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Sacerdote brasileño Agenor Brighenti: “Teológicamente no hay nada que impida a las mujeres acceder a ministerios ordenados”

                

Bogotá se convirtió en el epicentro de una significativa reflexión teológica al recibir a teólogos y teólogas de América Latina y el mundo, quienes participaron en el encuentro titulado ‘La renovación de las iglesias locales con perspectiva sinodal’. Esta iniciativa, organizada por el Consejo Episcopal Latinoamericano (CELAM) en su sede, tuvo como objetivo analizar las implicaciones del Sínodo 21-24 y su influencia en las parroquias, siendo parte de un proyecto de investigación impulsado por su equipo de asesores teológicos.

Del 24 al 28 de junio, los expertos se reunieron en una jornada de reflexión para diseccionar las discusiones en torno a tres aspectos fundamentales: los consejos pastorales diocesanos, la renovación del ministerio en cuanto al rol de las mujeres, y los procedimientos para la selección y nombramiento de obispos. El sacerdote argentino Carlos Schickendantz, miembro del equipo organizador del encuentro sinodal, explicó a ‘Vida Nueva’ que “no pensamos tanto en ponencias largas y extensas, sino más en pequeñas contribuciones que dieran origen a una conversación y hubo distintos módulos”.

El teólogo venezolano Rafael Luciani destacó que la sinodalidad “ha abierto una nueva etapa en la vida de la Iglesia, porque profundiza la eclesiología del Pueblo de Dios del Concilio Vaticano II e invita a una renovación de las Iglesias locales”. Este encuentro no solo permitió la teoría sino también la práctica, conjugando ambos aspectos en un espacio de encuentro.

La Voz de Agenor Brighenti: Ordenación de Mujeres

El teólogo y sacerdote brasileño Agenor Brighenti abordó de manera clara y contundente el papel de las mujeres en la Iglesia. Según él, “teológicamente, seamos sinceros, no hay nada que impida a las mujeres acceder a ministerios ordenados”. Destacó que en Brasil hay más de 70.000 comunidades, especialmente en la Amazonía, que “equivalen al 76% de fieles, que celebran sin eucaristía y muchas religiosas y laicas las presiden”. Brighenti recordó que “esta discusión [sobre ministerios ordenados] se hizo en los años 80 y se determinó que en la Iglesia primitiva había comunidades donde no se tenía claro que hubiera ministros ordenados”.

Liderazgo Femenino en la Iglesia: Desafíos y Avances

La participación de las mujeres en la Iglesia ha sido un tema recurrente, especialmente durante el pontificado de Francisco, donde han logrado “un mayor protagonismo” aunque persisten deudas pendientes. Birgit Weiler, misionera alemana radicada en Perú y consultora de la Secretaría General del Sínodo, señaló que durante la Asamblea Eclesial de 2021 faltó “mayor representatividad de mujeres”. A pesar de que el proceso de escucha alcanzó el 67%, en México solo participó un 34%. Weiler destacó que cuesta posicionar la participación de las mujeres entre los episcopados, con algunos avances en países como Chile y Bolivia. “Hace falta mucha voluntad y discernimiento”, indicó.

Isabel Corpas, invitada especial a este encuentro de teología sinodal y representante de la Asociación Colombiana de Teólogas, subrayó que el tema de las mujeres “está sobre el tapete” y advirtió sobre el riesgo de convertir el diaconado femenino en “un premio de consolación” que las relegue a ser “segundonas”. Aunque se mostró poco optimista sobre la segunda vuelta del Sínodo 21-24, Corpas confía en que “los cambios vendrán de abajo”, lo cual implica “un cambio de mentalidad para deconstruir lo que se ha impuesto a lo largo de la historia”.

Obispa anglicana Jo Bailey Wells: “He hablado al Papa y los cardenales sobre el impacto de la ordenación de mujeres”


El papel de la mujer en la Iglesia, foco de preocupación del papa Francisco. Lo demuestra con sus invitadas (sí, en femenino) a las dos últimas reuniones del Consejo de Cardenales, el denominado C-9 que ayuda al Pontífice en el gobierno de la Iglesia Universal. El pasado diciembre llamaba a Lucia Vantini, fundadora de la Coordinadora de Teólogas Italianas, y a la salesiana Linda Pocher para hablar sobre ellas y su ser y hacer en el ámbito eclesial. Ahora –en su reunión bimestral celebrada en la Casa Santa Marta del 5 al 6 de febrero– repetía Pocher, para que los cardenales pudieran asentar los conceptos ya explicados. Así, la acompañaban la virgen consagrada de Verona Giuliva Di Berardino –profesora y responsable de cursos de espiritualidad y ejercicios– y la obispa anglicana (sí, también en femenino) Jo Bailey Wells.

Tras salir de su cita con el Consejo de Cardenales, la secretaria general adjunta de la Comunión Anglicana, que representa a 42 organizaciones en más de 165 países, atiende a ‘Vida Nueva’ para conversar sobre su presencia en el Vaticano y conocer más en profundidad a esta mujer, casada y con dos hijos, que, desde 1998, sabe lo que significa estar en los lugares en los que se toman las decisiones, pues ese año se convirtió en la primera mujer decana de una universidad de Cambridge. También tiene un amplio bagaje pastoral en África, pues ha liderado comunidades en Sudáfrica, Uganda, Sudán del Sur; y, en América, en Haití. Además, ha sido profesora de Antiguo Testamento en Ridley Hall (Cambridge) y profesora de Biblia en la Universidad de Duke (Carolina del Norte).

