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“Miró al ángel y pronunció las sagradas palabras”, la increíble visión de la Anunciación de una beata


La Anunciación del Señor,  el momento en que la Virgen María dio su total consentimiento a la voluntad de Dios, es un acontecimiento fundamental en la historia de la la salvación.

Este momento en que María “dio el sí” para llevar en su seno al Salvador es relatado en el Evangelio de San Lucas (Cap. 1, 26-38).

Sin embargo, en distintos momentos de la historia, Dios permitió que algunas personas santas tuvieran visiones de distintos momentos de la vida de Jesús.

La beata Ana Catalina de Emmerick, una de las místicas más importantes junto a sor María Jesús de Agreda, tuvo una serie de revelaciones privadas sobre el momento de la Anunciación.

En el libro de “Visiones y revelaciones completas de la venerable Ana Catalina Emmerick“, Tomo II, la beata narra sus visiones del momento en que la Virgen María le dijo a Dios “Yo soy la servidora del Señor, que se cumpla en mí lo que has dicho”.

Como toda revelación privada, ningún católico tiene la obligación de creer en ella y se debe proceder con prudencia. Siempre el criterio para aceptar las supuestas revelaciones es que jamas contradigan los Santos Evangelios, la Tradición y el Magisterio de la Iglesia.

Aquí puedes leer un extracto de la revelación privada que la beata Ana Catalina de Emmerick tuvo sobre el momento de la Anunciación:

“La casita de Nazaret, que Ana había preparado para María y José, pertenecía a Santa Ana. (…) En la parte posterior estaba el dormitorio de María: allí tuvo lugar la Anunciación del Ángel.

(….) Entonces del techo de la habitación bajó, a su lado derecho, en línea algún tanto oblicua, un golpe tan grande de luz , que me vi obligada a volver los ojos hacia la puerta del patio. Vi, en medio de aquella masa de luz, a un joven resplandeciente, de cabellos rubios flotantes, que había descendido ante María, a través de los aires. Era el Arcángel Gabriel.

Cuando habló vi que salían las palabras de su boca como si fuesen letras de fuego: las leí y las comprendí.

María volvió entonces el rostro hacia él, como si obedeciera una orden, levantó un poco el velo y respondió. El ángel dijo todavía algunas palabras. María alzó el velo totalmente, miró al ángel y pronunció las sagradas palabras: ‘He aquí la sierva del Señor; hágase en mí según tu palabra’ …

El cielo aparecía abierto y mis miradas siguieron por encima del ángel una ruta luminosa. En el punto extremo de aquel río de luz se alzaba una figura de la Santísima Trinidad: era como un fulgor triangular, cuyos rayos se penetraban recíprocamente. Reconocí allí Aquello que sólo se puede adorar sin comprenderlo jamás: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y, sin embargo, un solo Dios Todopoderoso.

Cuando la Santísima Virgen hubo dicho: ‘Hágase en mí según tu palabra’, vi una aparición alada del Espíritu Santo (…) Cuando esta luz penetró en su costado derecho, la Santísima Virgen volvióse luminosa ella misma y como transparente: parecía que todo lo que había de opaco en ella desaparecía bajo esa luz, como la noche ante el espléndido día. Se hallaba tan penetrada de luz que no había en ella nada de opaco o de oscuro. Resplandecía como enteramente iluminada.

Después de esto vi que el ángel desaparecía y que la faja luminosa, de donde había salido, se desvanecía. Parecía que el cielo aspirase y volviese hacia sí la luz que había dejado caer.

(…) Desaparecido el ángel he visto a Maria arrobada en éxtasis profundo, en absoluto recogimiento. Pude ver que ya conocía y adoraba la Encarnación del Redentor en sí misma, donde se hallaba como un pequeño cuerpo humano luminoso, completamente formado y provisto de todos sus miembros“.

Autor: Andrés Jaromezuk

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Fuente: https://es.churchpop.com/

Beata María Magdalena Martinengo



BEATA MARÍA MAGDALENA MARTINENGO, RUEGA POR NOSOTROS
 27 de julio


Probó su amor a Dios con heroicas penitencias

«Aristócrata, de espléndida belleza y frágil salud, probó su amor a Dios abrazada a heroicas penitencias. Fue agraciada con numerosos bienes espirituales y dones diversos»

Natural de Brescia, Italia, donde vio la luz en 1687, la vida de esta aristócrata –era condesa– rebate la idea de que la fragilidad está reñida con la fortaleza, argumento insostenible cuando Dios está por medio. Fue una de las más grandes ascetas que se conocen, rayando sus penitencias, si pudiera expresarse así, en lo supra-heroico. Y eso que nació con una naturaleza tan frágil que nadie pensó que iba a sobrevivir. Menos aún cuando su madre, la condesa de Secchi de Aragón, no logró hacerlo; sucumbió tras el parto. Tal era la gravedad de la niña que hasta fue bautizada con urgencia temiendo que no pudiera recibir este sacramento. Durante varios meses Francisco Leopardo Martinengo, conde de Barco, feliz por acoger a la niña en una familia que contaba ya con dos varones, y siendo viudo, vivió con zozobra por la salud de la pequeña que estuvo más cerca de la muerte que de la vida. Después, Margarita, que ese fue su nombre de pila, creció atada a los médicos.

Su porte distinguido, suma de genes y de la clase privilegiada a la que pertenecía, le jugó una mala pasada a la edad de 5 años. Y es que una vez se sintió admirada por las numerosas personas que se hallaban en su palacio cuando desfiló ataviada con un espléndido vestido. Este hecho sin relevancia para otras personas, no lo fue para ella; quiso purgar su desliz vanidoso toda la vida. También reconoció su afición por lecturas que no le hacían ningún bien. El día de su primera comunión, en el que tanto soñó porque anhelaba recibir a Cristo, había pasado por la angustia de ver cómo la Sagrada Forma se caía al suelo. De ese momento, que debió ser para ella traumático, le quedó una impresión que solía aparecer cada vez que iba a recibirla: «un frío mortal invadía no solo su alma, sino también todo su cuerpo».

A los 13 años consagró privadamente su virginidad. A los 18 años era una joven hermosa, elegante, y muy inteligente que había sido educada por una ursulina. Completó su formación en el monasterio de Santa María de los Ángeles donde residían dos tías suyas. Entonces iba ascendiendo por la escala de los místicos, llevada por un amor de tal envergadura que todo se le hacía poco para purificar las debilidades que apreciaba en sí misma, lo cual le provocaba gran aflicción. Con sus antecedentes y apariencia nadie podía imaginar que desde hacía tiempo se mortificaba con disciplinas, ayunos, cilicios y todo lo que se le ocurría para asemejarse más a Cristo Redentor. Llevaba una vida de intensa piedad. Era generosísima, socorría a los pobres, y estaba seducida por la vida de los santos que leía. Pero su padre no pensó ni por asomo que esa hija, a la que protegía en extremo, le plantearía su ingreso en el convento. Cuando lo hizo, ideó todas las formas posibles para disuadirla. En su empeño le ayudaron los hermanos y hasta las tías de Margarita. Consideraban que, en todo caso, le convendría un buen matrimonio. ¿Cómo podría sobrevivir en un monasterio alguien que tenía tan mala salud? Estos eran sus argumentos. Pero Margarita se empeñó y libró una lucha sin cuartel, de la que salió vencedora.

En 1705, a sus 18 años, se integró en la comunidad de capuchinas de Brescia, no tanto por elección propia, ya que habría pensado en otro Instituto, como por considerar que abrazándose a ese carisma cumplía la voluntad de Dios. Y ahí se inició su particular calvario, que duró treinta años. Le dieron el nombre de Magdalena. Y tanto la superiora como la maestra de novicias y hasta la última de las religiosas la maltrataron, como hoy se diría, psicológicamente, no solo con humillaciones, sino sembrando por doquier recelos y desconfianzas hacia ella. Alguna pensó, y así lo manifestó, que su presencia en el convento hundiría a la Orden; siempre el juicio humano en las antípodas del divino. El día de la convocatoria en la que todas debían manifestar su juicio respecto a su permanencia en el convento, se suponía que el resultado de la votación secreta sería su expulsión. Sin embargo, la unanimidad para que se quedase entre ellas fue inequívoca. Al parecer, en el momento de manifestar su juicio muchas se sintieron íntimamente movidas a modificar el voto negativo en el que inicialmente pensaron.

Mientras, Margarita continuó con su vida de penitencia, siempre in crescendo, ante el asombro de confesores, quienes tampoco la comprendían, y el desprecio y toda clase de agravios de la abadesa y del resto de las hermanas. Fue cocinera, portera, y más adelante maestra de novicias en tres ocasiones. Ella misma, y aunque no lo deseaba, fue elegida abadesa. Sus mortificaciones severísimas respondían a su ferviente petición de que Cristo no le ahorrase ningún suplicio. Y junto a tantos instantes cotidianos en los que debía vencerse, añadía otras penitencias para no vivir ni un minuto sin padecer por Él.

