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¿Desde cuándo sabía Jesucristo que Él era el Mesías y que era Dios?

Estimado Padre: ¿Desde cuándo supo Jesucristo que Él era el Mesías? Me dicen algunos que desde niño, otros que cuando fue bautizado en el Jordán por Juan, o desde antes de nacer, etc. Por favor, le agradecería que pusiera luz en este tema. Desde ya muy agradecido. Lo saludo en Cristo Jesús (Buenos Aires, Argentina).
Respuesta:

Estimado:

La tesis tradicional es que Jesucristo supo desde el primer instante de su concepción que Él era Dios; por fuerza también conoció su legación divina, o mesianismo.

Me refiero con esto no al conocimiento que Cristo poseyó en cuanto Dios sino al que poseyó en cuanto verdadero Hombre. Esta ciencia, por la cual conoció en su inteligencia humana su divinidad y mesianidad, es la llamada 'ciencia beatífica'. La ciencia beatífica es aquel conocimiento que corresponde a los ángeles y bienaventurados que contemplan en el cielo la esencia divina. Esta doctrina es común y cierta en teología. Los argumentos que se aducen son:

a) En la Sagrada Escritura no se dice explícitamente (si así fuera, sería de fe) pero se insinúa al menos su ciencia beatífica. Así por ejemplo: 'nadie sube al cielo sino el que bajó del cielo, el Hijo del hombre, que está en el cielo' (Jn 3,13). Esta afirmación es entendida en el sentido de que Cristo estaba en el cielo (por tanto era comprehensor como los bienaventurados y ángeles y tenía ciencia beatífica) mientras estaba en al tierra (siendo así también viador). También se entienden de la ciencia humana de Cristo los textos que dicen: 'Yo hablo lo que he visto en el Padre' (Jn 8,38) y 'El que viene del cielo da testimonio de lo que ha visto y oído' (Jn 3,31-32). Aunque estos últimos textos podrían ser interpretados del conocimiento divino de Cristo.

Bíblicamente no podemos ir más allá.

b) El Magisterio no ha definido explícitamente el tema. Pero sobre todo es clarísimo el texto del Papa Pío XII en la encíclica Mystici corporis: 'Aquel amorosísimo conocimiento que, desde el primer momento de su encarnación, tuvo de nosotros el Redentor divino, está por encima de todo el alcance escrutador de la mente humana, toda vez que, en virtud de aquella ciencia beatífica de que disfrutó apenas recibido en el seno de la Madre divina, tiene siempre y continuamente presentes a todos los miembros del Cuerpo místico y los abraza con su amor salvífico... En el pesebre, en la cruz, en la gloria eterna del Padre, Cristo ve ante sus ojos y tiene unidos a Sí a todos los miembros de la Iglesia con mucha más claridad y mucho más amor que una madre conoce y ama al hijo que lleva en su regazo, que cualquiera se conoce y ama a sí mismo' (Mystici corporis, n. 34).

Se habla aquí: 1º) de ciencia beatífica; 2º) desde el primer instante de la encarnación; 3º) por la cual Cristo conoce su dignidad de cabeza del Cuerpo Místico. Por tanto, con mayor razón se diga que conoce su cualidad de Dios y de Mesías.

c) Desde el punto de vista teológico se debe argumentar por el lado de la unión hipostática. En efecto es este modo de unión que se da entre las dos naturalezas (divina y humana) en la sola Persona del Verbo el que plantea la necesidad de esta ciencia. Entre las dos naturalezas debe darse la máxima proporción posible; ahora bien, el máximo acercamiento del entendimiento humano a Dios se establece en la visión beatífica. Si de Cristo-hombre se puede y se debe decir 'Es Dios', con mayor razón debe decirse 'Ve a Dios' y 'Conoce que es Dios', pues es más 'ser' que 'ver o conocer' a Dios.

El Padre Francois Dreyfus en su libro 'Jesús, ¿sabía que era Dios?', explica cómo si bien no ha habido un pronunciamiento dogmático del Magisterio al respecto, debe ser considerada esta verdad como un elemento de la Revelación que el pueblo cristiano ha vivido siempre como una realidad en la que cree; la mayor parte de los cristianos siempre ha pensado: 'Si Cristo es Dios, evidentemente lo sabe'.

En cuanto a que todo esto se dio desde el primer instante de su concepción ya hemos visto el texto de Pío XII. Santo Tomás dedica una cuestión al tema, titulada 'Sobre la perfección de la prole concebida' (Suma Teológica, III, c. 34). Allí sostiene que tratándose de la Encarnación de la Persona del Verbo divino, la naturaleza humana por Él asumida debió estar adornada de excelsas prerrogativas desde el primer instante de su concepción; en el artículo 2, al hablar de la perfección del libre albedrío desde la concepción afirma: 'la perfección espiritual de la naturaleza humana que Cristo tomó no la fue adquiriendo por grados, sino que la poseyó por entero desde el principio'.

