lunes, 30 de marzo de 2020

¿Aún no tenemos Fe?


¿Aún no tenemos Fe?

Por Juan M. Rodea


¿Por qué es para todos esa pregunta hoy en día?



"La Fe es garantía de lo que se espera; la prueba de lo que no se ve."
Heb. 11,1 BJL

Así es como de forma plena y concisa se nos presenta la definición de la Fe como concepto en el Nuevo Testamento, y no es tan diferente del Magisterio de la Iglesia, que en el Catecismo de la Iglesia Católica en el numeral 1814, que nos amplía el significado de ello:
La Fe es la virtud teologal por la que creemos en Dios y en todo lo que Él nos ha dicho y revelado, y que la Santa Iglesia nos propone, porque Él es la Verdad misma. Por la Fe “el hombre se entrega entera y libremente a Dios” (Dei Verbum, Num. 5). Por eso el creyente se esfuerza por conocer y hacer la Voluntad de Dios. “El justo [...] vivirá por la Fe” (Rom.1, 17). La Fe viva “actúa por la Caridad” (Gal. 5, 6).
En ese esfuerzo podemos entender un acto de Fe como una obra que requiere iniciativa en dos aspectos: conocimiento y acción. Con un poco de entendimiento a priori podríamos identificar en estas dos vertientes del acto de Fe una fase mecánica y una dinámica, una virtud que una vez meditada nos puede llevar a la acción, y sin embargo a veces vivimos la Fe sin haberla meditado previamente y las consecuencias podrían no corresponder con los resultados a los que queremos que nuestra Fe esté orientada.

¿Qué tan oportunamente activa está nuestra Fe?

Así como amar es un acto de Caridad y esperar uno de Esperanza, la Fe en activo requiere creer en algo que existe, algo que Alguien superior a nosotros dispone y con quien hemos de encontrarnos en el mejor momento de nuestras vidas, ese Dios personal que nos espera confiadamente y que por ello nos infunde a su vez la capacidad y el deseo de esperar en Él y que humanamente se traduce en ese anhelo de felicidad y esa búsqueda del bien y la Verdad que llevan intrínsecamente (CIC Num. 1818), son virtudes que si bien no están del todo separadas es preciso diferenciarlas para tener bien claro el Camino que hemos de recorrer, y por ello hemos de preguntarnos de la misma forma que el sabio rey Salomón (Prov. 20,24) y posteriormente San Juan Pablo II en la encíclica Fides et ratio (Fe y razón, Num. 20): "¿cómo puede el hombre saber su Camino?" (podríamos hacer una sesión completa de diálogo sobre esa cuestión para apropiarnos mejor de la pregunta):



Una vez entendido el papel de la razón para una vivencia madura de la Fe, quizás es buen momento de preguntarnos más a conciencia: ¿cómo se vive la Fe?, ¿se ve?, ¿se siente?, ¿se intuye?, ¿cuál es el ideal de la Fe?

Si tenemos una forma clara de identificar cómo debe de ser la Fe en su madurez y Plenitud total tenemos la respuesta a lo que nos está faltando hoy para vivir la Fe, y la ausencia de Fe la podemos encontrar de hecho en la zozobra que nos produce la adversidad presente.

¿Realmente conocemos en qué estado y condiciones se encuentra nuestra Fe el día de hoy?

Hace algunos años se me pidió para nuestros jóvenes un tema de confrontación para un retiro, un retiro temático cuya ambientación y actividades –naturalmente incluyendo el contenido– giraba en torno a la vida naval y por ende las citas bíblicas tenían que ver con episodios relacionados a las embarcaciones.



Tejer redes es una de las actividades de los pescadores y que usualmente se realiza en tierra firme para la pesca que se ejecuta desde la embarcación una vez mar adentro, y partiendo del acto de embarcarse en una aventura –como lo es el anuncio del Evangelio– el ejemplo que me sirvió para comenzar con esa enseñanza fue el de Jonás, que fue invitado a dar un mensaje de conversión a la ciudad de Nínive y decidió irse por mar hacia otro lado, acto que tuvo sus respectivas consecuencias y que sin embargo supuso para el profeta prófugo una desaveniencia donde Dios estuvo presente preservándolo en las entrañas de un pez para tener posteriormente la oportunidad de enmendar aquel acto de desobediencia y resultando esta segunda oportunidad en un fruto de abundantes conversiones, una ciudad entera para ser precisos (Jon. 1,1-16;2,1-11;3,1-10).



Y a propósito de los paralelismos bíblicos, pasa en los temas de formación, pasa en la vida, de la barca de Jonás podemos pasar a episodios con ciertas circunstancias similares. Tenemos por un lado en el Antiguo Testamento, un Dios que estuvo siempre pendiente de aquel que subía a bordo, y sin embargo también tenemos en el Nuevo Testamento un momento diferente, circunstancias un tanto desalentadoras para un puñado de hombres que desde el principio se embarcaban obedientes a la Voluntad de Dios y que enmedio de una gran tormenta ven al Hijo de Dios durmiendo plácidamente (Mc. 4,38)...



