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Presidenta de Hungría: Sin políticas pro-Familia el futuro de Europa está en riesgo



Katalin Novák habló en el Foro Económico Suizo sobre los pilares de la política húngara en favor de la familia.
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En alocución al Foro Económico Suizo el pasado 8 de junio, la presidente de Hungría, Katalin Novák, tuvo “el gusto” de presentar “a la audiencia los pilares de la política de familia húngara” y de enfatizar “que sin una política favorable a la familia, el futuro de Europa podría estar en riesgo”.

“En Hungría, mujeres con al menos cuatro hijos, no tienen que pagar ningún impuesto sobre la renta en sus vidas”, fue una de las medidas implementadas en el país, que arrancó aplausos del auditorio.

“Pienso que debemos entender que la demografía es un factor clave de competitividad en los días que corren”, expresó la presidenta, quien enfatizó que en su país toda la política está orientada hacia la familia, incluyendo la política financiera:

“Eso es lo que decidimos hace más de 10 años en Hungría, colocar esto en el corazón, hacerlo pilar de nuestras políticas e intentar hacer viable para la gente joven que tengan tantos niños cuanto quieran tener, en el momento en que los quieran tener”, dijo Novák.

En la coyuntura actual, no tener este tipo de políticas orientadas a la familia, es como aceptar que se renuncia al futuro de Europa y simplemente se acepta que no se tendrán niños en las futuras generaciones, concluyó la presidenta.

Fuente: https://es.gaudiumpress.org/

El Papa advierte sobre la división en la Iglesia: "Nos dividimos y, en vez de jugar en equipo, jugamos al juego del enemigo"


"Esta es la Iglesia que debemos soñar, capaz de escucha recíproca, de diálogo, de atención a los más débiles; acogedora para con todos y valiente para llevar a cada uno la profecía del Evangelio". La concatedral de San Esteban de Budapest acogió el segundo acto público del Papa Francisco en una Hungría que le ha recibido con grandes multitudes y aplausos en la calle.

Un encuentro con obispos, sacerdotes, diáconos, consagrados, consagradas, seminaristas y agentes pastorales de un país que, en palabras de Francisco, sufre, como en otros lugares, por la polarización política, económica y, también religiosa. "Nos polarizamos en temas que afectan a la vida de la Iglesia, pero también en aspectos políticos y sociales, atrincherándonos en posiciones ideológicas", recalcó Bergoglio.

"Si estamos distanciados o divididos, si nos volvemos rígidos en nuestras posiciones y en los grupos, no damos fruto", advirtió el Papa, quien lamentó contemplar "obispos desconectados entre sí, sacerdotes en tensión con el obispo, sacerdotes mayores en conflicto con los más jóvenes, diocesanos con religiosos, presbíteros con laicos, latinos con griegos", apuntó el Papa. "El diablo es el que divide, es el que disfruta. Por favor, no dejen entrar las ideologías".

Interpretar los cambios

Tras escuchar, como viene siendo habitual, los testimonios de representantes de la vida religiosa, y el saludo de monseñor Veres, presidente del episcopado, Francisco subrayó una de las exigencias de todo cristiano: "interpretar los cambios y las transformaciones de nuestro tiempo, tratando de afrontar los desafíos pastorales de la mejor manera posible". 

Siempre mirando a Cristo, para así "mirar las tormentas que a veces azotan nuestro mundo, los cambios rápidos y continuos de la sociedad y la misma crisis de fe en Occidente  con una mirada que no cede a la resignación y que no pierde de vista la centralidad de la Pascua: Cristo resucitado, centro de la historia, es el futuro".

"Si olvidamos esto, también nosotros, pastores y laicos, buscaremos medios e instrumentos humanos para defendernos del mundo, encerrándonos en nuestros  confortables y tranquilos oasis religiosos; o, por el contrario, nos adaptaremos a los vientos cambiantes de la mundanidad y, entonces, nuestro cristianismo perderá vigor y dejaremos de ser sal  de la tierra", advirtió, reclamando a los consagrados "cuidarnos como Iglesia" de dos "tentaciones".

Dos tentaciones: la lectura catastrofista o ingenua de la historia

En primer lugar, "una lectura catastrofista de la historia presente, que se  alimenta del derrotismo de quienes repiten que todo está perdido, que ya no existen los valores del  pasado, que no sabemos dónde iremos a parar". En segundo término, "la lectura ingenua de la propia época, que en cambio se basa en la comodidad del conformismo y nos hace creer que al fin de cuentas todo está bien, que el mundo ha cambiado y debemos adaptarnos".

