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Gracias al ejemplo de fe de una familia protestante, el Padre Mendo descubrió su vocación.


Dios sabe de qué manera llamar a cada uno, y en el caso del Padre Mendo Saraiva de Refóios Paes de Ataíde, su viaje vocacional comenzó con el ejemplo de fe de una familia protestante.

El sacerdote portugués fue ordenado en junio de 2020 y sirve actualmente en la Arquidiócesis de Lisboa (Portugal). Durante la JMJ 2023 conversó con EWTN News sobre cómo descubrió su vocación.

El P. Ataíde indicó que todo comenzó con una “fuerte experiencia” con la familia que lo acogió en Rhinelander, Wisconsin (Estados Unidos), cuando era estudiante.

“Estuve con una familia que vivía su fe de manera muy fuerte”, dijo. "Eso me hizo cuestionarme. Porque decía que era católico. Pero no sabía nada sobre la vida católica. No conocía mi fe. Iba a misa los domingos. Pero eso era todo”, agregó.

El sacerdote remarcó que la familia era protestante, pero su vivencia de fe “sincera y real”, lo motivó a descubrir la propia fe católica.

“Cuando regresé, empecé a mirar los fundamentos de la fe: ¿Qué es la Iglesia? ¿Quién soy yo como católico? ¿Cómo puedo agradecer a Dios?”, señaló. “Comencé a rezar. Y a lo largo de ese proceso, mientras estaba en la universidad, el llamado se volvía más fuerte en mi vida”, agregó.

El P. Ataíde resaltó que, si bien no tenía una idea clara todavía, sabía “que una vida con Jesús era la mejor”, y poco a poco, a pesar de que en un inicio quería casarse y tener una familia grande, “el tiempo y los buenos amigos” lo llevaron a entrar a la vida religiosa.

“Descubrí los fundamentos de la Iglesia Católica y cómo Cristo quiere que seamos uno, y llegué a conocer la fe de una manera que no había conocido antes si no hubiera tenido esta gracia que Dios me dio”, señaló.

El joven sacerdote indicó que es la segunda vez que participa en una JMJ, y señaló que la Jornada Mundial de la Juventud de 2011 en Madrid (España) lo ayudó en su formación al sacerdocio.

“Ver a todas las personas que también luchan por la fe, ver esta búsqueda de tantos corazones que quieren encontrar a Jesús, me alimentó”, indicó.

Tenían fecha para la boda pero Dios los llamó a la vida consagrada



Paola y Ángelo se conocieron en la adolescencia, tuvieron un noviazgo de 9 años y planeaban casarse. Pero Dios preparó otra cosa para ellos.

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Estaban comprometidos, tenían fecha para la boda y ya estaban buscando casa, pero Dios tenía otros planes para ellos: hoy son monja y sacerdote.

El periódico italiano Avvenire relató la inspiradora historia de Paola y Ángelo, quienes, después de 10 años de noviazgo-,descubrieron que el Señor los estaba llamando a la vida consagrada.

De novios a monja y sacerdote

Paola, hoy es Sor María Giuseppina del Amor Encarnado, una carmelita descalza, y Ángelo un sacerdote que misiona en Alemania. Sin embargo, los planes que tenía cada uno era bien diferentes cuando se conocieron en la adolescencia y comenzaron un largo noviazgo.

“Nuestros años de noviazgo pasaron rápido, hasta el día en que llegó a la parroquia, cerca de la casa de Paola, el joven vicepárroco Don Michele Madonna, quien nos hizo conocer a ‘Jesús vivo. Siempre repetía: ‘Chicos, pregúntenle a Dios qué piensa de ustedes, cuál es Su sueño para cada uno de ustedes“, recordó Ángelo.

En ese tiempo tomaron juntos la Confirmación. “Con la Confirmación – comentó el sacerdote- para mí todo se puso patas arriba. Continué mi vida trabajando como electricista industrial, pero en el fondo cada vez estaba más inquieto. Tenía un salario, salía con amigos y amigas, pero todo era de mal gusto y parecía que no era suficiente para mí. Lo tenía todo, pero no era feliz“.

