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miércoles, 10 de julio de 2019

Santa Felicidad y sus siete hijos


SANTA FELICIDAD Y SUS SIETE HIJOS, RUEGA POR NOSOSTROS 
10 JULIO

En tiempo del emperador Antonino se produjo una agitación entre los Pontífices, y Felicidad, mujer ilustre, fue martirizada con sus siete hijos. Después de enviudar, había consagrado a Dios su castidad. No cesaba de orar noche y día, y era un objeto de admiración y edificación para las almas puras. Viendo que, gracias a ella, iba en aumento la gloria del nombre cristiano, se dirigieron al emperador Antonino Augusto y le dijeron: «Esta viuda y sus hijos ultrajan a los dioses; si no nos esforzamos en obligarla a sacrificar, sepa vuestra piedad que nuestros dioses se irritarán de tal manera, que no podremos aplacarlos.»

Así empiezan las actas que nos cuentan uno de los más célebres episodios de las persecuciones. El emperador Antonino, de quien nos hablan, es Marco Aurelio Antonino, el emperador filósofo. Hombre honrado, corazón bondadoso hasta la debilidad, tierno hasta la candidez, sin arrogancia, sin odio, sin énfasis, de una exquisita sensibilidad, de una elevación admirable, el buen Marco Aurelio empezó derramando sangre de cristianos. Fue supersticioso hasta el punto que no le bastaban los dioses del Imperio; fue acogedor con todos los ritos, devoto de todos los misterios, amigo de todos los charlatanes. Su desprecio lo guardaba únicamente para la religión de los cristianos. Y he aquí que el colegio de los augures y de los flámines de Roma llega ante él diciéndole que los ídolos están irritados; que ni Júpiter, ni Venus, ni Hermes, ni Juno, ni Marte podrán salir en defensa del Imperio mientras una de las más ilustres matronas de la ciudad no se incline delante de ellos presentando la copa de las libaciones.

Estas palabras fueron como una iluminación en el palacio imperial. Por vez primera se presentaba lleno de sombras el horizonte de Roma. Antonino Pío acababa de desaparecer, hablando, en el delirio de la agonía, de los reyes que amenazaban las fronteras. El espectro de la invasión aparece por todas partes: los moros entran en la península ibérica; los pictos se agitan en Bretaña, los santos pasan el Danubio; los partos avanzan en Armenia; un gobernador romano es vencido; otro se mata de desesperación; el Tíber se desborda, y el hambre aflige a la Ciudad Eterna. Y el pueblo piensa: los dioses nos han abandonado; hay que desarmar su cólera; hay que buscar víctimas para sus altares. Estas víctimas eran siempre las mismas. Tertuliano dirá unos años más tarde: «Los cristianos son la causa de todos los desastres, de todas las calamidades públicas; si el Tíber inunda a Roma, si el Nilo no inunda los campos egipcios, si tiembla la tierra, si se cierra el cielo, si estalla la guerra, si viene el hambre, si se declara la peste, siempre se levanta el mismo grito: «Mueran los cristianos; los cristianos, a los leones.»

La víctima ahora es la ilustre dama romana, que se distinguía en el seno de la comunidad de los cristianos por su fervorosa piedad. Incapaz de oponerse al clamor de las turbas, crédulo y supersticioso como un vulgar legionario, Marco Aurelio mandó al prefecto que examinase el asunto de Felicidad y de sus hijos. El prefecto era Publio Salvio Juliano, célebre jurisconsulto que redactó el Edicto perpetuo y estaba al frente de una de las escuelas jurídicas de Roma. Publio, continúan las actas, quiso primero ver a Felicidad en su propia casa. La recibió muy amablemente, y puso en juego todos los medios de seducción para hacerla sacrificar. Pero viendo que nada conseguía con dulces palabras, le puso ante los ojos la perspectiva de los suplicios. «Ni tus caricias, ni tus amenazas—respondió ella—podrán hacerme vacilar. Dentro de mí tengo al Espíritu Santo, que no me dejará vencer por el diablo.» «Desgraciada—replicó el prefecto—, si para ti es dulce morir, deja vivir a tus hijos.» «Mis hijos—repuso valientemente la dama—vivirán si no sacrifican a los ídolos; pero si cometen este crimen, irán a la muerte eterna.»