Sufrió acuciantes tentaciones. Tal fue su angustia en algunos momentos que llegó a rozar el paroxismo en su desesperación: «casi deseaba matarme para ir más pronto al infierno». Pasó por encima de las falsas acusaciones y la soledad a la que fue condenada temporalmente impidiéndole comentar asuntos espirituales con las novicias. Lo superó todo con la gracia divina; salía fortalecida en las tribulaciones. Resumía su anhelo de sufrir por Cristo, diciendo: «Si no hubiera tenido las penas corporales para refrigerar o calmar el ardor del amor a Dios, me hubiera sido imposible soportarlo». Vivía siempre con heroica caridad, fiel al carisma franciscano. Fue agraciada con numerosos bienes espirituales y dones diversos. Al final, contando ya con el amor de sus hermanas, y rodeada de ellas, murió el 27 de julio de 1737. León XIII la beatificó el 3 de junio de 1900.

Fuente Zenit

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Beata María de Jesus Petkovic


BEATA MARÍA DE JESUS, RUEGA POR NOSOTROS
9 JULIO

La intercesión de Marija Petkovic salvó la vida de submarinistas peruanos

En el accidente más grave de la flotilla de submarinos de ese país

A la intercesión de la primera beata de la historia de Croacia, elevada este viernes a la gloria de los altares por Juan Pablo II, varios oficiales peruanos atribuyen la salvación de su vida en el accidente más trágico en la historia de la flotilla de submarinos de ese país.

Para testimoniarlo, entre los 50.000 peregrinos reunidos en el puerto de Dubrovnik, se encontraba Roger Cotrina Alvarado, el teniente del submarino «Pacocha» que el 26 de agosto de 1988 chocó contra el pesquero japonés «Hyowa Maru», cerca del puerto de El Callao.

Cuando el submarino comenzaba a hundirse, el entonces joven oficial se encomendó a la intercesión de sor Marija de Jesús Crucificado Petkovic (1892-1966), fundadora de la Congregación Franciscana Hijas de la Misericordia.

En ese momento, Cotrina Alvarado logró cerrar una compuerta interna, venciendo con la fuerza de sus brazos la presión del agua que penetraba en el submarino.

La maniobra fue considerada «humanamente imposible» por dos comisiones, una militar y otra vaticana, de modo que el milagro se convirtió en la puerta que abrió el paso a la beatificación de la religiosa croata.

«Estaba al borde de la desesperación. Pensaba que todos íbamos a morir», comentaba este viernes en la explanada del puerto Dubrovnik.

«Me faltaba aire y entonces me puse a pensar con todas mis fuerzas en sor Marija Petkovic. De repente, vi una luz y experimenté una fuerza inefable que me permitió cerrar la compuerta», añade el oficial de marina, vestido con su uniforme blanco, en el que destaca una condecoración.

Diecinueve de los oficiales atrapados junto a Cotrina Alvarado salvaron de este modo la vida. En la tragedia murieron 6 submarinistas.

«Cuando era pequeño, conocí la historia de Marija Petkovic porque mi madre tenía un libro sobre ella y me leía cada noche algunas páginas antes de acostarme», explica.

«Para mí, Marija Petkovic era una mujer extraordinaria, ayudaba a los pobres del mundo entero, y en particular a los de América el Sur», reconoce.

Marija Petkovic, nacida en 1892 en la Korcula, en el Mar Adriático, fundó en 1920 la congregación de las Hijas de la Misericordia, y creó orfanatos y centros de acogida a través de la antigua Yugoslavia y después en América Latina.

La beata trabajó en centros asistenciales de Argentina y Paraguay entre 1940 y 1952, antes de regresar a Roma, donde falleció en 1966.

Roger Cotrina Alvarado muestra su condecoración por haber salvado la vida de sus compañeros en aquel momento dramático y añade: «el mérito es de ella», y señala la imagen de la nueva beata.

Fuente zenit

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Beata María Teresa Scherer



BEATA MARÍA TERESA SCHERER, RUEGA POR NOSOTROS
16 de junio

La mano en el trabajo y el corazón en Dios

«Convicción hecha vida: la mano en el trabajo y el corazón en Dios. Esta integrante de las Hermanas de la Caridad de la Santa Cruz, fidelísima a su fundador, tras su muerte se ocupó de la Orden debiendo asumir muchos sufrimientos»

Sus largas horas de oración ante el Santísimo fueron el motor de la vida de esta beata que tuvo que afrontar numerosas tribulaciones. Nació el 31 de octubre de 1825 en Meggen, Suiza. Era la cuarta de siete hermanos y en la primera etapa de su vida nada hacía presagiar el rumbo que tomaría su existencia, aunque la mayoría de los rasgos que ella confesó tener entonces se asemejan a los de muchas personas: «Era parlanchina, irreflexiva, distraída. Era irritable y propensa a las rabietas. Me gustaba la ropa bonita y disfrutaba si me halagaban. A menudo, replicaba y desobedecía a la sirvienta». Pero tenía cualidades que le ayudarían a superar muchos problemas: inteligencia, sentido de la responsabilidad, dotes para el estudio, y estaba agraciada por una memoria formidable. A ello añadía un hilito de luz interior, refugio del amor divino, crucial para que fraguase la vocación: «Me gustaban los sermones, y solía frecuentar los sacramentos cuando se presentaba la ocasión».

Su camino hacia la madurez seguramente se inició a los 7 años con la inesperada muerte de su padre. Poco sabía hacer a esa edad cuando se trasladó a casa de dos tíos solteros, uno de ellos su padrino, que también residían en Meggen, pero pudo ayudarles porque estaba habituada a realizar tareas domésticas. Ambos le enseñaron a amar a Cristo. Al cumplir los 16 años su madre consideró que le vendría bien para formarse en todos los sentidos pasar una etapa en el hospital de Lucerna junto a las hermanas hospitalarias de Besançon. El influjo de las religiosas la alejaría de tendencias, como la vanidad, que habían aflorado en su vida y quizá de un desorbitado amor por la música –aunque este adjetivo no está consignado por la beata–, junto a rasgos de espontaneidad que igual no le convenían. Se sobreentiende que su madre buscaba para ella una mayor disciplina. La cuestión es que asintió porque no le quedó más remedio. Y allí se dio de bruces con el sufrimiento. Lo que peor llevaba era el régimen interno porque era estricto, y le desagradaba profundamente el trato dispensado a enfermos impedidos. Recurriendo a la oración, venció las dificultades y recelos, y superó la crisis que todo ello le provocaba. Tres años después abandonó el hospital fortalecida y llena de gratitud por haber podido asistir a los enfermos.

Tras una peregrinación a la abadía benedictina de Einsiedein, percibió la llamada de la vocación; antes había militado como Hija de María. En 1845 ingresó con las Hermanas de la Caridad de la Santa Cruz, obra debida a la fe del padre Teodosio Florentini, capuchino del convento de Altdorf. Hizo el noviciado en Mezingen, profesó en otoño junto a otras cuatro religiosas y la destinaron a Galgenen. Acompañada de una hermana iba con la misión de poner en marcha una escuela. Se estrenó como educadora cristiana esperando contrarrestar el ambiente anticlerical. Pero seguramente una exigencia excesiva, mal encaminada, mermó su salud. El esfuerzo que supuso para ella el trabajo y sus obligaciones cotidianas, a lo que se unían sus numerosos escrúpulos que le restaban paz, la dejaron malparada y tuvo que regresar a Mezingen.

Obtuvo el título de maestra y siguió ocupada en la enseñanza. En 1850, el padre Teodosio la envió a Näfels para dirigir el hospicio y dos años más tarde le encomendó el hospital de Coire, otra fundación suya. La fidelidad de María Teresa dio grandes frutos. En 1856 se produjo una escisión entre las religiosas. Las que no habían compartido plenamente el carisma fundador siguieron su camino, pero la beata no lo abandonó. Reiteró su lealtad como había hecho en otra ocasión anterior cuando el capuchino precisó inequívoco respaldo para construir un hospital de mayores dimensiones. En aquel momento, le dio su palabra con un simple apretón de manos; no hizo falta más. En 1857, tras la ruptura interna, fue elegida superiora general de la congregación, con sede en Ingenbohl, Suiza; se había ganado sobradamente la confianza de todos.

Al morir el padre Teodosio en 1865, quedó al frente de la Orden. Él le había dejado en herencia, entre tantas riquezas, la mayor: la adoración perpetua del Santísimo Sacramento. Fue sostén para ella en los momentos difíciles que sobrevinieron, y que se prolongaron durante años. Hizo lo imposible por mantener el rigor de las constituciones. Se opuso a los sucesores del fundador cuando quisieron imponer sus criterios, se hizo cargo de las deudas, y litigó defendiendo los derechos de la obra. Fue criticada por su modo de encarnar el gobierno y se puso en entredicho su severidad con la pobreza. Acusada y calumniada por un capellán, fue depuesta de su oficio por el obispo. Entonces confió a una de las suyas: «Tengamos presente a nuestro Salvador y a las innumerables ofensas que recibe cada día. A mí no se me trata mejor, como usted ya debe saber. No importa, pues no se puede contentar a todo el mundo. ¡Con tal de que Dios esté contento de nosotros!».

