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La confesión de pecados ¿Es bíblica? ¿Creían los primeros Cristianos en la confesión de pecados?


LA CONFESIÓN DE PECADOS YA ERA PRACTICADA POR LOS JUDÍOS DESDE EL ANTIGUO TESTAMENTO Y ORDENADA POR LA LEY DE MOISÉS
Por Jesús Mondragón 

LA CONFESIÓN SE REALIZABA ANTE EL SACERDOTE JUDÍO Y LOS PECADOS ERAN PERDONADOS MEDIANTE EL SACRIFICIO DE ANIMALES

Levítico 5,5-6
el que es culpable en uno de estos casos confesará aquello en que ha pecado, y como sacrificio de reparación por el pecado cometido, llevará a Yahveh una hembra de ganado menor, oveja o cabra, como sacrificio por el pecado. Y el sacerdote hará por él expiación de su pecado.

Números 5,6-8
«Habla a los israelitas: Si un hombre o una mujer comete cualquier pecado en perjuicio de otro, ofendiendo a Yahveh, el tal será reo de delito.
Confesará el pecado cometido y restituirá la suma de que es deudor, más un quinto. Se la devolverá a aquel de quien es deudor.
Y si el hombre no tiene pariente a quien se pueda restituir, la suma que en tal caso se ha de restituir a Yahveh, será para el sacerdote; aparte del carnero expiatorio con que el sacerdote expiará por él.


II Samuel 12,13
David dijo a Natán: «He pecado contra Yahveh.» Respondió Natán a David: «También Yahveh perdona tu pecado; no morirás.

Proverbios 28,13
Al que encubre sus faltas, no le saldrá bien; el que las confiesa y abandona, obtendrá piedad.

Eclesiástico 4:26
No te avergüences de confesar tus pecados, no te opongas a la corriente del río.


LA CONFESIÓN DE PECADOS CONTINUÓ AL SER ANUNCIADA LA LLEGADA DEL MESÍAS

Mateo 3,5-6
Acudía entonces a él Jerusalén, toda Judea y toda la región del Jordán, y eran bautizados por él en el río Jordán, confesando sus pecados.


LOS FARISEOS, IGUAL QUE LOS PROTESTANTES PIENSAN QUE ES UNA BLASFEMIA QUE UN HOMBRE PUEDA PERDONAR PECADOS

Mateo 9,2-3
En esto le trajeron un paralítico postrado en una camilla. Viendo Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: «¡ Animo!, hijo, tus pecados te son perdonados.»
Pero he aquí que algunos escribas dijeron para sí: «Este está blasfemando.»


JESUCRISTO NO PERDONÓ AL PARALÍTICO COMO DIOS, LO PERDONÓ COMO HOMBRE

LA BIBLIA DICE QUE DIOS OTORGÓ A LOS HOMBRES EL PODER DE PERDONAR LOS PECADOS

Mateo 9,6-8
Pues para que sepáis que el Hijo del hombre tiene en la tierra poder de perdonar pecados - dice entonces al paralítico -: "Levántate, toma tu camilla y vete a tu casa".»
El se levantó y se fue a su casa.
Y al ver esto, la gente temió y glorificó a Dios, que había dado tal poder a los hombres.

Juan 20,21-23
Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío.»
Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo.
A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»


LA CONFESIÓN DE PECADOS SIGUIÓ SIENDO PRACTICADA POR LOS APÓSTOLES

Santiago 5,16
Confesaos, pues, mutuamente vuestros pecados y orad los unos por los otros, para que seáis curados. La oración ferviente del justo tiene mucho poder.

Hechos 19,18
Muchos de los que habían creído venían a confesar y declarar sus prácticas.


¿Y si hoy hemos entendido mal estos pasajes de la Escritura? ¿Cómo podemos saber si hemos comprendido correctamente el tema de la confesión? La respuesta a éstas interrogantes es muy sencilla: ¿Creían los primeros cristianos en la confesión de pecados? Si la respuesta a esta pregunta es NO, entonces siempre hemos estado en el error. Pero si la respuesta es SÍ, los equivocados son las sectas. Veamos.