Al día siguiente, Publio tuvo audiencia en el Foro de Marte, y ordenó que le presentasen a los siete muchachos y a su madre. Esta vez el interrogatorio era oficial. Publio empezó diciendo a la intrépida cristiana:

—Ten piedad de tus hijos, que son buenos muchachos y están todavía en la flor de la adolescencia.

—Tu piedad—contestó la matrona—es impía; tu exhortación es cruel.

Y volviéndose hacia sus hijos, añadió:

—Levantad al Cielo los ojos, hijos míos, y mirad a la altura en que Cristo os aguarda con sus santos. Combatid por vuestras almas y mostraos fieles en el amor de Cristo.

Al oír estas palabras, Publio ordenó que la abofeteasen, y dijo:

—Te has atrevido a aconsejar en mi presencia el desprecio a las órdenes de nuestros señores.

En ciertos momentos, las actas hablan de varios emperadores, y es que Marco Aurelio tenía como colega en el Imperio al libertino Lucio Vero, que en el momento de este interrogatorio luchaba en la frontera oriental contra los partos.

Después, el prefecto mandó comparecer, uno tras otro, a los siete hijos de la santa. Al primero, Jenaro, le prometió riquezas y honores, y al mismo tiempo le amenazó con las varas si rehusaba sacrificar. Jenaro respondió:

—Tus consejos son insensatos; la sabiduría de Dios me sostiene, y ella me hará vencer tus tormentos.

El juez mandó que le azotasen y le volviesen a la prisión. El segundo, que se llamaba Félix, contestó a la orden de sacrificar:

—Nosotros adoramos a un solo Dios, y le rendimos el culto de una devoción piadosa. No creas que podrás alejarme del amor de mi Señor Jesucristo, ni a mí ni a ninguno de mis hermanos. Nuestra fe no puede ser vencida ni alterada.

A continuación, los lictores trajeron al tercero de los hijos, que se llamaba Felipe. El prefecto habló, y dijo:

—Nuestro señor, el emperador Antonino, ha ordenado que sacrifiquéis a los dioses omnipotentes. A lo cual contestó el muchacho:

—Ni son dioses ni son omnipotentes; sino vanos simulacros, que sólo pueden traer la muerte a los que los adoran.

Con la misma energía respondieron Silvano, Vital, Alejandro y Marcial, como se llamaban los demás hijos de la ilustre heroína. Alejandro, que era acaso el más joven, despertó más que ninguno de sus hermanos la compasión del juez. Se le prometieron dignidades y bienandanzas; se hizo brillar delante de sus ojos el título de augustal, de amigo del cesar; pero él contestó generosamente:

—Soy servidor de Cristo; le confieso con la boca y a Él estoy unido con el corazón. Esta edad tan tierna, que te conmueve, tiene la prudencia de la vejez y adora a un solo Dios.

Publio mandó encerrar en la prisión a Felicidad y a sus hijos, y envió al emperador el proceso verbal de lo que había hecho. Marco Aurelio encomendó a diversos jueces la ejecución de la sentencia. La madre fue decapitada; uno de sus hijos apaleado hasta morir, otro arrojado en un precipicio, y los restantes degollados.

Los descubrimientos arqueológicos del pasado siglo han venido a confirmar el relato de las actas, a disipar las dudas y a deshacer las suspicacias. Voltaire había dicho con su ligereza de siempre: «Santa Felicidad y sus siete hijos —siempre se necesitan siete—es interrogada con ellos, juzgada y condenada por el prefecto de Roma en el Campo de Marte, donde no se juzgaba a nadie. El prefecto juzgaba en el pretorio, pero no se miraban las cosas tan de cerca.» Voltaire confundía el Campo de Marte con el Foro de Marte, y además ignoraba que el Foro de Marte había sido construido por Augusto precisamente para administrar justicia, según cuenta Suetonio. Mas he aquí el testimonio lejano de las catacumbas, la ancha placa de mármol que en sus bellos caracteres filocalianos nos habla del bienaventurado mártir Jenaro; la inscripción que nos recuerda el lugar donde fue enterrada Felicidad, los nombres de Marcial, Vital y Alejandro entre estucos del siglo II, entre adornos de flores, de espigas y racimos, entre representaciones de escenas campestres y personajes bíblicos, y en otra parte, encuadrada por dos árboles, iluminada por la imagen flotante de Cristo, la figura de aquella madre admirable, que extiende los brazos como si enseñase a rezar a los siete adolescentes, que se agrupan a su alrededor levantando en sus manos las coronas. Creemos escuchar las sentidas frases de San Pedro Crisólogo: «Mirad esta madre, a quien la vida de sus hijos devolvió la seguridad. Feliz aquella cuyos hijos serán en la gloria futura como un candelero de siete brazos. Feliz ella, porque el mundo no pudo arrebatarle ninguno de aquellos que le pertenecían. En medio de los cadáveres mutilados y sangrientos de aquellas prendas queridas, pasaba más alegre que antaño al lado de sus cunas, porque con los ojos de la fe veía una palma en cada herida, en cada suplicio una recompensa, sobre cada víctima una corona. ¿Qué más diré? No es una verdadera madre la que no sabe amar a sus hijos como ella amó a los suyos.»