Le preocupaba el vínculo de la comunidad por encima de cualquier otra cosa, y así lo hizo notar: «Me siento atormentada, y me resulta penoso dirigirme a la casa madre; quiera Dios que todo sea para bien. Lo esencial es que nos mantengamos unidas y que nos amemos, que llevemos juntas la cruz y el sufrimiento». Soportó heroicamente las adversidades, orando sin desfallecer. Al resplandecer la verdad, volvió a ser repuesta en su cargo. Fue creadora de escuelas y hospitales para discapacitados. La salud no le acompañó, y en 1887 se le diagnosticó un cáncer de estómago. Murió el 16 de junio de 1888 en el convento de Ingenbohl, mientras exclamaba: «¡Cielo, cielo!». Había testificado con su vida lo que ella misma dijo: «la mano en el trabajo y el corazón en Dios». Juan Pablo II la beatificó el 29 de octubre de 1995.

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Beata Ana de San Bartolomé


BEATA ANA DE SAN BARTOLOMÉ, RUEGA POR NOSOTROS

7 junio

se llamaba Ana García Manzanas y nació en Almendral de la Cañada (Toledo) el 1 de octubre de 1549. Era la quinta hija de María Manzanas y Hernan García. A los nueve años perdió a su madre y, un año después, a su padre. Pronto sintió vocación religiosa, pero sus hermanos no apoyaron su decisión de ser carmelita y por ello sufrió grandes contradicciones que repercutieron sobre su salud, llegando a enfermar gravemente. Entonces sus hermanos ofrecieron una novena al apóstol San Bartolomé por su curación y el día de su fiesta, 24 de agosto de 1570; al entrar en una ermita dedicada a su advocación cercana a su pueblo, se curó repentinamente. En gratitud al Apóstol que ella consideró siempre su gran intercesor le eligió para su nuevo nombre de carmelita descalza. Profesó en el convento de San José de Ávila el día 2 de noviembre de 1570 mientras Santa Teresa estaba fundando en Salamanca. Fue la primera hermana de velo blanco, freila o lega que Teresa de Jesús admitió en su primer Carmelo, cuna de su Reforma. Unos meses después tuvo lugar el primer encuentro entre ellas y, desde ese instante, se estableció una especial corriente de empatía que duró hasta el fin de sus vidas.

En la Navidad de 1577 Santa Teresa se rompió el brazo izquierdo y Ana de San Bartolomé se convirtió en su compañera inseparable: fue su cocinera, su enfermera, su secretaria, su confidente y su apoyo en las últimas fundaciones: realmente su sombra. Hasta tal punto la quiso y la valoró Santa Teresa que, el 4 de octubre de 1582, cuando sintió que llegaba la hora de su muerte, la reclamó junto a sí para morir entre sus brazos, convirtiéndose en su heredera espiritual.

En 1604 fue reclamada para implantar el Camelo Teresiano en Francia. En 1605 fundó el Carmelo de Pontoise y fue elegida priora del de París; en 1608 fundó el Carmelo de Tours, y en 1612, reclamada por la infanta Isabel Clara Eugenia, hija de Felipe II y entonces Soberana de los Países Bajos, llegó a Flandes para fundar el Carmelo de Amberes, del que fue priora hasta su muerte. La Infanta siempre mostró un gran aprecio por esta hija predilecta de Santa Teresa y pronto Ana de San Bartolomé se convirtió en su fiel amiga y consejera. En Amberes vivió la Beata las felices noticias de la Beatificación y Canonización de Teresa de Jesús, y fue ella quien primero dedicó en el mundo un Carmelo a la advocación de su Santa Madre; así, el Carmelo de Amberes se llamó desde entonces de Santa Teresa y San José.

En Flandes vivió Ana de San Bartolomé los últimos años de su vida con gran fama de santidad, que, al igual que le ocurrió a Santa Teresa en Castilla, la envolvió sin ella poderlo evitar. Todo tipo de personas, desde los humildes campesinos hasta las gentes de más alta alcurnia, acudían a su Carmelo para pedirle su consejo y su bendición. Fue consejera y amiga de los soldados y generales de los famosos Tercios de Flandes que recurrían a ella para implorar su bendición y prender unas letras suyas en la coraza como salvaguarda y protección en la batalla. En dos ocasiones se consideró vencido el peligro de que las huestes protestantes, al mando del príncipe Guillermo de Nassau, invadieran Amberes gracias a la intercesión de Ana de San Bartolomé, que, alertada interiormente de que algo grave ocurría, despertó a las carmelitas en plena madrugada para acudir al coro a rezar. De estos episodios extraordinarios se hicieron las declaraciones y diligencias oportunas y el Obispo de Amberes la proclamó en vida Libertadora de Amberes. Su iconografía más divulgada reproduce la escena de su ferviente oración por la ciudad.

Estos acontecimientos extraordinarios acrecentaron de forma imparable la fama de su santidad por toda Europa. A principios de 1626 se agravó su delicado estado de salud y tan sólo la preocupaba morir en paz sin ruido ni barhaúnda, ya que cada vez que empeoraba, la Infanta mandaba a su médico personal a atenderla y toda la corte se preocupaba. El 19 de marzo murió su querida prima Francisca y esta noticia apagó aún más su vida. En el último tramo pedía a sus hijas que le cantasen los versos de su querido San Juan de la Cruz ¿Adónde te escondiste Amado? Al fin se cumplió su deseo y cuando el 4 de junio tuvo una recaída no pareció de gravedad. Pero unos días después empeoró y, ante su inminente muerte, con gran serenidad pidió una reliquia de su querida madre Teresa de Jesús. Murió como ella quiso, rodeada de sus hijas y sin llamar la atención, el atardecer del domingo 7 de junio de 1626, festividad de la Santísima Trinidad, misterio del que era muy devota. Pero no pudo impedir que cientos de personas de toda condición social se acercasen hasta su querido Carmelo para venerarla como una santa. El confesor de la Infanta, el agustino fray Bartolomé de los Ríos, ofició dos funerales: uno en Amberes, antes de su entierro, ante el Obispo y todas las autoridades, y otro en la catedral de Bruselas, presidido por la Infanta, que quiso ofrecer un solemne funeral en memoria de su gran amiga y consejera. Pronto se sucedieron los milagros -el primero de ellos tuvo lugar el mismo día de su muerte- y la Infanta Isabel Clara Eugenia, junto con la reina María de Médicis fueron grandes impulsoras del Proceso de Canonización. Curiosamente uno de los dos milagros valorados para su beatificación fue la curación instantánea por imposición de su capa blanca a la reina María de Médicis en 1633; el otro fue la curación de un fraile carmelita del convento de Amberes en 1731. Reyes, príncipes y rectores de las más importantes universidades enviaron al Papa cartas solicitando su pronta beatificación, pero, a pesar de los numerosos milagros, el proceso se alargó interminablemente en el tiempo, en gran parte por las circunstancias políticas que atravesó Flandes hasta que en 1830 se constituyó el reino católico de Bélgica. Al fin el 6 de mayo de 1917, en plena Primera Guerra Mundial, culminó el proceso y el papa Benedicto XV beatificó a esta ilustre carmelita toledana expresando en el Breve su satisfacción por elevar al honor de los altares a la compañera inseparable de Santa Teresa a quien ella ya había canonizado en vida cuando decía: Ana, Ana, tú eres la santa, yo tengo la fama. En la solemne ceremonia, celebrada en el interior de la Basílica de San Pedro, Ana de San Bartolomé fue invocada como defensora de la Paz.

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Beata madre María de San José


Laura Evangelista Alvarado Cardozo,​ conocida como la MADRE MARÍA DE SAN JOSÉ, o simplemente como Madre María, (Choroní, Aragua, 25 de abril de 1875 — Maracay, 2 de abril de 1967) fue una religiosa venezolana,​ considerada beata por la Iglesia católica.

Existe cierta discusión con su segundo nombre, ya que algunos afirman que se llamaba Laura Elena Alvarado Cardozo; pero por una tradición religiosa de aquella fecha, se les asignaba a los niños al nacer o poco tiempo después, el nombre del santo en el día en el que nacieron y por lo tanto ella recibió el nombre de Evangelista.

Fue una religiosa perteneciente a la Orden de Agustinos Recoletos, y era originaria del entonces Estado Guzmán Blanco, en Venezuela. Fue contemporánea del venerable doctor José Gregorio Hernández. Es la primera beata de Venezuela, privilegio que comparte con la Madre Candelaria de San José, y Carmen Rendiles

María de San José era hija del coronel Clemente Alvarado y de Margarita Cardozo, de quien heredó su amor ferviente a Cristo y la Eucaristía. Inició sus estudios en su pueblo natal, pero a muy temprana edad se mudó con su familia a Maracay, donde terminaría sus estudios. A los 13 años de edad, el 8 de diciembre de 1888, recibe su primera comunión, haciendo sus primeros votos. Desde aquel entonces comenzaría su vida religiosa. Antes de cumplir 18 años, se dedicó a la preparación de chicos y chicas que iban a realizar su primera comunión. En 1892, a los 17 años, le imponen el santo escapulario de la Virgen del Carmen. Luego en 1893, junto al sacerdote Justo Vicente López Aveledo funda la Sociedad de las Hijas de María y Laura pasa a formar parte de ella, renovando así sus primeros votos.


