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Santa Catalina de Siena



SANTA CATALINA DE SIENA, RUEGA POR NOSOTROS
29 abril

Catalina nace en Siena el 25 de marzo de 1347. Es la penúltima de veinticinco hijos. Hija de Jacobo Benincasa y Lapa Piacenti.

1353 Visión de Jesucristo
A la edad de seis años, tiene una visión de Jesucristo que le marca toda la vida.

1363 Laica dominica
Teniendo dieciséis años, se hace parte de la Hermandad de Penitentes de Santo Domingo.

1372 Impulsa al Papa a volver a Roma Apasionada por la Iglesia, impulsa al Papa Gregorio XI retorne a Roma.

1378 Paz entre Roma y Florencia
Una vez establecido el Papa en Roma, impulsa la paz entre florentinos y Roma. Una paz anhelada se acuerda bajo su mediación.

1380 Muerte
Entregada en todo momento a Dios, muere el 29 de abril de 1380 a los 33 años.

1461 Canonización
El día 29 de junio de 1461 es canonizada por el Papa Pío II.

1970 Doctora de la Iglesia
El Papa Pablo VI la proclama Doctora de la Iglesia el 4 de octubre de 1970.

1999 Copatrona de Europa
San Juan Pablo II le proclama como Copatrona de Europa.

Santa Catalina de Siena:
dominica, laica, mística, doctora de la Iglesia

Catalina Benincasa, conocida como Santa Catalina de Siena O.P., nació en Siena (Italia) el 25 de marzo de 1347.

Por inspiración divina, a los siete años ofreció a Dios su virginidad y ya en 1363, superada la oposición de la familia, inicia la vida como laica dominica en la Fraternidad Seglar de Hermanas de la Penitencia de Santo Domingo, dedicadas con gran austeridad a la oración, penitencia y ayunos.

Vive en su propia casa una vida de sacrificio hasta el año 1370: A los veintitrés años, en una visión de su esposo celestial, recibe la misión de dedicarse a la vida de apostolado.

Su misión fue eficacísima en la reforma de la Iglesia, dividida por el cisma, y en la reforma de la Orden de Predicadores, apoyando la obra del Beato Raimundo de Capua. La familia dominicana la considera como su madre.

Catalina muere en Roma el 29 de abril de 1380, a la edad de treinta y tres años. Pío II la canoniza en 1461, y el cuatro de noviembre de 1970 es declarada Doctora de la Iglesia por Pablo VI. Su magisterio carismático es un don de Dios a la Iglesia y a la humanidad. Fue sepultada en la basílica dominicana de Santa María sopra Minerva.

¿Qué nos puede decir hoy?

Santa Catalina es modelo de predicación, fe y vida laical. Desde una oración dedicada, profunda, y una total entrega a Dios, se sabe instrumento de paz y unidad. Su pasión por la Iglesia le lleva a tomar acciones inéditas como joven predicadora, urgiendo a cambiar actitudes. Su vida orante se convierte en apostolado, y audacia para impulsar amistad entre ciudades. El amor por Jesucristo y la Iglesia hacen no aceptar acomodos o divisiones, y tomando un papel protagónico, predica con pasión.

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Santa Catalina de Suecia


SANTA CATALINA DE SUECIA, RUEGA POR NOSOTROS
24 marzo

Santa Catalina de Suecia, descubra todo sobre esta milagrosa santa, sanadora de diferentes enfermedades, capaz de alejar demonios y apaciguar las inundaciones, proteger a las mujeres de los peligros y amenazas a su integridad, hija de Santa Brígida de Suecia y continuadora de su obra.

Vida de Santa Catalina de Suecia

Santa Catalina de Suecia, nace en Vadstena, una ciudad de Suecia localizada cerca del lago Väern, uno de los lagos más importantes de esa nación, en el año de 1331, fue educada en un ambiente lleno de costumbres católicas, debido a que su madre, Santa Brígida de Suecia, fue la promotora del Monasterio de Vadstena para el cual fundó la Orden del Santísimo Salvador, dirigida según la Regla de San Agustín.

El padre de Santa Catalina de Suecia era un príncipe de Suecia, llamado Ulf Gudmarsson, que al igual que Santa Brígida de Suecia seguía los principios de la doctrina cristiana, y colaboró en las obras cristianas de su madre pero murió en 1344 luego de ingresar al Monasterio de Alvastra. Santa Catalina de Suecia tuvo tres hermanas y cuatro hermanos, de los cuales ella era la cuarta descendiente.

La educación temprana de Santa Catalina de Suecia estuvo bajo las directrices de unas monjas, hasta que en su adolescencia, alrededor de los 13 años de edad, fue concedida para contraer matrimonió con un joven de la aristocracia sueca llamado Edgar Von Kyren, sin embargo fue un matrimonio rato, es decir sin haberse consumado por acuerdo de ambos, que además hicieron votos de abstinencia y castidad.

Cerca de los 20 años Santa Catalina de Suecia, estando en Roma junto a su madre en una misión de peregrinaje, ya que ese año de 1351, fue declarado santo, recibe la noticia de la muerte de su esposo Edgar Von Kyren, un evento que la sumió en la depresión ya que lo amaba profundamente a su esposo debido a que ambos estaban consagrados virginalmente al servicio de Jesucristo y la Virgen María, aunque estaban casados permanecieron castos.