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sábado, 20 de abril de 2019

¿Qué significan las 7 palabras de Cristo en la cruz?


¿QUÉ SIGNIFICAN LAS 7 PALABRAS DE CRISTO EN LA CRUZ?
Por Padre Julián López Amozurrutia 

Reflexionemos sobre las frases que Jesús pronunció en la cruz durante su agonía.

Es una tradición de Viernes Santo que suele realizarse después del mediodía, y que consiste en reflexionar sobre las palabras de Cristo en la Cruz durante su dolorosa agonía:

1. “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34)

Perdón. Desde el dolor inenarrable de su amor, Cristo pide perdón. Su voz se eleva al Padre. ¿Acaso podía ir a otro lado? De Él venía. A Él volvía. El círculo completo de su presencia en el mundo tiene su broche en la Cruz. Todo el camino miraba a entregarnos el perdón divino. Ahora lo suplica. Pide perdón por nosotros. El corazón no se agota. Mira al Padre y mira al hombre. Y Él, que sí sabe lo que hacemos, que sí puede experimentar el dolor del error y del fracaso humano, que capta como nadie la fractura terrible entre Dios y el hombre, la repara con un murmullo apenas perceptible. Padre, perdónanos.

Te lo imploramos desde la Cruz, a la que hemos quedado asociados por el Bautismo. La Cruz de tu misericordia, que nos selló como pertenencia de tu Hijo amado. Y como el Señor, nos atrevemos también a pedir perdón por los que a nuestro lado te ofenden. Jesús no pedía perdón por sí mismo, pues en Él no había mancha alguna. Pero pidió perdón por nosotros. Nosotros pedimos perdón por nosotros, y también nos solidarizamos con la humanidad, necesitada de redención. Nos unimos a la voz del Hijo que desde el corazón del mundo suplica: Padre, perdona a la humanidad.

Leer: ¿Dónde están las reliquias de la Pasión de Cristo?

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2. “Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el Paraíso” (Lc 23,43)

La promesa. Después de una cadena de rechazos, que como un látigo crudelísimo laceraba su carne, una voz exangüe emite la tardía confesión de fe. “Acuérdate de mí cuando vengas en tu Reino”. Para la misericordia divina, nunca es demasiado tarde. Cuando todos han descartado al desgraciado, y el juicio implacable del mundo ha cumplido ya su sentencia, el pasado desaparece para no quedar más que un “hoy” que será también el futuro inagotable, la eternidad. La sentencia del cielo es inversa. Ante la Cruz de Cristo, en la cruz de la propia responsabilidad, una plegaria humilde funde dos cruces en un abrazo redentor. Sólo se recordará el pasado en cuanto ha sido transfigurado por el amor. Las heridas contusas del pecado se convierten en nudos de luz. El Paraíso es el único horizonte. Jesús, nuestra situación es de una oscuridad densa y sin esperanza. Acuérdate de nosotros. Acuérdate de mí. ¡Venga tu Reino, ven en tu Reino y acuérdate de mí!

