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Los Sacramentos se componen de Materia y Forma, ¿qué son cada una? El Sacerdote te lo explica.


Materia y Forma en los Sacramentos: Una Explicación Detallada

Los sacramentos son pilares fundamentales en la vida de la Iglesia Católica, instituidos por Cristo para conferir la gracia a los creyentes. Cada uno de ellos está compuesto por dos elementos esenciales: la materia y la forma. Entender estos conceptos nos ayuda a apreciar más profundamente el significado y la eficacia de los sacramentos.

¿Qué son la Materia y la Forma?

Materia y forma son términos teológicos que describen los componentes esenciales de los sacramentos:

  • Materia: Se refiere a los elementos físicos o sensibles utilizados en el sacramento. Estos son los signos visibles que Dios utiliza para comunicarnos su gracia.
  • Forma: Consiste en las palabras y gestos específicos prescritos para cada sacramento. Es la oración o fórmula que acompaña a la materia, conferida por el ministro del sacramento.

Para cada sacramento, la combinación adecuada de materia y forma es necesaria para su validez.

La Materia y Forma de Cada Sacramento

Veamos cómo se aplican estos conceptos a cada uno de los siete sacramentos:

1. Bautismo

  • Materia: Agua.
  • Forma: La fórmula trinitaria: "Yo te bautizo en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo" (cf. Mateo 28,19).

El agua simboliza la purificación y el nuevo nacimiento en Cristo. Las palabras pronunciadas por el ministro confieren el Espíritu Santo y la gracia del bautismo.

2. Confirmación

  • Materia: Santo Crisma (aceite consagrado).
  • Forma: Las palabras: "Recibe por esta señal el don del Espíritu Santo".

El Santo Crisma, ungido por el obispo, simboliza la fuerza y la bendición del Espíritu Santo. La forma invoca al Espíritu Santo para fortalecer al confirmado.

3. Eucaristía

  • Materia: Pan de trigo y vino de uva.
  • Forma: Las palabras de la consagración pronunciadas por el sacerdote: "Esto es mi Cuerpo... Esta es mi Sangre..." (cf. Mateo 26,26-28; Marcos 14,22-24; Lucas 22,19-20; 1 Corintios 11,24-25).

El pan y el vino se transforman en el Cuerpo y la Sangre de Cristo mediante la consagración, que es el acto central de la Misa.

4. Penitencia (Reconciliación)

  • Materia: Los actos del penitente (contrición, confesión y satisfacción).
  • Forma: Las palabras de absolución pronunciadas por el sacerdote: "Yo te absuelvo de tus pecados en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo".

La contrición, confesión y satisfacción del penitente son los signos visibles de su arrepentimiento, y las palabras del sacerdote otorgan el perdón de Dios.

5. Unción de los Enfermos

  • Materia: Óleo de los enfermos (aceite consagrado).
  • Forma: Las palabras de la oración de unción: "Por esta santa unción y por su bondadosa misericordia, el Señor te asista con la gracia del Espíritu Santo".

El aceite simboliza la sanación y la fuerza del Espíritu Santo, mientras que la oración invoca la gracia de Dios para la curación del cuerpo y del alma.

6. Orden Sacerdotal

  • Materia: La imposición de las manos por el obispo.
  • Forma: Las palabras específicas de la oración consagratoria según el grado de la ordenación (diaconado, presbiterado, episcopado).

La imposición de manos transmite el Espíritu Santo y el poder sacramental del orden, mientras que la oración consagratoria confiere el ministerio específico.

7. Matrimonio

  • Materia: Los esposos (el hombre y la mujer) que se entregan mutuamente en matrimonio.
  • Forma: Las palabras del consentimiento matrimonial: "Yo, (nombre), te recibo a ti, (nombre), como esposo/a, y prometo serte fiel en la prosperidad y en la adversidad, en la salud y en la enfermedad, y así amarte y respetarte todos los días de mi vida".

El consentimiento matrimonial, libremente dado y recibido, es el signo visible de la unión de los esposos, y las palabras expresan el compromiso y la alianza matrimonial.

La Importancia de la Materia y Forma

La correcta materia y forma aseguran que los sacramentos no solo sean signos, sino también canales eficaces de la gracia divina. Según el Catecismo de la Iglesia Católica (CIC 1128), "los sacramentos actúan ex opere operato ('por el hecho de ser realizados'), es decir, por la misma acción sacramental, sin que sea necesaria la disposición personal del ministro o del receptor."

Sin embargo, también es crucial la intención del ministro. El sacerdote o el ministro del sacramento debe tener la intención de hacer lo que hace la Iglesia. Sin esta intención, el sacramento no sería válido.

La Gracia Sacramental

Cada sacramento confiere una gracia específica:

  • Bautismo: Gracia de la regeneración y la incorporación a Cristo y a su Iglesia.
  • Confirmación: Gracia del fortalecimiento del Espíritu Santo.
  • Eucaristía: Gracia de la unión más íntima con Cristo y la comunidad.
  • Penitencia: Gracia del perdón y la reconciliación con Dios y la Iglesia.
  • Unción de los Enfermos: Gracia de fortaleza, paz y ánimo para superar las dificultades propias de la enfermedad grave o la vejez.
  • Orden Sacerdotal: Gracia de la consagración para el ministerio pastoral y el servicio a la comunidad.
  • Matrimonio: Gracia de la unión y el amor para vivir la alianza matrimonial como signo del amor entre Cristo y su Iglesia, para la santificación de los esposos y la sabiduría para educar a los hijos en la fe cristiana.

Conclusión

Los sacramentos son más que ritos; son encuentros reales con Cristo que transforman nuestra vida. La materia y la forma son elementos esenciales que aseguran la autenticidad y la eficacia de estos encuentros sagrados. Al recibir los sacramentos con fe, abrimos nuestro corazón a la abundancia de la gracia divina que nos fortalece en nuestro camino hacia la santidad.

Referencias

  • Catecismo de la Iglesia Católica (CIC 1128)
  • Biblia: Mateo 28,19; Mateo 26,26-28; Marcos 14,22-24; Lucas 22,19-20; 1 Corintios 11,24-25

Al entender mejor la materia y la forma de los sacramentos, podemos participar en ellos con mayor reverencia y gratitud, sabiendo que cada sacramento es un don precioso de Dios para nuestra salvación y santificación.

Autor de este trabajo: Padre Ignacio Andrade.

Fernando Casanova se sigue apartando de la Fe Católica: Afirma que solo existen dos Sacramentos y los demás son "inventos" para "controlar" y "manipular".


Fernando Casanova, el famoso y muy reconocido predicador católico, ha causado un gran revuelo con su reciente publicación en Facebook, donde afirmó que solo existen dos sacramentos y que los demás son "inventos" para "controlar" y "manipular". Esta declaración contradice directamente el dogma católico, que enseña que Jesús instituyó siete sacramentos y no solo dos.

Casanova es conocido por ser uno de los predicadores laicos más famosos de habla hispana. Alcanzó gran popularidad y respeto entre los católicos de todo el continente gracias a su impactante testimonio de conversión a mediados de los años 2000. En ese periodo, explicó cómo pasó de ser un pastor evangélico protestante a un ferviente católico comprometido. Su testimonio fue difundido por la cadena católica EWTN y ha sido visto millones de veces, inspirando a muchos por su relato sobre cómo llegó a creer que la fe católica es la verdadera y que la Iglesia católica es la única fundada por Jesucristo, luego de haber sido pastor pentecostal.

En los últimos años, sin embargo, Casanova ha adoptado posturas cada vez más críticas hacia el papado de Francisco, mostrando una inclinación hacia posturas sedevacantistas y hacia el ultra-tradicionalismo católico. Estos movimientos se caracterizan por su fuerte oposición al Concilio Vaticano II y al supuesto "modernismo" del que acusan al Papa Francisco. Desde sus cuentas oficiales Casanova ha atacado duramente al Papa y lo acusa de cobijar a representantes del "lobby LGBT" en la Iglesia como el Sacerdote James Martin

Y aunque Casanova ha sido un crítico severo del Papa y de lo que él considera "abusos litúrgicos" en las Misas de "novus ordo", nunca había llegado al extremo de defender una posición tan contraria a las enseñanzas de la Iglesia como negar cinco de los Sacramentos.

En su publicación de Facebook, Casanova escribió: 

"Solo existen 2 Sacramentos. 1. El santo Bautismo. 2. La sacrosanta presencia del Señor en la Eucaristía. Todo lo demás se lo han inventado para controlarte y manipularte." 


Esta declaración ha generado una oleada de comentarios entre sus seguidores. Algunos han señalado que su afirmación es idéntica a la doctrina reformada calvinista, que también sostiene que solo existen dos sacramentos: el bautismo y la Eucaristía. Esto ha llevado a muchos a pensar que Casanova está alejándose del catolicismo y acercándose nuevamente al protestantismo poco a poco.

La nueva posición de Casanova resulta especialmente extraña, ya que una parte sumamente importante de su testimonio de conversión, y una de las más conmovedoras para los católicos, era cuando explicaba cómo comprendió el Sacramento de la Reconciliación. Relataba con emoción su primera confesión con un sacerdote, destacando este momento como crucial en su camino hacia la fe católica. Ahora, sin embargo, parece negar la validez de dicho sacramento, lo que ha generado aún más confusión y consternación entre sus seguidores.

