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A mi hijo le enseñan cosas en la escuela que no concuerdan con mis creencias. ¿Qué hago?



No hace mucho tiempo, en un salón de clases de bachillerato, una alumna comentó que qué ridículo era creer en que todos los seres humanos descendiéramos de una misma pareja: Adán y Eva. Yo le respondí que se me hacía todavía más difícil creer que todos los seres vivos del planeta: animales vertebrados e invertebrados, plantas fanerógamas y criptógamas, seres uni y pluricelulares, viniéramos todos de un mismo antepasado común. Y todavía más, insistí: qué difícil darle a esa teoría (la teoría de la evolución) carácter de ley, cuando esa teoría implica que en cada etapa de la evolución, hay un eslabón entre una especie y otra. Muchas veces pensamos en “el eslabón perdido”, y pensamos en algo que es muy parecido a un hombre de las cavernas, pero no: son miles y miles de eslabones perdidos y, para infortunio de los darwinistas, no se ha encontrado uno solo. Sí, para el observador objetivo, es mucho más fácil creer en que Dios creó a Adán y a Eva, y no en una teoría que no tiene absolutamente ninguna comprobación en los hechos: las especies evolucionan continuamente, sí, pero jamás de una especie a otra.

Aquí alguien podría levantar la mano y preguntarme que eso qué; que cuál es la diferencia entre enseñar a nuestros hijos a creer en una cosa o en otra, o incluso creer en ambas. La idea es vital: ambas creencias son opuestas y excluyentes: si hubo una creación y una caída, no hubo evolución. Si hubo evolución, entonces la Biblia está equivocada y todo es un cuento. Y sí, entre enseñar a nuestros hijos a creer en el relato bíblico o no, yo encuentro por lo menos tres diferencias abismales:

A largo plazo, si Dios existe, todo el destino eterno de nuestros hijos está de por medio.

A corto plazo, hay una actitud hacia la vida y hacia el futuro muy particular, cuando pensamos en que no hay Dios y que la muerte es el final de todo: hay un sentido de inmediatez, de que no hay consecuencias eternas (para bien o para mal).

Doctrinalmente, hay muchas cosas que valdría la pena considerar, y que escapan al tamaño de un breve artículo, pero creo que hay un aspecto por el que es vital enseñar a nuestros hijos a creer en la historia de la creación: sin una caída del hombre, no habría necesidad de una Expiación, y ese es el corazón de este artículo.

Cuando yo era niño e iba a la iglesia, el sacerdote por lo general nos hablaba de tres cosas, vez tras vez: la fe, la esperanza, la caridad. En aquellos años nunca me puse a pensar muy en serio en estos aspectos. No entendía en qué radicaba la importancia de estas tres cosas, hasta no hace mucho tiempo, en que me puse a reflexionar al respecto. Permíteme compartirte el por qué creo que es tan importante que esos tres principios sean el cimiento de la educación o crianza de un niño.

Fe

Si la fe es, en parte, la creencia de las cosas que no vemos, entonces todos, hasta el más ateo, tenemos fe. Tenemos fe en nuestros amigos, en nosotros mismos, en la humanidad. Pero lo vital es tener fe en Cristo. Es fundamental que nuestros hijos sepan a dónde pueden acudir por ayuda cuando su capacidad humana no puede solucionar sus problemas. Además, la fe en Cristo es lo que nos mueve a arrepentirnos, porque sabemos que hay quien nos perdone. .

Esperanza

La esperanza es expectativa, es la confianza en algo que está por venir. Quien cree en la evolución, puede o no tener esperanza, pero ésta estará determinada por las circunstancias actuales, o su esperanza será un optimismo hueco. Puede tener tanta esperanza como se lo permita el calentamiento global, las crisis recurrentes, el agujero en la capa de ozono, la globalización. Quien tiene esperanza en Cristo, por su parte, confía en Dios, tiene el anhelo de recibir las bendiciones que se han prometido a los justos. .

Caridad

Mucha gente entiende “caridad” como limosna, pero no: la caridad es amor, sí, pero es un amor en un nivel mucho más fuerte, más noble y más elevado, y no tan sólo un sentimiento de afecto. Es el amor de Dios que hace que nosotros, a la vez, podamos amar a nuestros semejantes. Quien sólo cree en la evolución puede desarrollar amor, por supuesto, pero si la caridad es el amor puro de Cristo, evidentemente dicha persona no puede tener caridad.

