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Pastor protestante Yattenciy Bonilla confirma que los católicos usamos el Antiguo Testamento de la Iglesia primitiva.

 

 
En el espectro del protestantismo (o de los 'protestantismos', en plural) hay, desde "pastores" autonombrados, que ellos a sí mismos se dieron su "ministerio" y abrieron su "iglesia", hasta hombres realmente serios, estudiosos, que aunque en muchos puntos podamos no estar de acuerdo con ellos y un buen número de enseñanzas doctrinales nos separen, no nos impide reconocer sus gestos de genuina honestidad, al apreciar que no recurren a cubrir información que pueda de alguna forma dar la razón a lo que la Iglesia católica defiende, este es el caso del pastor Yattenciy Bonilla, un investigador y estudioso de las Sagradas Escrituras, de su historia, de su formación y de su uso eclesiástico.

En este fragmento, que forma parte de una conferencia dada por Yattenciy en un seminario evangélico en México, el pastor de origen colombiano pero radicado en Ecuador, demuestra que los primeros cristianos del siglo I usaban la versión conocido como la Septuaginta, versión de la Escrituras judías (lo que para nosotros los cristianos es el Antiguo Testamento) en lengua griega, la cual contiene los libros llamados "deuterocanónicos" (I y II de Macabeos, Judit, Tobías, Eclesiástico, Sabiduría, y agregados a los libros de Ester y Daniel), de los cuales carecen las Biblias protestantes.

Yattenciy demuestra que la razón por la cual los judíos de Palestina reunidos en Yamnia a finales del siglo I, rechazaron los libros deuterocanónicos en el canon de las Escrituras judías fue para pelear con los cristianos, es decir, para oponerse a la Iglesia de Cristo que reconocía y aceptaba estos libros.

Bonilla apunta con precisión que en Yamnia los judíos decidieron decretar que ningún documento escrito en lengua griega podía ser catalogado como inspirado por Dios y con esta excusa retiraron los libros que usaban los cristianos y que habían sido originalmente escritos en griego. Y aunque Yattenciy no lo menciona, esto implica que como consecuencia lógica, los judíos de Yamnia rechazaban absolutamente todo el Nuevo Testamento, que estaba escrito en griego. Nosotros diríamos que posiblemente esa fue la principal intención al tomar la decisión, invalidar el Nuevo Testamento que nos habla de Jesucristo, el cual no aceptaban, apelando a un supuesto criterio de que Dios solo inspiraba textos en hebreo, y así quedaron invalidados también los deuterocanónicos.

Por tanto nos parece totalmente inconcebible y desatinado que el protestantismo siga rechazando los libros deuterocanónicos de la Septuaginta como parte del canon de la Biblia amparándose en la resolución y la opinión de un grupo judío de finales del siglo I que rechazaba a Jesucristo, y que combatía y negaba a Su Iglesia.
Por: Alfredo Rdz

Los dejamos con los comentarios de Yattenciy Bonilla:


¿Y los católicos somos cristianos o marianos?



¿Y los católicos somos cristianos o marianos?

La respuesta corta sería que somos ambas cosas, pero permíteme explicarte un poco más en detalle.

Como católicos, nuestra fe se basa en Cristo, quien es el centro de nuestra religión. Nos llamamos católicos y somos cristianos porque creemos en la enseñanza de Jesucristo y seguimos su camino. Él es el Hijo de Dios hecho hombre, quien nos enseñó el amor, el perdón y la salvación. Nuestra relación con Cristo es fundamental y todo en nuestra fe gira en torno a Él.

Sin embargo, cuando hablamos de ser "marianos", nos referimos al papel especial que María, la madre de Jesús, tiene en nuestra fe. María es una figura central en el catolicismo, y su papel es muy importante para nosotros. Ella fue elegida por Dios para ser la madre de Jesús, y su "sí" a Dios es un ejemplo de obediencia y humildad para todos nosotros.

La relación entre María y los católicos es muy profunda. La amamos y la veneramos como nuestra madre espiritual. La consideramos un modelo de fe y devoción. Esto se debe a que, como madre de Jesús, María tiene un lugar especial en el plan de Dios para la salvación de la humanidad. En el Evangelio de San Juan, en las bodas de Caná, vemos cómo María intercede ante su Hijo para que realice el primer milagro público (Juan 2.1-11). Este episodio muestra cómo María está atenta a nuestras necesidades y cómo Jesús escucha sus peticiones.

La devoción mariana es una parte importante de la espiritualidad católica. A través de la oración del Rosario, la celebración de fiestas marianas y la veneración de imágenes de la Virgen María, los católicos expresamos nuestro amor y respeto por ella. Sin embargo, es crucial entender que nuestra devoción a María nunca debe eclipsar nuestra devoción a Jesucristo. María siempre nos lleva a su Hijo, Jesús. Como dijo en las bodas de Caná: "Hagan lo que él les diga" (Juan 2:5). 

En este sentido somos cristianos antes que marianos, y somos marianos en función de que primeramente y sobre todas las cosas, somos cristianos.

El Catecismo de la Iglesia Católica nos ofrece una guía clara sobre nuestra relación con María. En el párrafo 971, el Catecismo nos enseña que "todas las generaciones la proclamarán bienaventurada, porque el Todopoderoso ha hecho grandes cosas en ella y su nombre es santo" (cf. Lucas 1.48-49). María es una madre amorosa que intercede por nosotros ante su Hijo. Ella nos muestra el camino hacia Jesús y nos acompaña en nuestro viaje de fe.

Es importante destacar que nuestra fe en Cristo y nuestra devoción a María no son mutuamente excluyentes. De hecho, están profundamente interconectadas. María nos ayuda a comprender mejor el misterio de la Encarnación y nos anima a seguir a su Hijo con mayor fervor. Ella es un ejemplo de fe para todos nosotros y una compañera en nuestro camino hacia Dios.

Por lo tanto, como católicos, somos tanto cristianos como marianos. Nuestra fe se centra en Jesucristo, pero también honramos y amamos a María como nuestra madre espiritual. Ambos aspectos de nuestra fe están entrelazados y nos ayudan a crecer en nuestra relación con Dios.

En resumen, la fe católica es una fe cristiana, centrada en Cristo, pero enriquecida por la presencia amorosa y maternal de María. Ella nos enseña a amar a su Hijo con todo nuestro corazón y a seguir sus enseñanzas con alegría y generosidad. Que María, madre de la Iglesia, ruegue por nosotros y nos guíe siempre más cerca de Jesús, nuestro Señor y Salvador. 

Autor: Padre Ignacio Andrade.

De Adventista del Séptimo Día a Católico, así relata un sacerdote la conversión de uno de sus parroquianos.


Como sacerdote católico, he presenciado muchas conversiones a lo largo de mi ministerio, pero hay una en particular que siempre recordaré con especial cariño. Se trata de la historia de Juan, un devoto adventista del séptimo día que encontró su camino hacia la fe católica de una manera verdaderamente inspiradora.

Todo comenzó hace unos años, cuando Juan comenzó a realizar trabajos de mantenimiento en nuestra parroquia después de mudarse a la ciudad por motivos de trabajo. Era un hombre amable y respetuoso, pero siempre noté una cierta reserva en él cuando se trataba de hablar sobre su fe. Durante los primeros meses, se limitaba a cumplir con sus tareas y evitaba involucrarse en conversaciones religiosas.

Un día, mientras trabajaba en el jardín de la parroquia, decidí acercarme a Juan para saludarlo y entablar una conversación. Le pregunté cómo se sentía en nuestra comunidad y si necesitaba algo en particular. Juan respondió con cortesía, pero pude percibir cierta tensión en su voz cuando mencionó que había crecido como adventista del séptimo día y que estaba todavía explorando su camino espiritual.

Durante nuestras conversaciones, Juan expresó su admiración por la liturgia católica, así como su fascinación por la historia y la tradición de la Iglesia Católica. Sin embargo, también compartió conmigo algunas dudas y preguntas que había estado teniendo sobre su fe adventista.

"Padre, siempre he creído firmemente que los católicos son idólatras", confesó Juan en una de nuestras conversaciones. "Creen en imágenes y estatuas, y eso va en contra de los mandamientos de Dios".

Comprendiendo su preocupación, le respondí con paciencia: "Juan, entiendo tus inquietudes, pero es importante recordar que la veneración de imágenes y estatuas en la Iglesia Católica no es idolatría. Estas representaciones nos ayudan a conectar con los santos y con la misma imagen de Cristo, y son un recordatorio de nuestra fe".

Juan frunció el ceño, claramente escéptico. "Pero ¿qué hay del papa? ¿No es él el anticristo, como dicen muchos adventistas?"

Sonriendo tranquilamente, intenté aclarar sus dudas. "El Papa es el líder de la Iglesia Católica, pero no es el anticristo. Es el sucesor de Pedro, a quien Jesús le dio la autoridad de liderar su Iglesia. El papel del Papa es guiarnos en la fe y la moral, y su autoridad está enraizada en la tradición apostólica".

Juan escuchaba atentamente, pero seguía sin estar convencido. "Y ¿qué pasa con el sábado? ¿No pecamos al no guardar el sábado como día sagrado, como está escrito en los Diez Mandamientos?"

"Juan, en la Iglesia Católica celebramos el domingo como el día del Señor, en conmemoración de la resurrección de Jesús", expliqué con calma. "Esto no significa que despreciemos el sábado, pero nuestra tradición se remonta a los primeros cristianos, que comenzaron a reunirse el primer día de la semana en honor a la resurrección".

Juan parecía reflexionar sobre mis palabras, pero aún tenía una última objeción. "Y ¿qué hay de comer carne de cerdo? En la Biblia se nos enseña que es impuro".