Del mismo modo, la tradición ha entendido de esta conciencia de Cristo el texto de Hebreos 10,5-7: 'Por eso, al entrar en este mundo, dice: Sacrificio y oblación no quisiste; pero me has formado un cuerpo. Holocaustos y sacrificios por el pecado no te agradaron. Entonces dije: ¡He aquí que vengo - pues de mí está escrito en el rollo del libro - a hacer, oh Dios, tu voluntad!'. Puede leerse en este sentido, por ejemplo, el comentario de Santo Tomás (Lectura super Ad Hebraeos, X, I, nn. 485-492.)

Autor: P. Miguel Ángel Fuentes, I.V.E.

¿Por qué los judíos no comprendieron que Jesús era el mesías?


Como sacerdote católico, es importante reconocer que la cuestión de por qué los judíos no comprendieron que Jesús era el Mesías es un tema complejo que ha sido objeto de debate y reflexión en la Iglesia Católica durante siglos. En este sentido, es importante recordar que la Biblia es, junto con la Tradición Apostólica, la fuente principal de enseñanza para los católicos, y por lo tanto, es una herramienta esencial para responder a esta pregunta.

Para entender por qué los judíos no comprendieron que Jesús era el Mesías, es necesario examinar las Escrituras, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento. En el Antiguo Testamento, encontramos numerosas profecías que anuncian la venida del Mesías, como por ejemplo en el libro de Isaías: "Por tanto, el Señor mismo les dará una señal: la joven concebirá y dará a luz un hijo, y lo llamará Emanuel" (Isaías 7:14). Estas profecías se cumplieron en Jesús, quien fue concebido por el Espíritu Santo y nació de la Virgen María.

Sin embargo, a pesar de estas profecías, los judíos esperaban un Mesías diferente al que Jesús se presentó. Esperaban a un rey guerrero que liberaría a Israel del dominio romano y establecería un reino terrenal de justicia y paz. En cambio, Jesús se presentó como el "Hijo del Hombre" y el "Cordero de Dios" que había venido a salvar a la humanidad del pecado y la muerte.

Además, la mayoría de los líderes religiosos de los judíos, incluyendo los fariseos y los escribas, rechazaron a Jesús y lo condenaron a muerte. Esto se debe en parte a que muchos de ellos se habían acostumbrado a un sistema religioso basado en la ley y la tradición, en lugar de centrarse en la fe y el amor. Jesús criticó frecuentemente a estos líderes religiosos, llamándolos "hipócritas" y "sepulcros blanqueados" (Mateo 23,27).

Además de lo que ya he mencionado, hay otras razones por las cuales los judíos no comprendieron que Jesús era el Mesías. Una de ellas es el hecho de que Jesús no cumplió con las expectativas políticas y militares que muchos tenían del Mesías. En lugar de liderar una rebelión contra los romanos, Jesús se presentó como un humilde siervo y predicador, que enseñaba acerca del amor, la misericordia y el perdón. Esto era difícil de aceptar para aquellos que esperaban un líder poderoso que liberaría a su pueblo de la opresión.

Otro factor que contribuyó a la falta de comprensión de los judíos sobre Jesús como Mesías fue su mensaje de salvación universal. Muchos judíos de la época creían que la salvación era solo para ellos, como pueblo elegido de Dios, y que los gentiles no tenían acceso a ella. Jesús, en cambio, predicaba un mensaje de salvación para toda la humanidad, lo que no fue bien recibido por algunos de sus compatriotas.

Además, la forma en que Jesús se presentó a sí mismo como Mesías también fue un factor importante en la falta de comprensión de los judíos. En lugar de utilizar títulos reales y poderosos como "rey" o "emperador", Jesús se autodenominaba "Hijo del Hombre", un término que no tenía las mismas connotaciones políticas y militares que los títulos que muchos esperaban del Mesías.

En cuanto a las escrituras que se relacionan con este tema, encontramos varios pasajes bíblicos que tratan sobre la falta de comprensión de los judíos acerca de la identidad de Jesús como Mesías. Por ejemplo, en Juan 1:10-11 se lee: "El estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por él, y el mundo no lo conoció. Vino a lo suyo, y los suyos no le recibieron".

