerca de Madrid, y de pronto llegaron unos enviados del gobierno comunista español (dirigido por los bolcheviques desde Moscú) y les ordenaron abandonar aquel plantel y dejarlo en manos de unos empleados marxistas que no sabían nada de medicina ni de dirección de hospitales pero que eran unas fieras en anticleralismo.

A los siete religiosos se los llevaron prisioneros a Madrid.

Cuando al embajador colombiano le contaron la noticia, pidió al gobierno que a estos compatriotas suyos por ser extranjeros los dejaran salir en paz del país, y les envió unos pasaportes y unos brazaletes tricolores para que los dejaran salir libremente. Y el Padre Capellán de las Hermanas Clarisas de Madrid les consiguió el dinero para que pagaran el transporte hacia Colombia, y así los envió en un tren a Barcelona avisándole al cónsul colombiano de esa ciudad que saliera a recibirlos. Pero en el tiquete de cada uno los guardas les pusieron una señal especial para que los apresaran.

El Dr. Ignacio Ortiz Lozano, Cónsul colombiano en Barcelona describió así en 1937 al periódico El Pueblo de San Sebastián cómo fueron aquellas jornadas trágicas: "Este horrible suceso es el recuerdo más doloroso de mi vida. Aquellos siete religiosos no se dedicaban sino al servicio de caridad con los más necesitados. Estaban a 30 kilómetros de Madrid, en Ciempozuelos, cuidando locos. El día 7 de agosto de 1936 me llamó el embajador en Madrid (Dr. Uribe Echeverry) para contarme que viajaban con un pasaporte suyo en un tren y para rogarme que fuera a la estación a recibirlos y que los tratara de la mejor manera posible. Yo tenía ya hasta 60 refugiados católicos en mi consulado, pero estaba resuelto a ayudarles todo lo mejor que fuera posible. Fui varias veces a la estación del tren pero nadie me daba razón de su llegada. Al fin un hombre me dijo: "¿Usted es el cónsul de Colombia? Pues en la cárcel hay siete paisanos suyos".

Me dirigí a la cárcel pero me dijeron que no podía verlos si no llevaba una recomendación de la FAI (Federación Anarquista Española). Me fui a conseguirla, pero luego me dijeron que no los podían soltar porque llevaban pasaportes falsos. Les dije que el embajador colombiano en persona les había dado los pasaportes. Luego añadieron que no podían ponerlos en libertad porque la cédula de alguno de ellos estaba muy borrosa (Excusas todas al cual más de injustas y mentirosas, para poder ejecutar su crimen. La única causa para matarlos era que pertenecían a la religión católica). Cada vez me decían "venga mañana". Al fin una mañana me dijeron: "Fueron llevados al Hospital Clínico". Comprendí entonces que los habían asesinado. Fue el 9 de agosto de 1936.

Aterrado, lleno de cólera y de dolor exigí entonces que me llevaran a la morgue o depósito de cadáveres, para identificar a mis compatriotas sacrificados.

En el sótano encontré más de 120 cadáveres, amontonados uno sobre otro en el estado más impresionante que se puede imaginar. Rostros trágicos. Manos crispadas. Vestidos deshechos. Era la macabra cosecha que los comunistas habían recogido ese día.

Me acerqué y con la ayuda de un empleado fui buscando a mis siete paisanos entre aquel montón de cadáveres. Es inimaginable lo horrible que es un oficio así. Pero con paciencia fui buscando papeles y documentos hasta que logré identificar cada uno de los siete muertos. No puedo decir la impresión de pavor e indignación que experimenté en presencia de este espectáculo. Los ojos estaban desorbitados. Los rostros sangrantes. Los cuerpos mutilados, desfigurados, impresionantes. Por un rato los contemplé en silencio y me puso a pensar hasta qué horrores de crueldad llega la fiera humana cuando pierde la fe y ataca a sus hermanos por el sólo hecho de que ellos pertenecen a la santa religión.

Redacté una carta de protesta y la envié a las autoridades civiles. Después el gobierno colombiano protestó también, pero tímidamente, por temor a disgustar aquel gobierno de extrema izquierda.

En aquellos primero días de agosto de 1936, Colombia y la Comunidad de San Juan de Dios perdieron para esta tierra a siete hermanos, pero todos los ganamos como intercesores en el cielo. En cada uno de ellos cumplió Jesús y seguirá cumpliendo, aquella promesa tan famosa: "Si alguno se declara a mi favor ante la gente de esta tierra, yo me declararé a su favor ante los ángeles del cielo".

Estos son los primeros siete beatos colombianos. Los beatificó el Papa Juan Pablo II en 1992. Y ojalá sean ellos los primeros de una larguísima e interminable serie de amigos de Cristo que lo aclamen con su vida, sus palabras y sus buenas obras en este mundo y vayan a hacerle compañía para siempre en el cielo.


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Los ciento veinte mártires de Persia


LOS CIENTO VEINTE MÁRTIRES DE PERSIA, RUEGUEN POR NOSOTROS
6 de Abril

Se ignoran los nombres de estos mártires, pero según la tradición, en el reinado de Sapor II de Persia, más de cien cristianos fueron martirizados el mismo día, en Seleucia de Tesifonte. Entre ellos, había nueve vírgenes consagradas a Dios; el resto eran sacerdotes, diáconos y monjes.

Como todos se negaron a adorar al sol, fueron encarcelados durante seis meses en sucias prisiones.

Una rica y piadosa mujer, llamada Yaznadocta les ayudó, enviándoles alimentos. Yaznadocta se las arregló para averiguar la fecha en que los mártires iban a ser juzgados. La víspera, organizó un banquete en su honor, fue a visitarles en la prisión y regaló a cada uno un vestido de fiesta.

A la mañana siguiente, volvió muy temprano y les anunció que iban a comparecer ante el juez y que aún tenían tiempo de implorar la gracia de Dios para tener el valor de dar su sangre por tan gloriosa causa. El juez prometió nuevamente la libertad si adoraban al sol, pero ellos contestaron que estaban dispuestos a dar la vida por Dios. Fueron condenados a morir decapitados y Yaznadocta consiguió los cadáveres y los quemó para evitar que fuesen profanados.

aciprensa@aciprensa.com

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Santos Jonás y Baraquicio, mártires