"Contra el derrotismo catastrofista y el conformismo mundano, el Evangelio nos da ojos nuevos, nos da la gracia  del discernimiento para entrar en nuestro tiempo con actitud de acogida, pero también con espíritu  profético. Por tanto, con acogida profética" pidió el Papa, recordando que "no hay que absolutizar nada en esta tierra, porque todo es precario".

"Estamos llamados a acoger como una planta fecunda el tiempo  en que vivimos, con sus cambios y sus desafíos, porque a través de todo esto —dice el Evangelio— el Señor se acerca. Y mientras tanto, estamos llamados a cultivar la época que nos ha tocado, a leerla,  a sembrar el Evangelio, a podar las ramas secas del mal, a dar fruto. estamos llamados a una acogida profética", insistió.

Pero, ¿qué es la acogida profética? Para el Papa, "supone aprender a reconocer los signos de la presencia de Dios en la realidad" y, al tiempo, "interpretarlo todo a la luz del Evangelio, sin mundanizarse, sino como anunciadores y testigos de la  profecía cristiana". Todo esto dicho "en este país, donde la tradición de fe permanece firmemente  arraigada, presenciamos la difusión del secularismo y de cuanto lo acompaña, que a menudo amenaza  la integridad y la belleza de la familia, expone a los jóvenes a modelos de vida marcados por el  materialismo y el hedonismo, y polariza el debate sobre las nuevas cuestiones y los nuevos desafíos".  

Un "paganismo soft"

"Y entonces la tentación puede ser la de volverse rígidos, encerrarse y adoptar una actitud de 'combatientes'", advirtió Bergoglio, quien animó a "entrar en diálogo con el Evangelio, a buscar nuevos caminos, instrumentos y  lenguajes". Un "paganismo soft", como destacó, ya sin papeles.

Por ello, es imprescindible que "la Comunidad  cristiana esté presente y dé testimonio, que sea capaz de escuchar las preguntas y los retos sin miedo ni rigidez" lo que, admitió, "no es fácil en la situación actual, porque tampoco faltan las dificultades internas".

Cansancio y crisis de vocaciones

Entre ellas, destacó "la sobrecarga de trabajo de los sacerdotes", en un momento en que las exigencias crecen pero "las vocaciones disminuyen  y los sacerdotes son pocos, a menudo de edad avanzada y presenta algunos signos de cansancio".

"Se  trata de una condición común a muchas realidades europeas, respecto a la cual es importante que  todos —pastores y laicos— se sientan corresponsables; ante todo en la oración, porque las respuestas  vienen del Señor y no del mundo; del Sagrario y no del ordenador. Y luego, en la pasión por la pastoral  vocacional", apuntó.

Recordando las palabras de la hermana Krisztina, quien gustaba de 'discutir con Jesús', Francisco animó a todos a hacerlo. "¡Se necesita quien escuche y ayude a discutir bien con el  Señor!". Más aún, concretó, "es necesario comenzar una reflexión eclesial —sinodal, que debemos hacer  todos juntos— para actualizar la vida pastoral, sin conformarse con repetir el pasado y sin tener miedo  a reconfigurar la parroquia en el territorio, sino haciendo de la evangelización una prioridad e iniciando una colaboración activa entre sacerdotes, catequistas, agentes de pastoral y profesores".

Unidad y carismas diversos

"Ya  están en este camino; no se detengan. Busquen las formas posibles para colaborar con alegría en la  causa del Evangelio y lleven adelante juntos, cada uno con su propio carisma", proclamó el Papa, citando a Dorina, otra agente de pastoral, y agradeciendo a diáconos y catequistas su "papel decisivo en la transmisión de la fe a las  jóvenes generaciones, y a todos aquellos, profesores y formadores, que están comprometidos  generosamente en el campo de la educación".

La clave, con todo, está en la unidad. "Si estamos distanciados o divididos, si nos volvemos rígidos en nuestras posiciones y en los grupos, no damos fruto", advirtió. "Causa tristeza cuando nos dividimos porque, en vez de jugar en equipo, jugamos al juego del enemigo: obispos desconectados entre sí, sacerdotes en tensión con el obispo, sacerdotes mayores en conflicto con los más jóvenes, diocesanos con religiosos, presbíteros con laicos, latinos con griegos; nos polarizamos en temas que afectan a la vida de la Iglesia, pero también en aspectos políticos y sociales, atrincherándonos en posiciones ideológicas".

"Superemos las  divisiones humanas para trabajar juntos en la viña del Señor", clamó el Papa, centrándose especialmente en los sacerdotes: "Tratemos de no ser rígidos, sino de tener miradas y enfoques misericordiosos y compasivos", incidió tras escuchar a Jòzsef, quien evocó la entrega de su hermano, el beato János Brenner, bárbaramente asesinado con tan sólo 26 años. "¡Cuántos testigos y confesores de la fe tuvo este pueblo  durante los totalitarismos del siglo pasado!".