"Es cierto que en el Antiguo Testamento se prohíbe el consumo de ciertos alimentos, incluida la carne de cerdo", asentí. "Pero Jesús vino a cumplir la ley y nos liberó de esas restricciones. En el Nuevo Testamento, él mismo declaró que no es lo que entra en la boca lo que contamina al hombre, sino lo que sale de ella".

Con el tiempo, Juan comenzó a participar más activamente en la vida de la parroquia. Se involucró en actividades sociales y comenzó a asistir a clases de catequesis. Durante este proceso, pude ver cómo su corazón se abría cada vez más a la gracia y la belleza de la fe católica.

Una de las experiencias más conmovedoras que compartí con Juan fue cuando lo acompañé en su primer viaje a una iglesia católica fuera de nuestra parroquia. Fuimos juntos a visitar una antigua catedral en el centro de la ciudad, y mientras caminábamos por los pasillos adornados con arte sacro y escuchábamos el suave murmullo de la música sacra, pude ver en los ojos de Juan una profunda emoción y reverencia.

Después de esa visita, Juan comenzó a asistir regularmente a la misa diaria y a participar en la adoración eucarística. Fue durante una de estas misas diarias que ocurrió un momento verdaderamente conmovedor que marcó un hito en su camino hacia la conversión.

Después de la comunión, mientras estábamos arrodillados en oración, vi lágrimas correr por las mejillas de Juan. Cuando terminó la misa, me acerqué a él y le pregunté si estaba bien. Con voz temblorosa, Juan me confesó que durante la adoración eucarística había experimentado una profunda sensación de paz y presencia de Dios que nunca antes había sentido.

A partir de ese momento, Juan se comprometió plenamente con su proceso de conversión. Continuó estudiando la fe católica, participando en la Misa y profundizando su relación con Dios a través de la oración y la meditación. Cada vez que hablábamos, podía ver cómo su fe se fortalecía y cómo su corazón se llenaba de alegría y gratitud por el don de la fe católica.

Finalmente, después de un largo y profundo proceso de discernimiento, Juan tomó la decisión de convertirse formalmente a la fe católica. Fue un momento de gran alegría y celebración para toda la comunidad parroquial, que lo recibió con los brazos abiertos y el corazón rebosante de amor fraternal.

Desde entonces, Juan ha seguido creciendo en su fe y su compromiso con la Iglesia Católica. Se ha convertido en un miembro activo de la comunidad, sirviendo como lector en la misa, participando en obras de caridad y compartiendo su testimonio de conversión con otros.

Su historia es un poderoso recordatorio del amor y la misericordia de Dios, así como del poder transformador de la fe. A través de su testimonio, Juan nos recuerda que nunca es demasiado tarde para abrir nuestro corazón a la gracia de Dios y seguir el llamado del Espíritu Santo hacia una vida de fe, esperanza y amor en Cristo Jesús.

Autor: Padre Ignacio Andrade.

¿Un católico puede usar Tinder u otras plataformas para encontrar pareja?


La búsqueda del amor y la pareja es algo natural en la vida de las personas, y más aún para un cristiano que ha descubierto que su vocación es la del matrimonio y que debe encontrar a ese alguien con quien Dios le ha llamado a formar una nueva "iglesia doméstica", una familia en Cristo. Dicho esto, es maravilloso que vivamos en una época donde hay diversas formas de conocer a alguien. Ahora, hablemos de Tinder y otras plataformas de citas. Si bien no hay una respuesta específica en la Biblia o el Catecismo sobre el uso de aplicaciones de citas, por la obvia razón de que éstas no existían hasta hace pocos años, sí podemos reflexionar sobre el uso de estas "apps" desde la cosmovisión y los principios fundamentales de nuestra fe cristiana católica.

Primero y ante todo, debemos decir que el amor es un regalo divino, y la búsqueda de una pareja es una parte importante de nuestra vocación a la santidad. La Biblia nos dice en Génesis 2,18 que "no es bueno que el hombre esté solo". Dios creó a la mujer como ayuda idónea para el hombre. En este sentido, usar plataformas de citas puede ser visto como una herramienta para buscar esa compañía, siempre y cuando se haga de manera respetuosa y consciente. 

Ahora bien, es crucial recordar los principios morales que nos guían, recuerda que somos cristianos las 24 horas del día, incluido cuando buscamos a alguien por Tinder. El Catecismo de la Iglesia Católica nos enseña en el párrafo 2331 que "Dios creó al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó; hombre y mujer los creó". Esto significa que debemos respetar la dignidad de cada persona, tratándolas con amor y consideración. Al usar aplicaciones de citas, es esencial recordar que detrás de cada perfil hay una persona con sus propias experiencias, virtudes y desafíos.

La pureza y la castidad son valores fundamentales en nuestra fe. San Pablo nos exhorta en 1 Tesalonicenses 4,3-5 a "abstenernos de la impureza" y a "cada uno de vosotros sepa poseer su cuerpo con santidad y honor". Esto nos invita a usar estas plataformas con responsabilidad, evitando cualquier tipo de comportamiento inapropiado y buscando siempre relaciones basadas en el respeto mutuo.

Además, es vital tener en cuenta la intención detrás del uso de estas aplicaciones. Si alguien está buscando una relación seria y duradera, está en línea con el plan de Dios para el matrimonio. Sin embargo, si la intención es simplemente buscar placer temporal o relaciones superficiales, podría alejarnos de los valores cristianos.

Recordemos las palabras de Jesús en Mateo 7,12, conocido como el "mandamiento de oro": "Así que, en todo, hagan a los demás lo que quieran que los demás hagan a ustedes". Al usar aplicaciones de citas, actuemos con la misma honestidad y respeto que deseamos recibir.

Por último, pero no menos importante, es crucial orar y discernir. Invita a Dios a ser parte de tu búsqueda de amor. Pide su guía y sabiduría para tomar decisiones que estén en línea con Su voluntad. La oración es una herramienta poderosa que nos conecta con el amor divino y nos ayuda a discernir las mejores elecciones para nuestras vidas.

En resumidas cuentas, amigo, la tecnología y las plataformas de citas pueden ser herramientas valiosas en la búsqueda del amor, siempre y cuando las utilicemos con responsabilidad, respeto y discernimiento. Así que respondiendo a tu pregunta: sí, un católico puede usar Tinder, pero siempre recordando que es católico y no dejando de lado sus valores. Recordemos siempre los principios fundamentales de nuestra fe: el amor, la pureza, la castidad y la búsqueda de la voluntad de Dios en nuestras vidas. ¡Que Dios te bendiga en tu camino de búsqueda del amor y la compañía!

Autor: Padre Ignacio Andrade.

¿Cuál denominación protestante es la más parecida a la Iglesia Católica?


Para responder directamente a tu pregunta sobre con cuál denominación protestante tenemos más coincidencias los católicos, considero que, en términos generales, las similitudes más notables se encuentran con los anglicanos y los luteranos.

Hay que aclarar que sin duda con quienes compartimos más cosas es con los Ortodoxos, pero la Iglesia Ortodoxa no es una Iglesia protestante en el sentido estricto e histórico del término. Hablamos de protestantismo para referirnos a las comunidades surgidas de los cismas en la Iglesia de occidente en el seno del catolicismo durante el siglo XVI. 

Así que, hablando específicamente de las comunidades protestantes, sin duda con las que conservamos más coincidencias es con anglicanos y luteranos.

Los anglicanos comparten con la Iglesia Católica diversas similitudes litúrgicas y sacramentales. La estructura de la liturgia anglicana (incluido la presencia del altar, los ornamentos -vestimenta- y objetos litúrgicos -cáliz, copones, etc.-) a menudo refleja elementos familiares para los católicos, y la creencia en la presencia real de Cristo en la Eucaristía (aunque no explicada como "transustanciación) es un punto de convergencia significativo. La importancia otorgada a la sucesión apostólica en la ordenación de obispos también establece un vínculo histórico valioso entre ambas tradiciones.

Por otro lado, los luteranos también comparten similitudes en términos litúrgicos y sacramentales con la Iglesia Católica. Muchas iglesias luteranas mantienen elementos litúrgicos similares, como la importancia dada a la predicación de la Palabra y la celebración de la Eucaristía, así como los que ya mencionamos al hablar de los anglicanos (ornamentos, altar, objetos litúrgicos, etc.). Aunque existen diferencias teológicas, especialmente en la comprensión de la justificación por la fe, ha habido esfuerzos significativos para encontrar puntos de acuerdo, como se evidencia en la Declaración Conjunta sobre la Doctrina de la Justificación.

La verdad es que muchas veces pueden ser tan parecidas las liturgias anglicanas y luteranas a la católica, que andando por Europa (donde ambas denominaciones tienen templos muy antiguos que alguna vez fueron católicos), muchos fieles que no pertenecieran al lugar bien podrían confundirse y entrar pensando que se trata de una Misa Católica. Recordemos además que tanto Ministros anglicanos como Luteranos suelen usar el cuello clerical en sus camisas cuando salen a la calle, lo que hace que muchos puedan pensar que se trata de un sacerdote católico.

En resumen, tanto con los anglicanos como con los luteranos, los católicos compartimos diversas similitudes litúrgicas, sacramentales y teológicas. Así que se podría decir que son "los protestantes que más se parece a los católicos". Estas afinidades proporcionan una base valiosa para el diálogo ecuménico y la búsqueda de una comprensión más profunda entre las diferentes ramas del cristianismo. Al reconocer estas similitudes, podemos fortalecer los lazos de fraternidad entre nuestras comunidades cristianas y trabajar juntos hacia la unidad que Cristo deseó para sus discípulos. 