En otro pasaje, en Lucas 24:25-26, después de la resurrección de Jesús, se describe cómo dos discípulos habían perdido la esperanza de que Jesús fuera el Mesías, debido a su crucifixión: "Y él les dijo: ¡Oh insensatos, y tardos de corazón para creer todo lo que los profetas han dicho! ¿No era necesario que el Cristo padeciera estas cosas, y que entrara en su gloria?".

En conclusión, es importante recordar que la falta de comprensión de los judíos acerca de la identidad de Jesús como Mesías es un tema complejo que ha sido objeto de reflexión y discusión en la Iglesia Católica durante siglos. Hay varios factores que contribuyeron a esta falta de comprensión, como las expectativas políticas y militares que muchos tenían del Mesías, la universalidad del mensaje de salvación de Jesús y la forma en que se presentó a sí mismo como Mesías. Sin embargo, como católicos, sabemos que Jesús es el Mesías prometido en las Escrituras y seguimos su ejemplo de amor y servicio a los demás.

Autor: Padre Ignacio Andrade.

Con el único Mesías, campeones desde hace 2,000 años



Sí, somos futboleros hasta lo más hondo de nuestro ser. Pero, como les aclaré a mis jóvenes de la parroquia, desde el comienzo de esta Copa en Qatar, «con el único Mesías, que murió y resucitó por nosotros, somos todos campeones del mundo, desde hace 2.000 años»

Dios, Nuestro Señor, nuestro único Señor, en quien vivimos, nos movemos, y existimos (Hch 17, 28), es el fin último del hombre; y, por lo tanto, su exclusiva y verdadera felicidad. Él sabe perfectamente de qué estamos hechos (Sal 103, 14); y que, en nuestro camino al Cielo, entre gemidos y llantos en este valle de lágrimas (cf. Salve Regina), los fugaces momentos felices son un anticipo --aunque lejanísimo- de lo que nos aguarda. Y que, como los niños con las golosinas, siempre le pediremos más…

La euforia futbolera que colma a nuestra Argentina --más en estas horas, con nuestro pase a la final mundialista- recorre, sin solución de continuidad, las últimas décadas nacionales. Y es algo que, contra todos los augurios, no nos pueden robar quienes, con diferentes signos, se alternan en el desgobierno. Sí, somos futboleros hasta lo más hondo de nuestro ser. Pero, como les aclaré a mis hijos de la parroquia, desde el comienzo de esta Copa en Qatar, «con el único Mesías, que murió y resucitó por nosotros, somos todos campeones del mundo, desde hace 2000 años». Bienvenidas sean las victorias en la cancha; todas ellas, de cualquier modo, deben recordarnos que el principal Partido, contra el pecado, y su precio, la muerte, lo ganó por goleada Cristo Jesús. ¿Será por ello que, aun en medio de la ignorancia, y hasta el analfabetismo religioso, algunos hinchas les dan a los festejos cierto tinte de ritual, con alusiones explícitas a la Trascendencia?

Como rosarino, desde niño --aunque patadura- juego y sigo al fútbol con indisimulada alegría. Jugué con mis compañeros en el Colegio Sagrado Corazón de Jesús, de Rosario; bajo la atenta mirada del inolvidable padre Domingo Cuasante. En mi adolescencia, como hincha de Newell’s Old Boys, con los muchachos del barrio, jugábamos a la pelota en la plaza del Foro, frente a los Tribunales, a metros de la cancha rojinegra; y en cualquier potrero a nuestro alcance. Como aficionado y periodista, disfruté de los campeonatos que obtuvimos con la Lepra. Y no puedo evitar la emoción cuando recuerdo que mi papá, Leoncio, newellista de pura cepa, falleció en Rosario, el 8 de junio de 1987; a días del nacimiento, en nuestra ciudad, de Lionel Messi. Lejísimo de mí, entonces, el querer empañar sus triunfos, y sus evidentes méritos. Pero ante tanta explosión de desmesura rayana, en casos, con la insolencia y hasta la blasfemia, es mi deber de sacerdote recordar que «Mesías hay uno solo, y Messi es uno de sus salvados»; como titulé un artículo de octubre de 2017, y que se incluye en mi último libro «¿Y Jesús, para cuándo?

He visto que el propio Messi se muestra incómodo cuando buscan llamarlo «Dios»; y que, por el contrario, insiste en que todo su talento es obra del Padre providente. Debemos recordar, de cualquier modo, los dos primeros Mandamientos: Amar a Dios sobre todas las cosas, y No tomar su santo nombre en vano (Ex 20, 1-7).