SANTOS JONÁS Y BARAQUICIO, MÁRTIRES, RUEGA POR NOSOTROS
29 marzo


Sapor emprendió persecución contra los cristianos

Podemos citar aquí los hechos genuinos de los mártires San Jonás y San Baraquicio, relatados por un testigo ocular llamado Isaías, un armenio al servicio del rey Sapor II. Las versiones griegas contienen ciertas adiciones e interpolaciones, pero el texto sirio original ha sido publicado por Esteban Assemani y por Bedjan. Fueron torturados cruelmente. En el décimo octavo año de su reinado, Sapor, rey de Persia, emprendió una recia persecución contra los cristianos. Jonás y Baraquicio, dos monjes de Beh Iasa, sabiendo que varios cristianos estaban sentenciados a muerte en Hubaham, fuero allí a alentarlos y servirlos. Nueve de ellos recibieron la corona del martirio. Después de la ejecución, Jonás y Baraquicio fueron aprehendidos por haber exhortado a los mártires a perseverar hasta morir. El presidente empezó instando a los dos hermanos y urgiéndoles a que obedecieran al rey de reyes, esto es, al monarca persa y a que adoraran al sol. Ellos contestaron que era más razonable obedecer al inmortal Rey de los cielos y la tierra que a un príncipe mortal. Baraquicio fue entonces arrojado a un estrecho calabozo, mientras que a Jonás se le detuvo y se le ordenó sacrificar a los dioses. Fue tendido en tierra boca abajo, con una aguda estaca bajo el cuerpo y azotado con varas. El mártir perseveró todo el tiempo en oración, así que el juez ordenó que se le arrojara a un estanque helado; pero tampoco esto produjo el menor efecto. Más tarde, el mismo día, se llamó a Baraquicio y se le dijo que su hermano había sacrificado. El mártir replicó que no era posible que hubiera rendido honores divinos al fuego, una creatura, y habló tan elocuentemente del poder y la grandeza de Dios, que los magos, asombrados, se dijeron unos a otros que si se le permitiera hablar en público, sus palabras arrastrarían a muchos al cristianismo. Decidieron, por lo tanto, de allí en adelante, llevar a cabo sus interrogatorios de noche. Entre tanto, lo atormentaron a él también. Jonás fue despedazado con una sierra. A la mañana siguiente, a Jonás se le sacó del estanque y se le preguntó si no había pasado una noche muy incómoda. "No" replicó. "Desde el día en que vine a este mundo no recuerdo haber pasado una noche más tranquila, porque fue maravillosamente confortada con la memoria de los sufrimientos de Cristo". Los magos dijeron: "¡Tu compañero ha apostatado"! Pero el mártir, interrumpiéndolos, exclamó: "Yo sé que hace largo tiempo renunció al demonio y a su séquito". Los jueces le advirtieron que tuviera cuidado, no fuera a ser que pereciera abandonado de Dios y de los hombres, pero Jonás, replicó: "Ya que pretendéis ser sabios, juzgad si no es más prudente sembrar el grano que almacenarlo. Nuestra vida es una semilla sembrada para volver a nacer en el mundo futuro, donde será renovada por Cristo en una vida inmortal". Continuó desafiando a sus verdugos y después de muchas torturas, fue prensado en un molino de madera hasta que sus venas reventaron y finalmente, su cuerpo fue despedazado con una sierra y sus mutiladas partes arrojadas a una cisterna. Se apostaron guardias para vigilar las reliquias a fin de que los cristianos no las robaran. Después de haber martirizado a Jonás en esta forma, se le aconsejó a Baraquicio, nuevamente, que salvara su propio cuerpo. Esta fue su respuesta: "Yo no armé este cuerpo, ni yo lo destruiré. Dios que lo hizo, lo restaurará y os juzgará a vosotros y a vuestro rey". Se le sujetó de nuevo a tormentos y finalmente, se le dio muerte, vertiéndole pez y azufre ardientes en la boca. Habiendo recibido noticia de su muerte, un viejo amigo compró los cuerpos de los mártires por 500 dracmas y tres vestiduras de seda, prometiendo no divulgar nunca la venta.

Fuente: Guinea, Wilfredo, S.J. Vida de los santos de Butler. Collier, International, John W. Clute, S.A. México. 1965.

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San Trófico y Talo, mártires


SAN TRÓFICO Y TALO, MÁRTIRES. RUEGA POR NOSOTROS
Marzo 11

Laodicea († 301) Trofimo y Talo eran dos hermanos, naturales de Estratónica, detenidos por ser cristianos, durante la persecución de Diocleciano.

Se intentó lapidarlos, pero las piedras no llegaron a tocarlos; parecían estar protegidos por un escudo invisible que le hubiera enviado Dios. Sorprendido el prefecto por este prodigio, dejó libres a los mártires, pero poco después fueron denunciados como cristianos y como ellos hicieran pública profesión de su fe en Jesús, se les condenó a morir despedazados por los garfios.

Los santos fueron atados a sendos caballetes y los verdugos comenzaron a arrancar trozos de sus cuerpos. En medio de los tormentos, no hacían sino rezar y burlarse de los paganos de modo que el prefecto ordenó que los crucificaran. Cuando por fin expiraron, los fieles recogieron los cuerpos y les dieron piadosa sepultura.

Detenidos por ser cristianos, durante la persecución de Diocleciano. Se intentó lapidarlos, perolas piedras no llegaron a tocarlos. Sorprendido el prefecto por este prodigio, dejó libres a los mártires, poco después como ellos hicieran pública profesión de su fe en Jesús, se les condenó a morir despedazados por los garfios y luego crucificados. Luego de morir los fieles recogieron los cuerpos y les dieron piadosa sepultura.
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Fuente: oremosjuntos.com

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Santas Perpetua y Felicitas y compañeros mártires en Cartago


SANTAS PERPETUA Y FELICITAS
Y COMPAÑEROS MÁRTIRES EN CARTAGO. RUEGA POR NOSOTROS
7 de marzo, c.205

Perpetua nacida en la nobleza, conversa.
Esposa y madre. Fue martirizada con su servidora y amiga y otros mártires

En el siglo IV se leían las actas de estas santas en las iglesias de Africa. El pueblo les profesaba una estima tan grande que San Agustín se vio obligado a publicar una protesta para evitar que se las considerara en plano de igualdad con la Sagrada Escritura.

Durante la persecución del emperador Severo, fueron arrestados en Cartago cinco catecúmenos el año 205. Eran estos Revocato, Felícitas (su compañera de esclavitud, que estaba embarazada desde hacía varios meses), Saturnino, Secúndulo y Vibia Perpetua. Esta última tenía 22 años de edad, era madre de un pequeñín y tenía buena posición. A estos cinco se unió Sáturo quien les había instruido en la fe y se negó a abandonarles.

Perpetua escribió las actas: "Yo estaba todavía con mis compañeros. Mi padre, que me quería mucho, trataba de darme razones para debilitar mi fe y apartarme de mi propósito. Yo le respondí: "Padre, ¿no ves ese cántaro o jarro, o como quieras llamarlo?... ¿Acaso puede llamarlo con un nombre que no le designe por lo que es?" "No", replicó él. "Pues tampoco yo puedo llamarme por un nombre que no signifique lo que soy: cristiana". Al oír la palabra "cristiana", mi padre se lanzó sobre mí y trató de arrancarme los ojos, pero sólo me golpeó un poco, pues mis compañeros le detuvieron... Yo di gracias a Dios por el descanso de no ver a mi padre durante algún tiempo... En esos días recibí el bautismo y el Espíritu me movió a no pedir más que la gracia de soportar el martirio. Al poco tiempo, nos trasladaron a una prisión donde yo tuve mucho miedo, pues nunca había vivido en tal oscuridad. ¡Que horrible día! El calor era insoportable, pues la prisión estaba llena. Los soldados nos trataban brutalmente. Para colmo de males, yo tenía ya dolores de vientre..."

Mas tarde, Perpetua tuvo un sueño que le ayudó a prepararse para el martirio. Su padre regresó para implorarle que renunciara a su fe para evitar el martirio. Le decía de rodillas y besando sus manos: "... Piensa en tu madre y en la hermana de tu madre; piensa sobre todo en tu hijo, que no podrá sobrevivirte. Depón tu orgullo y no nos arruines, pues jamás podremos volver a hablar como hombres libres, si te sucede algo". Ella le respondió: "Las cosas sucederán como Dios disponga, pues estamos en Sus manos y no en las nuestras"

Condujeron a los reos a la plaza del mercado para juzgarlos ante una multitud. Narra Perpetua: "Todos los que fueron juzgados antes de mí confesaron la fe. Cuando me llegó el turno, mi padre se aproximó con mi hijo en brazos y, haciéndome bajar de la plataforma, me suplicó: ´Apiádate de tu hijo´. El presidente Hilariano se unió a los ruegos de mi padre, diciéndome: ´Apiádate de las canas de tu padre y de la tierna infancia de tu hijo. Ofrece sacrificios por la prosperidad de los emperadores´. Yo respondí: ¡No! ´¿Eres cristiana?´, me preguntó Hilariano. Yo contesté: "Sí, soy cristiana.´ Como mi padre persistiese en apartarme de mi resolución, Hilariano mandó que le echasen fuera y los soldados le golpearon con un bastón. Eso me dolió como si me hubiesen golpeado a mí, pues era horrible ver que maltrataban a mi padre anciano. Entonces el juez nos condenó a todos a las fieras y volvimos llenos de gozo a la prisión. Como mi hijo estaba acostumbrado al pecho, rogué a Pomponio que le trajese a la prisión, pero mi padre se negó a dejarle venir. Pero Dios dispuso las cosas de suerte que mi hijo no extrañó el pecho y a mi no me hizo sufrir la leche de mis pechos."

