Mostrando las entradas con la etiqueta 24. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta 24. Mostrar todas las entradas

Nacimiento de San Juan Bautista


NACIMIENTO DE SAN JUAN BAUTISTA
24 de junio

Este es el único santo al cual se le celebra la fiesta el día de su nacimiento.

San Juan Bautista nació seis meses antes de Jesucristo (de hoy en seis meses - el 24 de diciembre - estaremos celebrando el nacimiento de nuestro Redentor, Jesús).

El capítulo primero del evangelio de San Lucas nos cuenta de la siguiente manera el nacimiento de Juan: Zacarías era un sacerdote judío que estaba casado con Santa Isabel, y no tenían hijos porque ella era estéril. Siendo ya viejos, un día cuando estaba él en el Templo, se le apareció un ángel de pie a la derecha del altar.

Al verlo se asustó, mas el ángel le dijo: "No tengas miedo, Zacarías; pues vengo a decirte que tú verás al Mesías, y que tu mujer va a tener un hijo, que será su precursor, a quien pondrás por nombre Juan. No beberá vino ni cosa que pueda embriagar y ya desde el vientre de su madre será lleno del Espíritu Santo, y convertirá a muchos para Dios".

Pero Zacarías respondió al ángel: "¿Cómo podré asegurarme que eso es verdad, pues mi mujer ya es vieja y yo también?".

El ángel le dijo: "Yo soy Gabriel, que asisto al trono de Dios, de quien he sido enviado a traerte esta nueva. Mas por cuanto tú no has dado crédito a mis palabras, quedarás mudo y no volverás a hablar hasta que todo esto se cumpla".

Seis meses después, el mismo ángel se apareció a la Santísima Virgen comunicándole que iba a ser Madre del Hijo de Dios, y también le dio la noticia del embarazo de su prima Isabel.

Llena de gozo corrió a ponerse a disposición de su prima para ayudarle en aquellos momentos. Y habiendo entrado en su casa la saludó. En aquel momento, el niño Juan saltó de alegría en el vientre de su madre, porque acababa de recibir la gracia del Espíritu Santo al contacto del Hijo de Dios que estaba en el vientre de la Virgen.

También Santa Isabel se sintió llena del Espíritu Santo y, con espíritu profético, exclamó: "Bendita tú eres entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre. ¿De dónde me viene a mí tanta dicha de que la Madre de mi Señor venga a verme? Pues en ese instante que la voz de tu salutación llegó a mis oídos, la criatura que hay en mi vientre se puso a dar saltos de júbilo. ¡Oh, bienaventurada eres Tú que has creído! Porque sin falta se cumplirán todas las cosas que se te han dicho de parte del Señor". Y permaneció la Virgen en casa de su prima aproximadamente tres meses; hasta que nació San Juan.

De la infancia de San Juan nada sabemos. Tal vez, siendo aún un muchacho y huérfano de padres, huyó al desierto lleno del Espíritu de Dios porque el contacto con la naturaleza le acercaba más a Dios. Vivió toda su juventud dedicado nada más a la penitencia y a la oración.

Como vestido sólo llevaba una piel de camello, y como alimento, aquello que la Providencia pusiera a su alcance: frutas silvestres, raíces, y principalmente langostas y miel silvestre. Solamente le preocupaba el Reino de Dios.

Cuando Juan tenía más o menos treinta años, se fue a la ribera del Jordán, conducido por el Espíritu Santo, para predicar un bautismo de penitencia.

Juan no conocía a Jesús; pero el Espíritu Santo le dijo que le vería en el Jordán, y le dio esta señal para que lo reconociera: "Aquel sobre quien vieres que me poso en forma de paloma, Ese es".

Habiendo llegado al Jordán, se puso a predicar a las gentes diciéndoles: Haced frutos dignos de penitencia y no estéis confiados diciendo: Tenemos por padre a Abraham, porque yo os aseguro que Dios es capaz de hacer nacer de estas piedras hijos de Abraham. Mirad que ya está el hacha puesta a la raíz de los árboles, y todo árbol que no dé buen fruto, será cortado y arrojado al fuego".