PREGUNTA.- Aunque la reunión tuviera lugar justo después de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, ¿le sorprendió la propuesta?

RESPUESTA.- Sí, totalmente. De hecho, me preguntaba qué podría aportar sobre el tema solicitado y también si yo era la persona adecuada para llevarlo a cabo.

P.- ¿Y cuál era el tema solicitado?

R.- Me pidieron que hablara sobre la experiencia de la ordenación de mujeres en la Iglesia de Inglaterra y en la Comunión Anglicana. Esto incluía algunos antecedentes, el proceso de toma de decisiones y el impacto que había tenido para nuestra Iglesia. Pero también hablé un poco más en general sobre lo que habíamos aprendido a través del proceso en términos de cómo surfear el cambio y tratar las diferencias.

P.- La ordenación de mujeres es una cuestión, por decirlo de alguna manera, polémica en la Iglesia católica. ¿Vio a los cardenales interesados en sus palabras?

R.- Desde luego que sí. Se mostraron acogedores, atentos e incluso diría que con curiosidad. Pasaron más tiempo escuchando que hablando.

P.- ¿Qué significa para el camino ecuménico que el líder de la Iglesia católica pida consejo o una asesoría a una obispa anglicana?

R.- La verdad es que no describiría esta situación como una petición de consejo. Fue más bien un seminario en el que nos sentamos juntos para escuchar. Pero me pareció muy significativo que se me invitara, en cierto modo, como colega, como compañera de ministerio en el Evangelio de Cristo, a compartir la historia reciente de las mujeres en nuestra Iglesia. Sugerí que, aunque nuestras tradiciones y convicciones puedan diferir, tenemos mucho en común y mucho que aprender unos de otros. Y sé que por parte del papa Francisco hay voluntad de explorar, de asumir algunos riesgos, de ejercitar la imaginación en cuanto a las posibilidades de cambio.

Caminar juntos

P.- La Iglesia católica vive ahora un proceso sinodal, ¿cómo valora el impulso del papa Francisco para dar a las mujeres su lugar?

R.- El papa Francisco está decidido a escuchar a un amplio abanico de voces. Ya ha ampliado el ámbito del Sínodo para incluir a los laicos, entre ellos a las mujeres, y ha abordado aspectos culturales para garantizar que otras cuestiones puedan llegar al Sínodo. Al igual que al invitar a representantes ecuménicos a unirse al Sínodo, está encontrando formas de traer a la mesa voces de más allá de la Iglesia católica (como también demuestra mi invitación a participar en el C-9). No parece tener miedo al cambio: está abierto a las posibilidades de que las tradiciones de la Iglesia sean renarradas y reimaginadas para seguir siendo fieles al Evangelio en los nuevos tiempos y contextos. Me parece inspirador ver todas las formas en las que está empoderando a los bautizados para que vuelvan a comprometerse, lo que probablemente sea también un desafío saludable para el clericalismo.

P.- Usted se convirtió en 1998 en la primera mujer decana de una universidad de Cambridge. ¿Considera que la Iglesia anglicana va por delante de otras denominaciones cristianas en lo que a igualdad de género se refiere?

R.- Parece que vamos por delante de la Iglesia católica en lo que se refiere a ayudar a las mujeres a aprovechar los dones que se les conceden en toda la gama de posibilidades al servicio de Dios. Pero hay muchas otras denominaciones –principalmente protestantes– que abrieron los ministerios formales y los roles de liderazgo en sus iglesias a las mujeres mucho antes que los anglicanos. Mientras tanto, no debemos suponer –solo porque las puertas se han abierto a las mujeres de esta manera– que esto significa automáticamente que hay igualdad de género. Todavía queda mucho trabajo por hacer, en nuestras iglesias, en nuestros hogares, en nuestro mundo –y no menos en aquellas partes del mundo donde hay mayor pobreza–.

P.- La Iglesia anglicana tampoco es ajena a las divisiones internas. Pienso, por ejemplo, en relación a la aprobación de los matrimonios del mismo sexo. ¿Cómo vive usted esta realidad?

R.- Los anglicanos siempre hemos sido bastante abiertos en cuestiones en las que no estamos de acuerdo; de hecho, se podría decir que nuestro discernimiento se produce a través de la lucha y a través de un proceso de recepción abierto, incluso cuando mantenerse juntos es incómodo. De algún modo, hemos logrado muchas paradojas, sobre todo al mantener una identidad que es a la vez protestante y católica.

La división sigue siendo dolorosa, y, ciertamente, esperamos avanzar hacia un mayor acuerdo y un mayor amor. Pero nunca he vivido con la suposición de que la unidad significara uniformidad; más bien creo que se trata de esforzarse por amar y comprender el hermoso mundo de Dios con una mayor amplitud de miras y profundidad.