LOS PRIMEROS CRISTIANOS, LOS SUCESORES DE LOS APÓSTOLES, CONOCIDOS COMO PADRES APOSTÓLICOS ENSEÑAN SOBRE LA CONFESIÓN

Didajé (40 - 90 d.C.)

En la iglesia (asamblea) confiesa tus pecados: y no te acerques a tu oración con mala conciencia. Tal es el camino de la vida. 4,14

Orígenes (185 - 254 d.C.)

“Además de esas tres hay también una séptima (razón)
aunque dura y laboriosa: la remisión de pecados por
medio de la penitencia, cuando el pecador lava su
almohada con lágrimas, cuando sus lágrimas son su
sustento día y noche, cuando no se retiene de declarar su pecado al sacerdote del Señor ni de buscar la medicina, a la manera del que dice «Ante el Señor me acusaré a mí mismo de mis iniquidades, y tú
perdonarás la deslealtad de mi corazón»”

“Observa con cuidado a quién confiesas tus pecados; pon a prueba al médico para saber si es débil con los débiles y si llora con los que lloran. Si él
creyera necesario que tu mal sea conocido y curado en presencia de la asamblea reunida, sigue el consejo del médico experto” Homilías sobre los Salmos 37, 2.5

Tertuliano (160 - 220 d.C.)

"rehúyen este deber como una revelación pública de sus personas, o que lo difieren de un día para otro... ¿Es acaso mejor ser condenado en secreto que perdonado en público?" De Paenitencia

Cipriano de Cartago (200 – 258 d.C.)
“Os exhorto, hermanos carísimos, a que cada uno confiese su pecado,
mientras el que ha pecado vive todavía en este mundo, o sea, mientras su confesión puede ser aceptada, mientras la satisfacción y el perdón otorgado por los sacerdotes son aún agradables a Dios” De Lapsi 28; Epístola 16, 2.

Hipólito Mártir (? - 235 d.C.)

“Padre que conoces los corazones, concede a este tu
siervo que has elegido para el episcopado... que en virtud del Espíritu del sacerdocio soberano tenga el poder de «perdonar los pecados» (facultatem remittendi peccata) según tu
mandamiento; que «distribuya las partes» según tu precepto, y que «desate toda atadura» (solvendi omne vinculum iniquitatis), según la autoridad que diste a los Apóstoles” La Tradición Apostólica 3

La confesión de pecados fue enseñada por Moisés en el Antiguo Testamento. Jesucristo dio a los hombres el poder de perdonar los pecados. Los Apóstoles la aconsejan y los primeros Cristianos católicos la han practicado desde el siglo primero. ¿Quiénes son entonces los que están equivocados?

LA CONFESIÓN, SÍ ES BÍBLICA

PAX ET BONUM

Ni Moisés, Abrahám, Isaac, Jacob, ni ningúno de los santos del Antiguo Testamento heredarán el reino de los cielos. Pero los líderes de los testigos de Jehová, sí



NI ABRAHÁM, NI ISAAC, NI JACOB, NI MOISÉS Y NINGUNO DE LOS SANTOS DEL ANTIGUO TESTAMENTO, HEREDARÁN EL REINO DE LOS CIELOS 

PERO LOS LÍDERES DE LOS TESTIGOS DE JEHOVÁ SÍ
Por Israel Octavio Hernández 

Los Testigos de Jehová enseñan que al cielo sólo van 144,000 personas (Apo 14,1), entre ellos los Apóstoles, todos los cristianos del primer siglo y algunos miembros de esta organización desde el siglo XIX, XX y XXI. 

Pero aseguran que nadie que haya vivido antes de Cristo o en tiempos del Antiguo Testamento tendrá esperanza celestial, que el destino final de todas estas personas es vivir en el paraíso en la Tierra. 