Y las gentes le preguntaron: "¿Qué es lo que debemos hacer?". Y contestaba: "El que tenga dos túnicas que reparta con quien no tenga ninguna; y el que tenga alimentos que haga lo mismo"…

"Yo a la verdad os bautizo con agua para moveros a la penitencia; pero el que ha de venir después de mí es más poderoso que yo, y yo no soy digno ni siquiera de soltar la correa de sus sandalias. El es el que ha de bautizaros en el Espíritu Santo…"

Los judíos empezaron a sospechar si el era el Cristo que tenía que venir y enviaron a unos sacerdotes a preguntarle "¿Tu quién eres?" El confesó claramente: "Yo no soy el Cristo" Insistieron: "¿Pues cómo bautizas?" Respondió Juan, diciendo: "Yo bautizo con agua, pero en medio de vosotros está Uno a quien vosotros no conocéis. El es el que ha de venir después de mí…"

Por este tiempo vino Jesús de Galilea al Jordán en busca de Juan para ser bautizado. Juan se resistía a ello diciendo: "¡Yo debo ser bautizado por Ti y Tú vienes a mí! A lo cual respondió Jesús, diciendo: "Déjame hacer esto ahora, así es como conviene que nosotros cumplamos toda justicia". Entonces Juan condescendió con El.

Habiendo sido bautizado Jesús, al momento de salir del agua, y mientras hacía oración, se abrieron los cielos y se vio al Espíritu de Dios que bajaba en forma de paloma y permaneció sobre El. Y en aquel momento se oyó una voz del cielo que decía: "Este es mi Hijo muy amado, en quien tengo todas mis complacencias".

Al día siguiente vio Juan a Jesús que venía a su encuentro, y al verlo dijo a los que estaban con él: "He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. Este es aquél de quien yo os dije: Detrás de mí vendrá un varón, que se ha puesto delante de mí, porque existía antes que yo".

Entonces Juan atestiguó, diciendo: "He visto al Espíritu en forma de paloma descender del cielo y posarse sobre El. Yo no le conocía, pero el que me envió a bautizar con agua, me dijo: Aquél sobre quien vieres que baja el Espíritu Santo y posa sobre El, ése es el que ha de bautizar con el Espíritu Santo. Yo lo he visto, y por eso doy testimonio de que El es el Hijo de Dios".

Herodías era la mujer de Filipo, hermano de Herodes. Herodías se divorció de su esposo y se casó con Herodes, y entonces Juan fue con él y le recriminó diciendo: "No te es lícito tener por mujer a la que es de tu hermano"; y le echaba en cara las cosas malas que había hecho.

Entonces Herodes, instigado por la adúltera, mandó gente hasta el Jordán para traerlo preso, queriendo matarle, mas no se atrevió sabiendo que era hombre justo y santo, y le protegía, pues estaba muy perplejo y preocupado por lo que le decía.

Herodías le odiaba a muerte y sólo deseaba encontrar la ocasión de quitarlo de en medio, pues tal vez temía que a Herodes le remordiera la conciencia y la despidiera siguiendo el consejo de Juan.

Sin comprenderlo, ella iba a ser la ocasión del primer mártir que murió en defensa de la indisolubilidad del matrimonio y en contra del divorcio.

Estando Juan en la cárcel y viendo que algunos de sus discípulos tenían dudas respecto a Jesús, los mandó a El para que El mismo los fortaleciera en la fe.

Llegando donde El estaba, le preguntaron diciendo: "Juan el Bautista nos ha enviado a Ti a preguntarte si eres Tú el que tenía que venir, o esperamos a otro".

En aquel momento curó Jesús a muchos enfermos. Y, respondiendo, les dijo: "Id y contad a Juan las cosas que habéis visto y oído: Los ciegos ven, los cojos andan, los sordos oyen, los muertos resucitan, y a los pobres se les anuncia el Evangelio…"

Así que fueron los discípulos de Juan, empezó Jesús a decir: "¿Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Alguna caña sacudida por el viento? o ¿Qué salisteis a ver? ¿Algún profeta? Si, ciertamente, Yo os lo aseguro; y más que un profeta. Pues de El es de quien está escrito: Mira que yo te envío mi mensajero delante de Ti para que te prepare el camino. Por tanto os digo: Entre los nacidos de mujer, nadie ha sido mayor que Juan el Bautista…"

Llegó el cumpleaños de Herodes y celebró un gran banquete, invitando a muchos personajes importantes. Y al final del banquete entró la hija de Herodías y bailó en presencia de todos, de forma que agradó mucho a los invitados y principalmente al propio Herodes.

Entonces el rey juró a la muchacha: "Pídeme lo que quieras y te lo daré, aunque sea la mitad de mi reino".

Ella salió fuera y preguntó a su madre: "¿Qué le pediré?" La adúltera, que vio la ocasión de conseguir al rey lo que tanto ansiaba, le contestó: "Pídele la cabeza de Juan el Bautista". La muchacha entró de nuevo y en seguida dijo al rey: "Quiero que me des ahora mismo en una bandeja la cabeza de Juan el Bautista".

Entonces se dio cuenta el rey de su error, y se pudo muy triste porque temía matar al Bautista; pero a causa del juramento, no quiso desairarla, y, llamando a su guardia personal, ordenó que fuesen a la cárcel, lo decapitasen y le entregaran a la muchacha la cabeza de Juan en la forma que ella lo había solicitado.