Autor: Padre Ignacio Andrade.

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Declaración conjunta de la Iglesia Católica y la Iglesia Luterana sobre la Doctrina de la Justificación.

 DECLARACIÓN CONJUNTA SOBRE LA DOCTRINA DE LA JUSTIFICACIÓN


 
(Declaración conjunta sobre la doctrina de la Justificación entre la Iglesia Católica y la Federación Luterana Mundial, a la que en 2006 se adhirió la Iglesia Metodista y en 2017 la Comunión Mundial de Iglesias Reformadas.)

Preámbulo

1. La doctrina de la justificación tuvo una importancia capital para la Reforma luterana del siglo XVI. De hecho, sería el «artículo primero y principal»[1], a la vez, «rector y juez de las demás doctrinas cristianas»[2]. La versión de entonces fue sostenida y defendida en particular por su singular apreciación contra la teología y la iglesia católicas romanas de la época que, a su vez, sostenían y defendían una doctrina de la justificación de otra índole. Desde la perspectiva de la Reforma, la justificación era la raíz de todos los conflictos, y tanto en las Confesiones luteranas[3] como en el Concilio de Trento de la Iglesia Católica Romana hubo condenas de una y otra doctrinas. Estas últimas siguen vigentes, provocando divisiones dentro de la iglesia.

2. Para la tradición luterana, la doctrina de la justificación conserva esa condición particular. De ahí que desde un principio, ocupara un lugar preponderante en al diálogo oficial luterano-católico romano.

3. Al respecto, les remitimos a los informes The Gospel and the Church (1972)[4] y Church and Justification (1994)[5] de la Comisión luterano-católico romana; Justification by Faith (1983)[6] del Diálogo luterano-católico romano de los EE.UU. y The Condemnations of the Reformation Era - Do They Still Divide? (1986)[7] del Grupo de trabajo ecuménico de teólogos protestantes y católicos de Alemania. Las iglesias han acogido oficialmente algunos de estos informes de los diálogos; ejemplo importante de esta acogida es la respuesta vinculante que en 1994 dio la Iglesia Evangélica Unida de Alemania al estudio Condemnations al más alto nivel posible de reconocimiento eclesiástico, junto con las demás iglesias de la Iglesia Evangélica de Alemania.[8]

4. Respecto a los debates sobre la doctrina de la justificación, tanto los enfoques y conclusiones de los informes de los diálogos como las respuestas trasuntan un alto grado de acuerdo. Por lo tanto, ha llegado la hora de hacer acopio de los resultados de los diálogos sobre esta doctrina y resumirlos para informar a nuestras iglesias acerca de los mismos a efectos de que puedan tomar las consiguientes decisiones vinculantes.

5. Una de las finalidades de la presente Declaración conjunta es demostrar que a partir de este diálogo, las iglesias luterana y católica romana[9] se encuentran en posición de articular una interpretación común de nuestra justificación por la gracia de Dios mediante la fe en Cristo. Cabe señalar que no engloba todo lo que una y otra iglesia enseñan acerca de la justificación, limitándose a recoger el consenso sobre las verdades básicas de dicha doctrina y demostrando que las diferencias subsistentes en cuanto a su explicación, ya no dan lugar a condenas doctrinales.

6. Nuestra declaración no es un planteamiento nuevo e independiente de los informes de los diálogos y demás documentos publicados hasta la fecha; tampoco los sustituye. Más bien, tal como lo demuestra la lista de fuentes que figura en anexo, se nutre de los mismos y de los argumentos expuestos en ellos.

7. Al igual que los diálogos en sí, la presente Declaración conjunta se funda en el convicción de que al superar las cuestiones controvertidas y las condenas doctrinales de otrora, las iglesias no toman estas últimas a la ligera y reniegan su propio pasado. Por el contrario, la declaración está impregnada de la convicción de que en sus respectivas historias, nuestras iglesias han llegado a nuevos puntos de vista. Hubo hechos que no solo abrieron el camino sino que también exigieron que las iglesias examinaran con nuevos ojos aquellas condenas y cuestiones que eran fuente de división.

1. El mensaje bíblico de la justificación

8. Nuestra escucha común de la palabra de Dios en las Escrituras ha dado lugar a nuevos enfoques. Juntos oímos lo que dice el evangelio: «De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito para que todo aquel que en él cree no se pierda sino que tenga vida eterna» (San Juan 3:16). Esta buena nueva se plantea de diversas maneras en las Sagradas Escrituras. En el Antiguo Testamento escuchamos la palabra de Dios acerca del pecado (Sal 51:1-5; Dn 9:5 y ss; Ec 8:9 y ss; Esd 9:6 y ss.) y la desobediencia humanos (Gn 3:1-19 y Neh 9:16-26), así como la «justicia» (Is 46:13; 51:5-8; 56:1; cf. 53:11; Jer 9:24) y el «juicio» de Dios (Ec 12:14; Sal 9:5 y ss; y 76:7-9).

9. En el Nuevo testamento se alude de diversas maneras a la «justicia» y la «justificación» en los escritos de San Mateo (5:10; 6:33 y 21:32), San Juan (16:8-11); Hebreos (5:1-3 y 10:37-38), y Santiago (2:14-26).[10] En las epístolas de San Pablo también se describe de varias maneras el don de la salvación, entre ellas: «Estad pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo libres» (Gá 5:1-13, cf. Ro 6:7); «Y todo esto proviene de Dios que nos reconcilió consigo mismo» (2 Co 5:18-21, cf. Ro 5:11); «tenemos paz para con Dios» (Ro 5:1); «nueva criatura es» (2 Co 5:17); «vivos para Dios en Cristo Jesús» (Ro 6:11-23) y «santificados en Cristo Jesús» (1 Co 1:2 y 1:31; 2 Co 1:1) A la cabeza de todas ellas está la «justificación» del pecado de los seres humanos por la gracia de Dios por medio de la fe (Ro 3:23-25), que cobró singular relevancia en el período de la Reforma.

10. San Pablo asevera que el evangelio es poder de Dios para la salvación de quien ha sucumbido al pecado; mensaje que proclama que «la justicia de Dios se revela por fe y para fe» (Ro 1:16-17) y ello concede la «justificación» (Ro 3:21-31). Proclama a Jesucristo «nuestra justificación» (1 Co 1:30) atribuyendo al Señor resucitado lo que Jeremías proclama de Dios mismo (23:6). En la muerte y resurrección de Cristo están arraigadas todas las dimensiones de su labor redentora porque él es «Señor nuestro, el cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado para nuestra justificación» (Ro 4:25). Todo ser humano tiene necesidad de la justicia de Dios «por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios» (Ro 1:18; 2:23 3:22; 11:32 y Gá 3:22). En Gálatas 3:6 y Romanos 4:3-9, San Pablo entiende que la fe de Abraham (Gn 15:6) es fe en un Dios que justifica al pecador y recurre al testimonio del Antiguo Testamento para apuntalar su prédica de que la justicia le será reconocida a todo aquel que, como Abraham, crea en la promesa de Dios. «Mas el justo por la fe vivirá» (Ro 1:17 y Hab 2:4, cf. Gá 3:11). En las epístolas de San Pablo, la justicia de Dios es también poder para aquellos que tienen fe (Ro 1:17 y 2 Co 5:21). Él hace de Cristo justicia de Dios para el creyente (2 Co 5:21). La justificación nos llega a través de Cristo Jesús «a quien Dios puso como propiciación por medio de la fe en su sangre» (Ro 3:2; véase 3:21-28). «Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios. No por obras...» (Ef 2:8-9).

11. La justificación es perdón de los pecados (cf. Ro 3:23-25; Hechos 13:39 y San Lucas 18:14), liberación del dominio del pecado y la muerte (Ro 5:12-21) y de la maldición de la ley (Gá 3:10-14) y aceptación de la comunión con Dios: ya pero no todavía plenamente en el reino de Dios a venir (Ro 5:12). Ella nos une a Cristo, a su muerte y resurrección (Ro 6: 5). Se opera cuando acogemos al Espíritu Santo en el bautismo, incorporándonos al cuerpo que es uno (Ro 8:1-2 y 9-11; y 1 Co 12:12-13). Todo ello proviene solo de Dios, por la gloria de Cristo y por gracia mediante la fe en «el evangelio del Hijo de Dios» (Ro 1:1-3).

12. Los justos viven por la fe que dimana de la palabra de Cristo (Ro 10:17) y que obra por el amor (Gá 5:6), que es fruto del Espíritu (Gá 5:22) pero como los justos son asediados desde dentro y desde fuera por poderes y deseos (Ro 8:35-39 y Gá 5:16-21) y sucumben al pecado (1 Jn 1:8 y 10) deben escuchar una y otra vez las promesas de Dios y confesar sus pecados (1 Jn 1:9), participar en el cuerpo y la sangre de Cristo y ser exhortados a vivir con justicia, conforme a la voluntad de Dios. De ahí que el Apóstol diga a los justos: «...ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor, porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad» (Flp 2:12-13). Pero ello no invalida la buena nueva: «Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús» (Ro 8:1) y en quienes Cristo vive (Gá 2:20). Por la justicia de Cristo «vino a todos los hombres la justificación que produce vida» (Ro 5:18).