3. “Mujer, ahí tienes a tu hijo. […] Ahí tienes a tu madre” (Jn 19,26-27)

Un gesto de ternura. Misericordia que no necesita justificarse. Ante la madre, nunca hace falta justificarse. Ante el discípulo amado, ante el amigo, tampoco. Dichosos los pechos que te amamantaron. Dichoso el que cumple la voluntad de Dios. La nueva familia se estrecha al pie de la Cruz, donde el dolor no se esconde, pero enjuga las lágrimas con el más delicado cariño. Quiéranse. Ya no estaré yo entre ustedes, pero en su amor perseverante me encontrarán. Cuídense mutuamente. Háganse cargo uno del otro, y a la vez de toda la Iglesia. En su casa, la Casa se dibuja como aprecio cotidiano. La Iglesia, el cielo y la familia son lo mismo. Se lo encomiendo. No falte nunca la caricia, la sonrisa, el apoyo. Todo sufrimiento se trasciende en un solo instante en el que se cruzan las miradas, y en ellas fulgura la caridad. Nada se acaba. Todo está empezando.

4. “¡Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27,46; Mc 15,34).

Una confesión. Dura. La más dura del Evangelio. Que nunca entenderemos ni experimentaremos como Él. Y para que no haya duda, la testimonian dos evangelistas. Habla al Padre, lanzando al infinito el dardo incomprensible del corazón desgarrado. No podemos medir el infinito. Pero sabemos que un abandono infinito le sacude el alma. ¿Cómo es posible? Porque el abismo infinito de su perdón es mayor que el equilibrio del cosmos. Porque sólo su amor eleva exponencialmente al infinito la ofrenda de un dolor humano. De un dolor infinito. Y entonces la unidad se reconstruye sacrificando a Dios. Inmolación cuya lógica sólo vislumbramos cuando amamos. Cuando sabemos, ante el ser amado, que no escatimaríamos nada por su bien. Que busca la unidad a toda costa. La unión acontece como libertad de absoluta generosidad. El Padre no escatima a su Hijo, al Hijo amado. ¿Cuánto nos ama a nosotros, ingratos tiranos del egoísmo? Para abrirnos un espacio en el seno divino, la Trinidad se desgarra. Misericordia absoluta. En ese silencio, en esa oscuridad, en esa noche, cabemos nosotros. La soledad de un corazón es garantía de la compañía eterna. No lo podemos entender. Escuchamos y callamos.

5. “Tengo sed” (Jn 19,28).

El anhelo. Anhelo acuciante. Sed. La de la cierva que busca corrientes de agua. La del místico que intuye en la noche la gracia. La del ser humano que ha visto resquebrajarse por la sequedad la tierra de sus deseos. Dios nos enseña a no rendirnos, precisamente ahí donde parecería que ya no hay nada que esperar. ¿Para qué suplicar por agua cuando se está en el precipicio de la muerte? ¿Tiene acaso sentido entonces suplicar aún? Y, sin embargo, Cristo lo hace. Y con Él, la humanidad fatigada. Que en realidad no se rinde. No se rinde nunca. Más aún, al borde del fracaso se desencadena el caudal inconmensurable a punto de estallar. Brotará de su corazón, el torrente de agua viva prometida. El mismo Jesús deseaba que llegara la hora, la hora de la Cruz, para que su sed se convirtiera en manantial. El milagro de la misericordia ocurre entonces. Yo también tengo sed. Siempre he tenido sed. He visto aguas colosales, pero siempre me desborda su visión. Un sorbo de paz. Sólo eso suplicamos hoy. Un sorbo de paz. Y que encuentre su propio espacio en la sed inmensa del Hijo de Dios.

6. “Todo está cumplido” (Jn 19,30).

Amanece. Despunta el día. Sólo desde la Cruz se alcanza a ver. Es el puesto del vigía, el vigía de la humanidad. El barco aún no recibe la noticia, pero el vigilante la conoce ya. Ha triunfado el amor. La misericordia ha decretado su juicio. Nada es imposible ahora para el que ama en la verdad, para el que adora en Espíritu, para el que se signa con la Cruz. El Amén de Dios es al mismo tiempo el Amén del hombre. Se ha sellado el pacto, el pacto último. Se ha pronunciado la última palabra. Que no será la última, sino la primera. No hay un solo hilo que se haya corrido hacia el absurdo. Misteriosamente todo se integra hacia la vida. El “hágase” del Génesis coincide con el “ven pronto” del Apocalipsis. Todo se ha cumplido. María dijo en la cúspide de la historia: “hágase en mí”. Y nosotros no dejamos de implorar: “Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”. Que lo que se ha cumplido, se cumpla también en mí. Que no quede yo fuera del cumplimiento. Que esa palabra sea también el veredicto sobre mí. Amén.