Según parece, Secúndulo había muerto en la prisión antes del juicio. Antes de dictar sentencia, Hilariano había mandado azotar a Revocato y Saturnino y abofetear a Perpetua y Felícitas. Se reservó a los mártires para los espectáculos que se iban a ofrecer a los soldados durante las fiestas de Geta, a quien su padre, Severo, había nombrado César cuatro años antes, en tanto que había nombrado Augusto a su hijo Caracala.

Santa Perpetua relata otra de sus visiones: "Pocos días después, mientras estaba yo orando, se me escapó el nombre de Dinócrates (su hermano de sangre que había muerto a los siete años). La cosa me sorprendió mucho, pues yo no estaba pensando en él. Al punto comprendí que debía orar por él y así lo hice con gran fervor e insistencia..."

Felícitas tenía miedo de que se la privase del martirio, porque generalmente no se condenaba a la pena capital a las mujeres embarazadas. Todos los mártires oraron por ella y así dio a luz a una hija en la prisión; uno de los cristianos adoptó a la niña.

Según las actas: "El día del martirio los prisioneros salieron de la cárcel como si fuesen al cielo... La multitud, furiosa al ver la valentía de los mártires, pidió a gritos que les azotaran; así pues, cada uno de ellos recibió un latigazo al pasar frente a los gladiadores." Sáturo fe echado varias bestias que no le dañaron. Al fín "un leopardo saltó sobre él y le dejó cubierto de sangre en un instante. La multitud gritaba: ´¡Ahora sí está bien bautizado!´ El mártir, ya agonizante, dijo a Pudente: ´¡Adios! Conserva la fe, acuérdate de mí, y que esto sirva para confirmarte y no para confundirte.´ Y, tomando el anillo del carcelero, lo mojó en su propia sangre, lo devolvió a Pudente y murió. Así fue a esperar a Perpetua, como esta lo había predicho."

"Perpetua y Felícitas fueron arrojadas a una vaca salvaje. La fiera atacó primero a Perpetua, quien cayó de espaldas; pero la mártir se sentó inmediatamente, se cubrió con su túnica desgarrada y se arregló un poco los cabellos para que la multitud no creyese que tenía miedo. Después fue a reunirse con Felícitas que yacía tambien por tierra. Juntas esperaron el siguiente ataque de la fiera; pero la multitud gritó que con eso bastaba; los guardias las hicieron salir por la Puerta Sanavivaria, que era por donde salían los gladiadores victoriosos. Al pasar por ahí, Perpetua volvió en sí de una especie de éxtasis y preguntó si pronto iba a enfrentarse con las fieras. Cuando le dijeron lo que había sucedido, la santa no podía creerlo, hasta que vio sobre su cuerpo y sus vestidos las señales de la lucha. Entonces llamó a su hermano y al catecúmeno Rústico y les dijo: ´Permaneced firmes en la fe y guardad la caridad entre vosotros; no dejéis que los sufrimientos se conviertan en piedra de escándalo´. Entre tanto la veleidosa muchedumbre pidió que las mártires compareciesen nuevamente; así se hizo, con gran gozo para las dos santas. Después de haberse dado el beso de la paz, Felícitas fue decapitada por los gladiadores. El verdugo de Perpetua, que estaba muy nervioso, erró en el primero golpe, arrancando un grito a la mártir; ella misma tendió el cuello para el segundo golpe. ´Tal vez porque una mujer tan grande... sólo podía morir voluntariamente".

En 1907, el P. Delattre descubrió y restauró una antigua inscripción en la basílica Majorum de Cartago. En dicha basílica habían sido enterrados los cuerpos de los mártires, según dice expresamente Victor Vitese, un obispo africano del siglo V que había visitado la tumba. El contenido de la inscripción es el siguiente: "Aquí reposan los mártires Sáturo, Saturnino, Revocato, Secúndulo, Felícitas y Perpetua, quienes sufrieron en las nonas de marzo". Sin embargo, no es posible afirmar con toda certeza que esa inscripción sea la de la losa sepulcral de los mártires.

El martirio se conmemoraba originalmente en las nonas de marzo (7 de marzo). Estos mártires aparecen en todos los calendarios y martirologios antiguos, como por ejemplo en el calendario filocaliano de Roma, (354 P.C.)

Fuente: Butler, Vida de los Santos, Vol I

www.corazones.org

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Santos Faustino y Jovita, hermanos y mártires


SANTOS FAUSTINO Y JOVITA, HERMANOS Y MÁRTIRES, RUEGUEN POR NOSOTROS
15 febrero

San Faustino y Jovita, hermanos, nacieron de una ilustre familia en Brescia, ciudad de Lombardía. Es probable que sus padres fueran cristianos; lo cierto es que los dos Santos hermanos desde su juventud eran muy venerados de los fieles, así por su vida ejemplar, como por el celo que mostraban por la religión. Pocos hermanos se han visto más unidos en dictámenes y en inclinaciones; sus corazones miraban a un mismo objeto, porque sus entendimientos se gobernaban por unos mismos principios. El espíritu de Dios que los animaba, les quitaba el gusto a todo, menos a ejercitarse perpetuamente en santas obras; esta era toda su diversión y todo su consuelo. Se ocupaban en visitar a los fieles que estaban ocultos por miedo de la persecución; alentaban a unos, consolaban a otros, y hacían bien a todos.

Llegó a noticia de Apolonio, obispo de Brescia, que estaba escondido en un desierto vecino durante aquella terrible tempestad, el valor y celo con que los dos Santos hermanos se empleaban en las referidas obras de caridad. Quiso verlos; y habiendo hallado en ellos aún más virtud y más mérito que le que publicaba la fama, creyó que no podía hacer a su iglesia mayor servicio, que elevarlos al ministerio de los altares, confiriéndolos los órdenes sagrados. Se dispusieron para recibirlos con aquel fervor que merecen las gracias y los dones que acompañan al sacerdocio, en cuyo digno espíritu se imbuyeron. Faustino que era el mayor, fue ordenado de presbítero, y Jovita de diácono. Salieron de su retiro los dos nuevos ministros de Jesucristo, como los apóstoles salieron del Cenáculo, llenos del Espíritu Santo, y animados de aquel fervoroso celo, que en poco tiempo hizo maravillosas conquistas, convirtiendo gran número de gentiles.

La mayor autoridad que les daba el nuevo carácter aumentó también su fervor. Predicaban con tanto mayor aliento, cuanta era más grande su reputación, adelantándose ésta a ganarles las voluntades, y a rendirles los entendimientos, de manera que apenas había quien pudiese resistirse a su celo.

Al eco de las maravillas que obraban los dos nuevos apóstoles, concurrían los pueblos vecinos, acudiendo en tropas a oír a estos oráculos. Los gentiles detestaban la superstición, y hacían pedazos los ídolos. Se vio mudado el semblante de la ciudad, siendo cristianos casi todos sus habitadores.

A vista de tantas conversiones no podía dejar de irritarse el enemigo común. Se armaron todas las furias del infierno para detener el rápido curso de tan gloriosas conquistas; ni era posible que un celo tan ardiente y tan eficaz dejase de encender el fuego de la persecución.

Con efecto el conde Itálico, grande enemigo del nombre cristiano, sabiendo que había llegado a Liguria el emperador Adriano, fue a echarse a sus pies. Le representó, “que mirase por su seguridad y por la de todo el imperio, pues una y otra peligraba, amenazándola inevitable ruina por la malignidad de dos hombres los más perversos del mundo, puesto que eran los más fieros enemigos de los dioses inmortales”. Sobresaltado extrañamente el Emperador al oír una proposición tan preñada, le preguntó: “¿quiénes eran los tales hombres y por qué medios, o con qué artificios pretendían conseguir un intento tan vasto como depravado”.

“Son dos ciudadanos de Brescia”, respondió el conde; “uno se llama Faustino, y otro Jovita, habilísimos ambos para engañar al pueblo; tan poderosos en palabras y en artificios, que apenas abren la boca, cuando todos los que los oyen dejan el culto de los dioses, arrojan al suelo los ídolos, los pisan, los hacen pedazos, adoran a no sé qué judío, llamado Jesucristo, que dicen murió en una cruz. Ya han trastornado la cabeza a mucha gente honrada; los templos están desiertos; y la religión de nuestros padres va infaliblemente a ser exterminada, si vos, Señor, no aplicáis pronto y eficaz remedio. Salid a la defensa de los dioses, a quienes debéis la vida y el Imperio: dad incesantemente vuestras órdenes para que sean exterminados los cristianos”.

