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Ateo militante, haciendo meditación budista leyó algo de Santa Teresa, y eso hundió sus prejuicios

Joseph Calvert es hoy diácono permanente en Kentucky y un enamorado de la Virgen
ATEO MILITANTE, HACIENDO MEDITACIÓN BUDISTA LEYÓ ALGO DE SANTA TERESA, Y ESO HUNDIÓ SUS PREJUICIOS 

 por Pablo J. Ginés/ReL

Estudiando en la universidad en los años 80 Joseph Calvert era ateo. Muy ateo. Incluso generosamente ateo. Tan ateo que cuando ahorró 100 dólares trabajando en una cadena de comida rápida (a 3,6 dólares la hora) se los gastó en comprar varias copias de "Por qué no soy cristiano" de Bertrand Russell para repartirlas gratis a quien pasase por el centro del campus.

¿Cómo es que Calvert es hoy diácono permanente en dos parroquias de Kentucky? El cambio empezó cuando siguiendo instrucciones de un gurú indio empezó a leer unos poemas de Santa Teresa de Ávila. Y eso le hizo conocer más a Teresa, a su época, y empezar a estudiar la fe católica que había despreciado tanto.

La universidad le hizo ateo

Joe Calvert fue bautizado de niño y se educó en una familia protestante. El único católico que conocía era su abuelo, quien iba a misa cada domingo, pero no se acercaba a comulgar porque estaba casado con una divorciadabaptista. Joe veía que su abuelo era una persona humilde, generosa y convencida de la igual dignidad de todas las personas.

En la universidad, a mediados de los 80, donde estudió inglés e ingeniería, Joe abrazó el ateísmo militante. Explica a ReligionEnLibertad que las clases que recibió lo llevaron a eso. "En las clases de historia, de literatura, de filosofía, no nos decían nada bueno de la Iglesia Católica ni del cristianismo. Sólo nos hablaban de la Inquisición española, de un par de Papas corruptos, y de dos mil años de machacar a las mujeres con la religión. En cambio, a los pensadores ateos los presentaban como los iluminados que nos sacaban de la prisión de la religión organizada".

El libro de 1957 del matemático Bertrand Russell usaba un lenguaje divulgativo y confrontacional: "Afirmo deliberadamente que la religión cristiana, tal como está organizada en iglesias, ha sido, y es aún, la principal enemiga del progreso moral del mundo", proclamaba. Joe Calvert, fascinado, lo compraba ¡y regalaba copias!


Los católicos, unos lemmings que no piensan

Nadie fue nunca a presentarle la doctrina católica a Joe, a invitarle a nada católico, a proponerle ninguna lectura. Una vez preguntó a un católico por qué doblaba una rodilla en la iglesia. "Bueno, es lo que haces al pasar por en medio", respondió. Superstición, ritos repetidos sin razón ni argumentación, pensó Joe.

"En mi opinión, los católicos eran unos lemming que no pensaban, que creían supersticiones sólo por haberlas recibido de sus padres. La Iglesia Católica era sólo otra entidad ansiosa de poder y riquezas. Pensaba que el Papa, que era San Juan Pablo II, sólo era un difusor de supersticiones y lo ridiculizaba cuando hablaba de él".

Y sin embargo, aunque Calvert era en esta época favorable al aborto y la anticoncepción, de alguna manera reconocía que admiraba a Juan Pablo II ya entonces por ser capaz de plantarse "ante la ONU y el presidente Clinton, contra el control de natalidad, el aborto, la ordenación de las mujeres y otros temas. Sentía cierta admiración por su fuerza al mostrarse en desacuerdo. Su fuerza y consistencia serían una de las cosas que luego contribuirían en mi conversión".

El presidente Clinton intentaba marcarle el camino a Juan Pablo II, pero éste se mantenía firme en su defensa de la vida y la familia cristiana
El sentido de la vida... y explorar el budismo sin dios 

¿Qué sentido tenía la vida sin Dios ni la fe? Pensaba que había que ser "virtuoso" en la línea de Russell o de George Bernard Shaw (1856-1950). De éste último apreciaba un pasaje: "Este es el verdadero gozo de la vida: ser usado para un propósito que uno reconoce como poderoso; desgastarte antes de ser arrojado al montón de chatarra; ser una fuerza de la Naturaleza en vez de un pequeño montón de quejas y agravios que protesta porque el mundo no se dedica a hacerte feliz".