"El beato János experimentó en su propia piel muchos  sufrimientos; habría sido fácil para él guardar rencor, encerrarse en sí mismo, volverse rígido. En  cambio, fue un buen pastor. Esto se nos pide a todos, especialmente a los sacerdotes, una mirada misericordiosa, un corazón compasivo, que perdona siempre, siempre, que ayuda a recomenzar, que  acoge y no juzga, anima y no critica, sirve y no murmura", insistió.

Misericordia y cercanía

Frente a esta tentación, la "acogida profética", el "consuelo" frente a "las situaciones de dolor y pobreza del mundo, acompañando a los cristianos perseguidos, a los migrantes que buscan hospitalidad, a las personas de otras etnias, a cualquiera que lo necesite".

"Misericordia y cercanía", como san Martín, quien compartió su capa con el popbre, "imagen de la Iglesia hacia la que hay que tender, es lo que  la Iglesia de Hungría puede llevar como profecía al corazón de Europa". Y como San Esteban, "cuya reliquia está aquí junto a mí. Él, que fue el primero en  confiar la nación a la Madre de Dios, que fue un intrépido evangelizador y fundador de monasterios y abadías, sabía también escuchar y dialogar con todos y ocuparse de los pobres; por ellos bajó los  impuestos e iba a dar limosna disfrazado para no ser reconocido".

El Papa concluyó su intervención con un recuerdo a muchos "obispos, sacerdotes,  religiosos y religiosas martirizados durante la persecución atea; ellos testimonian la fe granítica de  los húngaros". Y con un llamado final: "Sean acogedores, sean testigos de la profecía del Evangelio, pero sobre todo sean mujeres y hombres de oración, porque la historia y el futuro dependen de ello".

AUTOR: Jesús Bastante.

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Fuente: https://www.religiondigital.org/

El Papa a los consagrados en su encuentro en Hungría: “Si nos volvemos rígidos en nuestras posiciones no damos fruto”


15,000 personas, con un gran número de sacerdotes, obispos y vida religiosa, han acudido a la concatedral de Budapest para encontrarse con el Papa

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La primera y muy intensa jornada de Francisco en Budapest ha tenido un remate de marcado significado religioso y espiritual. El Santo Padre llegó a la concatedral de San Esteban en torno a las cinco de la tarde. Le esperaban en un templo abarrotado los obispos, sacerdotes, diáconos, consagrados/as y seminaristas. Un total de 11.000 personas en la iglesia se sumaban a otras 4.000 en la plaza adyacente: una nutrida multitud que ha asistido a toda la ceremonia con silencioso recogimiento.

La basílica comenzó a construirse en el 1850; después de diversos avatares y sucesión de arquitectos que impusieron cada uno su estilo preferido fue inaugurada a comienzos del siglo XX en presencia del Emperador Francisco José. Durante la II Guerra Mundial sufrió como toda la ciudad ingentes destrozos y sólo a partir de 1983 comenzó su reconstrucción que se prolongó hasta el 2003 en que fue reabierta al culto.


La llegada de Bergoglio fue celebrada con un impresionante volteo de campanas la más pesada de las cuales ronda las noventa toneladas siendo la mayor de todo el país; hizo su entrada en silla de ruedas y fue saludado por el cardenal Peter Erdo arzobispo de Esztergom- Budapest ; recorrió la amplia nave central acompañado por el ‘Christus vincit’ y el ‘Tu es Petrus’. Al llegar al altar le dirigió unas palabras de acogida el Presidente de la Conferencia Episcopal Húngara (37 miembros) el obispo de Gyor András Veres.


En el uso de la palabra se sucedieron un sacerdote, un presbítero de rito greco-católico, una religiosa y una catequista; el primero era hermano de Janos Brenner, sacerdote de 26 años brutalmente asesinado por las autoridades comunistas y beatificado en el 2018.

El discurso del Papa Francisco

Después de estos testimonios Francisco inició la lectura de su discurso. Estas son algunas de las frases más notables:

“Nuestra vida, aunque marcada por la fragilidad, está puesta firmemente en las manos de Cristo Crucificado. Si olvidamos esto, también nosotros, pastores y laicos, buscaremos medios e instrumentos humanos para defendernos del mundo, encerrándonos en nuestros confortables y tranquilos oasis religiosos; o por el contrario, nos adaptaremos a los vientos cambiantes de la mundanidad y entonces nuestro cristianismo perderá vigor y dejaremos de ser sal de la tierra”.