Juan Bautista: pídele a Jesús que nos envíe muchos profetas y santos como tú.

Fuente EWTN

Si deseas conocer más sobre tu fe católica, visita nuestra página de Facebook.

https://www.facebook.com/defiendetufecatolico/

TU DONATIVO NOS HACE FALTA Estimado lector: ¡Gracias por seguirnos y leer nuestras publicaciones. Queremos seguir comprometidos con este apostolado y nos gustaría contar contigo, si está en tus posibilidades, apóyanos con un donativo que pueda ayudarnos a cubrir nuestros costos tecnológicos y poder así llegar cada vez a más personas. ¡Necesitamos de ti!
¡GRACIAS!

NOTA IMPORTANTE: La publicidad que aparece en este portal es gestionada por Google y varía en función del país, idioma e intereses y puede relacionarse con la navegación que ha tenido el usuario en sus últimos días.

Nuestros artículos están hechos para la evangelización y difusión de la verdadera fe católica y pueden ser, usados, compartidos o publicados libremente en distintas páginas o foros, sin fines de lucro, siempre que se haga mención del autor del artículo, los créditos debidos y el nombre de ésta página, CATÓLICO DEFIENDE TU FE.



María Auxiliadora


MARÍA AUXILIADORA, RUEGA POR NOSOTROS
24 mayo

Historia de la devoción a María Auxiliadora en la Iglesia Antigua.
Los cristianos de la Iglesia de la antigüedad en Grecia, Egipto, Antioquía, Efeso, Alejandría y Atenas acostumbraban llamar a la Santísima Virgen con el nombre de Auxiliadora, que en su idioma, el griego, se dice con la palabra "Boetéia", que significa "La que trae auxilios venidos del cielo". Ya San Juan Crisóstomo, arzobispo de Constantinopla nacido en 345, la llama "Auxilio potentísimo" de los seguidores de Cristo. Los dos títulos que más se leen en los antiguos monumentos de Oriente (Grecia, Turquía, Egipto) son: Madre de Dios y Auxiliadora. (Teotocos y Boetéia). En el año 476 el gran orador Proclo decía: "La Madre de Dios es nuestra Auxiliadora porque nos trae auxilios de lo alto". San Sabas de Cesarea en el año 532 llama a la Virgen "Auxiliadora de los que sufren" y narra el hecho de un enfermo gravísimo que llevado junto a una imagen de Nuestra Señora recuperó la salud y que aquella imagen de la "Auxiliadora de los enfermos" se volvió sumamente popular entre la gente de su siglo. El gran poeta griego Romano Melone, año 518, llama a María "Auxiliadora de los que rezan, exterminio de los malos espíritus y ayuda de los que somos débiles" e insiste en que recemos para que Ella sea también "Auxiliadora de los que gobiernan" y así cumplamos lo que dijo Cristo: "Dad al gobernante lo que es del gobernante" y lo que dijo Jeremías: "Orad por la nación donde estáis viviendo, porque su bien será vuestro bien". En las iglesias de las naciones de Asia Menor la fiesta de María Auxiliadora se celebra el 1º de octubre, desde antes del año mil (En Europa y América se celebre el 24 de mayo). San Sofronio, Arzobispo de Jerusalén dijo en el año 560: "María es Auxiliadora de los que están en la tierra y la alegría de los que ya están en el cielo". San Juan Damasceno, famoso predicador, año 749, es el primero en propagar esta jaculatoria: "María Auxiliadora rogad por nosotros". Y repite: "La "Virgen es auxiliadora para conseguir la salvación. Auxiliadora para evitar los peligros, Auxiliadora en la hora de la muerte". San Germán, Arzobispo de Constantinopla, año 733, dijo en un sermón: "Oh María Tú eres Poderosa Auxiliadora de los pobres, valiente Auxiliadora contra los enemigos de la fe. Auxiliadora de los ejércitos para que defiendan la patria. Auxiliadora de los gobernantes para que nos consigan el bienestar, Auxiliadora del pueblo humilde que necesita de tu ayuda".