¿Quién hubiera imaginado hace aproximadamente 4 años que esa misma escena fuera a ser evocada por el Papa Francisco el pasado viernes enmedio de la penumbra que vive la humanidad ahora que se vive esta pandemia de coronavirus?, nos recuerda que es el único momento en el Evangelio –al menos en los 4 relatos que componen el Canon bíblico que usamos– que se ve a Jesús durmiendo, pero la escena no es exclusiva de aquel tiempo, ni para los jóvenes que recibieron esa enseñanza en aquel retiro, ni lo es en tiempos actuales donde no sabemos las dimensiones del confinamiento que vivimos en nuestros domicilios, lugares de trabajo e incluso en nuestros recintos de culto dadas las circunstancias específicas de estos días y que nos implican participar sin congregarnos físicamente por un tiempo.



Difícil no asomar un par de lágrimas o por lo menos sentir un nudo en la garganta al contemplar una escena donde una Nochebuena, un par de solitarios con miedo coinciden y uno de ellos –el de mayor experiencia recorrida (Roberts Blossom, 1924-2011)– menciona al otro que ese lugar donde se han encontrado es el lugar correcto para encontrar refugio cuando la conciencia exige rectificar, esa parada que Kevin (Macaulay Culkin, 1980-), el pequeño protagonista de la película hace en un templo camino a casa (Home alone, 1990). Este clásico filme de una época bastante específica y que por algo llegó a ser transmitido en un canal de televisión de paga en días recientes, si bien hace alusión a una temporada y tiempo litúrgico diferente, nos recuerda que la razón de la Natividad del Señor es su Pasión, Muerte y Resurrección para la que nos preparamos durante la Cuaresma para vivir plenamente la Pascua.



Difícil no sentir consternación cuando a un año de la histórica tragedia del incendio en la Catedral de Notre Dame vemos pintas en nuestras iglesias por parte de grupos de choque que exigen derechos perjudiciales para la propia vida de los no nacidos, como es también difícil evitar la nostalgia cuando después de estos disturbios se nos pide no asistir físicamente a nuestros templos justamente para evitar que se propague el contagio de la enfermedad que amenaza también a nuestras familias por unos días..., ¡vaya Cuaresma la que nos está tocando vivir este año!, tenemos una ausencia sacramental que nos hace pensar en el duelo que vivieron los Apóstoles (Mt. 9,14-15) cuando escondidos por miedo a los judíos pasaban esos dos días posteriores a la Pasión de su Señor (Jn. 20,19) sin saber qué pasaría después del dolor por la muerte de alguien que siendo el Hombre más importante (Jn. 13,1.3) se hizo amigo de ellos de la misma forma que busca ser amigo de nosotros (Jn. 15,13-15).



Este lluvioso atardecer en la Plaza de San Pedro que al Papa le recuerda el inicio de la perícopa (Mc. 4,35) es señal, o bien de una época de cambio, o deliberadamente de un cambio de época, ¿fin de los tiempos?, la Plenitud de los tiempos tuvo lugar en el Calvario y si acaso será consumada en la Parusia, esta no tendrá lugar sin que antes sucedan varias otras cosas que faltan, no es menester de nosotros hacer pronósticos aún con las mejores intenciones dado que no tenemos facultad de ello (Mt. 24,36), antes bien nos toca estar atentos y vivir en obediencia a la Voluntad de Dios (Mt. 24,42; cfr. 1 Pe. 5,8-9).

¿Qué tan consolidada está nuestra Fe?

¿Qué es lo que nos toca hacer el resto de los días que tenemos?, Dios en su Misericordia dispone para nosotros del tiempo y recursos necesarios para conocer su Voluntad en nuestras vidas y el propósito para el cuál mediante esa Voluntad perfecta nos tiene en este mundo aguardando su venida. Tenemos una vida completa para aprender cómo sentir, conocer, encauzar y vivir la Fe, una vida que bien podemos orientar desde el conocer y el actuar para la edificación de la Obra de Dios, porque como bien lo dijo G.K. Chesterton (Lo que está mal en el mundo, 1874), este mundo más que un cementerio, aún a pesar del lúgubre escenario de las personas que sucumben ante este padecimiento y que a algunos incluso les hace recordar el tercer secreto de Fátima –a pesar de que ni siquiera llega a su cabal cumplimiento aún–, es como un templo inacabado.

El no estar físicamente en templos terminados de construir  y dispuestos para el culto bien podría llevarnos a pensar cómo constituirnos en una feligresía activa y participativa de una forma muchísimo más radical que antes de esta prueba, pues muchas más hemos de pasar de aquí hasta que vuelva nuestro Señor, es momento de plantearnos qué tanto estamos edificando con nuestra vida...



Evidentemente, la Fe tiene un propósito fundamental en la vida del cristiano, y seguramente alguien se preguntó antes que nosotros, ¿cuál es la ruta que la Fe nos descubre?...

...no sé tú, pero creo que vale la pena estar pendientes de esa respuesta, puede llegar cuando menos lo esperas, ¿estás listo(a) para recibirla y vivirla al máximo?

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