Obispo Raúl Vera: "Al restringir la ordenación sacerdotal a varones célibes, tenemos secuestrada la eucaristía"


Con ocasión del Sínodo en la sombra, del que hablé en anteriores post en este blog, estuvimos en Roma con Raúl Vera, obispo emérito de Saltillo (México). Tuve la ocasión de una entrevista (13/10/2023), en la que lo acompañaron Emilie Smith, presbítera evangélica argentino-canadiense que es copresidente con él del Servicio Internacional Cristiano de Solidaridad con los pueblos de América Latina “Óscar Romero” (SICSAL)  y otros miembros de esta organización: el australiano afincado en Centroamérica Sean O’Cleri y Teresa Subieta, actual embajadora de Bolivia en el Vaticano.

Victorino Pérez (VP). Don Raúl, ¿cuál es la razón de su presencia en este “sínodo en la sombra” sobre los Derechos Humanos en la Iglesia (“Human Rigths in the Emerging Catholic Church”) que organiza Spirit Umbounded, un grupo católico internacional que tiene el expresivo nombre de “Espíritu sin límites”?

Raúl Vera. Estamos aquí para caminar juntos a la luz del evangelio; para ser fermento del trabajo en la construcción del Reino que anunció Jesús. Para que incorporemos a todas y a todos en este proceso sinodal, como quiere el papa. Y que caminemos juntos los miembros de la Iglesia con nuestro mundo de hoy. Creo que el papa dio a la luz Laudate Dominum en el comienzo del sínodo precisamente para la incorporación de todos y todas a una sola comunidad para caminar juntos. Queremos ampliar la tienda con todas las personas de buena voluntad. Estamos aquí con los más débiles de la Iglesia, que son particularmente las mujeres, las personas LGTBI+ y los demás grupos, escuchando el clamor del Espíritu. Especialmente con las mujeres presbíteras de la Iglesia católica, a las que les han caído encima sanciones canónicas. Nos ponemos del lado más profético de la Iglesia, al que la Iglesia debe escuchar. Ya el Vaticano II inició el cambio de muchas cosas, abrió las puertas al mundo. Esta nueva realidad es una llamada que la Iglesia debe atender de la humanidad entera y hacerle ella esta llamada; sobre todo las personas más señaladas, marginadas, satanizadas.

VP: ¿Qué opinión tiene sobre las dubia presentadas al papa Francisco por un grupo de obispos: el celibato opcional de los curas, la ordenación de las mujeres y la bendición de las parejas gay?

Raúl Vera: Estas cosas pertenecen a la apertura necesaria que la Iglesia tiene que hacer a todos sus miembros. La Iglesia tiene que avanzar mucho más en el camino que abrió el Concilio; entonces lo hizo con los mal llamados “hermanos separados”, y ahora debe hacerlo con las y los que son diferentes a lo establecido en las normas de la Iglesia.

VP. Pero parece que estas cuestiones no van a estar realmente presentes en el Sínodo. ¿Cree que se les va a dar una solución positiva o va a ocurrir como otras veces? Es lo que ha ocurrido con el fracaso del celibato opcional casi decidido en tiempo de Pablo VI, pero que no fue adelante; o con Francisco la ordenación de varones casados, que parecía estar solucionado con sus palabras en el Sínodo de la Amazonia. Y mucho menos con las mujeres presbíteras. Aunque es un hecho que ya hay sacerdotes casados que siguen celebrando la eucaristía y mujeres presbíteras. ¿Qué le parece el hecho de que haya en la Iglesia católica presbíteras ordenadas?

Raúl Vera: Aquí tiene un ejemplo de lo que pienso. En el SICSAL es copresidente conmigo una mujer ordenada de la Iglesia anglicana. El papa pidió en el sínodo de la Amazonia que se ordenara a hombres casados, pero… no le hicieron caso. En cambio en la diócesis de San Cristóbal de las Casas, en Chiapas, al ver Samuel que no tenía sacerdotes suficientes, y que los indígenas no aceptaban como jefes a personas que no estuvieran casadas y no tuviera familia, él tomó a esos indígenas, les dio una formación muy completa y los hizo diáconos permanentes para atender a las comunidades. En poco tiempo, estos se multiplicaron. Cuando D. Samuel hizo esto y le enviaron un sacerdote para ver que ocurría, éste quedó maravillado al ver esa realidad. Esto fue lo que quiso hacer el papa, pero no le dejaron. Me parece que tenemos secuestrada la eucaristía y no dejamos que el pueblo pueda acceder a ella, al restringir la ordenación sacerdotal a varones célibes.

VP. Don  Raúl, dígame unas palabras sobre el SIGSAL

Raúl Vera: Tenemos aquí a la copresidenta, Emily Smith, mejor que se lo diga ella.

Emilie Smith: Yo estoy aquí como presbítera de la Iglesia anglicana del Canadá. Y me vine preguntando ¿Qué tengo que hacer yo en este sínodo? Al no pertenecer de la Iglesia católica romana, parece que no tendría nada que ofrecer. Pero las amigas y amigos me dijeron que debía ser un testigo para mostrar las cosas que hemos resuelto en la Iglesia anglicana.Ya hace quinientos años, los presbíteros y obispo lo primero que hicieron fue casarse oficialmente. Y en los últimos cincuenta años vimos que no era correcto impedir que hubiera mujeres presbíteras, e incluso obispas. Finalmente vimos que era injusto que personas de diferente condición sexual no pudieran casarse o acceder a esos ministerios; y hace pocos meses aprobamos un rito, una liturgia, para las personas trans que han hecho pública su condición y adoptado un nombre diferente. La Iglesia anglicana hemos resuelto algunas cosas. Conocí a D. Raúl hace veinticinco, años y al participar en una ceremonia en la catedral vi que solo había filas de hombres en el altar… Y vi que era una pobreza el hecho de faltar la mitad de la población, las mujeres. Viene aquí para aportar esta experiencia. Esta es una reunión ecuménica en la que me siento feliz de participar.