El noviazgo continuó, Paola y Ángelo planearon la boda y comenzaron a buscar casa mientras ella finalizaba sus estudios en economía. Sin embargo, justo cuando encontraron lo que iba a ser su futuro hogar, Paola decidió terminar súbitamente la relación.

“Fuimos a la conferencia sobre la Renovación en el Espíritu Santo en Rimini y Dios le hizo entender a Paola que quería que fuera suya, pero ella no pudo aceptarlo. Me dejó por primera vez en mayo. Después de un tiempo nos volvimos a juntar porque ella no podía decir su ‘sí’ al Señor. En octubre, sin embargo, Dios superó sus obstáculos y Paola me dejó, concluyendo definitivamente nuestra historia“, relató Ángelo.

Paola había decidido convertirse en carmelita descalza, pero Ángelo aún no podía discernir cuál era el plan que Dios tenía para él.

“Después de haber rezado las Vísperas, le hago a Dios la fatídica pregunta con la que Don Michele nos había insistido durante los años de frecuentación de la parroquia. Le pregunto: ‘¿pero por qué estoy en la tierra? ¿Qué quieres de mí?‘ Abro la Biblia, la que había recibido como regalo del padrino de la Confirmación (…) [y] allí leí ‘Antes que te formase en el vientre te conocí, antes que nacieras te santifiqué‘ (Jeremías 1:4-5)”.

Entonces Ángelo se dio cuenta que quería ser sacerdote. Ingresó al seminario a los 26 años y fue ordenado a los 33 años en 2013. Hoy, realiza un apostolado en la misión católica de Wuppertal, Alemania.

“Cada vez que estoy en Nápoles [Italia] voy a al monasterio de sor Maria Giuseppina. La historia no ha cambiado tanto: cuando estaba comprometida me sermoneaban. ¡Me siguen retando hasta siendo sacerdote!“, recordó con humor Ángelo.

Autor: Andrés Jaromezuk

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Fuente: https://es.churchpop.com/

Los errores de una madre


En muchos lugares del mundo se festejará a las mujeres que por gracia de Dios han sido madres; sin embargo, no todas tienen el instinto maternal, también es necesario abordar aquellas personalidades de mujeres que no tienen la vocación amorosa, paciencia suficiente y cuidadosa para con sus hijos. Son menos, pero existen y dejan profunda huella en los seres humanos que no cuentan con esos recuerdos de una madre que estuvo pendiente de las necesidades de sus hijos.

Madres con adicciones, con problemas psicológicos, con grandes carencias afectivas, esas mamás de las que nadie quiere hablar por el dolor y por la huella que dejan en la vida de su familia. No todas las mamás se adaptan a la tradicional mujer que lo da todo por sus hijos o que llegan a ser el “pilar” de la casa con su esfuerzo y dedicación.

He escuchado y visto una gran cantidad de historias donde la personalidad de la madre, llega a ser un tormento para los integrantes de la casa, son mujeres y madres con su manera particular de ser, de enfrentar la vida y por diferentes circunstancias dejan sus nobles y buenos sentimientos para causar daños irreparables, vidas destruidas y dolor tan profundo en quienes les rodean.

Muchos de estos hijos viven con traumas que tendrán que enfrentar a lo largo de sus vidas, algunas veces con gran dificultad y en otras aprender a vivir con esa carencia de una madre que no demostró amor y afecto, que no quiso entender la relación eterna entre sus hijos y ella.

Maternidad con dificultades

Madres violentas, egoístas, desinteresadas y sin duda una gran cantidad de descripciones de acuerdo al tipo de mamá que haya causado algún daño en particular; sin embargo, no se trata de señalar a nadie, pues eso no sería cristiano.

Simplemente, es reconocer con objetividad que no todas las madres tienen la misma esencia en el acompañamiento a sus hijos, que depende de muchos aspectos y que los “moldes” no son una constante en la vida de quienes han tenido el privilegio de la maternidad.

Aunque el instinto maternal permanecerá en las mujeres que han dado a luz, la vocación puede verse debilitada debido a muchos aspectos, la relación con el padre, la ausencia de este, la decisión de ser madre sin un padre y las condiciones determinantes como la estabilidad económica, así como las condiciones sociales, todo influye y repercute, en el comportamiento y calidad de sus relaciones.