Luego del fallecimiento de su esposo la joven Santa Catalina se dedica a ser la compañera de su madre, Santa Brígida de Suecia, y desde Roma la acompaña, a sus peregrinaciones a Jerusalén y otros sitios sagrados de la fe cristiana, luego juntas, madre e hija, recurren Italia predicando la palabra sagrada de Jesucristo y ayudando en labores de interés social, pero su madre Santa Brígida de Suecia enferma en 1373, falleciendo ese mismo año.

Luego del fallecimiento de su madre, Santa Catalina de Suecia, se dedicó a continuar la labor predicadora del evangelio cristiano a través de la Orden del Santísimo Salvador de Santa Brígida, orden de las Brigidinas y los Brigidinos, ya que era una institución de carácter mixto. Luego asumió la dirección del Convento de Vadstena, como abadesa para seguir las actividades que su difunta madre estuvo realizando.

Permaneció el resto de sus días en el Convento de Vadstena donde dedica varias horas a la pasión de Jesucristo y a rezar a la Virgen María, además de las oraciones diarias del convento. También se dedicó a promover la canonización de su madre, para lo cual viaja a Roma, ciudad donde conoce a Santa Catalina de Siena y ambas apoyan al Papa Urbano,1378 a 1389, durante el Gran Cisma de la Iglesia del año de 1378.

Aunque no pudo lograr la canonización de Santa Brígida de Suecia, ya que este evento se realizó en el año de 1391, logró la aprobación de la Regla Brigidina para regir el Convento de Vadstena y la Orden del Santísimo Salvador propugnada por su madre. En 1380 Santa Catalina de Suecia estaba devuelta al convento fundado por su madre, y asume su dirección como abadesa.

Santa Catalina de Suecia sufre una enfermedad que la incapacita severamente, una relacionada con males intestinales, la cual le provoca la muerte el día 24 de marzo del año 1381. El Papa Inocencio VIII, la declara santa venerable en el año de 1484, por sus milagros realizados en vida y luego de ascender a la gloria del Señor, y por haber dedicado su vida al servicio de Jesucristo, estableciendo su festividad el 24 de marzo.

Obras de Santa Catalina de Suecia

Las obras de caridad, servicio y ayuda a todos los que se acercaban al Convento de Vadstena, su constante peregrinar junto a su madre por tierra santa e Italia, su castidad, su rechazo a la vida de lujo que le ofrecía su noble origen, y sus milagros realizados en vida, se cuentan entre las obras que Santa Catalina de Suecia realizó y promovió y que fueron tomadas para hacer de esta santa unas de las imágenes icónicas venerables de Suecia y otros países.

La promoción e impulsó que dio al proceso de canonización de Santa Brígida de Suecia, su madre, están entre sus obras relevantes, e igualmente la verificación y aprobación de la Regla Brigidina y la de la Orden del Santísimo Salvador de Santa Brígida, son sus más destacadas realizaciones. También es autora del escrito La Consolación del Alma, sustentado en reflexiones bíblicas.

Milagros de Santa Catalina de Suecia

Uno de los milagros extraordinarios de Santa Catalina de Suecia lo realizó en Roma, al introducir sus pies en el río Tíber y evitar con ello una crecida de este río que amenazaba con inundar a la ciudad, este evento esta plasmado en un óleo de la Iglesia de Santa Brígida de Suecia de la Plaza Farnese. Tuvo el don de la anticipación al vaticinar el fallecimiento del rey Magnus Ericsson en el año de 1374.

Sus milagros son numerosos y comprenden la sanación de enfermedades, la expulsión o exorcismo de demonios, la salvación de peligros inminentes, la fortificación de la fe, la protección de las mujeres ya que en vida fue salvada varias veces, durante sus giras de peregrinaje por unos venados que se aparecían cuando su integridad estaba amenazada, por ello es considera protectoras de las vírgenes y se le representa, a veces, con un ciervo.

Cuando falleció, el 24 de marzo del año de 1381, sobre los cielos de la ciudad un astro se mostraba más brillante de lo usual, tomándose este acontecimiento como uno de los prodigios de Santa Catalina de Suecia, un alma consagrada a Jesucristo que aún perdura entre sus fieles devotos y sus seguidores brigidinos y brigidinas de la antigua Orden del Santísimo Salvador.

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Santa Catalina de Bolonia


SANTA CATALINA DE BOLONIA, RUEGA POR NOSOTROS
9 de marzo Siglo XV

En Bolonia, en la provincia de la Emilia, santa Catalina, virgen de la Orden de Santa Clara, la cual, notable por sus dotes naturales, fue más ilustre por sus virtudes místicas y por la vida de penitencia y humildad, siendo guía de vírgenes consagradas.

Vida de Santa Catalina de Bolonia

Nació en Bolonia el 8 de septiembre de 1413. Su padre, Juan de Vigri, hombre honorable, descendía de una familia noble y rica de Ferrara, emparentada con la casa de Este, que entonces reinaba en aquella ciudad. Había ido a Bolonia a estudiar jurisprudencia, y allí sacó el doctorado en ambos derechos y consiguió una cátedra en su famosa Universidad. Además, contrajo matrimonio con Benvenuta de Mamollini, hija de una ilustre familia boloñesa. Pasado algún tiempo, Nicolás III de Este, informado de las dotes de Juan, lo llamó a Ferrara, lo nombró embajador suyo ante la república de Venecia y obtuvo para él una cátedra de derecho en Padua, ciudad en la que debía fijar su residencia. Obligado a partir sin demora para responder a la llamada del Duque, Juan dejó en Bolonia a su esposa, que se encontraba embarazada y que poco después dio a luz a su hija Catalina, nuestra santa, en la fiesta de la Natividad de la Virgen del año 1413. Junto a su madre, la niña fue desarrollando sus tendencias naturales a la vida de piedad y de oración, y su compasión generosa hacia los pobres.