VP. Pero, ¿cuál es la razón del ser del SICSAL?

Emilie S. Esto puede decírselo otro compañero, Sean O’Cleri, australiano-latinoamericano.

Sean O’Cleri: Soy de origen australiano; viví hasta mi juventud en Australia y conocí allí a Dom Hélder Cámara en una visita en 1986. Participo en SICSAL desde 1995, cuando trabajaba en El Salvador. Aunque ya conocí  en 1988 a Don Sergio Méndez Arceo, obispo de Cuernavaca (México) y fundador del SICSAL. El SICSAL nació para acompañar los procesos de liberación de las iglesias de AL, en su compromiso con las causas de los pobres.  Acompañar a la luchas de los pueblos, sobre todo en su lucha contra el colonialismo y la globalización capitalista, que oprime a los más pobres. El SICSAL busca como ser Iglesia en su relación con los problemas de los pueblos. Así lo hicieron Méndez Arceo, Samuel Ruiz, Pedro Casaldáliga… viendo cómo hacer que los procesos de liberación de los pueblos de AL sea también la causa de la Iglesia. Lo que marcó mi vida desde que vine para AL fue el descubrimiento de la Iglesia de los pobres y sus luchas de liberación. Desde hace décadas me pregunto cómo podemos “contaminar” a las iglesias del norte con este espíritu de compromiso con los pobres de AL y el Sur, que quieren vivir en el espíritu del evangelio.

Teresa Subieta: Yo soy boliviana, actual embajadora de Bolivia ante el Vaticano. Pertenezco al SICSAL desde hace quince años. No podemos olvidar a nuestros mártires de San Salvador, Guatemala y Bolivia. Yo misma he sido torturada en mi país. Nuestro movimiento de solidaridad para AL quiere que sean reconocidos estos mártires; algunos religiosos y religiosas, pero muchos más laicos. Me ha impactado que tengamos este encuentro paralelo al sínodo para mostrar cómo estamos con los más desplazados e ignorados, que tienen presente en sus vidas al Jesús liberador. Con ellos hacemos los procesos de cambio que se han iniciado hace años en nuestra Bolivia y en toda AL en la lucha por la dignidad de los indígenas, las mujeres y los pobres.

Con información de Religión Digital.

¿La ordenación de mujeres no resolvería el problema de la falta de vocaciones sacerdotales?


En primer lugar, es importante destacar que la Iglesia Católica enseña que la ordenación sacerdotal está reservada exclusivamente a los hombres. Esta enseñanza se basa en la tradición apostólica y ha sido reafirmada en diversas ocasiones por los Papas y la Congregación para la Doctrina de la Fe. La principal razón dada para esta enseñanza es la práctica de Jesús y los apóstoles de elegir solamente hombres como sus apóstoles. Jesús eligió a doce hombres como sus apóstoles, y esta elección es vista como un acto significativo que establece la tradición de un sacerdocio exclusivamente masculino en la Iglesia.

Uno de los argumentos clave que se presentan en contra de la ordenación de mujeres al sacerdocio es que la Iglesia no tiene la autoridad para cambiar esta enseñanza, ya que se considera parte de la tradición apostólica y, por lo tanto, vinculante para los católicos. Además, se argumenta que la ordenación sacerdotal tiene un significado simbólico profundo que se relaciona con la relación de Cristo con su Iglesia y con la representación de Cristo como el sacerdote supremo en la celebración de la Eucaristía. Según esta perspectiva, cambiar la enseñanza sobre la ordenación de mujeres afectaría la comprensión de la Iglesia de su papel y su relación con Cristo.

Además de la tradición y la autoridad, otro argumento en contra de la ordenación de mujeres se basa en la complementariedad de los géneros. Se sostiene que hombres y mujeres tienen dones y roles distintos en la Iglesia y que la ordenación de mujeres podría llevar a una confusión de roles. Esta perspectiva enfatiza que las mujeres desempeñan un papel esencial en la vida de la Iglesia como laicas, religiosas y líderes en otros ministerios, y que no es necesario que ocupen el mismo papel que los sacerdotes masculinos para contribuir de manera significativa a la comunidad eclesial.

Por otro lado, existen argumentos a favor de la ordenación de mujeres al sacerdocio que se basan en la igualdad de género y la justicia. Algunos argumentan que excluir a las mujeres del sacerdocio es discriminatorio y que va en contra de los principios de igualdad y dignidad de todos los fieles bautizados. Se sostiene que las mujeres también están llamadas por Dios al sacerdocio y que su exclusión es una injusticia que debe abordarse.

