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Papa Francisco llama a construir un Ecumenismo del Amor con todos los cristianos: "Dividir nunca es de Dios, sino del diablo"


En la tarde del 25 de enero, se celebraron las vísperas de la Conversión de San Pablo y la conclusión de la Semana de oración por la unidad de los cristianos en la Basílica papal dedicada al Apóstol de los Gentiles, San Pablo Extramuros. En su homilía, el Papa Francisco hizo un canto a la unidad de los cristianos, porque "todos componemos la 'sinfonía de la humanidad', de la que Cristo es primogénito y redentor". 

A su juicio, ésta es la clave de la unidad de los cristianos: el amor. Porque sólo un amor que "en nombre de Dios antepone el hermano a la férrea defensa del propio sistema religioso, nos unirá". Y, porque "dividir nunca es de Dios, sino del diablo".

Por eso, concluyó dando las gracias al Primado de la Iglesia anglicana y al Metropolita Policarpo, en representación del Patriarcado Ecuménico, así como a los líderes de las demás confesiones cristianas presentes en la ceremonia. "Rezar es una tarea santa, porque es estar en comunión con el Señor, que rogó al Padre ante todo por la unidad. Y sigamos rezando también por el fin de las guerras, especialmente en Ucrania y en Tierra Santa", recordó, una vez más.

Homilía del Papa

En el Evangelio que hemos escuchado, el doctor de la Ley, aunque se dirige a Jesús llamándolo «Maestro», no quiere dejarse instruir por él, sino «ponerlo a prueba». Pero una falsedad aún mayor emerge de su pregunta: «¿qué tengo que hacer para heredar la Vida eterna?» (Lc 10,25). Hacer para heredar, hacer para tener: he aquí una religiosidad distorsionada, basada en la posesión más que en el don, donde Dios es el medio para obtener lo que quiero, no el fin a amar con todo el corazón. Pero Jesús es paciente e invita a ese doctor a encontrar la respuesta en la Ley de la que era experto, que prescribe: «Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu espíritu, y a tu prójimo como a ti mismo» (Lc 10,27). 

Entonces aquel hombre, «queriendo justificarse», plantea una segunda pregunta: «¿Y quién es mi prójimo?» (Lc 10,29). Si la primera pregunta corría el riesgo de reducir a Dios al propio “yo”, esta trata de dividir: dividir a las personas entre las que se deben amar y las que se pueden ignorar. Y dividir nunca es de Dios, sino del diablo. Jesús, sin embargo, no responde teorizando, sino con la parábola del buen samaritano, con una historia concreta, que nos involucra también a nosotros. Porque, queridos hermanos y hermanas, quienes se comportan mal y con indiferencia, son el sacerdote y el levita, que anteponen a las necesidades del que sufre la tutela de sus tradiciones religiosas. 


El que da sentido a la palabra “prójimo” es, en cambio, un hereje, un samaritano, porque se hace prójimo: siente compasión, se acerca y se inclina tiernamente sobre las heridas de ese hermano; se ocupa de él, independientemente de su pasado y de sus culpas, y lo sirve con todo su ser (cf. Lc 10,33-35). Esto permite a Jesús concluir que la pregunta correcta no es “¿quién es mi prójimo?” sino: “¿me hago yo prójimo?” Sólo este amor que se convierte en servicio gratuito, sólo este amor que Jesús proclamó y vivió, acercará a los cristianos separados los unos a los otros. Sí, sólo este amor, que no vuelve al pasado para poner distancia o señalar con el dedo; sólo este amor, que en nombre de Dios antepone el hermano a la férrea defensa del propio sistema religioso, nos unirá. 

Hermanos y hermanas, entre nosotros nunca deberíamos preguntarnos “¿quién es mi prójimo?”. Porque todo bautizado pertenece al mismo Cuerpo de Cristo; y más aún, porque toda persona en el mundo es mi hermano o mi hermana, y todos componemos la “sinfonía de la humanidad”, de la que Cristo es primogénito y redentor. Como recuerda san Ireneo, que tuve la alegría de proclamar “Doctor de la unidad”: «el amante de la verdad no debe dejarse engañar por el intervalo particular de cada tono, ni suponer un creador para uno y otro para otro […], sino uno sólo» (Adv. Haer. II, 25, 2). Entonces, no digamos “¿quién es mi prójimo?” sino “¿me hago yo prójimo?” Yo y también mi comunidad, mi Iglesia, mi espiritualidad, ¿se hacen prójimos? ¿O permanecen atrincheradas en defensa de sus propios intereses, celosas de su autonomía, encerradas en el cálculo de sus propias ventajas, entablando relaciones con los demás sólo para obtener algo de ellas? Si así fuera, no se trataría sólo de errores estratégicos, sino de infidelidad al Evangelio. 