A los 9 ó 10 años, su padre llevó a Catalina a Ferrara, porque Nicolás III, que estaba levantando entonces el ducado de Ferrara, Módena y Reggio, quiso que la pequeña fuera dama de honor de su hija la princesa Margarita de Este, y para recibir la adecuada formación se estableció en la corte, que vivía momentos de esplendor y era un hervidero de arte y de cultura. Allí recibió una esmerada educación humanística y desarrolló sus naturales cualidades para la música, la poesía y sobre todo la pintura, a la vez que continuó el estudio del latín iniciado en Bolonia, lengua que llegó a manejar con soltura hasta poder leer con facilidad los clásicos, los Santos Padres y la Biblia. Ya en aquel tiempo se ganó Catalina la simpatía de todos por sus dotes físicas y espirituales; en ella, sin embargo, iba creciendo el deseo de consagrarse al Señor.

Tres años llevaba Catalina en Ferrara cuando la princesa Margarita contrajo matrimonio con Roberto Malatesta, príncipe de Rímini, y marchó a vivir allí; quiso llevarse consigo a su joven dama, pero ésta tenía otros proyectos y decidió volver a Bolonia junto a su madre. Poco después, teniendo catorce años, su vida cambia de rumbo: muere su padre y su madre contrae nuevo matrimonio. Ella queda sola y abatida en Bolonia, heredera de un gran patrimonio y con muchos pretendientes por su riqueza y por sus dotes naturales y espirituales. Pero Catalina tiene otras perspectivas para su vida, que su madre respeta, y busca la paz interior por otros caminos. Y dará con ella.

Había entonces en Ferrara una dama piadosa llamada Lucía Mascheroni que, para servir mejor al Señor, había cambiado los vestidos seglares por el hábito negro de la Tercera Orden de San Agustín. Pronto se le unieron muchas jóvenes deseosas como ella de apartarse del mundo y llevar una vida de mayor perfección. Ocupaban su tiempo en los ejercicios de piedad y en las tareas de casa, de la que salían para asistir a los oficios religiosos en la iglesia de los franciscanos, que se convirtieron en los confesores y directores espirituales de aquella fervorosa comunidad, cuya fama de santidad se extendió por la ciudad y llegó hasta Bolonia.

Catalina se sintió atraída por la vida santa que llevaban aquellas mujeres, y pidió y obtuvo ser admitida en su asociación. Los ejemplos de Lucía la confortaron y la ayudaron a profundizar en los caminos de la oración y abnegación. Pronto empezó a gozar de dones extraordinarios del Señor, que la llenaba de paz y amor, y se le revelaba para guiarla por los caminos de la santidad. Pero este oasis de paz luego se convirtió en desierto de dudas y sufrimientos. Catalina entró en una profunda crisis interior, una noche del espíritu, que iba a durar cinco años. Parecería que Dios la había abandonado a los caprichos del demonio. Se estuvieron sucediendo manifestaciones divinas y apariciones diabólicas que bajo las más diversas formas querían llevarla a la desesperación y al abandono de su vida mística apenas empezada. En verdad, Dios lo dispuso todo para prepararla a un abandono total de sí y a una entrega incondicional a su Señor. La luz y la liberación le llegaron a Catalina un día en que, oyendo misa, al llegar al Sanctus, se sintió como envuelta en un coro angélico de alabanza y acción de gracias a Dios. A partir de entonces recuperó la serenidad de espíritu y el sueño reparador, y pudo entregarse a la oración libre de las asechanzas del diablo.

Las pruebas por las que había pasado en plena juventud, y que le hicieron experimentar la propia pequeñez y la grandeza de Dios, robustecieron su espíritu e iluminaron su mente para discernir lo que proviene del espíritu de Dios y lo que son insidias del demonio en las almas. De todo ello nos dejó Catalina constancia en su Tratado de las siete armas espirituales. En esta obra, escrita en 1438 siendo ya clarisa en Ferrara, pero que confió a su confesor sólo cuando estaba a punto de morir, y que tiene tanto de autobiografía como de tratado de espiritualidad, Catalina, bajo el seudónimo de Catella, cuenta las luchas que hubo de sostener y los medios que empleó para vencer las terribles tentaciones de que estuvo llena largo tiempo. Habla también de los favores espirituales con que Dios recompensó su fidelidad. Al mismo tiempo describe el itinerario que ha de seguir el alma que quiera de veras servir a Dios: empezar haciendo una buena confesión y un firme propósito de no ofender a Dios, para unirse luego al Señor en el camino de la cruz. Y como todos los que deciden servir al Señor tendrán que enfrentarse con enemigos formidables, necesita el alma estar provista de armas adecuadas para arrostrar los embates del enemigo.