“Estas son pues las dos interpretaciones, diría yo, las dos tentaciones de las que siempre debemos cuidarnos como iglesia. Primero una lectura catastrofista de la historia presente, que se alimenta del derrotismo de quienes repiten que todo está perdido, que ya no existen los valores del pasado, que no sabemos dónde iremos a parar. Y luego está el otro riesgo, el de la lectura ingenua de la propia época que en cambio se basa en la comodidad del conformismo y nos hace creer que al fin de cuentas todo está bien, que el mundo ha cambiado y debemos adaptarnos, sin discernimiento. Así , contra el derrotismo catastrofista y el conformismo mundano el Evangelio nos da ojos nuevos, nos da la gracia del discernimiento para entrar en nuestros tiempo con actitud de acogida pero también con espíritu profético. Por tanto con acogida profética”.

“El compromiso de entrar en diálogo con las situaciones e hoy exige que la Comunidad cristiana esté presente y de testimonio, que sea capaz de escuchar las preguntas y los retos sin miedo ni rigidez.Esto no es fácil en la situación actual porque tampoco faltan las dificultades internas. En particular quisiera destacar la sobrecarga de trabajo de los sacerdotes. En efecto, por una parte, las exigencias de la vida parroquial y pastoral son numerosas pero, por otra, las vocaciones disminuyen y los sacerdotes son pocos, a menuda edad avanzada y presenta algunos signos de cansancio”.

A este propósito la Santa Sede nos facilitó los siguientes datos estadísticos: los sacerdotes diocesanos y religiosos son 1.967 lo cual supone que a cada sacerdote le corresponde la asistencia pastoral de 3.028 personas. Los seminaristas mayores son sólo 287.

“Si estamos distanciados o divididos, si nos volvemos rígidos en nuestras posiciones y en los grupos no damos fruto. Causa tristeza cuando nos dividimos porque en vez de jugar en equipo, jugamos el juego del enemigo: obispos desconectados entre sí, sacerdotes en tensión con el obispo, sacerdotes mayores en conflicto con los más jóvenes, diocesanos con religiosos, presbíteros con laicos, latinos con griegos ;nos polarizamos en temas que afectan a la vida de la Iglesia, pero también en aspectos políticos y sociales, atrincherándonos en posiciones ideológicas”.

Autor: Antonio Pelayo.

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Fuente: https://www.vidanuevadigital.com/

Estas son las dos tentaciones a las que se enfrenta la Iglesia según lo dicho por el Papa en su más reciente viaje


 El Papa ha animado a afrontar los cambios del mundo “con acogida profética”, lo cual significa “aprender a reconocer los signos de la presencia de Dios en la realidad”

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El papa Francisco ha continuado el programa de su viaje apostólico a Hungría esta tarde, tras visitar la Nunciatura, acudiendo a la concatedral de Santo Stefano donde, a las 17.00 horas, se ha reunido con los obispos, sacerdotes, diáconos, consagradas y consagradas, seminaristas y agentes de pastoral, en un acto en el que ha advertido acerca de las “dos grandes tentaciones” a las que se enfrenta la Iglesia.

Y es que, tal como ha señalado el Papa, “una de las exigencias más importantes para nosotros” es la de “interpretar los cambios y las transformaciones de nuestro tiempo, tratando de afrontar los desafíos pastorales de la mejor manera posible”.

Sin embargo, “esto sólo es posible mirando a Cristo como nuestro futuro”. “Cristo resucitado, centro de la historia, es el futuro. Nuestra vida, aunque marcada por la fragilidad, está puesta firmemente en sus manos. Si olvidamos esto, también nosotros, pastores y laicos, buscaremos medios e instrumentos humanos para defendernos del mundo, encerrándonos en nuestros confortables y tranquilos oasis religiosos; o, por el contrario, nos adaptaremos a los vientos cambiantes de la mundanidad y, entonces, nuestro cristianismo perderá vigor y dejaremos de ser sal de la tierra”, ha explicado el Pontífice.

Ni derrotismo ni conformismo

“Estas son, pues”, ha continuado, “las dos tentaciones de las que siempre debemos cuidarnos como Iglesia”. En primer lugar, “hacer una lectura catastrofista de la historia presente, que se alimenta del derrotismo de quienes repiten que todo está perdido, que ya no existen los valores del pasado, que no sabemos dónde iremos a parar”. Por otro lado, el otro riesgo es el de “la lectura ingenua de la propia época, que en cambio se basa en la comodidad del conformismo y nos hace creer que al fin de cuentas todo está bien, que el mundo ha cambiado y debemos adaptarnos”.

