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Satanás, El gran mentiroso



SATANÁS, EL GRAN MENTIROSO
Por: Gerardo García Juárez

Satanás promete mucho, da poco y quita todo

El argumento definitivo por el cual Eva y Adán -en ese orden- fueron engañados por el demonio, fue el de "conocer el bien y el mal y ser como dioses" (Génesis 3,5). El ser humano, dentro de su limitación y asechado por el Maligno y sus obras, herido por el pecado y sus consecuencias, ha entrado en terrenos que le son prohibidos expresamente por Dios, los cuales llevan a la muerte eterna. Y Satanás, conociendo bien tal limitación, ha hecho ofertas seductoras al hombre de todos los tiempos en los ámbitos en los que éste se ha movido y desempeñado.

Uno de estos ámbitos es el relacionado al deseo de poder, de riqueza y dominio.

Rito satánico, promesas y consecuencias
Triste resultó el caso del joven de 24 años asesinado por otros jóvenes en ritual satánico, con 'la promesa' de ser resucitado en "vampiro inmortal". Según un primer reporte de las autoridades a los medios de comunicación, el muchacho estuvo de acuerdo en ser parte del ritual; luego declararon que pudo haber sido engañado, lo cual lleva a plantearse: ¿Podría en realidad tal joven haber estado tan seducido por la idea de volver de la muerte convertido en un ser vampiresco? La violencia salvaje con la que fue privado de la vida nos da la idea de la degradación moral presente en los involucrados en éste y otros tantos casos; también nos da la idea de la ausencia de Dios, o su presencia pero reducida como ser inferior en la vida, el corazón y la mentalidad de personas como éstas, que piensan que el demonio es superior, capaz de dar lo que Dios Uno y Trino niega. Mas, lo que no advierten por estar cegados y engañados, son las consecuencias de las cuales no hay retorno. Satanás promete mucho, da poco y quita todo.

Testimonios en el camino

En la experiencia que he tenido de viajar dando conferencias por muchos lugares, he conocido personas quienes me han contado de primera mano el que solicitaron al demonio tener conocimiento del pasado, presente y futuro; de dominar la mente de los demás; de tener poder, sexo y riquezas, etc. Todo esto a cambio de vender su alma y someter su voluntad al padre y autor de la mentira y homicida desde el principio; incluso he presenciado hechos donde el demonio ha atormentado a niños.

Contaré a ustedes sobre un hombre, amigo mío, que fue santero. Aprendió todo lo relacionado con el adoctrinamiento, los libros y rituales; los maleficios, conjuros y hechizos; las imágenes de demonios y como usarlas, etc. Su 'padrino' o santero mayor, fue vigilando por años todo su proceso a través de iniciaciones correspondientes a cada nivel. Ésta persona completó toda su formación y lo único que le faltaba, a decir de su 'padrino', era hacer el pacto definitivo con Satanás, el cual consistía en entregarle su alma y someterse por completo a su poder. Una idea comenzó a rondar entonces por la cabeza de mi amigo, pero una que él mismo no sabía explicar ya que, si en toda su formación e iniciaciones se sintió completamente seguro de lo que estaba emprendiendo, esta vez una sensación de miedo -que después identificó como el deseo de Dios- le hizo cuestionarse en su propósito: una visión de la condenación eterna, que le atormentó constantemente a tal grado que le impedía dormir por las noches.

Así, el 'ahijado' daba largas y excusas para la fecha de su consagración definitiva al diablo, lo que provocó que la paciencia del 'padrino' se agotara. Y comenzó su calvario, porque de una manera inexplicable para la lógica humana comenzaron a ocurrir ciertos hechos: en todas las fotos familiares aparecía el santero mayor, colocado en algún ángulo de la imagen, detrás o a un lado de él o de alguno de sus hijos; su mirada siempre estaba fija al frente. También, en algunas ocasiones, mientras dormía con su esposa en el lecho matrimonial, el 'padrino' se aparecía y materializaba en su recámara a las 3 ó 4 de la mañana; sólo le miraba fijamente recordándole la promesa que había hecho de servir al príncipe de este mundo. Fue entonces que buscó ayuda en la Iglesia.

Después de amargas experiencias, de oraciones de liberación, emprendió un largo camino de conversión que al día de hoy le ha llevado a ser un fiel discípulo de Cristo que anuncia el Evangelio en comunidades hispanas; y, mediante el ministerio de evangelización y liberación, ayuda con el poder de Dios a otros a que rompan las cadenas del Maligno y el pecado.

Recordemos que la gracia de Dios siempre estará de nuestra parte.