7. “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23,46).

La última intimidad es también la cercanía definitiva. La entrega total, sin reserva. La palabra de confianza plena. La mayor libertad, la mayor verdad, el mayor amor, se realiza en la entrega. El Hijo se entrega. Y así nos muestra el camino. Nadie tiene amor más grande. Ser espíritu es poder entregarse. El espíritu le da sentido a la carne. Entregarse al Padre es cerrar todo ciclo posible. Es ser feliz. Ahí donde parece agonizar la esperanza, la certeza es ya visión y ofrenda. La misericordia no es vacío ni renuncia, sino donación y recreación. Todo nace de nuevo. La vida es posible. La Cruz es paso de encomienda, es misión, es aliento fecundo. El último suspiro es el eco del primer soplido divino, el que vació sobre Adán. Se engendra al hombre nuevo. El Espíritu sopla donde quiere. Ha querido soplar aquí. Nos ha convertido en aliento de Dios. Por Él podemos alentar al mundo en su trance amargo. El vino bueno, abundante, el mejor, es escanciado en la tierra. Al Padre, origen de toda vida, vuelve el Hijo en un acto que es también humano. Nuestro Cordero Pascual ha sido inmolado. El banquete ha empezado.

Fuente, desdelafe.mx

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sábado, 16 de febrero de 2019

Los siete Santos fundadores de la orden de los siervos de la Virgen María


LOS SIETE SANTOS FUNDADORES DE LA ORDEN DE LOS SIERVOS DE LA VIRGEN MARÍA
17 febrero

Siete fueron los varones, dignos de reverencia y honor, que reunió nuestra Señora como siete estrellas

Estos siete varones florentinos llevaron primero una vida eremítica en el monte Senario, con particular dedicación al culto de la Virgen. Después se dedicaron a predicar por toda la Toscana y fundaron la Orden de Siervos de santa María Virgen, «Servitas», reconocida por la Santa Sede el año 1304. Su memoria anual se celebra este día, en el que, según se dice, murió uno de ellos, san Alejo Falconieri, el año 1310.

Hagamos el elogio de los hombres ilustres

De la tradición sobre el origen de la Orden de los Siervos de la Virgen María
(Monumenta Ordinis Servorum Beatae Mariae Virginis, 1,3.5.6.9.11:pp.71ss.)

Siete fueron los varones, dignos de reverencia y honor, que reunió nuestra Señora como siete estrellas, para dar comienzo, por la concordia de su cuerpo y de su espíritu, a la Orden de sus siervos.

Cuando yo entré en la Orden sólo vivía uno de aquéllos, que se llamaba hermano Alejo. Nuestra Señora tuvo a bien mantenerlo en vida hasta nuestros días para que nos contara los orígenes de la Orden. La vida de este hermano Alejo era, como pude ver con mis propios ojos, una vida tan edificante que no sólo movía con su ejemplo a todos los que con él vivían, sino que constituía la mejor garantía a favor de su espíritu, del de sus compañeros y de nuestra Orden.

Su estado de vida, antes de que vivieran en comunidad, constaba de cuatro puntos. El primero, referente a su condición ante la Iglesia. Unos habían hecho voto de virginidad o castidad perpetua, otros estaban casados y otros viudos. Referente a su actividad pública, eran comerciantes. Pero en cuanto encontraron la perla preciosa, es decir, nuestra Orden, no solamente dieron a los pobres todo lo que poseían, sino que se entregaron con gran alegría al servicio de Dios y de la Señora.

El tercer punto se refiere a su devoción a la Virgen. En Florencia existía una antiquísima congregación que, debido a su antigüedad, su santidad y número de miembros, se llamaba «Sociedad mayor de nuestra Señora». De esta sociedad procedían aquellos siete varones, tan amantes de nuestra Señora.

Por último, me referiré a su espíritu de perfección. Amaban a Dios sobre todas las cosas, a él dirigían, como pide el debido orden, todo cuanto hacían y le honraban con sus pensamientos, palabras y obras.