Estas armas son siete: 1) La diligencia, o sea, la prontitud en hacer el bien, que aleja la negligencia y la tibieza. 2) La desconfianza de sí mismo, que no es un impedimento para la acción, sino que nos lo hace esperar todo de la gracia, sin la cual nada de bueno podemos hacer. 3) La confianza en Dios, creyendo firmemente que el Señor no abandona a quien se confía a Él; por consiguiente, hay que entrar en combate sin temores, y nuestra confianza debe ir creciendo tal como crezca la violencia del asalto, puesto que Dios tiene los ojos puestos en nosotros, y siempre está pronto para asistirnos en el momento del peligro. 4) La meditación asidua de la Pasión del Salvador, de la que se debe tomar ejemplo y sacar valor y ayuda para la práctica de todas las virtudes; sin ésta, las demás armas serían ineficaces. 5) El pensamiento de la propia muerte, de la que ignoramos el día y la hora, lo que debe obligarnos a estar siempre preparados y a aprovechar bien el tiempo presente, que es el tiempo de la misericordia divina. 6) El pensamiento del cielo y de la inmensa recompensa que está reservada a aquellos que hayan combatido bien su combate acá en la tierra. 7) La Sagrada Escritura impresa en nuestra memoria; siendo como es la palabra de Dios, hemos de guardar sus máximas en nuestro corazón para meditarlas, alimentar con ellas nuestra alma y hacer de ellas la regla de nuestra vida. La Santa cuenta a continuación sus propias experiencias y las veces que el demonio la engañó por no haber desconfiado de sí misma. Con su relato Catalina quiere ayudar a las almas que pasan por crisis y noches del espíritu, y da a todas las religiosas consejos llenos de sabiduría, insistiéndoles en que manifiesten de inmediato a sus superiores o directores espirituales los avatares de su espíritu.

Mientras Catalina atravesaba aún la noche espiritual a que nos hemos referido, una noble dama, la princesa de Verde, conmovida por el admirable ejemplo de Catalina y sus compañeras, pensó fundar un monasterio en Ferrara dedicado al Santísimo Sacramento en el que aquella asociación piadosa pudiera vivir bajo la Regla de santa Clara. Por su parte, Lucía Mascheroni sentía la necesidad de dar a su grupo una estructura canónica más sólida. Ella era ya terciaria agustina y se inclinaba por adoptar la Regla de San Agustín; otras mujeres, entre ellas Catalina, preferían la Regla de Santa Clara por su mayor austeridad y por la simpatía que sentían hacia los franciscanos, que las atendían espiritualmente; finalmente todas, incluida Lucía, se decidieron por la primera Regla de las clarisas. Y empezaron las obras y los trámites ante los superiores religiosos.

En 1432 el provincial de los franciscanos les dio la Regla propia de santa Clara y, después de haber vestido el hábito seráfico, las recibió bajo su jurisdicción. Catalina tenía veinte años. Para iniciar a la nueva comunidad en la vida clariana, un grupo de clarisas del monasterio de Mántova se trasladó al nuevo monasterio de Ferrara, al que se le dio el nombre de Corpus Domini; una de ellas, sor Tadea, hermana de la princesa de Verde, fue designada abadesa. La comunidad no tardó en hacer grandes progresos en el camino de la perfección. Abrazaron con tanto fervor la vida austera de la Regla, que en 1446 san Juan de Capistrano, Vicario general de la Observancia, se sintió obligado a pedir al papa Eugenio IV un decreto por el que se moderaran sus austeridades y ayunos y se les permitiera llevar sandalias. Se repetía así la intervención moderadora de san Francisco para con santa Clara, y la de ésta para con santa Inés de Praga. Catalina, habiendo dejado atrás los años de tribulación espiritual y viéndose ya hija de santa Clara, emprendió con renovado fervor el camino de la contemplación y de la penitencia, y el Señor la colmó de gracias y carismas extraordinarios, entre los que se cuentan apariciones divinas, profecías y milagros. Al mismo tiempo, ella ejerció al principio en el monasterio el oficio de hornera, en el que sufrió mucho por el calor y porque le dañaba la vista.

Viendo sus cualidades y su celo en la observancia de la Regla, los superiores creyeron que era la persona más indicada para la formación de las jóvenes que pedían ingresar en el monasterio. Al principio ella trató de eludir semejante responsabilidad por considerar que no estaba preparada, hasta que comprendió que era la obediencia la que la invitaba a ser maestra de novicias, y aceptó. De inmediato se entregó al cuidado de sus novicias, a las que brindó consejos llenos de sabiduría de Dios y, más que consejos, su propio ejemplo. Les recordaba con frecuencia que el fundamento más firme de la perfección es la firme voluntad de buscar siempre y en todo el beneplácito de Dios y procurar su gloria, por lo que recomendaba de modo especial la virtud de la obediencia. Solía decir que las religiosas tienen dos escaleras para subir al cielo: la de las virtudes y la de la humildad que, según san Benito, tiene doce escalones.

La escalera de las virtudes de santa Catalina consta de diez escalones: la clausura interior, o sea, el aislamiento del mundo y de lo mundano que impiden el amor de Dios; el deseo insaciable de oír la voz de Dios y la prontitud en escucharla, venga de donde venga, del exterior o del interior; la modestia propia y necesaria de las vírgenes consagradas a Dios; el amor al silencio sin el que nuestra religión sería vana; la cortesía, o sea, la manera gentil y amable de comportarse con todos sin excepción; la diligencia en todas las acciones, que aleja la tibieza y la negligencia y es regulada por la discreción; la pureza de intención que consiste en pensar bien del prójimo e interpretar bien sus acciones; la obediencia a los superiores y también a los demás, sobre todo a quienes destacan por su sabiduría y prudencia, evitando así el peligro de que nos traicione nuestro propio juicio; la humildad, que nos conforma al divino Maestro; y por último el amor a Dios y al prójimo, que es la cima de la perfección.