Madres que no pueden estar con sus hijos porque la responsabilidad laboral se los impide, mujeres que deben trabajar el doble para poder subsistir, en fin, todo afecta. Las personalidades de cada mujer y sus intereses llegan a ser tan diversos, que la maternidad deja de idealizarse, se vive una maternidad con dificultades y con grandes vacíos emocionales.

Lo repito, no se trata de juzgar el trabajo de ninguna madre, más bien, es darle visibilidad a un problema del que a veces nadie quiere hablar. Madres que golpearon a sus hijos, que vendieron a sus hijos, quienes les abandonaron a su suerte, madres que dejaron la vida familiar para iniciar una nueva relación.

Como cristianos, el perdón es el acto de amor más grande y perdonar los errores de una madre debería considerarse el acto más sublime. En estos días, habrá personas que signifique muy poco la frase: ¡Felicidades mamá! “Porque tú formaste mis entrañas; me hiciste en el seno de mi madre”. Salmos 139, 13

Autor: Rafael Salomón.

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Fuente: https://www.vidanuevadigital.com/

Los obispos: «Es llamativo que familias cristianas se opongan a la vocación de sus hijos al sacerdocio»



Dicen los obispos de la Subcomisión para la Familia y Defensa de la Vida de la Conferencia Episcopal Española (CEE) que la familia es fundamental para la formación de niños y jóvenes que en un futuro podrán ser llamados a una vocación concreta, el sacerdocio, la vida consagrada o la familia. Por ello, con motivo de la Jornada de la Sagrada Familia, que se celebra el 30 de diciembre con el lema La familia, cuna de la vocación al amor, ofrecen en un mensaje una serie de claves para discernir la vocación y reflexionar sobre ella en familia.

Uno de los puntos se refiere al conocimiento de las distintas vocaciones en el entorno familiar. El matrimonio está reflejado en los padres y, por ello, los obispos animan a las familias a que haya espacios en la vida diaria para tener contacto con otras.

Por ejemplo, proponen gestos como invitar al sacerdote de la parroquia a visitar la casa o acudir a una comunidad de personas consagrada. «Facilitarán que en el horizonte vital de los hijos aparezca con naturalidad plantearse si el Señor les puede estar llamando a una especial consagración», recoge el mensaje.

En este sentido, los obispos proponen instaurar una cultura vocacional que cale en las familias. «Es llamativo que familias que se dicen cristianas se opongan a la vocación de sus hijos al sacerdocio o a la vida consagrada o que les pidan que prioricen su futuro profesional, postergando la llamada del señor», añaden.

Asimismo, proponen que los hijos sean forjados en el camino de las virtudes y se detienen especialmente en la caridad. «La familia no es una célula aislada en sí misma, a la que no importa lo que sucede alrededor. Esta dimensión caritativa empieza en la familia ampliada, cuidando especialmente a los abuelos y a los mayores, pero debe estar abierta a las necesidades de los demás», sugieren. También ponen énfasis en la formación en afectividad y sexualidad.

Ámbito privilegiado

El texto reivindica que la familia «es al ámbito privilegiado para escuchar la llamada del Señor y para aprender a responderle con generosidad» y el lugar donde mejor pueden aprender de manera sencilla y espontánea esa relación con Jesucristo vivo.

«La oración en familia es un medio privilegiado para aprender a trata con este amigo que nunca falla, así como la participación frecuente en los sacramentos», agregan.

Con todo, los obispos recuerdan que ninguna institución puede suplir la labor de la familia en la educación de sus hijos, especialmente en lo que se refiere a la formación de la conciencia. «Cualquier intromisión en este ámbito sagrado debe ser denunciada porque vulnera el derecho que tiene los padres de transmitir a sus hijos una educación conforme a sus valores y creencias», concluyen.

Era un exitoso Doctor en Microbiología, pero Jesús tenía otros planes, lo llamó al Sacerdocio.

 


Compartimos el hermoso testimonio vocacional de Gerardo Ramos Alfano, seminarista del Seminario de Monterrey, México, que siendo un exitoso académico con un Doctorado en Microbiología por la Universidad Autónoma de Nuevo León fue llamado por Nuestro Señor Jesucristo al Ministerio Sacerdotal.