Dije, también, hace cinco años, en parecidas circunstancias, tras la clasificación para Rusia 2018: «Estoy absolutamente convencido de aquello tan sabio de mens sana in corpore sano. Creo, con firmeza, que a través de los partidos podemos cultivar valores importantísimos como el esfuerzo, el sacrificio, la perseverancia, el trabajo en equipo, y la solidaridad. Compruebo, permanentemente, que en una sociedad narcotizada por el prohibido prohibir, y su suicida empecinamiento en terminar con todos los límites, los propios límites de una cancha y las reglas del juego imponen barreras que no pueden traspasarse. Y que, lejos de ser obstáculos, son garantía de crecimiento individual y colectivo; de respeto por los demás, y de reconocimiento sereno de las propias limitaciones: el atleta no recibe el premio si no lucha de acuerdo con las reglas (2 Tm 2, 5)».

Podemos seguir leyendo a San Pablo, y notar con qué pasión relaciona al deporte con la vida cristiana: ¿No saben que en el estadio todos corren, pero uno solo gana el premio? Corran, entonces, de manera que lo ganen. Los atletas se privan de todo, y lo hacen para obtener una corona que se marchita; nosotros, en cambio, por una corona incorruptible (1 Cor 9, 24 -- 25). Y en Filipenses 3, 13, enfatiza: Olvidándome del camino recorrido, me lanzo hacia adelante y corro en dirección a la meta, para alcanzar el premio del llamado celestial que Dios me ha hecho en Cristo Jesús. Y en 2 Tm 4, 7 -- 8: He peleado hasta el fin el buen combate, concluí mi carrera, conservé la fe. Y ya está preparada para mí la corona de justicia, que el Señor, como justo Juez, me dará en ese Día.

Me ha impactado la actuación de Croacia, en este Campeonato; no solo por su buen fútbol, sino sobre todo por la fe de su equipo. Es digno de todo elogio que en la concentración se hayan celebrado Misas, con sacerdotes llegados desde su país; en medio de las restricciones para el culto católico, por parte de los musulmanes. ¿Veremos alguna vez esto en una concentración argentina? ¿Sigue habiendo Capellán en el Seleccionado nacional? ¿La capilla del predio de Ezeiza --donde entrena nuestro combinado, y que fuera dotada en su hora por la esposa de un extinto presidente de la Asociación del Fútbol Argentino- continúa en funcionamiento; o fue arrasada por el «controlavirus»; que terminó, también, con otras capillas, por ejemplo, de hospitales?

Desde Don Bosco en adelante, miles de sacerdotes, han apelado al fútbol, y a otros deportes, para evangelizar. Un servidor, incluso, como cura de «periferia», en más de una ocasión armó picados entre jóvenes misioneros, y chicos de nuestros barrios pobres; claro está, con catequesis, y hamburguesas o choripanes, incluidos… ¡Cómo no añorar, también, aquellos partidos que, con mi rojinegra camiseta, jugaba con los papás de mis monaguillos antes de la «plandemia»…!

Surgen, asimismo, otros interrogantes: ¿Podremos lograr que nuestros jóvenes se enamoren de Cristo, como lo hacen de deportistas, músicos y otros ídolos? ¿Estamos enseñando convenientemente los bienes arduos; aquellos que demandan sacrificios y renuncias importantes, por el Bien mayor? ¿Será acaso que, por presentar un pretendido Jesús «cercano», rebajamos o directamente liquidamos sus exigencias? ¿No ha llegado la hora de mostrar, con contundencia, que el Señor nos quiere héroes y santos? ¿No debemos multiplicar nuestros esfuerzos para enseñar la clara distinción entre lo sagrado, y lo profano?

Messi, todos los jugadores, el resto de los argentinos, y todos los creyentes debemos ganar el partido más importante de nuestra vida: la glorificación de Dios, y la salvación de nuestras almas. Que en estas horas se hable, por ejemplo, de los entrenamientos duros, del trabajo en equipo, y de la importancia del esfuerzo individual, en favor del conjunto, debe servirnos para preguntarnos por qué no hacemos lo propio en nuestra vida de todos los días; habituados, como estamos, en clave discepoleana, a vivir de los demás, y a instalarnos en la holgazanería, el estudio y el trabajo cortos, y los pretextos largos…

El fixture del Mundial hizo que solo pudiese ver el partido frente a Croacia. De los demás, por caer en sábado, o en días laborables, de intensa misión, solo pude ver los goles, con posterioridad. En el horario de algunos de ellos, estuve junto a los niños de catequesis, sus padres, y abuelos, de rodillas ante el Santísimo Sacramento. Y, por supuesto, ni de lejos se me ocurrió postergar la Adoración y las Misas. Uno de mis monaguillos, que tomó la Primera Comunión el pasado 8 de Diciembre, en la solemnidad del Inmaculado Corazón de María, me dijo al concluir: «Padre, escuché los gritos y supe que Argentina estaba ganando. Nosotros estábamos junto a Jesús; y esa fue nuestra mayor Victoria»… Así es, Nahuel. Lo dijiste con la precisión de un gran teólogo, y la inocencia y pureza de los niños. Sí, hay que elegir la mejor parte, que no nos será quitada (cf. Lc 10, 42).