De esta manera, “contra el derrotismo catastrofista y el conformismo mundano, el Evangelio nos da ojos nuevos, nos da la gracia del discernimiento para entrar en nuestro tiempo con actitud de acogida, pero también con espíritu profético”.

Por tanto, Francisco ha animado a afrontar los cambios del mundo “con acogida profética”, lo cual significa “aprender a reconocer los signos de la presencia de Dios en la realidad, incluso allí donde no aparece explícitamente marcada por el espíritu cristiano y nos sale al encuentro con ese carácter que nos provoca y nos interpela”, y, al mismo tiempo, “interpretarlo todo a la luz del Evangelio, sin mundanizarse, sino como anunciadores y testigos de la profecía cristiana”.

Por otro lado, el Papa ha apuntado que “el compromiso de entrar en diálogo con las situaciones de hoy exige que la Comunidad cristiana esté presente y dé testimonio, que sea capaz de escuchar las preguntas y los retos sin miedo ni rigidez”. “Esto no es fácil en la situación actual”, ha reconocido, “porque tampoco faltan las dificultades internas”. Y, en este sentido, ha señalado la “sobrecarga de trabajo de los sacerdotes”.

Contra la rigidez pastoral

Aún así, Francisco ha recordado que “buena pastoral es posible si somos capaces de vivir el mandamiento del amor que el Señor nos ha dado y que es don de su Espíritu”, porque “si estamos distanciados o divididos, si nos volvemos rígidos en nuestras posiciones y en los grupos, no damos fruto”. Así, ha animado a superar las divisiones humanas “para trabajar juntos en la viña del Señor. Sumerjámonos en el espíritu del Evangelio, arraiguémonos en la oración, especialmente en la adoración y en la escucha de la Palabra de Dios, cultivemos la formación permanente, la fraternidad, la cercanía y la atención a los demás”. “Un gran tesoro ha sido puesto en nuestras manos, ¡no lo desperdiciemos buscando realidades secundarias respecto al Evangelio!”, ha aseverado.

Por ello, ha recordado a los sacerdotes que es necesario tratar “de no ser rígidos, sino de tener miradas y enfoques misericordiosos y compasivos”. “Esto nos ejercita para la acogida profética, para transmitir el consuelo del Señor en las situaciones de dolor y pobreza del mundo, acompañando a los cristianos perseguidos, a los migrantes que buscan hospitalidad, a las personas de otras etnias, a cualquiera que lo necesite”, ha añadido.

Autora: Elena Magariños.

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Fuente: https://www.vidanuevadigital.com/

Santa Isabel de Hungría


SANTA ISABEL DE HUNGRÍA , RUEGA POR NOSOTROS
Viuda, religiosa.
Patrona principal de la Arquidiócesis de Bogotá.
Isabel, palabra de origen hebreo que significa: "consagrada a Dios"
17 de noviembre

Hija de Andrés, rey de Hungría, nació el año 1207; siendo aún niña, fue dada en matrimonio a Luis, landgrave de Turingia, del que tuvo tres hijos. Vivía entregada a la meditación de las cosas celestiales y, después de la muerte de su esposo, abrazó la pobreza y erigió un hospital en el que ella misma servía a los enfermos. Murió en Marburgo el año 1231.

Isabel reconoció y amó a Cristo en la persona de los pobres -De una carta escrita al Papa por Conrado de Marburgo, director espiritual de santa Isabel.

La vida de Santa Isabel ha sido embelesada por sus hagiógrafos con numerosos cuentos que han llegado a conocerse como la "Leyenda Dorada". Sin embargo los datos fundamentales son históricos y revelan la gran caridad de la santa.

DIETRICH de Apolda refiere en la biografía de esta santa que, una noche del verano de 1207, Klingsohr de Transilvania anunció a Herman de Turingia, que el rey Andrés II de Hungría, primo del emperador de Alemania, acababa de tener una hija que había de distinguirse por su santidad y contraería matrimonio con el hijo de Herman. En efecto, esa misma noche, Andrés II y su esposa, Gertrudis de Andech-Meran, tuvieron una hijita que nació en Presburgo (Bratislava) o en Saros-Patak. El matrimonio profetizado por Klingsohr ofrecía grandes ventajas políticas, por lo cual, la recién nacida Isabel fue prometida en matrimonio al hijo mayor de Herman. Cuando la niña tenía unos cuatro años, sus padres la enviaron al castillo de Wartburg, cerca de Eisenach, para que se educase en la corte de Turingia con su futuro esposo. Durante su juventud, Isabel hubo de soportar la hostilidad de algunos miembros de la corte que no apreciaban su bondad; pero en cambio, el joven Luis se enamoró cada vez más de ella. Se cuenta que siempre que Luis pasaba por una ciudad compraba un regalo para su prometida. "Cuando se acercaba el momento de la llegada de Luis, Isabel salía a su encuentro; el joven le daba el brazo amorosamente y le entregaba el regalo que le había traído". El era un buen rey que tomó por lema "Piedad, Pureza, Justicia".