Demos Gloria a Dios y sigamos orando por las vocaciones sacerdotales, religiosas y laicales. 

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Testimonio vocacional.

Comencé mis estudios en el Seminario de Monterrey el 8 de agosto del 2009, después de asistir durante un año al proceso vocacional y a dirección espiritual. Recuerdo cómo esperaba con alegría cada fin de semana de retiro para asistir. Siempre buscaba la manera de estar libre ese domingo para no faltar a ninguno. De los días más felices que he tenido en mi vida tengo muy presente el día de ingreso al Seminario Menor después de la misa de inicio de cursos en la Basílica de Guadalupe.

Pero todo tiene un antecedente: durante siete años y medio trabajé para la Universidad Autónoma de Nuevo León, soy Biólogo egresado de esta Casa de Estudios, también obtuve el grado de Maestría en Ciencias con especialidad en Inmunobiología y el Doctorado en Ciencias con especialidad en Microbiología; fui profesor investigador en la Facultad de Ciencias Biológicas y por cinco años subdirector en lo que era la Dirección de Vinculación y Servicio Social de la U.A.N.L.

El año 2006 fue un parteaguas en mi vida: por invitación de Juan Manuel Adame Rodríguez, gran amigo y exjefe del laboratorio, del 23 al 26 de noviembre me encontré con Cristo en un Cursillo de Cristiandad (n. 514), y desde ese momento mi rutina, que iniciaba con clases a las 8:00 horas, oficina, laboratorio, juntas y concluía a las 20:00 horas, dio un giro de 180 grados.

Escuchando el testimonio del Pbro. Osbaldo Rentería Salinas sentí el llamado del Señor a seguirlo. Fueron momentos difíciles, saber si realmente era un llamado de Dios, dejar aquello que por años había sido una pasión en mi vida, dejar a mis padres, mi papá Profr. Héctor Arnoldo Ramos Gutiérrez en ese momento sobrellevando por 17 años una enfermedad crónica, dejar de apoyar en esto a mi madre Aída Alfano Guerra; pero el Señor siempre va aclarando esas tinieblas que debilitan nuestra limitada fe.

Mis padres, con el apoyo de mis hermanos Héctor Arnoldo, Aída y Mayela, fueron reacomodando su vida, me doy cuenta que incluso este tiempo en el Seminario fue una oportunidad para volver a empezar como familia y generó nuevos liderazgos, mayor integración y, sobre todo, un aumento en la fe y la vivencia de la vida cristiana como familia.

Es así que este proceso formativo en miras al sacerdocio ministerial no fue solo para mí, sino que involucró también a mi familia cercana, a la familia extendida, a muchas amistades que guardo desde antes del Seminario, es decir, el llamado del Señor no implica solo al seminarista, sino es un proceso que irradia e impacta todos los ámbitos de nuestra vida.

Nuestros padres viven su propio proceso, igual hermanos, tíos, padrinos, etc. y todo esto va también formando y conformando una luz y esperanza para nuestra Iglesia.


Mi padre fue llamado a la Casa de Dios hace apenas dos años, tras una enfermedad que no se manifestó hasta una etapa terminal invasiva, el Señor nos permitió como familia estar con él, cuidarlo y acompañarlo hasta el último momento, y este regalo tan grande solo lo podemos comprender desde la purificación y crecimiento en la fe en que todos hemos ido experimentando como familia; y tanto que aún nos falta por madurar en ella.

El año escolar 2018-2019 iniciamos una nueva etapa formativa que implicó la mayor parte de la semana estar insertos en una parroquia, este próximo ciclo escolar regresaremos un día a la semana al Seminario, sin embargo, debo reconocer la nostalgia que implicó el último día en esta casa de formación… recordar tantos momentos que evocan muchos sentimientos, solo puedo decir ante ello: no me arrepiento de estar tratando de responder a este llamado de amor por parte del Señor. Recuerdo que lo que más me motivó a, después de dos años, iniciar mi proceso vocacional, fue el no quedarme con la interrogante de saber qué hubiera sido de mí si hubiese entrado al Seminario. Me doy cuenta que al final no dejé nada, ni familia, ni amigos ni cosas, solo el Señor me pidió que renunciara a mí mismo para dejarlo a Él, por amor a su pueblo y dentro de mis limitaciones, manifestar su presencia real y actuante en el mundo de hoy.