Movido el Emperador de este sedicioso discurso, creyó que no podía remedia más eficazmente el soñado mal que amenazaba, que encomendando el remedio con todos su plenos poderes, al mismo que conocía tan bien las consecuencias. Esto era lo que pretendía el enfurecido Conde, y así desempeñó la comisión con la mayor crueldad.

Partió a Brescia sin detenerse; se apoderó de los dos santos hermanos Faustino y Jovita; los mandó que al punto ofreciesen incienso a los dioses, o que se dispusiesen para padecer los más crueles tormentos. La valerosa y firme respuesta de los dos generosos hermanos le quitó desde luego toda esperanza de vencerlos; pero como estaba para venir muy presto el Emperador a la misma ciudad de Brescia, tuvo por conveniente esperar a que llegase, para consultar con él qué suplicios y qué muerte se había de dar a unos hombres de aquella calidad, y de aquella reputación.

Informado el Emperador del estado de la causa, ordenó que fuesen en su compañía al templo del Sol para asistir al sacrificio. Luego que los Santos entraron en el templo, la estatua que era de oro bruñido y muy resplandeciente, se puso más negra que un carbón. Sorprendido el Emperador, mandó que la lavasen, pero cuando iban los sacerdotes a limpiarla, cayó a los pies de los Santos hecha polvo. Atribuyó el milagro a hechicería, y temiendo la cólera de los dioses, mandó que los dos hermanos fuesen echados a las fieras. Apenas entraron en el circo cuando soltaron cuatro leones para que los despedazasen; pero todos cuatro se postraron mansamente a los pies de nuestros Santos, alhajándolos blandamente con las colas. A los leones se siguieron osos y leopardos; pero aunque los gentiles procuraban irritarlos, aplicándolos hachas encendidas, no fueron menos atentos que los leones. La funesta suerte del conde Itálico, y de algunos otros cortesanos, que bajándose a irritar las fieras fueron devorados por ellas, acreditó con prueba visible y dolorosa el poder del Dios que adoraban los Santos. Lo más admirable que hubo en este suceso fue, que atemorizados los gentiles, y huyendo todos atropelladamente a sus casas, se dejaron abierta la puerta del circo con la confusión; pero los Santos mandaron a las fieras que se fuesen derechas a los bosques sin hacer daño a persona alguna, lo que ellas ejecutaron al instante.



Santos hermanos mártires Faustino y Jovita en el circo con los leones.

Atemorizado también el mismo Emperador, y temiendo alguna sedición, salió de la ciudad; pero encaprichado siempre en el dictamen de que las maravillas que obraban nuestros Santos eran efectos del arte mágica, creyó neciamente que podía ser medio para hacer inútil su arte el irles conduciendo por varias ciudades de Italia. Con esta extravagante aprensión mandó que fuesen llevados a Milán en compañía de uno de sus oficiales, llamado Calocero, el cual se había convertido a la fe a vista de tantos prodigios. No es fácil expresar cuántos y cuán varios géneros de tormentos tuvieron que padecer, ni cuántas y cuán gloriosas victorias consiguieron. Les llenaron la boca de plomo derretido; les molieron los huesos; les abrieron los costados con láminas ardiendo. En este suplicio exclamó Calocero: “Rogad a Dios por mí, o santos Mártires, y pedidle me dé fortaleza para sufrir el rigor del fuego que me atormenta”. Habiendo hecho oración los dos hermanos, no sintió Calocero más dolor, y pocos días después consiguió la corona del martirio.

Pasó el Emperador desde Milán a Roma y a Nápoles, y ordenó que los dos Santos hermanos le siguiesen en todas estas jornadas, sin advertir que era soberana disposición del Cielo, para que por este medio hiciesen nuevas conquistas en las tres más famosas ciudades de la Italia. En todas partes padecieron crueles tormentos por Jesucristo, y en todas su invicta paciencia y las maravillas que continuamente obraban, convertían a la fe innumerables gentiles. En fin, volviéndolos a conducir a Brescia cargados de palmas y de laureles, después de tan repetidos triunfos, consumaron su glorioso martirio, habiéndolos cortado la cabeza fuera de la ciudad, en el camino que va a Cremona, hacia el año de Jesucristo de 122. Desde entonces los venera la ciudad de Brescia por patronos suyos, conservando sus preciosas reliquias en una urna de mármol, sostenida de seis columnas de la misma materia, en la propia Iglesia que es titular de su nombre.

Propósitos

1. Asombro es que los que están más indispensablemente obligados a hacer mayor penitencia, sean por lo común los que hacen menos. ¡Qué actos tan imposibles, qué dificultades insuperables no se figuran o se alegan, cuando se trata de admitir una ligera penitencia por gravísimos pecados! Apenas se encuentra mujer del mundo u hombre disoluto que tenga fuerza para ayunar; ¿Qué digo ayunar? Aun menos se hallan que no pretendan tener justísimos motivos para ser dispensados aun de sola la abstinencia. ¿Se habla de hacer algunas limosnas? Entonces salen las deudas, hay mucha familia, son excesivos los gastos de la casa. De suerte que, el día de hoy, los mayores pecadores parece se juzgan casi absolutamente dispensados de hacer penitencia. Y siendo esto así, ¿Cómo se pueden lisonjear de ser penitentes?

2. No te has de persuadir a que la penitencia que te impone el confesor te excusa de hacer otra penitencia. Aquélla sólo es como prenda de ésta; porque toda la vida del cristiano, especialmente del pecador, debe abundar en frutos de penitencia. Si no todos pueden macerarse con largas abstinencias o con otras rigurosas penitencias exteriores, a lo menos todos pueden mortificarse. Hay muchas especies de frutos de penitencias. Apenas hay cosa que no te ofrezca ocasión de mortificar tus inclinaciones naturales. Los humores, el genio, las mismas pasiones, hasta el mismo amor propio, pueden contribuir a esta dichosa fertilidad. No hay tiempo, no hay lugar que no pueda dar ejercicio a la paciencia.

Fuente: Las historias de las vidas de los santos fueron transcritas del libro “Año cristiano o Ejercicios devotos para todos los días del año” del padre Juan Croisset (1656-1738) de la Compañía de Jesús; traducido al castellano por el padre José Francisco de Isla (1703-1781) de la Compañía de Jesús. Publicado en el siglo XIX.

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Los Mártires de la Iglesia, ¿Cuánto sabes acerca de ellos?


LOS MÁRTIRES DE LA IGLESIA, ¿CUÁNTO SABES ACERCA DE ELLOS?

La palabra griega martus significa un testigo que testimonia un hecho del que tiene conocimiento por observación personal. Es en este sentido que el término aparece por primera vez en la literatura cristiana; los Apóstoles fueron “testigos” de todo lo que habían observado en la vida pública de Cristo, así como de todo lo que habían aprendido con su enseñanza, “en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra” ( Hch. 1,8). San Pedro emplea el término con este significado en su alocución a los apóstoles y discípulos con motivo de la elección del suplente de Judas: “Conviene, pues que de entre los hombres que anduvieron con nosotros todo el tiempo que el Señor Jesús convivió con nosotros, a partir del bautismo de Juan hasta el día en que nos fue llevado, uno de ellos sea constituido testigo con nosotros de su Resurrección.” (Hch. 1,22). En su primer discurso público, el primero de los Apóstoles habla de sí mismo y de sus compañeros como de “testigos” que vieron a Cristo resucitado y posteriormente, tras la milagrosa evasión de los apóstoles de la prisión, cuando los llevaron por segunda vez ante el tribunal, Pedro alude de nuevo a los doce como testigos de Cristo, Príncipe y Salvador de Israel que resucitó de entre los muertos; y añadió que ellos debían obedecer a Dios antes que a los hombres (Hch. 5,29 ss) al dar público testimonio de estos hechos, de los cuales ellos estaban seguros. También en su primera carta San Pedro se refiere a sí mismo como “testigo de los padecimientos de Cristo” (1 Ped. 5,1).

