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lunes, 1 de julio de 2019

San Bernardino Realino


SAN BERNARDINO REALINO, RUEGA POR NOSOTROS
2 de julio

«Abogado santo, predilecto de María, excelente confesor y predicador además de pacificador. Patrón de la localidad italiana de Lecce, donde fue considerado otro Felipe Neri»

Nació en Carpi, Módena, Italia, el 1 de diciembre de 1530. Su padre era caballerizo mayor de la corte de los Gonzaga, una responsabilidad que le mantenía frecuentemente alejado del hogar, por lo cual su educación prácticamente quedó en manos de su madre que le transmitió su devoción por la Virgen María. Cursó estudios en Módena y en Bolonia. Estudiaba filosofía, aunque en realidad su objetivo era la medicina. En 1550 falleció su madre y tuvo que acostumbrarse a vivir sin ella; su solo recuerdo suscitaba en su ánimo una incontenible emoción.

Hasta ese momento su vida había discurrido como la de muchos jóvenes de su edad: componía poesías, escribía un diario, sufrió el típico mal de amores de la adolescencia, y hasta se vio involucrado en alguna que otra reyerta. Le gustaba cultivar las amistades y es posible que no supiera elegirlas siempre adecuadamente. En un momento dado, reconoció afligido «haber perdido muchísimo tiempo con algunos de sus compañeros, con los cuales trataba demasiado familiarmente». Y por si hubiese dudas al respecto, por la siguiente apreciación retrospectiva queda claro que su conciencia le reprochó determinados rasgos de su conducta: «Habiéndome introducido por senda tan resbaladiza, vino el ángel del Señor a amonestarme de mis errores, y, retrayéndome de las puertas del infierno, me colocó otra vez en la ruta del cielo».

Este «ángel» al que aludía metafóricamente tenía un rostro: el de la hermosa Clara, de la que se enamoró perdidamente en Bolonia después de regresar a la ciudad tras la muerte de su madre. Era una muchacha estudiosa y cultivaba la vida espiritual. Su candidez atrajo a Bernardino, que intercambió cartas y poemas con ella en un tono respetuoso e inocente. Pero la joven tenía cierta influencia en su voluntad y, a instancias suyas, aunque se decantaba por la medicina, abandonó esta carrera por la de derecho, disciplina en la que se doctoró en 1556. Con su título bajo el brazo, y quién sabe cuantos proyectos de futuro con su amada Clara, inició su andadura profesional.

Uno de sus pleitos tuvo lugar en Ferrara. Se produjo una situación que juzgó injusta y saldó el asunto con violencia, hiriendo la frente de su oponente con el estoque. A tenor de ello, le aplicaron la sanción correspondiente y quedó inhabilitado para volver a ejercer allí. Después, con la protección del gobernador de Milán, que contaba con los buenos servicios de su padre, se convirtió en magistrado de Felizzano. Cuando Felipe II fue elegido nuevo gobernador, indirectamente, con la mediación de otra persona notable, el santo obtuvo la plaza de abogado fiscal en Alessandría, Piamonte. Un tercer gobernador lo nombró magistrado de Cassino. Finalmente, el marqués de Pescara lo designó juez de Castelleone, donde se reveló como un gran pacificador.

Aún le quedaba otro destino, el último, para hallar el verdadero amor de su vida. Porque en las postrimerías de 1591, cuando todo parecía sonreírle, la muerte le arrebató a la joven Clara; tuvo noticia de ello a través de unos amigos que se lo comunicaron por carta. Deshecho por el dolor de tan prematura pérdida, no encontró más consuelo que el de Dios. Cuando el marqués se trasladó a Nápoles como gobernador, lo llevó consigo; fue auditor y lugarteniente general de la ciudad. Con frecuencia vagaba por las calles intentando dar un nuevo sentido a su vida.

Una tarde se cruzó con dos alegres religiosos jesuitas, y animado por su gozoso semblante, fue a oír misa a la iglesia que tenían en la ciudad. Profundamente conmovido por la homilía del predicador, padre Carminata, se recluyó voluntariamente en su habitación. Durante unos días hizo los ejercicios espirituales y determinó seguir a Cristo. Aún no sabía la forma. Pesaban sobre él emociones comprensibles: la soledad de su padre, la confianza del marqués…; dudaba. En septiembre de 1564 María, a la que rogaba su auxilio rezando el rosario, despejó sus temores. Se le apareció con su divino Hijo en los brazos en medio de un celeste resplandor, y le instó a ingresar en la Compañía de Jesús. Se disiparon las sombras de Bernardino instantáneamente y penetró en su espíritu la luz.