+ Pater Christian Viña

El León de Judá, la más importante profecía bíblica para los judíos, que una vez cumplida, ocultaron para no reconocer a Jesús de Nazaret como el Mesías



EL LEÓN DE JUDÁ, LA MÁS IMPORTANTE PROFECÍA BÍBLICA PARA LOS JUDÍOS, QUE UNA VEZ CUMPLIDA, OCULTARON PARA NO RECONOCER A JESÚS DE NAZARET COMO EL MESÍAS
Por Jesús Mondragón (Saulo de Tarso)

Tras la caída de Adán y Eva. Eclipsada por la primera profecía de la Biblia que anuncia la venida del Mesías Salvador del mundo, mejor conocida como el "protoevangelio":

Génesis 3,15
Enemistad pondré entre ti y la mujer, y entre tu linaje y su linaje: él te pisará la cabeza mientras acechas tú su calcañar.


Existe otra profecía un poco más adelante, en ese mismo libro del Génesis no menos importante que la anterior, sólo que una vez que la venida de Jesucristo es para nosotros un hecho consumado, los cristianos nos hemos olvidado de esa segunda profecía, la que daba las señales precisas y el tiempo en que la venida del Mesías tendría su cumplimiento.

Pero aunque hoy en día los cristianos nos hayamos olvidado de esa profecía. Antes de la llegada de Jesucristo, el pueblo judío vivía al pendiente de su cumplimiento, casi podría decirse, que el mundo judío giraba alrededor de ella. Pues bien, ¿Cuál es esa profecía?

Cuando el patriarca Jacob, padre de las doce tribus de Israel estaba por morir, en su lecho de muerte bendijo a cada uno de sus doce hijos, según las palabras que Yahveh Dios le inspiraba. Al llegar a Judá, recitó la gran profecía:

Génesis 49,8-10
A ti, Judá, te alaben tus hermanos; tu mano en la cerviz de tus enemigos: ¡inclínense a ti los hijos de tu padre!
Cachorro de león, Judá; de la caza, hijo mío, vuelves; se agacha, se echa cual león o cual leona, ¿Quién le va a desafiar?
No se irá el cetro de la mano de Judá, ni el bastón de mando de entre tus piernas, hasta que venga el que le pertenece y al que harán homenaje las naciones.


El consenso unánime de la antigua tradición judía, es que dicha profecía se refiere al Mesías. Recordemos que el rey David, a quien Dios le prometió un trono eterno, era de la tribu de Judá y por lo tanto, el Mesías forzosamente tendría que ser descendiente de David y de la tribu de Judá.

II Samuel 7,16
Tu casa y tu reino permanecerán para siempre ante mí; tu trono estará firme, eternamente.


Ahora bien, según la profecía antes vista, dos signos deben preceder a la venida del Mesías y mantener despiertos los espíritus: la pérdida del cetro y la supresión del poder judicial. Comentando esta profecía de Génesis 49,8-10; el Talmud dice:

"El hijo de David no ha de venir antes de que el poder real haya desaparecido de Judá"; y más aún: "El hijo de David no ha de venir antes de que hayan desaparecido los jueces en Israel". Tratado Sanedrín, fol. 97, verso.


Pues bien, el primer signo se cumplió, cuando el cetro fue arrancado de la mano de Judá en el año 587/586 antes de Cristo, con la muerte del rey Sedecías. Por más de 400 años, ningún descendiente de David volvió a ocupar el trono de Israel. Los últimos reyes que lo habían poseído, los príncipes Macabeos, eran de la tribu de Leví, 1Macabeos 2,1. Y Herodes el grande, que puso fin a su dinastía, ni siquiera era de sangre judía. Antigüedades de los judíos, XIV, VII,3, Flavio Josefo.

El segundo signo, la pérdida del poder judicial, se cumplió con el exilio y deposición del rey Arquelao, hijo y sucesor de Herodes el grande, en el año 7 después de Cristo, Judea y Samaria se convirtieron en provincias romanas, con el procurador Coponio, gobernando en nombre de César Augusto. Fue quitado al Sanedrín el ius gladii, el derecho soberano sobre la vida y la muerte en Israel. Dice el Talmud:

"Una vez suprimido el poder judicial, ya no había Sanedrín".
Talmud de Babilonia, Tratado Sanedrín, cap. IV, fol. 37, recto.