2. La doctrina de la justificación en cuanto problema ecuménico

13. En el siglo XVI, las divergencias en cuanto a la interpretación y aplicación del mensaje bíblico de la justificación no solo fueron la causa principal de la división de la iglesia occidental, también dieron lugar a las condenas doctrinales. Por lo tanto, una interpretación común de la justificación es indispensable para acabar con esa división. Mediante el enfoque apropiado de estudios bíblicos recientes y recurriendo a métodos modernos de investigación sobre la historia de la teología y los dogmas, el diálogo ecuménico entablado después del Concilio Vaticano II ha permitido llegar a una convergencia notable respecto a la justificación, cuyo fruto es la presente declaración conjunta que recoge el consenso sobre los planteamientos básicos de la doctrina de la justificación. A la luz de dicho consenso, las respectivas condenas doctrinales del siglo XVI ya no se aplican a los interlocutores de nuestros días.

3. La interpretación común de la justificación


14. Las iglesias luterana y católica romana han escuchado juntas la buena nueva proclamada en las Sagradas Escrituras. Esta escucha común, junto con las conversaciones teológicas mantenidas en estos últimos años, forjaron una interpretación de la justificación que ambas comparten. Dicha interpretación engloba un consenso sobre los planteamientos básicos que, aun cuando difieran, las explicaciones de las respectivas declaraciones no contradicen.

15. En la fe, juntos tenemos la convicción de que la justificación es obra del Dios trino. El Padre envió a su Hijo al mundo para salvar a los pecadores. Fundamento y postulado de la justificación es la encarnación, muerte y resurrección de Cristo. Por lo tanto, la justificación significa que Cristo es justicia nuestra, en la cual compartimos mediante el Espíritu Santo, conforme con la voluntad del Padre. Juntos confesamos: «Solo por gracia mediante la fe en Cristo y su obra salvífica y no por algún mérito nuestro, somos aceptados por Dios y recibimos el Espíritu Santo que renueva nuestros corazones, capacitándonos y llamándonos a buenas obras».[11]

16. Todos los seres humanos somos llamados por Dios a la salvación en Cristo. Solo a través de Él somos justificados cuando recibimos esta salvación en fe. La fe es en sí don de Dios mediante el Espíritu Santo que opera en palabra y sacramento en la comunidad de creyente y que, a la vez, les conduce a la renovación de su vida que Dios habrá de consumar en la vida eterna.

17. También compartimos la convicción de que el mensaje de la justificación nos orienta sobre todo hacia el corazón del testimonio del Nuevo Testamento sobre la acción redentora de Dios en Cristo: Nos dice que en cuanto pecadores nuestra nueva vida obedece únicamente al perdón y la misericordia renovadora que de Dios imparte como un don y nosotros recibimos en la fe y nunca por mérito propio cualquiera que este sea.

18. Por consiguiente, la doctrina de la justificación que recoge y explica este mensaje es algo más que un elemento de la doctrina cristiana y establece un vínculo esencial entre todos los postulados de la fe que han de considerarse internamente relacionados entre sí. Constituye un criterio indispensable que sirve constantemente para orientar hacia Cristo el magisterio y la práctica de nuestras iglesias. Cuando los luteranos resaltan el significado sin parangón de este criterio, no niegan la interrelación y el significado de todos los postulados de la fe. Cuando los católicos se ven ligados por varios criterios, tampoco niegan la función peculiar del mensaje de la justificación. Luteranos y católicos compartimos la meta de confesar a Cristo en quien debemos creer primordialmente por ser el solo mediador (1 Ti 2:5-6) a través de quien Dios se da a sí mismo en el Espíritu Santo y prodiga sus dones renovadores (cf. fuentes de la sección 3).

4. Explicación de la interpretación común de la justificación

4.1 La impotencia y el pecado humanos respecto a la justificación

19. Juntos confesamos que en lo que atañe a su salvación, el ser humano depende enteramente de la gracia redentora de Dios. La libertad de la cual dispone respecto a las personas y las cosas de este mundo no es tal respecto a la salvación porque por ser pecador depende del juicio de Dios y es incapaz de volverse hacia él en busca de redención, de merecer su justificación ante Dios o de acceder a la salvación por sus propios medios. La justificación es obra de la sola gracia de Dios. Puesto que católicos y luteranos lo confesamos juntos, es válido decir que:

20.Cuando los católicos afirman que el ser humano «coopera", aceptando la acción justificadora de Dios, consideran que esa aceptación personal es en sí un fruto de la gracia y no una acción que dimana de la innata capacidad humana.

21.Según la enseñanza luterana, el ser humano es incapaz de contribuir a su salvación porque en cuanto pecador se opone activamente a Dios y a su acción redentora. Los luteranos no niegan que una persona pueda rechazar la obra de la gracia, pero aseveran que solo puede recibir la justificación pasivamente, lo que excluye toda posibilidad de contribuir a la propia justificación sin negar que el creyente participa plena y personalmente en su fe, que se realiza por la Palabra de Dios.

4.2 La justificación en cuanto perdón del pecado y fuente de justicia

22.Juntos confesamos que la gracia de Dios perdona el pecado del ser humano y, a la vez, lo libera del poder avasallador del pecado, confiriéndole el don de una nueva vida en Cristo. Cuando los seres humanos comparten en Cristo por fe, Dios ya no les imputa sus pecados y mediante el Espíritu Santo les transmite un amor activo. Estos dos elementos del obrar de la gracia de Dios no han de separarse porque los seres humanos están unidos por la fe en Cristo que personifica nuestra justificación (1 Co 1:30): perdón del pecado y presencia redentora de Dios. Puesto que católicos y luteranos lo confesamos juntos, es válido decir que:

23. Cuando los luteranos ponen el énfasis en que la justicia de Cristo es justicia nuestra, por ello entienden insistir sobre todo en que la justicia ante Dios en Cristo le es garantida al pecador mediante la declaración de perdón y tan solo en la unión con Cristo su vida es renovada. Cuando subrayan que la gracia de Dios es amor redentor («el favor de Dios»)[12] no por ello niegan la renovación de la vida del cristiano. Más bien quieren decir que la justificación está exenta de la cooperación humana y no depende de los efectos renovadores de vida que surte la gracia en el ser humano.

24. Cuando los católicos hacen hincapié en la renovación de la persona desde dentro al aceptar la gracia impartida al creyente como un don,[13] quieren insistir en que la gracia del perdón de Dios siempre conlleva un don de vida nueva que en el Espíritu Santo, se convierte en verdadero amor activo. Por lo tanto, no niegan que el don de la gracia de Dios en la justificación sea independiente de la cooperación humana (cf. fuentes de la sección 4.2).

4.3 Justificación por fe y por gracia

25. Juntos confesamos que el pecador es justificado por la fe en la acción salvífica de Dios en Cristo. Por obra del Espíritu Santo en el bautismo, se le concede el don de salvación que sienta las bases de la vida cristiana en su conjunto. Confían en la promesa de la gracia divina por la fe justificadora que es esperanza en Dios y amor por él. Dicha fe es activa en el amor y, entonces, el cristiano no puede ni debe quedarse sin obras, pero todo lo que en el ser humano antecede o sucede al libre don de la fe no es motivo de justificación ni la merece.

26.Según la interpretación luterana, el pecador es justificado sólo por la fe (sola fide). Por fe pone su plena confianza en el Creador y Redentor con quien vive en comunión. Dios mismo insufla esa fe, generando tal confianza en su palabra creativa. Porque la obra de Dios es una nueva creación, incide en todas las dimensiones del ser humano, conduciéndolo a una vida de amor y esperanza. En la doctrina de la «justificación por la sola fe» se hace una distinción, entre la justificación propiamente dicha y la renovación de la vida que forzosamente proviene de la justificación, sin la cual no existe la fe, pero ello no significa que se separen una y otra. Por consiguiente, se da el fundamento de la renovación de la vida que proviene del amor que Dios otorga al ser humano en la justificación. Justificación y renovación son una en Cristo quien está presente en la fe.

27. En la interpretación católica también se considera que la fe es fundamental en la justificación. Porque sin fe no puede haber justificación. El ser humano es justificado mediante el bautismo en cuanto oyente y creyente de la palabra. La justificación del pecador es perdón de los pecados y volverse justo por la gracia justificadora que nos hace hijos de Dios. En la justificación, el justo recibe de Cristo la fe, la esperanza y el amor, que lo incorporan a la comunión con él.[14] Esta nueva relación personal con Dios se funda totalmente en la gracia y depende constantemente de la obra salvífica y creativa de Dios misericordioso que es fiel a sí mismo para que se pueda confiar en él. De ahí que la gracia justificadora no sea nunca una posesión humana a la que se pueda apelar ante Dios. La enseñanza católica pone el énfasis en la renovación de la vida por la gracia justificadora; esta renovación en la fe, la esperanza y el amor siempre depende de la gracia insondable de Dios y no contribuye en nada a la justificación de la cual se podría hacer alarde ante Él (Ro 3:27). (Véase fuentes de la sección 4.3)

4.4 El pecador justificado

28. Juntos confesamos que en el bautismo, el Espíritu Santo nos hace uno en Cristo, justifica y renueva verdaderamente al ser humano, pero el justificado, a lo largo de toda su vida, debe acudir constantemente a la gracia incondicional y justificadora de Dios. Por estar expuesto, también constantemente, al poder del pecado y a sus ataques apremiantes (cf. Ro 6:12-14), el ser humano no está eximido de luchar durante toda su vida con la oposición a Dios y la codicia egoísta del viejo Adán (cf. Gá 5:16 y Ro 7:7-10). Asimismo, el justificado debe pedir perdón a Dios todos los días, como en el Padrenuestro (Mt 6:12 y 1 Jn 1:9), y es llamado incesantemente a la conversión y la penitencia, y perdonado una y otra vez.

