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¿Quién fue el primer Papa de la Iglesia católica?

Esta es una pregunta de gran importancia en la tradición católica y se relaciona con la figura de San Pedro, a quien la Iglesia reconoce como el primer Papa. Sin embargo, antes de profundizar en la historia y la autoridad de San Pedro como el primer Papa, es esencial comprender el contexto bíblico y teológico en el que se basa esta creencia.

El fundamento bíblico para la afirmación de que San Pedro fue el primer Papa se encuentra en varios pasajes del Nuevo Testamento. Uno de los pasajes más significativos es la conversación que Jesús tuvo con Pedro en Cesarea de Filipo, que se registra en el Evangelio de Mateo:

"Jesús le dijo: 'Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos; y todo lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y todo lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos'" (Mateo 16,17-19).

Este pasaje es de gran importancia porque Jesús le otorga a Simón un nuevo nombre, Pedro, que significa "roca", y declara que sobre esta "roca" edificará su Iglesia. Además, Jesús le confiere a Pedro las "llaves del reino de los cielos", lo que simboliza una autoridad especial y un papel de liderazgo en la Iglesia que está por venir.

Este pasaje ha sido objeto de interpretación y discusión a lo largo de la historia de la Iglesia, y la comprensión católica es que Jesús estaba estableciendo a Pedro como el líder visible y el pastor supremo de la Iglesia. La referencia a las "llaves" también se interpreta como un símbolo de autoridad y liderazgo en la comunidad de creyentes.

Otro pasaje relevante se encuentra en el Evangelio de Juan, donde Jesús confirma su amor y comisión a Pedro después de la resurrección:

"Cuando comieron, Jesús dijo a Simón Pedro: 'Simón, hijo de Jonás, ¿me amas más que éstos?' Él le dijo: 'Sí, Señor; tú sabes que te amo.' Él le dijo: 'Apacienta mis corderos.' Le volvió a decir la segunda vez: 'Simón, hijo de Jonás, ¿me amas?' Pedro le respondió: 'Sí, Señor; tú sabes que te amo.' Le dijo: 'Pastorea mis ovejas.' Le dijo la tercera vez: 'Simón, hijo de Jonás, ¿me amas?' Pedro se entristeció de que le dijera la tercera vez: '¿Me amas?' y le respondió: 'Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te amo.' Jesús le dijo: 'Apacienta mis ovejas'" (Juan 21,15-17).

En este pasaje, Jesús confirma a Pedro como el pastor de su rebaño, lo que implica una responsabilidad de liderazgo sobre la comunidad de creyentes.


Además de los pasajes bíblicos, la tradición de la Iglesia también sostiene que San Pedro desempeñó un papel central en el liderazgo de la Iglesia primitiva. La Iglesia primitiva reconoció a Pedro como el líder entre los apóstoles, y él fue quien predicó el primer sermón después de la venida del Espíritu Santo en Pentecostés (Hechos 2,14-40). Pedro también desempeñó un papel destacado en la toma de decisiones importantes, como el reemplazo de Judas Iscariote con Matías (Hechos 1,15-26).

El testimonio de otros escritores cristianos primitivos también respalda la idea de que San Pedro fue el líder de la Iglesia primitiva. Por ejemplo, en las cartas de San Clemente de Roma, un autor del siglo I que fue un contemporáneo de Pedro y Pablo, se habla de la autoridad de los apóstoles y se menciona a Pedro como alguien que sufrió el martirio y cuyo liderazgo fue fundamental en la Iglesia primitiva.

El título de "Papa" como lo entendemos hoy en día se desarrolló gradualmente en la Iglesia primitiva y se convirtió en un título específico para el obispo de Roma. La conexión entre Pedro y el obispo de Roma se fortaleció con el tiempo, y los sucesores de Pedro en la sede de Roma se consideraron líderes supremos de la Iglesia católica. El título "Papa" significa "Padre" y refleja el papel paternal y de liderazgo del obispo de Roma en la Iglesia.