La batalla de Lepanto.
En el siglo XVI, los mahometanos estaban invadiendo a Europa. En ese tiempo no había la tolerancia de unas religiones para con las otras. Y ellos a donde llegaban imponían a la fuerza su religión y destruían todo lo que fuera cristiano. Cada año invadían nuevos territorios de los católicos, llenando de muerte y de destrucción todo lo que ocupaban y ya estaban amenazando con invadir a la misma Roma. Fue entonces cuando el Sumo Pontífice Pío V, gran devoto de la Virgen María convocó a los Príncipes Católicos para que salieran a defender a sus colegas de religión. Pronto se formó un buen ejército y se fueron en busca del enemigo. El 7 de octubre de 1572, se encontraron los dos ejércitos en un sitio llamado el Golfo de Lepanto. Los mahometanos tenían 282 barcos y 88,000 soldados. Los cristianos eran inferiores en número. Antes de empezar la batalla, los soldados cristianos se confesaron, oyeron la Santa Misa, comulgaron, rezaron el Rosario y entonaron un canto a la Madre de Dios. Terminados estos actos se lanzaron como un huracán en busca del ejército contrario. Al principio la batalla era desfavorable para los cristianos, pues el viento corría en dirección opuesta a la que ellos llevaban, y detenían sus barcos que eran todos barcos de vela o sea movidos por el viento. Pero luego - de manera admirable - el viento cambió de rumbo, batió fuertemente las velas de los barcos del ejército cristiano, y los empujó con fuerza contra las naves enemigas. Entonces nuestros soldados dieron una carga tremenda y en poco rato derrotaron por completo a sus adversarios. Es de notar, que mientras la batalla se llevaba a cabo, el Papa Pío V, con una gran multitud de fieles recorría a cabo, el Papa Pío V, con una gran multitud de fieles recorría las calles de Roma rezando el Santo Rosario. En agradecimiento de tan espléndida victoria San Pío V mandó que en adelante cada año se celebrara el siete de octubre, la fiesta del Santo Rosario, y que en las letanías se rezara siempre esta oración: MARÍA AUXILIO DE LOS CRISTIANOS, RUEGA POR NOSOTROS.

El Papa y Napoleón.
El siglo pasado sucedió un hecho bien lastimoso: El emperador Napoleón llevado por la ambición y el orgullo se atrevió a poner prisionero al Sumo Pontífice, el Papa Pío VII. Varios años llevaba en prisión el Vicario de Cristo y no se veían esperanzas de obtener la libertad, pues el emperador era el más poderoso gobernante de ese entonces. Hasta los reyes temblaban en su presencia, y su ejército era siempre el vencedor en las batallas. El Sumo Pontífice hizo entonces una promesa: "Oh Madre de Dios, si me libras de esta indigna prisión, te honraré decretándote una nueva fiesta en la Iglesia Católica". Y muy pronto vino lo inesperado. Napoleón que había dicho: "Las excomuniones del Papa no son capaces de quitar el fusil de la mano de mis soldados", vio con desilusión que, en los friísimos campos de Rusia, a donde había ido a batallar, el frío helaba las manos de sus soldados, y el fusil se les iba cayendo, y él que había ido deslumbrante, con su famoso ejército, volvió humillado con unos pocos y maltrechos hombres. Y al volver se encontró con que sus adversarios le habían preparado un fuerte ejército, el cual lo atacó y le proporcionó total derrota. Fue luego expulsado de su país y el que antes se atrevió a aprisionar al Papa, se vio obligado a pagar en triste prisión el resto de su vida. El Papa pudo entonces volver a su sede pontificia y el 24 de mayo de 1814 regresó triunfante a la ciudad de Roma. En memoria de este noble favor de la Virgen María, Pío VII decretó que en adelante cada 24 de mayo se celebrara en Roma la fiesta de María Auxiliadora en acción de gracias a la madre de Dios.

San Juan Bosco y María Auxiliadora.
El 9 de junio de 1868, se consagró en Turín, Italia, la Basílica de María Auxiliadora. La historia de esta Basílica es una cadena de favores de la Madre de Dios. su constructor fue San Juan Bosco, humilde campesino nacido el 16 de agosto de 1815, de padres muy pobres. A los tres años quedó huérfano de padre. Para poder ir al colegio tuvo que andar de casa en casa pidiendo limosna. La Sma. Virgen se le había aparecido en sueños mandándole que adquiriera "ciencia y paciencia", porque Dios lo destinaba para educar a muchos niños pobres. Nuevamente se le apareció la Virgen y le pidió que le construyera un templo y que la invocara con el título de Auxiliadora.
Empezó la obra del templo con tres monedas de veinte centavos. Pero fueron tantos los milagros que María Auxiliadora empezó a hacer en favor de sus devotos, que en sólo cuatro años estuvo terminada la gran Basílica. El santo solía repetir: "Cada ladrillo de este templo corresponde a un milagro de la Santísima Virgen". Desde aquel santuario empezó a extenderse por el mundo la devoción a la Madre de Dios bajo el título de Auxiliadora, y son tantos los favores que Nuestra Señora concede a quienes la invocan con ese título, que ésta devoción ha llegado a ser una de las más populares.
San Juan Bosco decía: "Propagad la devoción a María Auxiliadora y veréis lo que son milagros" y recomendaba repetir muchas veces esta pequeña oración: "María Auxiliadora, rogad por nosotros". El decía que los que dicen muchas veces esta jaculatoria consiguen grandes favores del cielo.