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También te puede interesar leer: Respuesta de un Sacerdote a Fernando Casanova: Estás completamente equivocado, Jesús instituyó SIETE Sacramentos y no solo dos

¿Cómo puedo ayudar a un amigo en las drogas a acercarse a Dios y a la Iglesia?


¡Qué maravilloso que quieras ayudar a tu amigo que está lidiando con problemas de drogas a acercarse a Dios y a la Iglesia! Tu deseo de acompañarlo en este camino es realmente admirable y demuestra tu amor y preocupación genuinos por su bienestar espiritual y emocional. ¡Vamos a hablar de cómo puedes hacerlo de una manera amena y esperanzadora!

Primero que nada, recuerda la importancia de ser un amigo comprensivo y sin juicio. La persona que lucha con problemas de drogas puede sentirse vulnerable y avergonzada, por lo que tu apoyo y amor incondicional serán cruciales. La Biblia nos enseña sobre la importancia de amar y cuidar a los demás, incluso cuando están pasando por momentos difíciles. Como dice en 1 Juan 4,11, "Amados, si Dios nos ha amado así, también nosotros debemos amarnos unos a otros".

Una forma excelente de comenzar es ofrecer una oreja atenta y un corazón compasivo. Anímale a compartir sus pensamientos y sentimientos contigo, y escúchale sin juzgar. La amistad genuina es un reflejo del amor de Dios por nosotros. Recuerda las palabras de Proverbios 17,17: "En todo tiempo ama el amigo, y es como un hermano en tiempo de angustia".

Además, invita a tu amigo a orar contigo. La oración es un puente poderoso para conectarnos con Dios y encontrar consuelo en tiempos de dificultad. Puedes sugerir momentos de oración juntos, ya sea en persona o incluso virtualmente. Jesús nos enseñó sobre la importancia de la oración en Mateo 18,20, "Porque donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos".

Ahora, en lo que respecta a acercarlo a la Iglesia, es esencial transmitirle el mensaje de esperanza y sanación que ofrece la comunidad cristiana. La Iglesia es un lugar donde se puede encontrar apoyo espiritual, amistad y guía en momentos difíciles. Puedes compartir con tu amigo sobre las enseñanzas del Catecismo de la Iglesia Católica que nos hablan de la importancia de la comunidad y la ayuda mutua. Por ejemplo, el párrafo 2444 dice: "El amor y el servicio a los demás constituyen la vía fundamental de la vocación del cristiano".

Si tu amigo se siente cómodo, podrían asistir juntos a la misa o a algún evento de la parroquia. La misa es un lugar de encuentro con Dios y con otros creyentes, donde podemos recibir la gracia a través de la Eucaristía. Puedes invitarlo a acompañarte y explicarle en términos sencillos la liturgia y el significado de lo que ocurre en la Misa. También puedes explorar oportunidades de voluntariado juntos, ya que servir a los demás es una excelente manera de vivir la fe. Como nos recuerda el Papa Francisco, "servir a los demás es una expresión concreta del amor y de la solidaridad que Jesús nos ha enseñado".

Además, podría ser útil recomendarle algún grupo de apoyo en la Iglesia que se enfoque en personas que están superando problemas similares. Estos grupos pueden brindar un espacio seguro donde puedan compartir sus experiencias, recibir consejos prácticos y encontrar apoyo en su viaje hacia la sanación. Al respecto, la carta de Santiago nos anima en el capítulo 5, versículo 16: "Confesaos, pues, vuestros pecados unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados".

Recuerda también la importancia de la paciencia. El camino de la recuperación y el acercamiento a Dios puede ser un proceso gradual. No te desanimes si no ves resultados inmediatos. La semilla de la fe que plantes puede tardar en crecer, pero con amor y cuidado, puede dar frutos hermosos.

Quiero destacar que el viaje de tu amigo hacia Dios y la Iglesia es personal. No lo fuerces ni lo presiones. Mantén una actitud respetuosa y sensible a sus necesidades. Como nos enseña San Agustín, "La caridad consiste en que cada uno ame en el otro lo que él mismo ama en sí mismo".

¡Que Dios te bendiga en esta noble tarea de acompañar a otros en su encuentro con Él!

Autor: Padre Ignacio Andrade.

¿Los sacerdotes también se confiesan?


Te puedo asegurar que sí, los sacerdotes también nos confesamos. Aunque a veces pueda parecer que llevamos una vida intachable, todos somos seres humanos y también cometemos errores y pecados.

La confesión es un sacramento muy importante en nuestra fe católica. Nos permite reconciliarnos con Dios y con nuestra comunidad, y recibir el perdón y la gracia divina. A través de la confesión, reconocemos nuestros pecados, nos arrepentimos sinceramente de ellos y buscamos enmendar nuestras acciones. Además, recibimos el consejo y la absolución del sacerdote, quien actúa en el nombre de Cristo.

La confesión nos ayuda a crecer espiritualmente y a fortalecer nuestra relación con Dios. Incluso Jesús mismo nos enseñó sobre la importancia de confesar nuestros pecados cuando dijo en Mateo 4,17: "Arrepiéntanse, porque el reino de los cielos está cerca". También en el Evangelio de Juan 20,23, Jesús le dice a sus discípulos: "A quienes les perdonen los pecados, les serán perdonados; a quienes se los retengan, les serán retenidos".

La tradición de los sacerdotes confesándose se remonta a los primeros siglos del cristianismo. En la patrística, encontramos numerosos escritos de los Padres de la Iglesia que hablan sobre la importancia de la confesión y el papel del sacerdote como ministro de este sacramento. San Agustín, por ejemplo, escribió en su obra "Confesiones" sobre su propia experiencia de confesión y cómo esto le ayudó a encontrar la paz y el perdón de Dios.

El Catecismo de la Iglesia Católica también nos habla sobre la confesión y la importancia de que los sacerdotes se confiesen. En el párrafo 1465, se menciona: "En virtud de su ministerio, representan a Cristo, Sumo y Eterno Sacerdote, y actúan en su nombre cuando, en virtud del poder que él les confió, perdonan los pecados en el sacramento de la penitencia".

Es importante destacar que los sacerdotes también son seres humanos y están sujetos a las tentaciones y debilidades propias de nuestra condición. Aunque hemos sido llamados a servir a Dios y a la comunidad, también necesitamos recibir el perdón y la gracia divina. La confesión nos permite humillarnos ante Dios y reconocer nuestras propias limitaciones.

Así que sí, los sacerdotes también se confiesan. Al igual que cualquier otro fiel, necesitamos acercarnos al sacramento de la reconciliación para recibir el perdón y la misericordia de Dios. No somos perfectos, pero a través de la confesión buscamos crecer espiritualmente y ser mejores ministros para nuestra comunidad.

Espero que esta respuesta te haya sido útil, hijo mío. Recuerda siempre que Dios está dispuesto a perdonarnos y acogernos con amor incondicional. No importa cuán grande sea nuestro pecado, siempre podemos encontrar la paz y el perdón en el sacramento de la confesión. ¡Que Dios te bendiga y te acompañe en tu camino espiritual!

Autor: Padre Ignacio Andrade.

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¿Ya conoces estos libros católicos?

Los confirmados son soldados de Cristo.

 

 

Por: Padre Michael Van Sloun

Cuando recibí el sacramento de la confirmación hace mucho tiempo, los dominicos de Sinsinawa me enseñaron que sería un soldado de Cristo. Es una imagen antigua que data de la Iglesia primitiva. Fue mencionado por San Cirilo de Jerusalén en 350 d.C. y el Concilio de Trento en el siglo XVI, pero no se menciona mucho en estos días, posiblemente debido a sus connotaciones militaristas. Los principios que subyacen a estas imágenes son esclarecedores y formativos.

Los soldados no luchan solos, sino en concierto con otros soldados como parte de una fuerza de combate de élite. Los confirmados se dan cuenta de que hay fuerza en los números, se convierten en miembros del Ejército de la Luz, funcionan como una unidad, trabajan juntos para llevar a cabo su misión y protegerse mutuamente.

Los soldados tienen un comandante en jefe y oficiales superiores, y obedecen sus órdenes. Los confirmados tienen un comandante supremo, Dios todopoderoso, y obedecen completa y diligentemente la voluntad de Dios. Tienen superiores religiosos, el colegio de obispos, y obedecen su magisterio, así como los obispos locales, y cumplen con sus mandatos e instrucciones.

Cuando los soldados se unen al ejército, entran en "el servicio". El modelo confirmado de sus vidas en Jesús, quien vino a servir. Pasan sus vidas sirviendo a Dios sirviendo a sus vecinos, particularmente a los miembros de su familia, pero también en sus parroquias y escuelas, la comunidad en general y para el mejoramiento de la sociedad. Los confirmados gravitan hacia las profesiones de servicio.