Después del oficio de maestra de novicias, le confiaron el cuidado de la portería. Este cometido suponía para ella un gran sacrificio porque con frecuencia tenía que interrumpir su oración y sus devociones para atender a las personas que acudían al monasterio. Pero, al mismo tiempo, era motivo de gozo espiritual al poder atender a las personas necesitadas con las limosnas, las palabras de consuelo, los buenos consejos y siempre la actitud y comportamiento impregnados de amor y de bondad que transparentaban a los visitantes la imagen paternal de Dios.

En 1451 falleció la madre Tadea, la abadesa procedente de Mántova, y se llegó a plantear seriamente que Catalina la sucediera en el cargo. Pero ella, con lucidez y buen criterio, consiguió convencer a todos de que era preferible pedir una nueva abadesa al monasterio de Mántova, y, al mismo tiempo, aprovechar esta circunstancia para introducir la clausura, que todavía no se había establecido, en el monasterio de Ferrara. A todo ello accedió el provincial de los franciscanos, con profunda alegría de Catalina.

La vida religiosa de esta comunidad claustral progresó constantemente, y la fama de su santidad se extendió por la ciudad y por las regiones vecinas. De todas partes llegaban al monasterio jóvenes de toda clase y condición social que deseaban consagrarse a Dios. El monasterio empezó a resultar insuficiente y los superiores no querían negar al ingreso a quienes lo pedían. En tales circunstancias, el Vicario general de la Observancia, el P. Bautista de Levanto, pidió al papa Calixto III y obtuvo de él la facultad de fundar en Italia otros monasterios. Tan pronto como de divulgó la noticia de la concesión pontificia, las autoridades y el pueblo de Bolonia y de Cremona pidieron la gracia de tener dentro de sus muros a las hijas de santa Clara, cuyas oraciones y sacrificios serían la mejor protección de sus ciudades y fuente segura de bendiciones divinas para las mismas.

Los superiores aceptaron la fundación de un monasterio en Bolonia, y designaron para dirigirlo como abadesa a Catalina; ella trató de rehusar el cargo por considerarse incompetente para el mismo; pero una vez más, superada una crisis de salud, llegó a comprender que esa era la voluntad de Dios. El 20 de julio de 1456 llegaron a Ferrara varios caballeros enviados por el senado de Bolonia, y con ellos iba el Vicario general de la Observancia acompañado del beato Marcos Fantuzzi, Provincial de Bolonia, y de otros religiosos. Esta delegación se había trasladado a Ferrara para recoger a la abadesa y a sus hermanas y conducirlas a su nuevo monasterio. Con Catalina marcharon otras quince monjas, nueve de las cuales pertenecían a familias distinguidas y nobles de Bolonia. Para evitar manifestaciones de los habitantes de Ferrara, la comitiva salió de noche.

Llegaron a Bolonia el 22 de julio. Salieron a esperar a Catalina y a sus compañeras el cardenal Besarión, legado de la Santa Sede, y el cardenal arzobispo de Bolonia con el clero, el senado y los magistrados, así como una multitud de gente que dio muestras de satisfacción y alegría al ver en su ciudad particularmente a Catalina, cuya fama de santidad les había llegado; de ella y de sus hermanas esperaban la intercesión ante el Señor para conseguir sus bendiciones y en especial la paz ciudadana, profundamente turbada por las facciones enfrentadas. Y de hecho, a partir de entonces poco a poco comenzaron a ceder las divisiones y se fue restableciendo la paz.

A este nuevo monasterio de Clarisas de Bolonia se le dio el mismo nombre que tenía el de Ferrara, del Corpus Domini, o sea, del Santísimo Sacramento. Catalina había pasado veinticuatro años en Ferrara como clarisa, e iba a pasar otros siete en Bolonia.

Apenas alojadas en su monasterio, Catalina se entregó con todo esmero y premura al progresivo establecimiento de la Regla y observancias de santa Clara en su comunidad, a la vez que se preocupaba de ir adaptando las instalaciones del monasterio a su vida claustral. Pronto empezaron a llegar nuevas vocaciones y se multiplicaron de tal manera que hubo que ampliar el edificio con nuevas construcciones. Terminado el trienio del mandato de Catalina, el Bto. Marcos Fantuzzi, provincial de Bolonia, las visitó para presidir el capítulo del monasterio que debía elegir a la nueva abadesa. Catalina fue elegida de nuevo y permaneció en el cargo hasta su muerte.

Huelga subrayar la caridad materna con que atendía a sus hijas espirituales en todas sus necesidades, sin ahorrarse fatigas ni trabajos; siempre estaba dispuesta a consolarlas en sus tribulaciones y a acompañarlas en sus crisis y tentaciones. Sentía una especial compasión por la enfermas, a las que visitaba con frecuencia, prestaba los servicios más humildes, consolaba con palabras llenas de ternura, fortalecía con acertadas motivaciones espirituales. Se dice que el Señor siguió concediéndole dones extraordinarios incluyendo visiones divinas y hechos milagrosos. En su vida se armonizaban una intensa actividad y una constante unión contemplativa con Dios.