Si deseas conocer más sobre tu fe católica, visita nuestra página de Facebook.

https://www.facebook.com/defiendetufecatolico/

TU DONATIVO NOS HACE FALTA Estimado lector: ¡Gracias por seguirnos y leer nuestras publicaciones. Queremos seguir comprometidos con este apostolado y nos gustaría contar contigo, si está en tus posibilidades, apóyanos con un donativo que pueda ayudarnos a cubrir nuestros costos tecnológicos y poder así llegar cada vez a más personas. ¡Necesitamos de ti!
¡GRACIAS!

NOTA IMPORTANTE: La publicidad que aparece en este portal es gestionada por Google y varía en función del país, idioma e intereses y puede relacionarse con la navegación que ha tenido el usuario en sus últimos días.



San Fidel de Sigmaringa


SAN FIDEL DE SIGMARINGA, MARTIR, RUEGA POR NOSOTROS
(24 DE ABRIL)
(† 1622)

San Fidel fue un capuchino alemán, nacido en Sigmaringa, pequeña ciudad de Suabia, a orillas del Danubio. Vivió entre 1577 y 1622, parte en Alemania, parte en Suiza. Para ambas naciones eran aquéllos unos tiempos movidos, inseguros y tormentosos. La Reforma protestante, que apareció en la primera mitad del siglo XVI, había echado raíces firmes y dividido inevitablemente a sus hombres y a sus pueblos. Había por doquier ambiente de lucha, de recelos, de incomodidad religiosa y política. Entre los dos sectores cristianos, el católico y el protestante, se dieron violencias lamentables, que dejaron en los ánimos prejuicios y antipatías seculares, en que, como siempre, llevaron las de perder los católicos. Sabemos bien que ninguno de los jefes de la mal llamada Reforma fue modelo de mansedumbre. Tal vez por sus propios remordimientos, y ciertamente por el orgullo que les dominó, sus ánimos se exacerbaron de manera que hasta inverosímiles nos parecen las referencias exactas que tenemos de sus desplantes, frases groseras y accesos de furor. Por su parte, las tropas católicas reprimieron a veces violentamente los avances del protestantismo con desmanes improcedentes. Todo esto trajo luchas y odios que estaban muy vivos cuando vino al mundo nuestro San Fidel de Sigmaringa.

Estas luchas tuvieron una ventaja: perfilar más y más las ideas de los católicos, su responsabilidad y su conducta. Hubo desde el principio hogares que cerraron a cal y canto sus puertas a los vientos de la herejía y supieron mantener con dignidad y fortaleza los principios salvadores de la religión católica. Uno de estos hogares fue el de Juan Rey y Genoveva Rosemberger, los padres del Santo, que fundaron el suyo sólidamente en la verdad y el amor de Dios, y lo hicieron digno hasta de las evidentes resonancias españolas que tenía el apellido paterno.

San Fidel, que en el bautismo recibió el nombre de Marcos, tiene en su haber el mérito incomparable del martirio. Ya es bastante para haber llegado a la gloria de los altares, porque el acto heroico de amor de Dios que supone el martirio hace santos en un momento a los que lo sufren. Pero San Fidel tiene, como la mayor parte de los mártires, además del mérito del martirio, el de una vida en todo conforme con tan alta vocación. Porque, al fin, el martirio es una gracia que Dios concede a quienes elige para morir por Él.

San Fidel fue algo así como una obra maestra de Dios para aquellos tiempos y aquellas regiones. Tuvo el carácter del alemán clásico, íntegro en sus costumbres, serio, constante, inflexible, ingenuo. Los biógrafos nos lo presentan maduro desde los años de su juventud, alegre, muy inteligente y sin perder nunca los estribos. Sobre todo, fue siempre hombre de gran corazón lo que, andando el tiempo, fue, sin duda, factor importante para que los ideales y estilo de vida de la Orden franciscana le vinieran como anillo al dedo.

Como era de familia noble, hizo sus estudios en la Academia Archiducal de Friburgo de Brisgovia, y los cursó tan brillantemente, que se decía que ni en la Academia ni en la ciudad había quien le igualase en talento. Salió de allí hecho un maestro en el manejo del latín, francés e italiano, y muy joven todavía consiguió el doctorado en ambos derechos.