Pero incluso en estos primeros ejemplos del uso de la palabra martus en la terminología cristiana ya es notable un nuevo matiz en su acepción, además del significado aceptado para el término. Los discípulos de Cristo no eran testigos corrientes como los que prestaban declaración en un tribunal de justicia. Estos últimos no corrían ningún riesgo al atestiguar los hechos que habían observado, mientras que los testigos de Cristo se enfrentaban diariamente, desde el comienzo de su apostolado, con la posibilidad de sufrir graves castigos y aún la muerte misma. Así, San Esteban fue un testigo que selló su testimonio con su sangre a principios de la historia del cristianismo. Las actuaciones de los Apóstoles estuvieron siempre asediadas de peligros del carácter más serio, hasta que todos ellos sufrieron finalmente la última pena por sus convicciones. De este modo, en vida de los Apóstoles, el término martus llegó a usarse en el sentido de testigo al que se le puede exigir en cualquier ocasión que renuncie o reniegue de lo que ha testificado, bajo pena de muerte. A partir de esta fase fue natural la transición hacia el significado habitual del término, según se usa en la literatura cristiana desde entonces: un mártir, o testigo de Cristo, es una persona que, aunque no ha visto ni oído nunca al divino fundador de la Iglesia, está no obstante tan firmemente convencida de las verdades de la religión cristiana, que sufre de buen grado la muerte antes que renegar de ella. San Juan emplea la palabra con este significado a finales del siglo I; se habla de Antipas, un converso del paganismo, como de "mi testigo (martus) fiel, que fue muerto entre vosotros, ahí donde habita Satanás." ( Apoc. 2,13). El mismo apóstol habla más adelante de "las almas de los degollados a causa de la palabra de Dios y del testimonio (martyrian) que mantuvieron." (Apoc. 6,9).

Aún así, fue sólo gradualmente que durante el transcurso de la primera época de la Iglesia, llegó a aplicarse la denominación de mártir exclusivamente a quienes habían muerto por la fe. Por ejemplo, los nietos de San Judas fueron considerados mártires tras su huida del peligro que arrostraron cuando fueron citados ante Domiciano ( Eusebio "Hist. Ecl", III, XX, XXXII). Los célebres confesores de Lyon, que tan valientemente soportaron tremendos suplicios por sus creencias, fueron considerados mártires por sus compañeros en la fe cristiana, pero ellos mismos declinaron este título como un derecho perteneciente sólo a quienes habían muerto realmente: "Son ya mártires los que Cristo ha juzgado dignos de ser elevados por su confesión, habiendo sellado su testimonio con su partida; nosotros solamente somos pobres y humildes confesores" (Eusebio, op. cit., V, II). Por lo tanto, esta distinción entre mártires y confesores puede situarse hacia las postrimerías del siglo II: sólo fueron mártires aquellos que habían padecido la pena extrema, mientras que se dio el título de confesores a los cristianos que habían mostrado la buena voluntad de morir por su creencia, soportando con valentía prisión o tortura, pero no fueron ejecutados.

Con todo, el calificativo de mártir aún se aplicó algunas veces durante el siglo III a personas todavía vivas, como por ejemplo, San Cipriano, que dio el título de mártires a varios obispos, presbíteros y laicos condenados a trabajos forzados en las minas (Ep. 76). Tertuliano llama martyres designati a los arrestados por ser cristianos y aún no condenados. En el siglo IV, San Gregorio Nacianceno se refiere a San Basilio como “un mártir”, pero es evidente que emplea el término en un sentido amplio, en el que la palabra todavía se aplica a veces a una persona que ha sufrido muchas y graves penalidades por la causa del cristianismo. La descripción de mártir dada por el historiador pagano Amiano Marcelino (XXII, XVII) muestra que a mediados del siglo IV el título se reservaba en todas partes para los que realmente habían sufrido la muerte por su fe. A los herejes y cismáticos ajusticiados como cristianos se les negó el título de mártires (San Cipriano, "De Unit.", XIV; San Agustín, Ep. 173; Eusebio., "Hist. Ecl.", V, XVI, XXI). San Cipriano formula con claridad el principio general de que "no puede ser un mártir quien no está en la Iglesia; no puede alcanzar el reino quien reniega de lo que reinará allá." Clemente de Alejandría desaprueba con firmeza (Strom., IV, IV) a algunos herejes que se entregaron a la ley; ellos "se proscriben a sí mismos sin ser mártires".

A los ortodoxo no se les permitía buscar el martirio. Sin embargo, Tertuliano aprueba la conducta de los cristianos de la provincia de Asia que se entregaron al gobernador Arrio Antonino (Ad. Scap., v). También Eusebio relata con aprobación el incidente de tres cristianos de Cesarea de Palestina, que se presentaron ellos mismos al juez en la persecución de Valeriano y fueron condenados a muerte (Hist. Eccl., VII, XII). Pero en general se consideraba imprudente, si bien las circunstancias podían excusar a veces tal proceder. San Gregorio Nacianceno recapitula en una sentencia la regla a seguir en casos semejantes: “buscar la muerte es una pura temeridad, pero es cobarde renunciar a ella” (Orat. XLII, 5, 6). El ejemplo de un cristiano de Esmirna llamado Quinto, que en tiempos de San Policarpo persuadió a varios de sus compañeros creyentes a declararse cristianos, fue un aviso de lo que puede pasarle al demasiado ardoroso: Quinto apostató en el último momento, si bien sus acompañantes perseveraron.

La rotura de ídolos fue condenada en el Concilio de Elvira (306), el cual decretó, en su canon sexagésimo, que no sería inscrito como mártir un cristiano ajusticiado por un vandalismo de esa clase. En cambio Lactancio sólo censura levemente a un cristiano de Nicomedia que sufrió el martirio por romper el edicto de persecución (Do mort. pers., XIII). En un caso San Cipriano autoriza a buscar el martirio. Escribiendo a sus presbíteros y diáconos respecto a los lapsi arrepentidos que pedían a gritos ser aceptados de nuevo en la comunión, el obispo, tras dar instrucciones generales sobre el asunto, concluye diciendo que si estos impacientes personajes eran tan vehementes por regresar a la Iglesia había un modo de abrírsela. "La lucha va aún más allá", dice, "y la contienda se emprende a diario. Si ellos (los lapsi) se arrepienten sincera y constantemente de lo que han hecho, y prevalece el fervor de su fe, el que no pueda ser postergado debe ser premiado" (Ep. XIII).

Base legal de las persecuciones

En la antigüedad, la aceptación de la religión nacional era una obligación impuesta a todos los ciudadanos; la omisión del culto a los dioses del Estado era equivalente a traición. Este principio universalmente aceptado es el origen de diversas persecuciones sufridas por los cristianos antes del reinado de Constantino el Grande; los cristianos negaban la existencia de los dioses del panteón estatal y en consecuencia rechazaban rendirles culto, por lo cual se les consideraba ateos. Realmente, es cierto que los judíos también rechazaban a los dioses de Roma y aún así eludieron la persecución. Pero, desde el punto de vista romano, los judíos tenían una religión nacional y un Dios nacional, Yahveh, a quien tenían un derecho de culto legal pleno. Incluso tras la destrucción de Jerusalén, cuando los judíos dejaron de existir como nación, Vespasiano no realizó ningún cambio en su calidad de entidad religiosa, salvo que los judíos enviaban antes al Templo de Jerusalén debía pagarse en adelante al erario romano.