Los soldados comienzan con un entrenamiento básico, un intenso período preliminar de simulacros y ejercicios para ganar fortaleza mental y fuerza física para prepararse para los desafíos que se avecinan. Los confirmados adquieren una sólida mentalidad espiritual con la oración personal, la Misa y los sacramentos, retiros y lecturas espirituales, y se disciplinan a través de la práctica de las virtudes.

Los soldados se arman con el mejor armamento posible. Los confirmados se arman de la Palabra de Dios, la gracia divina, la oración, los dones y frutos del Espíritu Santo y la inspiración de la vida de los santos. Están protegidos por sus ángeles guardianes y sus santos patrones.

Los soldados están en alerta máxima, en un estado constante de preparación y listos para entrar en acción en cualquier momento. Los confirmados son sobrios y vigilantes, alertas y en guardia, continuamente en el estado de gracia, y actúan rápidamente para defender la verdad y hacer lo correcto.

Los soldados luchan con coraje y valentía, están dispuestos a sufrir, consideran impensable la rendición y están dispuestos a dar la vida por su país. El modelo confirmado en sí mismo en Jesús que sufrió y murió por nosotros, y está dispuesto a sufrir por los demás. Los confirmados abrazan las penurias, se sacrifican y se mantienen fieles hasta el final, incluso hasta la muerte.

Los soldados van al campo de batalla para llevar a cabo una misión u objetivo específico. Los confirmados van al mundo para dar a conocer y amar el nombre de Jesús, dar testimonio heroico, difundir y defender la fe.

Los soldados luchan con determinación contra su oponente. La lucha confirmada con valor contra el enemigo, el diablo, la tentación y las fuerzas del mal en el mundo. También participan plenamente en la batalla encarnizada para conquistar las inclinaciones pecaminosas en sus propias mentes y corazones.

Los soldados son fuerzas de paz: restauran y mantienen la paz. Los confirmados detienen las hostilidades, traen la calma, establecen la comunicación, efectúan la reconciliación, reparan los daños, generan respeto mutuo, defienden el bien común y fomentan la armonía y la cooperación.

El padre Van Sloun es párroco de San Bartolomé en Wayzata.

Pro-vocando: 'Ex opere operato' y 'ex opere operantis'


Aunque el italiano se consolida cada vez más como el idioma eclesiástico -a los obispos que no estudiaron en Roma se les sugiere aprender la lengua de Dante Alighieri-, todavía quedan muchos aforismos latinos que explican la teología católica. Dos de ellos son ‘ex opere operato’ y ‘ex opere operantis’.

El primero, ‘por obra de lo obrado’ o, como afirma el Catecismo de la Iglesia Católica (CIC), número 1128: “por el hecho mismo de que la acción es realizada”, indica el carácter objetivo de los sacramentos: independientemente de las cualidades morales de quien los administra o recibe, estos son válidos.

El segundo, ‘por la acción de quien actúa’, enfatiza el elemento subjetivo del proceso: las disposiciones interiores de quien recibe el sacramento, para evitar que éste se convierta en un simple acto de magia. A mejores intenciones, mayores frutos.

Un penitente que, por ejemplo, es absuelto de sus faltas por un sacerdote que no está en gracia, es decir, que tiene un pecado mortal, no obstante esa situación del ministro, queda perdonado el feligrés. En el segundo caso: ¿qué pensar de una pareja que recibe el sacramento del matrimonio, gracias al intercambio de su consentimiento, pero que no valora la gracia sacramental?

Tal disquisición semántica, que podría parecer una cuestión más bien bizantina, ha dado pie hasta bromas: unos esposos se enteraron de que el presbítero que fue testigo de su unión dejó el ministerio. Con una sonrisa pícara el señor preguntó: ¿entonces ya no estamos casados?

Durante mucho tiempo los fieles, con un respeto que rayaba en la ceguera espiritual, acudían al ‘ex opere operato’ para justificar las deficiencias de los curas. Si éstos celebraban las misas con prisa, si no preparaban sus sermones, si eran enojones y groseros, no importaba, con tal de que consagraran para poder comulgar.

Hoy ya no es así. No pocos feligreses exigen de sus pastores capacidad y talento, energía y fortaleza, creatividad e innovación, sensibilidad y misericordia, casi perfección, pues, amén de una vida personal intachable y congruente.

El ‘ex opere operantis’ adquiere, entonces, una nueva dimensión: ya no se reduce a la disponibilidad del sujeto receptor de un sacramento, sino a la exigencia de calidad absoluta, y mejora continua, en los clérigos administradores de la gracia.

Me parece muy bien, y me da mucho gusto que este ministerio sea llamado a vivirse con excelencia, aún sin recibir compensaciones a cambio de ningún tipo.

Pro-vocación

Nueva desilusión para los enemigos -cada vez más, por cierto- de Francisco de Roma. Se ha recuperado de la intervención quirúrgica, otra, a la que fue sometido esta semana pasada. Pero no pierden la esperanza: llegará el día, y falta cada vez menos, en que renuncie o fallezca, y confían en que su sucesor dé marcha atrás a este proceso renovador que inició el Papa argentino, y que no logra consolidarse todavía. Veremos qué dice el Espíritu Santo.

Autor: Padre José Francisco Gómez Hinojosa.

Fuente: https://www.vidanuevadigital.com/

Increíble testimonio: De las garras de la droga a los brazos amoroso de Cristo, gracias a un Sacerdote.


Esta es la historia de Alejandro, cuya vida había sido sumida en las sombras más oscuras de la adicción a las drogas. Arrastrado por las garras de la desesperación y el sufrimiento, Alejandro se encontraba en un callejón sin salida, con su alma y su cuerpo consumidos por la dependencia.

Un día, mientras deambulaba por las calles en busca de su próxima dosis, Alejandro se topó con una pequeña iglesia en un rincón olvidado de la ciudad. Sintió una extraña atracción hacia el lugar y decidió entrar, aunque sin esperar nada en particular.

Dentro de la iglesia, se encontró con el padre Juan, un sacerdote amable y compasivo que dedica su vida a ayudar a los más necesitados. El padre Juan, quien había escuchado y visto las historias más trágicas, supo de inmediato que Alejandro necesitaba desesperadamente una guía espiritual.

El padre Juan acogió a Alejandro con los brazos abiertos y le ofreció una silla junto a él en el confesionario. Escuchó atentamente mientras Alejandro compartía su dolor, su lucha contra las drogas y cómo su vida se había convertido en una espiral descendente. El padre Juan vio en Alejandro la chispa de esperanza que aún permanecía dentro de su corazón y supo que, con la gracia de Dios, había una oportunidad de redención para él.

A lo largo de las semanas y los meses que siguieron, el padre Juan se convirtió en un faro de luz y amor para Alejandro. Lo guió hacia la oración, la meditación y el estudio de la Palabra de Dios. Juntos, dedicaron horas interminables a conversar sobre la fe, la esperanza y el amor de Cristo.

El padre Juan también involucró a la comunidad parroquial en la transformación de Alejandro. Los miembros de la iglesia se unieron para ofrecer su apoyo, oraciones y amistad incondicional. Con su ayuda, Alejandro comenzó a asistir a reuniones de grupos de apoyo y programas de rehabilitación, donde encontró fuerza en la compañía de otras personas que también luchaban contra las adicciones.

A medida que Alejandro se sumergía cada vez más en su fe, comenzó a experimentar una paz y una alegría que nunca había conocido antes. Las cadenas de la adicción fueron desenredadas lentamente de su vida y fue sanado tanto física como espiritualmente.

Finalmente, el día llegó cuando Alejandro decidió dar un paso audaz y profundo: se arrodilló en el altar de la iglesia y entregó su vida a Cristo. Llorando lágrimas de gratitud y redención, Alejandro sintió cómo la carga de su pasado se levantaba de sus hombros, y supo que había encontrado un nuevo propósito en su vida.

Después de su conversión, Alejandro sintió un profundo llamado a profundizar aún más en su fe católica y a recibir los sacramentos de iniciación. El padre Juan, como su guía espiritual, lo acompañó en este camino de preparación.

La primera etapa fue la recepción del sacramento del Bautismo. Alejandro fue invitado a participar en clases de catecismo, donde aprendió sobre los fundamentos de la fe católica, los sacramentos y la vida de Jesús. El padre Juan fue su maestro y lo guió a través de las enseñanzas y los ritos bautismales. Finalmente, llegó el día en que Alejandro recibió el agua bautismal, siendo purificado de sus pecados y recibiendo el don del Espíritu Santo.

Después del Bautismo, Alejandro se preparó para recibir el sacramento de la Confirmación. Participó en un programa de formación en la parroquia, donde profundizó en su comprensión del Espíritu Santo y su papel en la vida de un cristiano. Alejandro también eligió un padrino, un miembro de la comunidad parroquial que lo acompañó en su camino de fe y lo inspiró con su ejemplo.

El día de su Confirmación fue una ocasión especial. Alejandro se presentó ante el obispo de la diócesis, quien impuso sus manos sobre él y le dio el don del Espíritu Santo. Fue un momento de fortaleza y renovación espiritual en la vida de Alejandro, cuando recibió la gracia para llevar adelante su misión de compartir el amor de Cristo con los demás.