Terminados sus estudios, el barón de Stotzingen quiso que acompañara a un hijo suyo y a otros jóvenes en un viaje instructivo por Europa, porque pensaba que la presencia de Marcos Rey era la mejor seguridad para los padres de los muchachos. Nuestro joven aceptó el encargo, que fue, creemos, providencial, porque ese aireo por fuera al final de sus estudios le puso al corriente del estado de algunas naciones en sus forcejeos con el protestantismo y de las artes que éste se daba para ganar prosélitos. Sus compañeros de viaje nos han dicho del futuro mártir cosas tan interesantes como éstas: Que no deja un solo día sus prácticas piadosas, que disputaba con energía y pasmosa seguridad con los protestantes, que nunca le vieron airado y que ya entonces tenía por lema de su vida el estudio, la oración y la penitencia.

A la vuelta del viaje abrió inmediatamente su despacho de abogado en Ensisheim (Alsacia). Mal asunto, porque la carrera de abogado es tradicionalmente peligrosa para los que hilan delgado y tienen escrupulosa conciencia. Entre los capuchinos es muy conocida una cuarteta humorística dedicada a San Fidel y que dice así:

Santo es hoy quien fue abogado.
¡Obra del poder divino!
Le costó ser capuchino
y morir martirizado.

Efectivamente. Comenzó la profesión con el optimismo fácil de la juventud y con la mejor buena voluntad del mundo. Pero en uno de los primeros pleitos que hubo de defender el abogado contrincante le propuso en secreto “un arreglo” ventajoso para los dos. Aquello bastó para que abandonara irrevocablemente la toga por razones que hoy llamaríamos de incompatibilidad temperamental. Alma tan clara y sincera no había nacido para componendas de ninguna clase.

Hubo a renglón seguido una pequeña crisis en su espíritu, antes de tomar el camino de su verdadera vocación, porque ya entonces le salieron al paso voces facilitonas y doctorales que calificaron de cobardía el deseo de ir a “enterrar” en un convento los talentos superiores que poseía. Pero, al fin, Marcos Rey se decidió a meterse capuchino. Los capuchinos estaban entonces en alza. No llevaban todavía un siglo de existencia y eran ya famosos en casi toda Europa. Después de las primeras vicisitudes y no pequeñas contrariedades de la nueva rama del frondoso árbol franciscano, la austeridad inverosímil, la sencillez encantadora, el celo impetuoso y dulcísimo de los que Lacordaire llamó más tarde Ios Demóstenes del pueblo”, acabaron por convencer a todos y propagarse como llama por el bosque. Cuando San Fidel se decidió a ingresar en esta Orden, estaba muy extendida por Alemania y Suiza y contaba con figuras excepcionales, como la de San Lorenzo de Brindis, entonces en el cenit de su carrera de predicador y diplomático, no menos que de hombre de Dios venerado por cuantos le conocían en toda Europa. El mismo San Fidel tenía un hermano capuchino, el padre Apolinar de Sigmaringa, músico, poeta y orador celebérrimo.

Cuando tomó el hábito en Friburgo tenía treinta y cinco años y era ya sacerdote. Ambos acontecimientos, la ordenación sacerdotal que recibió por consejo del obispo de Constanza, y la toma de hábito, se realizaron en el otoño de 1612. Hizo su noviciado y su profesión, y pasó en seguida al seminario de Constanza para cursar la sagrada teología. Los propios profesores eclesiásticos que tuvo en aquellos primeros años de religioso aseguran que su austeridad, humildad y devoción eran extraordinarias, y que veían en él una superioridad interior, que resaltaba entre todos los de su convento.

Apenas terminados los estudios de teología, se dedicó de lleno a la predicación, de la que esperaban grandes frutos cuantos le conocían. Recorrió gran parte de Suiza y Austria, y el sur de Alemania. En todas partes encontró la cizaña protestante haciendo estragos en el trigal evangélico. De su predicación nos dicen los biógrafos que era francamente elocuente, de buen sentido, concienzuda. San Fidel hablaba ordinariamente con suavidad y mansedumbre, bien preparado, con notable unción, haciéndose tan atractivo por estas cualidades, que hasta los herejes le oían con agrado. Tal vez fue este atractivo lo que no le perdonaron después los herejes al señalarle como víctima entre todos sus compañeros de misión. Pero no todo era suavidad en el padre Fidel. Frecuentemente le arrebataba el espíritu de Dios y entonces saltaba la valla de la humana prudencia, que le aconsejaba inútilmente la moderación. Más de una vez llegaron a sus oídos frases como ésta: “Padre, si quiere comer aquí buenas sopas modere su celo y deje rodar los acontecimientos”. Es ésta exactamente la impresión que nos dan los sermones que se conservan del Santo. Aparece en ellos siempre el catequista oportuno, eficaz, documentado y piadoso. Pero también el orador inflamado, el lírico contagioso, el hombre de Dios que paladea en el púlpito las suavidades del dogma católico, el fustigador del vicio con frases afiladas como puñales, impresionantes hoy, cuando tan curados estamos de espantos.