Joe exploró el budismo porque le parecía que podía encajar con esa idea. "Músicos como los Beatles, Carlos Santana y John McLaughlin iban a la India a aprender de sus gurús y parecían ganar paz con ello", explica Calvert a ReL. "Muchos pensaban que había una mayor sabiduría en las religiones orientales. Esos músicos incluían frases de sus gurús en sus discos y a mí me gustaban. Por ejemplo, en la portada de un álbum de Carlos Santana había una frase de Sri Chinmoy: 'O Maestro Músico, afíname para la vida, otra vez. Mi corazón quiere llegar a ser el gozo de un nuevo despertar. Me atrapa la altura del éxtasis".

John McLaughlin y Carlos Santana con el gurú Sri Chimnoy en su disco de 1973 "Love Devotion Surrender"
Joe estudió una rama de budismo que consideraba que Buda era, simplemente, "un maestro capaz, que diagnosticó que la gran enfermedad de la humanidad era el egoísmo. Mi budismo enseñaba la prioridad de quitar todo egoísmo del pensamiento, mediante la meditación, para poder quitarlo de la vida, y así un día poder alcanzar el nirvana, la total eliminación del yo. Se supone que entonces uno ya no tendrá individualidad ni separación, sino que se fundirá en algún estado superior del ser". Y así, de forma disciplinada, empezó a hacer meditación cada día.

De la meditación ¡a Santa Teresa!

Joe se ayudaba con textos del Ecknath Easwaren, un indio que había fundado en California el Centro de Meditación Blue Mountain. Easwaren recomendaba, para meditar, una serie de poemas de místicos, entre ellos, el clásico de Santa Teresa de Ávila:

Nada te turbe,
nada te espante,
todo se pasa,
Dios no se muda,
la paciencia
todo lo alcanza.
Quien a Dios tiene
nada le falta.
Sólo Dios basta.

"Estos poemas de ella me llevaron a leer sus libros, como Camino de Perfección y El Castillo Interior", explica Calvert. "Su vida y escritos eran irreconciliables con lo que me habían enseñado en las universidades sobre la Iglesia. Me habían dicho que la Iglesia machacó a las mujeres durante dos mil años. Pero aquí teníamos una mujer intelectual brillante, superfuerte, y precisamente de la España del tiempo de la Inquisición, llena de gozo y amor por la vida y por la Iglesia. Esta fue la primera andanada seria contra el muro aparentemente impenetrable de mi orgullo intelectual", recuerda.


Los católicos en su entorno: "tenían un brillo interno"

Joe empezó a prestar atención a los católicos que conocía de cerca. Estaba su abuelo, ejemplo de constancia y generosidad. Y estaba la gestora de la oficina del negocio de su padre, donde trabajaba como ingeniero. "Era como una segunda madre, por su bondad". Y estaba su suegra, la señora Raquel Jeannette, de Panamá, "una santa en la tierra viviendo las virtudes de constancia, mansedumbre y humildad". "Estas personas tenían un brillo en su interior que yo quería tener".

Había conocido a su esposa Bertaal final de sus estudios universitarios: era su profesora de español en un cursillo intensivo. "Entonces era una católica de nacimiento que había dejado de ir a misa regularmente, pero su catolicismo era profundo en su pensamiento y acciones. Tenía una bondad que me atraía y que años después reconocí que se originaba en su catolicismo", recuerda.

Joe Calvert, ya diácono, con su esposa Berta, de origen panameño
Estudiando el Catecismo y Evangelium Vitae 

Su corazón, pues, llevó a su intelecto a explorar las doctrinas católicas. "Así, me leí el Catecismo de principio a final y no encontré nada que no fuera lógico o digno de confianza", constató asombrado.

Y después reflexionó sobre el tema del aborto y la anticoncepción, a partir de la encíclica "Evangelium Vitae" de Juan Pablo II. "Su argumentación lógica paso a paso sobre la santidad de cada vida humana fue devastadora para mi orgullo y mi apatía, para las mentiras de la llamada libertad reproductiva".