El Catecismo de la Iglesia Católica también enseña sobre el papel del Papa como sucesor de Pedro y líder supremo de la Iglesia:

"El Papa, Obispo de Roma y sucesor de San Pedro, es el principio y fundamento perpetuo, visible de unidad, tanto de los Obispos como de la multitud de los fieles" (Catecismo de la Iglesia Católica, 882).

En resumen, la respuesta a la pregunta sobre quién fue el primer Papa de la Iglesia católica se basa en la afirmación de que San Pedro, uno de los apóstoles de Jesús, fue designado por Cristo como el líder visible y pastor supremo de la Iglesia. Esta creencia se encuentra respaldada por pasajes bíblicos como Mateo 16,17-19 y Juan 21,15-17, así como por la tradición de la Iglesia primitiva y la enseñanza del Catecismo de la Iglesia Católica. El Papa es considerado el sucesor de Pedro y el líder supremo de la Iglesia católica, con la responsabilidad de guiar y pastorear a los fieles en todo el mundo.

Autor: Padre Ignacio Andrade.

29 de junio: La Iglesia Católica celebra a San Pedro y San Pablo



Pedro era un sencillo pescador y, Pablo, un culto fariseo; el primero evangelizó a los judíos y, el segundo, a los paganos. Sus discusiones y diferencias han quedado plasmadas incluso en las Sagradas Escrituras. Pero a san Pedro y san Pablo los unía un vínculo más fuerte: Nuestro Señor Jesucristo.

Podemos decir que eran compañeros de misión. Su amor al Señor y su celo evangélico fue fundamental para llevar el testimonio de Jesús a todos los confines de la tierra. En su homilía de la Solemnidad de San Pedro y San Pablo de 2020, el Papa Francisco destacó la unidad que mostraron siempre ambos apóstoles, pese a que sus diferentes puntos de vista eran públicos.

Esto -dijo el Santo Padre- es prueba de la unidad que debemos tener los cristianos. “Se sentían hermanos –recordaba el Papa Francisco-, como en una familia unida, donde a menudo se discute, aunque realmente se aman. Pero la familiaridad no provenía de inclinaciones naturales, sino del Señor. Él no nos ordenó que nos lleváramos bien, sino que nos amáramos. Es Él quien nos une, sin uniformarnos, en las diferencias”.

Pedro y Pablo eran tan diferentes y ¡tan parecidos! Se les celebra juntos el 29 de junio, fecha en que, según la tradición de la Iglesia, habrían sido martirizados.

¿Qué dice la Biblia de San Pablo?

Fue el primer escritor cristiano y aquel cuyos textos han sido leídos o escuchados por más millones de personas en todo el mundo a lo largo de los siglos, aunque curiosamente una parte importante de quienes han aprovechado sus enseñanzas desconocen que son suyas. Le llaman ‘apóstol’ (incluso ‘súper-apóstol’), pero nunca perteneció al grupo de los Doce y no sólo eso: hubo un tiempo en que fue perseguidor de cristianos.

¿Quién fue este apóstol conocido también como Saulo de Tarso? Lo primero que se sabe de él es que fue contemporáneo de la primera comunidad cristiana; era judío y pertenecía a la secta de los fariseos, quienes se caracterizaban por creer que podían obtener la salvación si cumplían hasta la exageración la ley, es decir, los mandamientos y mandatos que Dios, a través de Moisés, dio al pueblo judío.

Cabe hacer notar que, a diferencia de muchos fariseos hipócritas que sólo aparentaban cumplir, o que se habían ido al extremo de hacer de la ley un ídolo al que ponían por encima de todo, él realmente buscaba servir a Dios de corazón; lo malo es que dedicó todo su esfuerzo a perseguir a los cristianos, a los que consideraba enemigos de Dios pues seguían a Jesús, a quien los dirigentes de su pueblo habían rechazado y condenado a muerte.