Por último, Alejandro se preparó para recibir el sacramento de la Eucaristía, la comunión con el Cuerpo y la Sangre de Cristo. Participó en clases de catequesis sobre la Santa Misa y la importancia de la Eucaristía en la vida de un creyente. El padre Juan lo instruyó sobre la reverencia y el amor que se deben tener al recibir a Jesús en la Sagrada Comunión.

Finalmente, llegó el día en que Alejandro se acercó al altar, junto con otros fieles, para recibir la Eucaristía por primera vez. Con profunda humildad y gratitud, Alejandro recibió el Cuerpo y la Sangre de Cristo, experimentando una profunda unión con su Señor y Salvador.

Desde ese momento en adelante, Alejandro continuó participando activamente en la vida de la Iglesia. Se convirtió en un lector durante las misas y también se unió a diferentes ministerios de servicio en su parroquia, ayudando a los necesitados y compartiendo el mensaje de esperanza que encontró en Cristo.

La historia de Alejandro se convirtió en un testimonio viviente del poder transformador de la fe y el amor de Cristo. Su conversión y su encuentro con los sacramentos de iniciación no solo transformaron su vida, sino que también inspiraron a muchos otros a buscar la redención y la paz en sus propias vidas. Alejandro se convirtió en un faro de luz y esperanza, recordando a todos que siempre hay una segunda oportunidad cuando nos abrimos al amor y la gracia de Dios.

Autor: Padre Ignacio Andrade.

¿Qué son los sacramentos en la Iglesia católica? ¿Son bíblicos?


Los sacramentos son una parte esencial de la vida de la Iglesia Católica. Son siete en total: el bautismo, la confirmación, la Eucaristía, la penitencia, la unción de los enfermos, el matrimonio y el orden sacerdotal. Cada sacramento es un signo visible y eficaz de la gracia de Dios, que se ofrece a los fieles a través de la Iglesia.

La palabra "sacramento" viene del latín sacramentum, que significa "hecho sagrado". En la teología católica, los sacramentos son considerados como los medios por los cuales Dios se acerca a los seres humanos y los santifica. En otras palabras, son los canales por los cuales la gracia divina fluye hacia los fieles.

El primer sacramento es el bautismo, que es el rito de iniciación en la Iglesia Católica. En el bautismo, una persona es sumergida en agua o se le rocía con agua y se le unge con aceite sagrado. Este sacramento es la puerta de entrada a la vida cristiana y simboliza la muerte y la resurrección de Jesús. A través del bautismo, los fieles son purificados del pecado original y se convierten en miembros de la comunidad cristiana.

El segundo sacramento es la confirmación, que se recibe después del bautismo. En la confirmación, se recibe la fuerza del Espíritu Santo y se renueva la alianza con Dios. Los fieles reciben la imposición de manos y son ungidos con aceite sagrado por un obispo o un sacerdote. Este sacramento fortalece la fe y ayuda a los fieles a ser testigos de Cristo en el mundo.

El tercer sacramento es la Eucaristía, que es el sacramento del Cuerpo y la Sangre de Cristo. En la Eucaristía, los fieles reciben el pan y el vino consagrados, que se convierten en el cuerpo y la sangre de Cristo. Este sacramento es el centro de la vida cristiana y simboliza la unión con Cristo y con la comunidad cristiana.

El cuarto sacramento es la penitencia, que es el sacramento de la reconciliación. En la penitencia, los fieles confiesan sus pecados a un sacerdote y reciben el perdón de Dios a través de la absolución. Este sacramento ayuda a los fieles a reconocer sus pecados y a crecer en la virtud de la humildad.

El quinto sacramento es la unción de los enfermos, que es el sacramento de la sanación. En la unción de los enfermos, los fieles enfermos reciben la imposición de manos y la unción con aceite sagrado. Este sacramento ayuda a los fieles a encontrar la fuerza y el consuelo en momentos de enfermedad y sufrimiento.

El sexto sacramento es el matrimonio, que es el sacramento del amor conyugal. En el matrimonio, un hombre y una mujer se unen en una alianza sagrada y se comprometen a amarse y a cuidarse mutuamente. Este sacramento simboliza el amor de Cristo por la Iglesia y ayuda a los fieles a crecer en el amor y la fidelidad.

séptimo sacramento es el orden sacerdotal, que es el sacramento del servicio. En el orden sacerdotal, los hombres son ordenados como sacerdotes, diáconos o obispos y se les confiere el poder de administrar los sacramentos y de enseñar la fe. Este sacramento simboliza el llamado de Dios a servir a la Iglesia y a los demás y ayuda a los fieles a encontrar la guía espiritual necesaria para su camino de fe.

Cada sacramento tiene una serie de ritos y gestos simbólicos que los fieles deben realizar para recibir la gracia divina. Además, cada sacramento tiene un efecto particular en la vida espiritual de los fieles. Por ejemplo, el bautismo y la confirmación ayudan a los fieles a fortalecer su fe y a crecer en la comunidad cristiana, mientras que la Eucaristía les da la fuerza necesaria para vivir su fe en el mundo.

Los sacramentos son considerados por la Iglesia Católica como un regalo de Dios a los fieles y, por lo tanto, se deben recibir con respeto y devoción. Los fieles deben prepararse adecuadamente antes de recibir cualquier sacramento, a través de la oración y la reflexión sobre su vida espiritual. Además, los fieles deben mantener una vida de fe y virtud después de recibir los sacramentos, para poder crecer en su relación con Dios y con los demás.

En resumen, los sacramentos son una parte esencial de la vida de la Iglesia Católica. Son siete en total y cada uno tiene un efecto particular en la vida espiritual de los fieles. A través de los sacramentos, los fieles pueden recibir la gracia divina y crecer en su relación con Dios y con la comunidad cristiana.

¿Son bíblicos los Sacramentos?

La idea de los sacramentos en la Iglesia Católica se basa en la Biblia y en la tradición cristiana. Aunque la palabra "sacramento" no aparece explícitamente en la Biblia, los fundamentos teológicos de los sacramentos se encuentran en la Escritura.

Por ejemplo, el sacramento del bautismo se encuentra en varios pasajes de la Biblia, como en el relato del bautismo de Jesús en el río Jordán (Mateo 3:13-17) y en la Gran Comisión de Jesús a sus discípulos para que bauticen a todas las naciones (Mateo 28:19). La Eucaristía se basa en la última cena de Jesús con sus discípulos, donde compartió pan y vino con ellos y les dijo que hicieran esto en memoria de él (Lucas 22:19-20). La confirmación, el sacramento de la penitencia y la reconciliación, la unción de los enfermos y el orden sacerdotal también se basan en la Biblia y en la tradición cristiana.

Además, los sacramentos son una expresión de la fe y de la vida espiritual de la Iglesia Católica, que se han desarrollado a lo largo de la historia y han sido transmitidos a través de la enseñanza y la práctica de la Iglesia. Los sacramentos son una forma de vivir y experimentar la gracia divina en la vida de los fieles y de unirse a la comunidad cristiana en su peregrinación hacia Dios.

En conclusión, aunque la palabra "sacramento" no aparece en la Biblia, los sacramentos tienen sus raíces en la Escritura y en la tradición cristiana. Los sacramentos son una forma importante en la que los fieles católicos pueden experimentar la gracia divina en sus vidas y unirse a la comunidad cristiana en su peregrinación hacia Dios.

¿Se puede ir a las misas de los 'lefebvristas'? Puntos a tener en cuenta si estás pensando en acudir.



Son varias las veces que hemos recibido consultas acerca de la validez y licitud de ciertos sacramentos administrados por la Fraternidad Sacerdotal San Pío X (FSSPX)

“¿Se puede ir a sus misas?”, “¿se puede uno confesar con un sacerdote de esa fraternidad?”, ¿se puede casar uno en sus capillas?”.

Independientemente del juicio de cada cual y de las razones aducidas por la FSSPX, dejamos aquí, del modo más resumido posible, lo que al día de hoy, ha dicho la Iglesia sin hacer, de nuestra parte, juicio alguno.

Lo repetimos: sin hacer, de nuestra parte, juicio alguno.

Pero antes que nada, una aclaración importante referida a la validez y a la licitud de los sacramentos.

- Sacramento válido: es aquel que, respetando su materia, forma, sujeto, ministro, etc., ha sido confeccionado verdaderamente, con toda su capacidad de producir los efectos santificantes que le son propios.

- Sacramento lícito: es aquel sacramento que, además, de haber sido confeccionado válidamente, lo ha sido en conformidad con las leyes positivas de la Iglesia. Como dichas leyes obligan al cristiano (siempre y cuando sean justas y no exista grave incomodidad), esta licitud puede comprometer la moralidad tanto del acto de administrar los sacramentos por parte de un ministro, como del acto de recibirlos por parte de un fiel.

Vgr.: sería inválido (es decir, no existiría sacramento) si un laico dijese la fórmula de la confesión sacramental, pretendiendo así “absolver” de sus pecados a una persona, pero sería válido (aunque ilícito) si un sacerdote administrase el bautismo a un pequeño en el living de una casa, no por encontrarse aquél en peligro de muerte sino porque le parece más simpático eso que llevarlo a la parroquia.