Católico a los 35 años 

Finalmente, el 23 de diciembre de 1995, a los 35 años, ingresó plenamente en la Iglesia Católica con el sacramento de la confirmación. "Dejé ir mis últimas objeciones, nada trae más paz de mente y alegría que hacer la voluntad de Dios", constata. "Me sentí cientos de kilos más ligero después de limpiarme décadas de pecados en el sacramento de la Penitencia. Durante la Confirmación sentí que el Espíritu Santo pasaba a través de mí y me llenaba como si fuera un líquido, y era una luz sanadora y fortalecedora que me atravesaba y se quedaba en mí, en esa forma". Era una experiencia de poder y libertad, dice.

Visitando España: la fe en Europa 

Joe desarrolló una fuerte devoción mariana. Tres veces peregrinó a Fátima y tres veces estuvo en Garabandal, donde conoció a las religiosas del Hogar de la Madre ("jóvenes y risueñas") en Santander, que con ladrillos y cemento edificaban ellas mismas un nuevo dormitorio. Explica a ReligionEnLibertad que le apena ver multitudes de turistas ante catedrales y conventos históricos en España y Europa, pero que no son capaces de relacionar la belleza estética con el Dios que suscitó esa belleza y el pueblo cristiano que la creó con su trabajo. Le emociona, en cambio, rezar en Guadalupe entre las personas humildes, y pensar en los sencillos niños videntes de Fátima.

"Creo que nunca me cansaré de Fátima", añade. "He tenido grandes experiencias en el convento de Santa Teresa en Ávila, en Loyola y otros sitios, pero mi corazón me llama más a los santuarios marianos: cuanto más me acerco a Ella, más cerca estoy de Él".

El diácono Calvert reza antes de misa en su parroquia de St Christopher, en Radcliff, Kentucky

Un diácono para la Iglesia 

Durante años le animaron a hacerse diácono y lo comentó con su confesor. Tanto él, como su esposa e hija, le animaron a considerarlo en serio. Durante meses se lo planteó a Dios en adoración. "Creo que me dijo: sé diácono de María o no seas diácono", explica. "Creo que Ella es el mejor camino hacia Él".



John Calvert, con su esposa y su hija, de vacaciones en Red Rocks, Colorado
En sus años como diácono, le ha entristecido ver como los casos de abusos de clérigos corruptos han dañado al pueblo de Dios.Cree que muchas veces es la arrogancia de los clérigos y otros cristianos lo que aleja a la gente de Cristo y su Iglesia. Por otra parte, le inspira ver a muchos laicos en estos tiempos duros se alzan a servir y a evangelizar. "Dios ciertamente sigue trabajando hoy", explica.

Recuerda que a él nadie nunca le ofreció conocer la fe católica y piensa que los católicos deberían salir a evangelizar, invitar, ir a las casas. "En eso hemos de aprender de los Testigos de Jehová y los mormones", dice. Y añade: "Jesús no dijo: 'limítate a ser buen católico, ten limpio tu porche trasero y dedícate a tus asuntos'. Él dijo: 'id y haced discípulos de todas las naciones'."

Fuente religiónenlibertad

Beata María Teresa Scherer



BEATA MARÍA TERESA SCHERER, RUEGA POR NOSOTROS
16 de junio

La mano en el trabajo y el corazón en Dios

«Convicción hecha vida: la mano en el trabajo y el corazón en Dios. Esta integrante de las Hermanas de la Caridad de la Santa Cruz, fidelísima a su fundador, tras su muerte se ocupó de la Orden debiendo asumir muchos sufrimientos»

Sus largas horas de oración ante el Santísimo fueron el motor de la vida de esta beata que tuvo que afrontar numerosas tribulaciones. Nació el 31 de octubre de 1825 en Meggen, Suiza. Era la cuarta de siete hermanos y en la primera etapa de su vida nada hacía presagiar el rumbo que tomaría su existencia, aunque la mayoría de los rasgos que ella confesó tener entonces se asemejan a los de muchas personas: «Era parlanchina, irreflexiva, distraída. Era irritable y propensa a las rabietas. Me gustaba la ropa bonita y disfrutaba si me halagaban. A menudo, replicaba y desobedecía a la sirvienta». Pero tenía cualidades que le ayudarían a superar muchos problemas: inteligencia, sentido de la responsabilidad, dotes para el estudio, y estaba agraciada por una memoria formidable. A ello añadía un hilito de luz interior, refugio del amor divino, crucial para que fraguase la vocación: «Me gustaban los sermones, y solía frecuentar los sacramentos cuando se presentaba la ocasión».