"Unos cuarenta años antes de la destrucción del templo, le fue arrebatado a los judíos el derecho de dictar sentencia capital". Talmud de Jerusalén, tratado Sanedrín, fol. 24, recto.

Cuando los miembros del Sanedrín vieron que se les arrebataba el derecho soberano sobre la vida y la muerte, la desolación fue general, según narra el rabino Rachmon, en Pugno fidei, Raymond Martin, Leipzig, pág. 872.

"Los miembros del Sanedrín se cubrieron la cabeza de cenizas y se vistieron con cilicios, diciendo: Malditos seamos porque se le ha quitado el cetro a Judá y el mesías no ha venido".

Pero los rabinos judíos se equivocaban, ¡EL MESÍAS ESPERADO YA CAMINABA ENTRE ELLOS!... Para ese entonces, Jesús tendría 12 o 14 años de edad.

EL RECHAZO Y LA TRAICIÓN AL MESÍAS LARGAMENTE ESPERADO

Una vez cumplidas las dos señales esperadas por más de mil años por el pueblo judío, la historia ya todos la sabemos, las autoridades judías no supieron reconocer al Mesías largamente esperado:

Juan 5,39-40
Vosotros investigáis las escrituras, ya que creéis tener en ellas vida eterna; ellas son las que dan testimonio de mí; y vosotros no queréis venir a mí para tener vida.


¿Cómo justificarían los judíos el cumplimiento de la más importante de las profecías, esa de la cuál ellos vivían al pendiente y su incomprensible rechazo del Mesías? Fácil: la profecía en realidad no se cumplió...

Como la sinagoga rechazaba reconocer al Mesías en la persona de Jesús de Nazaret, se esforzaba por impedir el cumplimiento de la famosa profecía. Y no dudaba con ese fin, de aferrarse de todas las formas posibles a ese derecho sobre la vida y la muerte, cuya supresión, era la señal providencial de la venida del Mesías.

Para ello, inventaron el cuento de que no habían sido los romanos quienes les arrebataron el derecho sobre la vida y la muerte, sino que fueron ellos los que voluntariamente renunciaron a él:

"Los miembros del Sanedrín, al comprender que el número de asesinatos había crecido de tal manera en Israel que resultaba imposible condenarlos todos, se dijeron: será ventajoso que abandonemos el lugar habitual de nuestras sesiones y nos establezcamos en otro lugar, de modo que podamos evitar las condenas a muerte". Talmud de Babilonia, tratado Abodá Zará o de la idolatría, fol. 8, recto.

"¡Enviar al último suplicio a un hijo de Abraham en el momento en que la Judea, totalmente invadida, temblaba al paso de las legiones romanas, habría sido injurioso para la vieja sangre de los patriarcas! ¿Acaso no es el último de los israelitas, por criminal que sea, y sólo por descender de Abraham, un ser superior a los gentiles? ¡Abandonemos pues esta sala de las piedras de sillería, fuera de la cual no se puede condenar a muerte. Y manifestemos así, mediante ese exilio voluntario y el silencio de la justicia, que Roma, dominadora del mundo, no es dueña de las vidas y de las leyes de judea!". In Evangelium Matthaei, horae hebraicae, Lightfoot, Cambridge 1658, págs. 275-276.

Tales afirmaciones realizadas con el fin de negar el cumplimiento de la profecía y no aceptar que Jesucristo era el Mesías ¡SON UNA DESCARADA MENTIRA!

Ya vimos en los textos del Talmud citados anteriormente que:

"le fue arrebatado a los judíos el derecho de dictar sentencia capital". Talmud de Jerusalén, tratado Sanedrín, fol. 24, recto.

No es que los judíos hayan renunciado voluntariamente a ese derecho. Los romanos se lo arrebataron. Y tan esto es así, que el más célebre de los historiadores judíos, Flavio josefo, testigo de esta decadencia lo dice expresamente:

"Cuando murió el emperador Festo, como sucesor Albino necesitaba tiempo para llegar, el sumo sacerdote Ananías, hijo de Anás, pensó que era la ocasión propicia para reunir al Sanedrín. Hizo entonces comparecer a Santiago, hermano de Jesús, llamado Cristo y algunos otros y les condenó a la lapidación. Todas las personas sabias y observantes de las leyes de Jerusalén desaprobaron mucho esta acción. Algunos acudieron a Albino, que ya había salido de Alejandría, para prevenirle y observarle que Ananías no tenía derecho alguno a reunir al consejo sin su permiso. Albino se convenció de ello con facilidad y lleno de cólera contra el sumo sacerdote le escribió diciendo que le castigaría". Antigüedades de los judíos, Flavio Josefo, XX, IX, 1.