29. Los luteranos entienden que ser cristiano es ser «al mismo tiempo justo y pecador». El creyente es plenamente justo porque Dios le perdona sus pecados mediante la Palabra y el Sacramento, y le concede la justicia de Cristo que él hace suya en la fe. En Cristo, el creyente se vuelve justo ante Dios pero viéndose a sí mismo, reconoce que también sigue siendo totalmente pecador; el pecado sigue viviendo en él (1 Jn 1:8 y Ro 7:17-20), porque se torna una y otra vez hacia falsos dioses y no ama a Dios con ese amor íntegro que debería profesar a su Creador (Dt 6:5 y Mt 22:36-40). Esta oposición a Dios es en sí un verdadero pecado pero su poder avasallador se quebranta por mérito de Cristo y ya no domina al cristiano porque es dominado por Cristo a quien el justificado está unido por la fe. En esta vida, entonces, el cristiano puede llevar una existencia medianamente justa. A pesar del pecado, el cristiano ya no está separado de Dios porque renace en el diario retorno al bautismo, y a quien ha renacido por el bautismo y el Espíritu Santo, se le perdona ese pecado. De ahí que el pecado ya no conduzca a la condenación y la muerte eterna.[15] Por lo tanto, cuando los luteranos dicen que el justificado es también pecador y que su oposición a Dios es un pecado en sí, no niegan que, a pesar de ese pecado, no sean separados de Dios y que dicho pecado sea un pecado «dominado». En estas afirmaciones coinciden con los católicos romanos, a pesar de la diferencia de la interpretación del pecado en el justificado.

30. Los católicos mantienen que la gracia impartida por Jesucristo en el bautismo lava de todo aquello que es pecado «propiamente dicho» y que es pasible de «condenación» (Ro 8:1).[16] Pero de todos modos, en el ser humano queda una propensión (concupiscencia) que proviene del pecado y compele al pecado. Dado que según la convicción católica, el pecado siempre entraña un elemento personal y dado que este elemento no interviene en dicha propensión, los católicos no la consideran pecado propiamente dicho. Por lo tanto, no niegan que esta propensión no corresponda al designio inicial de Dios para la humanidad ni que esté en contradicción con Él y sea un enemigo que hay que combatir a lo largo de toda la vida. Agradecidos por la redención en Cristo, subrayan que esta propensión que se opone a Dios no merece el castigo de la muerte eterna[17] ni aparta de Dios al justificado. Ahora bien, una vez que el ser humano se aparta de Dios por voluntad propia, no basta con que vuelva a observar los mandamientos ya que debe recibir perdón y paz en el Sacramento de la Reconciliación mediante la palabra de perdón que le es dado en virtud de la labor reconciliadora de Dios en Cristo (véase fuentes de la sección 4.4).

4.5 Ley y evangelio

31. Juntos confesamos que el ser humano es justificado por la fe en el evangelio «sin las obras de la Ley» (Ro 3:28). Cristo cumplió con ella y, por su muerte y resurrección, la superó en cuanto medio de salvación. Asimismo, confesamos que los mandamientos de Dios conservan toda su validez para el justificado y que Cristo, mediante su magisterio y ejemplo, expresó la voluntad de Dios que también es norma de conducta para el justificado.

32. Los luteranos declaran que para comprender la justificación es preciso hacer una distinción y establecer un orden entre ley y evangelio. En teología, ley significa demanda y acusación. Por ser pecadores, a lo largo de la vida de todos los seres humanos, cristianos incluidos, pesa esta acusación que revela su pecado para que mediante la fe en el evangelio se encomienden sin reservas a la misericordia de Dios en Cristo que es la única que los justifica.

33. Puesto que la ley en cuanto medio de salvación fue cumplida y superada a través del evangelio, los católicos pueden decir que Cristo no es un «legislador» como lo fue Moisés. Cuando los católicos hacen hincapié en que el justo está obligado a observar los mandamientos de Dios, no por ello niegan que mediante Jesucristo, Dios ha prometido misericordiosamente a sus hijos, la gracia de la vida eterna[18] (véase fuentes de la sección 4.5)

4.6 Certeza de salvación

34. Juntos confesamos que el creyente puede confiar en la misericordia y las promesas de Dios. A pesar de su propia flaqueza y de las múltiples amenazas que acechan su fe, en virtud de la muerte y resurrección de Cristo puede edificar a partir de la promesa efectiva de la gracia de Dios en la Palabra y el Sacramento y estar seguros de esa gracia.

35. Los reformadores pusieron un énfasis particular en ello: En medio de la tentación, el creyente no debería mirarse a sí mismo sino contemplar únicamente a Cristo y confiar tan solo en él. Al confiar en la promesa de Dios tiene la certeza de su salvación que nunca tendrá mirándose a sí mismo.

36. Los católicos pueden compartir la preocupación de los reformadores por arraigar la fe en la realidad objetiva de la promesa de Cristo, prescindiendo de la propia experiencia y confiando solo en la palabra de perdón de Cristo (cf. Mt 16:19 y 18:18). Con el Concilio Vaticano II, las católicos declaran: Tener fe es encomendarse plenamente a Dios[19] que nos libera de la oscuridad del pecado y la muerte y nos despierta a la vida eterna.[20] Al respecto, cabe señalar que no se puede creer en Dios y, a la vez, considerar que la divina promesa es indigna de confianza. Nadie puede dudar de la misericordia de Dios ni del mérito de Cristo. No obstante, todo ser humano puede interrogarse acerca de su salvación, al constatar sus flaquezas e imperfecciones. Ahora bien, reconociendo sus propios defectos, puede tener la certeza de que Dios ha previsto su salvación (véase fuentes de la sección 4.6).

4.7 Las buenas obras del justificado

37. Juntos confesamos que las buenas obras, una vida cristiana de fe, esperanza y amor, surgen después de la justificación y son fruto de ella. Cuando el justificado vive en Cristo y actúa en la gracia que le fue concedida, en términos bíblicos, produce buen fruto. Dado que el cristiano lucha contra el pecado toda su vida, esta consecuencia de la justificación también es para él un deber que debe cumplir. Por consiguiente, tanto Jesús como los escritos apostólicos amonestan al cristiano a producir las obras del amor.

38. Según la interpretación católica, las buenas obras, posibilitadas por obra y gracia del Espíritu Santo, contribuyen a crecer en gracia para que la justicia de Dios sea preservada y se ahonde la comunión en Cristo. Cuando los católicos afirman el carácter «meritorio» de las buenas obras, por ello entienden que, conforme al testimonio bíblico, se les promete una recompensa en el cielo. Su intención no es cuestionar la índole de esas obras en cuanto don, ni mucho menos negar que la justificación siempre es un don inmerecido de la gracia, sino poner el énfasis en la responsabilidad del ser humanos por sus actos.

39. Los luteranos también sustentan el concepto de preservar la gracia y de crecer en gracia y fe, haciendo hincapié en que la justicia en cuanto ser aceptado por Dios y compartir la justicia de Cristo es siempre completa. Asimismo, declaran que puede haber crecimiento por su incidencia en la vida cristiana. Cuando consideran que las buenas obras del cristiano son frutos y señales de la justificación y no de los propios «méritos", también entienden por ello que, conforme al Nuevo Testamento, la vida eterna es una «recompensa» inmerecida en el sentido del cumplimiento de la promesa de Dios al creyente.

5. Significado y alcance del consenso logrado

40. La interpretación de la doctrina de la justificación expuesta en la presente declaración demuestra que entre luteranos y católicos hay consenso respecto a los postulados fundamentales de dicha doctrina. A la luz de este consenso, las diferencias restantes de lenguaje, elaboración teológica y énfasis, descritas en los párrafos 18 a 39, son aceptables. Por lo tanto, las diferencias de las explicaciones luterana y católica de la justificación están abiertas unas a otras y no desbaratan el consenso relativo a los postulados fundamentales.

41. De ahí que las condenas doctrinales del siglo XVI, por lo menos en lo que atañe a la doctrina de la justificación, se vean con nuevos ojos: Las condenas del Concilio de Trento no se aplican al magisterio de las iglesias luteranas expuesto en la presente declaración y, la condenas de las Confesiones Luteranas, no se aplican al magisterio de la Iglesia Católica Romana, expuesto en la presente declaración.

42. Ello no quita seriedad alguna a las condenas relativas a la doctrina de la justificación. Algunas distaban de ser simples futilidades y siguen siendo para nosotros «advertencias saludables» a las cuales debemos atender en nuestro magisterio y práctica.[21]

43. Nuestro consenso respecto a los postulados fundamentales de la doctrina de la justificación debe llegar a influir en la vida y el magisterio de nuestras iglesias. Allí se comprobará. Al respecto, subsisten cuestiones de mayor o menor importancia que requieren ulterior aclaración, entre ellas, temas tales como: La relación entre la Palabra de Dios y la doctrina de la iglesia, eclesiología, autoridad en la iglesia, ministerio, los sacramentos y la relación entre justificación y ética social. Estamos convencidos de que el consenso que hemos alcanzado sienta sólidas bases para esta aclaración. Las iglesias luteranas y la Iglesia Católica Romana seguirán bregando juntas por profundizar esta interpretación común de la justificación y hacerla fructificar en la vida y el magisterio de las iglesias.

44. Damos gracias al Señor por este paso decisivo en el camino de superar la división de la iglesia. Pedimos al Espíritu Santo que nos siga conduciendo hacia esa unidad visible que es voluntad de Cristo.


Iglesia Católica - Federación Luterana Mundial.
Augsburgo, 31 de octubre de 1999 


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N.de T. Se dejaron en inglés o alemán las notas al pie de página y los documentos de referencia que no se han publicado en español.

[1]Artículos de Esmascalda, II, 1; Libro de concordia, 292.

[2]«Rector et judex super omnia genera doctrinarum», Weimar Edition of Luther's Works (WA), 39,I,205.