Tras su fundación, la Iglesia cristiana disfrutó algún tiempo de los privilegios religiosos de la nación judía, pero está claro que por la naturaleza del caso los jefes de la religión judía no consentirían esta situación durante mucho tiempo sin protestar. En efecto, ellos aborrecían la religión de Cristo tanto como detestaban a su fundador. No puede determinarse la fecha en que las autoridades romanas dirigieron su atención hacia la diferencia entre las religiones judía y cristiana, pero parece estar bastante bien fundado que las leyes que proscribían el cristianismo fueron promulgadas antes de finales del siglo I. La autoridad de Tertuliano afirma que la persecución de los cristianos fue institutum Neronianum ---una institución de Nerón--- (Ad nat., I, 7). La Primera Carta del Apóstol San Pedro también alude claramente a la proscripción de los cristianos, por ser cristianos, en la época en que fue escrita (1 Ped. 4,16). Además, se sabe que Domiciano (81-96) castigó con la muerte a miembros de su propia familia bajo el cargo de ateísmo (Suetonio, "Domitianus", XV). Por tanto, aunque es probable que la fórmula: "Que no haya cristianos" (Christiani non sint) se remonte a la segunda mitad del siglo I, sin embargo, la primera promulgación clara sobre el asunto del cristianismo es la de Trajano (98-117) en su célebre carta al joven Plinio, su legado en Bitinia.

El emperador había enviado a Plinio desde Roma para restablecer el orden en la provincia de Bitinia-Ponto. Una de las más serias dificultades que encontró para el cumplimiento de su cometido concernía a los cristianos. Le sorprendió grandemente el número extraordinario de cristianos que halló en su jurisdicción: le informó a Trajano que el contagio de su “superstición” no sólo afectaba a las ciudades sino también a las aldeas y a los distritos rurales de la provincia (Plinio, Ep., x, 96). Una consecuencia de la deserción general de la religión estatal era de orden económico: se había hecho cristiana tanta gente que no se encontraban compradores para las víctimas que en otro tiempo se ofrecían a los dioses en gran cantidad. Se presentaron quejas ante el legado relativas a esta situación de los negocios, con el resultado de que algunos cristianos fueron detenidos y conducidos ante Plinio para examen. Los sospechosos eran interrogados respecto a su credo y los que persistían en declinar las repetidas invitaciones a retractarse eran ejecutados. Sin embargo, algunos prisioneros tras afirmar primero que eran cristianos, después, cuando eran amenazados con un castigo, modificaban su primer reconocimiento diciendo que en otro tiempo habían sido seguidores de la institución proscrita pero que ya no lo eran. Asimismo, otros negaban ser cristianos o que lo habían sido alguna vez. Como nunca antes había tenido que lidiar con asuntos relativos a los cristianos, Plinio solicitó instrucciones al emperador sobre tres puntos respecto a los que no veía con claridad su modo de obrar: primero, si debía tenerse en cuenta la edad del acusado para encontrarse libre de castigo; en segundo lugar, si los cristianos que renunciaban a sus creencias debían ser perdonados; y en tercer lugar, si la mera declaración de cristianismo debía considerarse como un delito, y punible como tal, independientemente de la inocencia o culpabilidad del acusado de los delitos comúnmente asociados con dicha profesión de fe.

Trajano respondió a estas consultas con un rescripto que estaba destinado a tener fuerza de ley con relación al cristianismo durante todo el siglo II. Después de aprobar lo que había hecho su representante, el emperador indicó que en lo sucesivo la norma a observar al tratar con los cristianos sería la siguiente: los magistrados no tenían que tomar ninguna medida para averiguar quiénes eran o no eran cristianos, pero, al mismo tiempo, si una persona era denunciada y admitía que era cristiana debía ser castigada ---con la muerte evidentemente. No se debía obrar sobre denuncias anónimas y, por otra parte, los que se arrepintiesen de ser cristianos y ofreciesen sacrificio a los dioses debían ser perdonados. De este modo, desde el año 112, fecha de este documento, quizá incluso desde el reinado de Nerón, un cristiano era ipso facto un proscrito o un fuera de la ley. Por el testimonio de Plinio a este respecto, así como por la orden de Trajano: conquirendi non sunt, es evidente que las máximas autoridades del Estado sabían que los seguidores de Cristo eran inocentes de los numerosos crímenes y fechorías que les atribuía la calumnia popular. Y por el contenido general de las instrucciones del emperador está claro que éste no consideraba a los cristianos como una amenaza para el Estado. Su único delito era ser cristianos, adherentes de una religión ilegal. La Iglesia vivió bajo este régimen de proscripción desde el año 112 hasta el reinado de Septimio Severo (193-211). La situación de los fieles fue siempre de serio peligro, estando como estaban a merced de que cualquier persona maliciosa podía citarles al tribunal más cercano sin previo aviso. De hecho, es cierto que el delator era una persona impopular en el Imperio Romano y, además, al acusar a un cristiano corría el riesgo de incurrir en severos castigos si era incapaz de probar su acusación contra su pretendida víctima. No obstante, a pesar del riesgo, se conocen casos de cristianos víctimas de la delación o acusación durante la época de la persecución.

Las prescripciones de Trajano sobre el asunto del cristianismo fueron modificadas por Septimio Severo con la adición de una cláusula que prohibía a cualquier persona convertirse en cristiana. La ley existente de Trajano contra los cristianos en general no fue verdaderamente derogada por Severo, si bien de momento resaltó la intención del emperador de que debía quedar en letra muerta. La finalidad pretendida con la nueva ley no era la de inquietar a quienes ya eran cristianos, sino poner freno al crecimiento de la Iglesia impidiendo las conversiones. Con esta prohibición se sumaron a la lista de los paladines de la libertad religiosa algunos insignes mártires conversos, siendo los más famosos las Santas Felicidad y Perpetua, pero no llevó a cabo nada de importancia respecto a su propósito principal. La persecución llegó a su fin en el segundo año del reinado de Caracalla (211-17). Los cristianos gozaron de una paz relativa desde esta fecha hasta el reinado de Decio (250-53), con la excepción del corto período en que ocupó el trono Maximino Tracio (235-38).

La accesión de Decio a la púrpura inició una nueva época en las relaciones entre el cristianismo y el estado romano. Aunque era oriundo de Iliria, este emperador estuvo profundamente imbuido por el espíritu del conservadurismo romano. Ascendió al trono con el firme propósito de restaurar el prestigio que el imperio estaba perdiendo con rapidez y parece haber estado convencido de que la principal dificultad para realizar su intención era la existencia del cristianismo. La consecuencia fue que en el año 250 emitió un edicto, cuyo tenor sólo se conoce por los documentos que se refieren a su ejecución y que prescribía que todos los cristianos del imperio debían ofrecer sacrificio a los dioses en cierto día. Esta nueva ley era un asunto completamente distinto a la legislación existente contra el cristianismo. Si bien proscritos legalmente, los cristianos habían disfrutado hasta ahora de relativa seguridad bajo un régimen que sentaba abiertamente el principio de que no debían ser perseguidos oficialmente por las autoridades civiles. El edicto de Decio era exactamente lo contrario: ahora se constituía a los magistrados en inquisidores religiosos cuyo deber era castigar a los cristianos que rehusasen apostatar. En una palabra, el objetivo del emperador era aniquilar el cristianismo forzando a todos los cristianos del Imperio a renunciar a su fe. El primer efecto de la nueva legislación pareció favorable a los deseos de su autor. Durante el prolongado período de paz desde el reinado de Septimio Severo ---cerca de cuarenta años--- se había deslizado dentro de la disciplina eclesiástica un relajamiento considerable, una de cuyas consecuencias fue que con la publicación del edicto de persecución multitudes de cristianos asediaron a los magistrados, en todas partes, en su afán de acatar sus exigencias. Muchos otros cristianos nominales obtenían con sobornos los certificados (vea libellatici) que afirmaban que habían cumplido con la ley, en tanto que otros apostataban bajo tortura. No obstante, después que esta primera muchedumbre de criaturas débiles (vea lapsi) se habían situado ellas mismas fuera del gremio del cristianismo, todavía quedaron numerosos cristianos en todo el Imperio dignos de su religión, los cuales soportaron por sus convicciones todo género de tormento e incluso la muerte. La persecución duró unos dieciocho meses y produjo un daño incalculable.