O sea, que los Patriarcas Abrahán, Isaac, Jacob, Moisés, los profetas etc. Se quedarán a vivir en la Tierra, pero los presidentes de los Testigos de Jehová como Russell, Rutherford, Nathan H. Knorr, Fred Franz, Milton Henschel, y otros miembros totalmente desconocidos heredarán el Cielo. 

Para tener más luz, veamos mejor que es lo que nos dice la Biblia al respecto y no nos dejemos confundir por lo que dice la Atalaya. 

Para empezar, en todo el Nuevo Testamento, no hay ni un sólo texto que hablé de una esperanza terrenal o de que la Tierra se convertirá en un paraíso. Bueno, pues ahora tampoco encontraremos un sólo texto donde diga que los Santos del Antiguo Pacto no heredarán el Cielo y que sólo resucitarán para vivir en la Tierra. No, no existe. 

La única referencia que citan los TJ y la cual tuercen (como suelen hacer con toda la Escritura) para afirmar ésto es el siguiente. 

Hechos, 2,34
"Pues David no subió a los cielos y sin embargo dice: <Dijo el Señor a mi Señor Siéntate a mi diestra hasta que ponga a tus enemigos por escabel de tus pies>" 

Según los testigos, este texto es prueba de que aquellos que vivieron en el Antiguo Pacto, no heredarán el reino de los cielos, sino que resucitarán aquí en la Tierra. Pero eso sólo está en la imaginación de ellos, ya que el citado texto no dice nada de eso. Lo único que comenta es que, al momento de escribir los Salmos, ni David, ni ninguna otra persona habían subido al Cielo. Nada menciona si después lo harían o no. No obstante, a pesar de no haber subido al cielo, David sabía, inspirado por el Espíritu Santo, lo que Dios ha expresado. 

El texto nada tiene que ver con el destino final de aquellos hombres de la Antigüedad, además Cristo aún no había venido a darse en Sacrificio por todos, David aún no podía resucitar o subir al cielo, pues no se había hecho aún esa expiación por la humanidad. Y como hemos visto, David aún no había muerto al escribir eso, sino que estaba vivo pero inspirado por el Espíritu Santo. 

Así que este texto del libro de los hechos tan utilizado por los TJ para afirmar que aquellas personas sólo tienen esperanza terrenal se derrumba fácilmente y por lo tanto queda descartado, pues el argumento no tiene solidez para apoyarse en el tema que estamos tratando. 

Los Evangelios y todo el Nuevo Testamento nos hablan constantemente del Reino de los Cielos y nos describen ese reino por medio de figuras, por ejemplo, se habla de un Banquete celestial, de las Bodas del cordero con su esposa (la Iglesia), y a esas bodas hay muchos invitados para participar en ese banquete (Mt 22,2-10; Luc 14,15). Comenzando por los Apóstoles (Mt 26,29) 

DICHOSOS LOS INVITADOS 

Apocalipsis 19,9
"Dichosos los invitados al banquete de bodas del cordero". 

Mateo 7,21
Ahora, ¿Quienes son invitados al Banquete de bodas del Cordero? Cristo dice que todo el que hace la voluntad de su Padre entrará al reino de los Cielos. 

¿Acaso los hombres santos de la antigüedad no hicieron la voluntad de Dios? 

Pues el Nuevo Testamento nos muestra que también los hombres santos de la antigüedad heredarán el Reino de los Cielos. 

Ya vimos que la Escritura habla de un Banquete en el Cielo. Ahora veamos quienes más participarán de éste. 

Mateo 8,11
"Y les digo que vendrán muchos de oriente y occidente y se sentarán a la mesa con Abrahán, Isaac y Jacob en el reino de los Cielos". 

Así es, ¡Los hombres de la antigüedad sentados en LA MESA en el REINO DE LOS CIELOS! 

Esta MESA es la misma a la que Jesús invita a los Apóstoles a comer y beber: 

Lucas 22,28-30
"Ustedes son los que han perseverado conmigo en mis pruebas; yo, por mi parte, dispongo un Reino para ustedes como mi padre lo dispuso para mí, para que coman y beban a mi MESA en mi Reino...." 