En 1221, cuando Luis tenía veintiún años y había heredado ya de su padre la dignidad de landgrave e Isabel tenía catorce, se celebró el matrimonio, a pesar de que algunos habían aconsejado a Luis que hiciese volver a Isabel a Hungría, pues la unión no les convenía. El joven declaró que estaba dispuesto a perder una montaña de oro antes que la mano de Isabel. Según los cronistas, Isabel era hermosa, elegante, morena, seria, modesta, bondadosa en sus palabras, fervorosa en la oración, muy generosa con los pobres y llena siempre de bondad y de amor divino". Se dice también que era modesta, prudente, paciente y leal. Su pueblo la amaba.

El día de su boda, la joven Duquesa no quiso ir a la iglesia adornada con los preciosos collares de su rango: "¿Cómo podría -dijo cándidamente- llevar una corona tan preciosa ante un Rey coronado de espinas?".

La vida de matrimonio de la santa sólo duró seis años que fueron calificados por un escritor inglés de "idilio de arrebatado amor, de ardor místico, de felicidad casi infantil, como rara vez se encuentra en las novelas que se leen ni en la experiencia humana". La joven reina descubrió profundamente el sentido del sacramento del matrimonio que está en poner a Dios primero de manera que el amor conyugal se nutra de Cristo y manifieste a Cristo. "Si yo amo tanto a una criatura mortal - le confiaba la joven reina a su amiga Isentrude-, ¿Cómo no debería amar al Señor inmortal, dueño de mi alma?".

Dios concedió tres hijos a la pareja: A los quince años, en el año 1222, Isabel tuvo a su primogénito, Herman quien murió a los diecinueve años. A los 17 años de edad, Isabel tuvo una niña (Sofía) y a los 20 otra niña que nació tres semanas después de haber perdido a su esposo, quien muriera en una cruzada a la que se había unido con entusiasmo juvenil. Sofía, que fue más tarde duquesa de Brabante y la Beata Gertrudis de Aldenburg. A diferencia de otros esposos de santas, Luis no puso obstáculo alguno a las obras de caridad de Isabel, a su vida sencilla y mortificada, ni a sus largas oraciones. Una de las damas de compañía de Isabel escribió: "Mi señora se levanta a orar por la noche y mi señor la tiene por la mano, como si temiera que eso le haga daño y le suplica que no abuse de sus fuerzas y que vuelva a descansar.

La liberalidad de Isabel era tan grande, que en algunas ocasiones provocó graves críticas. En 1225, el hambre se dejó sentir en aquella región de Alemania, y la santa acabó con todo su dinero y con el grano que había almacenado en su casa para socorrer a los más necesitados. El landgrave estaba entonces ausente. Cuando volvió, algunos de sus empleados se quejaron de la liberalidad de Santa Isabel. Luis preguntó si su esposa había vendido alguno de sus dominios y ellos le respondieron que no. Entonces el landgrave declaró: "Sus liberalidades atraerán sobre nosotros la misericordia divina. Nada nos faltará mientras le permitamos socorrer así a los pobres".

El castillo de Wartburg se levantaba sobre una colina muy empinada, a la que no podían subir los inválidos. (La colina se llamaba "Rompe-rodillas"). Así pues, Santa Isabel construyó un hospital al pie del monte, y solía ir allá a dar de comer a los inválidos con sus propias manos, a hacerles la cama y a asistirlos en medio de los calores más abrumadores del verano. Además acostumbraba pagar la educación de los niños pobres, especialmente de los huérfanos. Fundó también otro hospital en el que se atendía a veintiocho personas y, diariamente alimentaba a novecientos pobres en su castillo, sin contar a los que ayudaba en otras partes de sus dominios. Por lo tanto, puede decirse con verdad que sus bienes eran el patrimonio de los pobres. Sin embargo, la caridad de la santa no era indiscreta. Por ejemplo, en vez de favorecer la ociosidad entre los que podían trabajar, les procuraba tareas adaptadas a sus fuerzas y habilidades.