Alternó la predicación con el cargo de guardián de los conventos de Friburgo, Rheinfelden y Feldkirch. Presidiendo la comunidad de este último fue destinado a la misión de la Alta Rezia, en donde encontró el martirio.

Era el año 1622. El archiduque de Austria Leopoldo, que había emprendido una cruzada contra la herejía, llevó sus armas victoriosas hasta el país de los grisones, en Suiza, y pidió al Papa que enviase allí misioneros. Suiza fue, como sabemos, una de las naciones que más directamente padecieron las consecuencias del protestantismo. La actividad reformadora comenzó en Zurich con Zwinglio, en 1519. Y lo malo fue que la actividad zwingliana se desarrolló tanto en el terreno político como en el religioso. Trabajaron también ardorosamente en Suiza Calvino y Ecolampadio. Al principio la Reforma tuvo poco éxito, pero ya en 1528 los católicos fueron excluidos del Consejo de la ciudad de San Gall. En algunos sitios, como Berna, la herejía fue introducida violentamente. Así, poco a poco, el país quedó totalmente dividido, de forma que en 1590 unas ciudades eran netamente católicas, como Lucerna, Zug y Friburgo, y otras, como Zurich, Berna y Ginebra, totalmente protestantes. También hubo regiones en las que ambas confesiones, la católica y la protestante, andaban mezcladas, y una de éstas fue la de los grisnnes. Las comarcas que abrazaron el protestantismo se unieron entre sí y con algunos extranjeros, mientras que los cantones católicos se agruparon en propia defensa y se aliaron con Austria. De esta manera se originaron las dos famosas guerras de Capel (1529-1531), que terminaron con la victoria de los católicos y la muerte trágica de Zwinglio.

Desde el concilio de Trento (1545-1563), que fue el gran muro que la Iglesia opuso al protestantismo, hubo en Suiza celosos promotores de la fe y de la verdadera reforma, entre los que destaca San Carlos Borromeo. Después trabajaron los jesuitas y su gran apóstol San Pedro Canisio. A ellos se debe la fundación de colegios en Lucerna, Friburg, Brig, Siders y otras ciudades. Al mismo tiempo que los jesuitas llegaron los capuchinos, que erigieron su primer convento en Altdorf, en 1579, y al que siguieron otros treinta en todas las comarcas de la Confederación.

El llamamiento del archiduque Leopoldo tuvo eco en Roma, pues estaba recién fundada la Congregación de Propaganda Fide. El origen de esta Congregación, netamente misionera, se halla ya en una ordenación de Gregorio XIII, por la que encargó a cierto número de cardenales de la dirección de las Misiones de Oriente y decretó la impresión de catecismos en lenguas comunes. Pero no estaba sólidamente fundada. Ahora, en tiempos de Gregorio XV, había en Roma un gran predicador capuchino, el padre Jerónimo de Narni, con fama de santidad y a quien San Roberto Belarmino comparó con el propio San Pablo. Fue este capuchino el que concibió el pensamiento de extender la influencia de dicha Congregación y el que, por su cargo de predicador apostólico, influyó cerca del Papa, el cual, por la constitución apostólica Inscrutabili, de 22 de enero de 1622, fundó la Congregación de Propaganda Fide, que se ocupa desde entonces de todas las Misiones del mundo, reuniendo fondos para atenderlas económicamente, destinando los misioneros, nombrando prefectos, y conociendo y tratando todos los asuntos pertenecientes a la propagación de la fe en todas partes. Para los capuchinos es motivo de satisfacción saber que no sólo tuvieron buena parte en la fundación de la misma, sino que le dieron el primer mártir, como vamos a ver.

Una de las primeras preocupaciones de esta Sagrada Congregación fue enviar misioneros a las regiones europeas más amenazadas por el protestantismo, por lo que la petición del archiduque se aceptó inmediatamente, enviando allá diez capuchinos y al frente de ellos al padre Fidel de Sigmaringa. La región de los grisones era conocida del padre Fidel, pues en alguna de sus correrías apostólicas habíala misionado y sabía por propia experiencia las grandes dificultades y los peligros que encerraba, por haber sido una de las regiones donde más lucha hubo entre católicos y protestantes. A la sazón, como sabemos, estaba dominada por los austríacos y expuesta a algún exceso de las tropas. Aceptó la invitación del Papa con la naturalidad con que los buenos apóstoles aceptan las peores consecuencias de su misión, pero sabiendo bien adonde iba. Por eso quiso despedirse de los suyos en una solemne función religiosa en la iglesia del convento de Feldkirch, y en el sermón que predicó dijo claramente que se marchaba a predicar a los herejes y que no volvería vivo. “Sé que voy a morir asesinado”, dijo entre otras cosas, y partió. Era el 14 de abril, y fue martirizado diez días después, lo cual confirma que sus temores no eran infundados y que no habló a humo de pajas.