En su espiritualidad hay que destacar ante todo su ardiente amor a Dios, motor y causa de toda su vida. Los largos y penosos años de crisis y lucha espiritual desarrollaron en ella una profunda humildad ante el Señor y también ante sus hermanas, a las que servía y a las que valoraba más que a sí misma. Mantener el vínculo de la caridad y de la paz entre sus hijas espirituales fue siempre una de sus grandes preocupaciones como abadesa. Alma profundamente franciscana, vivió con alegría interior el seguimiento de Cristo crucificado, la contemplación del Niño de Belén, el amor a Jesús vivo en la Eucaristía, y todo ello con su temperamento vivaz, artístico, que la llevaba al canto y a la danza. Escribía versos en italiano y en latín, enseñaba oraciones y cantos nuevos. Compuso textos de formación y de devoción, y un largo relato de la Pasión en latín. Tenía un breviario bilingüe escrito de su mano y que ella misma había adornado con ricas miniaturas; lo usaba ella y lo prestaba fácilmente a las demás, de suerte que parecía el breviario de la comunidad.

Pero llegó el momento en que la abadesa del monasterio del Corpus Domini de Bolonia podía decir con san Pablo: «He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe. Ahora me aguarda la corona merecida con la que el Señor me premiará; y no sólo a mí, sino a todos los que tienen amor a su venida» (2 Tim 4,7-8). El 25 de febrero de 1463, Catalina reunió por última vez a sus hermanas y les habló largo tiempo, anunciándoles su próxima muerte, recordándoles las virtudes cuya práctica tanto les había inculcado y exhortándolas a mantener entre ellas la unión, la paz y la caridad. Pocos días después, sufrió violentos dolores, que ya no la dejaron. Aún dirigió a sus apenadas hijas palabras de consuelo, les prometió que nunca las abandonaría sino que acudiría siempre en su ayuda, y les recomendó especialmente el cuidado de las novicias y el respeto y obediencia a la vicaria; les encomendó también el cuidado de la madre de ella.

En 9 de marzo de 1463, en el monasterio del Corpus Domini de Bolonia, después de haber recibido los últimos sacramentos, Catalina entregó al confesor su tratado Le sette armi spirituali, que nadie había visto hasta entonces. Luego entró en agonía, su rostro se volvió hermoso y sereno, dirigió a sus hijas una mirada llena de paz y de amor, y expiró después de haber pronunciado tres veces el nombre de Jesús. Los franciscanos presidieron sus funerales y la santa fue enterrada en el cementerio de la comunidad. Pasado algún tiempo y en vista de los milagros y hechos prodigiosos que se producían en torno a la sepultura de la santa, con los debidos permisos desenterraron su cadáver, y lo encontraron incorrupto y difundiendo un suave perfume. Estuvo siete días expuesto a la veneración de los fieles, que acudían en masa a contemplar aquel cuerpo del que se decían cantidad de hechos maravillosos: los colores de la cara como si estuviera viva, el perfume que despedía, el saludo con una sonrisa a sus monjas mientras era trasladado, etc. El cuerpo de Catalina fue enterrado de nuevo, ahora en la iglesia del monasterio. Pero continuaron los hechos prodigiosos en torno a su tumba y se multiplicaron los visitantes y peregrinos. Una vez más desenterraron a la santa y la pusieron en una especie de urna de cristal, sentada en un trono con baldaquino, con el rostro descubierto, las manos sobre las rodillas y los pies a la vista. Así se conserva desde hace siglos, como si fuera una persona viva, en una capilla contigua a la sacristía. Se dice que cuando trasportaron el cuerpo de Catalina a su ubicación final, al pasar por el altar mayor, se incorporó y se inclinó profundamente como para adorar al Santísimo.

Ya en vida a Catalina la llamaban santa y este apelativo se difundió cada vez más a partir de su muerte, tanto entre quienes la conocieron como entre aquellos que nunca la vieron pero oyeron hablar de los prodigios que la acompañaron mientras vivió y después de muerta. La canonizó solemnemente el papa Clemente XI el 22 de mayo de 1712.


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Santa Catalina Drexel


SANTA CATALINA DREXEL, RUEGA POR NOSOTROS
3 de marzo Siglo XX Fundadora Religiosa

En Filadelfia, del estado de Pensilvania, en los Estados Unidos de Norteamérica, santa Catalina Drexel, virgen, que fundó la Congregación de las Hermanas del Santísimo Sacramento y utilizó los bienes de su herencia con largueza y benignidad, en educar y ayudar a indios y negros.

Vida de Santa Catalina Drexel

Nació el 26 de Noviembre del 1858 en Filadelfia, Pennsylvania, USA. Sus padres, Francis A. y Enma Drexel, eran una familia muy rica. Desde pequeña le enseñaron a utilizar su riqueza generosamente. Su hermana mayor, Isabel, abrió en Pennsylvania, USA, una escuela para huérfanos; su hermana mas joven fundó una escuela para personas pobres de raza negra en Virginia.

Catalina cuidó de su madre por tres años hasta que esta murió en 1883.

Preocupada por la gran necesidad en que se encontraban los indios americanos, Catalina le pidió al Papa León XIII, durante una audiencia en 1887, que enviara mas misioneros al estado de Wyoming, para su amigo el obispo James O'Connor. El papa le respondió, "¿Por que tu no te haces misionera?

Catalina visitó los estados de Norte y Sur Dakota, conoció al jefe indio de la tribu Sioux, y comenzó su ayuda sistemática a las misiones con los indios americanos. Con el tiempo gastó millones de la fortuna de la familia en esta ayuda.

Entró el noviciado de las Hermanas de la Misericordia (Sisters of Mercy). Fundó las Hermanas del Santísimo Sacramento para los indios y negros, en Santa Fe, New México, USA en 1891.