¿Qué vio el Señor en este hombre que no tenía empacho en meter a la cárcel a mujeres y ancianos, que cometió muchos atropellos, uno de los cuales fue aprobar la muerte de san Esteban, el primer mártir cristiano? Vio sin duda que estaba equivocado, pero vio también que su error era de buena fe, que provenía de un corazón puro, sin doblez, cuya sola intención era la de servirlo. Así pues, quiso aprovechar todo ese fuego, reorientarlo, darle un sentido verdadero. Y un día tuvo lugar un encuentro que cambiaría la historia.

Tres veces nos lo relata el libro de Hechos, como para que captemos su importancia: Sucede que un día, cuando él se dirige a Damasco a continuar su ‘cacería’ de cristianos, el Señor se le aparece en el camino y lo cuestiona: ‘Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?’, a lo que éste pregunta: ‘¿Quién eres, Señor?’ Recibe esta respuesta: ‘Soy Jesús, a quien tú persigues’.

Era un hombre conscientemente valiente y comprometido, pero inconscientemente temeroso, lo que lo hacía contradecir sus principios. Lleno de limitaciones humanas, es un hombre rico en fe y en amor, un hombre muy parecido a nosotros que caemos con frecuencia en la incoherencia entre vida y fe.

Lo que no podemos dudar es que, a su modo, amaba al Señor, quizás más que ningún otro de los apóstoles. San Andrés, hermano de Pedro; y Juan, hermano de Santiago, fueron los primeros a quienes Jesús llamó cuando lo siguieron a instancias de su maestro, Juan Bautista, quien les señaló a Jesús como al Cordero de Dios que quita los pecados del mundo. Estos primeros apóstoles contagiaron la alegría de haber encontrado al Mesías, en primer lugar, a sus hermanos, a quienes presentaron a Jesús.

San Juan, en su Evangelio (1, 42) nos dice que desde el primer momento Jesús le cambió el nombre y le puso “Cefas”, que significa piedra y de donde viene el nombre de Pedro. San Mateo (16, 16-18) coloca este cambio de nombre después de la confesión del apóstol de que Jesús era el Mesías, el Hijo de Dios: Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: “Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo”. Y Jesús le dijo: “Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo. Y yo te digo: tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder de la muerte no prevalecerá contra ella”.

Pedro ama a Jesús, lo manifiesta cuando está dispuesto a defenderlo y a morir por Él. Incluso, defiende a Jesús cuando lo arrestan y es capaz de cortar la oreja del criado del sacerdote. Pero Pedro es miedoso. El temor vence al amor y opaca la fe. Pedro niega tres veces a su Señor antes del canto del gallo y, ante la mirada de Jesús preso, se da cuenta de su traición y llora amargamente. Pedro no fue testigo de su muerte porque se escondió por miedo a los judíos. Pero, a pesar de todo, la misericordia de Jesús triunfa sobre la humanidad de Pedro y, una vez resucitado, lo confirma en su misión de pastorear la Iglesia.

Cuando Jesús ascendió al Cielo, Pedro asumió la dirección de la Iglesia. La primera comunidad reconocía en él la indiscutible autoridad que le otorgó Jesús. Por ejemplo, en el Concilio de Jerusalén, su palabra fue decisiva para tomar una decisión. Pedro fue obispo de Antioquía y después el primer obispo de Roma. Su sucesor es el Papa Francisco, quien insiste en su título de Obispo de Roma. El Obispo de Roma, sucesor de Pedro, es el jefe, el pastor, de la Iglesia Católica; sigue siendo la roca humana sobre la que Jesús quiere seguir edificando su Iglesia. La fe de Pedro es la misma fe de la Iglesia católica a través de los siglos.