Al llegar a la misión encontróla profundamente turbada. Por todas partes había facciones, insidias, reuniones secretas. Con tacto exquisito trató de insinuarse en las almas y devolver la serenidad a todos, para comenzar su obra de apostolado, pero se temía por momentos un tumulto fatal. En vista de ello, y no esperando cosa buena, lo primero que hizo fue prepararse para lo que Dios quisiera y vivir con la mayor pureza de conciencia posible. Escribiendo uno de esos días al abad de San Gall, gran amigo suyo y su primer biógrafo, firmó la carta así: “Fr. Fidel, que pronto será pasto de gusanos”.

Para el día 24 de abril fue invitado por unos herejes de Seewis, que, al parecer, querían oír la palabra de Dios de labios del famoso misionero. Era domingo. Muy temprano celebró la santa misa, después de confesarse, y partió desde Grusch a Seewis, acompañado del archiduque, del capitán Fels y una escolta de soldados. Se encontraron la iglesia completamente llena, pues los herejes, que tenían sus planes bien trazados, habían tomado todas las posiciones. El misionero subió al púlpito con ciertas esperanzas de hacer algún fruto, pero, apenas subido, palideció repentinamente. Había en el púlpito un papel que decía: “Hoy predicarás, pero será la última vez”. Reaccionó valientemente y comenzó el sermón. En el transcurso del mismo, en tres o cuatro ocasiones, le pareció advertir amagos de tumulto, pero fue al final cuando los enemigos irrumpieron en el templo, después de matar a los soldados de la puerta, armados de espadas, bombardas, mazas y palos. Sonó en seguida un tiro y la bala fue a dar en la pared, muy cerca del predicador. Este descendió del púlpito y se postró ante el altar de la Virgen, encomendándole su suerte. Algunos amigos le impelieron a salir rápidamente por la puerta de la sacristía, pero apenas había andado unos trescientos pasos, ya fuera de la población, le alcanzaron los herejes, que le rodearon como lobos y le instaron a que se entregara. “No me entrego”, respondió enérgicamente. “Pues te mataremos”, le replicaron. Podéis hacerlo, pues estoy en las manos de Dios y las de su Santa Madre”, dijo el mártir. Y añadió; “Pero mirad bien lo que vais a hacer, no sea que tengáis que arrepentiros algún día”. Un golpe tremendo de espada en la cabeza lo derribó, quedando, de rodillas. “Jesús, María, valedme”, exclamó. Y no pudo decir más, porque, arrojándose en tumulto todos sobre él, le atravesaron el costado con espadas y le destrozaron el cráneo a golpes de mazas y palos. Quedó envuelto en un charco de sangre en medio del campo e insepulto cerca de veinticuatro horas. Eran las once de la mañana del 24 de abril de 1622.

Su sepulcro está en la catedral de Coira y su cráneo se conserva en el convento de Feldkirch, su antigua guardianía. Dios quiso glorificar su memoria desde un principio, pues sus reliquias fueron un semillero de milagros. Lo cual movió a los papas a su definitiva exaltación en la tierra. Benedicto XIII le beatificó el 21 de marzo de 1729, y Benedicto XIV le canonizó, juntamente con San José de Leonisa, otro gran apóstol capuchino, el 26 de junio de 1746.

(Extraido de mercaba.org)

Padre Eterno, que te has dignado conceder la palma del martirio a San Fidel de Sigmaringa cuando, abrasado en tu amor, se entregaba a la propagación de la fe, concédenos, te rogamos, que arraigados como él en el amor, lleguemos a conocer el poder de la resurrección de Jesucristo. Que vive y reina contigo en la unidad del Espiritu Santo y es Dios por los siglos de los siglos. Amén

San Fidel de Sigmaringa, ruega por nosotros

Cruzada por Cristo

Si deseas conocer más sobre tu fe católica, visita nuestra página de Facebook.

https://www.facebook.com/defiendetufecatolico/

TU DONATIVO NOS HACE FALTA Estimado lector: ¡Gracias por seguirnos y leer nuestras publicaciones. Queremos seguir comprometidos con este apostolado y nos gustaría contar contigo, si está en tus posibilidades, apóyanos con un donativo que pueda ayudarnos a cubrir nuestros costos tecnológicos y poder así llegar cada vez a más personas. ¡Necesitamos de ti!
¡GRACIAS!

NOTA IMPORTANTE: La publicidad que aparece en este portal es gestionada por Google y varía en función del país, idioma e intereses y puede relacionarse con la navegación que ha tenido el usuario en sus últimos días.



Publicaciones más leídas del mes

Donaciones:

BÚSCANOS EN FACEBOOK