Por entonces se predicó en Europa una nueva cruzada, y Luis de Turingia tomó el manto marcado con la cruz. El día de San Juan Bautista, se separó de Santa Isabel y fue a reunirse con el emperador Federico II en Apulia. El 11 de septiembre de ese mismo año murió en Otranto, víctima de la peste. La noticia no llegó a Alemania sino hasta el mes de octubre, cuando acababa de nacer su segunda hija. La suegra de Santa Isabel, para darle la funesta noticia en forma menos violenta, le habló vagamente de "lo que había acontecido" a su esposo y de "la voluntad de Dios". La santa entendió mal y dijo: "Si está preso, con la ayuda de Dios y de nuestros amigos conseguiremos ponerlo en libertad". Cuando le explicaron que no estaba preso sino que había muerto, la santa exclamó: "El mundo y cuanto había de alegre en el mundo está muerto para mí".

Lo que sucedió después es bastante oscuro. Según el testimonio de Isentrudis, una de sus damas de compañía, Enrique, el cuñado de Santa Isabel, que era el tutor de su único hijo, echó fuera del castillo a la santa, a sus hijos y a dos criados, para apoderarse del gobierno. Se cuentan muchos detalles de la forma degradante en que la santa fue tratada, hasta que su tía Matilde, abadesa de Kitzingen, la sacó de Eisenach. Unos afirman que fue despojada de su casa de Marburgo de Hesse, y otros que abandonó voluntariamente el castillo de Wartburg. Desde Kitzingen fue a visitar a su tío Eckemberto, obispo de Bamberga, quien puso a su disposición su castillo de Pottenstein. La santa se trasladó allá con su hijo Herman y su hijita de brazos, dejando a Sofía al cuidado de las religiosas de Kitzingen. Eckemberto, movido por la ambición, proyectaba un nuevo matrimonio, pero Santa Isabel se negó absolutamente, pues antes de la partida de su esposo a la Cruzada se habían prometido mutuamente no volver a casarse. A principios de 1228, se trasladó el cadáver de Luis a Alemania para sepultarlo en la iglesia abacial de Reinhardsbrunn. Los parientes de Santa Isabel le proporcionaron lo necesario para vivir. El Viernes Santo de ese año, la viuda renunció formalmente al mundo en la iglesia de los franciscanos de Eisenach. Más tarde, tomó el hábito de la Tercera Orden de San Francisco.

Los frailes menores habían inculcado a Santa Isabel un espíritu de pobreza que en sus años de Langravina no podía practicar plenamente. Ahora, sus hijos tenían todo lo necesario y la santa se vio obligada a abandonar Marburgo y a vivir en Wehrda, en una cabaña, a orillas del río Lahn. Más tarde, construyó una casita en las afueras de Marburgo y ahí fundó una especie de hospital para los enfermos, los ancianos y los pobres y se consagró enteramente a su servicio.

En sacerdote Maese Conrado de Marburgo tuvo gran influencia sobre la santa. Dicho sacerdote había sustituido, desde 1225, al franciscano Rodinger en el cargo de confesor de la santa. El esposo de la santa le había permitido hacer un voto de obediencia al sacerdote en todo aquello que no se opusiese a su propia autoridad marital. Sin embargo la figura del Padre Conrado es muy controversial. Por un lado la protegió no permitiéndole pedir de puerta en puerta, desposeerse definitivamente de todos sus bienes, dar más que determinadas limosnas ni exponerse al contagio de la lepra y otras enfermedades. Sin embargo, según las siguientes anécdotas, era dominador y severo en extremo.

"(Maese Conrado) probó su constancia de mil maneras, al obligarla a proceder en todo contra su voluntad", escribió más tarde Isentrudis. "Para humillarla más, la privó de aquellos de sus criados a los que mayor cariño tenía. Una de ellas fui yo, Isentrudis, a quien ella amaba; me despidió con gran pena y con muchas lágrimas. Por último, despidió también a mi compañera, Jutta, que la había servido desde la niñez y a quien ella amaba particularmente. La bendita Isabel la despidió con lágrimas y suspiros. Maese Conrado, de piadosa memoria, hizo todo esto con buena intención, para que no le hablásemos de su antigua grandeza ni la hiciésemos echar de menos el pasado. Además, la privó del consuelo que nosotros podíamos darle para que sólo Dios pudiese consolarla". En vez de sus queridas damas de compañía, Conrado le dio dos "mujeres muy rudas", encargadas de informarle de las menores desobediencias de la santa a sus mandatos. Conrado castigaba esas desobediencias con bofetadas y golpes "con una vara larga y gruesa", cuyas marcas duraban tres semanas en el cuerpo de Isabel. La santa comentó amargamente con Isentrudis: "Si yo puedo temer tanto a un hombre mortal, ¡Cuánto más temible será el Señor y Juez de este mundo!" Se dice que, aunque la santa se benefició al saber vencer los obstáculos que le ponía su confesor, pero, objetivamente, sus métodos eran injuriosos.