San Pedro y San Pablo


SAN PEDRO Y SAN PABLO : una solemnidad  para amar a la Iglesia y al Papa

Una fecha para renovar nuestra fidelidad a la Iglesia, al Papa y, a través de ellos, a Jesucristo

Por: Andrés Jaromezuk | 
Fuente: Catholic-link.com

En la vida cotidiana, muchas veces solemos usar la palabra “fiesta” o “festividad” para referirnos a los diferentes tipos de conmemoraciones religiosas. Sin embargo, en un sentido litúrgico, cada celebración tiene su nombre específico en función de su jerarquía, y hablamos así, de menor a mayor importancia, de memoria libre, memoria, fiesta y solemnidad. Las solemnidades son las celebraciones más importantes del calendario litúrgico y están reservadas a la Santísima Trinidad, al Señor, a la Virgen y a algunos santos. Una de las particularidades de esta celebración es que, por su dignidad, incluye todos los elementos que se emplean los domingos.

En este caso, la solemnidad de san Pedro y san Pablorecuerda su testimonio hasta la sangre: los dos apóstoles fueron martirizados en Roma por su fe en Cristo. San Pedro padeció su suplicio hacia el año 67 en la colina del Vaticano, según Tertuliano (siglo II) crucificado y según Orígenes (siglo II) con la cabeza hacia abajo. San Pablo fue martirizado hacia la misma fecha y, según Tertuliano, sufrió la decapitación junto a la vía Ostiense. La solemnidad conmemora su amor a Cristo y la aceptación de la voluntad de Dios hasta dar la vida.

Esta celebración es muy antigua y ya se registra en el siglo IV, mencionada en la «Depositio martyrum» del año 354. Por las mismas fechas se encuentran referencias en menciones de san Ambrosio (Milán) y de san Agustín (África del Norte). En sus inicios, si bien se los recordaba en conjunto, se festejaba a san Pablo en la tumba de la vía Ostiense y a san Pedro en la catacumba de la vía Apia. La costumbre cristiana antigua de celebrar los aniversarios de los mártires en sus monumentos sepulcrales constituyó para Roma una dificultad en tanto que los sepulcros de los príncipes de los apóstoles estaban alejados uno de otro.

Así, en el siglo VII, la celebración se dividió en dos días, conmemorándose a san Pedro el 29 de junio y a san Pablo el día siguiente. Esta doble celebración fue la que se difundió en Oriente y Occidente. En la reforma del calendario litúrgico de 1969 la celebración se volvió a unir en el mismo día.

En estrecha relación con esta solemnidad se celebra el óbolo de san Pedro, una colecta centenaria que se realiza el 29 de junio o el domingo más cercano a esta fecha, y que simboliza la comunión con el Papa y la fraternidad con la Iglesia. La conocida práctica caritativa se remonta a finales del siglo VIII, cuando los anglosajones recientemente convertidos enviaban una contribución anual al Santo Padre que recibió el nombre de«Denarius Sancti Petri» o limosna de san Pedro. La costumbre se extendió a otros países y fue regulada orgánicamente por el Papa Pío IX en la Encíclica «Saepe Venerabilis» de 1871.



La solemnidad de San Pedro y San Pablo es especial por su catolicidad. La Iglesia celebra en ellos no solo la gloria de su martirio, sino también el misterio de su vocación apostólica, uno hacia Israel y otro hacia los gentiles; y el llamado del Evangelio a todos los seres humanos. La celebración nos invita especialmente a renovar nuestra fidelidad a la Iglesia, al Papa y, a través de ellos, a Jesucristo.

San Pedro y San Pablo

Solemnidad: 29 de junio

Cada 29 de junio, en la solemnidad de San Pedro y San Pablo, apóstoles, recordamos a estos grandes testigos de Jesucristo y, a la vez, hacemos una solemne confesión de fe en la Iglesia una, santa, católica y apostólica. Ante todo es una fiesta de la catolicidad.

Pedro, el amigo frágil y apasionado de Jesús, es el hombre elegido por Cristo para ser “la roca” de la Iglesia: “Tú eres Pedro y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” ( Mt 16,16). Aceptó con humildad su misión hasta el final, hasta su muerte como mártir. Su tumba en la Basílica de San Pedro en el Vaticano es meta de millones de peregrinos que llegan de todo el mundo.