Gerardo Ramos Alfano.

Matrimonio, ¿Vocación para toda la vida?


MATRIMONIO, ¿VOCACIÓN PARA TODA LA VIDA?
Por Myriam Ponce

Generalmente, cuando escuchamos hablar de vocaciones solemos pensar en sacerdotes y religiosas. Pero, olvidamos que todos tenemos un llamado a la vocación primaria de la Santidad y que debemos buscar alcanzarla en cualquiera que sea nuestra realidad. En especial, la vocación del matrimonio es un llamado a una vida en santidad mediante la completa entrega al conyugue. Esto se confirma en el sacramento matrimonial, que transmite el vínculo de amor entre Cristo y Su pueblo.

Desde el principio, el matrimonio ha formado parte del designio de Dios sobre la humanidad.

El plan originario, desvelado en la historia de la salvación, es que la “alianza esponsal” entre el hombre y la mujer sea signo y expresión de la comunión de amor entre Dios y los hombres. El sacramento mismo confirma este designio.

Por tanto, es importante reconocer que el matrimonio no es sólo entre el hombre y la mujer, sino que es la respuesta del llamado de Dios a los dos, como pareja, y que Él mismo forma parte de la unión. La tarea vocacional a la que son llamados los esposos es hacer visible el amor de Dios, ser signos vivos del amor de Cristo por la Iglesia. Es por eso que, dada su trascendencia y calidad de compromiso, la vocación matrimonial no es secundaria, ya que el sacramento acompaña siempre a los esposos a lo largo de su existencia.

>>> Hasta que la muerte nos separe <<<

Siendo cada persona un don, el matrimonio implica donarse el uno al otro, según la Bendición de Dios, fuente del amor y la vida. Por tanto, una completa donación mutua conlleva un compromiso a largo plazo.

No existe un matrimonio con fecha de caducidad, o con la posibilidad de renovarse por contrato.

Casarte es una decisión personal, plena y libre; reflejo del amor autentico. De no ser así, no sería amor. El matrimonio no dura “mientras las cosas marchen bien”, el amor auténtico involucra todo nuestro ser: cuerpo, mente, corazón y alma, y se fundamenta en una unión libre, total, fiel y fecunda. Este es el mismo amor que Cristo vivió en la Cruz, sin guardarse nada para sí.

Hay una verdad, en nuestro interior, que desea amar y ser amado de esta manera.

El matrimonio es la plena representación del amor de Dios por su pueblo, que es la Iglesia. Así como Cristo se entregó en sacrificio por amor a la Iglesia y permanece siendo fiel a ella, así los esposos se entregan, imitando el amor de Cristo. Siendo así, el matrimonio, no es una simple institución social: es una vocación auténtica.

Como toda vocación, el matrimonio experimenta un proceso de evolución y desarrollo. No se puede llegar en automático, casarse requiere de orientación y madurez. El noviazgo es un proceso clave para construir buenos cimientos. Durante este período es importante resaltar un compromiso mutuo de conformar un proyecto común de vida y acoger el plan de Dios en él.

Dios propone a la pareja un plan ambicioso, pero posible. Él nos invita a ser coparticipes de su creación, ofreciéndonos Su gracia, apoyo y compañía para lograrlo. El matrimonio es un llamado a vivir la plenitud de la vida cristiana en pareja, una vida auténticamente humana y humanizadora, centrada en Cristo y que refleja las virtudes de la fe, la esperanza y el amor.

Para terminar, les comparto unas palabras de Pablo VI en Humanae Vitae (8), sobre el amor conyugal:

“El matrimonio no es, por tanto, efecto de la casualidad o producto de la evolución de fuerzas naturales inconscientes; es una sabía institución del Creador para realizar en la humanidad su designio de amor. Los esposos, mediante su recíproca donación personal, propia y exclusiva de ellos, tienden a la comunión de sus seres en orden a un mutuo perfeccionamiento personal, para colaborar con Dios en la generación y en la educación de nuevas vidas. En los bautizados, el matrimonio reviste, además, la dignidad de signo sacramental de la gracia, en cuanto representa la unión de Cristo y de la Iglesia."

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