Desde muy joven trabajó como voluntaria en hospitales, cosa que haría durante casi toda su vida y de donde obtuvo el nombre con el que se la conoce. Antes de que muriese su padre, pide a Dios que reciba la extremaunción y contraiga matrimonio con su madre, pues no estaban casados. Don Clemente accede a estos sacramentos. Laura, en respuesta a la gracia concedida por Dios, promete guardar ayuno perpetuo, el cual duró diez años, hasta que el padre Vicente López se lo dispensó.

Beata María de San José, fundadora de las Agustinas Recoletas del Corazón de Jesús.

En 1897-98 empezó a trabajar voluntariamente como hermana hospitalaria en el Hospital San José en Maracay- Estado Aragua, que había sido fundado por un presbítero llamado Vicente López. La joven tenía entonces 22 años de edad. De ahí en adelante, asesorada por su director espiritual el Padre López Aveledo, se dedicará al servicio de los más pobres. Próxima a cumplir sus 24 años, en 1899, Laura recibe del padre López la dirección y administración del hospital.

En 1900 por su gran trabajo en dicho lugar junto con otras hermanas voluntarias que desempeñaron el mismo papel, fue consagrada como hermana hospitalaria agustina, adoptando el nombre de sor María de San José. En 1901, funda igualmente el padre López la congregación religiosa de las Agustinas Recoletas en Venezuela, entrando a formar parte de ella y a cuya cabeza ingresa Laura Evangelista en 1903 como superiora de la comunidad.

Madre María de San José trabajó en muchos centros de salud en el país, en Maracaibo, Caracas, Coro, Ciudad Bolívar, entre otros. Incluyendo nuevos hospitales que abrían. Durante mucho tiempo de su vida, la madre se dedicó a cuidar enfermos.

En el año 1901, la Madre María fundó el Instituto Agustiniano Casa Hogar “Doctor Gualdrón” y el 2 de septiembre de 1945, en este mismo lugar, funda la U.E. Instituto “Madre María”, el cual después de su muerte, fue cedido a la Arquidiócesis de Barquisimeto por su congregación.

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Beata María de la Encarnación


BEATA MARÍA DE LA ENCARNACIÓN, RUEGA POR NOSOTROS
(† 1618)
17 abril

Es la Beata María de la Encarnación un alma de Dios, verdaderamente atrayente, que supo buscarse los caminos de la santidad tanto en la vida del mundo como en el silencio y recogimiento del claustro.

Nace en París, año de 1565, de nobles y piadosos padres, Nicolás Aurillot, señor de Champlastreus, y María l'Huillier, recibiendo en el bautismo el nombre de Bárbara. Hija de la esperanza y de la oración, cuando sus padres estaban ya sin hijos, es consagrada desde niña a Nuestra Señora, prometen vestirla de blanco hasta la edad de siete años y la ofrecen como voto de acción de gracias en una iglesia, dedicada a la Santísima Virgen.

Educada en este ambiente de piedad, Bárbara crece en amor y devoción, y a los doce años entra de pupila en el monasterio de Santa Clara de Longchamps, donde recibe por primera vez al Señor, empezando a mirar ya desde pequeña con desprecio las cosas del mundo. El Señor, sin embargo, quería hacer de ella la mujer fuerte, santa en medio de su sencillez de mujer, de madre y de esposa.

A los catorce años sale del monasterio y, a instancias de sus padres, pronto empieza a seguir la vida de sociedad, mezclada entre las jóvenes de su tiempo. Serena, con una piedad honda y reposada, pasa por la vida como quien se ha entregado por entero a Dios. No le preocupan las diversiones ni los consuelos humanos. Su madre, preocupada por lo que ella creía desviación de una piedad exagerada, trata al principio de convencerla con suaves razones para que alterne y se divierta como las otras, pero choca con la decisión inquebrantable de su hija. En seguida usa con ella de una guerra fría, en la que tanto había de padecer el alma sensible y delicada de Bárbara. Todo lo sufre ella por amor y, a pesar de las privaciones injustificadas que su madre le impone, sigue manifestándole siempre un profundo respeto y obediencia.

Cuando llega el tiempo de tomar estado, Bárbara escoge decididamente el camino del claustro, pero sus padres se muestran en todo punto intransigentes, ya que no se resignan a perder, así de joven, a su hija. Para desviarla de su vocación le proponen un ventajoso partido, y a base de argucias y de amenazas logran que, al fin, consienta nuestra Beata en casarse con el contador Acaria, señor de Montdbrand y de Rucenay, caballero, por su parte, de buenas prendas personales, noble y cristiano.

Pero el Señor no se había olvidado de su sierva, y en la compañía de su esposo sigue Bárbara su vida de casada con la misma devoción y piedad de antes. Su hogar vive de Dios, y es ella la primera en dar ejemplo de sencillez y de caridad para con todos, y especialmente con la servidumbre. Había entre ella, precisamente, una criada, que había recibido Bárbara a su salida del convento, Andrea Levoiz, un alma todo piedad y dada por completo al servicio divino. Las dos se ayudan mutuamente, hacen juntas sus devociones, se llevan cuenta de sus faltas y se animan para más adelantar en la perfección. Ante Andrea cae postrada nuestra Beata el mismo día de su boda, pidiéndole perdón entre amargas lágrimas por todas las ofensas que contra ella pudiera haber cometido. La sirvienta, considerándola ya señora de casa, no quiere oírla y solamente cede cuando la misma Bárbara reiteradamente se lo suplica.

Ambas se dedican a la educación cristiana de los hijos que Dios había concedido al matrimonio. Seis fueron éstos, que son consagrados al Señor desde su nacimiento, y de ellos las tres hijas se habían de dedicar a Él enteramente, como su madre, en la nueva Orden de las Carmelitas Descalzas.

Por este tiempo se iba a operar una nueva transformación en el alma de la joven esposa, que de ahora en adelante no vivirá sino solamente para la gloria de Dios y para el silencio recogido de la oración. Dios la quiso probar como a su madre Santa Teresa, y para ello utiliza los malos servicios de una amiga vana y casquivana, que poco a poco se fue introduciendo en la vida de Bárbara. Esta, a más de sus conversaciones ligeras, la va iniciando en lecturas más o menos profanas, que llegaron a turbar un tanto el alma serena de nuestra Beata, y hasta a dejarla en ocasiones fría e indiferente en sus prácticas de piedad. Su mismo esposo se da cuenta y quiere sustraerla del peligro, dándole libros más acomodados y haciéndole ver el peligro a que tales amistades la iban llevando. Bárbara entra en razón y, al fin, un día encuentra una de esas luces que a veces manda Dios a sus siervos y que sirven de base para un cambio total en la vida. Fueron aquellas palabras de San Agustín, que en cierta ocasión vinieron a caer, casi al azar, ante sus ojos: "Muy codicioso es el corazón que no se contenta con Dios". Bárbara piensa, se recrimina a sí misma, llora lo que de desviación pudo haber en su conducta con el Señor, y se entrega ya desde ahora por entero.

Eran los días en que por Francia, y sobre todo en París, iba haciéndose tema de admiración y de gran simpatía la reforma carmelitana que había extendido Santa Teresa por España, y los escritos de la Santa eran lectura escogida de almas selectas y apostólicas. En París, en concreto, el celo de don Juan de Quintanadueñas y de otros varones devotos hacen que estos escritos se vayan extendiendo cada vez más. Entre los que más entusiasmados están con la idea se cuentan el prior de la Cartuja, el señor De Brétigny, Gallemant, el apostólico Bérulle, Duval y, unida al grupo y casi animadora de él, la esposa del contador Acaria, Bárbara de Aurillot. Al principio, a ésta no le acaban de convencer los escritos de la Santa, pero Dios la había ya escogido de antemano para su obra. Para ello, en 1601, tiene una aparición de Santa Teresa, donde le da a conocer el espíritu de su reforma y la anima para que trabaje y para que, por medio de ella, se pueda introducir en Francia. Bárbara da en seguida cuenta del suceso a su confesor, el mismo prior de la Cartuja, a quien le parece ser todo verdadero. Con esta ocasión todo el grupo se reúne varías veces en la Cartuja, con el propósito de poner en ejecución la voz del cielo, que hablaba por aquella alma santa.