Otro argumento a favor de la ordenación de mujeres es que podría ayudar a abordar el problema de la falta de vocaciones sacerdotales. Al permitir que las mujeres sean ordenadas, en teoría se abriría un grupo más amplio de candidatos al sacerdocio, lo que podría aumentar el número de vocaciones disponibles para servir a la Iglesia. Algunos argumentan que esto sería una solución práctica y necesaria dada la disminución de las vocaciones sacerdotales en muchas partes del mundo.

Sin embargo, es importante señalar que el número de vocaciones sacerdotales es un desafío complejo y multifacético que no se resolvería automáticamente mediante la ordenación de mujeres. La falta de vocaciones sacerdotales se debe a una variedad de factores, como cambios culturales, sociales y religiosos, así como desafíos en la promoción de la vida religiosa y el sacerdocio. La ordenación de mujeres podría ser una opción para aumentar el número de sacerdotes, pero no es la única respuesta ni necesariamente la más efectiva para abordar este problema.

La Iglesia Católica ha considerado este tema en profundidad y ha reafirmado su enseñanza de que, al menos por ahora, la ordenación sacerdotal está reservada a los hombres. Esta enseñanza se basa en la comprensión de la Iglesia de su misión y su tradición apostólica, y no se considera una cuestión de discriminación de género, sino más bien una cuestión de fe y doctrina, por lo cual muy difícilmente podría cambiar.

El Papa San Juan Pablo II, en su carta apostólica "Ordinatio Sacerdotalis" de 1994, afirmó de manera categórica la enseñanza de que la Iglesia no tiene la autoridad para ordenar mujeres al sacerdocio y declaró que esta enseñanza debe ser considerada definitiva:

"Con el fin de eliminar cualquier duda sobre una cuestión de gran importancia, que concierne a la misma constitución divina de la Iglesia, en virtud de mi ministerio de confirmar en la fe a los hermanos, declaro que la Iglesia no tiene en modo alguno la facultad de conferir la ordenación sacerdotal a las mujeres, y que este dictamen debe ser considerado como definitivo por todos los fieles de la Iglesia" (Ordinatio Sacerdotalis, 4).

Esta declaración del Papa San Juan Pablo II subraya la enseñanza de que la ordenación sacerdotal es una cuestión que involucra la constitución divina de la Iglesia y, por lo tanto, no es sujeta a cambios por parte de la autoridad eclesiástica.

La Iglesia Católica también enseña que las mujeres desempeñan un papel crucial en la vida de la Iglesia y pueden ocupar una variedad de roles en el ministerio y el liderazgo eclesial. Además, existen comisiones y organizaciones en la Iglesia que abordan cuestiones de igualdad de género y promueven la participación activa de las mujeres en la Iglesia.

En última instancia, la Iglesia está llamada a buscar formas creativas de fomentar las vocaciones sacerdotales y promover la igualdad y la participación activa de las mujeres en la vida eclesial dentro del marco de su enseñanza y tradición.

Autor: Padre Ignacio Andrade

Doctora en Teología reclama al Papa Francisco sobre la ordenación de mujeres: "Con todo respeto, papa Francisco, pero…"


Con todo respeto, papa Francisco, pero no entiendo el argumento que últimamente ha venido utilizando para justificar que las mujeres no pueden acceder al sacramento del orden. La verdad es que prefería sus respuestas directas, aunque no las compartiera, pero eran fáciles de entender.

Como la que dio a una periodista en el vuelo de regreso del viaje apostólico a Río de Janeiro (2013): “En referencia a la ordenación de las mujeres, la Iglesia ha hablado y ha dicho no. Lo ha dicho Juan Pablo II con una formulación definitiva. Esa puerta está cerrada”. O la que dio a otra periodista en el vuelo de regreso del viaje apostólico a Suecia (2016): “Sobre la ordenación de mujeres en la Iglesia católica, la última palabra es clara y la dio san Juan Pablo II y esto permanece”.

Al fin y al cabo, la exclusión fue establecida en el entorno patriarcal en el que se organizó la Iglesia, confirmada en el Código de Derecho Canónico –“Solo el varón bautizado recibe válidamente la sagrada ordenación” (canon 1024)– y declarada doctrina permanente de la Iglesia y práctica inmodificable por la carta apostólica de Juan Pablo II Ordinatio sacerdotalis (1994).

Y entendí el argumento que escribió en la exhortación apostólica Evangelii gaudium (2013), sin que me convenciera teológicamente, porque el simbolismo es utilizado para excluir a las mujeres de la ordenación: “El sacerdocio reservado a los varones, como signo de Cristo Esposo que se entrega en la Eucaristía, es una cuestión que no se pone en discusión” (EG 104).

El temor de Francisco a ordenar mujeres

Como también entiendo y comparto el temor del papa Francisco a clericalizar a las mujeres si son ordenadas como sacerdotes. Un temor que responde a la interpretación sacerdotal de la ministerialidad eclesial de la teología medieval, que todavía alimenta la mirada de los hombres de Iglesia y en la que el papa Francisco, sin quererlo, se deja enredar. Desde dicha interpretación, el sacramento del orden introduciría a las mujeres en un sistema sacral, como de hecho clericaliza a los hombres que sí tienen acceso a este sacramento.