Cierto día, un noble húngaro fue a Marburgo y pidió que le dijesen dónde vivía la hija de su soberano, de cuyas penas había oído hablar. Al llegar al hospital, encontró a Isabel sentada, hilando, vestida con su túnica burda. El pobre hombre casi se fue de espaldas y se santiguó asombrado: "¿Quién había visto hilar a la hija de un rey?" El noble intentó llevar a Isabel a Hungría, pero la santa se negó: sus hijos, sus pobres y la tumba de su esposo estaban en Turingia y ahí quería pasar el resto de su vida. Por lo demás, le quedaban ya pocos años en la tierra. Vivían muy austeramente y trabajaba sin descanso, ya fuese en el hospital, ya en las casas de los pobres o pescando en el río a fin de ganar un poco de dinero para sus protegidos. Cuando la enfermedad le impedía hacer otra cosa, hilaba o cargaba lana. En cierta ocasión en que estaba en cama, la persona que la atendía la oyó cantar dulcemente. "Cantáis muy bien, señora", le dijo. La santa replicó: "Os voy a explicar por qué. Entre el muro y yo había un pajarito que cantaba tan alegremente que me dieron ganas de imitarlo". La víspera del día de su muerte, a media noche, entre dormida y despierta murmuró: "Es ya casi la hora en que el Señor nació en el pesebre y creó con su omnipotencia una nueva estrella. Vino a redimir el mundo, y me va a redimir a mí". Y cuando el gallo comenzó a cantar, dijo: "Es la hora en que resucitó del sepulcro y rompió las puertas del infierno, y me va a librar a mí". Santa Isabel murió al anochecer del 17 de noviembre de 1231, antes de cumplir veinticuatro años. Su cuerpo estuvo expuesto tres días en la capilla del hospicio. Ahí mismo fue sepultada y Dios obró muchos milagros por su intercesión.

Prodigiosos milagros por la intercesión de Santa Isabel

El mismo día de la muerte de la santa, a un hermano lego se le destrozó un brazo en un accidente y estaba en cama sufriendo terribles dolores. De pronto vio aparecer a Isabel en su habitación, vestida con trajes hermosísimos. El dijo: "Señora, Ud. que siempre ha vestido trajes tan pobres, ¿por qué está ahora tan hermosamente vestida?". Y ella sonriente le dijo: "Es que voy para la gloria. Acabo de morir para la tierra. Estire su brazo que ya ha quedado curado". El paciente estiró el brazo que tenía totalmente destrozado, y la curación fue completa e instantánea. Dos días después de su entierro, llegó al sepulcro de la santa un monje cisterciense el cual desde hacía varios años sufría un terrible dolor al corazón y ningún médico había logrado aliviarle de su dolencia. Se arrodilló por un buen rato a rezar junto a la tumba de la santa, y de un momento a otro quedó completamente curado de su dolor y de su enfermedad.

Maese Conrado empezó a reunir testimonios acerca de su santidad, pero murió antes de que Isabel fuese canonizada, en 1235 por el Papa Gregorio IX. Al año siguiente, las reliquias de la santa fueron trasladadas a la iglesia de Santa Isabel de Marburgo, que había sido construida por Conrado, su cuñado. A la ceremonia asistieron el emperador Federico II y "una multitud tan grande, formada por gentes de diversas naciones, pueblos y lenguas, que probablemente no se había visto ni se volverá a ver en estas tierras alemanas algo semejante". La iglesia en que reposaban las reliquias de la santa fue un sitio de peregrinación hasta 1539, año en que el landgrave protestante, Felipe de Hesse, las trasladó a un sitio desconocido.

Algunos testimonios de la época: Uno de los sacerdotes de ese tiempo escribió: "Afirmo delante de Dios que raramente he visto una mujer de una actividad tan intensa, unida a una vida de oración y de contemplación tan elevada". Algunos religiosos franciscanos que la dirigían en su vida de total pobreza, afirman que varias veces, cuando ella regresaba de sus horas de oración, la vieron rodeada de resplandores y que sus ojos brillaban como luces muy resplandecientes. El emperador Federico II afirmó: "La venerable Isabel, tan amada de Dios, iluminó las tinieblas de este mundo como una estrella luminosa en la noche oscura".

Santa Isabel, ruega por los matrimonios, ruega por todos nosotros, qué el Señor nos conceda el don de un gran desprendimiento para dedicar nuestra vida y nuestros bienes a ayudar a los más necesitados.

FUENTE :
www.corazones.org


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