Así es, los Apóstoles y los santos cristianos, son los primeros en participar de esa "Mesa" y después vienen los hombres santos de la antigüedad, así como todos los que hicieron la voluntad de Dios en todas las partes del mundo. 

Lucas 13,29-30
"Y vendrán de oriente y occidente, del norte y del sur, y se pondrán a la mesa en el Reino de Dios.
Pues hay últimos que serán primeros y hay primeros que serán últimos." 

Como vemos, todos los que hicieron la voluntad de Dios participarán de la "Mesa", del "Banquete" en el Cielo, y no aquí en la Tierra, primero todos los cristianos pero también los hombres de la antigüedad, pues Jesús dice que los últimos serán primeros y los primeros serán últimos. Pero todos juntos participando de ese Banquete Celestial. 

Parece que con esto quedaría claro que los hombres de la antigüedad también tienen esperanza celestial, pero vamos con otro texto más (recalcó con mayúsculas para hacer énfasis): 

Hebreos 11,16
"Pero ahora procuran alcanzar un lugar mejor, es decir, uno que pertenece AL CIELO, por lo tanto, Dios no se avergüenza de ellos, de ser invocado como su Dios, porque les tiene lista una CIUDAD". 

Así es, estos santos de la antigüedad tienen también un destino final en el cielo, no aquí en la tierra como enseñan los TJ, pues el texto confirma que aspiran a una patria mejor, una celestial. Aparte, al final del texto dice que Dios les tenía preparada una CIUDAD, ¿A caso querrá decir que una tierra paradisíaca? La respuesta es un contundente NO, pues la Biblia de los TJ “Traducción del nuevo mundo” en sus referencias o letras voladas nos lleva a (Heb 12,22 y Apo 21,2) en donde se describe la Ciudad como "la ciudad de Dios", "la Jerusalén celestial", "la Santa Ciudad", "la Nueva Jerusalén". 

Para los TJ está Jerusalén celestial representa a los que heredan los cielos, los 144,000 ungidos (Perspicacia Tomo II pag. 505,506). Así que para variar, su traducción del nuevo mundo y su literatura los contradice como siempre y hecha a la basura toda su enseñanza. 

Veamos un claro ejemplo de cómo la traducción del nuevo mundo pone a Abrahám y a Isaac en el Cielo y no en la Tierra. 

Los TJ alegan que Abrahán no puede heredar el Cielo por no haber nacido en tiempos de Jesús, o después de que se comenzaran a declarar las Buenas Nuevas (Evangelio). Bueno, pues veamos qué nos enseña San Pablo cuando se dirige a los Gálatas, en donde según los TJ ellos son parte de los cristianos ungidos que van al cielo (pongo en mayúsculas lo más sobresaliente): 

Gálatas 3,7-9
"De seguro ustedes saben que son los que se adhieren a la fe quienes son hijos de Abrahán. Ahora bien, la Escritura, viendo por anticipado que Dios declara justa a gente de las naciones debido a fe, DECLARÓ LAS BUENAS NUEVAS DE ANTEMANO A ABRAHÁN, a saber: <Por medio de ti todas las naciones serán bendecidas>. Por consiguiente, los que se adhieren a la fe ESTÁN SIENDO BENDECIDOS JUNTO CON ABRAHÁN que tuvo fe". 

San Pablo dice que Abrahán de cierta forma recibió las Buenas Nuevas y que los que tienen fe están siendo bendecidos junto con Abrahán. 

Ahora, terminando el texto las referencias o letras voladas nos llevan al mismo capítulo pero a los versos 28 y 29, los cuales dicen: 

"No hay ni Judío ni griego, no hay esclavo ni libre, no hay ni varón ni hembra, porque todos ustedes son una persona en unión con Cristo Jesús. Además, si pertenecen a Cristo son descendientes de Abrahán, herederos respecto a una promesa." 