Una vez que tomaron la decisión de vivir en comunidad, y confirmado su propósito por inspiración divina, ya que nuestra Señora les impulsaba especialmente a este género de vida, fueron arreglando la situación de sus familias, dejándoles lo necesario y repartiendo lo demás entre los pobres. Después buscaron a varones prudentes, honestos y ejemplares y les participaron su propósito.

Subieron al monte Senario, edificaron en lo alto una casita y se fueron a vivir allí. Comenzaron a pensar que no sólo estaban allí para conseguir su santidad, sino que también debían admitir a otros miembros para acrecentar la nueva Orden que nuestra Señora había comenzado con ellos. Dispuestos a recibir a más hermanos, admitieron a algunos de ellos y así fundaron nuestra Orden. Nuestra Señora fue la principal artífice en la edificación de la Orden, fundada sobre la humildad de nuestros hermanos, construida sobre su caridad y conservada por su pobreza.

Oración

Señor, infunde en nosotros el espíritu de amor que llevó a estos santos hermanos a venerar con la mayor devoción a la Madre de Dios, y les impulsó a conducir a tu pueblo al conocimiento y al amor de tu nombre. Por nuestro Señor Jesucristo.

corazones.org

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martes, 20 de noviembre de 2018

Los siete pecados capitales y sus demonios



LOS 7 PECADOS CAPITALES Y SUS DEMONIOS 



Los 7 pecados capitales, son una clasificación de los vicios mencionados en las primeras enseñanzas del cristianismo y el catolicismo, para educar a las almas acerca de la moral cristiana. 



Comencemos con la lujuria. 

La lujuria es usualmente considerada como el pecado producido por los pensamientos excesivos de naturaleza sexual, la lujuria son los pensamientos posesivos sobre otra persona. Debido a su intrínseca relación con la naturaleza sexual, la lujuria en su máximo grado, puede llevar a conpulsiones sexuales o sociológicas. O trasgresiones incluyendo la adición al sexo, el adulterio y la violación. Su demonio es "Asmodeo". 

En la Biblia, en el libro de Tobías, Asmodeo se enamora de Sara, hija de Ragüel y cada vez que ella contrae matrimonio, mata al marido durante la noche de bodas. Así llega a matar a siete hombres, impidiendo que se consume el matrimonio. Más tarde, Sara se promete a un joven llamado Tobías, hijo de Tobit. Éste recibe la ayuda del Arcángel Rafael, el cuál, le enseña cómo librarse del demonio. De este modo, Tobías coge un pez y le arranca el corazón, los riñones y el hígado, colocándolo sobre las brasas; Asmodeo no puede soportar los vapores así desprendidos y huye a Egipto, en donde Rafael lo encadena. No se sabe más de la suerte que corre este demonio, pero se lo presenta como un símbolo del deseo carnal. 

La avaricia 

La avaricia aplica sólo a la adquisición de riquezas en particular. Santo Tomás de Aquino escribió que la avaricia es un pecado contra Dios. Al igual que todos los pecados mortales en los que el hombre condena las cosas eternas por las cosas temporales. En el purgatorio de Dante, los penitentes eran obligados arrodillarse en una piedra y recitar ejemplos de avaricia y sus virtudes opuestas. Es un término que describe muchos otros ejemplos de pecados; éstos incluyen deslealtad, traición deliberada, especialmente para el beneficio personal, como en el caso de dejarse sobornar, la búsqueda y acumulación de riquezas, de objetos, robo y asalto, especialmente con violencia. Los engaños y la manipulación de la autoridad, como la corrupción, son todas acciones que son inspiradas por la avaricia. Su demonio es "Mammón". 

Mammón es hijo de Lucifer y príncipe de los infiernos. En la Biblia, Mammón es personificado como símbolo de las riquezas en Lucas 16,13 y Mateo 6,24. Pero en otras versiones se traduce como abundancia deshonesta o equivalentes, dando así entender, que lo que quiso decir Jesús, fue que no podéis servir a Dios y a las riquezas, en el sentido de estar esclavizado al amor al dinero. En otras versiones españolas se traduce como Mammón, pero en otros como dinero. 