[3]Cabe señalar que las confesiones vinculantes de algunas iglesias luteranas solo abarcan la Confesión de Augsburgo y el Catecismo menor de Lutero, textos que no contienen condenas acerca de la justificación en relación con la Iglesia Católica Romana.

[4]Report of the Joint Lutheran-Roman Catholic Study Commission, published in Growth in Agreement (New York; Geneva, 1984) - pp.168-189.

[5]Published by the Lutheran World Federation (Geneva, 1994).

[6]Lutheran and Catholics in Dialogue VII (Minneapolis, 1985).

[7]Minneapolis, 1990.

[8]Gemeinsame Stellungnahme der Arnoldshainer Konferenz, der Vereinigten Kirche und des Deutschen Nationalkomitees des Lutherischen Weltbundes zum Dokument «Lehrverurteilungen-kirchentrennend?», Ökumenische Rundschau 44 (1995):99-102; including the position papers which underlie this resolution, cf. Lehrverurteilungen im Gespräch, Die ersten offiziellen Stellungnahmen aus den evangelischen Kirchen in Deutschland (Göttingen: Vandenhoeck & Ruprecht, 1993).

[9]En la presente declaración, la palabra «iglesia» se utiliza para reflejar las propias interpretaciones de las iglesias participantes sin que se pretenda resolver ninguna de las cuestiones eclesiológicas relativas a dicho término.

[10]Cf.Malta Report paras. 26-30 y Justification by Faith, paras. 122-147. At the request of the US dialogue on justification, the non-Pauline New Testament texts were addressed in Righteousness in the New Testament, by John Reumann, with responses by Joseph A. Fitzmyer and Jerome D.Quinn (Philadelphia; New York: 1982), pp.124-180. The results of this study were summarized in the dialogue report Justification by Faith in paras 139-142.

[11]All Under One Christ, para 14 in Growth in Agreement, 241-247.

[12]Cf.WA 8:106; American Edition 32:227.

[13]Cf. DS 1528.

[14]Cf. DS 1530.

[15]Cf. Apology II:38-45, Libro de concordia, 105f.

[16]Cf. DS 1515.

[17]Cf. DS 1515.

[18]Cf. DS 1545.

[19]Cf. DV 5.

[20]Cf. DV 4.

[21]Condemnations of the Reformation Era,27.

¿Por qué los bautistas no bautizan a los bebés y por qué están bíblicamente equivocados?

Tu pregunta sobre el bautismo, especialmente en relación con la práctica de los bautistas de no bautizar a los bebés, es muy pertinente y merece una consideración profunda y reflexiva. Es esencial entender las diferentes tradiciones y perspectivas en torno al bautismo para apreciar completamente el significado y la importancia de este sacramento en la Iglesia Católica.

El bautismo es un sacramento fundamental en la Iglesia Católica y en muchas tradiciones cristianas. A través del bautismo, los creyentes son incorporados en la familia de Dios y reciben el perdón del pecado original. Este sacramento, que encuentra sus raíces en las Escrituras, tiene profundas implicaciones teológicas y espirituales.

Para entender por qué los bautistas no bautizan a los bebés, es crucial revisar las Escrituras y la tradición cristiana temprana. En el Nuevo Testamento, encontramos ejemplos de bautismos de adultos que profesaban su fe en Jesucristo, como el bautismo de Jesús por Juan el Bautista y los bautismos realizados por los apóstoles y discípulos en las primeras comunidades cristianas. Por esta razón estos hermanos separados creen que el bautismo es y debe ser exclusivo para creyentes, es decir, para personas que ya tengan la suficiente edad y madurez como para creer y tener una fe personal consciente en Jesús, a esto se le llama "credobautismo".

Sin embargo, en la Biblia también encontramos indicios de que el bautismo no se limita a los adultos que profesan su fe personalmente. En el libro de los Hechos de los Apóstoles, leemos acerca del bautismo de familias enteras. Por ejemplo, en Hechos 16, 15, leemos sobre el bautismo de la familia de Lidia: "Y cuando fue bautizada, junto con su familia, nos rogó, diciendo: 'Si ustedes han juzgado que soy fiel al Señor, vengan a mi casa y quédense'".

Además, el apóstol Pedro declara en Hechos 2, 38-39: "Arrepiéntanse y bautícese cada uno de ustedes en el nombre de Jesucristo para perdón de sus pecados, y recibirán el don del Espíritu Santo. Porque la promesa es para ustedes, para sus hijos y para todos los que están lejos, para cuantos el Señor nuestro Dios quiera llamar".

Esta declaración de Pedro destaca que la promesa de Dios, que se sella a través del bautismo, incluye a los hijos, lo que implica una conexión directa con la práctica del Antiguo Testamento de la circuncisión. La circuncisión era la señal del pacto en el Antiguo Testamento que se administraba a los bebés varones en la edad de ocho días. Este acto de circuncisión implicaba la entrada del niño en la comunidad del pacto con Dios. En el Nuevo Testamento, el bautismo reemplaza la circuncisión como la señal del nuevo pacto en Cristo.

San Pablo también enfatiza la conexión entre la circuncisión y el bautismo en Colosenses 2, 11-12: "En él, ustedes han sido circuncidados no con una circuncisión hecha por mano humana, sino con la circuncisión hecha por Cristo, al despojarse del cuerpo pecaminoso. Mediante el bautismo, también ustedes fueron sepultados con él en su muerte, para que así como Cristo resucitó por el poder del Padre, también nosotros llevemos una vida nueva".

Este pasaje muestra cómo el bautismo, en el contexto del nuevo pacto, reemplaza la circuncisión. Así como la circuncisión incluía a los bebés varones en el pacto del Antiguo Testamento, el bautismo incluye a los bebés y adultos por igual en el pacto del Nuevo Testamento.

Hay que señalar que no todos los protestantes rechazan el bautismo de bebés; comunidades cristianas como los luteranos y los reformados (calvinistas), como así también los metodistas, practican hasta nuestros días el bautismo de infantes (paidobautismo).

E, cuanto a nosotros los católicos, el Catecismo de la Iglesia Católica subraya la importancia del bautismo como el sacramento del nuevo nacimiento. Se nos enseña que el bautismo, administrado tanto a adultos convertidos como a bebés, nos libera del pecado original y nos hace hijos adoptivos de Dios. El Catecismo también enfatiza que el bautismo es un sacramento de la fe que debe ser recibido con fe, y los padres y padrinos tienen un papel fundamental en asegurar que los niños bautizados crezcan en la fe cristiana.

En resumen, la práctica del bautismo de bebés en la Iglesia Católica y en muchas otras tradiciones cristianas se basa en las Escrituras y en la comprensión teológica del bautismo como el sacramento del nuevo pacto. A través del bautismo, tanto los adultos que profesan su fe como los bebés son incorporados en la comunidad de creyentes y reciben la gracia salvadora de Dios.

Autor: Padre Ignacio Andrade.

¿Cuál debe ser la posición de un católico en la guerra entre Israel y Palestina?



El conflicto entre Israel y Palestina, marcado por décadas de sufrimiento y pérdida de vidas humanas, es motivo de profundo pesar y preocupación para muchos de nosotros. En este contexto, es esencial condenar con contundencia cualquier forma de violencia, así como las injusticias estructurales y las violaciones de los derechos humanos que perpetúan el sufrimiento en ambas partes.

Es fundamental condenar todas las atrocidades y crímenes de guerra cometidos por ambos lados en este conflicto doloroso y prolongado. La pérdida de vidas humanas, la destrucción y el sufrimiento infligidos a las personas son inaceptables desde cualquier punto de vista moral y religioso. La vida humana es sagrada, y cada persona, ya sea israelí o palestina, es amada y creada a imagen de Dios.

La Biblia nos enseña sobre el valor sagrado de la vida y el mandamiento de amar a nuestro prójimo como a nosotros mismos. En el Evangelio de Mateo, Jesús nos dice: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo" (Mateo 22, 39). Esta enseñanza fundamental nos llama a tratar a todos los seres humanos con amor, respeto y compasión, independientemente de su origen étnico, religión o nacionalidad.

La ocupación de ciertas áreas palestinas por parte de Israel y la construcción de asentamientos ilegales son cuestiones que han sido condenadas por la comunidad internacional y organizaciones de derechos humanos. La construcción de estos asentamientos, que a menudo implica la confiscación de tierras palestinas y la demolición de viviendas, agrava las tensiones y complica aún más las perspectivas de paz.

La Iglesia Católica, a través de su enseñanza social, nos llama a ser defensores de la justicia y la dignidad humana. En este contexto, la ocupación y los asentamientos ilegales son profundamente contrarios a los principios de justicia y paz. Los asentamientos no solo generan sufrimiento para los palestinos, sino que también son un obstáculo significativo para cualquier proceso de paz significativo. Del mismo modo, las expresiones violentas de grupos radicales como Hamas, ha causado muertes de muchos civiles inocentes israelís. Hay que afirmar con valentía que ninguno de los dos bandos ha respetado los derechos humanos y que las muertes de ambos lados son igualmente lamentables.

El Papa San Juan Pablo II en su carta encíclica "Pacem in Terris" habla claramente sobre la importancia de los derechos humanos y la justicia como fundamentos esenciales para la paz. La paz genuina no solo implica la ausencia de violencia, sino también la presencia de justicia y el respeto por los derechos humanos fundamentales. En este sentido, los asentamientos ilegales y la ocupación son obstáculos fundamentales para alcanzar una paz justa y duradera en la región.