Veamos entonces cuatro sacramentos (Confesión, Eucaristía, Matrimonio y Orden Sagrado) dejando de lado expresamente, el “estatus canónico” de la FSSPX.

*          *          *

1. Sacramento de la confesión

En 2015 la Santa Sede determinó que, quienes durante ese Año Santo de la Misericordia se acercaran a los sacerdotes de la FSSPX para recibir el sacramento del perdón, “recibirán válida y lícitamente la absolución de sus pecados”[1]. Finalizado ese año, Roma misma extendió ese permiso “más allá del período jubilar, hasta nueva disposición” por la Carta Apostólica Misericordia et misera[2] de 2016.

Conclusión: al día de la fecha, conforme las declaraciones oficiales de Roma, los sacerdotes de la FFSPX administran el sacramento de la confesión válida y lícitamente.

2. Sacramento de la Eucaristía

Aclaración previa: Los sacerdotes de la FSSPX siempre han reconocido como verdadero sumo Pontífice al Papa reinante, incluyendo al actual, mencionándolo siempre en el canon de la Misa como corresponde, entre otras cosas.

Desde 1988 hasta enero de 2019 la Pontificia Comisión Ecclesia Dei ha sido la encargada de llevar adelante las tratativas con la FSSPX y de recibir las consultas hechas por los fieles respecto de la posible participación en sus actividades. En la actualidad, esta función es cumplida directamente por la Sección IV de la Congregación para la Doctrina de la Fe[3].

Las respuestas oficiales a los diversos planteos interpuestos (“quæsito”) han ido siempre en la misma línea, diciendo:

a. Que por no tratarse de un “cisma formal” (declarado) sino de un “problema interno” de la Iglesia Católica, los sacerdotes de FFSPX, aunque estén válidamente ordenados, por no estar incardinados en una diócesis o instituto religioso, celebran misa válida pero ilícitamente.

b. Que no constituye pecado o delito alguno asistir a las misas de los sacerdotes de la FSSPX, salvo que se haga con la intención “de separarse de la comunión con el Romano Pontífice y de los que están en comunión con él”[4].

c. Que si alguna misa celebrada según la “forma ordinaria” del rito romano resultase peligrosa para la Fe (vgr., se profiriesen errores voluntarios, se dijesen herejías, etc.), o no fuese celebrada conforme a las rúbricas vigentes y no existiese otra alternativa, se podría, ciertamente, asistir a las misas de la FSSPX [5].

d. Que los fieles cumplen con el precepto dominical asistiendo a una misa celebrada por un sacerdote de la FSSPX.

e. Que no es pecado contribuir a la colecta dominical de sus capillas, prioratos, etc.

Conclusión: la Misa resulta siempre válida aunque, en la mayoría de los casos ilícita (por falta de licencias en los clérigos); como también sería ilícita una Misa (según el novus o vetus ordo) celebrada por un sacerdote que, aun teniendo formalmente licencias, no respetase las rúbricas o profiriese doctrinas peligrosas para la Fe.

3. Sacramento del matrimonio

Por disposición de la Santa Sede, desde el año 2017 y “en la misma línea pastoral” que la Carta Apostólica Misericordia et misera, se autoriza a los Ordinarios (obispos o administradores apostólicos) a que concedan las licencias para realizar matrimonios, lícita y válidamente, a los sacerdotes de la FSSPX, con las siguientes condiciones:

a. Siempre que sea posible, el Obispo delegará a un sacerdote que posea licencias para que reciba el consentimiento de los cónyuges en la celebración del rito tradicional para, luego, dar inicio a la Misa conforme al vetus ordo, celebrada por un sacerdote de la Fraternidad.

b. Donde esto no sea posible o no haya sacerdotes de la Diócesis que puedan recibir el consentimiento de las partes, el Ordinario podrá conceder directamente las facultades necesarias [para casar] a un sacerdote de la Fraternidad, que celebrará también la Santa Misa[6].

Conclusión: al día de la fecha, siguiendo las condiciones predichas, los sacerdotes de la FSSPX, pueden recibir licencia del obispo u ordinario para casar válida y lícitamente. La praxis canónica ha llevado a que, varios obispos en sus diócesis, hayan otorgado un permiso amplio.

4. Sacramento del orden

Nunca -que sepamos- se ha discutido acerca de la validez de las ordenaciones; sí de su licitud. Sin embargo, desde el año 2016, los sacerdotes de la FSSPX (nos consta pero no poseemos el documento) han venido siendo ordenados con el permiso expreso de la Santa Sede, a quien (a pedido suyo), se le han remitido los nombres de los ordenandos a través de los obispos de las diócesis respectivas.

Conclusión: son sacerdotes verdaderos, serían ordenados lícitamente (con permiso de Roma) pero al no tener incardinación eclesiástica en una diócesis o comunidad religiosa aprobada por la Iglesia, ejercerían ilícitamente el ministerio.

*          *          *

Hasta aquí entonces, lo planteado por Roma.

¿Qué responde la FSSPX a los planteos de ilicitud respecto de la administración de ciertos sacramentos?

En síntesis, siempre ha dicho que, si bien lo planteado por Roma resultaría veraz en condiciones normales, no lo sería ahora, ante el actual estado de necesidad en que se encuentra la Iglesia (por la gran confusión existente), máxime cuando la ley suprema de la Iglesia es la salvación de las almas.

Es decir, una discusión (¿eterna?) entre canonistas.

§ § §

Hasta aquí lo aséptico-canónico. Permítasenos ahora una mínima reflexión espiritual.

Sabemos que los sacramentos, signos sensibles y eficaces de la gracia, han sido instituidos por Nuestro Señor Jesucristo para nuestra salvación, de allí que debamos servirnos de ellos.

Y sabemos también que, en los tiempos que corren, por un designio amoroso de Dios, deberíamos considerarnos unos elegidos al ser -y permanecer todavía- católicos, apostólicos y romanos, independientemente de dónde Dios nos haya plantado o a qué misa hayamos ido.

Que Dios resuelva algún día estos problemas internos de la Iglesia y nunca permita que nos falten los sacramentos.

Que no te la cuenten…

Javier Olivera Ravasi, SE

Abogado, Prof. Univ. en Ciencias jurídicas y Scs.,

Dr. en Historia, Dr. en Filosofía

¿Las personas con demencia pueden recibir los sacramentos?



El Bautismo y la Confirmación sí, el resto hay que ver cada caso, pero no se trata de querer o de correr, sino de que Dios tenga misericordia


Quería consultar sobre la administración de los sacramentos a personas dementes sin momentos de lucidez y a otras que tienen algún intervalo de lucidez.

Antes todo tres premisas:

1.- Cuando hablamos de este tipo de personas se supone que estamos hablando de personas adultas en el ámbito civil. No confundir la edad adulta de la fe con la edad adulta del crecimiento natural.

2.- Aquí se trata el tema de los sacramentos en términos generales. Cada persona con su problema psiquiátrico es un mundo aparte. Hay una amplia gama de dolencias mentales según su origen, circunstancias y consecuencias. El sacerdote mirará caso por caso.

3.- Cuando aquí se habla de enfermos mentales, se supone que son personas incurables. Porque es importante señalar que muchas enfermedades mentales pueden ser curadas o controladas a través de tratamientos especiales y fármacos o medicamentos.


A partir de aquí, sin hacer distinción de personas, miremos cada sacramento.

El Bautismo


Una persona con sus facultades mentales deterioradas que no haya recibido de recién nacido el bautismo, no hay inconveniente en que reciba el sacramento del bautismo. Aunque no tenga uso de razón puede y debe ser hijo de Dios.

Hay que hacer como si esa persona fuera un recién nacido que no tiene uso de razón. En peligro de muerte no sólo se puede, sino que se debe bautizar.

La salvación de los que son incapaces de actos propiamente humanos desde el nacimiento (niños sin uso de razón y deficientes mentales) está asegurada en ellos porque al recibir el bautismo está presente la gracia santificante habitual, aunque no realicen ningún acto meritorio personal, puesto que no tienen uso de sus facultades (inteligencia y voluntad).

Como se puede apreciar, el uso de razón, en peligro de muerte, no es necesario para la confirmación; es el caso de los enfermos mentales que también carecen del uso de razón. Sólo se pide que estén bautizados.

La razón a favor de que los niños moribundos sin uso de razón sean confirmados es que en la resurrección futura aparezcan como cristianos perfectos y no sean privados de este aumento de gracia y de la gloria; de consecuencia, y por analogía, se debe extender a los dementes perpetuos, en los cuales no hay ninguna esperanza de que antes de su muerte reciban el uso de razón.

En el caso de éstos adultos enfermos mentales conviene que se confirmen acto seguido al bautismo.

El matrimonio

En este caso las personas con problemas mentales no solo están exentas de contraer matrimonio sino que además no se les permite. Es un sacramento inviable por obvias razones. Estas personas son incapaces de contraer matrimonio porque carecen de suficiente uso de razón (Can. 1095).

Este canon no solo toca las enfermedades mentales sino también los trastornos psíquicos. Personas así son incapaces no solo para el consentimiento (parte fundamental para contraer matrimonio es el consentimiento), que es un acto humano -y ya sabemos en qué consiste un acto humano, Catecismo, 1627)- sino que además “tienen un grave defecto de discreción de juicio acerca de los derechos y deberes esenciales del matrimonio…” (Can. 1096).