Pablo, el perseguidor de Cristianos que se convirtió en Apóstol de los gentiles, es un modelo de ardoroso eevangelizador para todos los católicos porque después de encontrarse con Jesús en su camino, se entregó sin reservas a la causa del Evangelio.


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Fiesta de la Cátedra de San Pedro


FIESTA DE LA CÁTEDRA DE SAN PEDRO
22 febrero

Recopilación de los textos por fray Gregorio Cortázar
En la basílica de San Pedro:

«Queridos amigos, deseo dar una cordial bienvenida a todos los presentes en esta basílica, cuyo ábside hoy está adornado e iluminado con ocasión de la fiesta de la Cátedra del apóstol Pedro».

– En la sala Pablo VI:

«Queridos hermanos y hermanas: La liturgia latina celebra hoy la fiesta de la Cátedra de San Pedro. Se trata de una tradición muy antigua, atestiguada en Roma desde el siglo IV, con la que se da gracias a Dios por la misión encomendada al apóstol san Pedro y a sus sucesores.

La “cátedra”, literalmente, es la sede fija del obispo, puesta en la iglesia madre de una diócesis, que por eso se llama “catedral”, y es el símbolo de la autoridad del obispo, y en particular de su “magisterio”, es decir, de la enseñanza evangélica que, en cuanto sucesor de los Apóstoles, está llamado a conservar y transmitir a la comunidad cristiana. Cuando el obispo toma posesión de la Iglesia particular que le ha sido encomendada, llevando la mitra y el báculo pastoral, se sienta en la cátedra. Desde esa sede guiará, como maestro y pastor, el camino de los fieles en la fe, en la esperanza y en la caridad.

¿Cuál fue, por tanto, la “cátedra” de san Pedro? Elegido por Cristo como “roca” sobre la cual edificar la Iglesia (cf Mt 16, 18), comenzó, después de la Ascensión del Señor y de Pentecostés, su ministerio en Jerusalén. La primera “sede” de la Iglesia fue el Cenáculo, y es probable que en esa sala, donde también María, la Madre de Jesús, oró juntamente con los discípulos, a Simón Pedro le tuvieran reservado un puesto especial.

Sucesivamente, la sede de Pedro fue Antioquía, ciudad situada a orillas del río Oronte, en Siria (hoy en Turquía), en aquellos tiempos tercera metrópoli del imperio romano, después de Roma y Alejandría en Egipto. De esa ciudad, evangelizada por san Bernabé y san Pablo, donde “por primera vez, los discípulos recibieron el nombre de cristianos” (Hc 11, 26), por tanto, donde nació el nombre de cristianos para nosotros, san Pedro fue el primer obispo, hasta el punto de que el Martirologio romano, antes de la reforma del calendario, preveía también una celebración específica de la Cátedra de San Pedro en Antioquía.

Desde allí la Providencia llevó a Pedro a Roma. Por tanto, tenemos el camino desde Jerusalén, Iglesia naciente, hasta Antioquía, primer centro de la Iglesia procedente de los paganos, y todavía unida con la Iglesia proveniente de los judíos. Luego Pedro se dirigió a Roma, centro del Imperio, símbolo del “Orbis” –la “Urbis” que expresa el “Orbis”, la tierra-, donde concluyó con el martirio su vida al servicio del Evangelio. Por eso, la sede de Roma, que había recibido el mayor honor, recogió también el oficio encomendado por Cristo a Pedro de estar al servicio de todas las Iglesias particulares para la edificación y la unidad de todo el pueblo de Dios.