Este artículo fue publicado originalmente por nuestros aliados y amigos:
http://es.catholic.net/op/articulos/61760/cat/1251/-satanas-el-gran-mentiroso.html



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Nicea, el primer gran Concilio de la Iglesia, donde nació el Credo y se condenó a Arrio, quien negó que Jesucristo es Dios




PRIMER CONCILIO DE NICEA, DONDE SE FORMULÓ EL CREDO Y SE CONDENÓ LA HEREJÍA DE ARRIO, QUIEN NEGARA QUE JESUCRISTO ES DIOS 

Es el Primer Concilio Ecuménico de la Iglesia Católica, celebrado en el año 325 con motivo de la herejía de Arrio (vea arrianismo). Tan temprano como en los años 320 ó 321, el obispo San Alejandro de Alejandría, convocó un concilio en dicha ciudad en el cual más de cien obispos de Egipto y Libia anatematizaron a Arrio. Pero éste continuó oficiando en su iglesia y reclutando adeptos. Cuando, finalmente, fue expulsado, se dirigió a Palestina y de allí a Nicomedia. 

Durante este tiempo San Alejandro publicó su "Epistola encyclica", que fue contestada por Arrio; a partir de este momento fue evidente que la polémica había llegado más allá de la posibilidad del control humano. Sozomen menciona un Concilio de Bitinia el cual dirigió una encíclica a todos los obispos solicitándoles que recibieran a los arrianos en la comunión de la Iglesia. 

Esta disputa, junto con la guerra que pronto estalló entre Constantino y Licinio, complicó la situación y explica parcialmente el avance del conflicto religioso durante los años 322-323. 

Finalmente, después de haber vencido a Licinio y haberse convertido en emperador único, Constantino se ocupó de restablecer la paz religiosa y el orden civil. Envió cartas a San Alejandro y a Arrio censurando sus acaloradas controversias relativas a asuntos sin importancia práctica y aconsejándoles que se pusieran de acuerdo sin demora. Era evidente que el emperador no se percataba entonces de la importancia de la controversia de Arrio. Hosio de Córdoba, su consejero en asuntos religiosos, llevó la carta imperial a Alejandría, pero fracasó en su misión conciliatoria. Ante esto, el emperador, aconsejado tal vez por Hosio, pensó que no había mejor solución para restaurar la paz en la Iglesia que convocar un concilio ecuménico. 

El propio emperador, en unas cartas muy respetuosas, rogó a los obispos de los distintos países que acudieran sin demora a Nicea. Asistieron al Concilio varios obispos de fuera del Imperio Romano (por ejemplo, de Persia). No se sabe históricamente si el emperador, al convocar el Concilio, actuó por su cuenta y en su propio nombre o si lo hizo de acuerdo con el Papa; sin embargo, es probable que Constantino y el Papa San Silvestre I hubiesen llegado a un acuerdo. 

Para acelerar la organización del Concilio, el emperador puso a disposición de los obispos los medios de transporte públicos y las postas del imperio; incluso, aportó provisiones abundantes para el mantenimiento de los asistentes durante el Concilio. La elección de Nicea fue positiva para facilitar la agrupación de un considerable número de obispos. Era fácilmente accesible para los obispos de casi todas las provincias, pero especialmente para los de Asia, Siria, Palestina, Egipto, Grecia y Tracia. Las sesiones se celebraron en el templo principal y en el salón principal del palacio imperial. Verdaderamente, era necesario un gran espacio para recibir a una asamblea tan numerosa, aunque el número exacto de asistentes no se conoce con certeza. Eusebio de Cesarea habla de más de 250 obispos, y manuscritos árabes posteriores elevan la cifra a dos mil, una evidente exageración que imposibilita conocer el número total aproximado de obispos, así como el de sacerdotes, diáconos y acólitos, que, según se dice, también estaban presentes en gran número. San Atanasio, miembro del Concilio, habla de 300 y en su carta "Ad Afros" menciona explícitamente 318. Esta cifra está aceptada casi universalmente y no parece que haya razón alguna para rechazarla. 

La mayor parte de los obispos presentes eran griegos; entre los latinos solamente conocemos a Hosio de Córdoba, Cecilio de Cartago, Marcos de Calabria, Nicasio de Dijon, Dono de Estridón, en Panonia, y los dos sacerdotes de Roma, Víctor y Vincencio, que representaban al Papa. La asamblea contaba entre sus miembros más famosos a San Alejandro de Alejandría, Eustasio de Antioquía, Macario de Jerusalén, Eusebio de Nicomedia, Eusebio de Cesarea y Nicolás de Mira. Algunos habían padecido durante la última persecución; otros no estaban suficientemente familiarizados con la teología cristiana. Entre los miembros figuraba un joven diácono, Atanasio de Alejandría, para quien este Concilio fue el preludio de una vida de conflictos y de gloria. 