Su camino hacia la madurez seguramente se inició a los 7 años con la inesperada muerte de su padre. Poco sabía hacer a esa edad cuando se trasladó a casa de dos tíos solteros, uno de ellos su padrino, que también residían en Meggen, pero pudo ayudarles porque estaba habituada a realizar tareas domésticas. Ambos le enseñaron a amar a Cristo. Al cumplir los 16 años su madre consideró que le vendría bien para formarse en todos los sentidos pasar una etapa en el hospital de Lucerna junto a las hermanas hospitalarias de Besançon. El influjo de las religiosas la alejaría de tendencias, como la vanidad, que habían aflorado en su vida y quizá de un desorbitado amor por la música –aunque este adjetivo no está consignado por la beata–, junto a rasgos de espontaneidad que igual no le convenían. Se sobreentiende que su madre buscaba para ella una mayor disciplina. La cuestión es que asintió porque no le quedó más remedio. Y allí se dio de bruces con el sufrimiento. Lo que peor llevaba era el régimen interno porque era estricto, y le desagradaba profundamente el trato dispensado a enfermos impedidos. Recurriendo a la oración, venció las dificultades y recelos, y superó la crisis que todo ello le provocaba. Tres años después abandonó el hospital fortalecida y llena de gratitud por haber podido asistir a los enfermos.

Tras una peregrinación a la abadía benedictina de Einsiedein, percibió la llamada de la vocación; antes había militado como Hija de María. En 1845 ingresó con las Hermanas de la Caridad de la Santa Cruz, obra debida a la fe del padre Teodosio Florentini, capuchino del convento de Altdorf. Hizo el noviciado en Mezingen, profesó en otoño junto a otras cuatro religiosas y la destinaron a Galgenen. Acompañada de una hermana iba con la misión de poner en marcha una escuela. Se estrenó como educadora cristiana esperando contrarrestar el ambiente anticlerical. Pero seguramente una exigencia excesiva, mal encaminada, mermó su salud. El esfuerzo que supuso para ella el trabajo y sus obligaciones cotidianas, a lo que se unían sus numerosos escrúpulos que le restaban paz, la dejaron malparada y tuvo que regresar a Mezingen.

Obtuvo el título de maestra y siguió ocupada en la enseñanza. En 1850, el padre Teodosio la envió a Näfels para dirigir el hospicio y dos años más tarde le encomendó el hospital de Coire, otra fundación suya. La fidelidad de María Teresa dio grandes frutos. En 1856 se produjo una escisión entre las religiosas. Las que no habían compartido plenamente el carisma fundador siguieron su camino, pero la beata no lo abandonó. Reiteró su lealtad como había hecho en otra ocasión anterior cuando el capuchino precisó inequívoco respaldo para construir un hospital de mayores dimensiones. En aquel momento, le dio su palabra con un simple apretón de manos; no hizo falta más. En 1857, tras la ruptura interna, fue elegida superiora general de la congregación, con sede en Ingenbohl, Suiza; se había ganado sobradamente la confianza de todos.

Al morir el padre Teodosio en 1865, quedó al frente de la Orden. Él le había dejado en herencia, entre tantas riquezas, la mayor: la adoración perpetua del Santísimo Sacramento. Fue sostén para ella en los momentos difíciles que sobrevinieron, y que se prolongaron durante años. Hizo lo imposible por mantener el rigor de las constituciones. Se opuso a los sucesores del fundador cuando quisieron imponer sus criterios, se hizo cargo de las deudas, y litigó defendiendo los derechos de la obra. Fue criticada por su modo de encarnar el gobierno y se puso en entredicho su severidad con la pobreza. Acusada y calumniada por un capellán, fue depuesta de su oficio por el obispo. Entonces confió a una de las suyas: «Tengamos presente a nuestro Salvador y a las innumerables ofensas que recibe cada día. A mí no se me trata mejor, como usted ya debe saber. No importa, pues no se puede contentar a todo el mundo. ¡Con tal de que Dios esté contento de nosotros!».