Bárbara desde este momento ha entrado a formar parte, y a veces como directora, de un gran movimiento apostólico, que ha de cristalizar al fin con la introducción de la reforma carmelitana en varios lugares de Francia, hasta que ella misma, como corona de todos sus sacrificios se consagre a Dios con las primeras carmelitas reformadas francesas, La obra, sin embargo, no se presenta tan fácil, y la sierva de Dios ha de sufrir tanto de unos como de otros, empezando por su mismo esposo, a quien no le agrada que Bárbara se dé tan de lleno al apostolado y a la virtud. Ella hace todo lo posible por atraérsele, usando siempre con él de sumisión y de obediencia rendida. Cuéntase que una vez, estando ya a punto de comulgar, dijéronla que la avisaba su esposo, y entonces, dejando la comunión, salió corriendo para atender a su llamada y obedecerle. Cuando le ve encarcelado en las guerras calvinistas, Bárbara no se separa de él y comparte sus penalidades, hasta que, por fin, logra que le pongan en libertad. Su esposo muere pronto, y desde entonces nada impedirá a nuestra Beata dedicarse a la primera ilusión que tuvo cuando joven.

Mientras la idea de la reforma va cobrando de vez en vez más entusiasmo, madame de Acaria, Quintanadueñas y Brétigny hacen propaganda y obtienen del papa Clemente VIII las bulas necesarias para las nuevas fundaciones. Los primeros intentos se frustran, pero una nueva revelación de Santa Teresa a nuestra Beata en 1602, y la ayuda que les prestan personajes notables, dan un nuevo impulso a la idea. Entre otros interviene con gran eficacia el mismo San Francisco de Sales. Todos piden al padre general de España que les vaya preparando un número escogido de carmelitas reformadas para que estén dispuestas a pasar a Francia. Una comisión, con Bérulle a la cabeza, se decide a venir a Salamanca y al fin se decide que un grupo de monjas, entre ellas las Beatas Ana de Jesús y Ana de San Bartolomé, se preparen para el viaje de fundación. En 1604 entraban en París y el mismo día fueron a San Dionisio, donde les estaban esperando, a la entrada del puente de Nuestra Señora, las carrozas de la duquesa de Lonqueville, de su hermana la princesa de Estatuteville, de madame Acarie con sus tres hijas y de otras señoras. De esta manera, con sencillez y piedad carmelitanas, entran todos en el primer convento de monjas carmelitas reformadas de Francia, Nuestra Señora de los Campos, cantando con emoción inolvidable el salmo Laudate Dominum omnes gentes.

Dado el primer paso, nuestra Beata se dispone a fomentar las fundaciones en diversas ciudades como en Pontoise en 1605 y en Tours en 1608, ayudándose a veces de sus parientes y preparando ella misma las novicias que habían de poblar aquellos "palomarcitos". La primera, en la diócesis de Versalles, iba a ser su preferida, santuario venerado, por otra parte, de la Orden de Francia, que iba a recoger el último suspiro de Bárbara, convertida ya en carmelita, y donde se conservan todavía sus venerados restos y los recuerdos de sus mortificaciones y penitencias. A esta fundación se entregó con todas sus energías, ayudada de sus hijas, y no descansó hasta que quedó inaugurada ante la presencia de la Beata Ana de Jesús, siendo la primera priora la otra Beata y apóstol del Carmelo, la madre Ana de San Bartolomé.

En estas andanzas apostólicas estaba la viuda de Acaria cuando vio con toda claridad que también el Señor le pedía a ella que diera el último paso hacia una consagración definitiva y total en la Orden del Carmelo, que tanto le entusiasmara. Para ello pide consejo, arregla el futuro de sus hijos y, habiendo hecho un largo retiro espiritual en el monasterio de Nuestra Señora de los Campos, pide con toda humildad le sea concedida la gracia de poder vestir el hábito de profesa. Entonces recuerda que, estando en la iglesia de San Nicolás, en la Lorena, había tenido una visión de Santa Teresa, donde le indicaba que con el tiempo también ella habría de entrar en uno de sus conventos, aunque fuera de humilde lega. Y así fue, siendo al fin recibida en el convento de Amiéns, para lo que deja París en Miércoles de Ceniza del año 1614. Dispensada del tiempo del postulantado, el 7 de abril del mismo año viste el hábito de profesa, escogiendo como nombre el de María de la Encarnación. Desde ahora toda su ilusión ha de ser el pasar escondida y en silencio, guardando con toda puntualidad y obediencia las reglas. Dios, como ya lo hiciera otras veces en el siglo, la había de regalar con todas las dulzuras de la vida espiritual y pronto sus hermanas serían testigos de los éxtasis a que el Señor la elevaba, significando con ello la vida de amor y de entrega en que vivía su sierva. Para las monjitas, María de la Encarnación es como una niña llena de sencillez y de candor, con la alegría de las almas que parece que ya no viven en el mundo y que esperan únicamente el encuentro definitivo con el Señor.

Pronto habían de realizarse sus deseos, pero no sin pasar antes por la prueba del dolor. Cuando llegaba el tiempo de su profesión cae enferma, y a tanto llega su gravedad, que la han de administrar los últimos sacramentos, quedando después sumida en un profundo éxtasis. Al recobrar los sentidos las hermanas que la rodean escuchan de sus labios cosas maravillosas que les decía de Dios, de la Virgen y de Santa Teresa, y al fin les ruega que recen por la Iglesia católica. Sin desaparecer la gravedad, llega el 8 de abril de 1615, en que le tocaba hacer la profesión, y, no queriendo retrasarla, enferma como estaba, se hace llevar en una camilla a un oratorio, que estaba enfrente del altar mayor, donde, con la solemnidad acostumbrada en la Orden, hace ante todas su profesión religiosa.

Acabado el acto, se pasa todo el día cantando las alabanzas del Señor y repitiendo como fuera de sí aquel versículo: Misericordias Domini in aeternunm cantabo. Reclama de todas su ayuda para que, juntas, den gracias a Dios por el beneficio que con ella había usado, mientras les repite toda sumida en emoción y lágrimas- "¡Oh mi Dios, qué gracia me habéis hecho, qué misericordia!". Su hija mayor, sor María de Jesús, no se apartaba del lecho de su madre, pero cuando ésta la veía llorar le decía como reconviniéndola: "¿Y tú lloras? ¿Este es el amor que me tienes? ¿Sientes que yo pueda tener mi bien, mi único bien?”. Su lecho de dolor se convierte en maravillosa cátedra, donde a todas se les habla de obediencia, de la vanidad de las cosas de la tierra, de la alegría de vivir con Dios, del cielo.

Pasada la primera prueba, y ya convalecida, es llevada a su querido convento de Pontoise, donde al año siguiente enferma de nuevo y donde se prepara, en medio de sufrimientos, al encuentro con el Esposo. La madre priora le pregunta en una ocasión si había tenido alguna revelación de cuándo y cómo moriría. "No, madre mía —le responde la Beata—, yo no deseo tener revelaciones. Ruego a Dios que no me las conceda ni me haga saber el tiempo y la hora de mi muerte; sólo deseo que me asista en aquel momento con su gracia y su misericordia". Pronto empeora y le dan de nuevo el Viático. Como vieran inminente su muerte, le preguntan las hermanas que qué gracia iba a pedir en el cielo por ellas. "Suplicaré a Dios —les decía— que las intenciones de Jesucristo tengan en todas un pleno cumplimiento." Como se acercara ya el momento, la priora le ruega que bendiga a todas, y ella lo hace, habiéndoles pedido primero perdón de sus faltas y de sus malos ejemplos. Era el Jueves Santo cuando recibe otra vez al Señor y, al preguntarle que si muere con gusto, les responde con toda sencillez: "Hermanas, no quiero vivir ni morir: sólo quiero lo que quiera Dios, y nada más".

En esta alternativa vivió todavía hasta el miércoles de Pascua, cuando, después de un éxtasis prolongado, y en el momento mismo en que estaba recibiendo el sacramento de la extremaunción, entrega su alma sencilla y delicada al Señor. Minutos antes le había preguntado la priora qué había pensado durante el tiempo en que había estado en éxtasis. "En Dios, madre mía", le respondió.

Y éstas fueron sus últimas palabras. Era el 16 de abril del año 1618.

Pronto la fama de su santidad se extendió entre los fieles, y sus restos fueron cuidadosamente conservados en su querido convento de Pontoise. María de la Encarnación formaba el trío, con Ana de Jesús y Ana de San Bartolomé, de las grandes monjas carmelitas que implantaron la reforma en Francia. La memoria de su vida había quedado impresa en sus hermanas de hábito y pronto empezaron a menudear los milagros. El más célebre, y que sirvió de base para la causa de la beatificación, fue el operado en 1783 en la joven Felipa, que ante tal prodigio entra muy pronto en el convento de carmelitas de Compiégne, donde había de pasar los horrores de la Revolución francesa, y, siendo testigo del martirio de sus hermanas, iba a convertirse más tarde en cronista de aquellas heroínas del Señor.

Durante la misma Revolución, y como premio a tantas virtudes, era solemnemente beatificada por el papa Pío VI, el 24 de mayo de 1791, la sencilla y delicada madame Acarie, que quiso llevar como religiosa el nombre de María de la Encarnación.