Así es, el texto nos confirma que ya no hay diferencia entre los seres humanos y que todos estamos ahora unidos a la obra salvadora que hizo Jesús, y esa obra, ese sacrificio también se hizo por las personas de la antigüedad. Después, San Pablo termina contundente diciendo que si pertenecen a Cristo, realmente son descendientes de Abrahán y herederos (al igual que Abrahán) respecto a una promesa. 

Los TJ aseguran que esa descendencia la componen únicamente los 144,000, pero San Pablo dice que todos los que pertenecen a Cristo, no sólo un respectivo número. Así que todos tenemos las mismas oportunidades para hacernos de esa promesa. 

Bueno, ahora terminando el texto, la referencia o letra volada nos lleva a (Gálatas 4,28) leamos: 

"Ahora bien, nosotros, hermanos, somos hijos pertenecientes a la promesa, así como Isaac lo fue." 

La misma traducción de los TJ nos remite a textos donde se confirma que Abrahán e Isaac también fueron pertenecientes a la misma promesa divina que se le da a su Descendencia (los cristianos). 

Ahora bien, si nos vamos a la referencia o letra volada al final de este texto ¡Nos conduce a Romanos 9,8! 

"Es decir, los hijos de la carne no son realmente los hijos de Dios, sino que los hijos de la promesa son contados como descendencia" 

Para los TJ, los hijos de Dios sólo son los 144,000. Aquí el dilema para los testigos de Jehová que no forman parte de esos 144,000, es que si ellos no son hijos de Dios, por no ser de los ungidos, entonces no heredarán nada, ni siquiera su fantasiosa tierra paradisíaca, pues automáticamente vendrían a ser los hijos de la carne. 

Como pudimos ver, su propia "traducción" de la Biblia y su escasa comprensión de las Escrituras, evaporan rápidamente las erróneas creencias de los mal llamados testigos de Jehová.


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San Moisés


SAN MOISÉS, PROFETA, RUEGA POR NOSOTROS

04 de septiembre, siglo XIII A. C.

Moisés fue el libertador del pueblo de Israel.

SALVADO DE LAS AGUAS


La historia de Moisés se encuentra en el segundo libro de la S. Biblia, el Libro del Éxodo, uno de los libros más hermosos y emocionantes de toda la literatura universal. Ningún buen cristiano debería quedarse sin leer el Éxodo no sólo una vez sino muchas veces. Su lectura le hará un gran provecho a su alma.

Cuenta el libro del Éxodo que empezó a gobernar a Egipto un faraón que no quería a los israelitas y dio una ley mandando que todo niño varón que naciera había que matarlo. Y un día nació un bellísimo niño, de la tribu de Leví. Sus padres lo escondieron para que no lo fueran a matar los soldados del faraón, pero como el niño lloraba y podían oírlo desde la calle, dispuso entonces la madre echarlo entre un canasto, que ella había forrado con brea por fuera, y dejarlo flotando sobre las agua del río Nilo.

Sucedió que fue la hija del faraón a bañarse al río Nilo y al ver el canasto sobre el agua mandó un nadador a que lo sacara. Y allí encontró el hermoso niño que lloraba. Se compadeció de él y en ese momento llegó la hermanita del niño, que estaba escondida entre los matorrales de la orilla observando, y le propuso que ella le podía conseguir una señora para que criara al niño. La hija del rey aceptó y fue llamada la mamá a quien la princesa le pagó para que criara al pequeñín, al cual le puso por nombre Moisés, que significa: salvado de las aguas.

MOISÉS PRÍNCIPE

La hija del faraón adoptó a Moisés como príncipe y lo hizo educar en el palacio del rey donde se educaban los que iban a ser gobernantes de la nación. Esta educación tan esmerada le sirvió mucho después para saber gobernar muy bien al pueblo de Israel.