Antes de que la Iglesia tuviera tiempo de subsanar el perjuicio ocasionado de ese modo, se inició otro conflicto con el Estado con un edicto de Valeriano que se publicó en el año 257. Esta ley iba dirigida contra el clero ---obispos, presbíteros y diáconos--- a los cuales se ordenaba que ofreciesen sacrificios bajo pena de exilio. Además se prohibía, bajo pena de muerte, que los cristianos frecuentasen sus cementerios. Los resultados de este primer edicto tuvieron tan poco peso que al año siguiente, 258, apareció otro edicto que requería al clero a ofrecer sacrificios bajo pena de muerte. También fueron afectados senadores cristianos, caballeros, e incluso damas de sus familias por un decreto de ofrecer sacrificios bajo pena de confiscación de sus bienes y de reducción al estado plebeyo. Y, en el supuesto de que estas medidas resultasen ineficaces, la ley prescribía castigos adicionales: la ejecución para los hombres, el exilio para las mujeres. Los esclavos cristianos y los libertos de la casa del emperador también eran castigados con la confiscación de sus pertenencias y la reducción al grado más bajo de esclavitud. El Papa San Sixto II y San Cipriano de Cartago se hallaron entre los mártires de esta persecución. Se sabe poco sobre sus efectos ulteriores debido a la falta de documentos, pero parece seguro conjeturar que debió causar enorme sufrimiento a la nobleza cristiana, además de añadir muchos nuevos mártires a la lista de la Iglesia. La persecución llegó a su fin tras la captura (260) de Valeriano por los persas; su sucesor, Galieno (260-68), revocó el edicto y le devolvió los cementerios y los lugares de culto a los obispos.

La Iglesia permaneció en la misma situación legal que en el siglo II desde esta fecha hasta la última persecución iniciada por Diocleciano (284-305), excepto en el corto período del reinado de Aureliano (270-75). El primer edicto de Diocleciano se promulgó en Nicomedia en el año 303 y tenía el siguiente contenido: se prohibía las asambleas cristianas; se ordenaba la destrucción de las iglesias y de los libros sagrados, y se les ordenaba a todos los cristianos a abjurar de su religión inmediatamente. La sanción por el incumplimiento de estas exigencias era la degradación y la muerte civil para las clases más altas, la reducción a la esclavitud para los libertos de las clases más modestas y para los esclavos, la incapacidad para recibir el don de la libertad. Más tarde en ese mismo año un nuevo edicto ordenó el encarcelamiento de los eclesiásticos de cualquier grado, desde obispos hasta exorcistas. Un tercer edicto impuso la pena de muerte por negarse a abjurar y concedía la libertad a quienes ofreciesen sacrificios; mientras que un cuarto edicto, publicado en el año 304, ordenaba a todos sin excepción a ofrecer sacrificios públicamente. Éste fue el último y más decidido esfuerzo del Estado Romano de acabar con el cristianismo. Ello dio a la Iglesia incontables mártires y concluyó con su triunfo durante el reinado de Constantino.

Número de mátires

Se calcula que de los 249 años desde la primera persecución de Nerón (64 d.C.) hasta el año 313, cuando Constantino estableció la paz final, los cristianos sufrieron persecución 129 años aproximadamente y disfrutaron de cierto grado de tolerancia unos 120 años. Sin embargo, debe tenerse presente que incluso en los años de relativa tranquilidad los cristianos estuvieron siempre a merced de cualquier persona del imperio mal dispuesta hacia ellos o hacia su religión. No se sabe si ocurrió o no con frecuencia la delación de cristianos en la época de persecución, pero teniendo en cuenta el odio irracional de la población pagana hacia los cristianos, puede conjeturarse con seguridad que no pocos cristianos sufrirían el martirio debido a la traición.

Un ejemplo del tipo referido por San Justino Mártir, muestra cuán repentinas y atroces eran las consecuencias de la delación. Una mujer que se había convertido al cristianismo fue acusada por su marido ante un magistrado de ser cristiana. A través de influencias, a la acusada se le concedió una breve prórroga para resolver sus asuntos materiales, después de lo cual tenía que comparecer al tribunal y presentar su defensa. Mientras tanto su furioso marido provocó la detención del catequista, de nombre Ptolomeo, que había instruido a la conversa. Cuando fue interrogado, Ptolomeo reconoció que era cristiano y fue condenado a muerte. En el momento de pronunciar esta sentencia estaban en el juzgado dos personas que protestaron contra la iniquidad de infligir la pena capital por el mero hecho de profesar el cristianismo. Como contestación el magistrado les preguntó si también ellos eran cristianos y, ante su respuesta afirmativa, se ordenó que ambos fueran ejecutados. Como le aguardaba el mismo destino a la esposa del delator, a menos que se retractase, tenemos aquí un ejemplo de tres, quizás cuatro, personas que sufrieron la pena de muerte por la acusación de un hombre que actuó con malicia, únicamente por el motivo de que su esposa había renunciado a la mala vida que había llevado anteriormente en su sociedad (San Justino Mártir, II, Apol. II).

No tenemos información precisa respecto al número real de personas que murieron como mártires durante estos dos siglos y medio. La autoridad de Tácito afirma que Nerón ejecutó una multitud inmensa (ingens multitudo). El Apocalipsis de San Juan habla de "las almas de los que fueron asesinados por la Palabra de Dios" durante el reinado de Domiciano; y Dion Casio nos informa de que "muchos" de la nobleza cristiana murieron por su fe durante la persecución de la que es responsable este emperador. Escribiendo alrededor del año 249, antes del edicto de Decio, Orígenes declara que realmente el número de los ejecutados por la religión cristiana no fue muy grande, pero probablemente quiere decir que el número de mártires hasta ese momento era pequeño comparado con el número total de cristianos (cf. Allard, "Ten Lectures on the Martyrs", 128). San Justino mártir, que debe su conversión en gran medida al ejemplo heroico de los cristianos que sufrieron por su fe, nos da incidentalmente un resplandor fugaz sobre el peligro de profesar el cristianismo a mediados del siglo II, en el reinado de un emperador tan bueno como Antonino Pío (138-161). En su "Diálogo con Trifón " (CX), tras aludir a la fortaleza de sus hermanos de religión, el apologista añade: "porque es manifiesto que decapitados, crucificados, lanzados a las fieras, encadenados, abrasados y en toda otra suerte de tortura, no renunciamos a nuestra profesión de fe; sino que cuanto más pasan tales cosas, tanto más hacen que muchos otros pasen a ser creyentes... Cada cristiano ha sido arrojado fuera no sólo de su propiedad, sino hasta del mundo entero; pues ustedes no permiten que ningún cristiano viva." Tertuliano, escribiendo a finales del siglo II, también alude con frecuencia a las terribles condiciones bajo las que subsistían los cristianos ("Ad martyres", "Apología", "Ad Nationes", etc.): muerte y tortura eran posibilidades siempre presentes.

Pero fue aún más funesto para los cristianos el nuevo régimen de edictos especiales que comenzó en el año 250 con el edicto de Decio. Las persecuciones de Decio y Valeriano no se prolongaron realmente mucho tiempo, pero hay indicios claros de que mientras duraron, y a pesar del gran número de los que renegaron, produjeron numerosos mártires. Por ejemplo, San Dionisio de Alejandría relata en una carta al obispo de Antioquía de una violenta persecución que tuvo lugar en la capital egipcia, mediante violencia popular, incluso antes de publicarse el edicto de Decio. El obispo de Alejandría pone algunos ejemplos de lo que soportaron los cristianos a manos del populacho pagano y después añade que "muchos otros, en las ciudades y en los pueblos, fueron picados en pedazos por los gentiles" ( Eusebio, "Hist. Ecl.", VI, XLI ss.). Además de los que perecieron por la violencia misma, también una "multitud anduvo errante por los desiertos y las montañas, y murieron de hambre y de sed, de frío y enfermedad, por los salteadores y los animales salvajes" (Eusebio, l. C.). Dionisio expone en otra carta, al hablar de la persecución de Valeriano, que "triunfaron en la contienda y ganaron su corona hombres y mujeres, de toda raza y edad, jóvenes y ancianos, doncellas y matronas, soldados y civiles, unos por la flagelación y el fuego, otros por la espada" (Id., op. cit., VII, XI). En la misma persecución, en Cirta, al Norte de África, decidieron apresurar las cosas tras la ejecución de cristianos durante algunos días. Para ello, llevaron al resto de condenados a la orilla de un río y les hicieron arrodillarse en filas. El verdugo pasó entre ellos cuando todo estuvo listo y los despachó a todos sin demora (Ruinart, p. 231).