FRANCISCO MARTÍN HERNÁNDEZ

OTRA BIOGRAFÍA

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Beata María de la Providencia (Eugenia) Smet, ruega por nosotros


BEATA MARÍA DE LA PROVIDENCIA (EUGENIA) SMET, RUEGA POR NOSOTROS
6 marzo Siglo XIX

En París, en Francia, beata María de la Providencia (Eugenia) Smet, virgen, fundadora del Instituto de Hermanas Auxiliadoras de las Almas del Purgatorio.

*"Deja el amor del mundo y sus dulcedumbres, como sueños de los que uno despierta; arroja tus cuidados, abandona todo pensamiento vano, renuncia a tu cuerpo. Porque vivir de la oración no significa sino enajenarse del mundo visible e invisible. Nada. A no ser el unirme a Ti en la oración de recogimiento. Unos desean la gloria; otros las riquezas. Yo anhelo sólo a Dios y pongo en Ti solamente la esperanza de mi alma devastada por la pasión"

Beata María de la Providencia Smet, virgen y fundadora

Eugenia María José Smet nació en la ciudad francesa de Lila, el 25 de marzo de 1825. Era la segunda hija de Enrique Smet y Paulina de Montdhiver, un matrimonio de la clase media acomodada que envió a la niña, desde los once años de edad, como interna al convento del Sagrado Corazón, en Lila, donde permaneció hasta fines de 1843. Ahí adquirió Eugenia una sólida formación y maduró su piedad, cuyas características principales fueron: confianza absoluta en la Providencia y preocupación constante por las ánimas del purgatorio, lo que conservó siempre, junto con la marcada inclinación hacia la vida religiosa que, en parte, tuvo obstáculos por el apego a los suyos y las dudas para elegir una congregación que colmara sus aspiraciones.

Cuando Eugenia abandonó el convento para regresar a la mansión familiar, una villa que llevaba el nombre de Loos-Lez, en Lila, se trazó una norma de vida destinada a mantenerla en constante actividad. Su primera preocupación era la atención y el socorro a los pobres, a quienes distribuía alimentos y una sopa substanciosa que ella misma preparaba a diario. El resto de su tiempo, lo dedicaba a la reparación, embellecimiento y limpieza de las iglesias vecinas. Al cabo de siete años de semejante existencia, asistió a un retiro en el que predicaba el padre Chalandon, quien se preocupó especialmente por la jovencita, le dio buenos consejos y la exhortó a consagrarse a las obras misionales. Al año siguiente, un jesuita le recomendó la misión de Maduré y, con su entusiasmo característico, Eugenia se entregó a la tarea. Organizó fiestas, rifas y ferias y, con frecuencia se presentaba ante los misioneros maravillados para entregarles considerables sumas de dinero. El éxito de sus empresas no la apartó del profundo sentido de su vida espiritual. En 1852, con la autorización de Mons. Chalandon, que ya era obispo de Belley, hizo un voto de perpetua castidad. En noviembre de 1853 renació con nuevos bríos su idea de ayudar a las almas del purgatorio y, sin tardanza, reunió a sus amigos y parientes para exponerles su proyecto de organizar una confraternidad de oraciones. Desde el día siguiente, tras una madura reflexión por parte de Eugenia, el proyecto se amplió para convertirse en una congregación destinada especialmente a las ánimas del purgatorio.

Mons. Chalandon y muchas otras personas aprobaban la idea de la confraternidad, pero les inquietaba que Eugenia proyectase fundar una nueva congregación. La joven hizo caso omiso de sus objeciones y, en espera de una oportunidad para realizar sus proyectos, se dedicó a formar la confraternidad, que en pocos meses llegó a contar con quinientos miembros. Entonces decidió Eugenia poner al corriente de sus proyectos a Mons. Régnier, arzobispo de Cambrai, quien, para gran desilusión suya, rehusó la autorización, por temor a que las colectas que se pensaba realizar para celebrar misas por las almas del purgatorio, diesen lugar a malas interpretaciones. Pero no era eso lo que podía arredrar a Eugenia, que recurrió directamente al papa, a quien hizo llegar una ardiente súplica, en cuyo calce Pío IX escribió de su puño y letra una fórmula de bendición que firmó y fechó el 7 de julio de 1854. Tres meses después, Mons. Régnier dio su aprobación. Desde aquel momento, la asociación de plegarias bendecida por el papa y patrocinada por el arzobispo de Cambrai y el obispo de Belley, tuvo una intensa vitalidad. Eugenia Smet fue considerada en la localidad como la superiora de un grupo de jovencitas que aspiraban, como ella misma, a crear una congregación especialmente dedicada al rescate y la salvación de las almas del purgatorio. A mediados de 1855 Eugenia cayó enferma y su estado se agravó a tal extremo que todo el mundo esperaba lo peor, pero ella confió a su confesor: «No moriré por ahora; la obra del purgatorio está inconclusa».

Restablecida la salud, le esperaba una gran prueba: varios de sus amigos y colaboradores más leales dejaron de creer en el porvenir del proyecto y lo abandonaron, pero al mismo tiempo, en octubre de 1855, recibió Eugenia dos cartas de París, para invitarla a trasladarse a la capital a fin de organizar una obra piadosa que numerosas personas proyectaban. No faltaron oposiciones a aquella nueva empresa de la joven, pero ésta se aferró a las palabras de aliento que había recibido por parte de Mons. de Garcignies, obispo de Soissons y las opiniones favorables del santo cura de Ars y, a mediados de enero de 1856, partió hacia París.

Todo lo que encontró en la casita de la calle Saint-Martin donde moraban sus futuras compañeras, le causó una impresión desfavorable: la construcción sombría, las habitaciones estrechas y mal ventiladas, las mujeres que habrían de ser las primeras reclutas de la congregación y el padre Largentier, vicario de Saint-Marie, que habría de ser el fundador. Eugenia tuvo la idea de regresar a su casa de Lila lo antes posible; sin embargo, los ruegos y promesas de sus compañeras la conmovieron y aceptó quedarse, a condición de que el arzobispo diera su aprobación. El 22 de enero obtuvo una autorización escrita. En los días siguientes desplegó una extraordinaria actividad en las gestiones necesarias, gracias a la cual descubrió a numerosos amigos y protectores que se interesaban en su fundación y que le prometieron su apoyo y su dinero. A mediados de febrero hizo un viaje a Lila con la intención de pasar en su casa una larga temporada, pero no tardaron en llegar de París noticias alarmantes y, antes de que terminara marzo, se hallaba de nuevo en la capital y en el gobierno de su comunidad. Todo iba de mal en peor: el dinero escaseaba de manera alarmante; las hermanas trabajaban sin cesar ensartando cuentas para los collares, pero lo que obtenían no les alcanzaba siquiera para la alimentación indispensable; el propietario del sombrío edificio de la calle Saint-Martin, desalojaba periódicamente a las hermanas de los pobres cuartuchos que les había cedido antes gratuitamente, para rentarlos; no había un buen entendimiento entre los miembros de la comunidad, ya que algunas de las hermanas insistían en desarrollar inmediatamente sus actividades, sobre todo en la enseñanza, sin tener en cuenta que era necesaria una previa formación religiosa seria. Por añadidura, cada vez era más evidente que el padre Largentier y Eugenia Smet no llegarían jamás a identificar sus puntos de vista ni a concordar sus proyectos. Entre ellos se produjeron violentas discusiones y profundas desavenencias. El sacerdote reprochaba a Eugenia su falta de confianza en su criterio y ella, por su parte, se aferraba tenazmente a su absoluta libertad. Cuando el padre Largentier trató de imponer un hábito religioso y una regla de vida a la comunidad, Eugenia se negó a aceptar y llegó a declarar ante el sacerdote que no tenía madera de fundador, en lo que se equivocaba, puesto que el P. Largentier iba a dirigir con éxito otra congregación religiosa. Las disputas subieron de tono hasta que se puso en evidencia la necesidad de una separación y así, el cura párroco de Saint-Marie, el padre Gabriel, ocupó el puesto del padre LargentieT, con lo que Eugenia Smet salvó a su comunidad del malestar y la discordia y, el l de julio de 1856, la instaló en una amplia casa de la calle de Barouillére, para iniciar una vida nueva.

Como para subrayar su anhelo de consagrarse a esa nueva existencia, todas y cada una de las hermanas adoptaron un nombre de religión. Eugenia Smet se convirtió en la madre María de la Providencia. Pero no por eso se podía decir que la congregación estaba definitivamente constituida. No faltaban la caridad y la devoción, ni el entusiasmo y la abnegación, pero la superiora se negaba tenazmente a que sus hijas siguieran una etapa de formación en otra comunidad, como lo pedía con insistencia el padre Gabriel. El engarzamiento de los collares y la confección de borlas para las mantillas, aportaban magros recursos para su sostenimiento, aumentados gracias a las constantes peticiones de la madre María y a sus frecuentes viajes a Lila. La salvación de las almas del purgatorio permanecía como la meta esencial y, entre las actividades, prevalecía la visita y la atención a los enfermos pobres.