Hay mucha gente atea en el mundo que es buena, honorable, sincera, leal. No estoy tratando de estigmatizar a nadie. Cuando mis hijos eran pequeños, yo cometí el error de no permitir que ellos hicieran amigos, sino con quienes eran estrictamente de nuestras creencias, y ahora ya de viejo veo que eso no era tan buena idea. La idea no era excluirlos del mundo, sino ayudarles a “estar en el mundo, sin ser del mundo”, siendo una ayuda para el mundo. Hoy día creo haber descubierto que el enseñar (porque sí: estos principios se enseñan) a nuestros hijos a tener fe, esperanza y caridad, es darles el cimiento para que ellos puedan tener estabilidad y paz; así como una relación correcta en esta vida para con Dios, su futuro, y sus semejantes.

Educar el pudor: por qué es importante enseñarles a guardar su intimidad


EDUCAR EL PUDOR: POR QUÉ ES IMPORTANTE ENSEÑARLES A GUARDAR SU INTIMIDAD

Distinto de la vergüenza, el pudor es una defensa contra miradas y actitudes que no están acordes con la dignidad del cuerpo y una ayuda para prevenir posibles abusos.

Por Marta Peñalver

No es ningún secreto: la sociedad rechaza el pudor, fomenta actitudes desprovistas de todo cuidado y respeto hacia la intimidad y la sexualidad. “Esto provoca que muchos niños no desarrollen plenamente este sentimiento y esta virtud, y cuando llegan a la adolescencia, se comporten de acuerdo a una educación sin pudor o con una versión reducida del mismo”, asegura Carlos Beltramo, investigador del proyecto Educación de la Afectividad y Sexualidad Humana, del Instituto Cultura y Sociedad (ICS) de la Universidad de Navarra. Frente a esta actitud generalizada, es bueno que los padres reflexionen y se planteen educar en esta virtud, porque si no, serán la televisión o la pornografía quienes eduquen a sus hijos por ellos.

Distinto a la vergüenza

Pero ¿qué es realmente el pudor? El pudor es un mecanismo de defensa contra miradas y actitudes que no están acordes con la dignidad del propio cuerpo. Beltramo explica que “el pudor es un sentimiento por el que la persona tiende a proteger cosas buenas en su intimidad”. “Tiene mucho que ver con la vergüenza, pero mientras el pudor oculta cosas ‘buenas’ (por ejemplo, las relacionadas con una sexualidad sana o con haber hecho un acto heroico), la vergüenza hace lo mismo con cosas ‘malas’ (como haber mentido o cualquier otro acto del que una persona no se siente orgullosa)”, afirma Beltramo. Así, el pudor no es solo un sentimiento, también es una virtud que plantea la necesidad de preservar ciertas conductas o partes del cuerpo de la “vista” de los demás.

Guardar la intimidad

Para que los valores sexuales puedan conducirse desde y hacia el amor, el pudor es fundamental. Beltramo alerta de que “no enseñar este concepto es desconectar la sexualidad de su belleza, y dificulta que se alcance una sexualidad sana”, ya que “el pudor es la conciencia de la relación entre el sexo y la dignidad propia de la persona”.

Para enseñar a los hijos a ser pudorosos, lo principal es “ser pudorosos”, explica Beltramo. Y, luego, habrá que inculcarles la importancia de guardar ciertas cosas solo para ellos. Otras solo podrán compartirlas con las personas con quienes tengan una confianza incondicional. Es lo que se llama guardar la intimidad.

“Es difícil que un niño o una niña que no comprenden lo que es la intimidad desarrollen el pudor, si no se les inculca la importancia de lo ‘íntimo’”, matiza Beltramo. Según adquieren la noción de lo que es íntimo, surge naturalmente el pudor, pero, aun siendo un sentimiento espontáneo, conviene que los padres ayuden a los niños a incorporarlo a su vida y los protejan de los muchos estímulos que intentan borrarlo.

El pudor para hacer frente a los abusos “El pudor es una de las primeras líneas de defensa contra los abusos y otras conductas sexuales inapropiadas”, afirma Carlos Beltramo. Una manera de explicarlo a un niño puede ser decirle que el cuerpo es su territorio: nadie debería mirar ni tocar ese territorio, excepto sus padres cuando sea necesario, y el médico durante la consulta (y mejor en presencia de sus papás), y ambos respetándolo al máximo. Beltramo asegura que “un niño que desarrolla la virtud del pudor puede darse cuenta de que se encuentra ante una situación de riesgo”, y será capaz de identificar si algún compañero o un adulto “se está pasando de la raya al querer ver sus genitales o mostrarle los propios, tocarlo o introducirlo en el mundo de la pornografía”. En estos casos, el niño sabrá actuar, rechazándolo y buscando un adulto de confianza. El pudor no solo protege a uno mismo; también inculca el respeto a los demás. Es bueno enseñar a los niños a llamar a la puerta antes de entrar en una habitación, o explicarles que deben salir de un lugar cuando se les invita a hacerlo, para que en su madurez sean capaces de respetar la intimidad de los demás.


Fuente revistamision

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