Tenía 34 años cuando ingresó en el noviciado. Se deshizo de sus posesiones, y se formó a conciencia. Fue ordenado tres años más tarde y quedó destinado en Nápoles. En las calles, tantas veces transitadas por él como magistrado, se puso a prueba su humildad. Ciertas miradas reprobatorias, sorprendidas de la pobreza de su atuendo, lo decían todo acerca de lo que podían pensar; después, fueron apreciando sus virtudes. Le encomendaron la delicada misión de ser maestro de novicios, aunque él soñaba con partir a las Indias. No pudo cumplir su anhelo.

En 1574 fue enviado a Lecce como superior de la comunidad añadiendo la responsabilidad de abrir allí un colegio. Nápoles lo despidió con enorme aflicción por tenerle en alta estima. Y este mismo sentimiento brotó en Lecce, ciudad que se opuso frontalmente a su salida cuando los superiores determinaron trasladarle a otros lugares. Además, siempre surgía algo que impedía su partida, desde inclemencias meteorológicas hasta enfermedades suyas que desaparecían misteriosamente en el momento que se revocaba la orden de salir. Era un excelente confesor y predicador. Prestó asistencia a enfermos, pobres, esclavos, etc.; ante él desfilaron personas de toda clase y condición, incluida la nobleza y prelados.

Considerado como un san Felipe Neri para Lecce, fue agraciado con favores místicos, entre otros, visiones, especialmente de la Virgen. Y teniendo su nombre en los labios, murió el 2 de julio de 1616 con 82 años, casi la mitad de los cuales los pasó en Lecce. Hallándose moribundo, la ciudad lo eligió como su patrón. El alcalde Rapana acudió a su lecho, y le leyó el documento pertinente arrancándole un casi postrero: «Sí, señores», como signo de aceptación. León XIII lo beatificó el 12 de enero de 1896, y Pío XII lo canonizó el 22 de junio de 1947.

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domingo, 19 de mayo de 2019

San Bernardino de Siena



SAN BERNARDINO DE SIENA, RUEGA POR NOSOTROS

También llamado Bernardine (8 de septiembre de 1380 - 20 de mayo de 1444), fue un predicador italiano, un misionero franciscano y un santo católico.

Bernardino Albizzeschi nació en 1380 como hijo de la familia noble de Albizeschi en Massa Marittima (Toscana). Su padre fue el bailío o gobernador de esta ciudad sienesa. Cuando cumplió 3 años de edad, murió su madre y tres años después, su padre, y creció desde entonces en la casa de una tía. Después de su educación básica, trabajó unos años cuidando a los enfermos en un hospital. En Siena estudió después Derecho civil y canónico. Durante este tiempo, con la aparición de la peste hacía 1400, trabajó en el hospital de Santa María del     la Scala, y animó a otros hombres de hacer lo mismo. Según algunas biografías, enfermó de esta epidemia, pero sobrevivió. Otras fuentes lo que destacan es que no enfermase pese al tiempo pasado cuidando a los apestados.

En el año 1402 o 1404, entró en la Orden Franciscana de la observancia. Donó todos sus bienes a los pobres. Al alrededor de 1406San Vicente Ferrer durante su sermón en Alessandria en el Piamonte, eligió a Bernardino para cumplir la Evangelización de Italia. Bernardino tardó apenas doce años. Durante estos años, Bernardino vivió probablemente retirado en el convento en la montaña de Capriola, cerca de Siena.

Se dice, que "curó" una prostituta sienesa "expulsando el demonio" de su cuerpo. Predicó en Milán en 1417 o 1418. Después predicó el evangelio en ciudades vecinas durante los próximos cuatro años.

Durante más que 30 años, Bernardino predicó en Italia. Tenía un papel importante en el renacimiento de la religiosidad al comienzo del siglo XV. Tenía mucho público durante sus sermones. Reconcilió querellas, y realizó milagros. En 1425, predicó todos los días durante siete semanas en Siena.