El año 325 es aceptado, sin duda, como el del Primer Concilio de Nicea. Hay poco acuerdo entre nuestras autoridades primitivas respecto al mes y al día de la apertura. Para poder conciliar las indicaciones suministradas por Sócrates y por las Actas del Concilio de Calcedonia, la fecha puede tal vez situarse en el 20 de mayo, y la de la redacción del símbolo en el 19 de junio. Se puede asumir sin muy grande audacia que el sínodo, que se había convocado para el 20 de mayo, celebró reuniones menos solemnes en ausencia del emperador hasta el 14 de junio, fecha en la que, tras la llegada de éste, comenzaron las sesiones propiamente dichas, y se formuló el símbolo el 19 de junio, después de lo cual se trataron diversas cuestiones---la controversia pascual, etc.---y las sesiones concluyeron el 25 de agosto. Constantino realizó la apertura del Concilio con gran solemnidad. Antes de entrar, el emperador esperó a que todos los obispos hubiesen ocupado sus lugares. Estaba ataviado en oro y cubierto con piedras preciosas, a la usanza de los soberanos orientales. Se le preparó un trono dorado y los obispos tomaron asiento sólo después que el emperador había ocupado su lugar. Después de ser saludado en una apresurada alocución, el emperador pronunció un discurso en latín, expresando su deseo de que se restableciera la paz religiosa. El abrió la sesión como presidente honorífico y, además, asistió a las sesiones posteriores, pero dejó la dirección de las discusiones teológicas, como era adecuado, en manos de los líderes eclesiásticos del Concilio. Parece que el presidente fue, realmente, Hosio de Córdoba, asistido por los legados papales, Víctor y Vincencio. 

El emperador comenzó haciéndole comprender a los obispos que tenían entre manos un asunto más importante y de más envergadura que las rencillas personales y las interminables recriminaciones. Sin embargo, tuvo que resignarse al castigo de escuchar las últimas palabras de los debates que habían tenido lugar previamente a su llegada. 

Eusebio de Cesarea y sus dos abreviadores, Sócrates y Sozomen, así como Rufino y Gelasio de Cízico, no proporcionan detalles de las discusiones teológicas. Rufino nos dice tan sólo que se celebraron sesiones diarias y que Arrio era citado a menudo ante la asamblea; sus opiniones se discutían seriamente y se consideraba atentamente los argumentos en contra. La mayoría, especialmente quienes eran confesores de la fe, se declararon enérgicamente contra las impías doctrinas de Arrio. 

San Atanasio nos asegura que las actividades del Concilio no se vieron, de ninguna manera, perturbadas por la presencia de Constantino. En aquella época el emperador había escapado de la influencia de Eusebio de Nicomedia y estaba bajo la de Hosio, a quien, junto con San Atanasio, se puede atribuir una influencia preponderante en la formulación del símbolo del Primer Concilio Ecuménico, del cual se presenta a continuación una traducción literal: 

Creemos en un solo Dios, Padre Todopoderoso, Creador de todas las cosas visibles e invisibles; y en un solo Señor Jesucristo, el unigénito del Padre, esto es, de la sustancia [‘’ek tes ousias’’] del Padre, Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre [‘’homoousion to patri’’], por quien todo fue hecho, en el cielo y en la tierra; que por nosotros, los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo, se encarnó y se hizo hombre, padeció y resucitó al tercer día, subió a los cielos y volverá para juzgar a vivos y a muertos. Y en el Espíritu Santo. Aquellos que dicen: hubo un tiempo en el que Él no existía, y Él no existía antes de ser engendrado; y que Él fue creado de la nada (‘’ex ouk onton’’); o quienes mantienen que Él es de otra naturaleza o de otra sustancia [que el Padre], o que el Hijo de Dios es creado, o mudable, o sujeto a cambios, [a ellos] la Iglesia Católica los anatematiza. 