“¿Qué debo hacer para heredar la vida eterna?” Así comenzó el diálogo entre el doctor de la Ley y Jesús. Pero hoy esta primera pregunta también da un vuelco gracias al Apóstol san Pablo, cuya conversión celebramos en esta Basílica a él dedicada. Pues bien, precisamente cuando Saulo de Tarso, perseguidor de los cristianos, encuentra a Jesús en la visión de luz que lo envuelve y le cambia la vida, le pregunta: «¿Qué debo hacer, Señor?» (Hch 22,10). No “¿qué debo hacer para heredar?” sino “¿qué debo hacer, Señor?” El Señor es el objetivo de la petición, la verdadera herencia, el sumo bien. Pablo no cambia de vida según sus propósitos, no se vuelve mejor por realizar sus proyectos.

Su conversión nace de un cambio existencial, donde el primado ya no le pertenece a su perfección frente a la Ley, sino a la docilidad para con Dios, en una apertura total a lo que Él quiere. Si Él es el tesoro, nuestro programa eclesial no puede sino consistir en hacer su voluntad, en conformarse a sus deseos. Y Él, la noche antes de dar la vida por nosotros, oró ardientemente al Padre por todos nosotros, «que todos sean uno» (Jn 17,21). Esa es su voluntad. 


Todos los esfuerzos hacia la unidad plena están llamados a seguir el mismo itinerario de san Pablo, a dejar de lado la centralidad de nuestras ideas para buscar la voz del Señor y dejarle iniciativa y espacio a Él. Lo había comprendido bien otro Pablo, gran pionero del movimiento ecuménico, el sacerdote Paul Couturier, quien rezando solía implorar la unidad de los creyentes “como Cristo la quiere”, “con los medios que Él quiere”. Necesitamos esta conversión de perspectiva y ante todo de corazón, porque, como afirmó hace sesenta años el Concilio Vaticano II: «El verdadero ecumenismo no puede darse sin la conversión interior» (Unitatis redintegratio, 7). Mientras oramos juntos reconozcamos, cada uno, que necesitamos convertirnos, dejar que el Señor nos cambie el corazón. Esta es la vía: caminar juntos y servir juntos, poniendo la oración como prioridad. En efecto, cuando los cristianos maduran en el servicio a Dios y al prójimo, crecen también en la comprensión recíproca, como declara asimismo el Concilio: «Porque cuanto más se unan en estrecha comunión con el Padre, con el Verbo y con el Espíritu, tanto más íntima y fácilmente podrán acrecentar la mutua hermandad» (Ibíd.).

Por eso estamos aquí esta noche provenientes de diferentes países, culturas y tradiciones. Me siento agradecido con Su Gracia Justin Welby, Arzobispo de Canterbury, con el Metropolita Policarpo, en representación del Patriarcado Ecuménico, y con todos ustedes, que hacen presentes a muchas comunidades cristianas. Dirijo un saludo especial a los miembros de la Comisión mixta internacional para el diálogo teológico entre la Iglesia católica y las Iglesias ortodoxas orientales, que celebran el XX aniversario de su camino, y a los Obispos católicos y anglicanos que participan en el encuentro de la Comisión internacional para la Unidad y la Misión.

Es hermoso que hoy con mi hermano, el Arzobispo Justin, podamos conferir a este grupo de Obispos el mandato de seguir testimoniando la unidad querida por Dios para su Iglesia en sus respectivas regiones, caminando juntos «para difundir la misericordia y la paz de Dios en un mundo necesitado» (OBISPOS IARCCUM, Walking Together, Roma, 7 de octubre de 2016). Saludo también a los estudiantes becarios del Comité para la Colaboración Cultural con las Iglesias ortodoxas del Dicasterio para la Promoción de la Unidad de los Cristianos y a los participantes en las visitas de estudio organizadas para jóvenes sacerdotes y monjes de las Iglesias ortodoxas orientales, y para los estudiantes del Instituto Ecuménico de Bossey del Consejo Ecuménico de las Iglesias. 