Pero no siempre fue así. El Nuevo Testamento no registra la presencia de sacerdotes en las primeras comunidades de creyentes. Fue en el encuentro del cristianismo con el Imperio Romano cuando se estableció la separación entre los dirigentes de las comunidades, que comenzaron a ejercer funciones sacerdotales y a entenderse como un clerus, es decir, un orden diferente del pueblo o laos. Después vino la Reforma Gregoriana, en el siglo XI, que confirmó la división entre el clero y el laicado; y santo Tomás, en el siglo XIII, que formuló la teología del sacramento del orden como el sacramento del sacerdocio. Ahora bien, el Concilio Vaticano II replanteó esta visión eclesiológica excluyente al resaltar la condición bautismal como participación en la triple misión de Cristo y de la Iglesia, replanteando, también, la interpretación sacerdotal de los ministerios eclesiales que, desde la eclesiología del concilio, se enmarcan en la perspectiva del servicio para la construcción de la comunión eclesial y la realización de su misión.

En este orden de ideas, se explica el temor del papa a clericalizar a las mujeres. Temor que manifestó en la exhortación apostólica Querida Amazonia (2020) al reconocer el aporte de las mujeres en muchas comunidades de la Amazonía “bautizadoras, catequistas, rezadoras, misioneras” (QA 99), alertando acerca de “reducir nuestra comprensión de la Iglesia a estructuras funcionales” asociadas al sacramento del orden, que conduciría a clericalizar a las mujeres, lo que “provocaría sutilmente un empobrecimiento de su aporte indispensable” (QA 100). Por eso propuso que “deberían poder acceder a funciones e incluso a servicios eclesiales que no requieren el orden sagrado” (QA 103), para lo cual abrió la puerta a las mujeres a ministerios que de tiempo atrás ellas habían venido ejerciendo de facto: a los ministerios no ordenados tradicionalmente reservados a los varones del acolitado y el lectorado en el motu proprio Spiritus Domini (2021), autorizando “que también mujeres adecuadamente formadas y preparadas puedan recibir los ministerios del lectorado y el acolitado”; y a el ministerio no ordenado de catequista en el motu proprio Antiquum ministerium (2021).

También en su libro Soñemos juntos. El camino a un futuro mejor (2021) Francisco manifestó este temor al reconocer que en muchas diócesis “hay mujeres dirigiendo departamentos, escuelas, hospitales y muchas otras organizaciones y programas” y que “en la Amazonía, las mujeres –tanto laicas como religiosas– dirigen comunidades eclesiales enteras. Decir que no son líderes de verdad porque no son curas sería pecar de clericalismo y faltarles respeto”. Y en el mismo libro, a propósito del nombramiento de mujeres en la curia vaticana, mencionó, como reto, “crear espacios donde las mujeres puedan liderar” e “integrar la perspectiva de las mujeres sin clericalizarlas”.

Ahora bien, vale la pena anotar que el temor se debe a que Francisco le achaca los males de la Iglesia a la mentalidad clerical. Que es la mentalidad de los hombres de Iglesia, caracterizada por el sentido de superioridad en el que son formados, asociando dicha superioridad al poder sagrado que reciben en la ordenación y los ubica en un entorno sagrado que no pueden transgredir las mujeres.

Por eso el reto de “crear espacios donde las mujeres puedan liderar” que planteara Francisco en su libro Soñemos juntos. El camino a un futuro mejor (2021) refiriéndose al nombramiento de mujeres en la curia vaticana. Y, por eso, refiriéndose al acceso de las mujeres a “funciones e incluso a servicios eclesiales que no requieren el orden sagrado” en Querida Amazonia (2020), que acabo de citar, precisó que debían ser, además, funciones y servicios que “permitan expresar mejor su lugar propio” (QA 103), que es la otra preocupación.

El reto o la preocupación responde a que en la mentalidad de los hombres de Iglesia –y Francisco es hombre de Iglesia– las mujeres deben ocupar un lugar o espacio propio para ellas. Un espacio que prolongue el espacio que han ocupado en el entorno patriarcal, que es el espacio doméstico, distinto y separado del espacio que ellos ocupan, que es espacio de poder y, en la Iglesia, de poder sagrado recibido en el sacramento del orden, sin caer en la cuenta –de eso estoy segura– que se trata de una exclusión de las mujeres y que el espacio que las mujeres no pueden transgredir está probablemente asociado al miedo a las mujeres que recorre la historia de la humanidad como miedo a la transgresión del orden establecido, que es el que confina a las mujeres en el espacio doméstico.

El nuevo argumento del papa Francisco para no ordenar mujeres

El argumento que no logro entender para justificar la exclusión de las mujeres de la ordenación y que ha utilizado últimamente es el del principio petrino y el principio mariano, que parece plantear como si fueran las columnas de la eclesiología.