La adhesión fue general y entusiasta. Todos los obispos, excepto cinco, se declararon prestos a suscribir dicha fórmula, convencidos de que contenía la antigua fe de la Iglesia Apostólica. Los oponentes quedaron pronto reducidos a dos, Teonas de Marmárica y Segundo de Tolemaida, quienes fueron exilados y anatematizados. Arrio y sus escritos fueron también marcados con el anatema, sus libros fueron quemados y él fue exiliado a Iliria. Las listas de los firmantes han llegado hasta nosotros muy mutiladas, desfiguradas por los errores de los copistas. Sin embargo, dichas listas pueden ser consideradas auténticas. Su estudio es un problema que ha sido abordado repetidamente en la actualidad, en Alemania e Inglaterra, a través de las ediciones críticas de H. Gelzer, H. Hilgenfeld, y O. Contz, por una parte, y C. H. Turner, por otra. Las listas así reconstruidas contienen respectivamente 220 y 218 nombres. Con la información derivada de una u otra fuente, se puede construir una relación de 232 ó 237 padres que se sabe estuvieron presentes. 

Otros asuntos que se trataron en el Concilio fueron la controversia sobre la época de la celebración de la Pascua y el cisma de Melecio. El primero de ambos se encuentra tratado como Controversia Pascual; el segundo, como Melecio de Licópolis. 

De todas las actas del Concilio, que, según se ha afirmado, fueron numerosas, sólo han llegado hasta nosotros tres fragmentos: el credo, o símbolo, reproducido más arriba; los cánones; y el decreto sinodal. En realidad nunca hubo ningunas actas oficiales aparte de éstas. Pero las declaraciones de Eusebio de Cesarea, Sócrates, Sozomen, Teodoreto y Rufino, pueden ser consideradas como importantes fuentes de información histórica, junto con alguna información conservada por San Atanasio, y una historia del Concilio de Nicea escrita en griego en el siglo V por Gelasio de Cyzicus. Por mucho tiempo ha existido una controversia sobre el número de los cánones del Primer Concilio de Nicea. Todas las colecciones de cánones, tanto en latín como en griego, compuestas en los siglos IV y V coinciden en atribuir a este Concilio solamente los 20 cánones que conocemos actualmente. A continuación figura un breve resumen de los mismos: 

Canon 1: Sobre la admisión, ayuda o expulsión de los clérigos mutilados voluntaria o violentamente.
Canon 2: Reglas a observarse para la ordenación, la evasión de prisa indebida y la deposición de aquéllos culpables de faltas graves.
Canon 3: Se prohíbe a todos los miembros del clero residir con cualquier mujer, excepto con su madre, una hermana o una tía.
Canon 4: Relativo a las elecciones episcopales.
Canon 5: Relativo a la excomunión.
Canon 6: Relativo a los patriarcas y su jurisdicción.
Canon 7: Confirma el derecho de los obispos de Jerusalén a disfrutar de determinados honores.
Canon 8: Respecto de los novacianos.
Canon 9: Ciertos pecados conocidos después de la ordenación implican su invalidez.
Canon 10: Los lapsi que hayan sido ordenados con conocimiento o subrepticiamente deben ser excluidos tan pronto como se conozca su irregularidad.
Canon 11: Penitencia que debe ser impuesta a los apóstatas en la persecución de Licinio.
Canon 12: Penitencia que debe ser impuesta a quienes apoyaron a Licinio en su guerra contra los cristianos.
Canon 13: Indulgencia a ser concedida a las personas excomulgadas que se encuentran en peligro de muerte.
Canon 14: Penitencia que debe ser impuesta a los catecúmenos que flaquearon durante la persecución.
Canon 15: Obispos, sacerdotes y diáconos no pueden pasar de una iglesia a otra.
Canon 16: Se prohíbe a todos los clérigos abandonar su iglesia. Se prohíbe formalmente a los obispos que ordenen para su diócesis a un clérigo perteneciente a otra diócesis.
Canon 17: Se prohíbe a los clérigos que presten con interés.
Canon 18: Se recuerda a los diáconos su posición subordinada respecto a los sacerdotes.
Canon 19: Reglas a observarse respecto de los partidarios de Pablo de Samosata que deseaban retornar a la Iglesia.
Canon 20: Los domingos y durante la temporada Pascua las oraciones deben rezarse de pie. 

Una vez concluidos los trabajos del Concilio, Constantino celebró el vigésimo aniversario de su ascensión al imperio e invitó a los obispos a un espléndido banquete, al final del cual cada uno recibió ricos presentes. Varios días después el emperador ordenó que se celebrara una sesión final, a la cual asistió para exhortar a los obispos a que trabajaran para el mantenimiento de la paz; se encomendó a sus oraciones y autorizó a los padres a regresar a sus diócesis. La gran mayoría se apresuró a tomar ventaja de esto y a llevar las resoluciones del Concilio al conocimiento de sus provincias. 

Fuente: Leclercq, Henri. "The First Council of Nicaea." The Catholic Encyclopedia. Vol. 11. New York: Robert Appleton Company, 1911. <http://www.newadvent.org/cathen/11044a.htm>.


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