Así, la sede de Roma, después de estas emigraciones de san Pedro, fue reconocida como la del sucesor de Pedro, y la “cátedra” de su obispo representó la del Apóstol encargado por Cristo de apacentar a todo su rebaño. Lo atestiguan los más antiguos Padres de la Iglesia, como por ejemplo san Ireneo, obispo de Lyon, pero que venía de Asia menor, el cual, en su tratado Contra las herejías, describe la Iglesia de Roma como “la más grande, más antigua y más conocida por todos, que la fundaron y establecieron los más gloriosos apóstoles, Pedro y Pablo”; y añade: “Con esta Iglesia, a causa de su origen más excelente, debe necesariamente estar de acuerdo toda la Iglesia, es decir, los fieles de todas partes” (III, 3, 2-3). A su vez, un poco más tarde, Tertuliano afirma: “¡Cuán feliz es esta Iglesia de Roma! Fueron los Apóstoles mismos quienes derramaron en ella, juntamente con su sangre, toda la doctrina” (La prescripción de los herejes, 36). Por tanto, la cátedra del Obispo de Roma representa no solo su servicio a la comunidad romana, sino también su misión de guía de todo el pueblo de Dios.

Celebrar la “Cátedra” de san Pedro, como hacemos nosotros, significa, por consiguiente, atribuirle un fuerte significado espiritual y reconocer que es un signo privilegiado del amor de Dios, Pastor bueno y eterno, que quiere congregar a toda su Iglesia y guiarla por el camino de la salvación.

Entre los numerosos testimonios de los santos Padres, me complace recordar el de san Jerónimo, tomado de una de sus cartas, escrita al Obispo de Roma, particularmente interesante porque hace referencia explícita precisamente a la “cátedra” de Pedro, presentándola como fuente segura de verdad y de paz. Escribe así san Jerónimo: “He decidido consultar la cátedra de Pedro, donde se encuentra la fe que la boca de un Apóstol exaltó; vengo ahora a pedir un alimento para mi alma donde un tiempo fui revestido de Cristo. Yo no sigo un primado diferente del de Cristo; por eso, me pongo en comunión con tu beatitud, es decir, con la cátedra de Pedro. Sé que sobre esta piedra está edificada la Iglesia” (Cartas I, 15, 1-2).

Queridos hermanos y hermanas, en el ábside de la basílica de San Pedro, como sabéis, se encuentra el monumento a la Cátedra del Apóstol, obra madura de Bernini, realizada en forma de gran trono de bronce, sostenido por las estatuas de cuatro doctores de la Iglesia, dos de Occidente, san Agustín y san Ambrosio, y dos de Oriente, san Juan Crisóstomo y san Atanasio. Os invito a deteneros ante esta obra tan sugestiva, que hoy se puede admirar decorada con muchas velas, para orar en particular por el ministerio que Dios me ha encomendado.

Elevando la mirada hacia la vidriera de alabastro que se encuentra exactamente sobre la Cátedra, invocad al Espíritu Santo para que sostenga siempre con su luz y su fuerza mi servicio diario a toda la Iglesia. Por esto, como por vuestra devota atención, os doy las gracias de corazón».

(2/2) Benedicto XVI, Homilía al final de la celebración eucarística con los cardenales electores en la Capilla Sixtina 20-4-2005 (ge sp fren it lt po): «En estos momentos vuelvo a pensar en lo que sucedió en la región de Cesarea de Filipo hace dos mil años. Me parece escuchar las palabras de Pedro: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”, y la solemne afirmación del Señor: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia… A ti te daré las llaves del reino de los cielos” (Mt 16, 15-19).

¡Tú eres el Cristo! ¡Tú eres Pedro! Me parece revivir esa misma escena evangélica. Yo, Sucesor de Pedro, repito con estremecimiento las estremecedoras palabras del pescador de Galilea y vuelvo a escuchar con íntima emoción la consoladora promesa del divino Maestro. Si es enorme el peso de la responsabilidad que cae sobre mis débiles hombros, sin duda es inmensa la fuerza divina con la que puedo contar: “Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia” (Mt 16, 18). Al escogerme como Obispo de Roma, el Señor ha querido que sea su Vicario, ha querido que sea la “piedra” en la que todos puedan apoyarse con seguridad».

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