Se lo oí, por primera vez, a finales del año pasado en la entrevista que concedió a un grupo de periodistas de America y no lo entendí, a pesar de que soy teóloga y he sido profesora de teología del sacramento del orden. Lo utilizó para responder a una pregunta sobre la ordenación de las mujeres en la entrevista con periodistas estadounidenses en noviembre de 2022: “Es un problema teológico. Creo que amputamos el ser de la Iglesia si consideramos solo la vía de la ministerialidad”, que “podríamos decir que es de la Iglesia petrina”. A renglón seguido explicó: “Estoy usando una categorización de los teólogos. El principio petrino es el de la ministerialidad. Pero hay otro principio que es más importante todavía, del que no hablamos y es el principio mariano, que es el principio de la femineidad en la Iglesia, de la mujer en la Iglesia, donde la Iglesia se espeja a sí misma porque ella es mujer y es esposa”. E insistió: “La Iglesia es mujer. La Iglesia es esposa. Entonces la dignidad de la mujer va espejada en esta línea”. Continuó su argumentación, preguntándose: “¿Y por qué una mujer no puede entrar a los ministerios, a la ordenación? Es porque el principio petrino no da cabida a eso. Sí, tiene que estar en el principio mariano, que es más importante. La mujer es más, asemeja más a la Iglesia, que es mujer y que es esposa”. Por otra parte, señaló “un tercer camino que es el administrativo”, comentando, además, “que hay que dar más lugar a la mujer”. Como de hecho ha venido abriendo espacio para las mujeres en la curia vaticana, “y eso es una revolución”, comentó en la entrevista.

Nuevamente le oí el argumento del principio mariano y el principio petrino el pasado mes de marzo para responder la pregunta del entrevistador Jorge Fontevecchia acerca de mujeres sacerdotes, que es como generalmente se entiende la ordenación de mujeres, asumiendo que el sacramento del orden es el sacramento del sacerdocio, que fue como lo elaboró la teología medieval. “Este es un problema teológico”, respondió el papa Francisco y, a continuación, desarrolló el argumento: “En la Iglesia hay dos principios, hay tres diría, pero dos que son dogmáticos”, explicando que el tercero es administrativo: “si a las mujeres se les puede dar este o este trabajo”, mencionando algunos de los recientes nombramientos en el Vaticano. En cuanto al principio teológico –es decir, el principio petrino y el principio mariano– “es una cosa teologal” y su explicación me dejó aún más confundida: “Por ejemplo, la Iglesia no es varón. La Iglesia es mujer. Es la Iglesia. No es el Iglesia. Y se considera, asimismo, como esposa de Jesucristo, que es dogma de la teología más sana, que la Iglesia es mujer y no es ministro de la Iglesia, ministro varón. Es distinto. Está el principio de ministerialidad y el principio eclesial”. Continuó explicando que “el principio petrino es el disciplinar, el de gobierno, más así jerárquico –diácono, sacerdote, obispo, etc.– y el principio maternal, el de contención de la Iglesia, de la comunidad, se llama principio mariano”. Según la argumentación de Francisco, porque “la Iglesia es mujer, está en el principio mariano, que es mucho más importante: más importante una mujer en la Iglesia que un cura porque el principio mariano abarca todo y toca a la femineidad de la Iglesia. Jerárquicamente, un cura es más importante que una mujer, pero porque hay una jerarquización en el ministerio”. Y concluyó así su argumentación: “Teológicamente, si usted me pregunta, ¿quién es más importante, María o san Pedro, o los apóstoles? Ciertamente, María. Ciertamente. Es más importante porque es figura de la Iglesia en esa línea no ministerial sino eclesial”.

Por tercera vez le oí este nuevo argumento en el documental de Disney publicado durante la Semana Santa, en el que jóvenes de varios países hicieron preguntas al papa Francisco. Aunque no lo mencionara, el principio petrino y el principio mariano asoma en sus respuestas a una de las jóvenes que comenzó preguntándole su opinión acerca de si alguna vez podría haber una mujer en el puesto que él ocupa hoy: “Hay un problema teológico, de constitución teológica. En la Iglesia están dos líneas constituyentes, como dos principios. En el ministerio están los hombres. En la maternalidad, mucho más importante todavía, están las mujeres”. Enseguida, precisó: “La mujer tiene su función en la Iglesia porque la Iglesia es mujer. No es el Iglesia. Es la Iglesia. La Iglesia es esposa, es la esposa de Cristo. No es el esposo. El esposo es Cristo. Y esa es nuestra fe”. A la pregunta acerca de si no sería posible una mujer sacerdote, el papa respondió: “No. Porque sería ministerial”. Entonces la joven argumentó que las mujeres están ocupando ya espacios en la Iglesia, pero Francisco insistió en que “se priva a la mujer de la cosa más rica que tiene”. Le aclaró que su idea no era “privar a la mujer y sacarla de esos espacios” y el papa le replicó: “Entonces le quita la originalidad. Es un punto dogmático serio, que no disminuye a la mujer, al contrario, la pone en primer lugar. Pero donde tiene que estar. No es mejor ser sacerdote que no serlo”. E insistió finalmente: “Muy importante ser mujer en la Iglesia”.

Con todo respeto, papa Francisco, pero no me convence el argumento

Como no estaba familiarizada con el argumento del doble principio mariano-petrino, tuve que buscar información que encontré en varios artículos de la teóloga y biblista italiana Marinella Perroni. Según ella, el principio petrino-mariano lo propuso en el siglo pasado el teólogo alemán Hans Urs von Balthasar en el marco del ecumenismo “para integrar el ministerio petrino en la mística mariana”. También cita Perroni la exhortación apostólica de Pablo VI sobre el culto mariano, Marialis cultus (1974), en la que, para exaltar el papel de María en la Iglesia, lo compara con el que ejerce la mujer en la familia que “calladamente y en espíritu de servicio vela por ella”.