A fines de 1856, las primeras hermanas pronunciaron sus votos. La superiora, empeñada como siempre en actuar por sí misma, hacía que se aprobasen sus decisiones sin que le pasara por la cabeza la idea de consultar u obedecer a los demás y, sin tener en cuenta que aquella excesiva libertad podía comprometer a la comunidad. Un año más tarde, la congregación carecía aun de capellán, pero fue entonces cuando, a pedido de las hermanas, el padre superior de la Compañía de Jesús les envió a un religioso de mucho valer, el padre Basuiau. En cosa de pocos días, el sacerdote, en completo acuerdo con el padre Gabriel, tomó a su cuidado la dirección espiritual de la casa. Aquella vez, la madre María de la Providencia tenía que hacer frente a uno de su talla. Así lo advirtió y así lo admitió ante el padre Basuiau: «Vos me doblegáis», le confesó; «sofocáis todos mis impulsos». Por su parte, el sacerdote no trató de disimular el ejercicio de su dominio: «¡Dios quiera que así sea!», repuso a la superiora; «permita el cielo que el espíritu de Nuestro Señor reemplace vuestra actividad natural». Pocos días más tarde se desarrolló entre los dos esta conversación:
-Considero necesario quejarme, padre, de que todo me molesta.
-No eres tú la única.
-Es cierto, pero me parece que las otras se divierten o se aburren por amor de Dios.
-Ilusiones tuyas. Nadie se divierte con el aburrimiento y, soportar el sufrimiento no impide sentirlo.

El director espiritual redujo las numerosas actividades de la comunidad y la madre María volvió a presentarse con quejas:
-Ya no hago nada, padre mío, le dijo.
-Con que te ocupes del purgatorio, como debes, tienes bastante que hacer, repuso el sacerdote. Antes trabajabas para ti misma; trabaja ahora para Nuestro Señor.

En otra oportunidad, la madre María, ya más inclinada a la docilidad, preguntó al sacerdote:
-Padre mío, ¿es una tentación o una virtud mi profunda aversión por el mundo?
-Es una gracia por la que debes manifestar tu gratitud a Dios, bija mía. En realidad, el padre Basuiau sentía cierta admiración por el espíritu inquieto, vehemente y piadoso de la superiora y, en diversas ocasiones le aseguró que era «la niña mimada de la Providencia». No por eso dejaba de reprocharle sus defectos y, con frecuencia le decía: «Me congratulo de que no estés contenta de ti misma, porque si lo estuvieses, yo me enojaría contigo».

El papel desempeñado por el padre Basuiau sobrepasó muy pronto al de simple director espiritual de la superiora. Al caer en la cuenta de que la ausencia de reglas podía resultar fatal para la comunidad, comenzó a enseñar y aplicar las reglas de la Compañía de Jesús que él seguía. En octubre de 1858 presentó un proyecto de constitución que fue adoptado oficialmente en marzo de 1859. Cinco días antes, en el curso de una ceremonia que presidió el cardenal arzobispo de París, veintiocho señoritas se convirtieron en los primeros miembros de una nueva «Tercera Orden». Inmediatamente comenzaron a llegar vocaciones muy valiosas. La madre María de la Providencia pudo comprar la casa contigua a la que ocupaba su comunidad y, para fines de 1861 la dedicó al noviciado, aparte de la comunidad, como era la voluntad del padre Basuiau. Este continuó con su paciente trabajo de organización y, en marzo de 1862 presentó a la superiora las Constituciones y el Costumbrario, redactados por él siguiendo lo más de cerca posible los de la Compañía de Jesús.

Cuatro años después, la comunidad hizo su primera fundación en la ciudad de Nantes. La madre María nombró en París a una superiora local y ella ocupó el puesto de superiora general. Al mismo tiempo, su salud empezó a resentirse y fue necesario que tomara descansos y, a veces, que suspendiera toda actividad. Las pruebas se sucedieron: a mediados de 1866, el padre Basuiau tuvo que partir hacia la China y un año más tarde, el padre Gabriel pereció ahogado en Bretaña. La madre María estaba al borde de la desesperación cuando el cielo le envió a otro jesuita no menos valioso que el primero: el padre Olivaint, tan perspicaz que en seguida supo lo que debía decir al alma de la superiora: «Quiero hacer de ti una mujer fuerte y no una mujer de impresión», le advirtió. Pero no por eso se puede pensar que tenía la intención de domarla, puesto que le declaró: «De ninguna manera deseo que mi dirección sea un freno que haga de ti una máquina. Es necesario que conserves tu personalidad...» Tal vez por eso, no admitía el desaliento en la superiora. «Sería una infidelidad de tu parte -solía decirle-, si después de todo lo que la Providencia ha hecho por ti, dejas de confiar en Ella».

A mediados de 1867, Mons. Languillat, vicario apostólico de Kiang-Nan, se llegó hasta la casa de la calle de Barouillére, para proponer a las auxiliadoras una fundación en China. Las voluntarias se presentaron en gran número y la madre María de la Providencia se entusiasmó con el proyecto. En octubre de 1867 partieron hacia la China las dos primeras auxiliadoras y, al año siguiente, otras cuatro las siguieron. Comenzaron a llegar desde diversos países solicitudes para nuevas fundaciones, pero la congregación era todavía demasiado joven y muy poco numerosa para dispersar sus efectivos. Además, con tres casas le bastaban para obtener la aprobación de Roma. El breve pontificio llegó el 26 de agosto de 1868. Sin embargo, ya para entonces, la madre María de la Providencia, que desde tiempo atrás sufría atroces dolores, quedó en manos de sus médicos que hablaron de una intervención quirúrgica a la que renunciaron después, sin duda al comprobar que el cáncer estaba ya muy avanzado. La fatal enfermedad no impidió a la fundadora ocuparse de sus casas.

Organizó un nuevo convento en Bruselas y se enteró de que en China sus hijas se habían instalado en una casa más amplia y hermosa, dejando a las carmelitas la que habían ocupado primero. Sin embargo, su debilidad era ya tan extrema, que le era imposible ir de un sitio a otro como hubiese querido. La guerra de 1870 le aportó otras penalidades. Los infortunios de Francia afectaron también a su congregación. Antes de que se pusiera sitio a París, la superiora se las arregló para enviar a las novicias a Nantes y a Bruselas. En la casa de la comunidad se instaló un hospital. Entretanto, el cáncer continuaba su desarrollo inexorable, sin dejar a la víctima más que la fuerza necesaria para sufrir. Pocos días después del armisticio de 1871 murió y, su rostro crispado por el dolor, recuperó su atractiva expresión de serenidad. La Congregación de Auxiliadoras de las Almas del Purgatorio, mantuvo el ritmo de su desarrollo después de la muerte de la madre María de la Providencia. Su beatificación fue declarada por Pío XII en 1957.

Acta apost. Sedis, vol. XLIX, 1957, pp. 339-344; F. Darcy, en su biografía Mere Marie de la Providence, Roma, 1935, así como la de Dérely, La rev. Mere Marie de la Providence, fondatrice des Auxiliatrices du Purgatoire, 1825-1871, Toulouse, 1930. La obra Notice sur la Rév. M. Marie de la Providence, fondatrice des religieuses auxiliatrices des ames du Purgatoire, Paris, 1872; la de Marie R. Bazin, Celle qui vécut son nom: Marie de la Providence, Paris, 1948. A. Hainon, Les Auxiliatrices des dames du Purgatoire, M.M. de la Providence, Paris, 1921.

fuente: «Vidas de los santos de A. Butler», Herbert Thurston, SI

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Beata Antonia de Florencia


BEATA ANTONIA DE FLORENCIA, RUEGA POR NOSOTROS
28 febrero

Mujer que quedó viuda muy joven y decidió consagrarse a Dios en el convento de las Hermanas Terciarias Regulares de San Francisco, en San Onofre, Florencia. Fue superiora del convento de Santa Ana de Foligno y en el de Santa Isabel de Aquila. Observadora de la Regla de Sta. Clara; fundó una nueva comunidad en el monasterio de Corpus Domini. Humildad, obediencia y paciencia fueron sus virtudes principales, que cultivo entre otras, apoyando a los necesitados con las Damas Pobres.

Nació en Florencia en el año de 1401. Poca información se tiene de su infancia. A los 15 años contrajo matrimonio y tuvo un hijo, pero quedó viuda pronto, más tarde volvió a casarse, pero de igual manera enviudó a los pocos meses; entonces, decidió que su vida era para estar al servicio de Dios y no de los hombres, y luchó por consagrarse como religiosa, pese a que sus familiares intentaban casarla de nuevo.

Crio a su hijo hasta que éste pudo valerse por sí mismo. En 1429, ingresó al nuevo convento (el 5º) de las Hermanas Terciarias Regulares de San Francisco, fundado en Florencia, convirtiéndose éste, en su pobre y única familia; un año después fue designada superiora de dicho convento, y tres años más tarde, enviada a gobernar la comunidad de Aquila. En su nuevo estilo de vida se santificó, edificando con sus virtudes a sus compañeras, y ganándose la estima de sus superiores.