Juntos, como hermanos y hermanas en Cristo, imploremos con Pablo diciendo: “¿Qué debemos hacer, Señor?”. Y al hacer esta súplica ya tenemos una respuesta, porque la primera respuesta es la oración. Rezar por la unidad es la primera tarea de nuestro camino. Y es una tarea santa, porque es estar en comunión con el Señor, que rogó al Padre ante todo por la unidad. Y sigamos rezando también por el fin de las guerras, especialmente en Ucrania y en Tierra Santa. Saludo asimismo al amado pueblo de Burkina Faso, en particular a las comunidades que allí prepararon el material para la Semana de Oración por la Unidad. Que el amor al prójimo sustituya la violencia que aflige a ese país. 

«“¿Qué debo hacer, Señor?”. Y el Señor —narra Pablo— me dijo: “Levántate y ve a Damasco”» (Hch 22, 10). Levántate, nos dice Jesús a cada uno de nosotros y a nuestra búsqueda de unidad. Levantémonos entonces, en nombre de Cristo, de nuestros cansancios y de nuestras costumbres, y continuemos, vayamos adelante, porque Él lo quiere, y lo quiere «para que el mundo crea» (Jn 17,21). Oremos, pues, y sigamos adelante, porque esto es lo que Dios desea de nosotros. 

Junto a Luteranos, Anglicanos, Reformados y Ortodoxos el Papa afirma: "La meta de la unidad no está lejos, no es inalcanzable" durante la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos

                             


Es uno de los actos tradicionales de la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos. Desde hace años, el Papa Francisco recibe a la Delegación Ecuménica de Finlandia, compuesta por Católicos, Luteranos, Reformados, Anglicanos, Ortodoxos y otros grupos evangélicos, con los que mantiene un encuentro y unas reflexiones en torno a la ansiada meta de la unidad de los cristianos.

Este año, con un mensaje esperanzado: "Estamos en camino y nuestra meta común es Jesucristo. Y esta meta no está lejos, no es inalcanzable, porque el Señor ha salido a nuestro encuentro con su misericordia, se ha acercado en la Encarnación y se ha hecho Camino, para que podamos caminar seguros, en medio de las encrucijadas y las falsas direcciones del mundo, a menudo mentiroso", señaló, en su discurso, el Papa.

"Me alegro de que hayáis venido a Roma de nuevo este año para celebrar juntos la fiesta de san Enrique, en la ya probada forma ecuménica", recalcó el Papa, quien agradeció al obispo Åstrand, su reflexión "llena de referenciasa los testimonios de los santos y de espíritu ecuménico".

El camino de una Iglesia peregrina

"Me han impresionado tus reflexiones sobre el valor del camino y de la Iglesia peregrina", admitió el Papa, quien reivindicó el papel de los santos como "hermanos y hermanas que han recorrido este camino hasta el final y han llegado a la meta" y que "nos acompañan como testigos vivos de Cristo, nuestro Camino, Verdad y Vida".

"Como luces encendidas por Dios, brillan ante nosotros para que no perdamos de vista la meta", añadió Francisco, admitiendo que "ha habido momentos en que la veneración de los santos parecía dividir más que unir a los creyentes católicos y ortodoxos, por un lado, y a los creyentes evangélicos, por otro".

"Pero no es así como debería ser y, de hecho, nunca ha sido así en la fe del santo pueblo fiel de Dios", advirtió el Papa, quien invitó a "hacer memoria de los santos, para fortalecer nuestra fe, al ver cómo recibieron la gracia y cómo fueron ayudados por la fe; y para tomar ejemplo de sus buenas obras".

"Este encuentro con vosotros es un signo vivo en el contexto de la Semana de oración por la unidad de los cristianos que comenzó ayer", culminó Francisco, quien invitó a que "hagamos que esta cita ecuménica no se reduzca a un cumplimiento y que no se vuelva autorreferencial: que tenga siempre la savia del Espíritu Santo y que esté abierta para acoger a los hermanos más pobres y olvidados, y también a los que se sienten abandonados por Dios, que han perdido el camino de la fe y de la esperanza", antes de que todos, cada uno en su propia lengua, rezaran juntos el Padre Nuestro.

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