FUGITIVO EN EL DESIERTO

Cuando Moisés fue mayor, un día vio que un egipcio atormentaba a un israelita y por defender al israelita hirió gravemente al egipcio. Lo supo el rey y lo iba a mandar matar, y entonces Moisés salió huyendo hacia el desierto.

En el desierto encontró a unas pastoras que no podían dar de beber a sus rebaños porque otros pastores muy matones se lo impedían. Como él era un buen luchador las defendió y les permitió dar de beber a sus ovejas. Las muchachas le contaron esto a su padre y el buen hombre mandó llamar a Moisés y lo encargó de cuidarle sus rebaños en el desierto. Allí estuvo por siete años, dedicado a la meditación y a la oración, y ese tiempo le fue muy útil porque pudo conocer muy bien el desierto por donde más tarde iba a conducir al pueblo de Israel. Moisés se casó con Séfora, la hija del dueño de las ovejas, y de ella tuvo dos hijos: Eliécer y Gerson.

LA ZARZA ARDIENTE

Un día mientras cuidaba las ovejas en el desierto vio Moisés que un montón de espinas ardían entre llamaradas pero no se quemaban. Lleno de curiosidad se acercó para ver qué era lo que pasaba y una voz le dijo: “Moisés, Moisés, quítate las sandalias porque el sitio que estás pisando es sagrado”.
El preguntó. ¿Quién eres Tú Señor?
La voz le respondió: Yo soy el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob. He oído las lamentaciones de mi pueblo, Israel, y he dispuesto bajar a ayudarlos. He dispuesto librarlos de la esclavitud de Egipto y llevarlos a una tierra que emana leche y miel. Yo te enviaré al faraón para que los deje salir en libertad.
Moisés preguntó: ¿Señor, y si me preguntan cuál es tu nombre, qué les diré?
El Señor le respondió: Yo soy Yahvé. Yo soy el que soy. Irás a los israelitas y les dirás: “Yahvé, que es el Dios de Abraham, Isaac y Jacob me envía a vosotros”. Luego reunirás a los ancianos de Israel, y con ellos irás al faraón a pedirle que deje salir libre al pueblo. El faraón se negará pero yo haré toda clase de prodigios para que los dejen salir”.
Poder de hacer prodigios. Moisés dijo al Señor: ¿Y qué demostración les voy a hacer para que sepan que sí voy de parte de Dios?
El Señor le respondió: Echa al suelo tu vara de pastor. Moisés lanzó al suelo su vara o bastón que se convirtió en serpiente.
Dios le dijo: toma la serpiente por la cola.
La agarró y se volvió otra vez bastón.
Dios le dijo: esta será una de las señales con las cuales yo te voy a apoyar para que te crean.
Moisés le dijo a Nuestro Señor: “Yo tengo dificultad para hablar. ¿Por qué no mandas a otro?”. El Señor le dijo: “Tu hermano Aarón, que sí tiene facilidad para hablar, te ayudará”.
Moisés se volvió a Egipto y junto con su hermano Aarón reunió a los ancianos de Israel y les contó lo que le había mandado el Señor Dios. Y convirtió el bastón en serpiente para demostrarles que sí venía de parte de Dios.

LAS DIEZ PLAGAS

Se fueron donde el faraón a pedirle que dejara salir en libertad al pueblo de Israel pero el faraón no quiso aceptar sino que más bien esclavizó más a los israelitas y les puso trabajos más pesados, haciendo ladrillos. El pueblo clamó a Dios y Dios los escuchó y mandó las terribles diez plagas de Egipto.

La primera plaga consistió en que las aguas del Nilo se convirtieran en sangre, al ser tocadas por el bastón de Moisés. La segunda plaga fue una espantosa invasión de ranas por todas las casas. El faraón se asustó, pero apenas Moisés obtuvo que se acabara la plaga, ya no dejó salir al pueblo. La tercera, una nube inmensa de mosquitos que molestaban a todo el mundo. La cuarta, unos tábanos o abejones que picaban muy duro. La quinta plaga, una peste que mató el ganado. La sexta, úlceras por todo el cuerpo en la gente. La séptima plaga, una terrible granizada que destruyó los cultivos. La octava, las langostas que llegaron por millones y arrasaron con todo. La novena, tres días de tinieblas. Y la décima y más terrible, la muerte de todos los hijos mayores o primogénitos de las familias de Egipto. Ante esta calamidad, el faraón se asustó y dejó salir al pueblo de Israel.