En Aquila tuvo como director espiritual a San Juan de Capistrano, quien, junto con San Bernardino de Siena promovía la llamada “observancia”, es decir, el regreso a la práctica de la Regla de Santa Clara como en sus inicios. Antonia le hizo saber a San Juan de Capistrano su interés por vivir la Regla de una manera más rígida y austera para cultivar la abnegación perfecta, entonces, con su bendición, y la aprobación del Papa Nicolás V, en 1447 se retiró con once compañeras al monasterio Corpus Domini para vivir en todo su rigor el testamento de Santa Clara.


Fue modelo del nuevo espíritu “observante” en la Segunda Orden y por muchos años superiora y reformadora de las costumbres. Padeció por 15 años una dolorosa enfermedad y también tuvo que afrontar una multitud de severas pruebas espirituales, como momentos de desventura y calumnias. Sin embargo, era digna hija de San Francisco por su amor a la pobreza.

Testigos dicen haberla visto en varias ocasiones en momentos de éxtasis, suspendida en el aire; y también que una vez un globo de fuego se posó sobre su cabeza, iluminando el lugar donde se encontraba haciendo oración.

Al presentir su muerte, reunió a sus hermanas y les pidió continuaran bajo la exacta observancia de la regla y la vida fraterna. Falleció a los 71 años de edad, en el convento de Aquila el 28 de febrero de 1472; a su muerte, la ciudad empezó a venerarla como una Santa.

El Papa Pío IX aprobó su culto el 17 de septiembre de 1847.

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Beata Jacinta Marto



BEATA JACINTA MARTO, RUEGA POR NOSOTROS
20 de febrero Siglo XX

En Ajustrel, cerca de Fátima, en Portugal, beata Jacinta Marto, la cual, siendo aún niña de tierna edad, aceptó con toda paciencia la grave enfermedad que le aquejaba, demostrando siempre una gran devoción a la Santísima Virgen María.


Fuente: wikimedia.org

Vida de Beata Jacinta Marto

Nació en Aljustrel, Fátima, el 11 de Marzo de 1910. Fue bautizada el 19 de Marzo de 1910. Víctima de la neumonía cayó enferma en Diciembre de 1918. Estuvo internada en el Hospital de Villa Nueva de Ourém y por fin en Lisboa, en el hospital de D. Estefanía donde murió a las 22.30 horas del día 20 de Febrero de 1920.

Del 21 de Enero al 2 de Febrero de 1920, estuvo en el Orfanato de Nuestra Señora de los Milagros, en la Calle de Estrella, en Lisboa, casa fundada por la D. María Godinho, a quien Jacinta llamaba "Madrina". Fue celebrada la Misa de cuerpo presente en la Iglesia de Nuestra Señora de los Ángeles, en Lisboa, donde su cuerpo estuvo depositado hasta el día 24, día en que fue transportada a una urna para el cementerio de Villa Nueva de Ourém. Fue trasladada para el cementerio de Fátima el 12 de Septiembre de 1935, fecha en que la urna fue abierta.

El 1 de Mayo de 1951 fue finalmente trasladada a la Basílica del Santuario.

Más allá de las 5 Apariciones de la Cova de Iría y 1 de los Ángeles, Nuestra Señora se le apareció a Jacinta 4 veces más en casa durante la enfermedad, 1 en la Iglesia Parroquial en un jueves de la Ascensión, y aún en Lisboa en el Orfanato y en el hospital.

Su vida fue caracterizada por el Espíritu de sacrificio, el amor al Corazón de María, al Santo Padre y a los pecadores.

Llevada por la preocupación de la salvación de los pecadores y del desagravio al Corazón Inmaculado de María, de todo ofrecía un sacrificio a Dios, como les recomendará el Ángel, diciendo siempre la oración que Nuestra Señora les enseñará: “Oh Jesús, es por nuestro amor, por la conversión de los pecadores (y acrecentada, por el Santo Padre) y en reparación por los pecados cometidos contra el Inmaculado Corazón de María".

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Beata María Dolores Rodríguez Sopeña



BEATA MARÍA DOLORES RODRÍGUEZ SOPEÑA, RUEGA POR NOSOTROS
10 de enero Siglo XX

En Madrid, España, beata María Dolores Rodríguez Sopeña, virgen, la cual dio muestras de su gran caridad cristiana al dedicarse a los más abandonados de la sociedad de su tiempo, acercándose especialmente a los suburbios de las mayores ciudades, y para anunciar el Evangelio y atender a los pobres y a los obreros en cuestiones sociales, fundó el Instituto de la Damas Catequistas y la Obra de la Doctrina.

María Dolores Rodríguez Sopeña

María Dolores Rodríguez Sopeña y Ortega(Vélez-Rubio, Almería, 30 de diciembre de 1848 - Madrid, 10 de enero de 1918) fue una religiosa española, fundadora del Instituto Catequista Dolores Sopeña y de la Fundación Obra Social y Cultural Sopeña para el servicio de los obreros. Fue beatificada por San Juan Pablo II el 23 de marzo de 2003.

Biografía

Fue la cuarta de los siete hijos de Tomás Rodríguez Sopeña, un joven magistrado y Nicolasa Ortega Salomón, mujer religiosa con quien Dolores comenzó a visitar a los pobres. Su infancia fue un «lago de tranquilidad» según ella misma narra en su autobiografía. Debido a diferentes destinos de su padre vivió en varias ciudades españolas y distintos países latinoamericanos. Estando en Almería y con diecisiete años comienzó a acudir a fiestas y a hacer vida social, pero descubrió que lo que le interesaba era hacer el bien a los demás. Atiendió a los pobres, especialmente a un leproso y a dos hermanas enfermas de tifus.

Su padre fue destinado a Puerto Rico y se trasladó allí con su hijo mayor, mientras que el resto de la familia marchó a vivir a Madrid. Allí colaboró enseñando la doctrina católica en la cárcel de mujeres, en el Hospital de la Princesa y en las Escuelas Dominicales. Poco después se reagrupó toda la familia en Puerto Rico, donde fundó las Hijas de María y Escuelas dominicales para las personas de los sectores marginales.

Su obra fue reconocida en vida. El Papa Pío Xaprobó oficialmente la constitución del Instituto de Damas Catequistas y la reina Doña Victoria la recibió en audiencia en 1914.Falleció a los 69 años y sus restos fueron trasladados a Loyola. En la actualidad su obra sigue viva, con presencia en 14 ciudades españolas, en 6 países de Latinoamérica (Argentina, Colombia, Chile, Cuba, Ecuador y México) y en Italia.

Labor humanitaria

Se mudó a Santiago de Cuba por un nuevo traslado de su padre como fiscal del rey en la Audiencia de Cuba. Allí visitó a los enfermos del hospital militar. Empezó a trabajar en los barrios periféricos y fundó con ayuda de algunas colaboradoras los Centros de Instrucción en tres barrios distintos, donde se enseñaba cultura general, el catecismo y se prestaba asistencia médica a la población más pobre, que solían ser los negros y los mestizos. Murió su madre, por lo que el resto de la familia volvió a Madrid. Su padre se retiró y falleció en 1877.

Historia de sus fundaciones

Ella empieza sus trabajos en el barrio de las Injurias y funda Centros de Instrucción. A sugerencia del obispo de Madrid, Ciríaco Sancha.

1892 Funda una asociación de apostolado seglar, hoy denominada Movimiento de Laicos Sopeña. También creó Centros Obreros de Instrucción, pues a ellos asistían obreros fuertemente influidos por el anticlericalismo.

1896 Extiende estos centros por toda España, sobre todo por las ciudades más industrializadas de entonces. Funda en 1901 el denominado actualmente Instituto Catequista Dolores Sopeña.

1902 El Gobierno de España aprueba los estatutos de su asociación civil, actualmente llamada Obra Social y Cultural Sopeña (OSCUS).

1914 La primera fundación fuera de España la hace en Italia

1915 Recibió la Cruz de Alfonso XII por sus desvelos por los más humildes.

1917 Viajan las primeras catequistas para abrir la primera casa en América, concretamente en Chile. Toma contacto con los principales movimientos sociales de su época.

Fundaciones en la actualidad

Actualmente la familia Sopeña esta formada por las tres instituciones que fundó:

El Instituto Catequistas Dolores Sopeña.

El Movimiento de Laicos Sopeña.

Fundación Dolores Sopeña.

El Instituto Secundario de categoría privada Instituto Dolores Rodríguez Sopeña, en Avellaneda, Buenos Aires.

Estas instituciones están presentes en España, Italia, Argentina, Colombia, Cuba, Chile, Ecuador y México.

Beatificación

El 10 de enero de 1918 murió en Madrid.

1980 el Papa Juan Pablo II introduce la causa de canonización, cuyos trámites se habían iniciado en 1928.

1992 se firma el decreto sobre la heroicidad de sus virtudes.

2002 se reconoce un milagro realizado gracias a su intercesión.

El 23 de marzo del 2003 es beatificada en Roma.

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