La Madre Francisca Cabrini, quién también es santa canonizada, le aconsejó que recibiera la aprobación de Roma para la orden. Recibió dicha aprobación en el año 1913.

En el año 1942 tenía un sistema de escuelas católicas para indios americanos y personas de raza negra en 13 estados. Este sistema incluía 40 misiones, 23 escuelas rurales, 50 misiones para los indios y la Universidad Xavier en New Orleans, Louisiana, USA, la primera universidad en Estados Unidos para los personas de raza negra. Por todo esto Catalina sufrió persecución.

Después de un ataque al corazón, pasó los últimos 20 años de su vida concentrada en la oración y meditación. Murió por causas naturales el 3 de marzo, 1955, en la casa madre de su comunidad, Bensalem, Pennsylvania.

Mas información en el santuario de Santa Catalina en la casa madre de las Hermanas del Santísimo Sacramento

The Shrine of Saint Katharine at the motherhouse of the Sisters of the Blessed Sacrament, 1663 Bristol Pike, Bensalem, Pennsylvania, USA 19020-8502, tel/215.639.7878

(Fuente: corazones.org | autor: Padre Jordi Rivero)

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Santa Catalina Labouré


SANTA CATALINA LABOURÉ, RUEGA POR NOSOTROS
28 de noviembre Siglo XIX

En París, en Francia, santa Catalina Labouré, virgen, de las Hijas de la Caridad, que de manera singular honró a la Inmaculada y brilló por la simplicidad, caridad y paciencia.

Vida de Santa Catalina Labouré

Esta fue la santa que tuvo el honor de que la Sma. Virgen se le apareciera para recomendarle que hiciera la Medalla Milagrosa.

Santa Catalina Labouré, llamada Zoe en familia, nació en Bretaña, Francia, el 1806. Sus padres eran agricultores. Al quedar huérfana de madre a los 8 años le encomendó a la Santísima Virgen que le sirviera de madre, y la Madre de Dios le aceptó su petición.

Como su hermana mayor se fue de monja vicentina, Catalina tuvo que quedarse al frente de los trabajos de la cocina y del lavadero en la casa de su padre, y por esto no pudo aprender a leer ni a escribir.

A los 14 años pidió a su papá que le permitiera irse de religiosa a un convento pero él, que la necesitaba para atender los muchos oficios de la casa, no se lo permitió. Ella le pedía a Nuestro Señor que le concediera lo que tanto deseaba: ser religiosa. Y una noche vio en sueños a un anciano sacerdote que le decía: "Un día me ayudarás a cuidar a los enfermos". La imagen de ese sacerdote se le quedó grabada para siempre en la memoria.

Al fin, a los 24 años, logró que su padre la dejara ir a visitar a la hermana religiosa, y al llegar a la sala del convento vio allí el retrato de San Vicente de Paúl y se dio cuenta de que ese era el sacerdote que había visto en sueños y que la había invitado a ayudarle a cuidar enfermos. Desde ese día se propuso ser hermana vicentina, y tanto insistió que al fin fue aceptada en la comunidad.

Siendo Catalina una joven monjita, tuvo unas apariciones que la han hecho célebre en toda la Iglesia. En la primera, una noche estando en el dormitorio sintió que un hermoso niño la invitaba a ir a la capilla. Lo siguió hasta allá y él la llevó ante la imagen de la Virgen Santísima. Nuestra Señora le comunicó esa noche varias cosas futuras que iban a suceder en la Iglesia Católica y le recomendó que el mes de Mayo fuera celebrado con mayor fervor en honor de la Madre de Dios. Catalina creyó siempre que el niño que la había guiado era su ángel de la guarda.

Pero la aparición más famosa fue la del 27 de noviembre de 1830. Estando por la noche en la capilla, de pronto vio que la Sma. Virgen se le aparecía totalmente resplandeciente, derramando de sus manos hermosos rayos de luz hacia la tierra. Y le encomendó que hiciera una imagen de Nuestra Señora así como se le había aparecido y que mandara hacer una medalla que tuviera por un lado las iniciales de la Virgen MA, y una cruz, con esta frase "Oh María, sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a Ti". Y le prometió ayudas muy especiales para quienes lleven esta medalla y recen esa oración.

Catalina le contó a su confesor esta aparición, pero él no le creyó. Sin embargo el sacerdote empezó a darse cuenta de que esta monjita era sumamente santa, y se fue donde el Sr. Arzobispo a consultarle el caso. El Sr. Arzobispo le dio permiso para que hicieran las medallas, y entonces empezaron los milagros.

Las gentes empezaron a darse cuenta de que los que llevaban la medalla con devoción y rezaban la oración "Oh María sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a Ti", conseguían favores formidables, y todo el mundo comenzó a pedir la medalla y a llevarla. Hasta el emperador de Francia la llevaba y sus altos empleados también.

En París había un masón muy alejado de la religión. La hija de este hombre obtuvo que él aceptara colocarse al cuello la Medalla de la Virgen Milagrosa, y al poco tiempo el masón pidió que lo visitara un sacerdote, renunció a sus errores masónicos y terminó sus días como creyente católico.

Catalina le preguntó a la Sma. Virgen por qué de los rayos luminosos que salen de sus manos, algunos quedan como cortados y no caen en la tierra. Ella le respondió: "Esos rayos que no caen a la tierra representan los muchos favores y gracias que yo quisiera conceder a las personas, pero se quedan sin ser concedidos porque las gentes no los piden". Y añadió: "Muchas gracias y ayudas celestiales no se obtienen porque no se piden".