El orden sacerdotal

Lo mismo que con el matrimonio. Sacramento totalmente excluido por obvias razones, comenzando porque “nadie tiene derecho a recibir el sacramento del Orden” (Catecismo 1578).

La unción de enfermos

También aquí los enajenados mentales están exentos de recibir el sacramento pues igualmente se necesita el uso de razón. El canon 1004,1 supone el uso de razón para administrar el sacramento.

El derecho dice que la unción de los enfermos se puede administrar incluso a los niños siempre y cuando ellos sepan, conozcan y comprendan el significado de este sacramento, es decir si tienen uso de razón.

En esta misma línea, el canon 1006 dice: “Debe administrarse este sacramento a los enfermos que, cuando estaban en posesión de sus facultades, lo hayan pedido al menos de manera implícita”; cosa que no se da en un enajenado mental.

Una persona con demencia o locura, al carecer de uso de razón, nunca tendrá la intención de recibir el sacramento y, en consecuencia, nunca llegará a pedirlo.

Por supuesto que al morir, estas personas con problemas psiquiátricos, como cualquier bautizado, tienen derecho a la oración de la Iglesia el día de la muerte.

Conclusión

En el caso de que una persona, ya bautizada de niño, en edad adulta haya adquirido los trastornos mentales, su situación va a depender de lo vivido en el momento de adquirir dicho trastorno mental y de que haya o no haya habido culpa personal en la causa; pero aquí la cosa queda en manos de Dios, que es justicia y misericordia, queda en las manos de Jesús que quiere que todos los hombres se salven.

Un consuelo lo encontramos en el evangelio: “Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no le echo fuera” (Juan 6,37). Todo lo que el Padre le da a Su Hijo, será salvo. Estos podrían ser también los severamente retardados mentales, los no nacidos, aquellos que mueren en la niñez, o aquellos que mueren en estado de inconsciencia o en coma.

Además San Pablo dice: “¿Qué diremos pues? ¿Qué hay injusticia en Dios? De ningún modo. Pues dice Él a Moisés: ‘Seré misericordioso con quien lo sea; me apiadaré de quien me apiade’. Por tanto no se trata de querer o de correr, sino de que Dios tenga misericordia” (Romanos 9, 16).

Es por eso que son bautizados los niños, para que aunque no lleguen a ser adultos puedan ser salvos. Eso mismo se aplica a las personas con graves trastornos mentales.

Las que los sufren desde su nacimiento, aunque no pudieran conocer a Cristo y optar por Él, tendrán lógicamente la visión de Dios no solo por el bautismo; podemos estar seguros de ello, desde el conocimiento de quién es Dios, que es amoroso y justo.

El destino eterno que tendrán estas personas estará de acuerdo con la voluntad salvadora de Dios; podemos confiar plenamente en Él.

La Confesión

En el caso de la confesión, la persona con demencia o locura no se puede confesar o no necesita la confesión porque la persona no es consciente de sus actos; la persona, por más atrocidades que haya cometido, no peca.

¿Por qué no peca? Porque para que la persona haya pecado y se tenga que confesar se necesitan que existan al mismo tiempo tres cosas:

1.- La materia grave: que la materia sea gravemente mala en sí o en sus circunstancias o que la persona crea que su pecado es grave aunque puede que no lo sea.

2.- Tener uso de razón o lo que es lo mismo, pleno conocimiento o plena advertencia: que al hacerlo la persona sepa que es pecado, que haga el acto conscientemente, que el acto sea hecho con maldad. Esto presupone entre otras cosas el conocimiento de la ley.

3.- Deliberado consentimiento: que la persona quiera hacer aquello que sabe que es pecado e incluso, peor aún, lo haga con premeditación (Catecismo1857).

A propósito de la plena advertencia, la ignorancia vencible o culpable o “la ignorancia afectada y el endurecimiento del corazón no disminuyen, sino aumentan, el carácter voluntario del pecado” (Catecismo 1859), no excusa el pecado. Lo que se hace por ignorancia invencible o violencia extrínseca nunca es pecado.

Un paréntesis: Si se tiene una conciencia bien formada y la persona sabe a ciencia cierta que solo tiene pecados veniales, el mínimo es una confesión en Semana Santa de cara al cumplimiento del precepto pascual (comulgar por Pascua de resurrección) ya que está mandado que los fieles se confiesen mínimo una vez al año. Si hay pecado grave, ese pecado se tiene que confesar inmediatamente. Cierro paréntesis.

Pero volviendo al tema que nos ocupa, y dicho de otra manera, para que se recurra al sacramento de la confesión deben darse las tres condiciones al mismo tiempo. Si falta aunque sea una de estas tres condiciones, no hay motivo para la confesión.




Las personas que tienen deterioradas sus facultades mentales no se pueden confesar aunque haya materia porque les falta el pleno conocimiento y el deliberado consentimiento, no son dueños de sus actos.




En teología moral hay que distinguir pues entre actos de hombre y actos humanos porque son cosas muy distintas pues no todos los actos del hombre son actos humanos.




Los actos humanos, a diferencia de los actos de hombre, son actos conscientes y libres. Sólo los actos humanos son responsables moralmente. Conocimiento y libertad constituyen la base de la moralidad.




Si la acción cometida por un loco tiene forma o aspecto de delito, serán las autoridades con sus peritos y/o expertos los que certificaran realmente dicha condición de la persona. Si las autoridades dictaminan que la persona es realmente una persona demente pues no irá a la cárcel pero sí irá obligado a un centro psiquiátrico; y ante Dios y la Iglesia, pues no hay pecado.

En consecuencia, las acciones de un demente o un loco no son pecado y por tanto no necesitan la confesión.

La Eucaristía

Existen enfermedades que impiden la administración de este sacramento. Unas de estas enfermedades va contra una de las condiciones naturales necesarias (porque hay más) para poder recibir la Eucaristía. ¿De qué condición hablamos? Del uso de razón.

Los niños que no han llegado todavía al uso de la razón, los faltos de juicio, los enajenados y los dementes de nacimiento o los que lo son poco antes o poco después del uso de la razón están exentos de la comunión y no es lícito administrar este sacramento a estas personas ni siquiera in articulo mortis.

¿Y por qué no se les puede dar la comunión? Porque además de que no hay consciencia de saber a Quien se recibe, existe el peligro de irreverencia y al mismo tiempo el peligro de que la persona arroje, profane o maltrate la sagrada hostia.

Si antes de la enfermedad mental o de tener perturbada la cabeza la persona tuvo uso de razón, es decir, si la persona no fue siempre demente, y en ese momento se vio en dicha persona fe y devoción a este sacramento, puede dársele la comunión pero sólo como Viático e in articulo mortis, siempre que no hayan los peligros antes mencionados.

Otra cosa muy diferente es si la persona tiene momentos de clara, normal y absoluta lucidez. En estos intervalos lúcidos se puede y debe administrar la Eucaristía siempre y cuando, como con cualquier persona, esté en gracia de Dios.

Y la persona sólo se debe confesar en esos intervalos lucidos, pero sólo de sus pecados cometidos en dichos intervalos.

La Confirmación

Si el enfermo mental adulto se encuentra sin la Confirmación, éste se puede confirmar porque el sujeto capaz de una válida confirmación es todo hombre bautizado y no confirmado, aunque carezca del uso de la razón porque la confirmación es un complemento de la vida espiritual que se confiere en el bautismo, y de igual manera, para todos está instituida.

En los niños que todavía no han alcanzado el uso de razón y en las personas que a ello se equiparan no se requiere ninguna intención personal para recibir los sacramentos de que son capaces: bautismo y confirmación.

En estos sacramentos, para su validez, basta la fe de la comunidad y la intención de la Iglesia manifestada por medio del ministro ordenado. El Canon 889, 2 insinúa que, en peligro de muerte, el uso de razón no sea necesario para conferir el sacramento. “En peligro de muerte, se debe confirmar a los niños incluso si no han alcanzado todavía la edad del uso de razón” (Catecismo 1307).

Estaba lejos de Dios y los sacramentos, fue a una excavación a Tierra Santa... ahora será cura




Andrew Auletta va a ser ordenado sacerdote en Filadelfia (EEUU) en mayo. Su vocación nació en realidad en Tierra Santa. Llevaba años sin ir a misa cuando un sacerdote arqueólogo le animó a participar en misa en Tierra Santa, donde estaba realizando unas excavaciones.

Era verano de 2014, y como parte de sus estudios de Historia en la Penn State University, Andrew participaba en una excavación arqueológica en la bahía de Haifa y en Acre, la ciudad que fue la última fortaleza de los cruzados.

La época que excavaban era unos 500 años antes de Cristo. Con otras 30 personas de ese equipo, buscaban en el polvo y encontraban huesos de animales, trozos de cerámica, material de herrería…

Era una excavación completamente secular, sin una dimensión religiosa. Pero allí conoció a un sacerdote arqueólogo, el padre Emmanuel, de la diócesis californiana de San Bernardino, que se había apuntado a esa experiencia. «Me dio su perspectiva de ser a la vez sacerdote y alguien interesado en arqueología e historia«, señala.