La gula 

La gula se identifica con la glotonería, el consumo excesivo de comida y bebida. En cambio en el pasado, cualquier forma de exceso podía caer en la definición de pecado, marcado por el consumo excesivo, irracional o innecesario. La gula, también incluye ciertas formas de comportamiento destructivo, de esta manera, el abuso de sustancias como drogas o las borracheras, son vistos como ejemplos de gula. En la divina comedia de Dante, los penitentes en el purgatorio, son obligados a pararse entre dos árboles, incapaces de alcanzar y comer las frutas que cuelgan de las ramas de ellos. Y por consecuencia, se les describía como personas hambrientas. Su demonio es "Belcebú".

Se cree que Belcebú es el señor de las moscas, por otro lado, el nombre de Belcebú, era usado por los hebreos como una forma de burla hacia los adoradores de Baal, debido a que en sus templos, la carne de los sacrificios se dejaba pudrir, por lo que estos lugares estaban infestados de moscas todo el tiempo. Belcebú en sus formas alegoricas toma a veces apariencia colosal, de rostro hinchado, coronado por una cinta de fuego, cornudo, negro y amenazante, peludo y con alas de murciélago. 

La pereza 

La pereza es el más metafísico de los pecados capitales, y en cuanto está referido a la incapacidad de aceptar o hacerse cargo de la existencia en cuanto tal. Es también el que más problemas causa en su denominación. La simple pereza, más aún, el ocio, no parece constituir una falta. Tomado en el sentido propio es una tristeza de ánimo, que aparta al creyente de sus obligaciones espirituales y divinas, a causa de los obstáculos y dificultades que en él se encuentre. Bajo el nombre de cosas espirituales y divinas, se entiende todo lo que Dios nos prescribe para la consecución de la eterna salud, como la práctica de las virtudes cristianas, la observación de los preceptos divinos, de los deberes de cada uno, los ejercicios de piedad y religión. Concebir pues tristeza por tales cosas, abrigar voluntariamente en el corazon desgano, aversión y disgusto por ellas, es un pecado capital. Su demonio es "Belfegor". 

De acuerdo con la leyenda, Belfegor fue enviado desde el infierno a la tierra por Lucifer, para averiguar si existía la felicidad conyugal. Tales rumores habían llegado a los demonios, pero ellos sabían que la gente no estaba destinada a vivir en armonía, no obstante, las experiencias de Belfegor en el mundo, pronto convencieron de que tal rumor no tenía fundamento. Belfegor "el señor de la apertura" es descrito como un fuerte demonio de aspecto atlético, de varios metros de estatura, cuernos de carnero, de aspecto humano, que cambia en las piernas, ya que en vez de pies, posee enormes patas de lobo. 

La ira 

La ira puede ser descrita como un sentimiento no ordenado, ni controlado, de odio y enojo. Estos sentimientos se pueden manifestar, como una negación vehemente de la verdad, tanto hacia los demás y hacia uno mismo. Impaciencia con los procedimientos de la ley y el deseo de venganza fuera del trabajo del sistema judicial, llevando a hacer justicia por sus propias manos. Fanatismo en creencias políticas y generalmente deseando hacer mal a otros. Una definición moderna, también incluiría odio e intolerancia hacia otros, por razones como raza o religión, llevando todo esto a la discriminación. Las transgresiones derivadas de la ira están entre las más serias, incluyendo homicidio, asalto, discriminación y en casos extremos genocidio. Su demonio es Ammón. 

Algunos satanistas, aseguran que Ammón es un Marqués del infierno, el cual comanda 40 legiones de demonios, supuestamente, él cuenta las cosas del pasado y el futuro. Es descrito como un lobo con cola de serpiente que arroja fuego; un hombre con cabeza de cuervo y dientes de perro o simplemente un hombre con cabeza de cuervo. 

La envidia 

La envidia se caracteriza por un deseo insaciable, sin embargo, difiere por dos grandes razones: primero, la avaricia está más asociada con bienes materiales, mientras que la envidia puede ser más general. Segundo, aquellos que cometen el pecado de la envidia, desean algo que alguien más tiene y que perciben que a ellos les hace falta, lo que produce, el consiguiente deseo del mal al prójimo y sentirse bien con el mal ajeno. Su demonio es "Leviatán". 

La interpretación cristiana de Leviatán, le considera a menudo, como un demonio asociado con Satanás, el Diablo. Es una bestia Marina del Antiguo Testamento. El término Leviatán, ha sido reutilizado en numerosas ocasiones como sinónimo hoy en día, de gran monstruo o gran criatura. 