Le preocupaba el vínculo de la comunidad por encima de cualquier otra cosa, y así lo hizo notar: «Me siento atormentada, y me resulta penoso dirigirme a la casa madre; quiera Dios que todo sea para bien. Lo esencial es que nos mantengamos unidas y que nos amemos, que llevemos juntas la cruz y el sufrimiento». Soportó heroicamente las adversidades, orando sin desfallecer. Al resplandecer la verdad, volvió a ser repuesta en su cargo. Fue creadora de escuelas y hospitales para discapacitados. La salud no le acompañó, y en 1887 se le diagnosticó un cáncer de estómago. Murió el 16 de junio de 1888 en el convento de Ingenbohl, mientras exclamaba: «¡Cielo, cielo!». Había testificado con su vida lo que ella misma dijo: «la mano en el trabajo y el corazón en Dios». Juan Pablo II la beatificó el 29 de octubre de 1995.

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Santa Teresa de Calcuta


SANTA TERESA DE CALCUTA, RUEGA POR NOSOTROS

5 de septiembre Siglo XX

Religiosa albanesa, nacionalizada india. Nacida en el seno de una familia católica albanesa, la profunda religiosidad de su madre despertó en ella su vocación de misionera a los doce años. Siendo aún una niña, ingresó en la Congregación Mariana de las Hijas de María, donde inició su actividad de asistencia a los más necesitados.

Vida de Santa Teresa de Calcuta

Agnes Gonxha Bojaxhiu nació el 26 de agosto de 1910 en Skopje, una ciudad situada en el cruce de la historia de los Balcanes. Era la menor de los hijos de Nikola y Drane Bojaxhiu, recibió en el bautismo el nombre de Gonxha Agnes, hizo su Primera Comunión a la edad de cinco años y medio y recibió la Confirmación en noviembre de 1916. Desde el día de su Primera Comunión, llevaba en su interior el amor por las almas. La repentina muerte de su padre, cuando Gonxha tenía unos ocho años de edad, dejó a la familia en una gran estrechez financiera. Drane crio a sus hijos con firmeza y amor, influyendo grandemente en el carácter y la vocación de si hija. En su formación religiosa, Gonxha fue asistida además por la vibrante Parroquia Jesuita del Sagrado Corazón, en la que ella estaba muy integrada.

Cuando tenía dieciocho años, animada por el deseo de hacerse misionera, Gonxha dejó su casa en septiembre de 1928 para ingresar en el Instituto de la Bienaventurada Virgen María, conocido como Hermanas de Loreto, en Irlanda. Allí recibió el nombre de Hermana María Teresa (por Santa Teresa de Lisieux). En el mes de diciembre inició su viaje hacia India, llegando a Calcuta el 6 de enero de 1929. Después de profesar sus primeros votos en mayo de 1931, la Hermana Teresa fue destinada a la comunidad de Loreto Entally en Calcuta, donde enseñó en la Escuela para chicas St. Mary. El 24 de mayo de 1937, la Hermana Teresa hizo su profesión perpetua convirtiéndose entonces, como ella misma dijo, en “esposa de Jesús” para “toda la eternidad”. Desde ese momento se la llamó Madre Teresa. Continuó a enseñar en St. Mary convirtiéndose en directora del centro en 1944. Al ser una persona de profunda oración y de arraigado amor por sus hermanas religiosas y por sus estudiantes, los veinte años que Madre Teresa transcurrió en Loreto estuvieron impregnados de profunda alegría. Caracterizada por su caridad, altruismo y coraje, por su capacidad para el trabajo duro y por un talento natural de organizadora, vivió su consagración a Jesús entre sus compañeras con fidelidad y alegría.