Ese sacerdote arqueólogo fue para él como un mentor durante sus 6 semanas en Israel.

La experiencia poderosa de la misa en Tierra Santa

“Cambió mi perspectiva. Llevaba sin ir a misa desde que iba al instituto. Poder ir a misa en Tierra Santa fue realmente poderoso. Teníamos gente de distintas fes en misa. Uno era mormón, otros eran protestantes, unos pocos católicos… fue una experiencia hermosa juntar a la gente. Fue algo lleno de paz«, explicó al CatholicPhilly.com.

Cuando volvió a Estados Unidos, en su último año de universidad, al retomar la vida sacramental y de oración que había dejado años antes, entendió que Dios le llamaba a ser sacerdote.

Venía de una familia católica devota, que iban todos juntos a misa los domingos. Incluso fue monaguillo de niño, aunque en realidad a esa edad le gustaba poco ir a misa.

«Ya había sentido la llamada al sacerdocio en el instituto, pero no era algo que quisiera entonces. Los sacerdotes que conocí siempre me dieron todos muy buen ejemplo, pero yo no quería eso, yo quería una familia y niños».

Varios años alejado de Dios y los sacramentos

Aunque acudió a algún retiro de discernimiento antes de la universidad, rechazó probar en el seminario. «Yo quería un buen trabajo, hacer mucho dinero y una familia».

Poco antes de entrar en la universidad, Andrew lanzó a su padre una batería de preguntas sobre la fe, «preguntas que yo pensaba que eran difíciles… pero él fue capaz de responderlas al instante«, recuerda. Da igual: la universidad para él significaba dejar un instituto pequeño y cercano e ir a la gran ciudad, a una vida de deportes y fiestas.

Allí, dice, se dedicó «a seguir mi voluntad, lejos de la de Dios». Dejó la misa y la oración. «Me deprimí», reconoce hoy. Cree que durante 4 años sintió la incomodidad del choque entre «mi voluntad y la de Dios».

De vuelta de Tierra Santa entendió que necesitaba escuchar a Dios y para eso necesitaba orar. «Recomiendo a todos, al menos, detenerse 15 minutos al día, orar y escuchar, para ver qué es lo que Dios te pide en tu vida».

Era la ansiedad de base de «¿qué haré al terminar la universidad?» Pero era algo más: era Dios que llamaba. Se acostumbró a rezar el rosario o la coronilla de la Divina Misericordia. «Sentía en mi corazón, en esos momentos de oración silenciosa, una paz profunda que yo quería alcanzar. Esa paz es la que al final me llevó al seminario».

La paz de escuchar a Dios

Desde el momento en que decidió que iba a entrar en el seminario, explica, «volví a sentir paz, en misa, en la oración, en mi vida cotidiana». Y ya en el seminario, señala que «lo mejor que empecé a hacer fue pasar tiempo cada día ante el Santísimo, llenándome de Él».

En el seminario desarrolló devoción por diversos santos, por San Ignacio de Loyola, Santa Teresa de Lisieux, Santa Teresa de Ávila y Santa Catalina de Siena, «que profundizaron en su vida interior y allí encontraron a Cristo, y paz».

Él, que excavó en Tierra Santa, para viajar a través de los siglos, anima a todos a «excavar» en la propia vida interior. «Nunca sabes el mundo que hay en tu corazón, lo que el Señor desea abrir en ti», explica. Andrew Auletta será ordenado sacerdote el 21 de mayo de 2022 en la catedral de Filadelfia.

Exorcista explica por qué el bautismo es la mejor protección para los hijos contra el demonio



El bautismo es el sacramento con el que todos los católicos iniciamos nuestra vida cristiana. En muchos casos, se toma esta práctica como una simple tradición, pero es el primero y quizás más importante de los sacramentos.

Con el bautismo, la persona vuelve a nacer como hija de Dios, se convierte en templo del Espíritu Santo y miembro de la Iglesia.

Ahora bien, hay un aspecto que muchas veces se ignora y es que, a través de este sacramento, "la persona es rescatada de las garras de Satanás". Así nos lo recuerda Monseñor Stephen Rossetti.

En un artículo escrito en el blog Exorcist Diar y, el célebre exorcista nos vuelve a recordar la importancia del bautismo.

El sacerdote comenta que, todo exorcismo, es “una batalla por la propiedad. ¿A quién pertenece esta persona, a Jesús o a Satanás? Satanás se aferra al control; Jesús nos da libre albedrío para elegirlo”.

De hecho, para recordar la importancia del bautismo, recuerda que “durante un exorcismo, invitamos a la persona afligida a renovar sus votos bautismales: ‘¿Rechazas a Satanás? ¿Y todas sus obras? ¿Y todo su espectáculo vacío?’ La persona sigue con una afirmación de fe. Entonces suelo levantar un crucifijo y decir, como en un bautismo: ‘Te reclamo por Cristo nuestro salvador por la señal de su cruz'”.

Y sin embargo, muchas personas ignoran la importancia del bautismo para sus hijos. Monseñor Rossetti expresa que está “alarmado por el creciente número de personas que ni siquiera están bautizadas”.

"Es en este sacramento fundamental que la persona es rescatada de las garras de Satanás– expresa el sacerdote. Le recuerdo esto al Maligno en nuestras sesiones: ‘Esta persona es de Jesús. Te ha rechazado. Ha sido bautizada’. ¿La respuesta de los demonios? Silencio".

¡El bautismo es la primera protección contra el demonio!

¿Y si existieran los extraterrestres? ¿Qué lugar ocupan los alienígenas en el pensamiento católico?



¿Habrá un día obispos alienígenas? ¿Se celebrarán misas en Próxima Centauri en una lengua extraterrestre? ¿La Iglesia será católica, o sea, universal, en el sentido cósmico en que hoy entendemos esta palabra? Estas preguntas, por muy peregrinas que parezcan, forman parte de una de las discusiones cada vez más detalladas y frecuentes dentro de ámbitos teológicos cristianos. Y no se trata de un debate nuevo, porque la posibilidad de que existan en otros mundos seres dotados de libertad y conciencia es algo que ha dado que pensar desde antiguo. Nicolás de Cusa en el s. XV, o Giordano Bruno en el s. XVI son algunos de los intelectuales católicos que han especulado con la idea de que, fuera de nuestro planeta, haya vida inteligente.

En el siglo XX, Louis de Wohl y C. S. Lewis —un anglicano muy próximo al catolicismo— se tomaron en serio la cuestión. Ambos escribieron novelas basadas en razas extraterrestres que habitaban Marte y que trababan relación con los humanos. Tanto el libro de Wohl (Segundo asalto, 1954) como la «trilogía cósmica» de Lewis (1941–1945) se publicaron en una época en que existía un cierto furor por el tema. Un número no desdeñable de científicos entendía que el planeta cobrizo podría acoger algún tipo de vida, aunque fuesen líquenes estacionales. A finales del s. XIX Giovanni Schiaparelli creyó ver canales que cruzaban la superficie marciana, lo que alentó teorías como las de Percival Lowell (comienzos del s. XX), quien sostenía que se trataba de vías de irrigación excavadas por una raza inteligente, a fin de solventar la aridez de aquel mundo frío y herrumbroso. Durante la primera mitad del s. XX se añadieron algunas observaciones que alentaron esa hipótesis: el descubrimiento de los casquetes polares marcianos, así como algunas mediciones excesivamente optimistas sobre su temperatura.

Lo que sabemos del espacio

En 1897 (por entregas) y 1898 (como libro) publicó H. G. Wells La guerra de los mundos, ficción que Orson Welles dramatizó en 1938 como emisión radiofónica que muchos estadounidenses se tomaron en serio. Aquella historia contaba cómo los marcianos, dotados de una estremecedora superioridad tecnológica, desembarcaban en nuestro planeta y lo sojuzgaban sin apenas resistencia. Sin embargo, los invasores venidos de Marte caían víctimas de nuestras bacterias.

La conjetura de un Marte poblado por seres inteligentes se desmoronó en el verano de 1965, cuando la sonda Mariner 4 radió a la Tierra las primeras fotografías de la superficie marciana. Aquel era, en realidad, un mundo cráteres, yermo, muy similar a la Luna. No obstante, en el verano de 1976 las sondas Viking se posaron en dos puntos de aquel desértico y rojizo planeta. Sus experimentos no ofrecieron resultados concluyentes sobre si el mundo cobrizo situado entre la Tierra y Júpiter alberga —o albergó en el pasado— algún tipo de vida, aunque fuese muy precaria y rudimentaria. Hoy, después de decenas de misiones mucho más avanzadas, los resultados siguen siendo ambiguos; la única respuesta que parece haberse hallado es la confirmación de que, millones de años atrás, Marte disfrutó de océanos.