La soberbia 

En casi todas las listas de pecados, la soberbia es considerado el original y más serio de los pecados capitales y de hecho, es también la principal fuente de la que derivan los otros. Es identificado como un deseo por ser más importante o atractivo que los demás, fallando el alhagar a los otros. Según la Biblia, este pecado es cometido por Lucifer al querer ser igual a Dios. Genericamente, se define como la sobrevaloración del "YO" respecto de otros por superar, alcanzar o sobreponerse a un obstáculo o bien, en alcanzar un estatus elevado y subvalorizar al contexto. También se puede definir la soberbia, como la creencia de que todo lo que uno hace o dice es superior y que se es capaz de superar todo lo que digan o hagan los demás, también se puede tomar la soberbia en cosas vanas y vacías, como la vanidad y en la opinión de uno mismo exaltada a un nivel crítico y desmesurado. Su demonio es "Lucifer". 

Según la Tradición era un ángel muy hermoso, que por soberbia se reveló contra Dios, queriendo ser como Él, por lo que fue confinado al ámbito terrestre. Antes de la rebelión, Lucifer era un Arcángel, estaba por encima de las demás categorías de los Ángeles, ya que él era el más hermoso de todos ellos. El nombre Lucifer, sería lo que en una época habría sido el nombre que recibió de Dios en persona. Luego de su rebeldía ya no sería el "portador de luz" sino que sería llamado "Adversario". 

Estos fueron, los 7 capitales pecados capitales y sus demonios. Conoce también los 7 pecados capitales y sus antídotos dando click aquí


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martes, 10 de julio de 2018

7 potentes efectos de la Santa Eucaristía



7 POTENTES EFECTOS DE LA SANTA EUCARISTÍA

1. NUTRE NUESTRA ALMA

Existe la anorexia física, pero también la anorexia espiritual, es decir, aquellos católicos que no se alimentan de la Sagrada Eucaristía, al menos todos los domingos.

2. CONSUELA Y CONFORTA

Durante el día, cuando estamos cansados, frustrados e incluso desconsolados, la Santísima Eucaristía nos ayuda. Lee Mateo 11: 28-30 … “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar”

3. REFUERZA NUESTRA VIRTUD Y DEBILITA NUESTROS PECADOS Y VICIOS

Cada vez que recibimos la Comunión, recibimos a “la totalidad de Cristo”: su cuerpo, sangre, alma y divinidad. Ocurre una especie de trasplante de mente y corazón. San Pablo dice: “Ahora tenemos los pensamientos de Cristo”. Después de recibir la Sagrada Comunión, en efecto tienes la mente de Cristo.

4. TE PREPARA PARA EL MARTIRIO

En un estudio sobre los mártires de México – y esto ocurre con casi todos los mártires – se profundizó en su gran amor por la Santa Misa y la recepción de la Sagrada Eucaristía.

5. ENERGIA

La Sagrada Eucaristía proporciona al alma y al cuerpo la energía necesaria para llevar a cabo aquellas tareas que parecen sobrehumanas. ¡La Eucaristía es nuestra gasolina!

6. SANACIÓN

Un efecto secundario de la Sagrada Eucaristía es la curación de nuestras enfermedades cotidianas. El Concilio de Trento dijo en este sentido: la sagrada comunión es el antídoto contra nuestras enfermedades cotidianas.

Santa Faustina sufrió terribles problemas pulmonares, recibió la Sagrada Comunión y sintió una corriente eléctrica espiritual fluyendo a través de su cuerpo ¡allí experimentó una verdadera sanación!

7. ¡SALVACION!

Jesús promete: “Yo soy el pan de vida; el que come mi cuerpo y bebe de mi Sangre, tendrá vida eterna y yo lo resucitaré en el último día”. (Juan 6) Esto significa que aquellos que reciben la Eucaristía con fe viva, con frecuencia (con suerte todos los días si es posible) con fervor y amor se salvarán.

Que Nuestra Señora, que dio forma al Sagrado Corazón de Jesús en su seno, interceda por ustedes y les permita alcanzar la gracia de enamorarse de la Misa y de la Sagrada Comunión, tal vez a diario. ¡Entonces podrás convertirte en apóstol de la Eucaristía!


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