El 10 de septiembre de 1946, durante un viaje de Calcuta a Darjeeling para realizar su retiro anual, Madre Teresa recibió su “inspiración,” su “llamada dentro de la llamada”. Ese día, de una manera que nunca explicaría, la sed de amor y de almas se apoderó de su corazón y el deseo de saciar la sed de Jesús se convirtió en la fuerza motriz de toda su vida. Durante las sucesivas semanas y meses, mediante locuciones interiores y visiones, Jesús le reveló el deseo de su corazón de encontrar “víctimas de amor” que “irradiasen a las almas su amor”. “Ven y sé mi luz”, Jesús le suplicó. “No puedo ir solo”. Le reveló su dolor por el olvido de los pobres, su pena por la ignorancia que tenían de Él y el deseo de ser amado por ellos. Le pidió a Madre Teresa que fundase una congregación religiosa, Misioneras de la Caridad, dedicadas al servicio de los más pobres entre los pobres. Pasaron casi dos años de pruebas y discernimiento antes de que Madre Teresa recibiese el permiso para comenzar. El 17 de agosto de 1948 se vistió por primera vez con el sari blanco orlado de azul y atravesó las puertas de su amado convento de Loreto para entrar en el mundo de los pobres.

Después de un breve curso con las Hermanas Médicas Misioneras en Patna, Madre Teresa volvió a Calcuta donde encontró alojamiento temporal con las Hermanitas de los Pobres. El 21 de diciembre va por vez primera a los barrios pobres. Visitó a las familias, lavó las heridas de algunos niños, se ocupó de un anciano enfermo que estaba extendido en la calle y cuidó a una mujer que se estaba muriendo de hambre y de tuberculosis. Comenzaba cada día entrando en comunión con Jesús en la Eucaristía y salía de casa, con el rosario en la mano, para encontrar y servir a Jesús en “los no deseados, los no amados, aquellos de los que nadie se ocupaba”. Después de algunos meses comenzaron a unirse a ella, una a una, sus antiguas alumnas.

El 7 de octubre de 1950 fue establecida oficialmente en la Archidiócesis de Calcuta la nueva congregación de las Misioneras de la Caridad. Al inicio de los años sesenta, Madre Teresa comenzó a enviar a sus Hermanas a otras partes de India. El Decreto de Alabanza, concedido por el Papa Pablo VI a la Congregación en febrero de 1965, animó a Madre Teresa a abrir una casa en Venezuela. Ésta fue seguida rápidamente por las fundaciones de Roma, Tanzania y, sucesivamente, en todos los continentes. Comenzando en 1980 y continuando durante la década de los años noventa, Madre Teresa abrió casas en casi todos los países comunistas, incluyendo la antigua Unión Soviética, Albania y Cuba.

Para mejor responder a las necesidades físicas y espirituales de los pobres, Madre Teresa fundó los Hermanos Misioneros de la Caridad en 1963, en 1976 la rama contemplativa de las Hermanas, en 1979 los Hermanos Contemplativos y en 1984 los Padres Misioneros de la Caridad. Sin embargo, su inspiración no se limitó solamente a aquellos que sentían la vocación a la vida religiosa. Creó los Colaboradores de Madre Teresa y los Colaboradores Enfermos y Sufrientes, personas de distintas creencias y nacionalidades con los cuales compartió su espíritu de oración, sencillez, sacrificio y su apostolado basado en humildes obras de amor. Este espíritu inspiró posteriormente a los Misioneros de la Caridad Laicos. En respuesta a las peticiones de muchos sacerdotes, Madre Teresa inició también en 1981 el Movimiento Sacerdotal Corpus Christi como un “pequeño camino de santidad” para aquellos sacerdotes que deseasen compartir su carisma y espíritu.

Durante estos años de rápido desarrollo, el mundo comenzó a fijarse en Madre Teresa y en la obra que ella había iniciado. Numerosos premios, comenzando por el Premio Indio Padmashri en 1962 y de modo mucho más notorio el Premio Nobel de la Paz en 1979, hicieron honra a su obra. Al mismo tiempo, los medios de comunicación comenzaron a seguir sus actividades con un interés cada vez mayor. Ella recibió, tanto los premios como la creciente atención “para gloria de Dios y en nombre de los pobres”.