Además, es fundamental recordar que cada persona involucrada en este conflicto, ya sea israelí o palestina, tiene un valor inmenso y una dignidad inherentemente sagrada. Cada vida perdida, cada familia desplazada y cada niño traumatizado son una tragedia para toda la humanidad. Como católicos, estamos llamados a la compasión y la solidaridad con todas las personas afectadas por este conflicto.

La respuesta a este conflicto no puede ser simplemente político o militar. Necesitamos abordar las raíces profundas del conflicto y trabajar incansablemente por una solución justa y pacífica que respete los derechos y las aspiraciones de ambos pueblos. Esto implica el fin de la ocupación y la construcción de asentamientos ilegales, así como un compromiso genuino con el diálogo, la reconciliación y la coexistencia pacífica.

La Iglesia Católica, a través de su compromiso con la justicia social y la paz, nos llama a ser agentes de cambio en el mundo. Nos insta a trabajar por la reconciliación y a ser defensores de la paz en medio de los conflictos y las tensiones. En este espíritu, oremos por la paz en la región y trabajemos juntos por un futuro en el que la justicia y la paz florezcan para todos.

Con oraciones y bendiciones,

Padre Ignacio Andrade.

Sacerdote Católico

Ví una misa luterana y era muy parecida a la nuestra, ¿Cuál es la diferencia entre católicos y luteranos?



Es cierto que hay muchas similitudes entre las misas católicas y luteranas, ya que ambos grupos cristianos tienen raíces profundas en la tradición cristiana común. Sin embargo, hay algunas diferencias clave que podemos explorar juntos.

En primer lugar, una diferencia importante radica en la doctrina de la Eucaristía o Santa Cena. En la Iglesia Católica, creemos en la doctrina de la transubstanciación, que significa que durante la Misa, el pan y el vino se convierten en el cuerpo y la sangre de Cristo de manera sustancial, aunque mantienen su apariencia. Esto se basa en las palabras de Jesús en la Última Cena, cuando dijo: "Esto es mi cuerpo" y "Esta es mi sangre" (Mateo 26,26-28).

Por otro lado, en las iglesias luteranas, generalmente se sostiene una perspectiva llamada "consubstanciación", que significa que Cristo está presente en, con y bajo el pan y el vino. Martín Lutero, el fundador del movimiento luterano, propuso esta idea como una alternativa a la transubstanciación, creyendo en la presencia real de Cristo en la Eucaristía sin explicar el cambio sustancial de los elementos.

Otra diferencia notoria es la estructura jerárquica y el liderazgo en ambas tradiciones. En la Iglesia Católica, tenemos una estructura jerárquica bien definida, con el Papa como el líder máximo y los obispos como los líderes regionales. Además, hay una comprensión del sacerdocio ministerial como una sucesión apostólica, que se remonta a los apóstoles de Jesús. Por otro lado, en las iglesias luteranas, la estructura jerárquica puede variar según la denominación, y muchas iglesias luteranas tienden a enfocarse en la idea del "sacerdocio de todos los creyentes", lo que significa que todos los fieles tienen un rol activo en el ministerio.

No podemos dejar de lado la cuestión de la autoridad y la interpretación de la Biblia. Tanto católicos como luteranos reconocen la Biblia como una fuente fundamental de enseñanza y guía. Sin embargo, hay diferencias en la forma en que se aborda la interpretación. Los católicos creen en la autoridad del Magisterio de la Iglesia (el Papa y los obispos en comunión con él) para interpretar las Escrituras de manera definitiva. Los luteranos, por su parte, enfatizan la interpretación individual guiada por el Espíritu Santo y la importancia de la conciencia personal en la comprensión de la fe.

En cuanto a la liturgia y el culto, aunque las misas luteranas pueden parecer similares a las católicas en muchos aspectos, pueden variar según la congregación y la denominación luterana. Algunas iglesias luteranas mantienen una estructura litúrgica similar a la católica, mientras que otras pueden adoptar enfoques más contemporáneos.

Quiero recordarte que aunque existen diferencias teológicas y prácticas entre los católicos y los luteranos, somos todos seguidores de Cristo y compartimos un núcleo común de creencias cristianas, como la Trinidad, la salvación por la gracia y la importancia de vivir una vida centrada en el amor y la misericordia.

En última instancia, aunque puedan existir diferencias entre nuestras tradiciones, es crucial recordar las palabras de Jesús en el Evangelio de San Juan, capítulo 17, versículo 21, donde ora para que todos sus seguidores sean uno: "Para que todos sean uno. Padre, como tú estás en mí y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros".

Así que, aunque nuestras expresiones de fe puedan variar, recordemos siempre que estamos unidos en Cristo y en su amor. ¡Que la paz y la alegría del Señor estén siempre contigo! Si tienes más preguntas o deseas explorar algún otro tema, ¡estaré aquí con gusto para acompañarte en este camino de reflexión y crecimiento espiritual!

Autor: Padre Ignacio Andrade.

"¿Estás con el Papa o contra él?": Medio millón de católicos tradicionalistas rebeldes de la Iglesia siro-malabar podrían salir de la Iglesia.


“¿Estás con el Papa o contra él?” esta fue una de varias preguntas que el arzobispo jesuita Cyril Vasil, delegado papal hizo a los católicos de la arquidiócesis india de Ernakulam-Angamaly, el 15 de agosto durante una misa en la sede de la Iglesia Oriental en Kochi.

El arzobispo Vasil, proveniente de la eparquía de Kosice de la Iglesia greco-católica eslovaca y antiguo secretario del dicasterio para las Iglesias Orientales, fue designado por el Papa Francisco para abordar el conflicto en curso en la archeparquía, sobre la forma de celebrar la misa.

Durante casi cinco décadas, la arquidiócesis de Ernakulam celebró la misa con el sacerdote de cara a los fieles. En agosto de 2021, el sínodo de la Iglesia siro-malabar introdujo una forma uniforme de celebrar la Eucaristía en la que el sacerdote se enfrenta a los fieles en la primera y última parte de la misa y durante el resto de la misa se vuelve hacia el altar.

Después de la resistencia inicial, todas las diócesis, excepto la arquidiócesis de Ernakulam-Angamaly, adoptaron la misa aprobada por el sínodo.

La arquidiócesis de Ernakulam-Angamaly, la segunda diócesis católica más grande de la India con el 10 por ciento de los casi 5 millones de católicos siro-malabares, rechazó la misa del sínodo y exigió que el Vaticano acepte su misa tradicional como una variante de la liturgia.

En un esfuerzo por poner fin a la crisis, el Papa Francisco seleccionó al arzobispo Cyril Vasil como delegado papal. La decisión del Santo Padre sigue la solicitud presentada por el arzobispo mayor de los siro-malabares, cardenal George Alencherry, que en junio de 2023 había expresado la necesidad de una intervención papal para resolver la disputa que surgió en torno a la forma de la celebración de la “Santa Qurbana”, la misa tradicional de la región.

“¿Estás con el Santo Padre, quieren seguir siendo sacerdotes y miembros de la Iglesia católica y de su Iglesia siro-malabar, o quieren dar preferencia a la voz de los alborotadores que los llevan a la desobediencia al Santo Padre, a los pastores legítimos de su Iglesia siro-malabar y a la Iglesia católica? preguntó el delegado papal a los fieles de Ernakulam.

“¿Quieren continuar celebrando el “Santo Qurbana” de manera ilegal o estás dispuesto a celebrarlo de acuerdo con las reglas establecidas por la Iglesia?

“¿Prefieren escuchar a tu Papa, o prefieren escuchar, en nombre de una falsa solidaridad, o porque fueron intimidados, a algunos sacerdotes que te están conduciendo hacia una separación de facto de la Iglesia Católica?”, siguió inquiriendo el prelado jesuita y añadió: “¿Se dejan intimidar por pequeños grupos de manifestantes violentos que cumplen los planes de algunas fuerzas oscuras y vienen a perturbar o incluso impedir la celebración de Qurbana según la decisión sinodal? ¿Están con el Papa o contra él?”

“Delante de nuestro Señor, terminó, te suplico de rodillas, y personalmente pido perdón por cualquier cosa de parte de cualquiera que haya dado alguna razón para alguna justificación real o supuesta de esta rebelión. Asimismo, de rodillas también les pido que no participen más en este pecado contra nuestro Señor y la Iglesia Católica, a saber, en negarse a celebrar el “Santo Qurbana” en la única forma legítima, la forma aprobada por el Santo Padre.

“Que la Santísima Madre en la fiesta de su Asunción al cielo, la mujer que obedeció a la llamada del Señor, los ayude con su ejemplo, con su “Fiat” a tomar la decisión correcta con prontitud”, concluyó.

¿Un católico puede ver "La Casa de los Famosos"?

Al abordar la pregunta de si un católico puede ver "La Casa de los Famosos", es importante analizar el contenido y los mensajes que se transmiten en el programa.

En primer lugar, debemos recordar que como católicos, estamos llamados a vivir según los principios y enseñanzas de la Sagrada Escritura y la Tradición de la Iglesia. La Biblia nos ofrece una guía clara sobre cómo debemos vivir nuestras vidas y cómo debemos interactuar con los demás. En el libro de Romanos 12,2, se nos exhorta a no conformarnos a este mundo, sino a ser transformados por la renovación de nuestra mente, para que podamos discernir cuál es la voluntad de Dios, lo bueno, lo agradable y lo perfecto.

Al evaluar el contenido de "La Casa de los Famosos", es evidente que el programa se centra en la vida y las acciones de celebridades, que a menudo están inmersas en un estilo de vida alejado de los valores cristianos. El énfasis en la fama, el glamour y las relaciones superficiales puede llevar a la promoción de valores mundanos y una mentalidad centrada en el ego y el materialismo.