En octubre de 2017 se detectó el primer objeto interestelar: una estructura que cruzó nuestro sistema solar, procedente de la brillante estrella Vega, situada a 25 años luz. Los astrónomos no han determinado con exactitud su naturaleza, pero algunos, como Avi Loeb, catedrático de Harvard, asumen que, dada su forma, extraño comportamiento y características, debe de ser un ingenio construido por seres inteligentes. Este objeto —denominado Oumuamua— se ha convertido en uno de los muchos enigmas a que se enfrenta la astronomía moderna. En cualquier caso, no hay, en este momento, ni una sola prueba razonable de existencia de vida —inteligente o no— fuera de la Tierra. Ni siquiera el ambicioso proyecto SETI (Search for Extraterrestrial Intelligence) ha obtenido el más mínimo indicio.

¿Marcianos comulgando?

Sin embargo, y por si pudiera suceder que un día nos topásemos con alienígenas, dentro del mundo católico se ha pensado y se sigue pensando en esta opción. Los libros de Wohl y de Lewis se centraban en el concepto de Pecado Original: ¿son los marcianos seres que comieron de su propia «manzana», o, por el contrario, constituyen una raza dotada de entendimiento y voluntad que no precisan de Redención, y que viven en armonía bajo la égida angelical? En la trilogía de Lewis aparecen tres tipos de habitantes de Marte, a semejanza de los Elfos, los Humanos y los Hobbit del mundo de Tolkien, o de la misma manera que los wookiees, los ewoks, los humanos o los jawas en el universo de George Lucas. Según la perspectiva de Lewis, cada raza alienígena tiene sus propias características —con inteligencias y capacidades distintas— y su propia historia. Por eso, el autor de Una pena en observación y los Cuatro amores dijo en 1958 —en su ensayo Religión y cohetes espaciales—: «Demos gracias a Dios de que aún nos quede mucho para realizar viajes a otros mundos; me pregunto si las vastas distancias astronómicas no sean sino las cuarentenas preventivas de Dios que evitan que se propague la infección espiritual de una especie caída», como la humana.

Un planteamiento muy distinto es el que abunda hoy entre los pensadores católicos dedicados a esta cuestión. Desde los tiempos en que sacerdotes como T. J. Zubek o John P. Kleinz publicaran ensayos como Theological Questions on Space Creatures (1961) o The Theology of Outer Space (1960) hasta hoy, el tema no ha cejado de incrementar la atención. De hecho, en 2021 se editó Extraterrestrials in the Catholic Imagination: Explorations in Science, Science Fiction and Religion, una colección de artículos, estudios y ponencias que fueron fruto de unas actividades organizadas por el seminario de Saint John (California) en 2020. Durante los últimos veinte años no es nada difícil encontrar publicaciones académicas en inglés que se preguntan sobre la posible relación de extraterrestres con la Iglesia, así como con las verdades del credo. En su momento, el jesuita José Gabriel Funes, entonces director del Observatorio Astronómico del Vaticano, comentó que no se puede descartar la existencia de vida inteligente más allá de la Tierra, e incluso, en línea con Lewis, aventuró que quizá los alienígenas viven en armonía con el Creador, mientras que los humanos somos «la oveja perdida». En una línea muy aventurada, Christopher Baglow, director del Science and Religion Initiative en la Universidad de Notre Dame, asegura que los extraterrestres incluso podrían tener acceso a los sacramentos.

Sea como fuere, el consenso entre el mundo intelectual católico sostiene que, si bien la Redención obrada por Cristo tiene carácter universal, está primeramente dirigida a los humanos, a causa de la desobediencia de Adán y Eva. De igual modo que los ángeles adoran a Cristo —aunque no tienen acceso a los sacramentos—, así los alienígenas cuyos padres no desobedecieron a Dios adorarían al Verbo hecho carne humana. Según aventuran algunos pensadores, pudiera darse el caso de que existieran extraterrestres en armonía con el Creador —no necesitados de Redención— que trabaran relación con los humanos. Y, siendo la raza humana inferior a ellos en todos los órdenes —como es inferior también el humano a los ángeles—, aprenderían algo nuevo y valioso gracias a nosotros: que Dios se ha entregado con mayor generosidad a los descarriados y a los ignorantes. «Dios puso sus ojos en la humildad de su esclava, y por eso me llamarán bienaventurada todas las generaciones», canta María en el Evangelio de Lucas.

¿Qué pasa si un enfermo de Covid muere sin confesión? Leer esto te reconfortará.


En estos tiempos, marcados por muchas muertes no anunciadas, donde es común escuchar que tal o cual persona falleció por causas de la pandemia, surge esta inquietante pregunta: ¿qué pasa con el alma de N, que muere de covid sin confesión (para bien morir) y tampoco pudo recibir la Unción de los Enfermos?

La gracia de los sacramentos

El Señor Jesucristo -médico de nuestras almas y de nuestros cuerpos-, que perdonó los pecados al paralítico y le devolvió la salud del cuerpo (cf Mc 2,1-12), quiso que su Iglesia continuara, en la fuerza del Espíritu Santo, su obra de curación y salvación, incluso en sus propios miembros.

Esta es la finalidad de los dos Sacramentos de curación: del sacramento de la Penitencia y de la Unción de los Enfermos (CEC 421)

El Señor Jesús, desde el principio del anuncio del Reino de Dios, nos ha invitado, ayer y hoy, y más en estos tiempos a que estemos preparados, pues no sabemos ni el día ni la hora”.

Pero la realidad es otra

No estamos preparados para morir y las muertes por pandemia se multiplicaron y nos agarraron de sorpresa. Los sacerdotes tampoco estábamos preparados para algo así, y en muchos casos nos encontrábamos también resguardados.

En su desesperación, muchos fieles buscaban y no hallaban a un pastor dispuesto; aunque en la mayoría de los casos, ni siquiera lo pensaron o no les dio tiempo, pues la muerte sorprendió agresivamente a las familias.

¿Qué pasa con quien murió de covid sin confesión ni unción de enfermos?

Pero vayamos al punto. “Lo primero es lo primero”, dirían en mi rancho: la misericordia de Dios es infinita y mira el corazón de la persona enferma, las oraciones de los familiares y de la Iglesia.

El Señor se hace presente, en cada momento y circunstancia, en la vida de cada uno de nosotros (sus hijos), quienes, marcados por el Bautismo, fuimos llamados para participar de su vida, de la salvación y de la vida eterna.

Recordemos esta oración: 

Señor, dale el descanso eterno.

R. Y brille sobre él (ella) la luz eterna.

Descanse en paz.

R. Amén.

Su alma y las almas de todos los fieles difuntos, por la misericordia de Dios, descansen en paz.

R. Amén.

La misericordia de Dios

Es decir, si el corazón del hombre se enfrenta al trono de la misericordia con fe, encuentra perdón y compasión, y por ello, el perdón de sus pecados y la salvación eterna.

En los rituales de estos dos Sacramentos hay clara referencia que el modo ordinario es a través de estos sacramentos de curación, del cuerpo y del alma, pero deja abierto el modo extraordinario de recibir dichas gracias, confiadas a la Iglesia.

Esto significa que lo ordinario es lo que nosotros los hombres podemos hacer en comunión de Iglesia, sacerdotes y laicado.

Por su parte, el modo extraordinario deja abierta la puerta a la acción directa de Dios para el perdón de los pecados, a través de un acto de contrición perfecta (como decían los clásicos): “un corazón puro, Señor, no lo rechazas”.

¿Qué es la penitencia interior?

“La penitencia interior es una reorientación radical de toda la vida, un retorno, una conversión a Dios con todo nuestro corazón, una ruptura con el pecado, una aversión del mal, con repugnancia hacia las malas acciones que hemos cometido.

Al mismo tiempo, comprende el deseo y la resolución de cambiar de vida con la esperanza de la misericordia divina y la confianza en la ayuda de su gracia.

Esta conversión del corazón va acompañada de dolor y tristeza saludables que los Padres llamaron animi cruciatus (aflicción del espíritu), compunctio cordis (arrepentimiento del corazón) (cf Concilio de Trento: DS 1676-1678; 1705; Catecismo Romano, 2, 5, 4)”. (CEC 1431)

El amor de Dios nunca quita

Los ritual de los Sacramentos de la Iglesia se centra en la oración comunitaria, la oración de unos por otros, para pedir al Señor que derrame sus gracias sacramentales, pero no cierra, ni puede cerrar las gracias divinas a la intervención directa y amorosa de Dios sobre todos sus hijos, “¡si yo quiero, a ti qué!”;

El amor de Dios misericordioso da siempre de más, nunca quita. Aún en los Sacramentos de la Iglesia se pide y supone para su eficacia redentora, el corazón sincero de aquel que pide y recibe sacramentalmente la absolución.

De modo ordinario y de modo extraordinario, supone la disposición del fiel penitente que al pedir recibe.

Conclusión

Dios quiere que todos los hombres se salven y alcancen la salvación, no quiere que ninguno de sus hijos se pierda; por eso nos ha dado los sacramentos de manera ordinaria.

Pero también  mantiene abierta su gracia para aquellos que de modo extraordinario, en el lecho del dolor y del peligro de muerte le suplican, obtengan el perdón y la redención, siempre y cuando pongan su corazón sincero ante Él, tanto el enfermo como la familia que ora y confía.

¡La misericordia de Dios es para todo aquel que cree en Él y se deja salvar por Él!

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