Pude deducir el sentido del principio mariano de estas palabras de Pablo VI que prolongan en la Iglesia la estructura organizacional de la familia patriarcal y su tradicional división de roles femeninos y masculinos, asociando la identidad de la mujer con la función maternal y, consiguientemente, con el servicio, el espacio doméstico y el silencio. Como también pude deducir el sentido del principio petrino, a partir de la función del varón en la sociedad patriarcal, en la que le corresponde la autoridad, el espacio público y el uso de la palabra. Lo que pasa –y, con todo respeto, papa Francisco– es que, debido a los cambios sociales de los últimos cien años, la división de roles femeninos y masculinos de la sociedad patriarcal y, consiguientemente, de la familia patriarcal están hoy en parte superados: la autoridad dejó de ser patrimonio exclusivo de los varones, y las mujeres han salido del espacio doméstico para compartir con los varones el espacio público, en el que se atrevieron a tomar la palabra después de muchos siglos de permanecer calladas.

Deduje, también, que el doble principio consagra a María como prototipo femenino y a Pedro como prototipo masculino, exaltando la importancia de María –como se ha ensalzado tradicionalmente a las mujeres con el título de “reina del hogar” que se les daba– para resaltar la autoridad de los hombres de Iglesia, como se acostumbraba respetar en el hogar la autoridad del paterfamilias. Lo que ya no suele ocurrir, porque los padres han comenzado a compartir el espacio doméstico y se han atrevido a participar en la crianza de sus hijos después de siglos de permanecer excluidos.

Y deduje –con todo respeto, papa Francisco– que no me podía convencer el argumento del doble principio petrino-mariano para seguir discriminando a las mujeres en la Iglesia negándoles el sacramento del orden: sencillamente, no responde a las actuales circunstancias sociales. Es una opinión teológica y no es un dogma.

Como tampoco me puede convencer el argumento de santo Tomás proveniente de otro contexto histórico. Como hombre de su tiempo, opinaba que “la mujer es inferior al hombre, […] el varón es más perfecto por su razón y más fuerte por su virtud [y] la mujer necesita del varón no sólo para engendrar, como ocurre con los demás animales, sino incluso para gobernarse” y esta opinión marcó su argumentación en relación con las razones para incluir el sexo femenino entre los “impedimentos para la recepción de este sacramento”, junto con los niños, los incapaces privados del uso de razón, los físicamente discapacitados, los esclavos, los asesinos y los hijos ilegítimos: “como en el sexo femenino no se puede significar una superioridad de grado puesto que el estado de la mujer es de sujeción, síguese que no puede recibir el sacramento del orden”. Y no me puede convencer porque las mujeres ya no estamos en estado de sujeción ni de inferioridad, como podían estar las mujeres en el Medioevo.

¿Hay posibilidad de apertura a la ordenación de mujeres en la Iglesia católica?

¿Hay, entonces, alguna esperanza –y la esperanza es virtud cristiana– de que en la Iglesia católica se produzcan cambios para que sean clara y definitivamente reconocidos los derechos fundamentales de las mujeres y se supere su exclusión que la encíclica Fratelli tutti [Sorelle tutte] califica de “inaceptable” (FT 127) en sus críticas a la inequidad social? Bueno, las críticas a la inequidad de puertas para afuera, sin caer en la cuenta de la inequidad que reina en la Iglesia de puertas para adentro.

Pero también hay que ser realistas. Está en juego la visión sacerdotal y kiriarcal de los hombres de Iglesia y la mentalidad clerical pesa fuertemente en las instancias decisorias. Sin embargo, quiero creer que hay esperanza. Y me animan a creer que hay esperanza las palabras del papa Francisco en el rezo del Regina Coeli de este Domingo de Pascua, cuando destacó que “fueron ellas, las discípulas, las primeras en verlo y encontrarlo” porque “a diferencia de los demás, no se quedaron en casa paralizadas por la tristeza y el miedo”, porque con ellas y como ellas, las mujeres no nos podemos quedar paralizadas.

Por eso, papa Francisco, con todo respeto, me he atrevido a escribir estas líneas. Y porque tengo la esperanza en que el proceso de conversión eclesial que Francisco ha venido proponiendo incluya un cambio en prácticas e imaginarios que sustentan la exclusión de las mujeres del sacramento del orden. Tengo la esperanza, además, de que así como se tomó en serio la pregunta y la solicitud de la hermana Terezinha Rasera durante la audiencia a la Unión Internacional de Superioras Generales, UISG (2016), convocando dos comisiones para estudiar el diaconado femenino, y ha demostrado su apertura a la nueva presencia de las mujeres en la Iglesia confiándoles cargos de dirección administrativa y procurando el reconocimiento formal de las actividades pastorales que ellas realizan, también preste atención a las voces de las mujeres que guardan la esperanza de que algún día dejarán de ser excluidas de la ordenación y dé el paso que se espera hacia la plena inclusión de las mujeres en la Iglesia.

Autora: Isabel Corpas de Posada. Doctora en Teología.

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Fuente: https://www.vidanuevadigital.com/

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