Después de las apariciones de la Sma. Virgen, la joven Catalina vivió el resto de sus años como una cenicienta escondida y desconocida de todos. Muchísimas personas fueron informadas de las apariciones y mensajes que la Virgen Milagrosa hizo en 1830. Ya en 1836 se habían repartido más de 130.000 medallas. El Padre Aladel, confesor de la santa, publicó un librito narrando lo que la Virgen Santísima había venido a decir y prometer, pero sin revelar el nombre de la monjita que había recibido estos mensajes, porque ella le había hecho prometer que no diría a quién se le había aparecido. Y así mientras esta devoción se propagaba por todas partes, Catalina seguía en el convento barriendo, lavando, cuidando las gallinas y haciendo de enfermera, como la más humilde e ignorada de todas las hermanitas, y recibiendo frecuentemente maltratos y humillaciones.

En 1842 sucedió un caso que hizo mucho más popular la Medalla Milagrosa y sucedió de la siguiente manera: el rico judío Ratisbona, fue hospedado muy amablemente por una familia católica en Roma, la cual como único pago de sus muchas atenciones, le pidió que llevara por un tiempo al cuello la medalla de la Virgen Milagrosa. Él aceptó esto como un detalle de cariño hacia sus amigos, y se fue a visitar como turista el templo, y allí de pronto frente a un altar de Nuestra Señora vio que se le aparecía la Virgen Santísima y le sonreía. Con esto le bastó para convertirse al catolicismo y dedicar todo el resto de su vida a propagar la religión católica y la devoción a la Madre de Dios. Esta admirable conversión fue conocida y admirada en todo el mundo y contribuyó a que miles y miles de personas empezaran a llevar también la Medalla de Nuestra Señora (lo que consigue favores de Dios no es la medalla, que es un metal muerto, sino nuestra fe y la demostración de cariño que le hacemos a la Virgen Santa, llevando su sagrada imagen).

Desde 1830, fecha de las apariciones, hasta 1876, fecha de su muerte, Catalina estuvo en el convento sin que nadie se le ocurriera que ella era a la que se le había aparecido la Virgen María para recomendarle la Medalla Milagrosa. En los últimos años obtuvo que se pusiera una imagen de la Virgen Milagrosa en el sitio donde se le había aparecido (y al verla, aunque es una imagen hermosa, ella exclamó: "Oh, la Virgencita es muchísimo más hermosa que esta imagen").

Al fin, ocho meses antes de su muerte, fallecido ya su antiguo confesor, Catalina le contó a su nueva superiora todas las apariciones con todo detalle y se supo quién era la afortunada que había visto y oído a la Virgen. Por eso cuando ella murió, todo el pueblo se volcó a sus funerales (quien se humilla será enaltecido).

Poco tiempo después de la muerte de Catalina, fue llevado un niño de 11 años, inválido de nacimiento, y al acercarlo al sepulcro de la santa, quedó instantáneamente curado.

En 1947 el santo Padre Pío XII declaró santa a Catalina Labouré, y con esa declaración quedó también confirmado que lo que ella contó acerca de las apariciones de la Virgen sí era Verdad.

Fuente: http://www.ewtn.com/Spanish/Saints/Catalina_Labour%C3%A9.htm

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Santa Catalina de Alejandría



SANTA CATALINA DE ALEJANDRÍA, RUEGA POR NOSOTROS
25 de noviembre, siglo IV

Vida de Santa Catalina de Alejandría

Santa Catalina, mártir, que, según la tradición, fue una virgen de Alejandría dotada tanto de agudo ingenio y sabiduría como de fortaleza de ánimo. Su cuerpo se venera piadosamente en el célebre monasterio del monte Sinaí.

Nada sabemos con certeza histórica del lugar y fecha de su nacimiento. La historia nos tiene velado el nombre de sus padres. Los datos de su muerte, según la "passio", son tardíos y están pletóricos de elementos espurios. Por esto, algún historiador ha llegado a pensar que quizá esta santa nunca haya existido. Así, Catalina de Alejandría sería un personaje aleccionador salido de la literatura para ilustrar la vida de los cristianos y estimularles en su fidelidad a la fe. De todos modos es seguro que la fantasía ha rellenado los huecos en el curso del tiempo.

Se la presenta como una joven de extremada belleza y aún mayor inteligencia. Perteneciente a una familia noble. Residente en Alejandría. Versada en los conocimientos filosóficos de la época y buscadora incansable de la verdad. Movida por la fe cristiana, se bautiza. Su vida está enmarcada en el siglo IV, cuando Maximino Daia se ha hecho Augusto del Imperio de Oriente. Sí, le ha tocado compartir el tiempo con este "hombre semibárbaro, fiera salvaje del Danubio, que habían soltado en las cultas ciudades del Oriente", según lo describe el padre Urbel, o, con términos de Lactancio, "el mundo para él era un juguete". Recrimina al emperador su conducta y lo enmudece con sus rectos razonamientos. Enfrentada con los sabios del imperio, descubre sus sofismas e incluso se convierten después de la dialéctica bizantina. Aparece como vencedora en la palestra de la razón y vencida por la fuerza de las armas en el martirio de rueda con cuchillas que llegan a saltar hiriendo a sus propios verdugos y por la espada que corta su cabeza de un tajo.

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