Si los judíos seguían teniendo el derecho sobre la vida y la muerte, ¿Por qué Albino se llenó de cólera y escribió al sumo sacerdote que le castigaría? ¿Por qué le avisaron a Albino que Ananías no tenía el derecho de reunir al consejo del Sanedrín sin su permiso?

Lo cierto es que los judíos nunca renunciaron al derecho soberano sobre la vida y la muerte. Siempre que pronunciaron una sentencia de muerte, como en el caso de Jesucristo, el protomártir San Esteban o Santiago hijo de Alfeo, lo hicieron infringiendo la ley romana.

Por otra parte, si la profecía no se cumplió, ¿Por qué los judíos ya no la mencionan, ni están al pendiente de su cumplimiento como en tiempos antiguos? ¿Por qué su ocultamiento y olvido?

La respuesta es evidente:

PORQUE ELLOS MIENTEN, LA PROFECÍA SÍ FUE CUMPLIDA, EL MESÍAS, EL LEÓN DE JUDÁ SÍ LLEGÓ, PERO NO LO SUPIERON RECONOCER.

Apocalipsis 5,5
Pero uno de los Ancianos me dice: "No llores; mira, ha triunfado el León de la tribu de Judá, el Retoño de David; él podrá abrir el libro y sus siete sellos".


Y un día sin embargo, llegará en que el pueblo judío acepte que la profecía fue cumplida, que Dios no falta a su palabra, que ese humilde carpintero era el león de la tribu de Judá. Y que tienen una maravillosa cita pendiente con Él, a la que llegan tarde es cierto, pero a la que al fin llegan.

Mateo 23,39
Porque os digo que ya no me volveréis a ver hasta que digáis: ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!

Romanos 11,25-27
Pues no quiero que ignoréis, hermanos, este misterio, no sea que presumáis de sabios: el endurecimiento parcial que sobrevino a Israel durará hasta que entre la totalidad de los gentiles, y así, todo Israel será salvo, como dice la Escritura: Vendrá de Sión el Libertador; alejará de Jacob las impiedades.
Y esta será mi Alianza con ellos, cuando haya borrado sus pecados.


AMÉN, ¡VEN SEÑOR JESÚS!

La estrella del Mesías, ¿Cuál fue el propósito de Dios para usarla?



LA ESTRELLA DEL MESÍAS, DIOS VA EN BUSCA DEL HOMBRE 

LOS REYES MAGOS ERAN ASTRÓLOGOS, UNA PRÁCTICA QUE DIOS DETESTA 

SIN EMBARGO, DIOS UTILIZÓ UNA ESTRELLA PARA LLEVARLOS A CRISTO
Por Saulo de Tarso 

El universo es la obra maestra de la creación de Dios.

Apocalipsis 4,11
«Eres digno, Señor y Dios nuestro, de recibir la gloria, el honor y el poder, porque tú has creado el universo; por tu voluntad, no existía y fue creado.»

El Señor creó a las estrellas, y las llama a cada una por su nombre:

Salmos 8,4
Al ver tu cielo, hechura de tus dedos, la luna y las estrellas, que fijaste tú.

Salmos 147,4
El cuenta el número de estrellas, y llama a cada una por su nombre.

Pero con el extravío del hombre en el pecado, éste ha terminado por hacer un uso incorrecto de la creación a pesar de las advertencias de Dios, muchos han terminado por adorar a las estrellas como dioses o les han otorgado poder sobre ellos, mediante la creencia en los horóscopos. Terminaron adorando a la creación, en vez de adorar al creador.

Deuteronomio 4,19
Cuando levantes tus ojos al cielo, cuando veas el sol, la luna, las estrellas y todo el ejército de los cielos, no vayas a dejarte seducir y te postres ante ellos para darles culto. Eso se lo ha repartido Yahveh tu Dios a todos los pueblos que hay debajo del cielo.

Amós 5,26
Vosotros llevaréis a Sakkut, vuestro rey, y la estrella de vuestro dios, Keván, esas imágenes que os habéis fabricado.

Romanos 1,25
A ellos que cambiaron la verdad de Dios por la mentira, y adoraron y sirvieron a la criatura en vez del Creador, que es bendito por los siglos. Amén.

Sin embargo, la obra de la creación de Dios es buena...