En el año 1427 fue llevado a juicio en Roma de fendiéndose de la acusación de herejía; atendieron teólogos  como por ejemplo Paulus Venetus. Bernardino fue declarado inocente. El papa Martín V le invitó a Roma para predicar. En el mismo año, le ofrecieron el puesto de obispo de Siena, pero lo rechazó para poder seguir con sus actividades monacales y la evangelización. En 1431, viajó por la Toscana, la Lombardía, Romaña y Ancona. Volvió a Siena para prevenir una guerra contra Florencia. Rechazó en 1431, el puesto de obispo en Ferrara, y en 1435 el de Urbino.

Durante estos años, Juan Capistrano fue su amigo, y Jaime de Las Marcas fue su discípulo. Los papas Martín V y Eugenio IV le ayudaron. El Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico Segismundo buscaba el consejo de Bernardino, que le acompañó a su coronación a Roma en 1433.

Bernardino volvió a Capriola para elaborar una serie de sermones. En 1436 empezó de nuevo con su labor misionero, pero ya en 1437 tenía que abandonarlo porque fue elegido vicario general de los franciscanos observantes de Italia y poco después, en 1438, representó toda la orden en Italia.

En 1442, Bernardino pidió al papa su dimisión como vicario general para que se puede dedicar de nuevo a la predicación y reasumir sus trabajos del misionario. A pesar de la bula   publicada por Eugenio IV en 1443, en lo cual el papa encargó a Bernardino que apoyará la cruzada contra los turcos, no hay pruebas de su vida predicadora en esta época. En 1444, a pesar de su enfermedad, Bernardino viajó al Reino de Nápoles, cumpliendo con su deseo de haber predicado en todas partes de Italia antes de morir.



Bernardino murió en el año 1444 en Aquila en Abruzzo. Su sepulcro continuó sangrando hasta que dos facciones de la ciudad fueron reconciliados.

En sus sermones, Bernardino predicó contra las costumbres sodomíticas de los italianos. En uno de ellos, se refiere a la reputación de los italianos en otros países:

O Italia, provincia del altra del che del più del contaminata del SE del ne del quanto '! ¡Virginia ' un tedeschi, vanto e ' danno del bello del che de la oda de e un ' Taliani! De Dicono del che mondo del al del generazione del è no, che Italiani del sodomitti del maggiori del sieno del che.[2]​

O, Italia, ¡Cuánto más que cualquier otra provincia te contaminaste! ¡Vaya a los alemanes, y oiga qué cosas encantadoras dicen sobre los italianos! Dicen que no hay gente en este mundo que son mayores sodomitas que los italianos."

En esta época, estas prácticas habían sido consideradas como "desgracias divinas", igual como la peste; algunos clérigos esperaban que las catástrofes se podrían evitar restringiendo prácticas inmorales.

Desde el principio de su vida religiosa, Bernardino trabajó vigorosamente para propagar la rama de los frailes menores observadores en la orden franciscana, pero, contrariamente a lo que se indica a veces, él no fue su fundador. Sin embargo, Bernardino fue un personaje importante para esta rama de la orden, su ayuda principal y propagador infatigable. Da clara idea de ello que si la cantidad de frailes cuando entró Bernardino en la orden ascendía apenas a 130 a su fallecimiento había subido a 4.000.

Además, Bernardino mismo ha fundado, o reformado, por lo menos trescientos conventos o monasterios. Bernardino envió también a misioneros al oriente. Además, gracias a sus esfuerzos atendieron muchos embajadores de las naciones cismáticas al Concilio de Basilea.


Después de su muerte, los franciscanos difundieron imágenes de Bernardino. En las pinturas fue representado en general con tres mitras delante de sus pies, lo que simboliza el rechazo de los tres puestos de obispo que le ofrecieron. En su mano suele llevar el CrismónIHS, del cual salen rayos o lo cual está incorporado en un sol; así se muestra su dedicación al "nombre santo de Jesús").

En Siena, trás la muerte de Bernadino, se elaboró un retrato a base de su rostro finado en L'Aquila Italia con la cabeza calva y la cara extenuada, que parece tener una buena semejanza fisionómica. Este retrato fue probablemente la fuente de muchas pinturas posteriores del santo.

Las representaciones más famosas y apreciadas son posiblemente los frescos que describen el ciclo de su vida. Fuen pintados hacia el final del siglo XV por Pinturicchio en la capilla de Bufalini de Santa María en Aracoeli, en Roma.

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