EL PASO DEL MAR ROJO

Cuando el faraón asustado dio la orden de que los israelitas podían salir de Egipto donde estaban como esclavos, todos ellos se apresuraron a abandonar el país con sus animales y cuanto tenían dirigidos por Moisés. Pero al llegar al Mar Rojo vieron que el ejército egipcio venía a perseguirlos. Asustados clamaron a Dios y entonces el Señor mandó a Moisés que tocara con su bastón el mar. Inmediatamente se abrieron las aguas en dos grandes murallas y el pueblo pasó a pie por terreno seco hasta la otra orilla. El ejército del faraón quiso pasar también, por orden de Dios, Moisés tocó otra vez con su bastón las aguas y estas se cerraron y ahogaron a todo el ejército perseguidor. En ese día el pueblo aumentó su fe en Dios y creyó en Moisés su profeta.

EL AGUA DE LA ROCA

En el desierto faltó el agua y el pueblo se moría de sed. Moisés, por orden del Señor, golpeó con su bastón una roca y de ella brotó una fuente de agua en la cual bebió todo el pueblo y bebieron sus ganados.

EL MANÁ

La gente empezó a sufrir hambre y a protestar. Entonces Dios hizo llover del cielo un pan blanco y agradable. La gente al verlo decía: ¿Maná? (que en su idioma significa ¿Qué es esto?). Dios le dijo a Moisés: “Este es el pan con el cual los voy a alimentar mientras se encuentren en el desierto”. Y así durante 40 años el maná fue el alimento prodigioso que los libró de morirse de hambre.
Los diez mandamientos. Moisés subió al Monte Sinaí y allí Dios le dio los diez mandamientos, escritos en dos tablas de piedra. Y prometió que quien los cumpla tendrá siempre sus bendiciones y su ayuda.

SUFRIMIENTOS Y LEYES

Moisés tuvo que sufrir mucho porque el pueblo era rebelde y muy inclinado al mal, pero Dios se le aparecía y hablaba con él como un amigo de mucha confianza. Inspirado por Nuestro Señor Moisés dio al pueblo unas leyes sumamente sabias que fueron después muy útiles para conservarlos en las buenas costumbres y preservarlos en la fe.

La intercesión de Moisés. Cuando el pueblo pecaba y Dios se proponía castigarlo. Moisés oraba por el pueblo pecador y Dios los perdonaba. Cuando los enemigos venían a atacarlos, Moisés se iba al monte a rezar. Mientras él rezaba con las manos levantadas triunfaba el ejército de Israel. Pero cuando Moisés dejaba de rezar, era derrotado el pueblo de Dios. Por eso entre dos hombres le tenían los brazos levantados para que no dejara de orar mientras duraba la batalla. Es que por ser tan amigo de Dios, conseguía de El cuanto le pedía en la oración.

MUERTE DE MOISÉS

Dios lo hizo subir a un Monte desde donde pudo ver la Tierra Prometida. Y allí murió y lo enterraron los ángeles. Nunca más hubo otro hombre que hablara con Dios de tú a tú, como Moisés y que hiciera tantos milagros y prodigios. Hasta que llegó Nuestro Señor Jesucristo, nuevo Moisés, pero muchísimo más poderoso y santo que él, porque Jesús es a la vez Dios y hombre.

La Biblia dice que en la antigüedad no hubo un hombre tan humilde y tan manso como Moisés. Que este gran amigo de Dios nos consiga de Nuestro Señor la gracia de ser mansos y humildes, y de permanecer siempre amigos de Dios hasta el último momento de nuestra vida y después para siempre en el cielo. Amén.


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