Sin embargo, la última persecución fue aún más dura que todos los intentos anteriores de extirpar el cristianismo. “Una gran muchedumbre” fue ejecutada en Nicomedia junto con su obispo, Anthimus; unos perecieron a espada, otros en el fuego y otros fueron ahogados. En Egipto, “miles de hombres, mujeres y niños, desdeñando esta vida... soportaron diversas formas de muerte" (Eusebio, "Hist. eccl.", VII, IV ss.) y lo mismo sucedió en otros muchos lugares de Oriente. La persecución terminó antes en Occidente que en Oriente, pero mientras duró se agregaron numerosos mártires al calendario, especialmente en Roma (cf. Allard, op. cit., 138 sq.). Mas, junto a los que vertieron verdaderamente su sangre en los tres primeros siglos, debe tenerse en cuenta el gran número de confesores de la fe que sufrieron un martirio diario, en prisión, en el exilio o en trabajos forzados, más difícil de aguantar que la misma muerte. Por lo tanto, aunque no es posible una estimación numérica de la cantidad de mártires, aún las escasas evidencias que existen sobre el asunto establecen bastante claramente que incontables hombres, mujeres, e incluso niños de esta primera edad gloriosa, pero terrible, del cristianismo sacrificaron con júbilo sus bienes, sus libertades o sus vidas antes que renunciar a la fe que apreciaban sobre todas las cosas.

Proceso de los mártires

El primer hecho en la tragedia de los mártires era su detención por un agente de la ley. Antes de llevar al acusado a juicio se concedía en algunos casos el privilegio de custodia libera, otorgado a San Pablo durante su primer encarcelamiento; San Cipriano, por ejemplo, fue detenido en casa del oficial que le arrestó y fue tratado con consideración hasta el momento de su interrogatorio. Pero tal proceder era la excepción a la regla; los cristianos acusados generalmente eran arrojados en prisiones públicas, donde sufrían frecuentemente las mayores penalidades durante semanas o meses enteros. Raras veces las Actas de los Mártires proveen indicios de los sufrimientos que padecieron en prisión. Por ejemplo, Santa Perpetua fue horrorizada con una oscuridad espantosa, con el intenso calor causado por el hacinamiento en el clima del África romana y con la brutalidad de los soldados (Passio SS. Perpet., et Felic., I). Otros confesores aluden a las diversas miserias de la vida en la cárcel como más allá de lo que podían describir (Passio SS. Montani, Lucii, IV). Privados de alimentos, salvo los suficientes para mantenerlos con vida, de agua, de luz y de aire; sujetos con grilletes o puestos en cepos con las piernas separadas lo más posible sin llegar al desgarro; expuestos a toda clase de infección por el calor, el hacinamiento y la ausencia de cualquier condiciones higiénicas adecuadas ---estas eran algunas de las aflicciones que precedían al martirio verdadero. Naturalmente, muchos morían en la cárcel en semejantes condiciones, mientras que otros, incapaces lamentablemente de soportar la tensión, adoptaban la escapatoria más fácil que se les ofrecía, es decir, acataban la condición impuesta por el Estado de ofrecer sacrificio.

Aquellos cuya fortaleza, física y moral, era capaz de aguantar hasta el final eran, además, interrogados con frecuencia por los magistrados ante el tribunal, los cuales trataban de inducirlos a retractarse mediante la persuasión o la tortura. Estas torturas comprendían todos los medios que había ideado el ingenio humano de la antigüedad para echar atrás al más valiente; los obstinados eran azotados con látigos, correas o cuerdas, o eran de nuevo estirados en el potro de tortura y desgarrados con rastrillos de hierro. Otro castigo atroz consistía en colgar a la víctima por una mano, a veces durante un día entero, en tanto que a las mujeres modestas además se las exponía desnudas a las miradas del tribunal. Casi peor que todo esto eran los trabajos forzados a los que se condenó, en algunas de las persecuciones más violentas, a obispos, presbíteros, diáconos, laicos y mujeres, e incluso niños; estos delicados personajes de ambos sexos, víctimas de leyes despiadadas, fueron sentenciados a pasar el resto de sus días en la oscuridad de las minas, donde arrastraron una existencia desdichada, medio desnudos, hambrientos y sin un lecho que les protegiera del húmedo suelo. Tuvieron mejor suerte incluso los que fueron condenados a la muerte más vergonzosa en la arena o mediante la crucifixión.

Honores rendidos a los mártires

Es fácil comprender que los que sufrieron tanto por sus convicciones hayan sido tan profundamente venerados por sus correligionarios aún desde los primeros días del juicio durante el reinado de Nerón. Normalmente, los oficiales romanos permitían a los parientes y amigos recoger los restos mutilados de los mártires para su entierro, aunque se negó dicha autorización en algunos casos. Los cristianos consideraban estas reliquias "más valiosas que el oro o las piedras preciosas" (Martyr. Polycarpi, XVIII). Algunos de los mártires más memorables recibieron honores especiales, como por ejemplo San Pedro y San Pablo en Roma cuyos “trofeos”, o tumbas, son mencionadas a comienzos del siglo III por el sacerdote romano Cayo ( Eusebio, “Hist. Ecl.”, II, XXI, 7). También numerosas criptas y capillas de las catacumbas romanas, algunas de las cuales, como la capella grœca, fueron construidas en la época sub-apostólica, también atestiguan la temprana veneración de aquellos paladines de la libertad de conciencia que consiguieron con su muerte la mayor victoria de la raza humana. En los aniversarios de las muertes de los mártires se celebraban servicios conmemorativos especiales, en los que se ofrecía el Santo Sacrificio de la Misa sobre sus tumbas; este fue el inicio de la inveterada costumbre de consagrar los altares poniendo en ellos las reliquias de los mártires; probablemente el célebre fresco Fractio Panis de la capella grœca, que data de comienzos del siglo II, es una representación en miniatura de dicha celebración (vea Fractio Panis, Símbolos primitivos de la Eucaristía). A partir de la época de Constantino se otorgó mayor veneración a los mártires. El Papa San Dámaso I (366-84) tuvo un amor particular por los mártires, como sabemos por las inscripciones, sacadas a la luz por De Rossi, que compuso para sus tumbas en las catacumbas romanas. Más tarde, la veneración a los mártires se mostró a veces en una forma más bien indeseable; muchos de los frescos de las catacumbas fueron mutilados para satisfacer la ambición de los fieles de ser enterrados cerca de los santos (retro sanctos), en cuya compañía esperaban resucitar algún día de la tumba. Fue igualmente grande el aprecio que se tuvo a los mártires en la Edad Media; ninguna privación resultó ser demasiado rigurosa de soportar al visitar los famosos santuarios que contenían sus reliquias, como los de Roma.


Bibliografía: ALLARD, Ten Lectures on the Martyrs (Nueva York, 1907); BIRKS en Dict. of Christ. Antiq. (Londres, 1875-80), s.v.; HEALY, The Valerian Persecution (Boston, 1905); LECLERCQ, Les Martyrs, I (París, 1906); DUCHESNE, Histoire ancienne de l'église, I (París, 1906); HEUSER en KRAUS, Realencyklopädie f. Christlichen Altenthümer (Friburgo, 1882-86), s.v. Märtyrer; BONWETCH en Realencyklopädie f. prot. Theol. u. Kirche (Leipzig, 1903), s.v. Märtyrer u. Bekenner, y HARNACK en op. cit., s.v. Christenverfolgungen.

Fuente: Hassett, Maurice. "Martyr." The Catholic Encyclopedia. Vol. 9. New York: Robert Appleton Company, 1910.


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