Toda la vida y el trabajo de Madre Teresa fue un testimonio de la alegría de amar, de la grandeza y de la dignidad de cada persona humana, del valor de las cosas pequeñas hechas con fidelidad y amor, y del valor incomparable de la amistad con Dios. Pero, existía otro lado heroico de esta mujer que salió a la luz solo después de su muerte. Oculta a todas las miradas, oculta incluso a los más cercanos a ella, su vida interior estuvo marcada por la experiencia de un profundo, doloroso y constante sentimiento de separación de Dios, incluso de sentirse rechazada por Él, unido a un deseo cada vez mayor de su amor. Ella misma llamó “oscuridad” a su experiencia interior. La “dolorosa noche” de su alma, que comenzó más o menos cuando dio inicio a su trabajo con los pobres y continuó hasta el final de su vida, condujo a Madre Teresa a una siempre más profunda unión con Dios. Mediante la oscuridad, ella participó de la sed de Jesús (el doloroso y ardiente deseo de amor de Jesús) y compartió la desolación interior de los pobres.

Durante los últimos años de su vida, a pesar de los cada vez más graves problemas de salud, Madre Teresa continuó dirigiendo su Instituto y respondiendo a las necesidades de los pobres y de la Iglesia. En 1997 las Hermanas de Madre Teresa contaban casi con 4.000 miembros y se habían establecido en 610 fundaciones en 123 países del mundo. En marzo de 1997, Madre Teresa bendijo a su recién elegida sucesora como Superiora General de las Misioneras de la Caridad, llevando a cabo sucesivamente un nuevo viaje al extranjero. Después de encontrarse por última vez con el Papa Juan Pablo II, volvió a Calcuta donde transcurrió las últimas semanas de su vida recibiendo a las personas que acudían a visitarla e instruyendo a sus Hermanas. El 5 de septiembre, la vida terrena de Madre Teresa llegó a su fin. El Gobierno de India le concedió el honor de celebrar un funeral de estado y su cuerpo fue enterrado en la Casa Madre de las Misioneras de la Caridad. Su tumba se convirtió rápidamente en un lugar de peregrinación y oración para gente de fe y de extracción social diversa (ricos y pobres indistintamente). Madre Teresa nos dejó el ejemplo de una fe sólida, de una esperanza invencible y de una caridad extraordinaria. Su respuesta a la llamada de Jesús, “Ven y sé mi luz”, hizo de ella una Misionera de la Caridad, una “madre para los pobres”, un símbolo de compasión para el mundo y un testigo viviente de la sed de amor de Dios.

Menos de dos años después de su muerte, a causa de lo extendido de la fama de santidad de Madre Teresa y de los favores que se le atribuían, el Papa Juan Pablo II permitió la apertura de su Causa de Canonización. El 20 de diciembre del 2002 el mismo Papa aprobó los decretos sobre la heroicidad de las virtudes y sobre el milagro obtenido por intercesión de Madre Teresa.

Su canonización fue aprobada por el papa Francisco en diciembre de 2015, después de que la Congregación para las Causas de los Santos reconociera como extraordinaria la curación de un brasileño enfermo en estado terminal. El acto oficial de canonización tuvo lugar en Roma en la mañana del domingo 4 de septiembre de 2016

(Fuente: vatican.va)

Fuente: http://www.vatican.net/news_services/liturgy/saints/ns_lit_doc_

Oración a Santa Teresa de Calcuta

Señor, cuando tenga hambre, dame alguien que necesite comida;
Cuando tenga sed, dame alguien que precise agua;
Cuando sienta frío, dame alguien que necesite calor.
Cuando sufra, dame alguien que necesita consuelo;
Cuando mi cruz parezca pesada, déjame compartir la cruz del otro;
Cuando me vea pobre, pon a mi lado algún necesitado.
Cuando no tenga tiempo, dame alguien que precise de mis minutos;
Cuando sufra humillación, dame ocasión para elogiar a alguien; Cuando esté desanimado, dame alguien para darle nuevos ánimos.
Cuando quiera que los otros me comprendan, dame alguien que necesite de mi comprensión;
Cuando sienta necesidad de que cuiden de mí, dame alguien a quien pueda atender;
Cuando piense en mí mismo, vuelve mi atención hacia otra persona.

Haznos dignos, Señor, de servir a nuestros hermanos;
Dales, a través de nuestras manos, no sólo el pan de cada día, también nuestro amor misericordioso, imagen del tuyo.

-Madre Teresa de Calcuta M.C.


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