Génesis 1,16-18
Hizo Dios los dos luceros mayores; el lucero grande para el dominio del día, y el lucero pequeño para el dominio de la noche, y las estrellas; y púsolos Dios en el firmamento celeste para alumbrar sobre la tierra, y para dominar en el día y en la noche, y para apartar la luz de la oscuridad; y vio Dios que era bueno.

Y por eso Dios decidió utilizar su creación, eso bueno que Él había hecho, una estrella, para volver a esas gentes perdidas, adoradores de las estrellas creadas, en adoradores del único Dios verdadero, creador de todo el universo.


LA ESTRELLA DE BELÉN

Ya desde tiempos muy antiguos, Dios había anunciado por boca del profeta Balaam, que la aparición de una estrella anunciaría la llegada del Mesías. 

Números 24,17
Lo veo, aunque no para ahora, lo diviso, pero no de cerca: de Jacob avanza una estrella, un cetro surge de Israel. Aplasta las sienes de Moab, el cráneo de todos los hijos de Set.

Jesucristo es Rey de los judíos, pero sobre todo es Rey del universo, de todas las naciones. Así lo expresó el viejo Simeón, a quien Dios le reveló por el Espíritu Santo que no moriría sin haber visto nacer al Salvador. 

Lucas 2,29-32
«Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel.»

Los Reyes Magos eran justamente eso, practicantes de la magia y la astrología, costumbres muy difundidas entre los pueblos paganos; creencias que Dios detesta: 

Deuteronomio 18,10-12
No ha de haber en ti nadie que haga pasar a su hijo o a su hija por el fuego, que practique adivinación, astrología, hechicería o magia, ningún encantador ni consultor de espectros o adivinos, ni evocador de muertos.
Porque todo el que hace estas cosas es una abominación para Yahveh tu Dios y por causa de estas abominaciones desaloja Yahveh tu Dios a esas naciones delante de ti.

Pero si bien es cierto que Dios detesta la práctica del pecado, ama sin embargo, al hombre pecador y sale a su encuentro. 

I Timoteo 2,3-4
Esto es bueno y agradable a Dios, nuestro Salvador, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad.

Dios en su infinita sabiduría, sabía que una estrella luminosa nunca antes vista, no era una estrella más, sino que era "la estrella", no podía ser ignorada por estos hombres que amaban observar los astros. 

Viajaron por muchos y largos días, y al final, donde la estrella se detuvo encontraron a Jesucristo, al Dios verdadero, Rey y Salvador del mundo. Conocieron al que es el camino, la verdad y la vida, Juan, 14, 6. 

Y la verdad los hizo libres, ellos jamás volvieron a practicar la magia y la astrología. La Biblia nos lo cuenta simbólicamente con palabras de terciopelo, cuando en Lucas 2, 12, nos cuenta que los magos: "VOLVIERON A SU TIERRA POR OTRO CAMINO". 

Porque una vez que se ha conocido la verdad, que se ha conocido a Jesucristo, no se puede continuar por el mismo camino. 

Juan 17,3
Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y al que tú has enviado, Jesucristo.

El Catecismo de la Iglesia Católica nos dice lo siguiente:

528 La Epifanía es la manifestación de Jesús como Mesías de Israel, Hijo de Dios y Salvador del mundo. Con el bautismo de Jesús en el Jordán y las bodas de Caná (cf. Solemnidad de la Epifanía del Señor, Antífona del "Magnificat" en II Vísperas, LH), la Epifanía celebra la adoración de Jesús por unos "magos" venidos de Oriente (Mt 2, 1) En estos "magos", representantes de religiones paganas de pueblos vecinos, el Evangelio ve las primicias de las naciones que acogen, por la Encarnación, la Buena Nueva de la salvación. La llegada de los magos a Jerusalén para "rendir homenaje al rey de los Judíos" (Mt 2, 2) muestra que buscan en Israel, a la luz mesiánica de la estrella de David (cf. Nm24, 17; Ap 22, 16) al que será el rey de las naciones (cf. Nm 24, 17-19). Su venida significa que los gentiles no pueden descubrir a Jesús y adorarle como Hijo de Dios y Salvador del mundo sino volviéndose hacia los judíos (cf. Jn 4, 22) y recibiendo de ellos su promesa mesiánica tal como está contenida en el Antiguo Testamento (cf. Mt 2, 4-6). La Epifanía manifiesta que "la multitud de los gentiles entra en la familia de los patriarcas"(San León Magno, Sermones, 23: PL 54, 224B ) y adquiere la  israelitica dignitas (la dignidad israelítica) (Vigilia pascual, Oración después de la tercera lectura: Misal Romano).

QUE LA LUZ DE CRISTO ILUMINE SUS VIDAS.

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