Además, es importante considerar que muchos reality shows, incluyendo "La Casa de los Famosos", buscan aumentar su audiencia a través del drama, la controversia y la explotación de las emociones humanas, así como de las peleas entre los participantes y los escándalos. Esto puede resultar en situaciones conflictivas y comportamientos poco éticos que no están en línea con los principios cristianos de amor, respeto y dignidad humana.

Como cristianos, debemos ser conscientes de que nuestra elección de entretenimiento puede influir en nuestra forma de pensar y actuar. La Carta de San Pablo a los Filipenses 4,8 nos insta a pensar en todo lo que es verdadero, noble, justo, puro, amable y digno de elogio. Y no creo que sea tan difícil de llegar a la conclusión de que "La Casa de los Famosos" no cumple ni remotamente con estos criterios.

Además, tengo la responsabilidad de advertir sobre cualquier contenido que promueva una agenda contraria a los valores cristianos. En "La Casa de los Famosos" México uno de los personajes centrales del reality y que más apoyo y simpatía a conseguido es "Wendy", un hombre biológico transexual que se "convirtió" en mujer y se asume como tal. Mucho ojo, esto no es un llamado a repudiar a esta persona, que al igual que nosotros está hecha a imagen y semejanza de Dios y a quien como cristianos estamos llamados a amarle con todo nuestro corazón. El problema reside en la utilización e instrumentación que hacen los medios de comunicación de las personas homosexuales o "trans" para promover la normalización de la agenda LGBT y demás estilos de vida y comportamientos que no están en línea con la enseñanza católica.

La Iglesia Católica enseña que el matrimonio es una unión sagrada entre un hombre y una mujer, y que las relaciones sexuales deben estar reservadas para el matrimonio. Si un programa promueve o normaliza comportamientos sexuales fuera del matrimonio o relaciones que no están en línea con la enseñanza católica, entonces como católicos debemos ser cautelosos al exponernos a ese contenido.

No quiero dejar pasar tampoco el dato de que el grupo en este reality que más apoyo y simpatías ha despertado en la audiencia es el llamado "Team Infierno". Podría parecer una tontería sin importancia, pero en realidad nos muestra cómo el mundo siempre nos empuja a "glorificar" lo malo, lo que está asociado con el mal comportamiento, lo irreverente, lo "mal portado". 

En última instancia, cada católico debe discernir bajo la guía del Espíritu Santo qué programas de televisión o entretenimiento son apropiados para ellos. Esto implica reflexionar sobre cómo ese contenido puede afectar nuestra relación con Dios y cómo puede influir en nuestras acciones y valores.

Autor: Padre Ignacio Andrade.


Jesús creó la conexión entre el Purgatorio y la Transubstanciación Eucarística, pero los protestantes no entienden a Jesús.


Los católicos creemos en el purgatorio y la transubstanciación. ¡Y hay una conexión católica entre el purgatorio y la transubstanciación!

~ El Purgatorio ~

Los católicos creen que la Misericordia de Dios proporcionó un estado/lugar para la purificación final de las almas salvas por Cristo pero que murieron con las manchas de algunos pecados leves que no pudieron confesar antes de morir. Este lugar es el purgatorio y existe por la Gracia de Dios y por los Méritos de Cristo en la Cruz, pues es el precio de Su Sangre derramada en la cruz la que purifica a las almas. El purgatorio ha sido creado para la perfección de las almas que se requiere para entrar al cielo.

Aun así, el purgatorio no es un lugar del todo agradable, pues la purificación puede ser penosa. Pero en el purgatorio hay Esperanza. No hay esperanza en el infierno.

Los católicos rezan por las almas que se purifican en el Purgatorio. Nuestras oraciones envían sustento. Son "alimentados" por los "santos fotones" (le podemos llamar así ya que nuestras plegarias les llevan la luz de Cristo) de nuestras oraciones.

Las oraciones por las almas en el Purgatorio les proporcionan "fotones sagrados" que les dan fuerza en su proceso de purificación.

~ Transubstanciación ~

El milagro de la transubstanciación nos permite a los católicos obedecer esta Palabra  de Jesús:

"Si no comes Mi Cuerpo y bebes Mi Sangre, no tienes vida en ti".

¡Jesús habló de comer su Cuerpo y beber Su Sangre catorce veces y aun así los hermanos separados siguen sin creerle al Señor!

Sus discípulos fueron los primeros obispos católicos. Jesús los ordenó con el poder de presidir el milagro de la transubstanciación. Los Obispos y Presbíteros católicos han venido siendo instrumentos del gran milagro de la Transubstanciación en cada Misa desde hace 2000 años en que se celebró la Primera Misa, Presidida por Jesús en la última cena. ¡Y desde entonces los Apóstoles transmitieron esa autoridad a todos sus sucesores, los Obispos, que a su vez la han transmitido hasta los Obispos de nuestros días. ¡La Iglesia católica tiene la autoridad y el poder que Jesús le entregó!

¡Jesús les ordenó! "Hagan esto en memoria de mí".

~ ¡La conexión católica entre el purgatorio y la transubstanciación! ~

¡El poder de Jesús le permite estar presente en cada misa católica! El pan y el vino se transubstancian en su Cuerpo y Sangre. ¿Cómo? ¡"Santos fotones"! El pan y el vino se convierten en la esencia o sustancia de Jesús.

Describimos toscamente cómo tiene lugar esa transformación milagrosa: ¡"fotones sagrados"!

¡Los protestantes saben que estamos "hechos a imagen de Dios"! Los católicos vemos más allá. ¡La comunión nos permite tener El Cuerpo y la Sangre de Jesús en nosotros! ¡No estamos simplemente "hechos a imagen de Dios" ¡Dios se ha convertido en parte de nosotros! ¡Nos hemos convertido en parte de Él!

¡Ya que "nos convertimos en Jesús", estamos facultados para presidir nuestros propios "mini-milagros"! ¡Somos capaces de enviar nuestros "Fotones Sagrados" a los pozos del Purgatorio! "Alimentamos" a nuestros amados hermanos con los "santos fotones" que Jesús ha puesto en nosotros en cada Eucaristía.

~

Los protestantes no creen en el purgatorio o la transubstanciación. Los católicos sí. Los protestantes aun no le creen o no le entienden a Jesús en este punto. Los católicos sí le creemos al Señor.

¡Los católicos sí vemos por qué Jesús repitió: "Si no comes Mi Cuerpo y no bebes Mi Sangre, no tienes vida en ti" catorce veces!

San Pedro como cabeza de los apóstoles en los Concilios de Éfeso y Calcedonia.

 

Por: Alejandro Hincapie.

San Pedro como la roca, príncipe y cabeza de los Apóstoles, en los concilios ecuménicos de Éfeso y Calcedonia.

Concilio de Éfeso, del año 431.

Concilio de Calcedonia, del año 451.

Hace unos meses cuando estaba apunto de llegar a mi decisión final sobre regresar a la fe Católica, alguien recién convertido a la fe Ortodoxa, me dijo que el Patriarcado de Roma tenía un anatema por parte de los Ortodoxos por haber añadido la cláusula Filioque al credo expuesto en el Concilio de Constantinopla I. (Hay que hacer notar que bajo la perceptiva Ortodoxa todas las comunidades Protestantes llevan ese anatema).

Para todos los que se quieren esconder bajo las faldas de la Iglesia Ortodoxa para echarle tierra a la Iglesia Católica, les hago la siguiente pregunta:

¿Si la Iglesia Ortodoxa se considera "la Iglesia de los siete concilios", por qué han quitado de su fe la creencia de que san Pedro es la roca y fundación de la Iglesia Católica, y la fundación de la fe ortodoxa? ¿Por qué el "Primus inter pares", se lo han quitado al príncipe y cabeza de los Apóstoles, y se lo otorgaron a san Andrés (Patriarcado de Constatinopla)?

Si realmente estuvieran tan apegados a la fe de los concilios ecuménicos deberían volver a la fe de esos concilios, aceptando a san Pedro como roca y fundación de la Iglesia Católica, y la fundación DE LA FE ORTODOXA.

Si la cuestión es persistir en estar separados del Obispo de Roma, entonces el "Primus inter pares" debería tenerlo el Obispo de Antioquia, este dentro de los Ortodoxos es el único que puede ser llamado "Primero entre iguales", después de Roma es el que cuenta con sucesión por san Pedro. 

“A nadie es dudoso, antes bien, por todos los siglos fue conocido que el santo y muy bienaventurado Pedro, príncipe y cabeza de los Apóstoles, columna de la fe y fundamento de la Iglesia Católica, recibió las llaves del reino de manos de nuestro Señor Jesucristo, salvador y redentor de género humano, y a él le ha sido dada potestad de atar y desatar los pecados; y él, en sus sucesores, vive y juzga hasta el presente y siempre” (Concilio de Éfeso, 431. Discurso de Felipe, Legado del Romano Pontífice, en la sesión III)

“Porque el santísimo y bienaventurado León, arzobispo de la gran y antigua Roma, a través de nosotros, y a través del presente Sacrosanto Sínodo, junto con el tres veces bienaventurado y todo glorioso Pedro, el Apóstol que es la roca y fundación de la Iglesia Católica, y la fundación de la fe ortodoxa...” (Concilio de Calcedonia, Actas del Concilio, Sesión 3)

En Resumen:

La Iglesia Ortodoxa dejó a un lado la fe de los concilios con respecto a san Pedro como la roca y el estatus de honor que Cristo le dio a san Pedro, se lo quitaron a sus sucesores y se lo dieron a los sucesores de san Andres.

¡Los ortodoxos no tienen ninguna autoridad para promulgar anatemas!

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